La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

Brindar con extraños. Libro de cuentos

Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

lunes, 23 de agosto de 2010

OTTO. Obra corta para 4 personajes

Últimos días de diciembre de 1940 – Pueblo de la provincia de Buenos Aires
Es el velatorio de Otto Kranevitter. Es a cajón cerrado. Lo cubre una bandera alemana. Hay un par de coronas de gladiolos con fajas. Una dice: Tu amada esposa, QEPD. La otra: Familia Mancuso, QEPD. Es pleno verano y el olor de las flores es muy intenso. Irene, cabizbaja, pasa cambiando el agua continuamente a los floreros. Está completamente vestida de negro y una mantilla le cubre la cabeza. De vez en cuando saca del interior de la manga de su suéter un pañuelo de puntilla blanca y se seca las lágrimas y la boca. Lleva un rosario enredado entre los dedos y una cala medio deshecha, abajo del brazo, como quien lleva un diario.
Afuera los perros ladran.
Está amaneciendo.
De vez en cuando, Irene se asoma ansiosa a una ventana. Va hasta la puerta.
El padre, don Valerio y un antiguo conocido del difunto, Herr Marienthal, han pasado la noche velándolo.
Don Valerio se levanta, se despereza, hace crujir los huesos.

Personajes
Fritz Marienthal
El padre, Mancuso
Irene, la hija viuda
Marcolina, la otra hija




Escena única
Marienthal: No estoy seguro de que eso sea decoroso.
El padre: ¡Irene! ¡Trae café! ¿Cómo dice?
Marienthal: Estirarse. No está bien.
El padre: Tengo las conyunturas agarratodas, toda la noche acá. No me venga ahora con lo que es decoroso o no. Esto no es decoroso desde el principio.
Marienthal: No diga eso, don Valerio. No le falte al pobre difunto. Era un buen muchacho.
El padre: Qué pecado hacer lo que hizo. ¡Irene!
Marienthal: No grite.
El padre: ¡Irene! Miréla, está como loca. La dejó sola, fría como una merluza. Sabe qué edad tiene? Veinticinco. La deja viuda a los veinticinco años. Hay que ser...
Marienthal: Por respeto al muerto, no lo diga.
El padre: Se hace la sorda esta Irene. ¡Irene!
Marienthal: Es el dolor.
El padre (fastidiado): Voy a buscarla.
Marienthal: Dejéla. Está desolada...
El padre: ¿Ella?
Marienthal: Ha sido una gran pérdida. Estoy tan sentido. Imagínese.
El padre: imagínese cómo estamos nosotros.
Marienthal: El estaba muy mal.
El padre: No sabe cómo estamos nosotros...
Marienthal: Iba a encontrarme con Otto en Orense... (baja la voz) Había un lobo gris dando vueltas, teníamos una información cierta, venía de un informante muy preciso...
El padre: Qué manía esa de fugarse.
Marienthal: ...una fragata...
El padre: Qué necesidad.
Marienthal: Él no podía estar lejos del país. No luchar por su patria...
El padre: Qué manera de perder el tiempo.
Marienthal: Alemania está en guerra.
El padre: Y volverá a estarlo dentro de diez, de veinte y de cincuenta años. ¡Alemania no se cansa nunca de la guerra y usted lo sabe! ¿No podía mi yerno portarse como un buen marido y nada más?
Marienthal: Cincuenta y seis hombres volvieron a pelear...
El padre: Locos de la guerra.
Marienthal: Soldados, hombres que daban la vida por su país. Otto quería volver... Era un héroe.
El padre: Eh...
Marienthal: En el Graf Spee se encargaba de las pulgas. Que no anidaran las pulgas...
El padre: Qué quiere decir.
Marienthal: Eso. Los submarinos se llenan de pulgas, de bichos. El mantenía el Graf Spee a salvo. Fumigaba. Ni una cucaracha, una mosca: ¡nada!
El padre: Creí que hablaba en clave.
Marienthal. Cuándo?
El padre: Con las pulgas.
Marienthal: No. Pero era un héroe igual.
El padre: Un héroe.
Marienthal: Tengo un sentimiento de culpa tremendo. Yo debía reunirme allá con Otto. Pero justo Helga entró en parto... ¡si hasta parecía que rompía la bolsa! Al final: falsa alarma. Con las mujeres nunca se sabe.
El padre: Lo haría para retenerlo a usted a su lado.
Marienthal: No creo. Ella es muy patriótica. Si pudiera, carga el fusil y se marcha a pelear a Alemania.
El padre: Qué raza, qué raza. Madonna santa. No quiero ofenderlo. Entiendo su sentimiento. Pero póngase en mi lugar. Le damos cabida a un naúfrago en la casa. Un prisionero de guerra, prácticamente. La Argentina es neutral, pero... ya sabe cómo es el General... tiene cintura en la política. En la carpintería lo ponemos al Otto: trabaja al lado mío, hombro con hombro; hicimos todos los toneles para la bodega Lamberti, roble claro, diez barricas... Cómo trabajaba el pobrecito: ¡infatigable!. Así, así, me enamora una hija, se casa con ella. No pasa un año y ¡pum! El hombre está muerto y me deja la criatura hecha un trapo, los muebles del comedor de los Giuliani a medio lijar...
Marienthal: Irene es muy hermosa. Muy joven. Podrá hacer su vida de vuelta. Y usted encontrará otro socio. Un hombre trabajador o con capital...
El padre: Pobrecita hija mía. Me dá lástima.
Marienthal: Es tan hermosa. Debe tener una fila de pretendientes.
El padre: ¿Qué dice? Angélica es mucho mas hermosa.
Marienthal: Angélica, la mayor?
El padre: Sí.
Marienthal: Pero es muda.
El padre: Es callada; opina poco. Hace así con la cabeza para el costado o así para abajo, eso quiere decir una opinión. Sí, opina mucho. Marcolina también es más hermosa que Irene. Tiene los dientes perfectos. Irene, miréla, Irene es una mujer de su casa! Fila de pretendientes! Ni que fuera artista del varieté. Le conoce uno usted? Le conoce alguien que le ande atrás...?
Marienthal: es tan hermosa que no dudo...
El padre: Sabe qué pasa? Usted nunca la vio bien a Marcolina. Está mal que yo lo diga, pero Marcolina es bonita vestida, pero es una estatua de la fuente cuando está desnuda. Usted la ve, le parece que está viendo a la Venus de Milo. Irene, eh... Irene... hace lo que puede. Se arregla, se ajusta la ropa...
Marienthal: Yo la veo preciosa. Marcolina también es preciosa, claro. Y Angélica.
El padre: Angélica no vale nada, pobrecita. No le permito más ir a los bailes. Es por su bien, pero ella no lo entiende. Va a bailar, se queda todo la noche mirando el techo, ninguno la saca... A Rómulo, el aprendiz, le di unos pesos para que baile con ella... al final se escapó esa noche ¡y con la plata!... qué paliza le di cuando volvió al taller! Casi lo mato! Otto, que en paz descanse, lo corrió una cuadra entera para fajarlo... Suegro, me decía, a este lo dejo cachuzo. ¡Qué risa me daba el Otto cuando decía la palabra ‘cachuzo’! Hablaba todo mal, ¡qué risa! Está mal que me ría cuando me acuerdo de él?
Marienthal: ...
El padre: Mejor me callo. Usted, ¿qué decía?
Marienthal; Que su hija, Irene. Es hermosa.
El padre: Ah, eso. Ya me lo dijo. Es linda, puede ser. Usted dice que tiene una fila de candidatos... pero ... pero, ¿le conoce alguno con nombre y apellido? Se los quito con el espantamoscas. Digáme, eh. Dígame en confianza. Yo no quiero tener una viuda alegre bajo mi techo. Antes que mi hija tenga otro marido, le pego una cuchillada. Primero a ella, por descocada, y después al nuevo, por atrevido. Cortejar a una muchacha viuda, habráse visto. Con el cuerpo de mi yerno caliente todavía...
Marienthal: No, don Valerio. No hable de acuchillar, de derramar más sangre. Además, el amor. El amor es una cosa maravillosa.
El padre: ¿El amor? De qué me habla, Fritz? Usted es idiota? ¿El amor? ¿Qué me dice?
Marienthal: Ustedes están nerviosos. Hay que comprender que en las circunstancias en que murió Otto Kranevitter, Irenita está muy traumatizada ...
El padre: ¿Traum qué? Callése, Fritz. El suicidio es algo que no soporto.

El padre se levanta, va hacia una mesita apartada donde Irene arregla unas flores. La cafetera está a su lado, llena.

Irene: Le sirvo el café, padre.
El padre: Cuando te hacés la modosa no te puedo tragar.
Irene: ...
El padre: Vino doña Dorina a la tardecita. No comentó nada. Pero te miraba como si supiera. Lo habrás notado.
Irene: No.
El padre: Servíme un pocillo. Habrás sido discreta, supongo.
Irene: ...
El padre: Qué digo. Por algo se pegó un tiro este infeliz. Una hija mía en este escándalo, qué desgracia.
Irene (bajo): Nadie lo sabe.
El padre: A todos les dices que fue por la desgracia de no volver a la Alemania, a la guerra. Aunque te pregunten mucho.
Irene: Tiré los crisantemos. Se pudrieron y atrajeron moscas... Puse una aspirina en cada florero, pero igual... Un Geniol. Matarse antes de Año Nuevo, qué mala idea!
El padre: Idea, idea? Esto no fue una idea. Fue un arranque. Para no matarte a ti, se mató él. Qué infeliz.
Irene: A lo mejor, en el fondo de verdad fue por el desarraigo...
El padre: Callate, porque te mato yo. Ahora nadie sabe por qué fue. Así que no levantes la perdiz. Aquí los chismes queman en la lengua. Yo siempre dije que este marido tuyo tendría que haber sido para Angélica. Pero te encaprichaste. Lo volviste loco. ¿Y para qué?
Irene: El quiso casarse.
El padre: Mal que le pese.
Irene: A Angélica no le gustaba.
El padre: Si le iba atrás como una estúpida todo el día. ¡Vamos!
Irene: Le gustaba a Marcolina. Yo la vi. Le coqueteaba.
El padre: Es verdad. Pero por quitarle un gusto a tu hermana, te casaste con este. Le calentaron la bragueta y no le dejaron calentar la silla...
Irene (llora): Déjeme tranquila, padre. No me torture más.
El padre: basta con el circo, Irene, peró. Que no te creo.
Irene: Por qué? Se piensa que no siento? Que soy una planta, que soy una piedra? Preferiría estar yo en lugar de él, sabe? Sabe eso? No me cree tampoco. Peor: no le importa que su hija pueda estar muerta...
El padre: Mira, cállate. Trae un poco de leche porque este café tan negro que hiciste me está matando el estómago. ¿Quién puso el ataúd así? Tiene que ir derecho, mirando hacia la puerta. Ahora habrá que hacer un trabajo bárbaro para sacarlo. A Paulina la velamos mirando a la puerta y salió de esta casa sin el menor accidente. Pobre tu madre que no tenía pariente propio que la cargara... Fuimos el Italo y Fiore... y yo no podía, porque la llevaba a ustedes de las manitos... ¿te acuerdas?
Irene: No.
El padre: No te acuerdas de cuando enterramos a tu madre. Propio de una desalmada.
Irene: Me insulta.
El padre: Llevále el café a Marienthal. Qué me miras feo? Andá y fijáte si sabe algo. Ojo con no seguirle la corriente con el asunto... Te tiene echado el ojo. Pero no sé si finge. Vos, mejor... Pero! ¡A quién le voya a recomendar hacerse la mosquita muerta para salvar las apariencias! ¡A la campeona olímpica, medalla de oro! (Pausa.) Te va a crecer la trompa, si me sigues mirando así, Irene. Más azúcar, echa en el café. Esto es horrible, está aguado...
Irene: A Otto le gustaba así.
El padre (resopla): De dónde es?
Irene: Eran del lado alemán del río Volga, pero después se pasaron a la otra orilla, la rusa. Vivían en Saratov..., con la Gran Guerra se volvieron a...
El padre: ¡¡El café de dónde es!! Dónde lo compraste?
Irene: La Sultana.
El padre: Dáme oporto.
Irene: No hay. Lo terminó don Fritz.
El padre: En un velorio decente tiene que haber oporto. Oporto, jerez, té, café.
Irene: No quiero borrachos en el funeral de mi esposo, padre.
El padre: Salíte de mi vista antes que te dé un sopapo.

Irene sale.
Entra Marcolina, llora desesperada, se tira arriba del cajón.

Marcolina: ¡Ah, Otto, Otto! ¡Qué dolor!
El padre: ¿Qué haces?
Marcolina: Ah, padre. Me muero, se me rompe el corazón. No lo soporto.
El padre: Marcolina, ¿estás sobria? Es tu cuñado el que está acá adentro. El monicaco este que tuvo la mala idea de pegarse un tiro en la frente...
Marcolina: ¡Ah, ah, padre, que me muero!
El padre: Vos estás de broma?
Marcolina: Ah, ah. (Se araña, se desgarra la ropa.)
El padre: ¡Irene, Irene! Que tu hermana tiene un ataque de locura. No comprendo.

Entra Irene.

Irene (a M.): ¿Qué hacés? Qué te pasa? Respondéme. Marcolina, ¿qué es esto?
Marcolina: Ah, Otto. ¡Otto! Perdonáme, Irene. Perdonáme...
Irene: Qué decís?
Marcolina: Yo te traicioné. Yo estaba enamorada de Otto!!!
Irene: calláte que está Marienthal, te va a escuchar. Qué va a pensar de nosotros?
Marcolina: Perdón, hermana mía, perdón.

Marcolina se tira al piso.

Irene: Qué hacés? Levantáte.
Marcolina: no, no, pisáme. Pisáme, aplastame como a un gusano.
Irene: Pero vos estás loca? (La levanta. Luego, bajo.) Oíme bien: no me importa nada de Otto. Qué hiciste? Te acostaste con él? Eran amantes?
Marcolina: No! Dios no permita semejante pecado entre hermanos!
Irene: Entonces a qué viene tanto aspaviento?
Marcolina: Perdón, perdón, Irene. No me merezco que me dirijas la palabra ni siquiera...
Irene: Terminála con el melodrama.
Marcolina: Ojalá fuera melodrama, fuera una radionovela, un...
Irene: Qué? Te gustaba el Otto? Más insípido era que un palmito en frasco.
Marcolina: Yo... yo me paseaba desnuda por la ventana, para que él me viera... me deseara y viniera conmigo... Ah, Dios mío cómo he pecado. Pegáme, Marcolina. Voy a ir al infierno.
Irene: Basta, te digo. Que el alemán este está bien sobrio y es un falluto. Después suelta la lengua por ahí...
Marcolina: pegáme. Hacé de mí lo que quieras. Seré tu esclava. ¡Pegáme, maltrátame, escupíme!
Irene (le da un cachetazo): Ahí tenés. Conforme? No embromés más.
Marcolina (mas calmada): Tenés que cumplirle el último deseo.
Irene (desconcertada): ¿Qué deseo?
Marcolina: Incinerar el cuerpo y llevar una urna con sus cenizas a Alemania, echarlas al Volga... Él quería regresar a Alemania, para luchar... Sabía que un submarino iba a pasar por Orense... Tenía contactos en Claromecó, me dijo.
Irene: Decíme, Marcolina. Vos conversabas mucho con Otto?
Marcolina: Lo escuchaba más que nada.
Irene: Qué más te dijo?
Marcolina: Amaba su tierra... Se mató de pura desesperación por no poder regresar. Veía que los otros lograban salir del país... El presidente no mira con lupa a los marinos del Graf Spee... Si la Señora tuvo hasta la deferencia de mandar strudel de manzana esta navidad, para todos ellos...
Irene: Otto no se mató por eso.
Marcolina: Lo sabés? Dejó una nota. Los suicidas dejan una nota a veces. ¿Qué decía?
Irene: No dejó una nota. Pero yo sé... No fue por nostalgia. Te habló de Haroldo alguna vez?
Marcolina: Qué Haroldo? El relojero?
Irene: Sí.
Marcolina: No, que yo recuerde. Por qué? Era un contacto para regresar a la patria?
Irene: Dejálo así.
Marcolina: No, contáme, Irene.
Irene: No incordies.
Marcolina (Explota): Ah, ah! Yo lo amaba a Otto. ¡Hubiera dado mi vida por él! Si hubiera podido pagarme un boleto, lo metía en una valija y lo llevaba en un buque transatlántico...
Irene: Medía un metro ochenta y nueve. Cómo iba a hacer para entrar en una valija...?
Marcolina: Grasa de pato. Le untaba las coyunturas con grasa de pato. Y entraba.

Se acerca el padre.

El padre: El cura no va a venir.
Irene: Le dije que no vendría. Usted es terco. No se dice responso por los suicidas...
El padre: Pero le prometí el sombrerito de oro para el San Genaro... Eso son unos buenos pesos..., el sombrerito de oro, la casulla labrada en plata... ¿Qué más quiere?
Irene: No hay misa de réquiem.
El padre: Saliste una puta. Tu madre no era así.
Irene: Aparte Otto era protestante. De Lutero.
El padre: El cura es puerco, es insaciable. Quería pedrería para el manto de la Madonna, le dije que no... Si no venía...
Marcolina: ¿Qué? ¡¡No se dirá misa por Otto!! Va a entrar al Purgatorio maldito, lleno de pecados...!!! Voy a matarme yo también! Yo también, así nuestras almas juntas se acompañan en pena!!
El padre: calláte porque vas a ligar. No digas idioteces.
Marcolina: Ay, padre. Ay, soy una gran pecadora. Dios me tiene que castigar el gran pecado que...
Irene: Llévela a casa.
Marcolina: Noooo!!!!!

Marcolina se lanza sobre el ataúd, El padre la saca de encima. Salen de escena.
Irene sola frente al ataúd. Lo mira un largo rato.

Irene: No lo quería. No lo quería. Por qué nunca escuchaba, Otto? Por qué yo hablaba y usted hacía como que pasaba un carro? Si le dije que no lo quería. Le estoy agradecida porque me sacó del convento, pero... Fue un momento lo que pasó. Estaba caminando en un borde, puede entender? Me agarró la indecisión, ¿aquí o allá? Es tan grave? No me decidí, no me decidí... y hacía ese calor tremendo... La nuez del panettone estaba rancia, picada, tenía una náusea ese día, un calor... el hastío, qué hastío tremendo...

Interrumpe Marienthal.

Marienthal: Su hermana está muy afectada.
Irene: Sí. Lo quería mucho. Otto se hizo querer en mi familia.
Marienthal: Quería a su país. No soportaba estar lejos. Los hermanos de Otto están en el frente polaco y él no tenía noticias... Imagínese si usted estuviera separada de sus hermanas, ese dolor...
Irene (sin convicción): Psí.
Marienthal: Tenía que encontrarme con él en Orense, avistaron un submarino nazi... (bajo) Es un secreto de Estado.
Irene: Ah, si?
Marienthal: Información confidencial. Nos vino directo de Berlín.
Irene: Qué idea tan particular tienen mi familia y usted del espionaje. Cómo supieron lo del submarino nazi? Lo anunciaban en el diario? Lo saben todos...
Marienthal: Qué quiere decir, Irene?
Irene: Pasó un carrero con un altavoz gritando que...? Mejor me callo. Estoy nerviosa.
Marienthal (paternal): La entiendo, pobrecita. Pero usted es joven. Calmése. Tenga paciencia. Va a poder rehacer su vida. Volver a casarse...
Irene: Maldita la gana que me quedó de estar casada...
Marienthal: No diga eso. Podrá formar una familia, tener hijos...
Irene: Psí, psí. Gracias.
Marienthal: Esos ojos que usted tiene..., de princesa morisca. Nunca la vi con un vestido tan apretado, negro... nunca la vi con una ropa asi, excepto cuando murió su madre, Dios la tenga en la Gloria, pero usted era una chica...
Irene: Es el mismo vestido. Si me pongo a teñir con el calor que hace la ropa toma violeta. No se puede tender al sol.
Marienthal: Destaca sus formas, las curvas de su... de su cuerpo.
Irene: ...
Marienthal: Quiero casarme con usted, Irene.
Irene: ...
Marienthal: Vine acá con un anillo. Lo tengo en su estuche dentro de la chaqueta. Cuando su padre no me mire, lo saco y se lo muestro. Es liso, de oro, con una piedra de jade. Es valioso, era de mi abuela. Dígame algo, Irene. No se quede así. La estoy pidiendo en matrimonio.
Irene: ...
Marienthal: La amo, Irene. No sabe cuánto hice por Otto, para ayudarlo a volver de Alemania! Para que se fuera de una maldita vez y la dejara a usted en paz. Pero era un pusilánime: hoy quería volver, mañana quería quedarse... Yo le decía: Herr Kranevitter, usted es un desertor si no regresa. Un soldado alemán tiene que estar de pie con su fusil, en una guerra alemana. A él le entraba por este oído y le salía por el otro. A fuerza de cerveza logré convencerlo de que tenía que irse. Después vino la noticia del buque alemán en...
Irene: Señor Marienthal, le ruego que salga de esta habitación.
Marienthal: La amo. No me haga repetírselo tantas veces, no quiero provocar un escándalo. El día de la noche de bodas, yo me aposté atrás de su puerta para ver todo... como en el cine... Con el permiso de Herr Otto, claro está. Yo no traicionaría a un paisano mío. No, no. No vi casi nada. Quédese tranquila. Le compraré un vestido nuevo. Blanco, de satén, con tules. Nos iremos a casar a la basílica en Luján...
Irene: Usted ya está casado. Su mujer está por parir. El cuarto hijo.
Marienthal: Voy a divorciarme. Ya se lo anuncié a ella. Esa mala mujer.
Irene: El divorcio en la Argentina no existe.
Marienthal: Sí en Alemania. Voy a divorciarme de ella según las leyes alemanas.
Irene: Ayúdeme con las calas.
Marienthal (tratando de tocarla): Su piel, Irene, es más suave que el pétalo de esta flor...
Irene: Déjeme. Qué hace? Todavía está caliente el cadáver de mi Otto, ahí, y quiere...?
Marienthal: Qué tiene? Yo no soy como Otto. Yo comprendo las necesidades del cuerpo. Aun las de una mujer. Usted quiere ir con otro hombre? Muy bien, me avisa. Yo me pongo tras un cortinado, un biombo... Superviso, digamos.
Irene: Usted es un degenerado.
Marienthal: Pero soy discreto. La discreción es una gran virtud.
Irene: ...
Marienthal: La vi en el arroyo con el relojero. Tan hermosa, bajo el cielo, entre las totoras y las espiguillas, el sol que daba sobre sus nalgas blancas, temblando de deseo...
Irene (horrorizada): ¡Oh!
Marienthal: Ibamos a pescar con Otto. El no la vio, yo la vi. Le dije: “Su esposa, Otto”. No fue maldad, es que yo creí al principio que era una ninfa del bosque, un hada... Pero enseguida me corregí... ¿una ninfa con el farsante de Haroldo? A lo mejor estaba muy bien dotado, quién sabe. Con un miembro grande. En la Antigua Grecia corrían atrás de Príapo como locas las sílfides...
Irene: Dios mío.
Marienthal: El se puso como loco, usted ya sabe eso. Lo quiso retar a duelo al infeliz del relojero, tiene once críos que mantener; mire si va a estar matándose por un poquito más o un poquito menos de jamón de fémina... Pero insistía.
Irene: Usted...
Marienthal: Ojalá hubiera tenido esa voluntad para defender a su país. Pero se le metió lo del honor... Un romántico.
Irene: Un idiota.
Marienthal: Fue su culpa, Irene. Yo le dije que le pida explicaciones a usted y se conforme. Está lleno de cornudos el mundo, y la mayoría son felices. Le digo más: ¡qué mas quisiera yo que ser cornudo así esa tarántula maldita de Helga me deja un poco tranquilo! Usted, usted tendría que haberle hablado a Otto con el corazón. Haberlo convencido de su amor.
Irene: Fui sincera con él.
Marienthal: Mire cómo lo dejó. Este muchacho! Le dije: ‘Otto, batirse a duelo, qué idea! Eso pasó de moda hace cien años! Pídale explicaciones a Irene. Ella le podrá decir, arrepentirse. Perdónela; el perdón es un gesto de nobleza. Y si no la puede perdonar, métase un tiro en el pecho y finiquita el asunto”.
Irene: No me pesa su muerte porque yo... ¿Usted le insinuó...? ¿Le dijo...?
Marienthal: Ah, vamos, Irenita. No me hará responsable a mí. Pero lo cierto es que a mí me convenía su esposo muerto; allana el camino a su corazón. Pero fue usted la que lo mató con la franqueza. A un esposo no se le dice: “Hacía calor, estaba el arroyito, los alguaciles volaban de flor en flor, y justo llegó el relojero...”
Irene (apesadumbrada): No dije nada de los alguaciles.
Marienthal: Hubiera dicho que era su amante el jorobado ese.
Irene: No vuelan de flor en flor.
Marienthal: Que usted estaba loca de amor por don Haroldo. Eso duele, pero se explica. El amor tiene una lógica enferma que todos alguna vez... Míreme a mí, acá. El día del entierro de su marido, pidiéndole matrimonio. Me pongo de rodillas si quiere, le coloco el anillo.
Irene: No había alguaciles. Además no liban el polen.
Marienthal: ¿Qué?
Irene: Los alguaciles. No comen polen, se arrancan la cabeza unos a otros...
Marienthal: No, no hay nadie. Su padre salió. No va a ir presa por adulterio. Ya no se usa...
Irene: Eran mariposas. Mariposas de color ocre. Había ese calor tan espantoso que aturdía los sentidos... y por fin se callaron las chicharras... por fin... se murieron o algo así... no se oía ni una sola... ese silencio de la chicharra oprimente, en el pecho, como un mal presentimiento... y el calor... el calor... De pronto pensé esto. “Es mentira que las chicharras son unos insectos. Es una sola, hay una sola chicharra en el cielo, chillando, molestando, que azuza a las demás... y ahora les ordeno: Cállense, escuchen...” Ahí estaba yo, en ese momento: oyendo... y llegó don Haroldo y me dijo: “Oye el tic tac celeste? Hay un tic tac adentro suyo...”... me tocó aquí, en el vientre...
Marienthal: Déjeme tocarla.
Irene: ¡No! Después no sé como pasó.
Marienthal: Un extravío.
Irene: Un extravío...
Marienthal: Todos los actos de amor desesperados son hijos de un error grave. Un error de entendimiento. Yo debí raptarla a usted a los diecisiete años, cuando la vi desnuda en el atrio quitándose los hábitos de monja... Me la llevaba a Buenos Aires, o a Santa Anita y ahí la hacía mía...
Irene: Qué dice?
Marienthal: No la juzgo, Irene. Una muchacha hermosa tiene derecho a cambiar de vocación...
Irene (hacia la ventana): Salió el sol. ¡Qué solazo habrá hoy!
Marienthal (lascivo): Eso... Le gusta?
Irene: Salga, no me moleste.
Marienthal: Cásese conmigo. Si el pueblo sabe esto suyo ¿qué van a decir?
Irene: Las flores están podridas. No duran.
Marienthal: Hablarán...
Irene: Pobre Otto. Tendrá un entierro sin flores ... Mire esas sombras. Son los del cementerio. Están llegando.
Marienthal: Habrá que dar vuelta el cajón. Se va a golpear el muchacho...
Irene: Mire a Marcolina. Trata de parar a los sepultureros para que no vengan a llevárselo...
Marienthal: Marcolina no tiene sus caderas, sus pechos...
Irene (con furia contenida): ¡Termínela, quiere!
Marienthal: Fuguemonos juntos.
Irene: No.
Marienthal: Salgo y grito al pueblo que la vieron revolcándose con el relojero...
Irene: Haga lo que quiera.

Entran el padre y Marcolina.

Marcolina: ¡Vienen a llevárselo! ¡No lo permitas, Irene! ¡No los dejes!
Irene (al padre): No pudo retenerla en casa? Mire cómo está.
El padre: Le di media docena de cachetazos y no hace caso...
Marcolina: Voy a matarme, para que me entierren con él...
Irene (se acerca a zamarrearla, pero al final la abraza): Basta, basta. Ya nos llegará el turno de morir a todos. No te apures, Marcolina. Vamos uno por uno, uno por uno, hasta el cadalso...
Marcolina: No pude tenerlo en mis brazos, era tu marido...
Irene: Cosas que pasan... Accidentes.
Marcolina: ¿Qué hará él ahora?
Marienthal: ¿Quién?
Marcolina: Otto.

Marienthal se encoge de hombros.
Irene y el padre la miran.
Marcolina llora como loca.

Marcolina: Ay, amor mío. Amor mío.
Apagón

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Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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