Caminaré entre las piedras

Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...

Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."

"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale
Un libro que debes leer!

lunes 29 de junio de 2009

En qué creo - J. G. Ballard

Creo en el poder de la imaginación para rehacer el mundo, liberar la verdad que
hay en nosotros, alejar la noche, trascender la muerte, encantar las autopistas,
congraciarnos con los pájaros y asegurarnos los secretos de los locos.
Creo en mis propias obsesiones, en la belleza de un choque de autos, en la paz del
bosque sumergido, en la excitación de una playa de vacaciones desierta, en la
elegancia de los cementerios de automóviles, en el misterio de los
estacionamientos de varios pisos, en la poesía de los hoteles abandonados.
Creo en las pistas de aterrizaje olvidadas de Wake Island, señalando a los
Pacíficos de nuestras imaginaciones.
Creo en la belleza misteriosa de Margaret Thatcher, en el arco de sus fosas
nasales y el borde de su labio inferior; en la melancolía de los conscriptos
argentinos heridos; en las sonrisas perturbadas de los empleados de estaciones
de servicio; en mi sueño sobre Margaret Thatcher acariciada por ese joven
soldado argentino en un motel olvidado, observados por un empleado de estación
de servicio tuberculoso.
Creo en la belleza de todas las mujeres, en la perfidia de sus fantasías, tan cerca
de mi corazón; en la unión de sus cuerpos desencantados con los rieles de cromo
de las góndolas de supermercado; en su cálida tolerancia de mis propias
perversiones.
Creo en la muerte del mañana, en el acabamiento del tiempo, en la búsqueda de
un tiempo nuevo en las sonrisas de las mozas de los bares de las rutas y en los
ojos cansados de los controladores de tráfico aéreo en aeropuertos fuera de
temporada.
Creo en los órganos genitales de los grandes hombres y mujeres, en las posturas
corporales de Ronald Reagan, Margaret Thatcher y la Princesa Diana, en el suave
olor que emana de sus labios cuando miran a las cámaras del mundo entero.
Creo en la locura, en la verdad de lo inexplicable, en el sentido común de las
piedras, en la demencia de las flores, en la enfermedad reservada para la raza
humana por los astronautas del Apolo.
No creo en nada.
Creo en Max Ernst, Delvaux, Dalí, Tiziano, Goya, Leonardo, Vermeer, de Chirico,
Magritte, Redon, Durero, Tanguy, el Facteur Cheval, las torres Watts, Bocklin,
Francis Bacon, y en todos los artistas invisibles dentro de las instituciones
psiquiátricas del mundo.
Creo en la imposibilidad de la existencia, en el humor de las montañas, en lo
absurdo del electromagnetismo, en la farsa de la geometría, en la crueldad de la
aritmética, en las intenciones asesinas de la lógica.
Creo en las adolescentes, en la corrupción que hay en ellas sólo por la postura de
sus piernas, en la pureza de sus cuerpos desaliñados, en los rastros que sus partes
pudendas dejan en los baños de moteles miserables.
Creo en el vuelo, en la belleza del ala, y en la belleza de todo lo que alguna vez
haya volado, en la piedra arrojada por un niño pequeño que lleva en sí misma la
sabiduría de los estadistas y de las parteras.
Creo en la amabilidad del bisturí, en la geometría sin límites de la pantalla de
cine, en el universo oculto dentro de los supermercados, en la soledad del sol, en
la locuacidad de los planetas, en la redundancia de nosotros mismos, en la
inexistencia del universo y el aburrimiento del átomo.
Creo en la luz que arrojan las videograbadoras en las vidrieras de las grandes
tiendas, en la agudeza de las parrillas de los radiadores en los salones de venta de
automóviles, en la elegancia de las manchas de aceite sobre las barquillas de los
motores de los 747 estacionados en las pistas de los aeropuertos.
Creo en la no existencia del pasado, en la muerte del futuro, y en las infinitas
posibilidades del presente.
Creo en el desarreglo de los sentidos: en Rimbaud, William Burroughs,
Huysmans, Genet, Celine, Swift, Defoe, Carroll, Coleridge, Kafka.
Creo en los diseñadores de las Pirámides, el Empire State, el bunker del Fuhrer
en Berlín, las pistas de aterrizaje de Wake Island.
Creo en la fragancia del cuerpo de la Princesa Diana.
Creo en los próximos cinco minutos.
Creo en la historia de mis pies.
3
Creo en las migrañas, el aburrimiento de las tardes, el temor a los calendarios, la
traición de los relojes.
Creo en la ansiedad, la psicosis y la desesperanza.
Creo en las perversiones, en el amor obsesivo por los árboles, las princesas, los
primeros ministros, las estaciones de servicio abandonadas (más bellas que el Taj
Mahal), las nubes y los pájaros.
Creo en la muerte de laa emociones y el triunfo de la imaginación.
Creo en Tokio, Benidorm, La Grande Motte, Wake Island, Eniwetok, Dealey
Plaza.
Creo en el alcoholismo, las enfermedades venéreas, la fiebre y el agotamiento.
Creo en el dolor.
Creo en la desesperanza.
Creo en todos los niños.
Creo en mapas, diagramas, códigos, juegos de ajedrez, rompecabezas, tableros de
horarios de vuelos, carteles indicadores de los aeropuertos.
Creo en todas las excusas.
Creo en todas las razones.
Creo en todas las alucinaciones.
Creo en toda la rabia.
Creo en todas las mitologías, recuerdos, mentiras, fantasías y evasiones.
Creo en el misterio y la melancolía de una mano, en la amabilidad de los árboles,
en la sabiduría de la luz.

[Traducción Claudia Kozak]

domingo 28 de junio de 2009

El tío José

Las tres hijas del tío José estaban locas: Gisela, Mariel y Almita. Pero de las tres, la más loca era Almita. Así se contó la triste historia de la prima Almita, aunque a decir verdad en sus genes ya había mucho del tío José transgrediendo cuanta norma podía transgredir y desatando la locura. Igual, el tío José, decían todos en mi familia, era el argentino más típico que se podía imaginar y no el excéntrico que yo deducía. Para empezar, transgredió la religión de sus padres. El tío José y sus hermanos se escapaban del bazar y de la vigilancia materna los días patrios para ir a comer chorizo y achuras en casa de los cristianos. Un par de veces, el tío José dudó delante de su madre y se sintió tentado a delatar la fechoría de los hermanos. Los hermanos sabían que él dudaba –hasta mi padre, Benja, lo sabía- porque era tan idiota que no sabía mentir cuando la madre lo miraba: le temblaba el labio de abajo o una ceja o hasta la punta de la nariz y la vieja enseguida se daba cuenta de que los doce se traían algo entre manos. Por eso, un par de veces, sobre todo para las fiestas de mayo en que las Hijas de María y Santa Filomena del convento cocían el locro patrio con carne de pecho, chorizo y mondongo, los hermanos se sacaron a tío José de encima mandándolo a jugar a la pelota. Como al tío José nunca le gustó el fútbol, sino que el ir y venir de la pelota le daba miedo, seguía furtivamente a los hermanos al convento y recibía su porción de locro que una hija de María le llevaba a escondidas al sótano, donde estaban las criptas. La hija de María le contaba sus sueños y él a esa información la jugaba en la quiniela clandestina. Apostaba pocos centavos –los que se apropiaba de los vueltos de mandados de su madre- y como jugaba a los cinco o a los diez, pero nunca a la cabeza, la ganancia era siempre escasa. Ahorraba para viajar de vuelta a Salónica, en un transatlántico. Nunca consiguió completar el dinero para el boleto y cuando la madre lo descubrió, lo encerró en el baño sin comida por una semana y en esa semana él no derramó una sola lágrima. Era un chico duro; el peor de los doce, decían.
La juventud de tío José pasó de esta manera y después se casó con la tía Alma que era malvada, dolorida de una pierna tanto que rengueaba y aparte, criolla, o italiana. La tía Alma se convirtió a la religión de su esposo, porque así lo requerían los abuelos; igual, en la fiesta se sirvieron sandwiches de miga de jamón y también jamón glasé. Nadie comió allí a escondidas.
Con los años, la tía Alma demostró su fertilidad haciendo padre tres veces al tío José. La pierna se enfermó y largaba un olor fétido; estuvieron a punto de cortársela. El tío José, abandonó tiempo completo las idas a la sinagoga e hizo una promesa a San Baltazar, el rey negro, que preservó la pierna. El tío José durante años dio fiestas en honor del santo, los 6 de enero, en su casa quinta. Iban los parientes desde la ciudad y el pueblo en donde se erigía la quinta era famoso por su hospital pisquiátrico, que albergaba a cientos de pacientes. Los locos iban a los festines del tío José en honor de san Baltazar.
El tío José y sus hermanos hicieron del bazar del padre, tres zapaterías. Además eran fabricantes de zapatos. Vendían aquí y allá, vendían zapatos a muy bajo precio para la población esclava, y gracias a un pase de tren de Perón, hacia el ’45, los tres viajaban al norte a vender zapatos y zapatillas. Los tres al unísono odiaban a Perón, pero vender zapatos era una cosa sagrada. Los gobiernos se sucedieron y ellos pasaron alternativamente de la pobreza a la riqueza y viceversa. Un día, los argentinos votaron un turco y el turco les hundió el negocio a tantos como pudo. Parece un niño jugando con barquitos de papel a los que sumerge en el agua con un dedo. El tío José se fundió, y pidio por un milagro salvador. Al rey negro dejaron de rendirle culto; tenían que buscar a alguien nuevo. Encontraron un pastor evangélico que cantaba y hablaba en lenguas, al que seguía una multitud. El pastor se había conseguido una pileta de lona y metía ahí dentro a los quejumbrosos, quienes salían del agua convertidos en hijos de Cristo. El tío José se metió en el agua hasta los hombros y obligó a meterse a toda su familia. Hizo donaciones de zapatos –los que le quedaron en el stock- a otros hermanos de la congregación, que andaban descalzos o que deseaban cambiar de modelo. Hubiera sido mejor venderlos, pero el pastor lo obligó a regalarlos como corderos de sacrificio. Ahí se fueron veinte pares de guillerminas; doce de mocasines, ocho de Luis XV. El tío José no tenía un peso partido a la mitad; pero tenía el amor de Cristo. El tío José se hizo pastor evangélico: nadie podía ordenarle a él ahora cuándo debía vender y cuándo regalar. El tío José aconsejaba a su propio redil vivir en el amor de Dios. Las hijas grandes mucho caso no le hicieron y se fueron a vivir a otras ciudades, como escapadas de él. La prima Almita, en cambio, era cariñosa. Cuando tenía diez años parecía de cuatro. Por la miopía no hubo santo que les hiciera el milagro y calzó unos anteojos de marco grueso que le hacían ojos de escuerzo. Era fea. La prima Almita no soportaba las burlas en la escuela y pidió a la madre que la sacara. El tío José no envió más a su hija a la escuela: Almita apenas si cursó media primaria. Cuando tenía quince años parecía de once; y nunca pareció mayor de quince años: ni física ni espiritualmente. Nadie la consideraba una retrasada mental. Mucha gente tiene quince años mentales y se mezcla normalmente con los demás. Con el cristianismo a Almita le vino un mal peor que la fiebre del heno y andaba detrás de un drogadicto. El drogadicto y ella tuvieron relaciones pecaminosas; Almita tuvo un bebé. El drogadicto se casó con la prima Almita; el tío José lo sumergió un buen rato, un rito de bautismo que parecía más una tortura, y después lo nombró ayudante de su ministerio en el templo. El drogadicto abandonó la droga, el tío José le abrió un bolichín para que vendiera zapatos. El drogadicto era un inútil, pero ellos le tenían fé.
De todas formas, el negocio del tío José quebró. El tío José hizo sus papeles en la Embajada de Israel y se marchó su esposa a la ciudad de Ashdot. Ahí le dieron un año para que aprendiera el idioma y le pagaron un sueldo mientras lo aprendía. Después, como él ya andaba por los sesenta, el tío José comenzó a cobrar la jubilación. Pero el tío José no se fue solo; arrastró con él a la Almita, al ex drogadicto y al bebé, que ahora era un niño crecido. El Gobierno les dió a los tres un departamentito en Ashdot, una ciudad de inmigrantes. El ex drogadicto y el niño cumplieron el servicio militar con el ejército. El ex drogadicto tenía cerca de cuarenta años por ese entonces; al Ejército Israelí y a la prima Almita, como a casi todo ser en la tierra, el ex drogadicto les resultaba un inútil. La prima Almita lo echó de la casa. Yerno y suegro pasaron de allí en más las tardes juntos, leyendo el Talmud y amenizando con una copita de licor. Era el licor de mandarinas que hacía la tía Alma; se bebía de a sorbitos. El yerno se hizo alcohólico y al final se murió de un infarto; el tío José, en cambio, se volvió un sabio hasídico. Hasta obligó a la tía Alma que se rape y se pusiera una peluca. Comentaba la Torá por las callecitas circundantes a la sinagoga y hasta tenía un grupejo de discípulos fascinados con las lecturas que él podía hacer de un texto sagrado. Predicaba con voz cascada, de viejo cura carmelita o de rabino embebido desde varias vidas atrás en las tradiciones semíticas. El nieto fue enviado a la frontera de Gaza y la prima Almita, su madre, vivía con el corazón en la boca del miedo de que se lo mataran. Ella no logró nunca aprender el hebreo, lo hablaba mal: apenas si sus conocimientos alcanzaron para que le consiguieran un trabajo de fregar casas. Tampoco la prima Almita era buena limpiando; cuando estaba con el esparadrapo de pronto le venían a la mente los fiestones dedicados al rey Baltazar, donde ella era condecorada reina de belleza, reina de la noche, o más aun, le venía a la mente la mañana en que despertó hablando en arameo y predicando la doctrina de Cristo y fue un milagro viviente. Ahora todo eso, quedó atrás. La guerra era un muy mal trago que les tocaba tomar, pero el tío José no soportó la guerra. Estaba en contra de lo que hacía ese país con los palestinos. Le dolía un músculo del corazón día sí, dia no; tenía una cardiopatía, estba viejo: ¿por qué iría a morirse lejos de su Argentina? Hizo sus bártulos y se volvió con la tía Alma, alquilaronn una pieza de pensión y vivían con la jubilación israelita. El tío José, de ahí en más, entretuvo sus horas remendando zapatos, mientras la tía Alma le leía en voz alta revistas de la farándula. Almita quedó allá, en el departamentito de Ashdot. Un día, les llegó un telegrama: la prima Almita tuvo un ataque de locura y se tomó un frasco de lavandina. Los médicos lucharon para salvar las paredes del estómago. El tío José decidió volver a buscarla, pero no volvió. Tiene una valija lista, por si hace acopio de coraje y parte. La
primera actividad de la mañana del tío en la actualidad es echar una alfombrita en el suelo, apuntando a Jerusalem, espolvorear sal sobre la alfombrita y con las rodillas desnudas, orar. Ora en un idioma que nadie conoce y nadie tampoco sabe quién es el objeto de sus plegarias. Tiene ochenta años y se arrodilla sobre sal y llora como un niño.

LOS CELOS DE ANA SCHULTZ. Cuento

Cuenta la leyenda que comenzaron a discutir a las nueve y media de la noche y no acabaron hasta bien entradas las seis de la mañana. Ana Schultz (neé Biere) descubrió que su marido tenía un amorío desde varios meses atrás. Lo descubrió como suceden las cosas en este mundo; no había pizca de sublime ni trágico en ello. Había entrado Ana a almorzar con las simpáticas damas rotarianas al mismo restorán en el que Víctor, su marido, acariciaba a contrapelo y con fruición el dorso de la mano de una señorita. Meses más tarde se opinó sobre el caso de la infidelidad de Víctor entre algunas amigas a la salida de un cine, y se llegó a la conclusión de que Ana Schultz no tenía la suficiente autoridad moral para exigir decencia a su marido. Ese fue el tópico que usaron para hablar de ella: autoridad moral.


¿Cómo transcurrió para Ana Schultz el tiempo desde aquel almuerzo frustrado y aquella visión demoledora hasta la hora de las confesiones? Como una oruga, horas perturbadoras, preguntas que son distancias y distancias que son preguntas, y la oruga del tiempo mascando lentamente su hoja de mora y no acabándola nunca. A las ocho de la noche Ana preparó para su padre una ensalada bautizada con el nombre de “Rosamunda” por alguien que no se destacaba por su imaginación. La ensalada consistía en la mezcla indiscriminada de lechuga, papas cocidas, un ají morrón asado, y condimentos varios. Cuando cortó en finas tiras la lechuga –en “Juliana” (¿por qué todas las recetas y fórmulas de la cocina tenían nombres de mujeres? ¿Por qué los huracanes también los tenían?)- con el cuchillo tramontina se hizo un tajo en forma de siete en el dedo del medio. El padre de Ana Schultz estaba sentado frente al televisor de la cocina, pero no miraba nada. Los colores quizá, cómo los colores que se formaban en la pantalla caracoleaban y se transformaban en otros, y molestaba. El ají le hacía mal, le decía, ¿para qué lo asaba ella?, y las papas le hinchaban el vientre, definitivamente, y sus hijas mayores eran con él más amables y no le dirigían miradas de odio por cualquier bocadillo que él metía con tal de hacer la conversación y no quedarse en silencio como si ya se hubiera muerto; Ana era mala con él, mala malísima, insistía. Siempre había sido así, mal llevada y celosa de sus hermanas. De pronto, viendo la sangre correr bajo el agua de la canilla, Ana se preguntó por qué estaba el viejo con ella. Había sido idea de Víctor. ¿Lo había traído para distraerla? De esta manera, ella debía ocuparse de su padre durante el verano, y no le fastidiaba a él con el asunto de la chica de las manos acariciables. El padre se le había instalado a principios de enero, y el calor -el calor tenía unas uñas tremendas y estaba todo el día desmenuzándola- la ponía irritable. El padre sabía que ella no soportaba el calor, ¿tenía que venir e instalársele dos meses seguidos nada más que porque ella era la hija de su vejez, su único refugio, como solía él llamarla cuando estaba de humor? ¿Por qué no se turnaban con Leda y con Laura (aunque ya bastante hacía Laura tolerándolo durante los inviernos)?
-Papá –dijo Ana - ¿no podría dejar de criticarme con el calor que hace? Mire, me corté. ¿Podría ir hasta el botiquín del baño y traerme el desinfectante?
El padre la miró consternado. Puso esa clase de mirada que tienen los lemures en los documentales.
-¿Yo? ¿Por qué tengo que ir yo?
Ana fue, escaleras arriba, en busca del desinfectante, dejando tras de sí un leve rastro de sangre.


Víctor llegó a las ocho y algo, pero ella no pudo arrastrarlo hasta el dormitorio hasta una hora después. Comió con alegría la “Rosamunda” aunque no pudo evitar echarse encima de la camisa los condimentos, y cuando ella le preguntó si él comía de una manera tan desprolija en todos los lugares a los que iba, él le lanzó una mirada de lo más ladina. Después el padre comenzó un largo relato que no era sino una alabanza a Leda que en Europa vivía como una reina a dos pasos de un lago sueco. Las noches de verano en Suecia eran perfectas y Leda era perfecta, terciaba el padre, de veras. Laura tenía miopía y no deseaba operarse, y Ana se había caído de un caballo durante la niñez, rompiéndose la cadera, y aunque estaba atornillada por dentro, según el día, rengueaba, porque tenía una pierna unos milímetros más corta que la otra. Pero Leda estaba entera, era perfecta, había salido incólume de la infancia. Cada vez que Ana pinchaba la comida con el tenedor, ésta volaba a través del plato: ella no tenía fuerza debido al modo en que se había vendado el dedo. Pero sus piernas, se decía, sus piernas estaban parejas, medían lo mismo, ¿por qué el padre le venía con que ella era renga, ahora? Especialmente cuando se habló de Leda, el último trozo de ají morrón adquirió la personalidad de un verdadero búmerang australiano y vino a caer sobre su falda. Era como un pequeñísimo y deforme escudero que de improviso se arrodillaba sobre el regazo de la reina para pedir clemencia. Ana engulló el ají de un solo bocado justo cuando estaba terminando el allegro moderato del primer movimiento del Concierto Brandenburgués Nº 3 que había puesto Víctor a sonar en el equipo. (Hubiera preferido masticar y tragar el ají morrón en el segundo movimiento, pero el adagio duraba apenas catorce segundos, y no le habría dado tiempo). No hubo redención en ello.


Una vez en el dormitorio, Ana tomó las astas de la cuestión. Lo hizo muy tranquila, como si no le fuera el alma en ello. Estaba sentada en un borde la cama, mirando concentrada su tobillo derecho cruzado sobre la otra pierna. Era todavía un lindo tobillo, pensaba, aunque su padre opinara que era más corto que el otro. De vez en cuando observaba a Víctor de soslayo, con una especie de mirada de duquesa que le había enseñado su hermana Leda, la perfecta, cuando eran adolescentes. Ana decía que si él no recapacitaba en los próximos treinta segundos y confesaba al fin, le iba a lanzar el toro de la cuestión, el toro que ella, tan gallardamente, estaba sujetando: iba a dejar que lo aplastara de una vez por todas. Al fin, él habló. El estuvo encogiéndose de hombros un buen rato, como si sus hombros fueran una percha de la que cuelga un gamulán al que hay que sacudir para quitarle la naftalina. Por último, él dijo que sí, bueno, que había conocido una mujer hacía un tiempo (no especificó cuándo), pero que era otra cosa (no se molestó en definir) distinta de lo que ella creía (¿y qué sabía él de lo que ella creía?, ¿o era adivino ahora?) y que a ella, a Ana Schultz, la amaba. Dijo así:
-Yo, a vos, Ana, te amo.
Y ella, sin perder aún el control sobre sí misma, suspiró:
-Ay, Víctor, el amor, el amor. Menos amor y más decencia, ¿no te parece un poco mejor?


Para cuando llegaron a la confesión del nombre de la tercera persona en cuestión eran ya las doce de la noche. Las campanadas sonaron en una iglesia lejana, y oyeron también al viejo ir al baño y hacer correr luego el agua del inodoro. Iris algo, dijo Víctor. Se inscribía, pensó Ana, en una larga lista de “algos”. Denise algo, Constanza algo, Débora algo, y quién sabe cuántas más. ¿Y qué tenía esta mujer, se puede saber? El puso sus mejores dotes de oratoria para demostrar que la otra era insignificante, era una nada. De modo que, viéndolo negar, Ana enumeró para sus adentros seis cosas de Víctor que detestaba y una séptima que le resultaba abominable. Sus ojos altaneros, su lengua mentirosa, sus manos dadas a las caricias engañosas, su corazón que tramaba planes perversos, sus pies dispuestos a correr detrás de cualquier mujer, su facilidad para los embustes, y que sembrara discordia entre ella y su padre.
A su vez, en su interior, Víctor se rebelaba. ¿Qué?, decía, ¿acaso estoy condenado a esta mujer eternamente? Tengo 39 años, no me va mal, todavía soy atractivo, ¿es que estoy atado a la noria de la fidelidad, por Dios santo? ¿No es el sexo, a pesar de todo, holgarse en un tipo de conocimiento? ¿A quién le hago daño? Los amores que me tienen entretenidos son un poco como el mar, como las olas del mar, quiero decir, que van, van y vienen. Al fin y al cabo, ellas siempre terminan por abandonarme porque no me pueden perdonar la desgracia de estar casado. ¿Quién va a juzgarme? Después de todo, si yo no soy el dios de mí mismo, ¿quién va a serlo?
-Bueno –preguntó Ana de repente- ¿y cómo lo hicieron?
-¿Qué?
-Que cómo lo hicieron, Víctor. Boca arriba o boca abajo o cómo.
-Ésa es mi intimidad –se defendió él.
-¡Qué! –gritó Ana, y se dijo, Debiera escupirlo, lástima que no sé, no sé cómo se escupe, ojalá hubiera tenido hermanos varones para que me enseñaran a escupir, y ahora yo estaría aprovechando esa clase de sabiduría.
-Ana... –suspiró él, y concluyó la cuestión-. De las dos maneras.


Dieron las tres cuando Ana se puso pensativa. Pensaba en las personas cuando entran a sus casas, y, por ejemplo, han olvidado la llave. Entonces cuando les preguntan ¿Quién es?, responden Yo. Yo, como si fuera algún tipo de fórmula mágica. En cambio, si estas mismas personas visitan la casa de otros, de amigos, a la hora de responder la pregunta imposible dicen: Soy fulano. Ella decía, llegado el caso, Soy yo, soy Ana. Y de pronto cayó en la cuenta que también cuando llegaba a su casa, y tocaba el timbre, y Víctor al otro lado preguntaba quién es (porque él nunca había sabido descifrar el sonido de sus pasos), ella respondía, tal cual delante de la puerta de sus amigos: Soy yo, soy Ana. A lo mejor eran ésas, verdaderamente, las astas de la cuestión, se dijo Ana en ese momento, la casa que se inclina a la muerte y sus sendas hacia las sombras.


Estaban tirados en la cama, agotados. De la habitación de al lado les llegaba el ronquido irregular del viejo. Ella dijo:
-Te veías fatal.
-¿Qué?
-Te veías fatal en el restorán –repitió-. Sería la camisa azul. Nunca te la veo usar.
-Ah.
Entonces Ana se incorporó en la cama, y se quedó sentada. Ahora, decía para sí misma, se me ha hecho una laguna. Fatal, ¿qué quiere decir? ¿Es algo muy bueno o muy malo? ¿Es como tremendo? ¿Como terrible? ¿Y terrible es bueno o malo? ¿O es en inglés que algo terrible es algo bueno? ¿O era terrific? Estoy muy confundida. Yo nunca hubiera debido aprender idiomas. Habría bastado con leer de cabo a rabo el Aristos escolar, así sabría bien qué estoy tratando de decir, qué quiero decir cada vez que me pongo a hablar. Me gustaría hablar como me cuadrara y no andar tanteando las palabras.
Después ella le pidió a Víctor que se fuera, y él aceptó hacerlo al día siguiente. Primero dijo que al día siguiente iba a irse sin falta de la casa, si ella se lo requería, y después sugirió que quizá fuera mejor que al día siguiente volvieran a discutir el tema. Luego ella se volvió, y de cara a la pared murmuró: Al final no le hecho daño alguno, ya sabía que iba a pasar así. ¿Por qué las cosas nunca me salen como las planeo? Tendría yo que haber sido hombre para dañarlo con un daño que me hiciera recordable. ¡Ojalá hubiera tenido hermanos varones para que me defendieran en estos percances! ¡Ojalá tuviera hermanos que se fueran a la guerra y me quisieran llevar!
Estaban siendo las seis, más o menos, porque detrás de las persianas asomaba una luz blanquecina. Las espaldas de nadadora de ella se recortaban contra la luz, y él se preguntó si acaso era cierto que el amor es más fuerte que la muerte, como decía la Biblia. A través de la piel podían contarse las veinticuatro vértebras en la espalda de ella, y donde comenzaba el sacro aun se notaba la cicatriz de su operación en la cadera. Pobrecita, se compadeció Víctor, tenía nueve años cuando la tiró un caballo, en un paseo por las sierras. Ojalá, se dijo él, hubiera estado yo para ayudarla en ese trance, para acompañarla al quirófano y sostenerla de la mano mientras dormía en la camilla bajo el efecto de la anestesia: ojalá la hubiera conocido cuando ella tenía nueve años; ¡qué lástima que a los deseos retrospectivos les esté vedado cumplirse!


Cuando ella se levantó, a la mañana siguiente, el padre estaba sentado a la mesa escribiendo una carta para Leda. Ponía: Porque hubiera yo debido quedarme contigo, hija, y no con éstas que son dos arpías y únicamente me quieren por mi dinero. Ana leyó la frase por encima del hombro de su padre, pero hizo como que no la vio.
-Papá –preguntó- ¿quiere que le prepare el café con leche o ya lo tomó?
-No, –dijo el viejo, y tamborileó el pie contra el piso en señal de capricho- ¿no podrías calentar el Charlotte y echarlo sobre las almendras que sobraron de ayer?
-¿A esta hora, papá? Le va a hacer mal.
-¡Si te hubieras levantado más temprano no sería tan a deshora! Yo quiero el Charlotte.
Charlotte, dijo Ana. Charlotte, y Leda, la hermana mayor que es perfecta, que de tan perfecta es en realidad una Cordelia; y Laura, la hermana del medio que es cegata; y ella, Ana, que es renga. Y la lechuga cortada en tiras se llama Juliana, y Rosamunda, la ensalada aguachenta. El huracán del año que pasó se llamó Irene, y la tormenta tropical, Katrina. Y no hay que olvidar la serie de Iris algo, Débora algo, Constanza algo, ante quienes Víctor se inclina con zalemas y reverencias. ¿Qué debería hacer ella frente a eso? Los nombres, las mujeres. ¿Cuántas túnicas emponzoñadas con el filtro del centauro Neso tendría que tener para andar regalándoselas a todas? ¿Estaba eternamente condenada a embeber túnicas en veneno? No, no era posible. Al final era como el jorocho aquel que dice: Ese que bailó contigo dice que te ama de veras/ yo no sé lo que consigo recordando lo que fueras/ y hoy vas a bailar conmigo aunque quieras o no quieras. Aunque quieras o no quieras: así mismo. Ana abrió la puerta de la heladera y dejó que la luz fría y vagamente azulina le diera de lleno. Había algo balsámico en esa luz.
-Mire, papá –comenzó Ana al cabo de un rato-. Acá no hay Charlotte ni por casualidad. Si quiere le hago un Nesquik. O mate. Pero de lo otro nada.
El padre dobló la hoja de papel y la metió en un sobre. Rezongó con voz muy grave:
-En esta casa nunca hay lo que yo quiero.


Dijeron las amigas cuando juzgaron el caso de Ana y la infidelidad de Víctor a la salida de un cine, que no tenía ella autoridad moral para criticarlo a él cuando ella no era mucho mejor. No barrían como escoba nueva sus acciones, tampoco. Una de las amigas alegó, tratando de defender a Ana, que no deberían ellas hablar mal de los ausentes. Pero Carmen respondió severamente parloteando con la boca abierta y masticando unos maníes: Qué importa que no esté presente. Nadie va a ir a hablar de nosotras cuando estemos muertas.

domingo 21 de junio de 2009

FINAL. Cuento

I think I know enough of hate
Robert Frost



Estaban los dos acostados, Víctor y Germán, en las mismas camas que usaron el largo tiempo que duró la infancia. No hablaban de nada en ese momento, no tenían nada para decirse, no sabían de qué conversar. El empapelado era celeste con finas rayas verticales que habían sido negras en el pasado y ahora estaban de un color gris topo. Era un empapelado capaz de hipnotizar a quien lo mirara fijo durante un buen rato. Ellos sentían el silencio de la habitación como una presencia física; el silencio era una multitud de insectos dando vueltas alrededor de un farol, en el verano. Cada insecto, a su vez, era una palabra, una frase inconclusa que no necesitaba ser pronunciada hasta el final. En esa pieza, en esas camas, creían otra vez en la telepatía. Había habido una época en que era innecesario hablar. Ellos pensaban que era algo natural que pasaba entre los hermanos, entre todos los hermanos, como una cuestión “genética”. Germán estaba fumando; en cuanto sintió los pasos de la madre acercarse apagó de repente el cigarrillo en una taza de café.
La madre se paró bajo el dintel de la puerta, y dijo:
-Está Ana en el teléfono.
Víctor no se movió, de manera que la madre, sin expresar desconcierto alguno, agregó:
-Pregunta qué hiciste con la plancha... supongo que... que esa chica debe tener toda la ropa arrugada, Víctor. Víctor...
Víctor se levantó y salió de la habitación.
-...supongo... –continuó la madre dirigiéndose a su hijo más chico- que ahora que están separados, ¿tengo que dejar que ella me siga llamando “mamá”?
Germán se encogió de hombros.
-Sí, claro: vos seguí fumando nomás-. Luego la madre fue detrás de Víctor.


Víctor estaba sentado junto a la mesita del teléfono. Había pelo de gato en el aire.
-¿Hablaste? –preguntó la madre.
El asintió.
-¿Y?
-Nada, estupideces –dijo él.
La madre suspiró. Ana había sido para ella como una hija; ni siquiera Marina, su propia hija, había ocupado un lugar tan importante en su corazón como Ana. Pero eso no quitaba que Ana fuera una estúpida, siempre había pensado la madre que ella era un poco estúpida, casi como una bestia, una gallina o una vaca; la veía débil, y estúpida: y ya se sabe que el corazón de las madres se inclina hacia las criaturas más frágiles. Las madres, las madres que estrechan a sus hijos contra el pecho, y desean que permanezcan a la sombra, que nunca se entristezcan, que nunca lloren, que nunca se cansen... ¿quién había dicho eso anteriormente? No importa, qué importancia tiene, alguien lo había enunciado y era verdad. Era la pura verdad, sentenció la madre.


Cuando Marina se separó del marido la madre la instó a volver a su casa. Porque una mujer nunca debe dormir en otra cama que no sea la de su marido, así le había aconsejado a ella misma el Pastor, cuando tuvo ciertas desaveniencias con su finado esposo. Marina se opuso, porque todas las hijas son iguales, pobrecitas, todas las hijas quieren siempre volver a vivir con sus madres, pegarse a las polleras de aquella que les enseñó cómo hacer un zurcido a una media de muselina sin que se note, cómo preparar un peceto al horno para cinco personas en cuarenta minutos, cómo delinearle colitas a los ojos para alargarlos, aquella que les enseñó a pestañear muchas veces seguidas mirando hacia arriba para que las lágrimas no caigan sino que se queden prendidas de las pestañas y nadie se entere, de esta manera, que una está llorando.
De modo que ella le ordenó a Marina que se volviera con su marido. Además ya no había lugar para ella en la casa paterna; en la que había sido su habitación Germán había puesto la computadora y lo que él daba en llamar “su laboratorio de informática”. ¿Dónde se iba a acomodar ella? ¿En el sofá? Ya no era una nena. Problemas, todos los matrimonios tienen problemas y Marina tenía mal carácter, observó en aquella oportunidad la madre. Mejor volverse y a cada uno lo suyo. De haber vivido el padre le hubiera dicho a Marina que los matrimonios se arreglan en la cama; pero la madre jamás se habría atrevido a repetir una cosa así, que era una falacia completa, y ella lo sabía bien por experiencia propia. El Pastor sabía decir que los matrimonios se acuerdan en el cielo, y otros decían que el matrimonio, directamente, es una lotería. La madre creía, más bien, que no hay en el mundo casamiento posible en el cual, al cabo de cinco años, una no piense que se unió a un demente de por vida.

Pero a Víctor la madre no le dijo que se volviera. No le habló de los deberes, del contubernio entre el deber y el cariño. A Víctor le dijo que la casa de su madre estaba siempre abierta para él, que ella lo esperaba, que no importaba en qué fecha él recibiría el dinero por la venta de la casa en que habían vivido con Ana; que le cocinaría pollo frito con arroz que era la comida que él prefería desde que tenía seis años. Dijo la madre estas cuatro cosas cuando Víctor la llamó por teléfono un mes atrás, y las cuatro cosas sonaron y encajaron como los movimientos de una sinfonía. Amor de madre, murmuró Víctor cuando la escuchó, que no se parece a ninguno.

Ana había llamado porque estaba convencida –y su convencimiento la tornaba osada- de que había nacido para darle tormento y para reírse de su infelicidad. Había preguntado por la plancha, los libros de Tolstoi y de Chéjov, y el discman (había dicho, ¿Dónde están mis libros, mi discman, mi plancha, Víctor? ¿En dónde los metiste?); él no tenía ni idea de adónde pudieron haber ido a parar esos objetos con la mudanza. No lograba entender por qué a ella tenían que quitarle el sueño el discman, los libros de Tolstoi y de Chéjov, y la plancha: sin duda, Ana se había vuelto para él alguien que vivía lejos, una mujer extraña. Y ya no, ya no. Ya no se iban a trenzar los muslos con los muslos, ya no iban a compartir la desazón de los atardeceres de domingo, ya no iban a pasarse horas delante de los escaparates de las tiendas en las vísperas de los cumpleaños y de la Navidad. Ya no compartirían los insomnios jugando a los naipes o relatando antiguas sagas familiares de inmigrantes y tías viudas; ya no beberían de la misma copa de vino en las fiestas; ya no saldrían a pasear por la vereda tomados del brazo bajo esos plátanos que después de las tormentas sabían oler a marihuana. Ya no, ya no. Ahora Víctor podría decir como el Cherubino en la ópera de Mozart: Y si no tengo quien me oiga, hablo de amor conmigo. Ya no tendría con quien hablar ni siquiera cuando le gustaba hablar no mas para sentir el sonido de su voz ocupando espacio en el aire; ya no. ¡Ojalá me muera!, deseó Víctor, sí, ojalá me muera hoy mismo, de ser posible.
De la cocina le llegó el olor a pollo frito que la madre le cocinaba por enésima vez consecutiva imaginando, quizá, que había propiedades euforizantes en la fritanga.

Contaba Marina de la época en que se apartó de su marido: Un día subí por la escalera los nueve pisos que me separaban de la terraza, y me trepé a la cornisa. Estuve ahí un buen rato, sí. Sentía al viento pasarme por las axilas. Miraba enfrente: había dos arces muy colorados, quietos, espectantes. Pensaba que iba a pasar toda mi vida delante de mis ojos, como dicen que sucede en el último minuto. No pasó. Nada más me acordé de una plaza, cerca de la biblioteca municipal, donde hay plantadas palmeras y plátanos, y un arenero minúsculo. Las palmeras siempre verdes, y los plátanos a veces verdes y a veces dorados, y las estudiantes sentadas en los bancos leyendo gruesos libros con las piernas cruzadas.

Un poco de aire fresco es lo que necesitaría, reflexionó Víctor sentado a la mesa de mayólica y masticando el pollo con desgano, no estarían mal quince días de aire de campo y quince noches con Elena u otra cualquiera... Además podría llevarme unos libros. Los de Chéjov y los de Tolstoi, ¿dónde habrán quedado al final? Después de todo eran míos. Ana no se los merece. Esa ignorante. Cuando hablaba de ellos decía “el maestro Gorki, el maestro Chéjov” como si hubieran sido tipos que enseñaban en una escuelita rural a la que ella concurrió de chica. Siempre estaba fanfarroneando con que lo había leído todo y nunca había leído nada. La muy bestia. Era incapaz de escribir Chéjov o Tolstoi o Puchkin como corresponde. Una afectada. Tenía que ortografiarlos a la francesa; escribía Tchekhov, Tolstoï y Pouschkine. Una anticuada: aun cuando pronunciaba Chéjov, asomaba esa “t” infame de su lengua contra los dientes. Ha leído a los rusos mal y pronto, y se ha creído tan de repente que ella era una especie de Anna Karenina; cuando en realidad no es sino una desesperada Olga Petrovna que pretende que soy su Mark Ivanovich Kliausov; pretende tenerme encerrado en su casita de campo para su sólo uso y jolgorio, mientras los demás creen que me he muerto nomás por encontrar tirada por ahí una cerilla sueca de mi pertenencia. Eso es lo que ella desea, ¿para qué negarlo?: que yo esté muerto para los demás y que viva sólo para ella. ¡Y ni siquiera tengo para dejar a los demás la pista de una cerilla sueca!: ya no se deben seguir fabricando.

Parte del pollo que ahora yacía en el estómago de Víctor, dejó un halo de grasa amarilla y espesa en el plato. La madre regresó a la cocina, observó el plato de Víctor; había allí un resto de muslo un poco desconcertado, con la expresión de una huérfana en una estación de trenes vacía. La madre protestó:
-No comiste nada.
-No puedo comer más, mamá.
-¿Cómo que no, Víctor? Comé: te vas a debilitar.
-No. No puedo comer más, mamá.
-Pero, Víctor –dijo la madre y recurrió al argumento que en su mente se afirmaba como el más poderoso-. Comé o se tira. Ese pollo ya está para tirar.

Cuando Ana nombraba las manzanas arenosas que le gustaban, la muy bestia, recordó Víctor, no decía Rome sino Rommel, como si se tratara de frutas con que el mariscal de campo Erwin Rommel, a cargo del Afrika Korps en Libia, hacia 1942, alimentaba a sus soldados. Un mariscal muy sensible: ya se ocupaba de la horticultura, ya de expulsar a los británicos de Tobruk, y al final se suicidó antes de comparecer a juicio. Su legado: las manzanas que Ana mordía con sus dientes filosos.

Había treinta peldaños entre el altillo y el techo. Treinta peldaños y un descanso. Las tejas de hormigón eran coloradas. Víctor apoyó un pie inseguro sobre una de ellas, y le pareció oir el chasquido con que se partía. Una teja soporta el viento y la lluvia y los nidos de los pájaros indecisos, y no soporta el peso de un hombre pensativo. Desde el tejado, él podía observar las antenas de televisión vecinas, erizadas desprolijamente, un poco como horquillas de mujeres al cabo de una fiesta. Hacia el este, sobre el tinglado de los fabricantes de gaseosa, unos cuantos gatos solitarios hacían sus correrías. Vislumbró en la planta de abajo, a Germán, en la cama, fumando, y haciendo anillos de humo; eran de color gris claro, ascendían lentamente y el hermano seguía este ascenso con los ojos. Tres metros más abajo, un paraíso se esforzaba por crecer; era un arbolito al que recién le habían salido sus primeras dos o tres hojas, sujeto muy justo y con varias vueltas al tutor por una piola. El rectángulo de tierra, a su alrededor, estaba húmedo. Al caer, calculó Víctor Schultz, seguro voy a destrozar el arbolito, y sintió lástima por él. Además, concluyó, no voy a matarme: seguro que más bien voy a romperme la pierna izquierda en varios pedazos, luego me enyesarán, y pasaré tres meses junto a mi madre, ella en su silla hamaca tejiendo y hablándome de las peripecias de su juventud con tía Susi, o mirando la telenovela. Volveré a ser como un bebé. Volveré a nacer. Así pensó Víctor Schultz y aspiró hondo, hasta llenarse los pulmones, con la picante brisa de marzo.

sábado 20 de junio de 2009

Barbie la creó; Barbie la usa

martes 9 de junio de 2009

Gregory House. El hombre de mi vida.

lunes 8 de junio de 2009

Los 12 consejos para escribir buenos cuentos de Roberto Bolaño

Como ya tengo 44 años, voy a dar algunos consejos sobre el arte de escribir cuentos.

1) Nunca abordes los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte.

2) Lo mejor es escribir los cuentos de tres en tres, o de cinco en cinco. Si te ves con energía suficiente, escríbelos de nueve en nueve o de quince en quince.

3) Cuidado: la tentación de escribirlos de dos en dos es tan peligrosa como dedicarse a escribirlos de uno en uno, pero lleva en su interior el mismo juego sucio y pegajoso de los espejos amantes.

4) Hay que leer a Quiroga, hay que leer a Felisberto Hernández y hay que leer a Borges. Hay que leer a Rulfo, a Monterroso, a García Márquez. Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni a Umbral. Sí que leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en modo alguno a Cela y a Umbral.

5) Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura.

6) Un cuentista debe ser valiente. Es triste reconocerlo, pero es así.

7) Los cuentistas suelen jactarse de haber leído a Petrus Borel. De hecho, es notorio que muchos cuentistas intentan imitar a Petrus Borel. Gran error: ¡Deberían imitar a Petrus Borel en el vestir! ¡Pero la verdad es que de Petrus Borel apenas saben nada! ¡Ni de Gautier, ni de Nerval!

8) Bueno: lleguemos a un acuerdo. Lean a Petrus Borel, vístanse como Petrus Borel, pero lean también a Jules Renard y a Marcel Schwob, sobre todo lean a Marcel Schwob y de éste pasen a Alfonso Reyes y de ahí a Borges.

9) La verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra.

10) Piensen en el punto número nueve. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas.

11) Libros y autores altamente recomendables: De lo sublime, del Seudo Longino; los sonetos del desdichado y valiente Philip Sidney, cuya biografía escribió Lord Brooke; La antología de Spoon River, de Edgar Lee Masters; Suicidios ejemplares, de Enrique Vila-Matas.

12) Lean estos libros y lean también a Chéjov y a Raymond Carver, uno de los dos es el mejor cuentista que ha dado este siglo.

domingo 7 de junio de 2009

Fruto negro, fruto verde.

quería contarles todo el tiempo el caso
de la chica iraquí que se arrepintió y pidió
que le quitaran el chaleco con explosivos,
estaba dispuesta a volar no sé cuál barrio en bagdad;
pero callé porque en un video un islandés
mordía una fruta afuera negra y adentro verde:
volé pensando qué sería aquello;
había pasado la tarde con un antiguo amante,
solamente hablando, una extraña conversación,
muy larga, de personas que fueron familia;
a la noche con las amigas discutí
cuál es de verdad el amor,
el fruto negro, el fruto verde
la capacidad que tiene el amor de vivir
en cápsula y de volatilizarse también
hasta regiones alejadas de nuestro cuerpo,
capaz de convivir todo el tiempo a la vez
con el fuego y con el hielo, aliñando
al corazón en un universo paralelo.

CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line

Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

NO-RETORNABLE

Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar

25 de Mayo de 2010, una crónica para el Diario Critica

  • http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=27688

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!
Lobo de Tasmania

Octubre

Octubre
Cosas extrañas que pueden suceder...

Setiembre...

Setiembre...
Pájaro de Oro

Agosto

Agosto
Recortando y pegando muñequitas de papel

Junio. Bobo e imposible...

Junio. Bobo e imposible...
Dodo.

Mayo

Mayo
Cómeme o bébeme.

Octubre

Octubre
As de Espadas

FEBRERO...

FEBRERO...
Trabajando en equipo...

SETIEMBRE. Crisantemo...

SETIEMBRE.  Crisantemo...
Una flor como una luna

Noviembre en Madrid

Noviembre en Madrid
Zapato para bailar flamenco

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