La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

lunes, 23 de marzo de 2009

The top of the world

Tengo nueve años, pero de pronto salgo al balcón y miro para afuera. El balcón está enrejado; dice ella que a los cuatro le juré que me iba a tirar por el balcón apenas pudiera. Ella me dijo que fuera y me tire y me encajó dos sopapos por insolente. Al día siguiente, hizo enrejar el balcón. A veces parece que me quiere, pero yo no estoy segura. A veces creo que nadie me quiere y cuando lo digo en voz alta, me quejo, ella dice: Ya estás haciéndote la mártir; la detesto cuando me habla así. Afuera están todos festejando, la calle arde de banderitas celestes y blancas. Saltan, silban. Papá y mi hermanito están ahí. Me vienen a buscar, pero estoy terminando de pegar los muebles en mi casa de muñecas. Es una caja de zapatos; acá hay cajas de zapatos por todas partes porque tenemos una zapatería. Mi hermano se llama Crispín porque san Crispino es el santo que protege a los zapateros; tiene tres años y medio; ella no sabía que esperaba otro bebé hasta que estaba muy panzona: creía que se había enfermado de los riñones. La zapatería era de mi abuelo, pasó a mi abuela cuando enviudó y cuando la vieja bruja reviente será de mi papá y mi tío. A mi tío tampoco lo quiere nadie, porque es armenio. Armenia es el sitio adonde estacionó el Arca de Noé; en el Monte Ararat para ser más precisos. La casita de muñecas para la clase es una idea de Miss Nancy, la maestra de inglés. Para que nombremos los muebles y las cosas que componen una casa en idioma inglés. Bed, cama; table, mesa; chair, silla: Miss Nancy es una estúpida. Miss Nancy es mi maestra de inglés en el Colegio Nuestra Señora de los Ángeles; también tengo otra maestra de inglés, en el Colegio Inglés, adonde voy por la tarde a tomar clases de inglés inglés, no de inglés americano. No recuerdo el nombre de esa tipa del Colegio Inglés; es joven y pronuncia mal. Dicen que si en Inglaterra no pronunciás bien, nunca te contestan una pregunta, para castigarte. Les preguntás dónde queda una calle y te dan vuelta la cara; te perdés en Londres por hablar mal. Ella está en cama y me pide que me quede a hacerle compañía. Todavía faltan dos años para que empiece con las pastillas y se haga dependiente de los ansiolíticos; pero ya está triste aunque yo no entiendo bien por qué. Papá y Crispín van a ir al Monumento; se reunirán ahí para saltar y vitorear que la Argentina es el Campeón Mundial de Fútbol 78. Gritan el que no salta es un holandés. Gritan cosas fuertes y comen salchichas y toman cerveza como si fueran alemanes, pero no somos alemanes sino argentinos y además a los alemanes no los tragamos porque si hubieran podido, nos hubieran gaseado en las cámaras de gas, así dice ella. Los odio a todos; odio a mi familia, odio a mi país.

Lo peor son las clases de Actividades Prácticas, labores, que hay. Peor que la flauta dulce, peor que conjugar verbos. Tejer una bufanda en punto santa clara, hacer un jueguito de comedor con broches para la ropa, pegado con una pasta casera que indefectiblemente se despega en media hora. Un día nos enseñan a hacer la choco-torta y cuando llego a casa con eso en una budinera, ella la desmolda con un cuchillito alemán filoso el mazacote en el tacho de basura. Le pregunto por qué lo hace y me dice si quiero que nos muramos todos de un ataque al hígado. La maestra de labores se llama Alicia; dicen que es guerrillera, pero no debe ser cierto porque las monjas la apañan. Una maestra de primer grado que sí era guerrillera, la señorita Patricia, en cuanto la descubrieron las monjas, la echaron de la escuela. Le pregunto a la señorita Alicia si trayendo la labor echa me permite hacer otra cosa en clase; me dice que sí, siempre que sea una actividad silenciosa. Le digo que traeré libros para leer; ella acepta y a partir de ahí llevo Nancy Drew, Los Hardy Boys y Los Hollister. Papá me regaló Bajo las Lilas, pero es de un aburrimiento mortal. Llevo Los Cinco famosos. Nadie en mi clase lee mucho; las chicas no conocen a Los Hardy Boys a pesar de que hay una serie de ellos en la televisión. El actor principal es cantante también, Shaun Cassidy. Ninguna sabe mucho menos quién es Shaun Cassidy, pero yo conseguí un cassette en una disquería de mala muerte y lo escucho en mi grabador todo el día: me gusta. Papá dice que lo único que vale la pena oírse es la música clásica, Bach, Beethoven, porque cuando uno la oye cierra los ojos y se imagina un prado verde y un arroyuelo. Para oír eso –que ella llama música de entierro- hay que sintonizar la radio, porque él no tiene cassettes con qué imaginar el prado verde. Además dice que si sigo escuchando esta porquería de Shaun Cassidy me la va a tirar a la mierda. Como sea, en el curso las chicas me piden que le preste los libros. En mi casa me dicen que no los preste, pero yo los presto igual. Sigo teniendo nueve años, pero le digo a ella si a esta altura voy a privar a los demás de darse un gusto con mis cosas miserables, estoy frita; y aparte Jesús nos enseñó que hay que dar. Ella me dá vuelta la cara de un cachetazo.

Nosotros tenemos muchos secretos.
• Nadie sabe que mi abuelo difunto vio platos voladores cuando viajaba a La Quiaca con mi tío armenio en el Chevy. Fueron los de Inteligencia y lo entrevistaron; salió una nota en el diario local. Mi abuela y otros creen que el abuelo veía visiones cuando estaba borracho.
• Nadie sabe que la abreviatura “Dr”, doctor, delante del apellido de papá en la chapita del portero no indica que él sea médico, sino abogado. La gente cree que él es médico y cuando le preguntan él asiente y dice que sí, especialista.
• Nadie sabe que mi abuelo S. roba estampillas en el correo para su colección de filatelia.
• Nadie sabe que el primo de ella desfalcó el tesoro de la sinagoga sefardí en la que su padre era el rabino.
• Nadie sabe que mi abuela la zapatera mató a su marido con su propio revólver. Los parientes no tan cercanos creen que fue un accidente.
• Nadie sabe que somos judíos.

Un día voy a la escuela y hay soldados en el taller adonde papá guarda el Renault. En el taller hay una habitación entera llena de pajaritos: hay canarios, cardenales, jilgueros. Hay siete colores, diamantes, mistos, loros, cotorritas australianas. Hay hasta un chajá. No los venden, sino que al dueño del taller le gusta tenerlo y que la gente los vaya a mirar. A los hombres les gusta ir al taller, porque estacionan el auto y dejan a los chicos mirando los pajaritos. Después ellos se van a charlar con él; hablan de autos, de carrocerías, de la pelea del sábado, del fútbol del domingo, del clásico, los clásicos y de política. El dueño del taller asa unos chorizos y alguien descorcha un vino. Al final, los chicos juegan a la pelota porque se aburren de los bichos y nadie logra entender para qué el viejo ése cazó un chajá, que es un ave silvestre, para irlo a enjaular en un lugar así que es peor que la muerte. Ganas de hacer daño, dice mi papá. Todos se ríen mucho y fuerte con los choripanes en el taller, y ahora llegan los soldados y no cantan ni los pájaros. ¿Qué habrá sido del chajá?

Los militares están en el gobierno hace un tiempo largo; tienen lo que se llama gobierno de facto, explicó papá, que es cuando toman el mando de una nación por la fuerza, explica que le explicaron en la facultad, pero que esto yo no lo diga a nadie. Un país tiene una Constitución Nacional que debe respetarse, pero por el momento no está siendo respetada, sino que es una Dictadura. No entiendo mucho de que me habla, pero ella lo interrumpe y le dice que por Dios ya se calle y no hable, que ella quiere criarnos como la criaron a ella, derechito. En la casa de ella, recalca, nunca se hablaba de sexo, de política ni de religión y por eso nunca había discusiones. A los siete años voy y le pregunto a la panadera cuándo se irán los militares. La panadera se llama Graciela y el marido Jerónimo y es indio. A mí me mandan a comprar tres felipes y una varilla, siempre el mismo encargo. Aprovecho y espío a un chico que me gusta, se llama Daniel Wexler. Los militares se adueñaron del poder el mes de mi cumpleaños, cuando cumplía siete. A los siete y medio es cuando le pregunto a la panadera. Ella dice: A fin de año se irán, y agrega que no me preocupe. Pero sus predicciones son inexactas y todavía se quedan seis años más. Daniel Wexler tiene la nariz aguileña, muy fina, y ojos verdes achinados. Lo miro y sigo de largo; él no me mira. Me digo que cuando tenga un hijo le voy a poner de nombre Daniel, porque es el nombre más hermoso del mundo. Mi edificio está pegado al suyo, así que mi amor por mi vecino se reduce a trepar de una terraza a la otra y espiar. Así lo hago varias veces, hasta los once o doce cuando me mudo de barrio. El ni siquiera se fija en mí; yo creo que gusta de una chica que se llama Jacqueline y es hija del presidente de la asociación de comerciantes de la calle San Luis. Los nombres raros se pusieron de moda hace un tiempo; pero si no figuran en el Regristro Civil, no los ponen, porque los del Registro quieren que todos los argentinos tengamos nombres cristianos. La amiga de ella que vive en Fighiera le pone al hijo de nombre Peter –Peter también me gusta- que ahora tiene mi edad. Va a un Registro perdido, y un juez de paz que está ebrio lo anota como ella quiere. También le tiran unos pesos al tipo. Otro amigo de ella, de James Craik, Córdoba, le quiere poner a su hija Ximena con X, no con J. Pero como no tiene plata para sobornar al Juez, redacta una carta a las autoridades donde cuenta que Ximena con X se llamaba la hija del Mio Cid que es un gran personaje de la lengua castellana, un buen cristiano y un valiente soldado también que luchó por la reorganización nacional matando a los moros. El juez de turno lo autoriza a ponerle Ximena a la nena y asunto terminado; al juez, dice el amigo de ella entre risas, lo que le gustó era que le doraran la píldora con lo de los militares. Es un juez que está ahí oficiando en James Craik porque lo metió un coronel, sino seguía dando clases en alguna escuelita de curas. Mi nombre, en cambio, no tiene nada de especial, porque ella se olvidó el nombre que quería ponerme cuando fue al hospital y le pidió a mi tía que me pusiera el que indicaba el santoral. Después se acuerda, cuando ya me anotó mi papá. Era Yvonne o Ivonne con i latina; porque Yvonne era el nombre de una mujer, la cabaretera de la que su padre, mi abuelo el difunto, se había enamorado antes de morir y con quien engañaba a mi abuela la asesina. Después, ella dice que quiere mucho a su madre y sin empacho me pone el nombre del almanaque. Si Daniel Wexler la mira a Jacqueline, como yo creía, porque se llama Jacqueline, a mí no iría a notarme. Una vez, como quince años después, abro la puerta de la casa donde vivo con mi marido, y está él, Daniel Wexler. Medio metro más alto y con cincuenta kilos más. Es un tipo gordo que se hace cargo de la tienda textil del padre. Me pregunta: “¿Vos sos…?” y dice mi nombre vulgar, ordinario, que comparto con un alto porcentaje de mujeres de mi generación. Yo niego serlo y entonces él agrega: “Sí. ¿Vos no vivías en la calle Salta y Paraguay?” Repito que no y llamo a los gritos a mi marido, que hay un tipo afuera, un vendedor que lo viene a buscar porque él le encargó un género pesado, parecido al terciopelo, para confeccionar un telón o algo por el estilo.

No me dejan salir a ninguna; me paso el tiempo como una estúpida leyendo los tres tomos del diccionario o una enciclopedia que se llama Lo sé todo. Imagino que si leo los siete tomos del Lo sé todo, voy a saberlo todo, pero más adelante descubro en una biblioteca que en realidad la enciclopedia completa consta de veintiún tomos. Tengo un juego de laboratorio que mi hermanito me destroza. Quiero andar en bicicleta, pero no me dejan. Me compran una patineta y me dicen que me entretenga andando en patineta por el balcón. Quiero un perro, pero no me dejan. Un conejo pero no me dejan. Dicen que me comprarán una tortuga. Quiero aprender a nadar, pero no me mandan a las clases de natación. No quieren que salga. Una chica de mi clase tiene una churrería. En invierno venden churros y en verano helados. Cada vez que paso por ahí, me convida y yo acepto. Pero ella me dice que no le acepte porque son unos negros, que la chica es varonera y que anda suelto a partir de las siete de la tarde, el sátiro de la torta frita, que abusa de las nenas. Un día la mamá de la churrera viene a buscarla y ella le regala un par de zapatos para las hijas. Son seis hermanos; una desgracia. Ella dice que verá lo que puede hacer y al día siguiente o a la semana siguiente trae del negocio varios pares de zapatillas y se los dá. Tiene un gesto de generosidad; uno de los pocos que le conozco. Otra chica es mi mejor amiga, Laurita Creus. El padre trabaja en una empresa de seguros y mi familia no pone reparos. Un día, a los once, nos escapamos y nos vamos al club. La Asociación Cristiana de Jóvenes. Nos ponemos la malla y ella me enseña a nadar. Es así: primero, yo braceo mucho y ella me toma de los pies. Vamos nadando largos en la pileta de esta manera; después, el crawl lo hace ella y yo pataleo. Después nada al lado mío, flanqueándome como un delfín. Aprendo a nadar: no hay nadie en el mundo a quien quiera más que a Laurita Creus. A fin de año, al padre lo trasladan a una sucursal en San Miguel de Tucumán y nunca más vuelvo a saber de ella.

En la clase de labor seguimos leyendo a Nancy Drew y cuando acabamos los libros, a mí se me ocurre que escribamos nuestras historias. Nuestros best sellers, dice una. Somos cuatro chicas y somos las protagonistas de las aventuras que yo escribo en un cuaderno viejo, con letra apurada. La señorita Alicia nos suplica que no hagamos el menor ruido, porque sino deberemos hacer las labores como las demás: bordar el Corazón de Jesús en un bastidor, hacerle un vestidito azul a la muñeca. No hacemos ruido; somos felices. Una de ellas dice que a los dieciocho nos iremos de casa, alquilaremos un departamento y viviremos ahí todas juntas. Seremos como Los Angeles de Charlie; es una fantasía, por supuesto, que nunca se realiza. Un día, la señorita Alicia desaparece. Nadie nos ofrece explicaciones, así que a lo mejor la señorita Alicia era de verdad guerrillera, como decían. La monja de cara más adusta la reemplaza. No permite ni la lectura ni la escritura, sino que debemos concentrarnos en el hilo perlé, en los bordados; me concentro mordiéndome los labios, tragándome las lágrimas.
Miss Nancy, sin embargo, sí prevalece; sigue dando las clases de inglés y el día que Argentina gana el mundial de fútbol, ella viene con una escarapela puesta en el guardapolvo y grita: “Argentina on the top of the world!” y “We’re the champions!” y otras frases imbéciles. Nos hace preguntas sobre el partido, la final contra los holandeses, para ejercitar nuestro inglés, frases del tipo: “Do you enjoy the team?” o “Do you like the party?” “Who is the most player in the world?”, etcétera, siempre en presente porque el pasado, los tiempos verbales del pasado es algo que no manejamos aun –y en un sentido amplio, no lo lograremos nunca-; pero Miss Nancy está eufórica y dá saltitos por toda el aula como una animalito salido de una enciclopedia de Australia, una rata canguro o alguna clase de esas extrañas alimañas que no pueden verse en los zoológicos.

domingo, 15 de marzo de 2009

Una casa de verano. Doris Lessing

Cuando nadie –ni siquiera ella misma– lo esperaba, la Academia Sueca decidió otorgarle el máximo galardón.
Durante mucho tiempo después de la guerra había por todas partes en Londres lugares llamados “sitios bombardeados”, y estos podían ser terrenos baldíos en donde los escombros habían sido despejados y en los que crecían adelfas formando jardines con árboles jóvenes y pájaros, o edificios que parecían estar enteros hasta que uno doblaba la esquina y veía una fachada sin soporte alguno o una casa cuyo techo o ventanas se nos presentaban como si fueran trozos de un encaje hecho añicos. Podía haber una manzana entera donde los restos de edificios parecían fotografías de explosiones de bombas, como si un viento lo hubiese aplastado todo. O de pie, sobre un sótano lleno de agua oscura, se podía observar el esqueleto de una casa con un hueco en la pared que dejaba ver una bañera rajada y tumbada de costado. Todas estas ruinas tenían letreros en los que se leía “Prohibida la entrada” y “Peligro: prohibida la entrada a los niños.”

Estas amenazas oficiales eran a menudo ignoradas. Años más tarde, en Berlín, una mujer que había sido niña durante la guerra me contó que entonces los niños solían jugar atraídos por la emoción que ofrece el peligro entre las casas que habían sido bombardeadas y algunas veces en calles enteras en ruinas y fue sólo después, mientras las reconstrucciones volvían a dar forma a la ciudad, que ella y sus compañeros de juego se dieron cuenta de que las ciudades no eran solamente una mezcla de ruinas y calles seguras.

Llevó mucho tiempo reconstruir y hacer desaparecer los restos de la guerra.

Cerca de Notting Hill, había en una esquina un terreno baldío con fragmentos de una casa por donde a menudo solía pasar caminando y algunas veces cuando estaba apurada lo cruzaba a pesar de los avisos de peligro. Estas ruinas tenían paredes destrozadas que rodeaban de forma desigual a un suelo de cemento en el que a un lado quedaba en pie una estufa a leña con una chimenea intacta aunque la pared trasera llegaba a la mitad de la repisa. Los otros cuartos estaban sólo sugeridos por las líneas de las paredes como manchas sobre la tierra. Sobre el piso de cemento la silueta de otra casa había sido esbozada con piedritas, pedacitos de ladrillos, fragmentos de loza, la mitad de una cucharita de té y el asa amarilla de una taza. Esta era una casa que si hubiese sido construida hubiera sido más grande que la casa de verdad que la albergaba con sólo dos cuartos en la planta baja, pues ésta tenía cuatro cuartos cuadrados con los espacios de las puertas abiertos al mundo. Un basurero de juguete con un manojo de cerdas por cepillo había sido usado para barrer el polvo del piso de cemento, que ahora se encontraba apilado alrededor de la casa como una muralla de defensa en la que habían sido clavadas ramitas, y a cuyos rincones habían volado las hojas de los árboles del pasado otoño.

Varias veces pasé por la casa de esta niña antes de verla, una niña menudita con descoloridos mechones de cabello y redondos ojos azules en una cara llena de pecas. Tenía puesto un vestido de verano de un rosado desteñido. Un sol de verano proyectaba sombras sobre las paredes destruidas de la casa. Pretendí no haberla visto y ella aceptó mi pretexto y esperó, y sólo pude echar un rápido vistazo para ver que había traído un collar con cuentas de plástico rosadas que había repartido en los cuatro cuartos para representar una silla, una mesa y supuestamente un sofá, pero quizás era una cama: cuatro cuentas estaban situadas a lo largo de una línea de piedras que representaba una pared.

En vez de pasar caminando por la acera, respetuosa de la ley, ahora siempre cruzaba por el sitio bombardeado y a través de las ruinas para ver cómo progresaba la casa de la niña. La podía ver fácilmente con sus ojos, porque qué niño no ha puesto guijarros sobre la tierra o cubos sobre una alfombra y ha visto fantásticas paredes y techos, ventilados pináculos y torres elevándose de los cimientos, todo lo que un adulto ve como basura o un revoltijo que debe ponerse en orden.

Ella iba ahí por las mañanas. La mayoría de las tardes podía ver que había estado porque el basurero y el cepillo habían sido movidos de lugar, los montones de polvo habían crecido, había nuevos tesoros en las paredes, una pinza del pelo rota, el cabo de un lápiz. Su casa no tenía la misma forma. En una ocasión, los cuatro cuartos habían sido colocados uno al lado del otro con los espacios de las puertas conectándolos. Otro collar de cuentas, amarillas, delineaban una pared interior mostrando que este cuarto había sido señalado como uno especial porque en él también había un frasquito de pasta de pescado con trocitos de adelfas.

Una tarde vine y la vi. Qué niña tan precavida y nerviosa, lista para ponerse en pie de un salto y correr. ¿Pero adónde? ¿Dónde vivía? Tenía puesto el mismo vestido rosa desteñido. Descoloridos y finos mechones se escapaban de una cinta rosada para el pelo. Sus pies estaban descalzos; me hubiese gustado que los míos estuvieran descalzos aquella tarde de calor. Sus ojos azules me miraban desafiantes. Ella esperaba, los nudillos de una mano tocaban el suelo como los de una corredora. Me quedé allí y sonreí, aunque sabía que la sonrisa no era la divisa adecuada. Cualquier tipo de traidor o adulto falso podía sonreír. Ella no debía estar allí, y lo sabía. Yo tampoco debía estar allí, pero esto ella no lo sabía: yo podía ser una representante de la autoridad o una persona entrometida. Seguí mi camino y la vi volverse a trabajar en su casa. Cinco cuartos tenía ahora esta residencia y un constructor podría haber hecho de ella una casa, o varias ya que su forma cambiaba de cuadrada a alargada y viceversa, y algunas veces un cuarto era dividido por una línea de fragmentos más pequeños y se podía ver con facilidad que representaba una medianera.

La verdadera estufa a leña contra la pared destruida detrás de su casa era parte de esta fantasía. Un sendero marcado con crayón de color rojo conducía desde su casa a la estufa, y a cada lado del sendero ella había garabateado con manchas de crayón, malvarrosas y flores como aquellas margaritas de cuatro pétalos pintadas en repasadores o bordadas en cubreteteras, con una pizca de polvo de ladrillo rosa en cada centro. El sendero conducía a la pared trasera en ruinas y una línea doble de crayón rojo trepaba por la pared hasta alcanzar el borde fragmentado; ella debía haberse tenido que poner en puntas de pie. ¿Adónde conducía aquel sendero o camino, qué se había imaginado haciéndolo terminar allí en el aire? ¿O quizás en su mente, los cuartos que una vez se habían erguido sobre estas habitaciones de la planta baja, aún estaban allí haciendo juego con las otras casas de la calle? Era una callecita de casas pequeñas, de dos habitaciones abajo y dos arriba. A lo largo de esta calle los niños jugaban, pero eran mayores que esta niñita, una pandilla de ellos, bulliciosos y veloces, correteando entre los coches. Aquella niña estaba más a salvo en su ruina que los mayores entre el tráfico.

Una tarde cuando el verano estaba llegando a su fin, tomé el mismo camino de siempre y me detuvo una cerca alta de alambrado. Había una puerta pero estaba cerrada con llave, y en el letrero se leía: “Próximamente, este sitio será reconstruido”. Me quedé parada mirando las paredes destruidas, y al suelo de cemento que había sido pisoteado por las botas de los albañiles, desparramando las piedritas y los pedacitos de ladrillo, las flores muertas y las cuentas de plástico. Miré hacia abajo y la vi parada cerca de mí mirando hacia adentro, sus manos flacuchas aferradas al alambrado. No me tenía miedo, ahora que nada peor podía pasar.

Ella tenía puesto un pulóver gordo sobre su viejo vestido rosado.

Sobre su cara corrían manchas de lágrimas.

—Van a construir aquí una nueva casa –le dije hablándole a su cabeza.

—¿Por qué?

Al principio no entendí ese grito de vocales porque aún era nueva en Londres y mis oídos no se habían acostumbrado al acento cockney.

—¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué? –se lamentó.

—Así la gente puede vivir en ella –le dije, y podría haber continuado con palabras de consuelo si las hubiese encontrado, pero se había echado a correr alrededor de la cerca al tiempo que gritaba, “Maaaa, maaa, maaa, maaa...” ¿Pero qué decía? Sonaba algo así como: “Man quitao mi casa”.

Cruzó la calle corriendo sin mirar si venía algún coche, y estaba golpeando la puerta de una casa justo enfrente de las ruinas. “Maaa, maaa, maaa...”, la puerta se abrió y allí estaba parada una mujer que con un brazo cogió a la niña y con el otro cerró la puerta mientras la niña se lamentaba de que le habían quitado su casa de tierra, le habían quitado su casa. Y desde una de las ventanas de arriba llegó nuevamente su llanto, su casa, su casa de tierra, “ellos” le habían quitado su casa.
Cuando nadie –ni siquiera ella misma– lo esperaba, la Academia Sueca decidió otorgarle el máximo galardón.
Durante mucho tiempo después de la guerra había por todas partes en Londres lugares llamados “sitios bombardeados”, y estos podían ser terrenos baldíos en donde los escombros habían sido despejados y en los que crecían adelfas formando jardines con árboles jóvenes y pájaros, o edificios que parecían estar enteros hasta que uno doblaba la esquina y veía una fachada sin soporte alguno o una casa cuyo techo o ventanas se nos presentaban como si fueran trozos de un encaje hecho añicos. Podía haber una manzana entera donde los restos de edificios parecían fotografías de explosiones de bombas, como si un viento lo hubiese aplastado todo. O de pie, sobre un sótano lleno de agua oscura, se podía observar el esqueleto de una casa con un hueco en la pared que dejaba ver una bañera rajada y tumbada de costado. Todas estas ruinas tenían letreros en los que se leía “Prohibida la entrada” y “Peligro: prohibida la entrada a los niños.”

Estas amenazas oficiales eran a menudo ignoradas. Años más tarde, en Berlín, una mujer que había sido niña durante la guerra me contó que entonces los niños solían jugar atraídos por la emoción que ofrece el peligro entre las casas que habían sido bombardeadas y algunas veces en calles enteras en ruinas y fue sólo después, mientras las reconstrucciones volvían a dar forma a la ciudad, que ella y sus compañeros de juego se dieron cuenta de que las ciudades no eran solamente una mezcla de ruinas y calles seguras.

Llevó mucho tiempo reconstruir y hacer desaparecer los restos de la guerra.

Cerca de Notting Hill, había en una esquina un terreno baldío con fragmentos de una casa por donde a menudo solía pasar caminando y algunas veces cuando estaba apurada lo cruzaba a pesar de los avisos de peligro. Estas ruinas tenían paredes destrozadas que rodeaban de forma desigual a un suelo de cemento en el que a un lado quedaba en pie una estufa a leña con una chimenea intacta aunque la pared trasera llegaba a la mitad de la repisa. Los otros cuartos estaban sólo sugeridos por las líneas de las paredes como manchas sobre la tierra. Sobre el piso de cemento la silueta de otra casa había sido esbozada con piedritas, pedacitos de ladrillos, fragmentos de loza, la mitad de una cucharita de té y el asa amarilla de una taza. Esta era una casa que si hubiese sido construida hubiera sido más grande que la casa de verdad que la albergaba con sólo dos cuartos en la planta baja, pues ésta tenía cuatro cuartos cuadrados con los espacios de las puertas abiertos al mundo. Un basurero de juguete con un manojo de cerdas por cepillo había sido usado para barrer el polvo del piso de cemento, que ahora se encontraba apilado alrededor de la casa como una muralla de defensa en la que habían sido clavadas ramitas, y a cuyos rincones habían volado las hojas de los árboles del pasado otoño.

Varias veces pasé por la casa de esta niña antes de verla, una niña menudita con descoloridos mechones de cabello y redondos ojos azules en una cara llena de pecas. Tenía puesto un vestido de verano de un rosado desteñido. Un sol de verano proyectaba sombras sobre las paredes destruidas de la casa. Pretendí no haberla visto y ella aceptó mi pretexto y esperó, y sólo pude echar un rápido vistazo para ver que había traído un collar con cuentas de plástico rosadas que había repartido en los cuatro cuartos para representar una silla, una mesa y supuestamente un sofá, pero quizás era una cama: cuatro cuentas estaban situadas a lo largo de una línea de piedras que representaba una pared.

En vez de pasar caminando por la acera, respetuosa de la ley, ahora siempre cruzaba por el sitio bombardeado y a través de las ruinas para ver cómo progresaba la casa de la niña. La podía ver fácilmente con sus ojos, porque qué niño no ha puesto guijarros sobre la tierra o cubos sobre una alfombra y ha visto fantásticas paredes y techos, ventilados pináculos y torres elevándose de los cimientos, todo lo que un adulto ve como basura o un revoltijo que debe ponerse en orden.

Ella iba ahí por las mañanas. La mayoría de las tardes podía ver que había estado porque el basurero y el cepillo habían sido movidos de lugar, los montones de polvo habían crecido, había nuevos tesoros en las paredes, una pinza del pelo rota, el cabo de un lápiz. Su casa no tenía la misma forma. En una ocasión, los cuatro cuartos habían sido colocados uno al lado del otro con los espacios de las puertas conectándolos. Otro collar de cuentas, amarillas, delineaban una pared interior mostrando que este cuarto había sido señalado como uno especial porque en él también había un frasquito de pasta de pescado con trocitos de adelfas.

Una tarde vine y la vi. Qué niña tan precavida y nerviosa, lista para ponerse en pie de un salto y correr. ¿Pero adónde? ¿Dónde vivía? Tenía puesto el mismo vestido rosa desteñido. Descoloridos y finos mechones se escapaban de una cinta rosada para el pelo. Sus pies estaban descalzos; me hubiese gustado que los míos estuvieran descalzos aquella tarde de calor. Sus ojos azules me miraban desafiantes. Ella esperaba, los nudillos de una mano tocaban el suelo como los de una corredora. Me quedé allí y sonreí, aunque sabía que la sonrisa no era la divisa adecuada. Cualquier tipo de traidor o adulto falso podía sonreír. Ella no debía estar allí, y lo sabía. Yo tampoco debía estar allí, pero esto ella no lo sabía: yo podía ser una representante de la autoridad o una persona entrometida. Seguí mi camino y la vi volverse a trabajar en su casa. Cinco cuartos tenía ahora esta residencia y un constructor podría haber hecho de ella una casa, o varias ya que su forma cambiaba de cuadrada a alargada y viceversa, y algunas veces un cuarto era dividido por una línea de fragmentos más pequeños y se podía ver con facilidad que representaba una medianera.

La verdadera estufa a leña contra la pared destruida detrás de su casa era parte de esta fantasía. Un sendero marcado con crayón de color rojo conducía desde su casa a la estufa, y a cada lado del sendero ella había garabateado con manchas de crayón, malvarrosas y flores como aquellas margaritas de cuatro pétalos pintadas en repasadores o bordadas en cubreteteras, con una pizca de polvo de ladrillo rosa en cada centro. El sendero conducía a la pared trasera en ruinas y una línea doble de crayón rojo trepaba por la pared hasta alcanzar el borde fragmentado; ella debía haberse tenido que poner en puntas de pie. ¿Adónde conducía aquel sendero o camino, qué se había imaginado haciéndolo terminar allí en el aire? ¿O quizás en su mente, los cuartos que una vez se habían erguido sobre estas habitaciones de la planta baja, aún estaban allí haciendo juego con las otras casas de la calle? Era una callecita de casas pequeñas, de dos habitaciones abajo y dos arriba. A lo largo de esta calle los niños jugaban, pero eran mayores que esta niñita, una pandilla de ellos, bulliciosos y veloces, correteando entre los coches. Aquella niña estaba más a salvo en su ruina que los mayores entre el tráfico.

Una tarde cuando el verano estaba llegando a su fin, tomé el mismo camino de siempre y me detuvo una cerca alta de alambrado. Había una puerta pero estaba cerrada con llave, y en el letrero se leía: “Próximamente, este sitio será reconstruido”. Me quedé parada mirando las paredes destruidas, y al suelo de cemento que había sido pisoteado por las botas de los albañiles, desparramando las piedritas y los pedacitos de ladrillo, las flores muertas y las cuentas de plástico. Miré hacia abajo y la vi parada cerca de mí mirando hacia adentro, sus manos flacuchas aferradas al alambrado. No me tenía miedo, ahora que nada peor podía pasar.

Ella tenía puesto un pulóver gordo sobre su viejo vestido rosado.

Sobre su cara corrían manchas de lágrimas.

—Van a construir aquí una nueva casa –le dije hablándole a su cabeza.

—¿Por qué?

Al principio no entendí ese grito de vocales porque aún era nueva en Londres y mis oídos no se habían acostumbrado al acento cockney.

—¿Por qué, por qué, por qué, por qué, por qué, por qué? –se lamentó.

—Así la gente puede vivir en ella –le dije, y podría haber continuado con palabras de consuelo si las hubiese encontrado, pero se había echado a correr alrededor de la cerca al tiempo que gritaba, “Maaaa, maaa, maaa, maaa...” ¿Pero qué decía? Sonaba algo así como: “Man quitao mi casa”.

Cruzó la calle corriendo sin mirar si venía algún coche, y estaba golpeando la puerta de una casa justo enfrente de las ruinas. “Maaa, maaa, maaa...”, la puerta se abrió y allí estaba parada una mujer que con un brazo cogió a la niña y con el otro cerró la puerta mientras la niña se lamentaba de que le habían quitado su casa de tierra, le habían quitado su casa. Y desde una de las ventanas de arriba llegó nuevamente su llanto, su casa, su casa de tierra, “ellos” le habían quitado su casa.


Trad de Martín Copertari

domingo, 8 de marzo de 2009

La justificación de Johann Gutenberg. Prólogo. Blake Morrison

Algunos datos sobre mi persona:
Tengo pelo en la cabeza, poco, pero no llevo barba.
Soy alto, un metro sesenta y siete centímetros.
Mi piel es tan blanca como la vitela, pero más fina.
Paso de los sesenta y soy de los más longevos de la vecindad.
Hablo alemán, leo latín y griego y lucho con el inglés.
No tengo hijos, que yo sepa.
No debo dinero a nadie en Maguncia, aunque en Estrasburgo me
reclaman deudas impagadas y han puesto a la corte imperial de Rottweilers
en mi contra.
Me mantengo sano porque tomo muchas hierbas: salvia, ruda,
lombriguera, mejorana, abrótano, melisa, menta, hinojo y perejil.
No me fío de mi médico, que cuando te duele una muela te receta
grasa de oveja mezclada con acebo marino.
Ahora sólo trabajo media semana.
Veo mal y mi vista está cada vez peor.
No tengo miedo a la muerte.
Lo que temo es que la muerte borre todo lo que he hecho
hasta que ningún recuerdo mío quede sobre la Tierra.

Y por eso me siento aquí, yo, Johann Gutenberg, conocido también
como Gensfleisch, maestro impresor y ciudadano de Maguncia, en el año de
mil cuatrocientos sesenta y cuatro de Nuestro Señor, para escribir mi
reivindicación, una historia de trabajo, amor, fe, orgullo, engaño, devoción y
arte que empiezo aquí en Eltville, en casa de mi difunto hermano Friele,
cuya viuda me ha cedido generosamente el piso de arriba desde el que se ve
el Rin, sitio que no puede ser mejor, puesto que durante toda mi vida, por
mucho que me haya alejado, nunca me he aventurado lejos de su curso, y
aunque mucho hayan cambiado las fortunas de los hombres que se apiñan
junto a sus orillas, el Rin sigue mostrando la misma corriente marrón de
siempre, corriente que vuestro autor, cada vez más torpe, al igual que su
corazón, observa conmovido, al ser el río un emblema de Dios, por el que
vamos rápidos, como palitos de madera, imagen, ahora me doy cuenta, que
no hace sino suscitarme dudas sobre el propósito de este testamento –
¡cuánto orgullo hay en él!, ¡pero si todos los hombres son barridos de la
memoria!–, mas debo apartar estas dudas, porque cada vez hay menos
tiempo y me quema la necesidad de justificarme ante Dios mi Creador, cuya
bondad me insufla la esperanza de que si abro mi corazón me sentiré al final
más ligero que cuando empecé.
En otras palabras, mi intención es desahogarme y así limpiar mi
pecho, lavar en público mis sábanas manchadas de tinta.
*
Cuando Maguncia fue destruida hace dos años y los hombres de mi
antigua imprenta se esparcieron por el mundo, confié en que mi nombre se
divulgaría con ellos. Algunas veces, mientras descansaba, he soñado que
una legión de visitantes preguntaba por mí, deseosos de conocer a
Gutenberg, el hombre que imprimía Biblias, el estiércol que hacía crecer la
flor. ¡Cuántas veces he ensayado la escena! Llaman a la puerta de abajo.
Una visita se anuncia a mi fiel sirvienta, Frau Beildeck. Pregunta si vive
aquí el hombre de la imprenta, el maestro impresor, el que concibió la
escritura artificial. Pues sí, es aquí. Frau Beildeck lo trae al piso de arriba,
donde estoy sentado entre mis libros. Con el sombrero en la mano, el
visitante parece dispuesto a besarme los pies, aunque se contenta con
inclinarse. Se disculpa por llegar tan tarde, pero ha viajado desde muy lejos
y no le ha sido fácil localizarme. Al principio es tímido, hasta que le ofrezco
una jarra de Rheingauer que Frau Beildeck sube de mi bodega, y entonces
se le suelta la lengua. Acaba de abrir una imprenta, dice, pero tiene muchos
problemas. Si yo pudiera dedicarle una hora y hablar del trabajo con él –
cómo fijar bloques de tipos en el cofre, qué tipo de tinta usar, qué clase de
papel y cosas así–, me pagaría con mucho gusto. Quizá debiera cobrar por
dar consejos. He estado endeudado muchos años de mi vida laboral y ahora
se quieren quedar con el dinero de mi retiro. Sin embargo, me entrego sin
pedir nada a cambio; en vez de una hora pasamos dos o tres, y cuando mi
visitante está demasiado contento para pensar en marcharse, traigo una
segunda jarra, le ofrezco una cama para pasar la noche y le pido a Frau
Beildeck que nos haga costillas y sauerkraut.
Durante la cena, surge el propósito principal que mueve al peregrino
a buscarme, menos relacionado con sus ambiciones presentes que con mi
pasado: lo que quiere saber es cómo empecé, cómo surgió la idea, quién me
ayudó, qué problemas encontré y cosas así. Así que hago hincapié en los
problemas: el sermón lleva por título Mi lucha. Me siento como un anciano
barquero del Rin, recordando la helada del 38, la tormenta del 44, el
desastre de los rápidos del 56. Recordar es una estupidez propia de
ancianos, pero yo me he ganado el derecho a hacerlo. Tengo el pelo blanco
como la pluma de ganso y la cara llena de surcos como la tierra en verano.
Soy un anciano.
Así que mi visitante me escucha e, iluminado, se va por la mañana;
luego llega otro a quien le cuento la misma historia… ¡Lástima que estos
visitantes no sean más que fantasmas! Cansado de esperar, los he soñado.
Ahora que me encuentro próximo a la muerte –el valle del que nadie
regresa–, sólo me visitan fantasmas. La semana pasada, mi viejo amigo
Nicolás de Cusa paseaba por el jardín, aunque llevara seis meses muerto.
Debe de ser que, en mi congoja, lo confundí con un rayo de sol; o eso, o que
mi vista es ahora tan mala que confundiría a un ángel con un cerdo. Sí, me
rondan los fantasmas. Y no son las visitas que deseo recibir. Preferiría
compañía de carne y hueso.
Pensaréis que soy vanidoso, pero estoy seguro de que al menos unos
cuantos peregrinos de la imprenta han emprendido viaje hacia aquí. Quizá
incluso ya hayan llegado a Maguncia y la única razón por la que no me
encuentran es porque me he mudado aquí, a Eltville, unas cuantas leguas río
abajo. Con todo, aunque pudieran llegar aquí, mis enemigos les contarían
mentiras. Mi antigua imprenta del Humbrechthof es ahora un nido de
víboras de piel resbaladiza y lengua bífida. A todo viajero que llega
preguntando por el Maestro Impresor le dicen que no busque más. Se ha
impuesto una regla, e incluso el trabajador más humilde ha jurado
observarla: nadie debe pronunciar mi nombre, y si un visitante lo menciona
debe ser menospreciado o negado; tras un generoso recorrido por las
instalaciones, al peregrino se le entrega antes de partir un pergamino donde
se cuenta la "historia" de la imprenta y en cuyo final aparecen los nombres
de mis usurpadores (qué engañoso error de imprenta). De este modo, los que
buscan la verdad se topan con un muro de silencio. De este modo, se me
despoja de los honores que me corresponden. No es que los honores –
coronas de laurel, citas, el ceremonial del mecenazgo– me importen un
comino. Pero si un hombre ha sido el primero, el mundo debe saberlo.
Se nos juzga por nuestras obras, no por nuestras palabras, pero si
otro dice que mis obras son suyas, si me las roba, tengo que recurrir a las
palabras para recuperarlas. Por eso escribo esta justificación.
*
Si pudiera, la escribiría yo mismo. Sin embargo, como me tiemblan
las manos y tengo los ojos medio ciegos, he contratado a un amanuense para
que lo haga en mi lugar. Se llama Anton, es un muchacho de quince años
cuyo difunto padre era carbonero y cuya espléndida y ruidosa madre es
famosa aquí en Eltville por criar ella sola a trece hijos. Cuando Frau
Beildeck anunció que su señor necesitaba un amanuense, la mujer me trajo a
Anton, proclamando en voz alta una y otra vez que a pesar de su trabajo –
labra las tierras del amo seis días a la semana–, el muchacho sabía leer y
escribir. Como la familia necesitaba dinero, el muchacho podía, según la
madre, venir a escribir los domingos, y que los curas dijeran lo que
quisieran. La madre clueca lo estaba apartando de sus alas protectoras. Lo
miré a los ojos y se ruborizó. Tenía el pelo rubio, los hombros musculosos,
los ojos color castaño. Me gustaba su aspecto, pero dudaba de su capacidad
para escribir, pues antes que él habían venido otros cinco muchachos de
Eltville y ninguno sabía sujetar la pluma. Anton se sentó muy derecho y me
demostró que yo estaba equivocado: copió sin un solo borrón, además de
con buen estilo y rapidez, la página que le di de San Agustín. Le pregunté
dónde había aprendido latín. En casa del capellán, me respondió, que
también le prestaba libros. Si alguna vez ahorraba dinero, le gustaría
estudiar en Erfurt o Colonia. Es una lástima que un muchacho como Anton
se quede en el campo, pensé, y le dije a su madre que lo contrataba.
Acordamos un sueldo. Ella me abrazó y me tocó el culo, encantada.

No nos engañarán otra vez - Blake Morrison

Entre las ofertas del sábado –mangueras,
bombachas con horqueta abierta, sillones inflables-
ésta: “Ojo espía para la puerta. Cubre dos metros.
Se ven visitas indeseables. A usted no lo ven.”

Imagen inspirada. Ama de casa en ruleros
segura tras su puerta percibe
que el rufián que aparece afuera
no vende escobas. No le abrirá.

¡La nueva frontera de Europa! ¡El fin del terror!
Nunca más esos juegos en familia
interrumpidos por el golpe al corazón en la puerta-
el padre que sale a ver quién es,
luego las voces fuertes, desconocidas
y el silencio por algunos momentos.

Basta de dietas - Blake Morrison

Por favor, mi amor, basta de dietas.
Ya leí los textos de por qué
ayuda a la autoestima. Te he observado
corriendo caminos y sudando en cintas.
Hasta me despojé de unos kilos yo también.
Pero basta. ¿Qué son unos rollitos
entre amigos? Por dos kilos
no vale sudar tanto.
Estoy hasta acá de las sin sal.
Hasta cuestiono la premisa.
Míralo desde mi punto de vista.
quiero más, no menos, de ti.

Trad. Andrew Graham-Yool

domingo, 1 de marzo de 2009

El vestido de novia de Alicia. Cuento

Cuando Ali se dio cuenta que podía dejar a su novio, Marcos, el chico con el que vivía desde hacía un año, por otro hombre, decidió que debían rápidamente casarse. Marcos venía en una serie después del chico de la florería –que fue el primero-, el chico de la peluquería, el chico de la heladería y al final él, el chico del video club, que en realidad era su jefe en el trabajo, ahí adentro. Con Marquitos había logrado algo de paz en su vida; él había detenido la zozobra, un desasosiego que era como una enfermedad física que la recorriera a lo largo de toda la columna vertebral.
El asunto en sí fue sencillo, tuvieron una pelea en la cual ella le tiró las llaves por la cabeza y salió del departamento que compartían a dar vueltas de manzana hasta que su pensamiento se despejara un poco. Vivían cerca de una plaza de cemento, con dos o tres árboles desnutridos y unas hamacas cuyo mecerse provocaba unos chirridos que ellos oían desde el dormitorio. Ella fue y se sentó en la hamaca, esa noche solitaria, y desde allí vio la luz del ventiluz del baño del departamento de ellos: estaba encendida. Contó los pisos: tal vez se trataba del tercero, adonde vivía una madre que peleaba con sus hijos a los gritos, chillándoles “¡Bastardos!”. Las peleas de madres e hijos era un sino en la vida de Ali que se repetía adonde quiera que fuese: las madres violentas vivían siempre al lado o arriba suyo. No, concluyó: el piso iluminado era el segundo. O Marquitos se estaba bañanado o se había olvidado de apagar la luz: otra vez iba a venirles una fortuna en la cuenta de la electricidad. La inmobiliaria a la que alquilaban se llamaba Los dos chinos, pero no tenían nada de sabiduría oriental a la hora de perdonarles una deuda, por mínima que fuera, ni de alargarle los plazos de pago. Un día que se atrasaban en el pago del alquiler y ya se les iba una buena plata en intereses. Inspiró profundo el aire que olía a pino esa noche y regresó. A él no le extrañó en absoluto que ella volviera: estaba acostumbrado a su inestabilidad emocional y todavía hasta le hacía gracia. Marcos no temía su cólera, sino más bien su indiferencia. La recibió y la besó; cuando ella le propuso entre lágrimas y arrepentimientos que se casaran ese mismo año, ese mismo verano, él aceptó. Si perdía su trabajo, Ali podía ser para él todo su refugio y sostén.

Hacía dos meses de aquella pelea y en la víspera del casamiento, ella se debatía acerca de qué vestido usaría la tarde siguiente. Tendría que salir a comprarlo a los apurones, como si hubiera sido un detalle cualquiera. En realidad todos los detalles de la fiesta –una reunión de familia y amigos en la casa quinta de los padres de él- estaban ultimados y el vestido era una parte mayúscula de la celebración del rito.
-No tendrías que haberlo dejado para último momento –dijo él. –Para eso, más te hubiera valido hacerte un vestido blanco como todo el mundo.
Ali no le contestó.
-¿Por qué no aceptaste que te lo hiciera doña Alcira?
Doña Alcira era la modista de su madre; una vez la madre de él –dentro de un día su real suegra- le había regalado un vestido cosido por la vieja ésta: demasiado estrecho de pecho y con una pollera plisada que se pisaba al andar. Ali no quería hacer el ridículo como novia. Tampoco deseaba usar un vestido blanco como había usado su propia madre –que era judía y se había casado en una iglesia católica- o su tía –que era judía y se casó en una iglesia ortodoxa armenia- y ninguna de las dos entendió nunca un pito de qué iba la cosa. Lo cierto es que Ali no guardaba ninguna fantasía en especial sobre qué vesiría el día de su boda: podía ser un traje sastre o cualquier cosa de esas… Había dejado el asunto del vestido para lo último porque esperaba a estar lo más delgada posible a la hora de comprarlo. Durante las últimas tres semanas que siguieron a las fiestas de fin de año, sus ingestas se habían reducido a galletas de arroz y mermelada dietética de naranja. La única excepción era tal vez la cerveza que Ali y Marcos tomaban juntos noche por medio antes de hacer el amor. Hacían el amor muy seguido.
También, Ali había asistido a las clases de step en un gimnasio, disciplina que consistía en subir y bajar infinitas veces de una breve tarima y que reemplazaba a los aerobics, ahora denostados desde que muchos de los practicantes se arruinaran las rodillas saltando. En total, Ali no había bajado más de cuatro kilos y le preocupaba el ancho de su cadera y de los muslos. A las caderas no había con qué darle; era cosa de familia. Su madre le había recomendado que cada vez que pasara debajo de una puerta, se diera de caderazos contra los dinteles, como una especie de ejercicio físico que a fuerza de machucón achicaría las caderas. Era tan absurdo, hasta para Ali, que ella no se molestaba en hacerlo. Las piernas eran gruesas también y el ejercicio no ayudaba a afinarlas, sino que se las ponía musculosas. Al principio de la relación con Marcos, un día que ella llevaba minifalda, él quiso hacerle un chiste y le gritó: “¡Maradona!”: desde entonces ella jamás volvió a usar una pollera que dejara sus rodillas al descubierto.
Para el día siguiente esperaban a Gianni, un amigo de él, que sería padrino o testigo de la boda. Se casaban por sólo por civil así que daba lo mismo el grado de proximidad de quien firmara en el Gran Libro de los Matrimonios del Juzgado 1º. Gianni viajaría desde Córdoba y se quedaría con ellos por dos días; Ali y Marquitos lo querían: Gianni era cariñoso e inocente como un niño aunque se dedicaba a filmar documentales morbosos sobre la corrupción de los cadáveres o hacía fotografía natural en la cual un mamboretá estaba detruyendo a una mosca, por ejemplo, todo esto coronado con frases altisonantes de Nietzsche que para haber sido elegidas al tuntún como habían sido elegidas, dejaban al espectador patitieso de horror. Ali sospechaba que tal vez Gianni fuera un border o un psicótico que nunca había tenido un brote psicótico aun; a Marquitos le era indiferente la condición psiquiátrica de Gianni: él podía hacerse amigo de casi cualquier cosa que respirara.

El noviembre anterior fue cuando ella viajó a conocerlo. A decir verdad, al otro hombre hacía ya uno o dos meses, tal vez, que lo conocía: en un cine, él estaba pasando Luna de Papel, la película con Ryan O’Neill. Era el dueño de los rollos de película y estaba cuidando que los tipos del cine no le arruinaran las cintas. Fue amor a primera vista, pensó ella, recordando cómo la había mirado él: los ojos tan tensos en su rostro que hubieran podido leerse mutuamente los pensamientos. El tal vez se preguntaría si ella era una actriz, intuyó Ali por su peinado alto, y los párpados tan preciosamente maquillados: usaba tres cosméticos diferentes sólo para delineárselos. Ella, en cambio después se preguntó si la de él fue una mirada de amor o bien resultó que él era miope y debía fijar los ojos en los objetos durante una fracción de segundo más que lo normal, para que su cerebro decodificara qué era lo que estaba viendo. Después se saludaron, hubo un par de llamados telefónicos en las semanas siguientes y ella viajó a verlo. En el departamento de él se besaron y Ali se quitó la parte de arriba de la ropa: una blusa azul con un cierre relámpago del cuello hasta la cintura, y el corpiño. No se atrevió a ir más allá con él, y aunque no podía precisar exactamente por qué se había detenido en ese punto, se limitó a ponerse la ropa y a salir de ahí tan pronto como pudo. Nunca le contó a Marcos lo que pasó allá, ni se hubiera atrevido a hacerlo. Simplemente, cuando regresó tuvieron esa pelea y ella le propuso el matrimonio.

A las cuatro de la mañana, Marcos bajó a abrir a Gianni; ella se despertó cuando los escuchó subir la escalera, hablaban eufóricos y medio a los gritos. Gianni era sordo del oído derecho, lo que justificaba que hablara fuerte y con muchos gestos, como para subrayar lo que acababa de decir. Le faltaban el anular y el meñique de la mano derecha; solía contar versiones muy diferentes acerca del accidente sufrido donde los perdió, tantas, que al final Marcos y Ali se resignaron a no quedarse con ninguna. Ella se puso la almohada encima de la cabeza e intentó dormir; las voces de los dos hombres ululaban alrededor suyo, Gianni estaba haciendo el relato de cómo hubo de convencer a los empleados de la morgue municipal para que lo dejaran filmar cadáveres. Ningún sueño conmovedor, de los que a Ali le hubiera gustado tener esa noche, la asaltó.
La primera tienda en la que entraron al día siguiente era de ropa sport. Encontró un jean que le parecía interesante, con puntillas y voladitos al cabo de la botamanga. Gianni opinó que era poco femenino ponerse un vaquero en una situación así; después exaltó por todo lo alto la hermosura de ella y la convenció de que debía comprarse un vestido. La tradición enseñaba que una mujer debe comprar el vestido más caro que pueda encontrar y es ese vestido el que tiene que ponerse en su boda. Pero Marcos y ella no podían permitirse este gasto: adeudaban la cuenta del gas y si no pagaban en un par de días iban a cortárselo. A veces calculaban que podrían vivir sin gas en la casa, prescindir de él, pero al final convinieron en que era mejor pagarlo: ¿cuánto querrían cobrarles después para re-conectarlo, cuando llegara el invierno y necesitaran bañarse con agua caliente? También debían las expensas y una cuenta por un lote de libros, de un día que ambos ‘tomaron por asalto’ una librería en las afueras de la ciudad. No podían permitirse caprichos, ellos lo sabían muy bien, pero les resultó imposible resistirse esa vez entre los anaqueles de la vieja librería que cerraría para siempre sus puertas al público y por eso liquidaban toda su existencia; se abarrotaron de libros porque los dos sentían que la lectura les abriría las puertas del arte, un lugar adonde ellos querían a toda costa entrar. De pronto a Ali todo le supo mezquino: el ahorro, las deudas, la pobreza, la idea misma del casamiento. Tuvo ganas de parar la boda y dejarla para otro día, más adelante, cuando los dos fueran ricos y famosos. De improviso, mientras ella se probaba un sombrero en una de las tiendas, Gianni le dijo que quería hacer un documental sobre sus pies. Le gustaba, le explicó, el color de sus pies, de un blanco azulado, y el tipo de calzado que ella usaba, de tacos altos y gruesos, con correas negras: ataba a sus pies como a dos caballos blancos briosos, inquietos, difíciles de dominar, concluyó. Ali le respondió que tendría que pensarlo: la halagaba, claro, pero no podía decirle que sí en ese instante, Gianni debería comprenderla; Gianni asintió. Aunque Ali sabía que no había intención sexual en la propuesta de su amigo –Gianni era homosexual-, no quería verse envuelta en un documental donde sus pies se ligaran a imágenes macabras sobre pollos congelados y podridos o algo todavía peor. Nunca deseó ser actriz, aunque hubo tomado un curso de actuación un año entero, mientras estudiaba Bioquímica en la universidad, y abandonó primero la universidad y después el curso de teatro guiándose sólo por el grado de malestar que sentía cuando concurría a las clases. Pero una noche –sólo ocurrió una vez y ella no podría olvidarlo mientras viviera-, poco antes de mudarse con Marquitos, ella se la pasó en vela, escribiendo. Tenía una vieja máquina de escribir, una Olivetti que su abuelo le había regalado a la madre de Ali, para que estudiara mecanografía. Ali se sentó frente a la máquina y escribió como sonámbula una, dos, tres, diez, quince carillas de diálogos entre personajes que se conocían en la antesala de un templo episcopal. Iban ahí en busca de consuelo –Ali la había acompañado a su madre una vez a una iglesia evangelista, cuando pedía por la salud de sus ojos, entonces aquejados de una enfermedad espasmódica- y los personajes se pasaban la velada esperando al reverendo, que estaba muerto en su despacho de un ataque cardíaco, aunque nadie aun lo había descubierto. Era una pequeña obra de teatro, que finalizaba con la noticia de que el pastor había fallecido allí dentro. Entusiasmada, Ali corrió a la mañana siguiente a darle a Marcos el texto, para que lo leyera y opinara sobre él. Marcos nunca antes había leído una obra de teatro salvando a Romeo y Julieta que lo obligaron a leer en el segundo año de la escuela secundaria. Pero sí había visto unas cuantas obras de teatro, representadas por compañías de aficionados o de estudiantes que alquilaban películas en el video club y aprovechaban para invitarlo. Ali le tendió las hojas, temblorosa, febril; y se mantuvo a distancia de él mientras la leía, porque estaba segura de que ella olía mal, porque había transpirado mucho mientras escribía. ¡Nunca nadie le había advertido que escribir no era un trabajo físico! Marquitos leyò la obra de pie, apoyado contra la columa que sostenía su edificio: la pieza era, en efecto, muy bonita, le susurró a Ali en cuanto la terminó; a él le hacía acordar a una de Tennesse Williams que vió, en la cual dos desconocidos hablan junto a una fuente; no recordaba él ahora el nombre de la obra, pero había un personaje que se llamaba Alma y tenía un aire semejante al personaje principal que ella había creado. Si Ali iba a una librería ahora y hojeaba los libros de Tennesse Williams, seguro encontraría la obra a la que él hacía mención. Ali, con un hilo de voz, le prometió que la buscaría. Después, ella subió con Marquitos al departamento y como no estaba el compañero con el que Marcos vivía, hicieron el amor en su cama cucheta. Ali estaba encima de él a horcajadas y se golpeaba un poco la cabeza contra el techo, pero no le importó. Ese día fue la primera vez que al hacer el amor con alguien, su alma estaba fuera de su cuerpo. Después volvió a su casa y rompió en pedacitos las quince hojas que había escrito.

Cuando ya hacía dos horas y pico horas que buscaban un vestido, Marcos le sugirió a Gianni que esperaran a Ali tomándose una cerveza en el Centre Catalá. A Gianni le hubiera gustado ayudarla, asesorarla, casi gritó, pero Ali lo conminó a irse con Marcos. Se había probado en total dos conjuntos y tres vestidos, a uno incluso estuvo a punto de pagarlo y en ese mismo instante se arrepintió y lo devolvió a pesar del disgusto de la vendedora y la cajera que tuvieron que hacer un lío enorme con la factura y el crédito. Probó vestidos largos, cortos, justos, holgados. Demasiado claros, demasiado oscuros. Le provocaban picazón, le hacían panza, la hacían baja, le ensachaban las caderas. ¿No hallar el vestido deseado era un signo de que no debía casarse, o que, al menos, debía posponer el casamiento?, se preguntó. La afirmación inversa también se aplicaba: precisamente porque no quería casarse era por lo cual ninguno de estos vestidos, todos preciosos y que le sentaban a las mil maravillas, le gustaban. Esto no era una novedad, una semana atrás ella abrió su corazón a Marquitos y le reveló que no estaba lista para casarse. El la miró sorprendido: ya tenían una fecha en el Registro Civil, ya habían echado las invitaciones en el correo para los parientes y lo que parecía peor de todo e inmodificable: él había contratado a alguien para que lo reemplazara en el trabajo, Juancito, un hombre con seis hijos y una esposa inválida, y no podía de buenas a primeras ir a Juancito y decirle como si nada que se quedaba sin trabajo por un desaire de Ali. Ella comprendió el caso y enderezó sus propósitos. También su madre le había vetado la idea de suspender el matrimonio; cuando Ali le comentó a su madre que no estaba segura, la mujer parpadeó repetidas veces, de sorpresa o por su enfermedad, y la censuró:
-Parecés un hombre obrando así. No parecés mi hija.
La madre llevaba treinta años casada con el padre; la tía, quince con el armenio y luego dieciocho con un panadero. A ella, Marquitos era el novio que más le había durado: con los demás, a los tres meses la relación se volvía rancia.
Ali se prometió que aunque lo único que hubiera para ponerse en la próxima tienda fuera una bolsa de arpillera, una bolsa de papas, compraría la bolsa de papas y se casaría con eso puesto. Así se terminarían de una vez por todas las cuestiones de la ropa y las dudas.

El vestido era larguísimo, negro. Tenía un estampado ceniciento en batik y era tan apretado en el pecho que a Ali le costaba respirar. La falda era muy amplia y el objetivo de que estuviera confeccionada así era disimular el ancho de las caderas: de esta manera, no se podía saber bien adónde terminaba la tela y adónde empezaba su cuerpo. Se había colocado un sombrero enorme que casi tapaba la mitad de su rostro y muchos collares de semillas. Los zapatos eran los de siempre: los tacos altos, gruesos, con pulseras en los tobillos. Ali podía sentir la vista de Gianni fija en sus pies.
La jueza los hizo pasar a su despacho y ellos estuvieron sus buenos minutos de pie hasta que la mujer los dio permiso para sentarse. No tendría más de cuarenta o cuarenta y pico de años y todavía lucía el bronceado de las vacaciones. Un ayudante enjuto y cetrino corrió la silla para que la jueza pudiera tomar asiento. Detrás de Ali y Marcos estaban los parientes. Los padres de él, el hermano que vino desde Olavarría; la madre de Ali y la hermana, adusta. Los compañeros del video club pidieron permiso para cerrar por un rato el negocio y asistir. Uno de ellos estaba filmando el compromiso. Había otras personas más: la abuela de Ali, el profesor de tae kwon do de Marcos, vestido tal como había salido de dar la clase…
La jueza comenzó:
-Estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio de Alicia Soubirous y Marcos Gutiérrez. Este será el momento más importante de sus vidas …
El discurso siguió y duró un buen rato; sin que nadie pudiera objetar u opinar acerca de lo que se decía ahí. Con el calor, la pechera y el canesú apretaban a Ali como un peto: estaba dentro de su vestido igual que un caballero en una armadura. Respiraba entrecortado, pero todos ahí imaginarían que era por la emoción: un casamiento no es una cosa de todos los días. Era evidente que se había comprado un talle más chico; la empleada le advirtió que la tela cedería y se adaptaría a su busto, lo cierto es que por más que cediera, la tela no era elástica. Le dolían los hombros, justo debajo del broche extensor del corpiño y los pezones, oprimidos dentro del encaje, como higos secos. Sentía la mano húmeda y cálida de Marquitos en la suya y el leve temblor que lo recorría.Casi le daba ternura y se preguntó si para él este era –o se transformaría a lo largo de los años, relatado en las sobremesas de los asados con amigos, o el día del inventario en el video club, un día tan largo de recuento que parecía siempre durar mucho más que 24 horas- en el momento más importante de su vida.
-Marcos Gutiérrez –dijo la jueza- ¿acepta por esposa a Alicia Beatriz Soubirous?
-Sí, acepto –contestó Marcos con la voz entrecortada.
Después la jueza la miró a ella, fijo a los ojos, por si Ali tenía algún secreto que sólo en ese instante pudiera revelar:
-Alicia Beatriz Soubirous, ¿acepta por esposo a Marcos Daniel Gutiérrez?
A Ali se le hizo un nudo en la garganta, asintió.
-Tiene que responderme Sí, acepto- aclaró la jueza. –Repito la pregunta –dijo como si de pronto el protocolo de los casamientos en la Provincia de Santa Fé pudieran convertirse en un concurso de preguntas y respuestas de la televisión. La jueza carraspeó y luego habló alto y claro. -Alicia Beatriz Soubirous, ¿acepta por esposo a Marcos Daniel Gutiérrez?
-Sí –contestó Alicia, bajo. –Sí, acepto.
Hubo sonrisas y aplausos, rápidamente interrumpidos por la jueza. El trámite proseguía: había que firmar el acta en el Libro de los Matrimonios; era para eso que estaban ahí, sino el matrimonio no tendría ninguna validez. Mientras Marcos se acercaba a firmar y el ayudante le proveía de una birome para hacerlo, la jueza le explicó a la concurrencia de que no podría, lamentablemente, entregarles en el acto una libreta de casamiento: momentáneamente estaba agotado el cartoné para hacer las tapas de las libretas en el estado. Una vez que el estado comprara cartoné, se pondrían a la edición de las libretas; era difícil imaginar a la jueza cortando y pegando con cola las actas, escribiendo con tinta china los nombres y apellidos de los concertantes, como una niñita que en el preescolar apenas si puede garabatear las letras. Ali asentía a todo con un gesto leve del mentón, mientras notaba que su transpiración corría por sus axilas y por el pecho. Este vestido era un desastre, era una mierda; tendría que quitárselo antes de ir a la fiesta y ponerse otro, uno cualquiera, posiblemente uno que su suegra le prestara –la fiesta se haría en la casa de sus suegros-, y se vería ridícula. El ayudante de la jueza le pasó la birome, que ella con delicadeza tomó; todo el matrimonio quedaría consumado en cuanto Ali se inclinara apenas un poco y firmara en el bendito libro de los Matrimonios del Estado, año 1995. Había que idear una maniobra para firmar, pero que le saliera bien; no como las intentonas de estudiar en la facultad o de escribir teatro o de tener un amorío con un extraño. Dio un paso, metió adentro su abdomen y se inclinó procurando redondear la espalda y no forzar el movimiento; actuó tal como si hubiera sido una persona que se rompió el cuello y ahora cargara con una gorguera terapéutica. Oyó el inefable desgarro del vestido: sonó exactamente igual al de un gato celo, cuando escapa a los saltos por una cornisa: el ruido del vestido rompiéndose hizo que a Marquitos le corriera frío por la espalda. Si hubiera sido una actriz, los paparazzi la hubieran acribillado con sus cámaras de fotos. Se tapó con la mano izquierda los senos –después de todo no era tan grave, tenía puesto el corpiño- y con la diestra firmó de mala gana. Cuando se volvió, todos reían y la festejaban: era de buen augurio que algo se rompiera en una boda, clamaban; pero ninguno citaba la fuente de donde habían sacado tal información. Gianni, que fue el último en acercarse a besarla, tenía lágrimas en los ojos. Reptó hasta su oído y una vez metido dentro del caracol de la oreja de Ali, le murmuró: “Ahora, tendrás que pensar en el divorcio…”

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

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Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

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el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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