Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
lunes 20 de abril de 2009
Consejos para empezar a escribir. Joyce Carol Oates
«Trabajo con gente joven en la Universidad de Princeton. Llevo enseñando allí desde
1978 y siempre le digo lo mismo a mis alumnos: que vivan la vida y que lean con
voracidad sin una planificación muy definida. Que viajen, que conozcan gente, que
hablen con la gente, que escuchen con mucha atención y sin interrumpir, y que
escuchen a sus propios abuelos hablar de su familia, porque la gente mayor de
nuestras familias tiene mucho que contar y uno, en cierto modo, les tiene que inspirar
para que empiecen a contarte cosas. Por eso les digo que sean muy curiosos y que
adopten una cierta posición neutral y libre de juicios, que sean abiertos; pues eso, que miren al mundo y vean lo que hay. Es algo muy hermoso. Es un mundo emocionante
aunque traicionero en ciertos sentidos, y todo esto se traslada a la escritura.»
1978 y siempre le digo lo mismo a mis alumnos: que vivan la vida y que lean con
voracidad sin una planificación muy definida. Que viajen, que conozcan gente, que
hablen con la gente, que escuchen con mucha atención y sin interrumpir, y que
escuchen a sus propios abuelos hablar de su familia, porque la gente mayor de
nuestras familias tiene mucho que contar y uno, en cierto modo, les tiene que inspirar
para que empiecen a contarte cosas. Por eso les digo que sean muy curiosos y que
adopten una cierta posición neutral y libre de juicios, que sean abiertos; pues eso, que miren al mundo y vean lo que hay. Es algo muy hermoso. Es un mundo emocionante
aunque traicionero en ciertos sentidos, y todo esto se traslada a la escritura.»
domingo 19 de abril de 2009
Oración por Marilyn Monroe - Ernesto Cardenal.
Señor
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia
(según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú el teléfono!
recibe a esta muchacha conocida en toda la Tierra con el nombre de Marilyn Monroe,
aunque ése no era su verdadero nombre
(pero Tú conoces su verdadero nombre, el de la huerfanita violada a los 9 años
y la empleadita de tienda que a los 16 se había querido matar)
y que ahora se presenta ante Ti sin ningún maquillaje
sin su Agente de Prensa
sin fotógrafos y sin firmar autógrafos
sola como un astronauta frente a la noche espacial.
Ella soñó cuando niña que estaba desnuda en una iglesia
(según cuenta el Times)
ante una multitud postrada, con las cabezas en el suelo
y tenía que caminar en puntillas para no pisar las cabezas.
Tú conoces nuestros sueños mejor que los psiquiatras.
Iglesia, casa, cueva, son la seguridad del seno materno
pero también algo más que eso...
Las cabezas son los admiradores, es claro
(la masa de cabezas en la oscuridad bajo el chorro de luz).
Pero el templo no son los estudios de la 20th Century-Fox.
El templo —de mármol y oro— es el templo de su cuerpo
en el que está el hijo de Hombre con un látigo en la mano
expulsando a los mercaderes de la 20th Century-Fox
que hicieron de Tu casa de oración una cueva de ladrones.
Señor
en este mundo contaminado de pecados y de radiactividad,
Tú no culparás tan sólo a una empleadita de tienda
que como toda empleadita de tienda soñó con ser estrella de cine.
Y su sueño fue realidad (pero como la realidad del tecnicolor).
Ella no hizo sino actuar según el script que le dimos,
el de nuestras propias vidas, y era un script absurdo.
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Para la tristeza de no ser santos
se le recomendó el Psicoanálisis.
Recuerda Señor su creciente pavor a la cámara
y el odio al maquillaje insistiendo en maquillarse en cada escena
y cómo se fue haciendo mayor el horror
y mayor la impuntualidad a los estudios.
Como toda empleadita de tienda
soñó ser estrella de cine.
Y su vida fue irreal como un sueño que un psiquiatra interpreta y archiva.
Sus romances fueron un beso con los ojos cerrados
que cuando se abren los ojos
se descubre que fue bajo reflectores
¡y se apagan los reflectores!
Y desmontan las dos paredes del aposento (era un set cinematográfico)
mientras el Director se aleja con su libreta
porque la escena ya fue tomada.
O como un viaje en yate, un beso en Singapur, un baile en Río
la recepción en la mansión del Duque y la Duquesa de Windsor
vistos en la salita del apartamento miserable.
La película terminó sin el beso final.
La hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono.
Y los detectives no supieron a quién iba a llamar.
Fue
como alguien que ha marcado el número de la única voz amiga
y oye tan solo la voz de un disco que le dice: WRONG NUMBER
O como alguien que herido por los gangsters
alarga la mano a un teléfono desconectado.
Señor:
quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar
y no llamó (y tal vez no era nadie
o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de los Ángeles)
¡contesta Tú el teléfono!
JONÁS. Enrique Lihn
Todo lo podría condenar igualmente, no se me pregunte en nombre de qué.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto inconcluso de su colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en cumplir su pequeña comisión, el porta-documentos incendiario bajo la axila sudorosa, el paraguas raído a modo de pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el perdón y la cólera, tomándolo y arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.
Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual, no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo, que nada tiene que ver. Recuerdo algo así como...
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no sé a dónde voy otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.
En nombre de Isaías, el profeta, pero con el grotesco gesto inconcluso de su colega Jonás
que nunca llegó a cumplir su pequeña comisión sujeto a los altos y bajos
del bien y del mal, a las variables circunstancias históricas
que lo hundieron en la incertidumbre de un vientre de ballena.
Como Jonás, el bufón del cielo, siempre obstinado en cumplir su pequeña comisión, el porta-documentos incendiario bajo la axila sudorosa, el paraguas raído a modo de pararrayos.
Y la incertidumbre de Jehová sobre él, indeciso entre el perdón y la cólera, tomándolo y arrojándolo, a ese viejo instrumento de utilidad dudosa
caído, por fin, en definitivo desuso.
Yo también terminaré mis días bajo un árbol
pero como esos viejos vagabundos ebrios que abominan de todo por igual, no me pregunten
nada, yo sólo sé que seremos destruidos.
Veo a ciegas la mano del señor cuyo nombre no recuerdo,
los frágiles dedos torpemente crispados. Otra cosa, de nuevo, que nada tiene que ver. Recuerdo algo así como...
no, no era más que eso. Una ocurrencia, lo mismo da. Ya no sé a dónde voy otra vez.
Asísteme señor en tu abandono.
Viaje de 15 - Cuento
I.
Para empezar, la habían engañado. Pero siempre la engañaban y éste no era el problema mayor. Habían viajado a Brasil tres veces de vacaciones, en 1980, 1981 y 1982; por eso Chabeli pensó cuando le propusieron el viaje, en 1984, que la propuesta era que ahora ella lo hiciera sola. Le preguntaron si para sus quince años, querría de regalo de cumpleaños la fiesta tradicional o el viaje a Brasil. Ella recordó que su tía Mariana –la que ahora estaba internada en el Psiquiátrico Philippe Pinel a causa de desaveniencias maritales- había viajado sola al Brasil cuando cumplió quince. En definitiva, ésta era su Oportunidad, la Liberación, un Poco de Oxígeno. Segura, respondió: “El viaje”. Todos festejaron; todos estaban contentos: casi vivaron su nombre a coro. A ella tanta alegría junta de su familia le dio mala espina. Días antes, la madre le había contado a modo de advertencia que Elsita, la hija del tío Josafat, le había arruinado la fiesta al tío –una fiesta costosísima- encerrándose en el baño a llorar. El tío Josafat y la tía Elsa aporrearon la puerta con desesperación, pero Elsita se negó a salir. Los invitados ni siquiera tuvieron la delicadeza de marcharse, sino que se quedaron para comer y bailar y hasta cortaron la torta de Elsita sin Elsita: una desfachatez. Chabeli creyó, en el momento en que la madre le vino con el asunto éste, que le contaba lo de la prima Elsita para torcer la decisión de Chabeli, y que ella eligiera el viaje y no la fiesta. Porque seguramente la fiesta sería más cara que un viaje a Brasil. Error: el error es la alfombra roja de los incautos y era, por supuesto, por donde Chabeli se paseaba con mayor denuedo. Al Brasil viajaron todos juntos, en ómnibus.
II
Cuando arribaron a Florianópolis esta vez, no llegaron a instalarse en un departamento. Pasaron tres días en un hotel del centro, un poco siniestro porque era concurrido por las prostitutas con sus clientes. La madre explicó que era el hotel más barato que pudieron encontrar y que elegían eso porque querían guardar toda la plata para gastarla en Río de Janeiro. A la mañana siguiente de haber llegado la madre tramó en una agencia de turismo el resto del viaje. Tardarían un día en llegar a Río, pero el ómnibus tenía asientos reclinables que se hacían cama, un Súper Aire Acondicionado que echaba ráfagas frías directas del Polo Norte. Los brasileños lo exageraban todo; pero la madre les confiaba: la deleitaban con sus sonrisas y con ese gorjeo propio de ellos, la voz en la garganta, a la altura de la campanilla, agitándose durante unos segundos antes de articularse en forma de palabras. Cualquier hijo de vecino a cuatro leguas a la redonda se hubiera dado cuenta de que los estafarían. Los asientos tenían las palancas trabadas y no se reclinaban; el aire acondicionado se rompió dos pueblos después de que salieran de Porto Alegre; no obstante el guía turístico que era encantador y en cada sonrisa mostraba más dientes que un tiburón, aclaró que el desperfecto sería cosa de momentos. Hicieron todo el viaje en medio de un calor infernal. El guía cada tanto se acercaba a la madre, que se daba aire con una abanico de papel y la alentaba. Falta poco, decía en un español horrible. Cada vez que el guía venía hasta sus asientos, la madre le pegaba un codazo a Chabeli y le hacía saltar el libro. “Qué suerte tenemos de ser en este tour los únicos argentinos”, le susurraba, “fijáte cómo nos atiende el buen hombre”. Chabeli gruñía y volvía a la lectura; la madre observaba atentamente el material de lectura. Se lo pidió prestado: Chabeli temió lo peor. La madre lo examinó: ¿qué hacía su hija leyendo Otelo, por la punta del sauce verde? Cuando la madre era chica leía Heidi y se sentía una iluminada. Qué vida de miércoles, gemía ella, ¿por qué esta nena no le había salido normal? (Los otros dos, como se vio después, tampoco le salieron normales, pero por el momento ella no les notaba la anormalidad y además, se ocupaba de ellos el padre, que tenía más paciencia con los chiquitos.)
El padre y Rosi, de cuatro años, iban en el tercer asiento del bus a Río de Janeiro, juntos; después venía otra gente, una chica rubia y un italiano que trabajaba en el puerto; y en el último la madre y Chabeli. Como Toñito no pagaba asiento, iba un poco en brazos de la madre y otro poco en los del padre. Chabeli eligió el lado de la ventanilla, para tener más luz para leer. Sin embargo, la madre –siempre la mandaba a leer con tal de que no saliera a la calle a potrear con los varones, como ella decía-, esta vez le chilló que mirara el paisaje; Chabeli le contestó que no había nada para ver: el campo, bueyes flacos, yuyos altos. A veces, los morros. De pronto la madre la amenazó: o miraba el paisaje o le tiraba el libro por la ventana. Por suerte anocheció rápido.
Chabeli tenía catorce años y cumpliría los quince en marzo, al regresar del viaje. Aunque la madre la vestía con pantaloncitos minúsculos estampados con corazoncitos y suéters apretados de Minnie Mouse, nadie podía confundirla con una niña. Para colmo, la madre la hacía calzar zapatos con cuatro centímetros de taco, por el asunto del arco de los pies. Chabeli tenía los pies planos, los tobillos vencidos, los ojos miopes y el riñón flotante. A pesar de la imagen contravertida que daba, Chabeli era virgen. Era consciente de que tenía un problema entre las piernas que había que solucionar lo antes posible, para eliminar para siempre de su mente lo que la gente llamaba sexo. Podía ser un asunto placentero, como decían las revistas, pero a ella no le interesaba en absoluto tener una clase de comercio que al menor error de alguna de las partes te hacía traer hijos al mundo. Ella no quería tener nada que ver con hombres ni con chicos, pero cuanto antes se quitara la virginidad de encima, mejor: una cuestión menos en la que pensar. Era la llamada Operación Liberación del Himen. Le resultaba urgente y necesario acabar con la virginidad, y para tal fin ella había planificado hacerlo con un negro cualquiera de su viaje de quince. Le daba más o menos igual la apostura del negro y si hablaba o no el español. En el amor, sabía decir la abuela, impera el lenguaje de las señas. Ella perdería la virginidad por fin, se haría mujer y a los dieciocho años y un día cumplidos ¡saldría definitivamente de la casa de sus padres! Cuando anocheció y el bus se sumió en una oscuridad tal que parecía cruzaban el Leteo, el tipo de adelante, el italiano que trabajaba en el puerto, le manoseó la rodilla y el muslo en la oscuridad del ómnibus y ella le clavó el taco del zapato en el centro de la palma abierta y estirada. El tipo acalló un maullido de dolor; al día siguiente cuando bajaron a desayunar en un parador no la miró y mantuvo el brazo pegado al pecho, en un cabestrillo imaginario. Chabeli se alegró: tampoco podía entregarse a un cualquiera, así porque sí.
III
El primer sitio que visitaron en Río do Janeiro fue el Estádio do Maracaná, el estadio más grande del mundo. Ahí había jugado Pelé, o melhor jogador do mundo. Diego Maradona no era mejor; Diego Maradona era un infame al lado de Pelé. El padre se indignó de la exageración brasileña. Chabeli y Rosi, la hermanita, estaban pálidas y descompuestas. El calor o los camarao ao palito que engulleron en un puesto callejero las enfermó. El padre las llevó hasta una canaleta del Estádio y vomitaron por turno. La madre seguía pegada al guía, preguntando sobre Xuxa. ¿Era verdad que Xuxa había sido actriz porno antes de conocer a Pelé? ¿Era verdad que Xuxa nunca había visto a Pelé descalzo, a pesar de haber sido su esposa? ¡Qué suerte que ellos fueran argentinos y el simpático guía se viera forzado a hablarles en español para que entendieran algo de todo eso lindo que veían! Hacían mil grados centígrados en el Estadio; o calor mais ardente do mundo, podría haber comentado el guía, pero eso justo no lo comentó y la madre, que en la casa no podía vivir sin el aire acondicionado en temperatura glaciar, acá se las arreglaba con el abaniquito. Toñito dormía en sus brazos todo el tiempo; era probable que el bebé se estuviera deshidratando, pero ella no lo notaba. Pronto, terminaron la visita al Estadio y los llevaron al zoo. Era el zoo más grande del Brasil, de Latinoamérica o tal vez del Cosmos Infinito; el guía lo había dicho pero Chabeli no pudo retener sus palabras. Sentía el acre de las náusea ir y venir; no podía prestar mucha atención. El padre y los hermanos chiquitos subieron a un trencito que los llevaba a recorrer el zoo, con los otros turistas autóctonos que viajaban con ellos en el bus y tenían también hijos pequeños. La madre y ella se quedaron a la entrada; Chabeli no podía caminar, le dolían las ingles y las axilas, sentía los ganglios hinchados. Unos flamencos estaban sueltos cerca de donde ellas se sentaron y la madre tuvo la infeliz idea de llamarlo con chistidos como si hubiera sido una torcacita de la plaza. El pajarraco se le vino al humo, silbando y batiendo las alas; Chabeli cerró los ojos para no ver cómo el bicho ese terminaba con su madre de un picotazo en un acto de justicia; oyó los gritos de ella y la gente que a su alrededor hablaba en portugués, primero espantando al bicho y luego confortándola. Así que al final la madre había sobrevivido; Chabeli suspiró. La madre regresó a sentarse junto a ella acompañada por el estibador italiano a quien ya no le dolía el estigma en la mano que Chabeli le hiciera la noche anterior. La madre no estaba en absoluto ella amedrentada con lo sucedido con el flamenco; encima dictaminó: a veces los pájaros se excitan frente a las mujeres hermosas; en su juventud había tenido un loro asqueroso que hacía lo mismo y no la dejaba en paz; los abuelos lo tuvieron que regalar. Chabeli sintió que se juntaban lágrimas en sus ojos, pero después cayó en la cuenta de que era transpiración: le sudaban los ojos. La madre trató de contarle lo del loro al italiano; dado que el italiano sólo sabía italiano y portugués, ella decidió usar el dialecto piamontés que utilizaba su suegra sobre todo cuando se quemaba la comida. Al italiano le subieron los colores; dijo que sufría de hipertensión o eso le entendieron por las señas; también podría haber sido una seña obscena, pero Chabeli consideró que el tipo no podía hacer una seña de esa clase al aire libre, entre la gente y los niños. El italiano estudió el mapa del zoo y explicó que un poco más allá estaba la lagunita artificial con los crocodilos y jacarés y ahí seguro que correría aire fresco, algo más que aquí. Tendió un brazo a cada una, para que se enredaran en él y siguieran hacia allá. De buena gana Chabeli lo hubiera hecho –ya le daba lo mismo que el tipo fuera o no un degenerado completo- pero una ráfaga de brisa trajo el olor de las heces de los animales, el olor a caca más grande del mundo y sintió que su cuerpo, comenzando por la pituitaria, iba volviéndose verde, pudriéndose hasta el mismo y maldito himen, a medida que ese olor se mezclaba con su sangre: en cualquier momento ella, Chabeli, se disolvería en el aire igual que los vampiros de la televisión se disolvían al contacto con la luz del día. La madre dijo al degenerado que ella lo acompañaría gustosa a ver los cocodrilos, así después aprendía a distinguir una cartera de piel falsa de una verdadera. El italiano no le entendía ni jota de lo que ella parloteaba, pero reía a gusto, abriendo la boca propiamente como un yacaré. Chabeli contuvo la arcada y deseó como nunca había deseado nada antes que la madre cayera al foso de los lagartos y se la tragaran, que le pelaran hasta los huesos y ya terminara de una vez la pesadilla de aguantarla. Sin embargo, los deseos nunca suelen ser escuchados a la hora en que alguien los pronuncia, sino quién sabe cuántos años después, puesto que Dios debe padecer de sordera congénita. La madre regresó veinte minutos más tarde, un poco despeinada y arreglándose los tirantes de la solera. Chabeli supo que su madre había hecho el amor con el portuario como si tal cosa y ahora seguía parloteando, colorada y feliz, como si nada hubiera pasado. Pero tal vez había pasado: tal vez los cocodrilos pudieron haber visto a la pareja al trenzarse y friccionarse haciendo sus cosas; del susto de ver a semejantes humanos copulando, los bichos seguro que ahora flotaban muertos en el pantanito del zoo. La madre y su partenaire acababan de destrozar la fauna sáurica del lugar. Chabeli creyó que iba a vomitar y caminó apresurada hacia la espesura, para hacerlo sobre unas matas de toronjil adonde nadie la viera. Cuando llegó, sintió pena de la pobre y fragante planta, respiró y respiró hasta tragarse la arcada y que su estómago acabara por calmarse. Sintió un rebuzno y cuando alzó la vista vió allá lejos un Unicornio, un jodido unicornio que sólo podría ver ella porque era una recontra jodida virgen hija de mala madre. Se quedó helada, pensando que estaba muerta o que era la protagonista de un filme de fantasía; el tiempo se detuvo quién sabe cuánto, mientras los dos se miraban entre los juncos. Al rato, le llegó el grito desaforado de la madre: “¡Chabeli!” El unicornio huyó trotando hacia la zona de juegos didácticos. Entonces Chabeli pudo ver que el fantástico animal se despojaba de su envoltura de unicornio y tomaba la forma de un pony manchado exactamente igual a cualquier pony que ella hubiera visto a lo largo de sus catorce casi quince años de vida.
Versión corta
Le debo la hechura de este cuento a mis amigos Gustavo Nielsen y Eduardo Muslip. Muchisisísimas gracias a los dos.
Para empezar, la habían engañado. Pero siempre la engañaban y éste no era el problema mayor. Habían viajado a Brasil tres veces de vacaciones, en 1980, 1981 y 1982; por eso Chabeli pensó cuando le propusieron el viaje, en 1984, que la propuesta era que ahora ella lo hiciera sola. Le preguntaron si para sus quince años, querría de regalo de cumpleaños la fiesta tradicional o el viaje a Brasil. Ella recordó que su tía Mariana –la que ahora estaba internada en el Psiquiátrico Philippe Pinel a causa de desaveniencias maritales- había viajado sola al Brasil cuando cumplió quince. En definitiva, ésta era su Oportunidad, la Liberación, un Poco de Oxígeno. Segura, respondió: “El viaje”. Todos festejaron; todos estaban contentos: casi vivaron su nombre a coro. A ella tanta alegría junta de su familia le dio mala espina. Días antes, la madre le había contado a modo de advertencia que Elsita, la hija del tío Josafat, le había arruinado la fiesta al tío –una fiesta costosísima- encerrándose en el baño a llorar. El tío Josafat y la tía Elsa aporrearon la puerta con desesperación, pero Elsita se negó a salir. Los invitados ni siquiera tuvieron la delicadeza de marcharse, sino que se quedaron para comer y bailar y hasta cortaron la torta de Elsita sin Elsita: una desfachatez. Chabeli creyó, en el momento en que la madre le vino con el asunto éste, que le contaba lo de la prima Elsita para torcer la decisión de Chabeli, y que ella eligiera el viaje y no la fiesta. Porque seguramente la fiesta sería más cara que un viaje a Brasil. Error: el error es la alfombra roja de los incautos y era, por supuesto, por donde Chabeli se paseaba con mayor denuedo. Al Brasil viajaron todos juntos, en ómnibus.
II
Cuando arribaron a Florianópolis esta vez, no llegaron a instalarse en un departamento. Pasaron tres días en un hotel del centro, un poco siniestro porque era concurrido por las prostitutas con sus clientes. La madre explicó que era el hotel más barato que pudieron encontrar y que elegían eso porque querían guardar toda la plata para gastarla en Río de Janeiro. A la mañana siguiente de haber llegado la madre tramó en una agencia de turismo el resto del viaje. Tardarían un día en llegar a Río, pero el ómnibus tenía asientos reclinables que se hacían cama, un Súper Aire Acondicionado que echaba ráfagas frías directas del Polo Norte. Los brasileños lo exageraban todo; pero la madre les confiaba: la deleitaban con sus sonrisas y con ese gorjeo propio de ellos, la voz en la garganta, a la altura de la campanilla, agitándose durante unos segundos antes de articularse en forma de palabras. Cualquier hijo de vecino a cuatro leguas a la redonda se hubiera dado cuenta de que los estafarían. Los asientos tenían las palancas trabadas y no se reclinaban; el aire acondicionado se rompió dos pueblos después de que salieran de Porto Alegre; no obstante el guía turístico que era encantador y en cada sonrisa mostraba más dientes que un tiburón, aclaró que el desperfecto sería cosa de momentos. Hicieron todo el viaje en medio de un calor infernal. El guía cada tanto se acercaba a la madre, que se daba aire con una abanico de papel y la alentaba. Falta poco, decía en un español horrible. Cada vez que el guía venía hasta sus asientos, la madre le pegaba un codazo a Chabeli y le hacía saltar el libro. “Qué suerte tenemos de ser en este tour los únicos argentinos”, le susurraba, “fijáte cómo nos atiende el buen hombre”. Chabeli gruñía y volvía a la lectura; la madre observaba atentamente el material de lectura. Se lo pidió prestado: Chabeli temió lo peor. La madre lo examinó: ¿qué hacía su hija leyendo Otelo, por la punta del sauce verde? Cuando la madre era chica leía Heidi y se sentía una iluminada. Qué vida de miércoles, gemía ella, ¿por qué esta nena no le había salido normal? (Los otros dos, como se vio después, tampoco le salieron normales, pero por el momento ella no les notaba la anormalidad y además, se ocupaba de ellos el padre, que tenía más paciencia con los chiquitos.)
El padre y Rosi, de cuatro años, iban en el tercer asiento del bus a Río de Janeiro, juntos; después venía otra gente, una chica rubia y un italiano que trabajaba en el puerto; y en el último la madre y Chabeli. Como Toñito no pagaba asiento, iba un poco en brazos de la madre y otro poco en los del padre. Chabeli eligió el lado de la ventanilla, para tener más luz para leer. Sin embargo, la madre –siempre la mandaba a leer con tal de que no saliera a la calle a potrear con los varones, como ella decía-, esta vez le chilló que mirara el paisaje; Chabeli le contestó que no había nada para ver: el campo, bueyes flacos, yuyos altos. A veces, los morros. De pronto la madre la amenazó: o miraba el paisaje o le tiraba el libro por la ventana. Por suerte anocheció rápido.
Chabeli tenía catorce años y cumpliría los quince en marzo, al regresar del viaje. Aunque la madre la vestía con pantaloncitos minúsculos estampados con corazoncitos y suéters apretados de Minnie Mouse, nadie podía confundirla con una niña. Para colmo, la madre la hacía calzar zapatos con cuatro centímetros de taco, por el asunto del arco de los pies. Chabeli tenía los pies planos, los tobillos vencidos, los ojos miopes y el riñón flotante. A pesar de la imagen contravertida que daba, Chabeli era virgen. Era consciente de que tenía un problema entre las piernas que había que solucionar lo antes posible, para eliminar para siempre de su mente lo que la gente llamaba sexo. Podía ser un asunto placentero, como decían las revistas, pero a ella no le interesaba en absoluto tener una clase de comercio que al menor error de alguna de las partes te hacía traer hijos al mundo. Ella no quería tener nada que ver con hombres ni con chicos, pero cuanto antes se quitara la virginidad de encima, mejor: una cuestión menos en la que pensar. Era la llamada Operación Liberación del Himen. Le resultaba urgente y necesario acabar con la virginidad, y para tal fin ella había planificado hacerlo con un negro cualquiera de su viaje de quince. Le daba más o menos igual la apostura del negro y si hablaba o no el español. En el amor, sabía decir la abuela, impera el lenguaje de las señas. Ella perdería la virginidad por fin, se haría mujer y a los dieciocho años y un día cumplidos ¡saldría definitivamente de la casa de sus padres! Cuando anocheció y el bus se sumió en una oscuridad tal que parecía cruzaban el Leteo, el tipo de adelante, el italiano que trabajaba en el puerto, le manoseó la rodilla y el muslo en la oscuridad del ómnibus y ella le clavó el taco del zapato en el centro de la palma abierta y estirada. El tipo acalló un maullido de dolor; al día siguiente cuando bajaron a desayunar en un parador no la miró y mantuvo el brazo pegado al pecho, en un cabestrillo imaginario. Chabeli se alegró: tampoco podía entregarse a un cualquiera, así porque sí.
III
El primer sitio que visitaron en Río do Janeiro fue el Estádio do Maracaná, el estadio más grande del mundo. Ahí había jugado Pelé, o melhor jogador do mundo. Diego Maradona no era mejor; Diego Maradona era un infame al lado de Pelé. El padre se indignó de la exageración brasileña. Chabeli y Rosi, la hermanita, estaban pálidas y descompuestas. El calor o los camarao ao palito que engulleron en un puesto callejero las enfermó. El padre las llevó hasta una canaleta del Estádio y vomitaron por turno. La madre seguía pegada al guía, preguntando sobre Xuxa. ¿Era verdad que Xuxa había sido actriz porno antes de conocer a Pelé? ¿Era verdad que Xuxa nunca había visto a Pelé descalzo, a pesar de haber sido su esposa? ¡Qué suerte que ellos fueran argentinos y el simpático guía se viera forzado a hablarles en español para que entendieran algo de todo eso lindo que veían! Hacían mil grados centígrados en el Estadio; o calor mais ardente do mundo, podría haber comentado el guía, pero eso justo no lo comentó y la madre, que en la casa no podía vivir sin el aire acondicionado en temperatura glaciar, acá se las arreglaba con el abaniquito. Toñito dormía en sus brazos todo el tiempo; era probable que el bebé se estuviera deshidratando, pero ella no lo notaba. Pronto, terminaron la visita al Estadio y los llevaron al zoo. Era el zoo más grande del Brasil, de Latinoamérica o tal vez del Cosmos Infinito; el guía lo había dicho pero Chabeli no pudo retener sus palabras. Sentía el acre de las náusea ir y venir; no podía prestar mucha atención. El padre y los hermanos chiquitos subieron a un trencito que los llevaba a recorrer el zoo, con los otros turistas autóctonos que viajaban con ellos en el bus y tenían también hijos pequeños. La madre y ella se quedaron a la entrada; Chabeli no podía caminar, le dolían las ingles y las axilas, sentía los ganglios hinchados. Unos flamencos estaban sueltos cerca de donde ellas se sentaron y la madre tuvo la infeliz idea de llamarlo con chistidos como si hubiera sido una torcacita de la plaza. El pajarraco se le vino al humo, silbando y batiendo las alas; Chabeli cerró los ojos para no ver cómo el bicho ese terminaba con su madre de un picotazo en un acto de justicia; oyó los gritos de ella y la gente que a su alrededor hablaba en portugués, primero espantando al bicho y luego confortándola. Así que al final la madre había sobrevivido; Chabeli suspiró. La madre regresó a sentarse junto a ella acompañada por el estibador italiano a quien ya no le dolía el estigma en la mano que Chabeli le hiciera la noche anterior. La madre no estaba en absoluto ella amedrentada con lo sucedido con el flamenco; encima dictaminó: a veces los pájaros se excitan frente a las mujeres hermosas; en su juventud había tenido un loro asqueroso que hacía lo mismo y no la dejaba en paz; los abuelos lo tuvieron que regalar. Chabeli sintió que se juntaban lágrimas en sus ojos, pero después cayó en la cuenta de que era transpiración: le sudaban los ojos. La madre trató de contarle lo del loro al italiano; dado que el italiano sólo sabía italiano y portugués, ella decidió usar el dialecto piamontés que utilizaba su suegra sobre todo cuando se quemaba la comida. Al italiano le subieron los colores; dijo que sufría de hipertensión o eso le entendieron por las señas; también podría haber sido una seña obscena, pero Chabeli consideró que el tipo no podía hacer una seña de esa clase al aire libre, entre la gente y los niños. El italiano estudió el mapa del zoo y explicó que un poco más allá estaba la lagunita artificial con los crocodilos y jacarés y ahí seguro que correría aire fresco, algo más que aquí. Tendió un brazo a cada una, para que se enredaran en él y siguieran hacia allá. De buena gana Chabeli lo hubiera hecho –ya le daba lo mismo que el tipo fuera o no un degenerado completo- pero una ráfaga de brisa trajo el olor de las heces de los animales, el olor a caca más grande del mundo y sintió que su cuerpo, comenzando por la pituitaria, iba volviéndose verde, pudriéndose hasta el mismo y maldito himen, a medida que ese olor se mezclaba con su sangre: en cualquier momento ella, Chabeli, se disolvería en el aire igual que los vampiros de la televisión se disolvían al contacto con la luz del día. La madre dijo al degenerado que ella lo acompañaría gustosa a ver los cocodrilos, así después aprendía a distinguir una cartera de piel falsa de una verdadera. El italiano no le entendía ni jota de lo que ella parloteaba, pero reía a gusto, abriendo la boca propiamente como un yacaré. Chabeli contuvo la arcada y deseó como nunca había deseado nada antes que la madre cayera al foso de los lagartos y se la tragaran, que le pelaran hasta los huesos y ya terminara de una vez la pesadilla de aguantarla. Sin embargo, los deseos nunca suelen ser escuchados a la hora en que alguien los pronuncia, sino quién sabe cuántos años después, puesto que Dios debe padecer de sordera congénita. La madre regresó veinte minutos más tarde, un poco despeinada y arreglándose los tirantes de la solera. Chabeli supo que su madre había hecho el amor con el portuario como si tal cosa y ahora seguía parloteando, colorada y feliz, como si nada hubiera pasado. Pero tal vez había pasado: tal vez los cocodrilos pudieron haber visto a la pareja al trenzarse y friccionarse haciendo sus cosas; del susto de ver a semejantes humanos copulando, los bichos seguro que ahora flotaban muertos en el pantanito del zoo. La madre y su partenaire acababan de destrozar la fauna sáurica del lugar. Chabeli creyó que iba a vomitar y caminó apresurada hacia la espesura, para hacerlo sobre unas matas de toronjil adonde nadie la viera. Cuando llegó, sintió pena de la pobre y fragante planta, respiró y respiró hasta tragarse la arcada y que su estómago acabara por calmarse. Sintió un rebuzno y cuando alzó la vista vió allá lejos un Unicornio, un jodido unicornio que sólo podría ver ella porque era una recontra jodida virgen hija de mala madre. Se quedó helada, pensando que estaba muerta o que era la protagonista de un filme de fantasía; el tiempo se detuvo quién sabe cuánto, mientras los dos se miraban entre los juncos. Al rato, le llegó el grito desaforado de la madre: “¡Chabeli!” El unicornio huyó trotando hacia la zona de juegos didácticos. Entonces Chabeli pudo ver que el fantástico animal se despojaba de su envoltura de unicornio y tomaba la forma de un pony manchado exactamente igual a cualquier pony que ella hubiera visto a lo largo de sus catorce casi quince años de vida.
Versión corta
Le debo la hechura de este cuento a mis amigos Gustavo Nielsen y Eduardo Muslip. Muchisisísimas gracias a los dos.
sábado 18 de abril de 2009
La calle del ángel. Cuento de María Rosa Pfeiffer
Hoy fui a buscar a mi hija a la salida de la escuela de artes. Queda por Constitución. La mayoría de las veces voy caminando. Salvo que llueva. Son unas veinticinco cuadras desde mi barrio. Aprovecho para hacer gimnasia, si no, nunca me doy tiempo. Tardo, a paso medio, cerca de 30 minutos. Si no me distraigo mirando alguna vidriera, o algún edificio que me llame la atención. Quizás con el hábito, pueda llegar a hacer un mejor promedio.
Ya probé tomar varios colectivos para volver. El que me deja más cerca es el 168. Pero no el que viene por Juan de Garay, sino el que dobla por calle Constitución y toma Saénz Peña.
Así que tomo a mi hija de la mano, cruzamos la avenida y atravesamos la plaza. Hoy me pidió quedarse un ratito en los juegos. Se hamacó, se tiró por el tobogán, trepó a esos tachos que hacen las veces de caballito, volvió a hamacarse.
Estaba tan hermoso el día. Una perfecta mañana de otoño. El sol hacía firuletes entre las hojas de los árboles y caía suave sobre la piel. Una brisa tenue alivianaba el aire. Daba gusto estar ahí.
Le hice señas para que nos fuéramos. Yo tenía que llegar a casa, cocinar y ayudarle a que se prepare para ir a la escuela.
Teníamos el tiempo casi justo. Avanzamos por la plaza en diagonal y llegamos a la calle. Es un poco confusa esa esquina, porque la calle se bifurca y cuando el hombrecito del semáforo se pone blanco autorizando a cruzar, me asalta la duda de si alguien de la otra calle no podrá doblar.
Cuando ya estamos en la vereda, mi hija me tira de la mano y me dice: - Mirá má. Esa mujer, qué fea vestida está. Yo miro hacia la vereda de enfrente y le digo: -Sí, qué verde loro el vestido que tiene puesto ¿no? -Pero no es sólo el color, má, todo el vestido es feo, la forma. Y mirá cómo se le ven las tetas.- - Sí, de mal gusto-, le respondo, y acelero el paso. -Es gorda y tiene toda la cara pintada-, dice Luisina siguiéndome el paso pero mirando hacia atrás. -¡Ahí hay otras! - Señala cuando estamos a mitad de cuadra. Y miro a dos mujeres : una morena con medias de red, tacos altos dorados y un vestido amarillo, y otra de rasgos más orientales, con una mini muy ceñida de color violeta vibrante y una remera del mismo color que le dejaba el vientre fláccido expuesto. Las dos hacían gestos exuberantes a los transeúntes y también a los hombres que pasaban en auto.
-¿Por qué se visten tan feo mamá?- - Porque quieren llamar la atención, le respondo. -¿Pero por qué?- ¿Cómo le explico? -Porque son mujeres de la calle- le digo. -¿Y eso qué quiere decir?- Respiro hondo. -Putas. Son putas, hijita-, y me apuro a aclarar: -aunque suene fea esa palabra.-
Ella se queda mirándome con sus ojos azules muy grandes, seria, esperando más.
Llegamos a la parada. Alcanzamos justo el último 168 porque se puso rojo el semáforo y no alcanzó a doblar. En el trayecto yo había visto cómo se iban dos, y rogaba llegar al tercero. No sé por qué, pero es así con la mayoría de las líneas de urbanos. O al menos con las líneas de mi zona. El 101, el 115, el 64. Pasan tres juntos y después hay que esperar quince minutos, o más.
Por suerte iba casi vacío y pudimos elegir donde sentarnos.
Yo sentía los ojos serios de mi hija clavados en mí, esperando. Esta mañana en el desayuno, le había preguntado al papá si de veras lo había visto al conejo el año pasado en la ruta, cuando él volvía de un viaje justo el domingo de Pascua, y le había alcanzado los huevos de chocolate para ella. –Claro que lo vi- le dijo él. -¿Y corría rápido?- Tanto como los autos. -¿Pero corría o saltaba?- - Saltaba.- le contestó su padre. Lo dijo con tanta convicción que hasta yo me imaginé al conejo, gigante, persiguiendo a mi marido por la autopista. Ella se quedó pensando un rato, el mentón apoyado en la mesa. –Pero debería ir más rápido que los autos- dijo al cabo de un rato. -¿Por qué?- pregunté yo. -Porque es mágico- dijo y se terminó la leche de un trago.
-¿Qué es ser puta?- . – Es… un trabajo. Feo, pero trabajo al fin. Salen con hombres, les dan caricias, abrazos y les cobran por eso. - -¿Y por qué eligen trabajar de putas?- - Y… porque a veces no consiguen otros trabajos, o no saben hacer otras cosas.- - ¿Y por qué algunos hombres compran abrazos?- -Porque están solos, o tristes, porque nadie los quiere.- -¿Y besos también?- - Sí, mi amor, besos también.
Giró la cabeza hacia la ventanilla y se quedó un rato largo en silencio.
-¿Tuvieron títeres hoy? -. –Sí, y música-, me dijo sin dejar de mirar hacia afuera.
Pasó otro rato en silencio. -¿A dónde se compran esas ropas feas?-
-En los negocios, en las tiendas.- -Pero yo nunca vi ropas así en las tiendas donde vamos. - -Porque hay otras tiendas, que venden ropas así ¿viste que son como disfraces? Son… lugares especiales. – Ah-, me dijo y pareció conformarse.
Me acordé de mi viaje a Bruselas. De la calle de las prostitutas. Yo había oído hablar, pero ver, estar, fue una experiencia inquietante.
Ángela me había ido a esperar a la estación de trenes. Era la amiga de un amigo, y nos conocimos ahí. Yo estaba parando en Tournai, y tenía un día para recorrer Bruselas. Habíamos programado el día anterior, por teléfono, conocer la casa donde vivió Magritte, que es mi pintor favorito, ya que el Museo estaba cerrado por reparaciones.
Cuando me bajé del tren se me acercó, cálida. -Julia- dijo en un tono intermedio, en el que el afirmativo le ganaba al interrogativo. La abracé. -¡Qué rápido me encontraste! Con tanta gente- Rió. -La pollera violeta que me dijiste y esa cara inconfundible de alguien que llega por primera vez-.
Me tomó del brazo como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de Alejandro, nuestro amigo en común, mientras me conducía entre la multitud hacia la salida de la estación.
- Vení, antes de ir a la casa de Magritte, te voy a mostrar otra cosa- Salimos a una calle por una de las puertas de medio arco de la estación y me señaló con el dedo: -Mirá allá arriba ¿qué ves? – Un ángel- digo -la escultura de un ángel.- Me quedo arrobada mirándolo. Precioso, con las alas extendidas, en la cúpula de un edificio de dos pisos, en una esquina.
-Bonito ¿verdad? – me dice Ángela. –Bueno, ahora mirá qué está cuidando el ángel.- Bajo la vista y me encuentro con una gran vidriera de porno-show.
- Exactamente debajo de este ángel comienza la calle de las prostitutas- me dice y señala dibujando con el gesto de su brazo la calle paralela a los paredones de la estación.
Y empezamos a andar. Despacio. Porque quiero ver bien. No perderme un detalle. Son vidrieras, una al lado de la otra. Con mujeres adentro. La mayoría en ropa interior, dos piezas. Algunas, las menos, en bombachas y con los pechos descubiertos.
En todas las vidrieras hay una cortina de fondo, símil telón, y una especie de tarima, adonde se ubican ellas. Algunas están solas, apoyadas en una columna, o semi-sentadas en una banqueta, posando, mirando hacia afuera, sonriendo o acariciándose al ver pasar a los clientes.
-Suele haber muchos choques- me dice Ángela. – Fijate cómo los hombres que pasan manejando se pierden-. Es verdad, la mayoría de los automovilistas pasan desviando sus miradas hacia los negocios. Y aunque la calle es de una sola mano, la distracción es lo suficientemente fuerte, como para atropellar al auto que va delante. Y deduzco que es lo más normal, que en esta calle, no chocar sería lo extraño.
Hay de todas las edades. De todas las razas, de todos los colores y formas. Exuberantes, delgadas, gordas, bonitas, feas, graciosas. Para todos los gustos, pienso. La mayoría están de a dos. Algunas tienen un espejo en un costado y se peinan, se maquillan. Pasan hombres de variados estilos, obreros, oficinistas, bien vestidos, de sport, de fajina, algunos con portafolios, parecen profesionales. Creo que sólo uno pasó apurando el paso y con la cabeza pensando en quién sabe qué, como si esas vidrieras fueran ferreterías o mercaditos, o librerías, le daba lo mismo. La mayoría iba mirando. Contestaba a alguna seña que venía de adentro. Sonreía.
Algunos recorrían, y volvían atrás, eligiendo. Otros pasaban con una meta distinta (se les notaba en la manera de andar), pero no podían sustraerse a ese mudo canto de sirenas. Y volvían sus pasos atrás. Se detenían. Miraban. Algunos seguían su camino y otros, irremediablemente abrían la puerta lateral y se dejaban atrapar.
-Tienen libreta de sanidad, hacen aportes jubilatorios, pagan impuestos- me dijo Ángela. Todas las seguridades. Como cualquier empleada en blanco. Pero con la ventaja de que son independientes, sus propias dueñas. No tienen que rendirle cuentas a ningún cafisho. Ellas alquilan el local, y algunas hasta llegan a ser propietarias. –me comentaba Ángela mientras caminábamos. -También están las otras, las de la calle. Pero son más peligrosas. Para los hombres porque no dan garantía de salud, y para ellas mismas, porque cada dos por tres terminan en un destacamento de policía.- Suspiró. – A veces pienso que seguramente tendría una mejor posición si hubiese elegido esta carrera en vez de la docencia- Rió Ángela. Y yo dudé por un momento si lo había dicho en serio o en broma. –De todos modos, ya es tarde para volver atrás- dijo haciendo alusión a sus sesenta años. Justo en ese momento veo en una de las vidrieras a una mujer entrada en carnes y en años, sentada en un silla, con las piernas abiertas y tejiendo a dos agujas, muy entretenida en su labor. – Mirá eso, me parece que todavía estarías a tiempo- la chanceé. Y reímos juntas.
Después tomamos un tranvía y fuimos hasta la casa de Magritte. Al final del día nos sentamos en un bello cementerio parquizado a comernos un sándwich de atún. Pero yo tuve la sensación de que lo mejor de ese día ya lo había vivido.
¿Podría haber sido puta? me pregunto a veces. En muchas de mis fantasías eróticas lo soy. Es la manera de excitarme que no falla en mis relaciones. Pero no puedo explicarle ésto a mi hija pequeña. Al menos ahora. Tal vez cuando sea más grande.
Mientras escribo recuerdo a una profesora de filosofía a la que admiraba muchísimo. Eran fascinantes sus clases. Un despliegue de erudición y sapiencia. Seducía a sus alumnos con cada palabra, con cada gesto. Un día, en una de sus clases tuvo un derrame cerebral. El primer síntoma fue que se quedó dando vueltas y vueltas a las hojas de sus apuntes, sin parar. Luego se desmayó. Cuando volvió en sí, mientras llamaban a urgencia, se aferró con ambos brazos del cuello de uno de los alumnos que la habían auxiliado y le dijo las mayores obscenidades que escuché en mi vida. A los seis meses murió. Mucho tiempo quedé hondamente impresionada por ese suceso, pensando que detrás de tanta belleza podía haber tanta basura encubierta.
Bueno, no sé por qué digo basura.
Desde ese día trato, si no de verbalizar, al menos, hacer conscientes mis lados oscuros. Para que la vida (o la muerte, vaya uno a saber) no me sorprenda en una actitud indigna.
Decir es conjurar. Después de todo, las mujeres, de distintas maneras, a veces sólo por unos instantes, con consciencia o no, somos unas putas. Lo que no suprime la existencia de un ángel en nuestro costado.
Ya probé tomar varios colectivos para volver. El que me deja más cerca es el 168. Pero no el que viene por Juan de Garay, sino el que dobla por calle Constitución y toma Saénz Peña.
Así que tomo a mi hija de la mano, cruzamos la avenida y atravesamos la plaza. Hoy me pidió quedarse un ratito en los juegos. Se hamacó, se tiró por el tobogán, trepó a esos tachos que hacen las veces de caballito, volvió a hamacarse.
Estaba tan hermoso el día. Una perfecta mañana de otoño. El sol hacía firuletes entre las hojas de los árboles y caía suave sobre la piel. Una brisa tenue alivianaba el aire. Daba gusto estar ahí.
Le hice señas para que nos fuéramos. Yo tenía que llegar a casa, cocinar y ayudarle a que se prepare para ir a la escuela.
Teníamos el tiempo casi justo. Avanzamos por la plaza en diagonal y llegamos a la calle. Es un poco confusa esa esquina, porque la calle se bifurca y cuando el hombrecito del semáforo se pone blanco autorizando a cruzar, me asalta la duda de si alguien de la otra calle no podrá doblar.
Cuando ya estamos en la vereda, mi hija me tira de la mano y me dice: - Mirá má. Esa mujer, qué fea vestida está. Yo miro hacia la vereda de enfrente y le digo: -Sí, qué verde loro el vestido que tiene puesto ¿no? -Pero no es sólo el color, má, todo el vestido es feo, la forma. Y mirá cómo se le ven las tetas.- - Sí, de mal gusto-, le respondo, y acelero el paso. -Es gorda y tiene toda la cara pintada-, dice Luisina siguiéndome el paso pero mirando hacia atrás. -¡Ahí hay otras! - Señala cuando estamos a mitad de cuadra. Y miro a dos mujeres : una morena con medias de red, tacos altos dorados y un vestido amarillo, y otra de rasgos más orientales, con una mini muy ceñida de color violeta vibrante y una remera del mismo color que le dejaba el vientre fláccido expuesto. Las dos hacían gestos exuberantes a los transeúntes y también a los hombres que pasaban en auto.
-¿Por qué se visten tan feo mamá?- - Porque quieren llamar la atención, le respondo. -¿Pero por qué?- ¿Cómo le explico? -Porque son mujeres de la calle- le digo. -¿Y eso qué quiere decir?- Respiro hondo. -Putas. Son putas, hijita-, y me apuro a aclarar: -aunque suene fea esa palabra.-
Ella se queda mirándome con sus ojos azules muy grandes, seria, esperando más.
Llegamos a la parada. Alcanzamos justo el último 168 porque se puso rojo el semáforo y no alcanzó a doblar. En el trayecto yo había visto cómo se iban dos, y rogaba llegar al tercero. No sé por qué, pero es así con la mayoría de las líneas de urbanos. O al menos con las líneas de mi zona. El 101, el 115, el 64. Pasan tres juntos y después hay que esperar quince minutos, o más.
Por suerte iba casi vacío y pudimos elegir donde sentarnos.
Yo sentía los ojos serios de mi hija clavados en mí, esperando. Esta mañana en el desayuno, le había preguntado al papá si de veras lo había visto al conejo el año pasado en la ruta, cuando él volvía de un viaje justo el domingo de Pascua, y le había alcanzado los huevos de chocolate para ella. –Claro que lo vi- le dijo él. -¿Y corría rápido?- Tanto como los autos. -¿Pero corría o saltaba?- - Saltaba.- le contestó su padre. Lo dijo con tanta convicción que hasta yo me imaginé al conejo, gigante, persiguiendo a mi marido por la autopista. Ella se quedó pensando un rato, el mentón apoyado en la mesa. –Pero debería ir más rápido que los autos- dijo al cabo de un rato. -¿Por qué?- pregunté yo. -Porque es mágico- dijo y se terminó la leche de un trago.
-¿Qué es ser puta?- . – Es… un trabajo. Feo, pero trabajo al fin. Salen con hombres, les dan caricias, abrazos y les cobran por eso. - -¿Y por qué eligen trabajar de putas?- - Y… porque a veces no consiguen otros trabajos, o no saben hacer otras cosas.- - ¿Y por qué algunos hombres compran abrazos?- -Porque están solos, o tristes, porque nadie los quiere.- -¿Y besos también?- - Sí, mi amor, besos también.
Giró la cabeza hacia la ventanilla y se quedó un rato largo en silencio.
-¿Tuvieron títeres hoy? -. –Sí, y música-, me dijo sin dejar de mirar hacia afuera.
Pasó otro rato en silencio. -¿A dónde se compran esas ropas feas?-
-En los negocios, en las tiendas.- -Pero yo nunca vi ropas así en las tiendas donde vamos. - -Porque hay otras tiendas, que venden ropas así ¿viste que son como disfraces? Son… lugares especiales. – Ah-, me dijo y pareció conformarse.
Me acordé de mi viaje a Bruselas. De la calle de las prostitutas. Yo había oído hablar, pero ver, estar, fue una experiencia inquietante.
Ángela me había ido a esperar a la estación de trenes. Era la amiga de un amigo, y nos conocimos ahí. Yo estaba parando en Tournai, y tenía un día para recorrer Bruselas. Habíamos programado el día anterior, por teléfono, conocer la casa donde vivió Magritte, que es mi pintor favorito, ya que el Museo estaba cerrado por reparaciones.
Cuando me bajé del tren se me acercó, cálida. -Julia- dijo en un tono intermedio, en el que el afirmativo le ganaba al interrogativo. La abracé. -¡Qué rápido me encontraste! Con tanta gente- Rió. -La pollera violeta que me dijiste y esa cara inconfundible de alguien que llega por primera vez-.
Me tomó del brazo como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de Alejandro, nuestro amigo en común, mientras me conducía entre la multitud hacia la salida de la estación.
- Vení, antes de ir a la casa de Magritte, te voy a mostrar otra cosa- Salimos a una calle por una de las puertas de medio arco de la estación y me señaló con el dedo: -Mirá allá arriba ¿qué ves? – Un ángel- digo -la escultura de un ángel.- Me quedo arrobada mirándolo. Precioso, con las alas extendidas, en la cúpula de un edificio de dos pisos, en una esquina.
-Bonito ¿verdad? – me dice Ángela. –Bueno, ahora mirá qué está cuidando el ángel.- Bajo la vista y me encuentro con una gran vidriera de porno-show.
- Exactamente debajo de este ángel comienza la calle de las prostitutas- me dice y señala dibujando con el gesto de su brazo la calle paralela a los paredones de la estación.
Y empezamos a andar. Despacio. Porque quiero ver bien. No perderme un detalle. Son vidrieras, una al lado de la otra. Con mujeres adentro. La mayoría en ropa interior, dos piezas. Algunas, las menos, en bombachas y con los pechos descubiertos.
En todas las vidrieras hay una cortina de fondo, símil telón, y una especie de tarima, adonde se ubican ellas. Algunas están solas, apoyadas en una columna, o semi-sentadas en una banqueta, posando, mirando hacia afuera, sonriendo o acariciándose al ver pasar a los clientes.
-Suele haber muchos choques- me dice Ángela. – Fijate cómo los hombres que pasan manejando se pierden-. Es verdad, la mayoría de los automovilistas pasan desviando sus miradas hacia los negocios. Y aunque la calle es de una sola mano, la distracción es lo suficientemente fuerte, como para atropellar al auto que va delante. Y deduzco que es lo más normal, que en esta calle, no chocar sería lo extraño.
Hay de todas las edades. De todas las razas, de todos los colores y formas. Exuberantes, delgadas, gordas, bonitas, feas, graciosas. Para todos los gustos, pienso. La mayoría están de a dos. Algunas tienen un espejo en un costado y se peinan, se maquillan. Pasan hombres de variados estilos, obreros, oficinistas, bien vestidos, de sport, de fajina, algunos con portafolios, parecen profesionales. Creo que sólo uno pasó apurando el paso y con la cabeza pensando en quién sabe qué, como si esas vidrieras fueran ferreterías o mercaditos, o librerías, le daba lo mismo. La mayoría iba mirando. Contestaba a alguna seña que venía de adentro. Sonreía.
Algunos recorrían, y volvían atrás, eligiendo. Otros pasaban con una meta distinta (se les notaba en la manera de andar), pero no podían sustraerse a ese mudo canto de sirenas. Y volvían sus pasos atrás. Se detenían. Miraban. Algunos seguían su camino y otros, irremediablemente abrían la puerta lateral y se dejaban atrapar.
-Tienen libreta de sanidad, hacen aportes jubilatorios, pagan impuestos- me dijo Ángela. Todas las seguridades. Como cualquier empleada en blanco. Pero con la ventaja de que son independientes, sus propias dueñas. No tienen que rendirle cuentas a ningún cafisho. Ellas alquilan el local, y algunas hasta llegan a ser propietarias. –me comentaba Ángela mientras caminábamos. -También están las otras, las de la calle. Pero son más peligrosas. Para los hombres porque no dan garantía de salud, y para ellas mismas, porque cada dos por tres terminan en un destacamento de policía.- Suspiró. – A veces pienso que seguramente tendría una mejor posición si hubiese elegido esta carrera en vez de la docencia- Rió Ángela. Y yo dudé por un momento si lo había dicho en serio o en broma. –De todos modos, ya es tarde para volver atrás- dijo haciendo alusión a sus sesenta años. Justo en ese momento veo en una de las vidrieras a una mujer entrada en carnes y en años, sentada en un silla, con las piernas abiertas y tejiendo a dos agujas, muy entretenida en su labor. – Mirá eso, me parece que todavía estarías a tiempo- la chanceé. Y reímos juntas.
Después tomamos un tranvía y fuimos hasta la casa de Magritte. Al final del día nos sentamos en un bello cementerio parquizado a comernos un sándwich de atún. Pero yo tuve la sensación de que lo mejor de ese día ya lo había vivido.
¿Podría haber sido puta? me pregunto a veces. En muchas de mis fantasías eróticas lo soy. Es la manera de excitarme que no falla en mis relaciones. Pero no puedo explicarle ésto a mi hija pequeña. Al menos ahora. Tal vez cuando sea más grande.
Mientras escribo recuerdo a una profesora de filosofía a la que admiraba muchísimo. Eran fascinantes sus clases. Un despliegue de erudición y sapiencia. Seducía a sus alumnos con cada palabra, con cada gesto. Un día, en una de sus clases tuvo un derrame cerebral. El primer síntoma fue que se quedó dando vueltas y vueltas a las hojas de sus apuntes, sin parar. Luego se desmayó. Cuando volvió en sí, mientras llamaban a urgencia, se aferró con ambos brazos del cuello de uno de los alumnos que la habían auxiliado y le dijo las mayores obscenidades que escuché en mi vida. A los seis meses murió. Mucho tiempo quedé hondamente impresionada por ese suceso, pensando que detrás de tanta belleza podía haber tanta basura encubierta.
Bueno, no sé por qué digo basura.
Desde ese día trato, si no de verbalizar, al menos, hacer conscientes mis lados oscuros. Para que la vida (o la muerte, vaya uno a saber) no me sorprenda en una actitud indigna.
Decir es conjurar. Después de todo, las mujeres, de distintas maneras, a veces sólo por unos instantes, con consciencia o no, somos unas putas. Lo que no suprime la existencia de un ángel en nuestro costado.
sábado 4 de abril de 2009
El calvario diario del escritor... - Philip Roth
Doy vuelta a las frases. Ésa es mi vida. Escribo una frase y luego le doy la vuelta. Después la contemplo y le doy otra vez la vuelta. Luego voy a comer. Después me instalo de nuevo y escribo otra frase. Luego tomo el té y le doy la vuelta a la nueva frase. Luego releo las dos frases y les doy la vuelta a ambas. Después me acuesto en mi sofá y pienso. Luego me levanto y las tiro a la papelera y empiezo desde el principio otra vez. Y si me aparto aunque sea sólo durante un día entero de esta rutina, me siento frenético de aburrimiento y de una sensación de estar desperdiciando el tiempo. Los domingos desayuno tarde y leo los periódicos con Hope. Luego vamos a dar un paseo por las colinas y me atormenta la idea de que estoy perdiendo todos esos buenos momentos. Los domingos por la mañana me despierto casi enloquecido ante la perspectiva de todas esas horas inutilizables. Estoy inquieto, malhumorado, pero ella también es un ser humano, comprendes, de modo que la acompaño. Para evitar problemas, ella me hace dejar el reloj en casa. El resultado es que me dedico a mirar mi muñeca en vez del reloj. Estamos paseando, ella habla, entonces yo lanzo una mirada a mi muñeca... y generalmente ahí acaba todo, si mi humor de perros no lo ha estropeado ya antes. Ella arroja la toalla y volvemos a casa. ¿Y una vez en casa en qué se diferencia un domingo de un jueves? Me siento otra vez frente a mi pequeña Olivetti y empiezo a observar las frases y a darles la vuelta. Y me pregunto: ¿por qué no puedo llenar mis horas de otra manera que no sea ésta?
Publicado por
Patricia Suárez
Etiquetas:
Filosofía - Humor
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CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line
Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).
Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle
http://cuatrocuentos.wordpress.com/
NO-RETORNABLE
Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar
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