Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
domingo 5 de julio de 2009
¿Reflejan los media la realidad del mundo? Nuevas censuras, sutiles manipulaciones. - Ryszard Kapuscinski
¿En qué medida los medios de comunicación son un espejo fiel del mundo?
Desde que las nuevas tecnologías han convulsionado el periodismo y permitido
la constitución de grandes grupos mediáticos con ambiciones planetarias, esta
cuestión resulta más pertinente que nunca.
La instantaneidad y el directo han cambiado las condiciones del periodismo de
investigación. Y el imperativo del beneficio ha reemplazado a las más nobles
exigencias cívicas. Pero, en todas partes, resiste otro periodismo, más
preocupado por la verdad y el rigor, como se ha constatado en Irán, en Burkina
Faso, en Argelia y en otros lugares...
En los debates sobre los media se concede una atención excesiva a los
problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia, a las
innovaciones y a la audiencia. Y una atención insuficiente a los aspectos
humanos. No soy un teórico de los media sino un simple periodista, un escritor
que, desde hace 40 años, se dedica a recoger y tratar la información (y también
a consumirla). Me gustaría compartir las conclusiones a las que he llegado al
final de esta larga experiencia.
Mi primera observación se refiere a las dimensiones.
Afirmar, como se hace a menudo, que "toda la
humanidad" está pendiente de lo que hacen o dicen
los media es una exageración. Incluso cuando
acontecimientos como la apertura de los Juegos
Olímpicos son vistos por dos millardos de
telespectadores, eso no representa más que un tercio
de la población del planeta. Otros mega
acontecimientos (Copa del Mundo de Futbol,
matrimonios o funerales de personalidades) son
difundidos masivamente en las pantallas, y apenas 10 o 20% de humanos los
miran. Ciertamente eso representa masas gigantescas pero no "toda la
humanidad". Cientos de millones de personas no tienen ningún contacto con
los media. En diversas regiones de Africa, la televisión, la radio e incluso los
periódicos, son inexistentes. En Malaui no hay más que un periódico; en
Liberia, dos, bastante mediocres por otra parte, pero ninguna televisión.
En numerosos países la televisión no funciona más que dos o tres horas al día.
Y en vastas extensiones de Asia por ejemplo en Siberia, en Kazajstán o en
Mongolia hay algunas redes de televisión pero las personas no disponen de
receptores que les permitan captar los programas. En la época de Leonidas
Breznev, en los grandes espacios de la Siberia soviética, los programas de las
radios occidentales no se interceptaban porque, a falta de receptores, nadie
podía escucharlos.
Una gran parte de la humanidad vive todavía fuera de la influencia de los media
y no tiene ninguna razón para inquietarse por las manipulaciones mediáticas o
la mala influencia de los medios de masas. A menudo, en particular en América
Latina y en Africa, la única función de la televisión es divertir. Se encuentran
televisores en los bares, los restaurantes y los hoteles. Las personas tienen la
costumbre de ir al bar para tomar una copa y mirar la televisión. Y a nadie se le
ocurre la idea de exigir que este media sea serio o que tenga cualquier función
informativa o educativa. La mayor parte de los africanos o latinoamericanos no
esperan de la televisión una interpretación seria del mundo, lo mismo que no la
esperarían de un circo.
La gran revolución de las nuevas tecnologías es un fenómeno reciente. Su
primera consecuencia importante ha sido un cambio radical en el universo del
periodismo. Pensemos en la primera cumbre de jefes de Estado de Africa. Se
celebró en 1963, en Addis Abeba, Etiopía. Para cubrirla llegaron periodistas del
mundo entero. Cerca de 200 enviados especiales y corresponsales de grandes
periódicos internacionales, de agencias de prensa y de estaciones de radio.
Algunos equipos rodaban para documentales informativos pero no había ni un
solo equipo de televisión. Nos conocíamos todos; sabíamos lo que hacía cada
uno y éramos incluso amigos. Auténticos maestros de la pluma y verdaderos
expertos de las grandes cuestiones internacionales estaban presentes. Cuando
pienso en ello, y sin ninguna nostalgia de una edad de oro que nunca existió,
me parece que fue la última gran reunión de reporteros del mundo, el final de
una época heroica en la que el periodismo estaba considerado como un
profesión reservada a los mejores, una vocación elevada, noble, a la que el
interesado se consagraba plenamente, de por vida.
Después ha cambiado todo. La búsqueda y la difusión de información se han
convertido en una ocupación practicada en cada país por miles de personas.
Las escuelas de periodismo se han multiplicado formando, año tras año, a
noveles que llegan a la profesión. Esto no tiene ya nada que ver. En otros
tiempos, el periodismo era una misión, no una carrera. Hoy, no se cuentan los
individuos que practican el periodismo sin identificarse con esta profesión, o sin
haber decidido dedicarle plenamente su vida y lo mejor de ellos mismos. Es,
para algunos, una especie de hobby, que pueden abandonar en cualquier
momento para hacer otra cosa. Numerosos periodistas actuales podrían
trabajar mañana en una agencia de publicidad y convertirse, pasado mañana,
en agentes de cambio.
Las tecnologías punta han provocado una multiplicación de los media. ¿Cuáles
son las consecuencias? La principal es el descubrimiento de que la información
es una mercancía cuya venta y difusión pueden proporcionar importantes
beneficios. Antaño, el valor de la información iba asociado a diversos
parámetros, en particular al de la verdad. También se concebía como un arma
que favorecía la lucha política. Todavía está fresco el recuerdo de los
estudiantes que, en la época del comunismo, quemaban en la calle ejemplares
de los periódicos del partido al grito de "la prensa miente". Hoy todo ha
cambiado. El precio de la información depende de la demanda, del interés que
suscita. Lo que prima es la venta. Una información será juzgada sin valor si no
consigue interesar a un público amplio.
El descubrimiento del aspecto mercantil de la información ha motivado la
afluencia del gran capital hacia los media. Los periodistas idealistas, esos
dulces soñadores en búsqueda de la verdad que antes dirigían los periódicos,
han sido reemplazados, a menudo, a la cabeza de las empresas, por hombres
de negocios.
Todos los que visitan las redacciones de los soportes más diversos, pueden
constatar estos cambios. Antes, los media estaban instalados en inmuebles de
segunda categoría y disponían de oficinas estrechas, oscuras y mal
amuebladas, donde hormigueaban periodistas andrajosos y sin dinero,
rodeados de montañas de papeles en desorden, de periódicos y de libros. Hoy,
basta visitar los locales de una gran cadena de televisión: los inmuebles son
palacios suntuosos, todos de mármol y espejos. Al visitante le guían
maniquíes-azafatas a través de largos pasillos enmoquetados. Estos palacios
son ahora las sedes de un poder del que antes sólo disponían los presidentes
de los Estados o los jefes de gobierno. Este poder se encuentra ahora en
manos de los patronos de los nuevos grupos mediáticos.
Es el mercado quien verifica
Desde que está considerada como una mercancía, la información ha dejado de
verse sometida a los criterios tradicionales de la verificación, la autenticidad o
el error. Ahora se rige por las leyes del mercado. Esta evolución es la más
significativa entre todas las que han afectado al terreno de la cultura.
Consecuencia: se ha sustituido a los antiguos héroes del periodismo por un
número imponente de trabajadores de los media, prácticamente todos hundidos
en el anonimato. La terminología utilizada en Estados Unidos es reveladora de
este fenómeno: el media worker suplanta, frecuentemente, al periodista.
El mundo de los media ha explotado de tal manera
que comienza a vivir por sí mismo, como una entidad
autosuficiente. La guerra interna entre los grupos
mediáticos es una realidad más intensa que la del
mundo que les rodea. Importantes equipos de
enviados especiales recorren el mundo. Forman una
gran jauría, en el seno de la cual cada reportero vigila
al otro. Hay que tener la información antes que el
vecino. El scoop o la muerte. Por eso, aunque varios
acontecimientos se producen simultáneamente en el mundo, los media sólo
cubrirán uno: el que haya atraído a toda la jauría.
En más de una ocasión he formado parte de esa jauría. Además la he descrito
en mi libro D'une guerre a l'aurtre1 y sé cómo funciona. La crisis provocada en
1979 por la captura de rehenes estadounidenses en Teherán es un ejemplo.
Aunque, en la práctica, no pasaba nada en la capital de Irán, miles de enviados
especiales llegados del mundo entero permanecieron durante meses en la
ciudad. La misma jauría se desplazó, años más tarde, al Golfo Pérsico, durante
la guerra de 1991, a pesar de que no se podía hacer nada porque los
estadounidenses prohibían a cualquiera acercarse al frente. En el mismo
Foto: Fortune
momento, se producían acontecimientos atroces en Mozambique y Sudán;
pero eso no emocionó a nadie porque la jauría se encontraba en el golfo. En
diciembre de 1991, durante el golpe de Estado, Rusia tuvo derecho a las
mismas atenciones. Mientras que los hechos realmente importantes, las
huelgas y las manifestaciones, tenían lugar en Leningrado, el mundo lo
ignoraba porque los enviados de todos los media no se movían de la capital,
esperando que ocurriera algo en Moscú, donde reinaba una calma absoluta.
Las nuevas tecnologías, sobre todo el teléfono móvil y el correo electrónico,
han transformado radicalmente las relaciones entre los reporteros y sus jefes.
Antes, el enviado de un periódico, el corresponsal de una agencia de prensa o
de una cadena de televisión, disponía de una gran libertad y podía dar libre
curso a su iniciativa personal. Buscaba la información, la descubría, la
verificaba, la seleccionaba y le daba forma. Actualmente, y cada vez más a
menudo, no es más que un simple peón que su jefe desplaza a través del
mundo desde sus oficinas, que pueden encontrarse en la otra punta del
planeta. Por su parte, este jefe tiene al alcance de su mano informaciones
procedentes de multitud de fuentes (cadenas de informaciones en continuo,
despachos de agencias, Internet) y puede, de esta manera, tener su propia
visión de los hechos, eventualmente muy distinta de la del reportero que cubre
el acontecimiento en el lugar de los hechos.
A veces, el jefe no puede esperar pacientemente a que el reportero termine su
trabajo. Y es él quien informa al reportero del desarrollo de los acontecimientos
y lo único que espera de su enviado especial es la confirmación de la idea que
se ha hecho sobre el asunto. Muchos reporteros, hoy, tienen miedo a buscar la
verdad por sí mismos.
En México, uno de mis amigos trabajaba para las cadenas de televisión
estadounidenses. Me lo encontré en la calle; estaba a punto de filmar
enfrentamientos entre estudiantes y policía. "¿Qué ocurre, John?", le pregunté.
"No tengo la menor idea, me respondió sin dejar de filmar. No hago más que
grabar, me contento con tomar las imágenes; después, las envío a la cadena
que hace lo que quiere con este material".
La ignorancia de los enviados especiales sobre los acontecimientos que están
encargados de describir es, a veces, sorprendente. Cuando las huelgas de
Gdansk, en agosto de 1981, que dieron nacimiento al sindicato Solidarnosc, la
mitad de los periodistas extranjeros llegados a Polonia a cubrir el
acontecimiento no podían situar Gdansk (el antiguo Dantzig) en un mapa. Aún
sabían menos sobre Ruanda cuando las masacres de 1994: la mayor parte de
ellos pisaban por primera vez el continente africano y habían desembarcado
directamente en el aeropuerto de Kigali, en aviones fletados por la ONU,
sabiendo apenas dónde se encontraban. Casi todos ignoraban las causas y las
razones del conflicto. Pero el defecto no es culpa de los reporteros. Ellos son
las primeras víctimas de la arrogancia de sus patronos, de los grupos
mediáticos y de las grandes redes de televisión. "¿Qué más me pueden exigir?
me decía recientemente el camarógrafo del equipo de una gran cadena de
televisión estadounidense. En una semana he tenido que filmar en cinco países
de tres continentes distintos".
La historia "telefalsificada"
Esta metamorfosis de los media plantea una cuestión fundamental: ¿cómo
entender el mundo? Hasta ahora se aprendía la historia gracias al saber que
nos legaban nuestros ancestros, a lo que contenían los archivos y a lo que
descubrían los historiadores. Hoy, la pequeña pantalla es la nueva (y
prácticamente la única) fuente de la historia, destilando la versión concebida y
desarrollada por la televisión. Mientras que el acceso a los documentos sigue
siendo difícil, la versión que difunde la televisión, incompetente e ignorante, se
impone sin que podamos cuestionarla. El ejemplo más esclarecedor de este
fenómeno es, quizá, Ruanda, país que conozco bien. Cientos de millones de
personas en el mundo han visto las imágenes de las víctimas de las matanzas
étnicas con comentarios, en su mayor parte, completamente erróneos.
¿Cuántos telespectadores han completado esta visión recurriendo a obras
fiables sobre Ruanda? El peligro es que se consumen mucho mas fácilmente
los media que los libros.
La civilización se vuelve cada vez más dependiente de la versión de la historia
imaginada por la televisión. Una versión a menudo falsa y sin fundamento. El
telespectador de masas, al filo del tiempo, no conocerá más que la historia
"telefalsificada", y sólo un pequeño número de personas tendrán conciencia de
que existe otra versión más auténtica de la historia.
Rudolph Arnheim, gran teórico de la cultura, ya predijo, en los años 30, en su
libro Film as Art,2 que el ser humano confundiría el mundo percibido por sus
sensaciones y el mundo interpretado por el pensamiento, y creería que ver es
comprender. Pero eso es falso. La televisión, escribió Arnheim, "será un
examen más riguroso para nuestro conocimiento. Podrá enriquecer nuestros
espíritus, lo mismo que podrá volverlos letárgicos". Tenía razón.
La confusión, en general inconsciente, entre ver y saber, y ver y comprender, la
utiliza la televisión para manipular a las personas. En una dictadura se sirve de
la censura; en una democracia de la manipulación. El blanco de estas
agresiones es siempre el mismo: el ciudadano de a pie. Cuando los media
hablan de ellos mismos, enmascaran el problema de fondo con la forma,
sustituyen con la técnica, la filosofía. Se preguntan cómo editar, cómo montar o
cómo imprimir. Discuten problemas de montaje, de bases de datos o de la
capacidad de los discos duros. En cambio, cuestionan el contenido de lo que
quieren editar o imprimir. El problema del mensajero es reemplazado por el del
mensaje. Desgraciadamente, como lamentaba Marshall McLuhan, el mensajero
tiene tendencia a convertirse en el contenido del mensaje.
Tomemos el ejemplo de la pobreza en el mundo que es, sin duda, el problema
más grave de este fin de siglo. ¿Cómo lo tratan las grandes redes de
televisión? La primera manipulación consiste en presentar la pobreza como
sinónimo del drama del hambre. Pero los dos tercios de la humanidad viven en
la miseria a causa de un reparto no equitativo de las riquezas en el mundo. La
hambruna, en cambio, aparece en ciertos momentos y en regiones muy
precisas, pero es generalmente un drama de dimensión local. Además, sus
causas se deben, la mayoría de las ocasiones al clima, a cataclismos como la
sequía o las inundaciones; y a veces también a las guerras. Hay que añadir
que los mecanismos de lucha contra el hambre, en tanto que plaga imprevista y
puntual, son relativamente eficaces. Para combatirla, se utilizan los excedentes
alimentarios de que disponen los países ricos y se les envía masivamente allí
donde la necesidad se deja sentir. Estas operaciones de lucha contra el
hambre, como en Sudán o en Somalia, son las que se nos han enseñado en
las pantallas de televisión. En cambio, no se ha pronunciado ni una palabra
sobre la necesidad de erradicar la miseria mundial.
La segunda estratagema utilizada por los manipuladores de la miseria es su
presentación en emisiones de carácter geográfico, etnográfico y turístico, que
descubren regiones exóticas del planeta. De esta manera, la miseria es
asimilada al exotismo, y la televisión difunde el mensaje de que los lugares
predilectos de la miseria son las regiones exóticas. Vista desde este ángulo, la
miseria aparece como un fenómeno curioso, una atracción casi turística. Tales
imágenes abundan, particularmente, en cadenas temáticas como Travel,
Discovery, etcétera.
La ultima artimaña de estas manipulaciones consiste en presentar la miseria
como un dato estadístico, un banal parámetro del mundo real. Esta manera de
ver la miseria la condena a perpetuidad; el ser humano no puede así sentirla
más que como una amenaza para la civilización dado que necesita aprender a
vivir con ella.
Volvamos al punto de partida: ¿Los media reflejan el
mundo? Digamos que de manera muy superficial y
fragmentaria. Se concentran en las visitas
presidenciales o los atentados terroristas; e incluso
esos temas parecen interesarles menos. Durante estos
cuatro últimos años, la audiencia de los telediarios de
las tres principales cadenas estadounidenses ha
bajado de 60 a 38% el total de telespectadores. El
72% de los temas son de carácter local y se refieren a
la violencia, drogas, agresiones y delitos. Sólo 5% de
su tiempo está dedicado a noticias del extranjero; e incluso numerosas
ediciones ignoran este apartado. En 1987, la edición estadounidense del
semanario Time dedicó 11 portadas a temas internacionales; diez años más
tarde, en 1997, solamente una. La selección de las informaciones se basa en el
principio "cuanta más sangre haya mejor se vende".3
Los "anticuerpos necesarios"
Vivimos en un mundo paradójico. Por una parte se nos dice que el desarrollo
de los medios de comunicación ha conseguido unir a todas las partes del
planeta entre sí, para formar una "aldea global"; y, por otra, la temática
internacional ocupa cada vez menos espacio en los media, ocultada por la
información local, por los titulares sensacionalistas, por los cotilleos, los
personajillos y toda la información-mercancía.
Pero, seamos justos, la revolución de los media está en plena carrera. Se trata
de un fenómeno reciente en la civilización humana; demasiado reciente para
que ya haya podido producir los anticuerpos necesarios para combatir las
patologías que genera: la manipulación, la corrupción, la arrogancia, la
veneración de la pornografía. La literatura sobre los media es, a veces muy
crítica, a menudo incluso implacable. Más pronto o más tarde, esta crítica
influirá, al menos en parte, en el contenido de los media.
Foto: Brill's Content
Además, hay que reconocer que muchas personas se sientan delante del
televisor porque esperan ver exactamente lo que la televisión les ofrece. En los
años 30, el filósofo español Ortega y Gasset escribía en su libro La rebelión de
las masas, que la sociedad es una colectividad de personas satisfechas de
ellas mismas, de sus gustos y sus opciones. Finalmente, el mundo de los
media es diverso. Es una realidad de varios pisos. Junto a los "media basura"
hay otros formidables: existen algunos prodigiosos programas de televisión,
excelentes emisiones de radio y destacables periódicos. Para quien desee
realmente una información honesta, de reflexión en profundidad y basada en
sólidos conocimientos, no faltan los media de calidad. A veces es difícil
disponer del tiempo necesario para asimilar la oferta existente. Los media son
frecuentemente vilipendiados para justificar el letargo en el que han caído
nuestras propias conciencias, y nuestra pasividad.
Y nadie ignora que, en la redacción de los periódicos, en los estudios de radio y
televisión, hay periodistas sensibles y de gran talento, personas que tienen la
estima de sus contemporáneos, que consideran que nuestro planeta es un
lugar apasionante, que vale la pena que sea conocido, comprendido y salvado.
La mayor parte del tiempo, esos periodistas trabajan dando muestras de
abnegación y de dedicación, con entusiasmo y espíritu de sacrificio,
renunciando a las facilidades, al bienestar, hasta llegar a ignorar su seguridad
personal. Con el único objetivo de dar testimonio del mundo que nos rodea. Y
de la multitud de peligros y esperanzas que entraña.
Notas
1 París, Flammarion, 1998.
2 Léase de Rudolph Arnheim, La Pensée visuelle, París, Flammarion, 1976.
3 Léase a Serge Halimi, "Un journalisme de racolage", en Le Monde
Diplomatique, agosto de 1998.
Ryszard Kapuscinski es periodista y escritor polaco.
Este texto retoma, en lo esencial, el discurso pronunciado por el autor, en
Estocolmo, durante la ceremonia de entrega de los premios de periodismo
Stora Jurnalstpriset y fue publicado en Le Monde Diplomatique, julio-agosto de
1999.
Agradecemos a Le Monde Diplomatique, edición mexicana, la autorización para
publicar este texto.
Desde que las nuevas tecnologías han convulsionado el periodismo y permitido
la constitución de grandes grupos mediáticos con ambiciones planetarias, esta
cuestión resulta más pertinente que nunca.
La instantaneidad y el directo han cambiado las condiciones del periodismo de
investigación. Y el imperativo del beneficio ha reemplazado a las más nobles
exigencias cívicas. Pero, en todas partes, resiste otro periodismo, más
preocupado por la verdad y el rigor, como se ha constatado en Irán, en Burkina
Faso, en Argelia y en otros lugares...
En los debates sobre los media se concede una atención excesiva a los
problemas técnicos, a las leyes del mercado, a la competencia, a las
innovaciones y a la audiencia. Y una atención insuficiente a los aspectos
humanos. No soy un teórico de los media sino un simple periodista, un escritor
que, desde hace 40 años, se dedica a recoger y tratar la información (y también
a consumirla). Me gustaría compartir las conclusiones a las que he llegado al
final de esta larga experiencia.
Mi primera observación se refiere a las dimensiones.
Afirmar, como se hace a menudo, que "toda la
humanidad" está pendiente de lo que hacen o dicen
los media es una exageración. Incluso cuando
acontecimientos como la apertura de los Juegos
Olímpicos son vistos por dos millardos de
telespectadores, eso no representa más que un tercio
de la población del planeta. Otros mega
acontecimientos (Copa del Mundo de Futbol,
matrimonios o funerales de personalidades) son
difundidos masivamente en las pantallas, y apenas 10 o 20% de humanos los
miran. Ciertamente eso representa masas gigantescas pero no "toda la
humanidad". Cientos de millones de personas no tienen ningún contacto con
los media. En diversas regiones de Africa, la televisión, la radio e incluso los
periódicos, son inexistentes. En Malaui no hay más que un periódico; en
Liberia, dos, bastante mediocres por otra parte, pero ninguna televisión.
En numerosos países la televisión no funciona más que dos o tres horas al día.
Y en vastas extensiones de Asia por ejemplo en Siberia, en Kazajstán o en
Mongolia hay algunas redes de televisión pero las personas no disponen de
receptores que les permitan captar los programas. En la época de Leonidas
Breznev, en los grandes espacios de la Siberia soviética, los programas de las
radios occidentales no se interceptaban porque, a falta de receptores, nadie
podía escucharlos.
Una gran parte de la humanidad vive todavía fuera de la influencia de los media
y no tiene ninguna razón para inquietarse por las manipulaciones mediáticas o
la mala influencia de los medios de masas. A menudo, en particular en América
Latina y en Africa, la única función de la televisión es divertir. Se encuentran
televisores en los bares, los restaurantes y los hoteles. Las personas tienen la
costumbre de ir al bar para tomar una copa y mirar la televisión. Y a nadie se le
ocurre la idea de exigir que este media sea serio o que tenga cualquier función
informativa o educativa. La mayor parte de los africanos o latinoamericanos no
esperan de la televisión una interpretación seria del mundo, lo mismo que no la
esperarían de un circo.
La gran revolución de las nuevas tecnologías es un fenómeno reciente. Su
primera consecuencia importante ha sido un cambio radical en el universo del
periodismo. Pensemos en la primera cumbre de jefes de Estado de Africa. Se
celebró en 1963, en Addis Abeba, Etiopía. Para cubrirla llegaron periodistas del
mundo entero. Cerca de 200 enviados especiales y corresponsales de grandes
periódicos internacionales, de agencias de prensa y de estaciones de radio.
Algunos equipos rodaban para documentales informativos pero no había ni un
solo equipo de televisión. Nos conocíamos todos; sabíamos lo que hacía cada
uno y éramos incluso amigos. Auténticos maestros de la pluma y verdaderos
expertos de las grandes cuestiones internacionales estaban presentes. Cuando
pienso en ello, y sin ninguna nostalgia de una edad de oro que nunca existió,
me parece que fue la última gran reunión de reporteros del mundo, el final de
una época heroica en la que el periodismo estaba considerado como un
profesión reservada a los mejores, una vocación elevada, noble, a la que el
interesado se consagraba plenamente, de por vida.
Después ha cambiado todo. La búsqueda y la difusión de información se han
convertido en una ocupación practicada en cada país por miles de personas.
Las escuelas de periodismo se han multiplicado formando, año tras año, a
noveles que llegan a la profesión. Esto no tiene ya nada que ver. En otros
tiempos, el periodismo era una misión, no una carrera. Hoy, no se cuentan los
individuos que practican el periodismo sin identificarse con esta profesión, o sin
haber decidido dedicarle plenamente su vida y lo mejor de ellos mismos. Es,
para algunos, una especie de hobby, que pueden abandonar en cualquier
momento para hacer otra cosa. Numerosos periodistas actuales podrían
trabajar mañana en una agencia de publicidad y convertirse, pasado mañana,
en agentes de cambio.
Las tecnologías punta han provocado una multiplicación de los media. ¿Cuáles
son las consecuencias? La principal es el descubrimiento de que la información
es una mercancía cuya venta y difusión pueden proporcionar importantes
beneficios. Antaño, el valor de la información iba asociado a diversos
parámetros, en particular al de la verdad. También se concebía como un arma
que favorecía la lucha política. Todavía está fresco el recuerdo de los
estudiantes que, en la época del comunismo, quemaban en la calle ejemplares
de los periódicos del partido al grito de "la prensa miente". Hoy todo ha
cambiado. El precio de la información depende de la demanda, del interés que
suscita. Lo que prima es la venta. Una información será juzgada sin valor si no
consigue interesar a un público amplio.
El descubrimiento del aspecto mercantil de la información ha motivado la
afluencia del gran capital hacia los media. Los periodistas idealistas, esos
dulces soñadores en búsqueda de la verdad que antes dirigían los periódicos,
han sido reemplazados, a menudo, a la cabeza de las empresas, por hombres
de negocios.
Todos los que visitan las redacciones de los soportes más diversos, pueden
constatar estos cambios. Antes, los media estaban instalados en inmuebles de
segunda categoría y disponían de oficinas estrechas, oscuras y mal
amuebladas, donde hormigueaban periodistas andrajosos y sin dinero,
rodeados de montañas de papeles en desorden, de periódicos y de libros. Hoy,
basta visitar los locales de una gran cadena de televisión: los inmuebles son
palacios suntuosos, todos de mármol y espejos. Al visitante le guían
maniquíes-azafatas a través de largos pasillos enmoquetados. Estos palacios
son ahora las sedes de un poder del que antes sólo disponían los presidentes
de los Estados o los jefes de gobierno. Este poder se encuentra ahora en
manos de los patronos de los nuevos grupos mediáticos.
Es el mercado quien verifica
Desde que está considerada como una mercancía, la información ha dejado de
verse sometida a los criterios tradicionales de la verificación, la autenticidad o
el error. Ahora se rige por las leyes del mercado. Esta evolución es la más
significativa entre todas las que han afectado al terreno de la cultura.
Consecuencia: se ha sustituido a los antiguos héroes del periodismo por un
número imponente de trabajadores de los media, prácticamente todos hundidos
en el anonimato. La terminología utilizada en Estados Unidos es reveladora de
este fenómeno: el media worker suplanta, frecuentemente, al periodista.
El mundo de los media ha explotado de tal manera
que comienza a vivir por sí mismo, como una entidad
autosuficiente. La guerra interna entre los grupos
mediáticos es una realidad más intensa que la del
mundo que les rodea. Importantes equipos de
enviados especiales recorren el mundo. Forman una
gran jauría, en el seno de la cual cada reportero vigila
al otro. Hay que tener la información antes que el
vecino. El scoop o la muerte. Por eso, aunque varios
acontecimientos se producen simultáneamente en el mundo, los media sólo
cubrirán uno: el que haya atraído a toda la jauría.
En más de una ocasión he formado parte de esa jauría. Además la he descrito
en mi libro D'une guerre a l'aurtre1 y sé cómo funciona. La crisis provocada en
1979 por la captura de rehenes estadounidenses en Teherán es un ejemplo.
Aunque, en la práctica, no pasaba nada en la capital de Irán, miles de enviados
especiales llegados del mundo entero permanecieron durante meses en la
ciudad. La misma jauría se desplazó, años más tarde, al Golfo Pérsico, durante
la guerra de 1991, a pesar de que no se podía hacer nada porque los
estadounidenses prohibían a cualquiera acercarse al frente. En el mismo
Foto: Fortune
momento, se producían acontecimientos atroces en Mozambique y Sudán;
pero eso no emocionó a nadie porque la jauría se encontraba en el golfo. En
diciembre de 1991, durante el golpe de Estado, Rusia tuvo derecho a las
mismas atenciones. Mientras que los hechos realmente importantes, las
huelgas y las manifestaciones, tenían lugar en Leningrado, el mundo lo
ignoraba porque los enviados de todos los media no se movían de la capital,
esperando que ocurriera algo en Moscú, donde reinaba una calma absoluta.
Las nuevas tecnologías, sobre todo el teléfono móvil y el correo electrónico,
han transformado radicalmente las relaciones entre los reporteros y sus jefes.
Antes, el enviado de un periódico, el corresponsal de una agencia de prensa o
de una cadena de televisión, disponía de una gran libertad y podía dar libre
curso a su iniciativa personal. Buscaba la información, la descubría, la
verificaba, la seleccionaba y le daba forma. Actualmente, y cada vez más a
menudo, no es más que un simple peón que su jefe desplaza a través del
mundo desde sus oficinas, que pueden encontrarse en la otra punta del
planeta. Por su parte, este jefe tiene al alcance de su mano informaciones
procedentes de multitud de fuentes (cadenas de informaciones en continuo,
despachos de agencias, Internet) y puede, de esta manera, tener su propia
visión de los hechos, eventualmente muy distinta de la del reportero que cubre
el acontecimiento en el lugar de los hechos.
A veces, el jefe no puede esperar pacientemente a que el reportero termine su
trabajo. Y es él quien informa al reportero del desarrollo de los acontecimientos
y lo único que espera de su enviado especial es la confirmación de la idea que
se ha hecho sobre el asunto. Muchos reporteros, hoy, tienen miedo a buscar la
verdad por sí mismos.
En México, uno de mis amigos trabajaba para las cadenas de televisión
estadounidenses. Me lo encontré en la calle; estaba a punto de filmar
enfrentamientos entre estudiantes y policía. "¿Qué ocurre, John?", le pregunté.
"No tengo la menor idea, me respondió sin dejar de filmar. No hago más que
grabar, me contento con tomar las imágenes; después, las envío a la cadena
que hace lo que quiere con este material".
La ignorancia de los enviados especiales sobre los acontecimientos que están
encargados de describir es, a veces, sorprendente. Cuando las huelgas de
Gdansk, en agosto de 1981, que dieron nacimiento al sindicato Solidarnosc, la
mitad de los periodistas extranjeros llegados a Polonia a cubrir el
acontecimiento no podían situar Gdansk (el antiguo Dantzig) en un mapa. Aún
sabían menos sobre Ruanda cuando las masacres de 1994: la mayor parte de
ellos pisaban por primera vez el continente africano y habían desembarcado
directamente en el aeropuerto de Kigali, en aviones fletados por la ONU,
sabiendo apenas dónde se encontraban. Casi todos ignoraban las causas y las
razones del conflicto. Pero el defecto no es culpa de los reporteros. Ellos son
las primeras víctimas de la arrogancia de sus patronos, de los grupos
mediáticos y de las grandes redes de televisión. "¿Qué más me pueden exigir?
me decía recientemente el camarógrafo del equipo de una gran cadena de
televisión estadounidense. En una semana he tenido que filmar en cinco países
de tres continentes distintos".
La historia "telefalsificada"
Esta metamorfosis de los media plantea una cuestión fundamental: ¿cómo
entender el mundo? Hasta ahora se aprendía la historia gracias al saber que
nos legaban nuestros ancestros, a lo que contenían los archivos y a lo que
descubrían los historiadores. Hoy, la pequeña pantalla es la nueva (y
prácticamente la única) fuente de la historia, destilando la versión concebida y
desarrollada por la televisión. Mientras que el acceso a los documentos sigue
siendo difícil, la versión que difunde la televisión, incompetente e ignorante, se
impone sin que podamos cuestionarla. El ejemplo más esclarecedor de este
fenómeno es, quizá, Ruanda, país que conozco bien. Cientos de millones de
personas en el mundo han visto las imágenes de las víctimas de las matanzas
étnicas con comentarios, en su mayor parte, completamente erróneos.
¿Cuántos telespectadores han completado esta visión recurriendo a obras
fiables sobre Ruanda? El peligro es que se consumen mucho mas fácilmente
los media que los libros.
La civilización se vuelve cada vez más dependiente de la versión de la historia
imaginada por la televisión. Una versión a menudo falsa y sin fundamento. El
telespectador de masas, al filo del tiempo, no conocerá más que la historia
"telefalsificada", y sólo un pequeño número de personas tendrán conciencia de
que existe otra versión más auténtica de la historia.
Rudolph Arnheim, gran teórico de la cultura, ya predijo, en los años 30, en su
libro Film as Art,2 que el ser humano confundiría el mundo percibido por sus
sensaciones y el mundo interpretado por el pensamiento, y creería que ver es
comprender. Pero eso es falso. La televisión, escribió Arnheim, "será un
examen más riguroso para nuestro conocimiento. Podrá enriquecer nuestros
espíritus, lo mismo que podrá volverlos letárgicos". Tenía razón.
La confusión, en general inconsciente, entre ver y saber, y ver y comprender, la
utiliza la televisión para manipular a las personas. En una dictadura se sirve de
la censura; en una democracia de la manipulación. El blanco de estas
agresiones es siempre el mismo: el ciudadano de a pie. Cuando los media
hablan de ellos mismos, enmascaran el problema de fondo con la forma,
sustituyen con la técnica, la filosofía. Se preguntan cómo editar, cómo montar o
cómo imprimir. Discuten problemas de montaje, de bases de datos o de la
capacidad de los discos duros. En cambio, cuestionan el contenido de lo que
quieren editar o imprimir. El problema del mensajero es reemplazado por el del
mensaje. Desgraciadamente, como lamentaba Marshall McLuhan, el mensajero
tiene tendencia a convertirse en el contenido del mensaje.
Tomemos el ejemplo de la pobreza en el mundo que es, sin duda, el problema
más grave de este fin de siglo. ¿Cómo lo tratan las grandes redes de
televisión? La primera manipulación consiste en presentar la pobreza como
sinónimo del drama del hambre. Pero los dos tercios de la humanidad viven en
la miseria a causa de un reparto no equitativo de las riquezas en el mundo. La
hambruna, en cambio, aparece en ciertos momentos y en regiones muy
precisas, pero es generalmente un drama de dimensión local. Además, sus
causas se deben, la mayoría de las ocasiones al clima, a cataclismos como la
sequía o las inundaciones; y a veces también a las guerras. Hay que añadir
que los mecanismos de lucha contra el hambre, en tanto que plaga imprevista y
puntual, son relativamente eficaces. Para combatirla, se utilizan los excedentes
alimentarios de que disponen los países ricos y se les envía masivamente allí
donde la necesidad se deja sentir. Estas operaciones de lucha contra el
hambre, como en Sudán o en Somalia, son las que se nos han enseñado en
las pantallas de televisión. En cambio, no se ha pronunciado ni una palabra
sobre la necesidad de erradicar la miseria mundial.
La segunda estratagema utilizada por los manipuladores de la miseria es su
presentación en emisiones de carácter geográfico, etnográfico y turístico, que
descubren regiones exóticas del planeta. De esta manera, la miseria es
asimilada al exotismo, y la televisión difunde el mensaje de que los lugares
predilectos de la miseria son las regiones exóticas. Vista desde este ángulo, la
miseria aparece como un fenómeno curioso, una atracción casi turística. Tales
imágenes abundan, particularmente, en cadenas temáticas como Travel,
Discovery, etcétera.
La ultima artimaña de estas manipulaciones consiste en presentar la miseria
como un dato estadístico, un banal parámetro del mundo real. Esta manera de
ver la miseria la condena a perpetuidad; el ser humano no puede así sentirla
más que como una amenaza para la civilización dado que necesita aprender a
vivir con ella.
Volvamos al punto de partida: ¿Los media reflejan el
mundo? Digamos que de manera muy superficial y
fragmentaria. Se concentran en las visitas
presidenciales o los atentados terroristas; e incluso
esos temas parecen interesarles menos. Durante estos
cuatro últimos años, la audiencia de los telediarios de
las tres principales cadenas estadounidenses ha
bajado de 60 a 38% el total de telespectadores. El
72% de los temas son de carácter local y se refieren a
la violencia, drogas, agresiones y delitos. Sólo 5% de
su tiempo está dedicado a noticias del extranjero; e incluso numerosas
ediciones ignoran este apartado. En 1987, la edición estadounidense del
semanario Time dedicó 11 portadas a temas internacionales; diez años más
tarde, en 1997, solamente una. La selección de las informaciones se basa en el
principio "cuanta más sangre haya mejor se vende".3
Los "anticuerpos necesarios"
Vivimos en un mundo paradójico. Por una parte se nos dice que el desarrollo
de los medios de comunicación ha conseguido unir a todas las partes del
planeta entre sí, para formar una "aldea global"; y, por otra, la temática
internacional ocupa cada vez menos espacio en los media, ocultada por la
información local, por los titulares sensacionalistas, por los cotilleos, los
personajillos y toda la información-mercancía.
Pero, seamos justos, la revolución de los media está en plena carrera. Se trata
de un fenómeno reciente en la civilización humana; demasiado reciente para
que ya haya podido producir los anticuerpos necesarios para combatir las
patologías que genera: la manipulación, la corrupción, la arrogancia, la
veneración de la pornografía. La literatura sobre los media es, a veces muy
crítica, a menudo incluso implacable. Más pronto o más tarde, esta crítica
influirá, al menos en parte, en el contenido de los media.
Foto: Brill's Content
Además, hay que reconocer que muchas personas se sientan delante del
televisor porque esperan ver exactamente lo que la televisión les ofrece. En los
años 30, el filósofo español Ortega y Gasset escribía en su libro La rebelión de
las masas, que la sociedad es una colectividad de personas satisfechas de
ellas mismas, de sus gustos y sus opciones. Finalmente, el mundo de los
media es diverso. Es una realidad de varios pisos. Junto a los "media basura"
hay otros formidables: existen algunos prodigiosos programas de televisión,
excelentes emisiones de radio y destacables periódicos. Para quien desee
realmente una información honesta, de reflexión en profundidad y basada en
sólidos conocimientos, no faltan los media de calidad. A veces es difícil
disponer del tiempo necesario para asimilar la oferta existente. Los media son
frecuentemente vilipendiados para justificar el letargo en el que han caído
nuestras propias conciencias, y nuestra pasividad.
Y nadie ignora que, en la redacción de los periódicos, en los estudios de radio y
televisión, hay periodistas sensibles y de gran talento, personas que tienen la
estima de sus contemporáneos, que consideran que nuestro planeta es un
lugar apasionante, que vale la pena que sea conocido, comprendido y salvado.
La mayor parte del tiempo, esos periodistas trabajan dando muestras de
abnegación y de dedicación, con entusiasmo y espíritu de sacrificio,
renunciando a las facilidades, al bienestar, hasta llegar a ignorar su seguridad
personal. Con el único objetivo de dar testimonio del mundo que nos rodea. Y
de la multitud de peligros y esperanzas que entraña.
Notas
1 París, Flammarion, 1998.
2 Léase de Rudolph Arnheim, La Pensée visuelle, París, Flammarion, 1976.
3 Léase a Serge Halimi, "Un journalisme de racolage", en Le Monde
Diplomatique, agosto de 1998.
Ryszard Kapuscinski es periodista y escritor polaco.
Este texto retoma, en lo esencial, el discurso pronunciado por el autor, en
Estocolmo, durante la ceremonia de entrega de los premios de periodismo
Stora Jurnalstpriset y fue publicado en Le Monde Diplomatique, julio-agosto de
1999.
Agradecemos a Le Monde Diplomatique, edición mexicana, la autorización para
publicar este texto.
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CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line
Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).
Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle
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NO-RETORNABLE
Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar
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2 comentarios:
quizas sea en todos los paises del mundo en españa los impuestos estan en base a lo grande y rico que tu seas si eres pequeño, cees pero si eres grande y rico,tienes todo tipo de subenciones que se pueden compar un vemeuwe o un avión, i muchas cosas mas y el empanado siempre sin hacer nada.
Como siempre, muy bueno. Soy un lector silencioso, asi que no me extendere mucho.
un detalle: en una parte dice: Foto: Brill's Content, pero no hay foto.
Un saludo desde cordoba arg.
Miguel
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