Gerineldo, Gerineldo.
Gerineldito pulido,
Quién te pillara esta noche
Tres horas a mi albedrío.
--Como soy vuestro criado,
señora, burláis conmigo.
--No me burlo, Gerineldo,
que de veras te lo digo.
--¿A qué hora, gran señora,
me vengo a lo prometido?
--Entre las doce y la una,
cuando el rey esté dormido.
A eso de la media noche
Al cuarto la infanta ha ido.
Se quitó las zapatillas
Para así no formar ruido.
Se ha levantado la infanta
Y en su cuarto lo ha metido.
Se pusieron a luchar
Como mujer y marido.
Competraron tan bien
Que se han quedado dormidos.
El rey que estaba en sospecha
Al cuarto la infanta ha ido
Y los ha visto a los dos
Como mujer y marido.
--No te mato, Gerineldo,
que te crié desde niño.
Si mato a la infanta
Quedará el reino perdido.
Os pondré en vuestro palacio
Como mujer y marido.
Y aquí les dejo la espada
Que les sirva de testigo.
Se ha levantado la infanta
Tres horas el sol tendido.
--Levántate, Gerineldo,
mira que estamos perdidos
que la espada de mi padre
con nosotros ha dormido.
--¿Adónde me iré yo ahora
para que no sea prendido?
--Vete por esos jardines
cortando rosas y lirios.
El rey que estaba en sospecha
A Gerineldo ha salido.
--¿Qué te pasa Gerineldo
que estás tan descolorido?
--Vengo por estos jardines
cortando rosas y lirios.
El olor de la azucena
Los colores me comido.
--No me niegues Gerineldo
que con la infanta has dormido.
--No lo niego, mi señor,
aunque me de gran castigo.
--El castigo que os daré
ya lo tenéis prometido:
que os marchéis a casa aparte
como mujer y marido.
--Tengo mi palabra dada
por el Cristo de la estrella.
Mujer que conquista a un hombre
El no casarme con ella.
sábado, 31 de octubre de 2009
Romance de Delgadina
Un rey tenía tres hijas,
Tres hijas como la plata.
La más pequeña de ellas
Delgadina se llamaba.
Un día estando a la mesa
Su padre la remiraba.
--¿Qué me miras, padre mío,
que me miras a la cara?
--Te miro una cosa hija
que has de ser mi enamorada.
--No lo querrá Dios del cielo
ni la Virgen soberana
que mi madre sea suegra
y mis hermanas cuñadas.
--Alto, alto, mis criadas,
a Delgadina matarla.
Y si no la queréis matar,
Encerrarla en una sala.
No la deis de beber,
Ni tampoco de comer
Mas que un poco de agua turbia
Y una sardina salada.
Han pasado siete días.
Asomada a una ventana
Ha visto a sus hermanitas
Bordando juegos de plata.
--Hermanas, si sois hermanas
Darme una jarra de agua,
Mas de sed que no de hambre
A Dios entrego mi alma.
--Retírate Delgadina,
Delgadina desgraciada,
si mi padre lo supiera
la cabeza nos cortara.
Delgadina se retira
Triste y desconsolada.
Con lágrimas en los ojos
Iba regando la sala.
Han pasado siete días.
Se ha asomado a otra ventana.
Ha visto a su tierna madre
Peinando sus bellas canas.
--Madre, si usted es mi madre,
deme una jarra de agua,
mas de sed que no de hambre
a Dios entrego mi alma.
--Retírate Delgadina,
Delgadina desgraciada,
que por ti no como en mesa
ni tampoco duermo en cama.
Delgadina se retira
Triste y desconsolada.
Con lágrimas en los ojos
Iba regando la sala.
Han pasado siete días.
Se ha asomado a otra ventana
Y allí estaba su padre.
--Padre, si usted es mi padre,
deme una jarra de agua,
mas de sed que no de hambre
a Dios entrego mi alma.
--Hija yo te lo daré
si tu cumples mi palabra.
--Padre yo la cumpliré
aunque sea de mala gana.
--Alto, alto, mis criadas,
a Delgadina agua darle;
unas con jarras de oro
y otras con jarras de plata.
A llegar a Delgadina
Ya nada le hacía falta:
Una fuente había a su lado
Y ya estaba amortajada.
(Según la versión de Doña Julia Haro López de San Bartolomé de Pinares que la aprendió siendo niña de su madre y de sus tías)
Tres hijas como la plata.
La más pequeña de ellas
Delgadina se llamaba.
Un día estando a la mesa
Su padre la remiraba.
--¿Qué me miras, padre mío,
que me miras a la cara?
--Te miro una cosa hija
que has de ser mi enamorada.
--No lo querrá Dios del cielo
ni la Virgen soberana
que mi madre sea suegra
y mis hermanas cuñadas.
--Alto, alto, mis criadas,
a Delgadina matarla.
Y si no la queréis matar,
Encerrarla en una sala.
No la deis de beber,
Ni tampoco de comer
Mas que un poco de agua turbia
Y una sardina salada.
Han pasado siete días.
Asomada a una ventana
Ha visto a sus hermanitas
Bordando juegos de plata.
--Hermanas, si sois hermanas
Darme una jarra de agua,
Mas de sed que no de hambre
A Dios entrego mi alma.
--Retírate Delgadina,
Delgadina desgraciada,
si mi padre lo supiera
la cabeza nos cortara.
Delgadina se retira
Triste y desconsolada.
Con lágrimas en los ojos
Iba regando la sala.
Han pasado siete días.
Se ha asomado a otra ventana.
Ha visto a su tierna madre
Peinando sus bellas canas.
--Madre, si usted es mi madre,
deme una jarra de agua,
mas de sed que no de hambre
a Dios entrego mi alma.
--Retírate Delgadina,
Delgadina desgraciada,
que por ti no como en mesa
ni tampoco duermo en cama.
Delgadina se retira
Triste y desconsolada.
Con lágrimas en los ojos
Iba regando la sala.
Han pasado siete días.
Se ha asomado a otra ventana
Y allí estaba su padre.
--Padre, si usted es mi padre,
deme una jarra de agua,
mas de sed que no de hambre
a Dios entrego mi alma.
--Hija yo te lo daré
si tu cumples mi palabra.
--Padre yo la cumpliré
aunque sea de mala gana.
--Alto, alto, mis criadas,
a Delgadina agua darle;
unas con jarras de oro
y otras con jarras de plata.
A llegar a Delgadina
Ya nada le hacía falta:
Una fuente había a su lado
Y ya estaba amortajada.
(Según la versión de Doña Julia Haro López de San Bartolomé de Pinares que la aprendió siendo niña de su madre y de sus tías)
Delgadina. Corrido mexicano del siglo XVIII basado en el romance español
Un buen rey tenía tres hijas
muy hermosa sy galanas
la más chiquita de todas
Delgadina se paseaba
de la sala a la cocina,
con su vestido de seda
que su pecho le ilumina.
-Levántate, delgadina
ponte tu falda de seda,
pa' que vayamos a misa
a la ciudad de Morelia.
Cuando salieron de misa,
su papá le platicaba:
-Delgadina, hija mía,
tú serás mi prenda amada.
-Ni lo quiera dios del cielo,
¡Ni la virgen soberana!
Que es ofensa para mi madre
y perdición de mi alma.
-Júntense mis once criados,
encierren a Delgadina;
Si les pide de comer,
no le den comida fina.
-Mamacita de mi vida,
un favor te estoy pidiendo,
que me des un vaso de agua
que de sed estoy muriendo
-Ay hijita de mi vida,
no te puedo dar el agua,
si lo sabe el rey tu padre,
a las dos nos quita el alma.
-Papacito de mi vida,
un favor te estoy pidiendo,
que me des un vaso de agua
tu castigo estoy sufriendo.
-Júntense mis once criados,
llévenle agua a Delgadina,
en unos vasos dorados
y otros de cristal de china.
Cuando entraron al cuarto,
Delgadina estaba muerta,
con sus ojitos cerrados
y con su boquita abierta.
La cama de Delgadina
de ángeles está rodeada,
y la cama del rey su padre
de demonios apretada.
Esta es la versión más cantada, pero hay otra que escuché hace poco, de Mercedes López y compilada por la Smithsonian, donde el padre lleva a casar a Delgadina a la ciudad de Durango.
muy hermosa sy galanas
la más chiquita de todas
Delgadina se paseaba
de la sala a la cocina,
con su vestido de seda
que su pecho le ilumina.
-Levántate, delgadina
ponte tu falda de seda,
pa' que vayamos a misa
a la ciudad de Morelia.
Cuando salieron de misa,
su papá le platicaba:
-Delgadina, hija mía,
tú serás mi prenda amada.
-Ni lo quiera dios del cielo,
¡Ni la virgen soberana!
Que es ofensa para mi madre
y perdición de mi alma.
-Júntense mis once criados,
encierren a Delgadina;
Si les pide de comer,
no le den comida fina.
-Mamacita de mi vida,
un favor te estoy pidiendo,
que me des un vaso de agua
que de sed estoy muriendo
-Ay hijita de mi vida,
no te puedo dar el agua,
si lo sabe el rey tu padre,
a las dos nos quita el alma.
-Papacito de mi vida,
un favor te estoy pidiendo,
que me des un vaso de agua
tu castigo estoy sufriendo.
-Júntense mis once criados,
llévenle agua a Delgadina,
en unos vasos dorados
y otros de cristal de china.
Cuando entraron al cuarto,
Delgadina estaba muerta,
con sus ojitos cerrados
y con su boquita abierta.
La cama de Delgadina
de ángeles está rodeada,
y la cama del rey su padre
de demonios apretada.
Esta es la versión más cantada, pero hay otra que escuché hace poco, de Mercedes López y compilada por la Smithsonian, donde el padre lleva a casar a Delgadina a la ciudad de Durango.
jueves, 22 de octubre de 2009
Une liaison pornographique. Poema
una liaison pornographique, le digo a ella,
que vos y yo tenemos. ella, tal vez se emociona,
pone los ojos en blanco cuando le cuento
detalles, el tiempo que tardaste en desatarte
los cordones, la cicatriz de tu vientre
casi me echo a llorar al verla otra vez,
la música: el cantante que decía frutillas,
frutillas que se mecen y hay gente moviéndose
todo el tiempo en línea recta, ¿no querrías torcer
el camino?, ¿no podríamos torcer el camino?,
no llegué a tender las sábanas nuevas,
otra promesa incumplida, galvánica;
en esta liaison rompimos las anteriores
de un tirón, sin saber que nos lamentaríamos
después, la pornografía de nuestros celos,
los demonios que a veces hacen el amor
mejor que como lo hacemos nosotros. ella
trata de poner un nombre a esto que pasa,
barajar unas palabras, yo me recuesto
hacia atrás, cierro los ojos en el diván
y aunque lo evito, te pienso.
que vos y yo tenemos. ella, tal vez se emociona,
pone los ojos en blanco cuando le cuento
detalles, el tiempo que tardaste en desatarte
los cordones, la cicatriz de tu vientre
casi me echo a llorar al verla otra vez,
la música: el cantante que decía frutillas,
frutillas que se mecen y hay gente moviéndose
todo el tiempo en línea recta, ¿no querrías torcer
el camino?, ¿no podríamos torcer el camino?,
no llegué a tender las sábanas nuevas,
otra promesa incumplida, galvánica;
en esta liaison rompimos las anteriores
de un tirón, sin saber que nos lamentaríamos
después, la pornografía de nuestros celos,
los demonios que a veces hacen el amor
mejor que como lo hacemos nosotros. ella
trata de poner un nombre a esto que pasa,
barajar unas palabras, yo me recuesto
hacia atrás, cierro los ojos en el diván
y aunque lo evito, te pienso.
Here we go again. Poema
Aquí vamos de nuevo, dice la canción,
es ray charles quien lo dice; soy yo. El
teléfono vuelve a sonar, estás en la ciudad.
Voy a hacer el tonto otra vez, dice él,
te lo digo yo, que voy a tratar una vez más.
Vas a romperme el corazón como antes?,
me pregunto, te lo pregunto: a dúo los cantantes
dicen seguro vas a hacerlo, ella jugará igual
su parte y él también; yo haré lo mismo, vos
no tendrás otro remedio: acá vamos de nuevo,
los dos; podría pronunciar tu nombre y hacerlo
encajar en la rima, en el verso, como encaja
en el blanco que es mi cuerpo, podría,
pero esquivo tu flecha, tu aleluya; no debo.
es ray charles quien lo dice; soy yo. El
teléfono vuelve a sonar, estás en la ciudad.
Voy a hacer el tonto otra vez, dice él,
te lo digo yo, que voy a tratar una vez más.
Vas a romperme el corazón como antes?,
me pregunto, te lo pregunto: a dúo los cantantes
dicen seguro vas a hacerlo, ella jugará igual
su parte y él también; yo haré lo mismo, vos
no tendrás otro remedio: acá vamos de nuevo,
los dos; podría pronunciar tu nombre y hacerlo
encajar en la rima, en el verso, como encaja
en el blanco que es mi cuerpo, podría,
pero esquivo tu flecha, tu aleluya; no debo.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Patos & insomnio - Poema
a la 1 me despertaron los patos, eso pensé:
que eran patos, como los de otro tiempo,
los de la otra ciudad, que cruzaban
rumbo al río, de orilla a orilla del paraná.
agucé el oído para descubrir que no lo eran,
ni siquiera eran aves,
me había asaltado el deseo,
un deseo migratorio del pasado;
volví a dormir y en mi sueño
una vieja me dijo que tenía en el aliento
hebras de amarga remolacha,
mal sabor de algo comido en el extranjero:
y hasta muy entrada la mañana
no supe el error en el que estaba,
en la realidad, había comido un dulce,
mucho dulce aquella tarde,
y después delante tuyo, sin el menor pudor
me lavé los dientes, que en mis sueños
seguían sucios de tus besos.
que eran patos, como los de otro tiempo,
los de la otra ciudad, que cruzaban
rumbo al río, de orilla a orilla del paraná.
agucé el oído para descubrir que no lo eran,
ni siquiera eran aves,
me había asaltado el deseo,
un deseo migratorio del pasado;
volví a dormir y en mi sueño
una vieja me dijo que tenía en el aliento
hebras de amarga remolacha,
mal sabor de algo comido en el extranjero:
y hasta muy entrada la mañana
no supe el error en el que estaba,
en la realidad, había comido un dulce,
mucho dulce aquella tarde,
y después delante tuyo, sin el menor pudor
me lavé los dientes, que en mis sueños
seguían sucios de tus besos.
The Scientist. COLDPLAY
Vengo a reunirme con vos,
A decirte que lo lamento,
No sabés lo encantadora que sos.
Tenía que encontrate,
Decirte que te necesito,
Decirte que me he alejé de vos.
Contame tus secretos,
Y preguntame tus preguntas,
Oh, vamos a volver al comienzo.
Corriendo en círculos,
Llegando a las colas,
Cabezas de la ciencia separadas.
Nadie dijo que era fácil,
Es tal vergüenza para nosotros el separarnos.
Nadie dijo que era fácil,
Nadie dijo jamás que sería así de difícil.
Oh, lleváme de nuevo al comienzo.
Solo estaba imaginando,
Los números y las figuras,
Separando los rompecabezas.
Las cuestiones de la ciencia,
De la ciencia y del progreso,
No hablan tan ruidosamente como mi corazón.
Decime que me amas,
Volvé y encantáme de nuevo,
Ay, cuando me acerco al comienzo.
Versión PS.
A decirte que lo lamento,
No sabés lo encantadora que sos.
Tenía que encontrate,
Decirte que te necesito,
Decirte que me he alejé de vos.
Contame tus secretos,
Y preguntame tus preguntas,
Oh, vamos a volver al comienzo.
Corriendo en círculos,
Llegando a las colas,
Cabezas de la ciencia separadas.
Nadie dijo que era fácil,
Es tal vergüenza para nosotros el separarnos.
Nadie dijo que era fácil,
Nadie dijo jamás que sería así de difícil.
Oh, lleváme de nuevo al comienzo.
Solo estaba imaginando,
Los números y las figuras,
Separando los rompecabezas.
Las cuestiones de la ciencia,
De la ciencia y del progreso,
No hablan tan ruidosamente como mi corazón.
Decime que me amas,
Volvé y encantáme de nuevo,
Ay, cuando me acerco al comienzo.
Versión PS.
LA VIDA DO POR EL RAKI (kantiga umorístika - ladino)
La vida do por el raki.
No puedo yo desharlo.
De bever nunka me arti
de tanto amarlo.
El ya mos aze divorsiar
kazamientos de oro.
La vida mos aze pasar
kon rizas i kon yoros.
La vida do por el raki... (repite estribillo)
Kuando esta en el barmil
no avio yo del todo
Kuando me ago kior kandil
Me kaygo en el lodo.
La vida do por el raki... (repite estribillo)
Me siento yo ijo varon
me siento yo primario
Sin tener liras al kashon
Me siento millonario
La vida do por el raki... (repite estribillo)
Raki: licor seco de anís, 45º de graduación alcohólica
Barmil: Barril
me ago kior kandil: me achispo/ me pongo alegre con el alcohol
Primario: primogénito (el que recibe la herencia)
Kashon: cajón
Transmitida por Laura Cotón
Cantada el lunes pasado en el Cidicsef
No puedo yo desharlo.
De bever nunka me arti
de tanto amarlo.
El ya mos aze divorsiar
kazamientos de oro.
La vida mos aze pasar
kon rizas i kon yoros.
La vida do por el raki... (repite estribillo)
Kuando esta en el barmil
no avio yo del todo
Kuando me ago kior kandil
Me kaygo en el lodo.
La vida do por el raki... (repite estribillo)
Me siento yo ijo varon
me siento yo primario
Sin tener liras al kashon
Me siento millonario
La vida do por el raki... (repite estribillo)
Raki: licor seco de anís, 45º de graduación alcohólica
Barmil: Barril
me ago kior kandil: me achispo/ me pongo alegre con el alcohol
Primario: primogénito (el que recibe la herencia)
Kashon: cajón
Transmitida por Laura Cotón
Cantada el lunes pasado en el Cidicsef
lunes, 12 de octubre de 2009
Romance. Francisco de Quevedo
He aquí mi romance preferido de Quevedo...
-¡Parióme adrede mi madre!,
¡ojalá no me pariera!
Aun estaba, cuando me hizo,
de gorja naturaleza.
Dos maravedís de luna
alumbraban a la tierra;
que por ser yo el que nacía
no quiso ser un cuarto fuera.
Nací tarde, porque el sol
tuvo de verme vergüenza,
era una noche templada
entre clara y entre yema.
Un miércoles con un martes
tuvieron grande revuelta,
sobre que ninguno quiso
que en sus términos naciera.
Nací debajo de Libra,
tan inclinado a las pesas,
que todo mi amor le fundo
en las madres vendederas.
Dióme el Léon su cuartana,
dióme el Escorpión su lengua;
Virgo el deseo de hallarle,
y el Carnero su paciencia.
Murieron luego mis padres;
Dios en el Cielo los tenga,
porque no vuelvan acá,
y a engendrar más hijos vuelvan.
Tal ventura desde entonces
me dejaron los planetas,
que puede servir de tinta,
según ha sido de negra,
porque es tan feliz mi suerte,
que no hay cosa mala o buena,
que, aunque la niense de tajo,
de revés no me suceda.
De estériles soy remedio,
pues con mandarme su hacienda
les dará el cielo mil hijos
por quitarme las herencias;
y para que vean los ciegos,
póngame a mí a la vergüenza;
y para que cieguen todos,
llévenme en coche o litera.
Como a imagen de milagros
me llevan por las aldeas,
si quieren sol, abrigado,
y desnudo porque llueva.
Cuando alguno me convida,
no es a banquetes ni fiestas,
sino a los misacantanos
para que yo les ofrezca.
De noche soy parecido
a todos cuantos esperan
para molerlos a palos,
y así, inocente, me pegan.
Aguardan hasta que yo pase,
si ha de caerse una teja;
aciértanme las pedradas,
las curas sólo me yerran.
Si a alguno pido prestado,
me responde tan a secas,
que en vez de prestarme a mí,
me hace prestar la paciencia.
No hay necio que no me hable,
ni vieja que no me quiera,
ni pobre que no me pida,
ni rico que no me ofenda.
No hay camino que no yerre,
ni juego donde no pierda,
ni amigo que no me engañe,
ni enemigo que no tenga.
Agua me falta en el mar,
y la hallo en las tabernas:
que mis contentos y el vino
son aguados dondequiera.
Dejo de tomar oficio
porque sé por cosa cierta,
que en siendo yo caltero,
andarán todos sin piernas.
Si estudiara medicina,
aunque es socorrida ciencia,
porque no curara yo,
no hubiera persona enferma.
Quise casarme estotro año
por sosegar mi conciencia,
y dábanme en dote al diablo
con una mujer muy fea.
Si intentara ser cornudo
por comer de mi cabeza,
según soy de desgraciado,
diera mi mujer en buena.
Siempre fue mi vecindad
mal casados que vocean,
herreros que me desvelan.
Si yo camino con fieltro,
se abraza con fuego la tierra,
y en llevando guardasol,
está ya de Dios que llueva.
Si hablo a alguna mujer
y le digo mil ternezas,
o me pide, o me despide,
que en mí lo picado es roto,
ahorro, cualquier limpieza,
cualquier bostezo es hambre,
cualquier color, vergüenza.
Fuera un hábito en mi pecho
remiendo sin resistencia,
y peor que besamanos
en mí, cualquier encomienda.
Para que no estén en casa
los que nunca salen de ella,
buscarlos yo sólo basta,
pues con eso estarán fuera.
Si alguno quiere morirse
sin ponzoña o pestilencia,
proponga hacerme algún bien
y no vivirá hora y media;
y a tanto vino a llegar
la adversidad de mi estrella,
que me inclinó que adorase
con humildad tu soberbia;
y viendo que mi desgracia
no dio lugar a que fuera,
como otros, tu pretendiente,
vine a ser tu pretenmuela.
Bien sé que apenas soy algo;
más tú, de puro discreta,
viéndome con tantas faltas,
que estoy preñado sospechas.
Aquesto Fabio cantaba
a los balcones y rejas
de Aminta, que aun de olvidarle
le han dicho que no se acuerda.
Tomado de “Romancero”. Folio ed., 1999.
-¡Parióme adrede mi madre!,
¡ojalá no me pariera!
Aun estaba, cuando me hizo,
de gorja naturaleza.
Dos maravedís de luna
alumbraban a la tierra;
que por ser yo el que nacía
no quiso ser un cuarto fuera.
Nací tarde, porque el sol
tuvo de verme vergüenza,
era una noche templada
entre clara y entre yema.
Un miércoles con un martes
tuvieron grande revuelta,
sobre que ninguno quiso
que en sus términos naciera.
Nací debajo de Libra,
tan inclinado a las pesas,
que todo mi amor le fundo
en las madres vendederas.
Dióme el Léon su cuartana,
dióme el Escorpión su lengua;
Virgo el deseo de hallarle,
y el Carnero su paciencia.
Murieron luego mis padres;
Dios en el Cielo los tenga,
porque no vuelvan acá,
y a engendrar más hijos vuelvan.
Tal ventura desde entonces
me dejaron los planetas,
que puede servir de tinta,
según ha sido de negra,
porque es tan feliz mi suerte,
que no hay cosa mala o buena,
que, aunque la niense de tajo,
de revés no me suceda.
De estériles soy remedio,
pues con mandarme su hacienda
les dará el cielo mil hijos
por quitarme las herencias;
y para que vean los ciegos,
póngame a mí a la vergüenza;
y para que cieguen todos,
llévenme en coche o litera.
Como a imagen de milagros
me llevan por las aldeas,
si quieren sol, abrigado,
y desnudo porque llueva.
Cuando alguno me convida,
no es a banquetes ni fiestas,
sino a los misacantanos
para que yo les ofrezca.
De noche soy parecido
a todos cuantos esperan
para molerlos a palos,
y así, inocente, me pegan.
Aguardan hasta que yo pase,
si ha de caerse una teja;
aciértanme las pedradas,
las curas sólo me yerran.
Si a alguno pido prestado,
me responde tan a secas,
que en vez de prestarme a mí,
me hace prestar la paciencia.
No hay necio que no me hable,
ni vieja que no me quiera,
ni pobre que no me pida,
ni rico que no me ofenda.
No hay camino que no yerre,
ni juego donde no pierda,
ni amigo que no me engañe,
ni enemigo que no tenga.
Agua me falta en el mar,
y la hallo en las tabernas:
que mis contentos y el vino
son aguados dondequiera.
Dejo de tomar oficio
porque sé por cosa cierta,
que en siendo yo caltero,
andarán todos sin piernas.
Si estudiara medicina,
aunque es socorrida ciencia,
porque no curara yo,
no hubiera persona enferma.
Quise casarme estotro año
por sosegar mi conciencia,
y dábanme en dote al diablo
con una mujer muy fea.
Si intentara ser cornudo
por comer de mi cabeza,
según soy de desgraciado,
diera mi mujer en buena.
Siempre fue mi vecindad
mal casados que vocean,
herreros que me desvelan.
Si yo camino con fieltro,
se abraza con fuego la tierra,
y en llevando guardasol,
está ya de Dios que llueva.
Si hablo a alguna mujer
y le digo mil ternezas,
o me pide, o me despide,
que en mí lo picado es roto,
ahorro, cualquier limpieza,
cualquier bostezo es hambre,
cualquier color, vergüenza.
Fuera un hábito en mi pecho
remiendo sin resistencia,
y peor que besamanos
en mí, cualquier encomienda.
Para que no estén en casa
los que nunca salen de ella,
buscarlos yo sólo basta,
pues con eso estarán fuera.
Si alguno quiere morirse
sin ponzoña o pestilencia,
proponga hacerme algún bien
y no vivirá hora y media;
y a tanto vino a llegar
la adversidad de mi estrella,
que me inclinó que adorase
con humildad tu soberbia;
y viendo que mi desgracia
no dio lugar a que fuera,
como otros, tu pretendiente,
vine a ser tu pretenmuela.
Bien sé que apenas soy algo;
más tú, de puro discreta,
viéndome con tantas faltas,
que estoy preñado sospechas.
Aquesto Fabio cantaba
a los balcones y rejas
de Aminta, que aun de olvidarle
le han dicho que no se acuerda.
Tomado de “Romancero”. Folio ed., 1999.
Tres coplas andaluzas
Me dijistes q'era ganso,
ven a cortarme una pluma;
que las plumas de los gansos
son abanicos d'argunas.
Señores, tengo una novia
bonita... si Dios quisiera,
blanquita... si la blanquearan,
vestida... si la vistieran.
Er que muere sin probá
er queré d'una morena
se ba d'este mundo al otro
sin sabé lo qu'es canela.
ven a cortarme una pluma;
que las plumas de los gansos
son abanicos d'argunas.
Señores, tengo una novia
bonita... si Dios quisiera,
blanquita... si la blanquearan,
vestida... si la vistieran.
Er que muere sin probá
er queré d'una morena
se ba d'este mundo al otro
sin sabé lo qu'es canela.
Copla popular gallega
Tú me olvidaste por pobre
y tienes mucha razón:
amor pobre y limón verde
sirven para cuando hay ocasión.
y tienes mucha razón:
amor pobre y limón verde
sirven para cuando hay ocasión.
sábado, 10 de octubre de 2009
A ANDORINHA DA PRIMAVERA - Pedro Ayres
Andorinha de asa negra aonde vais ?
Que andas a voar tão alta
Leva-me ao céu contigo, vá
Qu´eu lá de cima digo adeus ao meu amor
Ó Andorinha
da Primavera
Ai quem me dera também voar
Que bom que era
Ó Andorinha
na Primavera
também voar
Canta Teresa Salgueiro, Madredeus.
CUANDO LA PRIMAVERA LLEGA, TUS PENSAMIENTOS
VUELAN LEJOS POR EL CAMINO DEL PRIMER PAJARITO...
Andorinha: Golondrina, en portugués.
Que andas a voar tão alta
Leva-me ao céu contigo, vá
Qu´eu lá de cima digo adeus ao meu amor
Ó Andorinha
da Primavera
Ai quem me dera também voar
Que bom que era
Ó Andorinha
na Primavera
também voar
Canta Teresa Salgueiro, Madredeus.
CUANDO LA PRIMAVERA LLEGA, TUS PENSAMIENTOS
VUELAN LEJOS POR EL CAMINO DEL PRIMER PAJARITO...
Andorinha: Golondrina, en portugués.
Haja o que houver. Pedro Ayres
Haja o que houver
eu estou aqui
Haja o que houver
espero por ti
Volta no vento
Ó meu amor
volta depressa
por favor
Há quanto tempo
já esqueci
Porque fiquei
Longe de ti
Cada momento
é pior
Volta no vento
Por favor
Eu sei, eu sei
Quem és para mim
Haja o que houver
espero por ti
Canta Teresa Salgueiro, Madredeus.
LOVE IS WAITING
eu estou aqui
Haja o que houver
espero por ti
Volta no vento
Ó meu amor
volta depressa
por favor
Há quanto tempo
já esqueci
Porque fiquei
Longe de ti
Cada momento
é pior
Volta no vento
Por favor
Eu sei, eu sei
Quem és para mim
Haja o que houver
espero por ti
Canta Teresa Salgueiro, Madredeus.
LOVE IS WAITING
OXALÁ. Pedro Ayres
Oxalá, me passe a dôr de cabeça, oxalá
Oxalá, o passo não me esmoreça;
Oxalá, o Carnaval aconteça, oxalá,
Oxalá, o povo nonca se esqueça;
Oxalá, eu não ande sem cuidado,
Oxalá eu não passe um mau bocado;
Oxalá, eu não faça tudo à pressa,
Oxalá, meu Futuro aconteça
Oxalá, que a vida me corra bem, oxalá
Oxalá, que a tua vida também;
Oxalá, o Carnaval aconteça, oxalá
Oxalá, o povo nunca se esqueça;
Oxalá, o tempo passe, hora a hora,
Oxalá, que ninguém se vá embora,
Oxalá, se aproxime o Carnaval,
Oxalá, tudo corra, menos mal.
canta Madredeus.
Oxalá, o passo não me esmoreça;
Oxalá, o Carnaval aconteça, oxalá,
Oxalá, o povo nonca se esqueça;
Oxalá, eu não ande sem cuidado,
Oxalá eu não passe um mau bocado;
Oxalá, eu não faça tudo à pressa,
Oxalá, meu Futuro aconteça
Oxalá, que a vida me corra bem, oxalá
Oxalá, que a tua vida também;
Oxalá, o Carnaval aconteça, oxalá
Oxalá, o povo nunca se esqueça;
Oxalá, o tempo passe, hora a hora,
Oxalá, que ninguém se vá embora,
Oxalá, se aproxime o Carnaval,
Oxalá, tudo corra, menos mal.
canta Madredeus.
domingo, 4 de octubre de 2009
Receta de la abuela - Laura Wittner
Dejá primero que se te llenen los oídos
de conversación y elementos metálicos.
Volcá sobre esa capa los poemas impresos
y dejá que te llenen la cabeza.
Mientras tanto café, y con viento a favor
suena la alarma y manoteás la lapicera.
De LLuvias
de conversación y elementos metálicos.
Volcá sobre esa capa los poemas impresos
y dejá que te llenen la cabeza.
Mientras tanto café, y con viento a favor
suena la alarma y manoteás la lapicera.
De LLuvias
Respondiéndole a Carver diez años después. Laura Wittner
El cuerpo no pesa lo suficiente sobre el colchón
y el deseo de dormir se diluye
en el deseo de todo. Este hartazgo
no se puede glosar.
Ni siquiera es hartazgo.
Para que el cuerpo logre algún reposo
la mente tiene que salir al aire gélido
en estampida, pero estampida silenciosa
como todo lo iluminado por la luna.
De LLuvias
y el deseo de dormir se diluye
en el deseo de todo. Este hartazgo
no se puede glosar.
Ni siquiera es hartazgo.
Para que el cuerpo logre algún reposo
la mente tiene que salir al aire gélido
en estampida, pero estampida silenciosa
como todo lo iluminado por la luna.
De LLuvias
jueves, 1 de octubre de 2009
Cada vez que nos decimos adiós, yo muero un poco. Cuento
La historia de Amanda Spengler es la siguiente.
Era azafata de Delta o de United Airlines, asistente de vuelo, como se dice ahora. Cuando niña, creía que ser azafata era el colmo del glamour, la crema de la crema; un trabajo que hubiera podido hacer Audrey Hepburn o Natalie Wood. Cuando le tocó subirse al avión y servir en bandejas de plástico pollos al curry con idéntico sabor a plástico y oír las interminables quejas y pánicos de los pasajeros, comprendió que el suyo era un oficio peor que el de criada. Creció en Grand Rapids, Michigan y de Grand Rapids pronto se aburrió, como la mayoría de la gente. Se fue a Detroit, le gustaba oír el jazz; en eso Detroit era famosa. También le gustaba tomar y no lo consideraba pecado: había varios cirróticos en su familia. En una licorería conoció a Pauline; estaba con otros estudiantes. Compraba licor el que tenía su identificación consigo y era mayor de edad: Pauline era menor de edad por ese entonces; después alquilaban un cuarto de hotel en los suburbios, por un fin de semana, y se emborrachaban ahí. A veces, el patrón hubo de llamar a la policía. Eran un chico y tres chicas, una se llamaba Diane y estaba otra muy alta y rubia y Pauline; en aquel tiempo, Amanda se sabía los nombres de los cuatro pero después se los fue olvidando. Estaba ocupada tomando el cursillo de la aerolínea, distraída. Pero salía con ella, con Pauline; quedaban en encontrarse en bares, en medio de la oscuridad. Siempre llegaba primero Amanda y la esperaba acodada en la barra. Pedía whisky con agua. Había un pez espada disecado en la puerta del bar; debajo el cartel: “Enter as strangers. Leave as friends”. Pauline venía después de hora, agitada, trabajaba en una tienda. Una del tipo de Macy’s y a ella le tocaba volver a doblar la ropa que la gente devolvía. Eso la demoraba. Como sea, entraba, bebía dos o tres sorbos rápidos del vaso de Amanda, o a veces hasta pedía una cerveza roja, de raíz, para ella sola. Después se iban a la cama. Al tiempo, se mudaron a Maine.
La compañía pagaba bien, le daba a Amanda un sueldo decente y ella debía viajar de un punto del país a otro. Con los viajes fue perdiendo peso y su silueta se estilizó; adquirió un aire a Mary Poppins. Tenía un tic, un guiño que hacía con el ojo izquierdo, más o menos cada seis minutos. Su rostro permanecía impasible, pero el ojo hacía el guiño. En general, los pasajeros de los Boeing 767 solían creer que se los hacía a ellos, después caían en la cuenta de que o estaba haciéndoselo a todo el mundo o de que era una chica que padecía de nerviosismo. Esto último era lo correcto. Nadie, ni ella misma, sabía si tenía la vista debilitada o agudizada por el tic. Probablemente viera más que los demás: en los asientos de atrás de la salida de emergencia, un muchacho chino se masturbaba delicadamente y la mujer de al lado lloraba, los dos sin haberse notado el uno al otro, aunque estén sentados juntos. Este tipo de cosas veía Amanda; estas cosas, quizás, minaron sus fuerzas.
Cuando volvía a casa nunca encontraba a Pauline en el lugar que podía estar. La hallaba en el pub irlandés, el Kate O’Brien. Durante un tiempo, Amanda pensó que Kate O’Brien de verdad existía y era la dueña del pub. Le servía tragos a Pauline, que seguía siendo menor de edad, y a cambio, Pauline la engañaba con ella. Después supo que estaba confundida. El nombre del pub era un nombre de fantasía. Igual, Pauline la engañaba con alguien. Le venía con la cancioncita del te necesito/no te necesito, y antes de salir del pub ya empezaba a pelear y le armaba un escándalo por cualquier cosa. El amor vuelve a las personas obtusas, les sensibiliza en extremo la piel y les endurece el corazón. Igual, ella no usaba la palabra amor, la consideraba un clisé. Evitaba usarla con Pauline. Sin duda, Amanda Spengler era un caso invertido, extraño. Era extrovertida cuado estaba en público –bromeaba hasta sobre su tic- y enfermizamente tímida en la intimidad. Sentía vergüenza de comunicar sus sentimientos a la persona amada, pero podía dar un discurso sobre el rol de la aviación en la sociedad actual, gritarlo, a un auditorio de cincuenta mil personas. Esas noches, cuando llegaban a la casa desde el pub, Amanda tenía que convencer a Pauline para que hicieran el amor. Hablarle y ablandarla, como si le estuviera proponiendo meterse en un negocio ilegal. Después, lo hacían y ella quedaba insatisfecha. Uno termina aceptando la insatisfacción como parte del precio para estar con alguien, pensaba Amanda en el vuelo siguiente, al día siguiente. Una vez realizada para los pasajeros la coreografía del salvataje (el buen uso del chaleco salvavidas, las mascarilla de oxígeno, el cinturón de seguridad), ya no volvía a pensar en su vida personal. Volaban a treinta mil pies de altura, por encima de las nubes. Eso volvía a las cosas sencillas, cosas lejanas.
Le gustaba estar en el cielo, la entretenía. A veces se quedaba pasmada mirando por la ventanilla el movimiento que hacían las nubes al pasar o que hacían ellos, dentro del avión, una flecha que irá a dar en el blanco. En estas ocasiones alguna de las compañeras se veía obligada a tocarle el hombro, sacarla del ensimismamiento. Del “being in a brown study”, como le llamaban los poetas: sumida profundamente en la infelicidad o en pensamientos tristes. Ella las odiaba cuando hacían eso, acabó teniéndoles tirria. Fue descuidándose. La jefa de azafatas una vez tuvo que llamarle la atención por la desprolijidad de sus ropas. El uniforme negro, la polera de cuello alto, el pantalón de streech con una leve terminación en pata de elefante. Todas hablando igual, sonriendo por igual y sin dimensión. No se sentía una asistente de vuelo; se sentía una de Las Ronnettes lanzando al desgaire Be my baby o algunos de aquellos viejos éxitos de los ‘60. “Te haré feliz, querido, sólo tienes que esperar para ver/ por cada beso que me des, yo te daré tres…” Una falda larga, negra, angosta, era mucho más apropiado para una asistente de vuelo. Esto a veces era tema de debate entre ellas; nunca llegaban a una conclusión.
Amanda Spengler tenía una preocupación: quería llevar adelante una vida moderada, donde reinara el autocontrol. Entre los tres y los nueve años vivió en seis estados, seis lugares distintos, siguiendo a su padre por cada trabajo adonde lo arreaban. Después que él enfermó, ella volvió con la madre. Ninguna de las dos estaban contentas, buscaban la tregua del silencio. Pero la preocupación o la fantasía por no caer en el descontrol genera algo peor, amamanta el aburrimiento. Mediando el mes de febrero de un año atrás, Amanda llegó de la compañía y encontró a su compañera en brazos de otra, de otro. Por un mes no le dijo nada; no tuvo ánimo suficiente.
Después, un día se fue de improviso.
Fin de la relación.
Pide trabajo en otra aerolínea, en American Airlines. Sobre todo porque hacen vuelos al extranjero. Tal vez tiene la vaga idea de que no hay cosa que no cure la distancia; el kilometraje recorrido aclara las ideas. Además en American Airlines usan una pollerita muy decente; les tapa las rodillas y tiene un aire a los diseños de Cocó Chanel. Esto le gusta; aunque sabe que lejos está el trajecito de pertenecer a los diseños Chanel: se limitan a contratar a unos inmigrantes ilegales, latinoamericanos o asiáticos, de manos pequeñas, dedos diminutos, que pueden pegar botones con cierto detalle. Le dan a Amanda los vuelos a América del Sur, así que debe pulir su castellano, el que aprendió en la escuela. Una vez le tocó dar el mensaje de bienvenida a los pasajeros hispanos y su pronunciación fue incomprensible. El piloto la reprendió, pero el pasaje no se quejó: nadie le presta atención a las azafatas, sino es para mirarles las pantorrillas y las nalgas.
Le gustó Caracas, el espíritu de la gente, los jugos de frutas dulces.
Alguien le hizo probar un trago de guarapita venezolana con mucho ron blanco y el dolor de cabeza le duró tres días seguidos. Nunca más volvió a tomarlo, temía aficionarse a él. Mientras estuvo en Caracas, llamó un par de veces a Pauline a Portland, en Maine, pero nadie contestó el teléfono. Pensó si Pauline estaba tan enojada con ella como para dejar la ciudad, mudar de casa, de número de teléfono, la vida por completo que ellas llevaban y no darle señales. Alguien en quien uno ha invertido tanto tiempo físico o mental, no puede irse así porque sí. Es como parte de la familia, del elenco estable, pensaba Amanda. No se atrevió a volver a llamar; le daba temor corroborar que, efectivamente, Pauline se había ido sin dar señales e importándole un cuerno de la existencia de Amanda Spengler y los deberes y compromisos que según ella podían crear los afectos pasados. Es probable que Pauline estuviera hasta la verija de Amanda.
Después, la mandaron en vuelos a Buenos Aires.
Descubre un país, un mundo, Buenos Aires. La ciudad que se dice la más europea de América, después de Montreal y de Boston. Le divertían los argentinos; cuando hablaban rápido no les entendía una sola palabra. Eran como una música; si se concentraba la melodía de lo que decían se le quedaba grabada en la memoria: así aprendía el español, ella. (La música de verdad que tenía en su mente: la voz de Pauline, todas sus palabras, el sonido hasta de su bostezo apenas despertaba en la mañana, el chasquido de sus besos.) Pero Buenos Aires la distrae, los vuelos Buenos Aires-Nueva York; Miami-Buenos Aires o Dallas-Buenos Aires. Aeropuerto Pistarini, en Ezeiza. Qué palabra tan extraña, tan sonora: Ezeiza; como tres palabras juntas en idioma inglés, dichas en un balbuceo a medianoche. Estoy con acidez en el estómago, ¿dónde están las sales? Algo así puede significar Ezeiza; quién sabe lo que quiere decir en realidad, de dónde viene ese nombre, el origen de la palabra.
La gente allí es tranquila, cálida. Tienen demasiadas ganas de llegar a casa. No piensan en otra cosa. La carne que sirven no es buena, al vino hay que pagarlo aparte. Estas cosas molestan a los argentinos. A veces ella se sienta al lado de alguno de los pasajeros, para contemporizar. La vez de esta historia, ella se sienta junto al pelirrojo. Es un hombre de edad indefinida, puede tener menos de treinta como cuarenta y cinco. Tiene una sonrisa perfecta; es obvio que ese hombre se dedica a vender productos en su país y que los vende con éxito. Basta verlo sonreír, mover las manos. Se ríe con los ojos cuando habla, crea una complicidad. Cuando ella se sienta a su lado, aclara, sin que haya mediado ninguna palabra entre ambos, que no tiene la menor intención de seducirla. Lo dice en chiste o lo que sea; le está sonriendo. Ella asiente, el tic en el ojo izquierdo marca un paso más rápido. El pelirrojo habla solo; este viaje es muy largo, dura ocho o diez horas y la mayoría de la gente no logra conciliar el sueño. Asientos muy estrechos, no se soportan más de dos horas seguidas sin que le duela a uno la rabadilla. Amanda Spengler los comprende: ha hecho esto toda su vida, pasearse como sonámbula dentro de aviones en penumbra, de aquí para allá, echándose la manta de la aerolínea como un chal sobre los hombros y preguntando a todos y cada uno, solícita: “Do you need something else?” Por eso acepta conversar con el pelirrojo; por él más que por ella. Cuando él se siente en su salsa, durante los relatos que hace –de sus negocios, sus relaciones con las mujeres, los hijos, los padres- mueve los codos como una gallina clueca y la roza. El roce lo hace entrar en confianzas. Le confía su historia con una amante en vigencia o una ex amante, Amanda no entiende bien; tampoco le importa. Le dice que la ex amante canta, grabó discos. El tararea las cosas que la mujer canta; se sabe las melodías de ella de memoria, pero no puede cantar bien en inglés. El odia el idioma inglés, le dice; pero no se queja porque el francés le parece peor, una lengua sádica. Hay una canción, sigue él, que lo impresionó mucho: la ex amante la cantaba un poco llorando ante el público y eso al público le gustaba. La gente es mala. Seguro que si supieran que las lágrimas de la cantante eran fingidas y de oficio, se sentirían ofendidos. Ellos querían sangre de verdad, como los romanos en el circo. Un poco de diversión, ¡la vida es tan decepcionante! La canción, una vieja del gran repertorio americano, una de Cole Porter. El la escribe cuando está enamorado de su mujer –o vaya uno a saber de quién, no iba a ponerse el pelirrojo en biógrafo a esa altura de la noche- ¿por qué sentimos que nos morimos un poco cuando nos decimos adiós, cuando nos separamos?; cada vez que nos decimos adiós, yo muero un poco, canta el tema. Como sea, él tararea la melodía. Bajo. Inaudible. Ella se emociona; le suben los colores a las mejillas. Desde la adolescencia que está convencida de que el heterosexual masculino es un ser inferior. Otra raza, inferior. La convicción con que se consiguen una mujer, como una esclava blanca para todo servicio. La preocupación constante, la desesperación por el tamaño y uso de sus propios genitales. La eterna comparación a los que los someten; el sentido de la existencia que les pasa por si poseen una pulgada más o menos que otro, por si la erección no es la adecuada para hacer morir de admiración a un arquitecto de edificios y rascacielos. El problemita que llevan entre las piernas, como quien tiene una enfermedad. Todo eso piensa Amanda Spengler de los hombres, porque nunca le gustó ninguno, porque nunca se enamoró de ninguno. Ahora ya es tarde para enamorarse, la emoción. Hay un tiempo para sentirla y hay un tiempo en que ya no se siente más, sino como un placer efímero y fenoménico, menos duradero incluso que el tequila en el curso sanguíneo. Pero el pelirrojo sigue tarareando, seductor. Sigue y sigue. No hay desolación mayor que la tristeza de una canción; el ritmo por donde se pierde la razón, como por una hemorragia. Una canción puede matarte. Ella querría sacar al hombre pelirrojo de su asiento de las pestañas, echarlo cielo abajo por la puerta de emergencias. Explicarle que las nubes son para ella su paisaje natural. Esto no puede hacerlo, es de noche. Ni siquiera brilla una estrella, hay luna nueva: tampoco ven la luna. Este viaje es peor que el opio. No tiene él derecho a venir a perturbar su esencia celestial. Todavía piensa en Pauline y las noches así, más que nunca. Es un recuerdo doloroso y ella no se queja. Pronto, cuando piense en Pauline ya no sentirá nada, por eso prefiere el dolor. Así que, para acallarlo principalmente, lo besa en los labios. El hombre responde a su beso, con delicadeza. Es un beso subrepticio, el señuelo de lo que puede venir. La atracción que Amanda Spengler siente de pronto por él, tal vez la hace desear que cuando arriben podrían hacer el amor en algún hotel. Nunca hizo el amor con un hombre antes; no ha sentido la curiosidad. Pero venida a probar emociones nuevas, Amanda Spengler no es de las que se beben una copa: es de las que se toman la jarra entera. Esta misma noche, apenas aterricen en Buenos Aires podrían ella y el hombre hacer el amor. O dentro de un rato. Podría sentir, quizás calcula, que el pelirrojo un poco tonto y todo, la llegará a completar; la completud en el acto sexual que era algo que con tanta mezquindad le negaba Pauline. El pelirrojo hasta podría darle hijos; esa posibilidad, la de tener hijos, concebir del semen de un hombre, llevar el embrión, luego el feto en el vientre, era una cuestión que nunca antes se le pasó por la mente, al menos mientras vivió con Pauline. Pauline, Pauline, Pauline, ya estaba un poco harta de tener ese nombre metido como un tatuaje bajo la piel. Toca con su mano de seda, el dorso de la mano del hombre. En señal de camaradería, de amistad, de pasión, quién sabe. El hombre le sonríe con su sonrisa espléndida. Dientes que son naturales, dientes que naturalmente son reacios a adquirir caries. Una estructura fuerte, una biología perfecta; hijos pelirrojos, amor como luciérnagas, como mariquitas cruzando el resto de su existencia. Amor a rabiar, ¿qué más podía pedir? El hombre se lleva el dedo índice a los labios, en señal de silencio. Tal vez, piensa Amanda Spengler, irá a levantarle un poco la modosa faldita de la American Airlines. La faldita hipócrita. Se acerca a su oído, hasta erizarle los minúsculos vellitos de su oreja. Así que le dice, con suavidad y en un claro castellano que tiene una bomba en el equipaje de mano. Después repite la frase en correcto inglés. Más precisamente tiene la bomba en el bolso de nylon que está debajo del asiento delantero, al cual él roza con sus pies, porque en esta mierda de butacas de American es imposible despatarrarse.
Durante un minuto ella no piensa.
A lo mejor pasa más tiempo, hasta que puede volver a pensar, reaccionar.
Todavía le parece que oye la canción que hasta hace un instante él hacía vibrar en su garganta, en el aire.
Amanda Spengler no contesta. Pero al final arma una frase, que dice en voz baja y más para sí misma que para el pelirrojo. También ella tiene una bomba en el corazón, y un día de estos acabará por explotar. Después se levanta, airada. Tiene el porte de una cigüeña, cuando agacha la cabeza para alisarse la falda que ya nunca jamás levantará un hombre por sobre sus flacas rodillas. Una cigüeña que destroza con elegancia el bicho que acaba de pescar con el largo pico. Sabe que debe avisar a la jefa de la tripulación, al comisario de a bordo, al piloto, a la torre de mandos. Después de todo, es lo que el hombre espera de ella. Para algo se tomó tantos trabajos, armar una bomba y cantarle una canción, embaucarla. Pero permanece estática, en su posición de ave zancuda. Llenándolo con el desprecio de sus ojos, que alguna vez Pauline alabara. También ella tiene algo que decir, aunque justo se haya quedado muda, exiliada de las palabras. Después, contra todas las reglas de seguridad de la aviación, Amanda Spengler, entra en el lavatory y se echa a llorar. Llora, llora, se la escucha llorar fuera del lavatory; aunque nadie se acerca a preguntarle qué pasa. El llanto, un grito alto cruzando el cielo, en la frontera de los Estados Unidos, desgarrado como un graznido.
Fin del cuento.
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