Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
Cosecha Eñe: finalistas
El nombre del ganador se anunciará el viernes 13 de noviembre, dentro de las actividades del Festival Eñe. (10.11.09)
Ya tenemos finalistas de la IV edición de Cosecha Eñe 2009, el galardón que cada otoño reconoce los mejores relatos presentados a concurso. En esta ocasión hemos recibido más de 2.000 relatos de 30 países, un tercio más que el año anterior. De entre todos ellos, el jurado, formado por los escritores Juan Bonilla, Elvira Lindo y Ronaldo Menéndez, así como por Camino Brasa y Toño Angulo en representación de Eñe, han escogido los diez relatos finalistas que serán publicados en el número 20 de Eñe. Revista para leer.
Los finalistas son: Trifón Abad López, Selva Almada, Rubén Ballestar Urbán, Andrés Barba, Alejandra Costamagna, Juan Carlos Fernández León, Agustín Fernández Mallo, Sergio Galarza, Paula Lapido y Patricia Suárez. A todos ellos, ¡enhorabuena!
Para saber quién es el ganador de este año tendrás que esperar a la noche del sábado: dentro de los actos del Festival Eñe se dará a conocer el veredicto final. En esta web tendrás el resultado al día siguiente...
A continuación te contamos quiénes es cada uno de los diez finalistas. Trifón Abad López(Murcia, 1979) Es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura, coordinador de dos revistas, crítico, corrector y blogger. Ha publicado relatos en las revistas Gotas de Tinta y El Invisible Anillo, y uno de los ensayos del volumen La aventura de viajar y sus escrituras.
Selva Almada(Entre Ríos, Argentina, 1973) Ha publicado el poemario Mal de muñecas, la novela Niños y el libro de relatos Una chica de provincia. Dirigió la revista Caelum Blue, dicta talleres de narrativa y coordina el ciclo de lecturas «Carne Argentina» en Buenos Aires, donde vive.
Rubén Ballestar Urbán(Castellón, 1981) Es dramaturgo y director de teatro, además de investigador en el área de ecología. Escribe el blog Los palacios de papel y ha obtenido premios en narrativa y poesía.
Andrés Barba(Madrid, 1975) Ha publicado las novelas El hueso que más duele, La hermana de Katia (finalista del Premio Herralde), Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester) y Las manos pequeñas, el ensayo La ceremonia del porno (coescrito con Javier Montes, Premio Anagrama de Ensayo 2007) y el libro de relatos La recta intención, entre otros.
Alejandra Costamagna(Santiago de Chile, 1970) Es escritora y periodista. Ha publicado las novelas En voz baja, Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta-Casa de América 2007), y los libros de cuentos Malas noches y Últimos fuegos. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa y, en Alemania, el Premio Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año.
Juan Carlos Fernández León(Madrid) Es profesor de Lengua y Literatura. Entre 2007 y 2008 obtuvo el Premio de Cuentos Miguel de Unamuno, el Nacional de Periodistas de Ávila y el Villa de Mazarrón-Antonio Segado. Ha escrito los libros de relatos Tiempos de oferta y Goteras, el poemario Galería de islas, y las novelas Los billares Arranz y El mal de las cometas.
Agustín Fernández Mallo(La Coruña, 1967) Es físico, pero públicamente renombrado como escritor. Conocido primero como poeta (Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus), su primera novela, Nocilla Dream, fue el germen de la llamada «Generación Nocilla» y acaba de publicar la última entrega de la trilogía, Nocilla Lab. Su Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009.
Sergio Galarza(Lima, 1976) Es escritor. Ha publicado los libros de cuentos Matacabros, El infierno es un buen lugar, Todas las mujeres son galgos y La soledad de los aviones, el rocambolesco reportaje Los Rolling Stones en el Perú (Periférica, 2007) y la novela Paseador de perros (Alfaguara-Perú, 2008), que la editorial Candaya reeditará en España en 2010. Vive en Madrid, frente a una papelería que sólo vende artículos para zurdos.
Paula Lapido(Madrid, 1975) Es licenciada en Ciencias Físicas y trabaja como arquitecta de software, sin descuidar su pasión por la música clásica, pues toca varios instrumentos y canta habitualmente en coros de cámara. Sus relatos han aparecido en diversas revistas del género, y se publicarán reunidos en Teoría de todo, título que anuncia para 2010, mientras escribe su primera novela.
Patricia Suárez(Rosario, Argentina, 1969) Ha publicado las novelas Causa y efecto, Álbum de polaroids, Perdida en el momento, Un fragmento de la vida de Irene S. y Verde sobre morado, y los libros de cuentos Rata paseandera y Ésta no es mi noche. Desde el barrio de Montserrat, en Buenos Aires, escribe el blog Discreto encanto. Breves impresiones personales, pequeñas luces del mundo, y compra y lee libros compulsivamente.
Ya tenemos finalistas de la IV edición de Cosecha Eñe 2009, el galardón que cada otoño reconoce los mejores relatos presentados a concurso. En esta ocasión hemos recibido más de 2.000 relatos de 30 países, un tercio más que el año anterior. De entre todos ellos, el jurado, formado por los escritores Juan Bonilla, Elvira Lindo y Ronaldo Menéndez, así como por Camino Brasa y Toño Angulo en representación de Eñe, han escogido los diez relatos finalistas que serán publicados en el número 20 de Eñe. Revista para leer.
Los finalistas son: Trifón Abad López, Selva Almada, Rubén Ballestar Urbán, Andrés Barba, Alejandra Costamagna, Juan Carlos Fernández León, Agustín Fernández Mallo, Sergio Galarza, Paula Lapido y Patricia Suárez. A todos ellos, ¡enhorabuena!
Para saber quién es el ganador de este año tendrás que esperar a la noche del sábado: dentro de los actos del Festival Eñe se dará a conocer el veredicto final. En esta web tendrás el resultado al día siguiente...
A continuación te contamos quiénes es cada uno de los diez finalistas. Trifón Abad López(Murcia, 1979) Es licenciado en Periodismo y en Teoría de la Literatura, coordinador de dos revistas, crítico, corrector y blogger. Ha publicado relatos en las revistas Gotas de Tinta y El Invisible Anillo, y uno de los ensayos del volumen La aventura de viajar y sus escrituras.
Selva Almada(Entre Ríos, Argentina, 1973) Ha publicado el poemario Mal de muñecas, la novela Niños y el libro de relatos Una chica de provincia. Dirigió la revista Caelum Blue, dicta talleres de narrativa y coordina el ciclo de lecturas «Carne Argentina» en Buenos Aires, donde vive.
Rubén Ballestar Urbán(Castellón, 1981) Es dramaturgo y director de teatro, además de investigador en el área de ecología. Escribe el blog Los palacios de papel y ha obtenido premios en narrativa y poesía.
Andrés Barba(Madrid, 1975) Ha publicado las novelas El hueso que más duele, La hermana de Katia (finalista del Premio Herralde), Versiones de Teresa (Premio Torrente Ballester) y Las manos pequeñas, el ensayo La ceremonia del porno (coescrito con Javier Montes, Premio Anagrama de Ensayo 2007) y el libro de relatos La recta intención, entre otros.
Alejandra Costamagna(Santiago de Chile, 1970) Es escritora y periodista. Ha publicado las novelas En voz baja, Ciudadano en retiro, Cansado ya del sol y Dile que no estoy (finalista del Premio Planeta-Casa de América 2007), y los libros de cuentos Malas noches y Últimos fuegos. En 2003 obtuvo la beca del International Writing Program de la Universidad de Iowa y, en Alemania, el Premio Anna Seghers 2008 al mejor autor latinoamericano del año.
Juan Carlos Fernández León(Madrid) Es profesor de Lengua y Literatura. Entre 2007 y 2008 obtuvo el Premio de Cuentos Miguel de Unamuno, el Nacional de Periodistas de Ávila y el Villa de Mazarrón-Antonio Segado. Ha escrito los libros de relatos Tiempos de oferta y Goteras, el poemario Galería de islas, y las novelas Los billares Arranz y El mal de las cometas.
Agustín Fernández Mallo(La Coruña, 1967) Es físico, pero públicamente renombrado como escritor. Conocido primero como poeta (Yo siempre regreso a los pezones y al punto 7 del Tractatus), su primera novela, Nocilla Dream, fue el germen de la llamada «Generación Nocilla» y acaba de publicar la última entrega de la trilogía, Nocilla Lab. Su Postpoesía. Hacia un nuevo paradigma fue finalista del Premio Anagrama de Ensayo 2009.
Sergio Galarza(Lima, 1976) Es escritor. Ha publicado los libros de cuentos Matacabros, El infierno es un buen lugar, Todas las mujeres son galgos y La soledad de los aviones, el rocambolesco reportaje Los Rolling Stones en el Perú (Periférica, 2007) y la novela Paseador de perros (Alfaguara-Perú, 2008), que la editorial Candaya reeditará en España en 2010. Vive en Madrid, frente a una papelería que sólo vende artículos para zurdos.
Paula Lapido(Madrid, 1975) Es licenciada en Ciencias Físicas y trabaja como arquitecta de software, sin descuidar su pasión por la música clásica, pues toca varios instrumentos y canta habitualmente en coros de cámara. Sus relatos han aparecido en diversas revistas del género, y se publicarán reunidos en Teoría de todo, título que anuncia para 2010, mientras escribe su primera novela.
Patricia Suárez(Rosario, Argentina, 1969) Ha publicado las novelas Causa y efecto, Álbum de polaroids, Perdida en el momento, Un fragmento de la vida de Irene S. y Verde sobre morado, y los libros de cuentos Rata paseandera y Ésta no es mi noche. Desde el barrio de Montserrat, en Buenos Aires, escribe el blog Discreto encanto. Breves impresiones personales, pequeñas luces del mundo, y compra y lee libros compulsivamente.
domingo 28 de junio de 2009
El tío José
Las tres hijas del tío José estaban locas: Gisela, Mariel y Almita. Pero de las tres, la más loca era Almita. Así se contó la triste historia de la prima Almita, aunque a decir verdad en sus genes ya había mucho del tío José transgrediendo cuanta norma podía transgredir y desatando la locura. Igual, el tío José, decían todos en mi familia, era el argentino más típico que se podía imaginar y no el excéntrico que yo deducía. Para empezar, transgredió la religión de sus padres. El tío José y sus hermanos se escapaban del bazar y de la vigilancia materna los días patrios para ir a comer chorizo y achuras en casa de los cristianos. Un par de veces, el tío José dudó delante de su madre y se sintió tentado a delatar la fechoría de los hermanos. Los hermanos sabían que él dudaba –hasta mi padre, Benja, lo sabía- porque era tan idiota que no sabía mentir cuando la madre lo miraba: le temblaba el labio de abajo o una ceja o hasta la punta de la nariz y la vieja enseguida se daba cuenta de que los doce se traían algo entre manos. Por eso, un par de veces, sobre todo para las fiestas de mayo en que las Hijas de María y Santa Filomena del convento cocían el locro patrio con carne de pecho, chorizo y mondongo, los hermanos se sacaron a tío José de encima mandándolo a jugar a la pelota. Como al tío José nunca le gustó el fútbol, sino que el ir y venir de la pelota le daba miedo, seguía furtivamente a los hermanos al convento y recibía su porción de locro que una hija de María le llevaba a escondidas al sótano, donde estaban las criptas. La hija de María le contaba sus sueños y él a esa información la jugaba en la quiniela clandestina. Apostaba pocos centavos –los que se apropiaba de los vueltos de mandados de su madre- y como jugaba a los cinco o a los diez, pero nunca a la cabeza, la ganancia era siempre escasa. Ahorraba para viajar de vuelta a Salónica, en un transatlántico. Nunca consiguió completar el dinero para el boleto y cuando la madre lo descubrió, lo encerró en el baño sin comida por una semana y en esa semana él no derramó una sola lágrima. Era un chico duro; el peor de los doce, decían.
La juventud de tío José pasó de esta manera y después se casó con la tía Alma que era malvada, dolorida de una pierna tanto que rengueaba y aparte, criolla, o italiana. La tía Alma se convirtió a la religión de su esposo, porque así lo requerían los abuelos; igual, en la fiesta se sirvieron sandwiches de miga de jamón y también jamón glasé. Nadie comió allí a escondidas.
Con los años, la tía Alma demostró su fertilidad haciendo padre tres veces al tío José. La pierna se enfermó y largaba un olor fétido; estuvieron a punto de cortársela. El tío José, abandonó tiempo completo las idas a la sinagoga e hizo una promesa a San Baltazar, el rey negro, que preservó la pierna. El tío José durante años dio fiestas en honor del santo, los 6 de enero, en su casa quinta. Iban los parientes desde la ciudad y el pueblo en donde se erigía la quinta era famoso por su hospital pisquiátrico, que albergaba a cientos de pacientes. Los locos iban a los festines del tío José en honor de san Baltazar.
El tío José y sus hermanos hicieron del bazar del padre, tres zapaterías. Además eran fabricantes de zapatos. Vendían aquí y allá, vendían zapatos a muy bajo precio para la población esclava, y gracias a un pase de tren de Perón, hacia el ’45, los tres viajaban al norte a vender zapatos y zapatillas. Los tres al unísono odiaban a Perón, pero vender zapatos era una cosa sagrada. Los gobiernos se sucedieron y ellos pasaron alternativamente de la pobreza a la riqueza y viceversa. Un día, los argentinos votaron un turco y el turco les hundió el negocio a tantos como pudo. Parece un niño jugando con barquitos de papel a los que sumerge en el agua con un dedo. El tío José se fundió, y pidio por un milagro salvador. Al rey negro dejaron de rendirle culto; tenían que buscar a alguien nuevo. Encontraron un pastor evangélico que cantaba y hablaba en lenguas, al que seguía una multitud. El pastor se había conseguido una pileta de lona y metía ahí dentro a los quejumbrosos, quienes salían del agua convertidos en hijos de Cristo. El tío José se metió en el agua hasta los hombros y obligó a meterse a toda su familia. Hizo donaciones de zapatos –los que le quedaron en el stock- a otros hermanos de la congregación, que andaban descalzos o que deseaban cambiar de modelo. Hubiera sido mejor venderlos, pero el pastor lo obligó a regalarlos como corderos de sacrificio. Ahí se fueron veinte pares de guillerminas; doce de mocasines, ocho de Luis XV. El tío José no tenía un peso partido a la mitad; pero tenía el amor de Cristo. El tío José se hizo pastor evangélico: nadie podía ordenarle a él ahora cuándo debía vender y cuándo regalar. El tío José aconsejaba a su propio redil vivir en el amor de Dios. Las hijas grandes mucho caso no le hicieron y se fueron a vivir a otras ciudades, como escapadas de él. La prima Almita, en cambio, era cariñosa. Cuando tenía diez años parecía de cuatro. Por la miopía no hubo santo que les hiciera el milagro y calzó unos anteojos de marco grueso que le hacían ojos de escuerzo. Era fea. La prima Almita no soportaba las burlas en la escuela y pidió a la madre que la sacara. El tío José no envió más a su hija a la escuela: Almita apenas si cursó media primaria. Cuando tenía quince años parecía de once; y nunca pareció mayor de quince años: ni física ni espiritualmente. Nadie la consideraba una retrasada mental. Mucha gente tiene quince años mentales y se mezcla normalmente con los demás. Con el cristianismo a Almita le vino un mal peor que la fiebre del heno y andaba detrás de un drogadicto. El drogadicto y ella tuvieron relaciones pecaminosas; Almita tuvo un bebé. El drogadicto se casó con la prima Almita; el tío José lo sumergió un buen rato, un rito de bautismo que parecía más una tortura, y después lo nombró ayudante de su ministerio en el templo. El drogadicto abandonó la droga, el tío José le abrió un bolichín para que vendiera zapatos. El drogadicto era un inútil, pero ellos le tenían fé.
De todas formas, el negocio del tío José quebró. El tío José hizo sus papeles en la Embajada de Israel y se marchó su esposa a la ciudad de Ashdot. Ahí le dieron un año para que aprendiera el idioma y le pagaron un sueldo mientras lo aprendía. Después, como él ya andaba por los sesenta, el tío José comenzó a cobrar la jubilación. Pero el tío José no se fue solo; arrastró con él a la Almita, al ex drogadicto y al bebé, que ahora era un niño crecido. El Gobierno les dió a los tres un departamentito en Ashdot, una ciudad de inmigrantes. El ex drogadicto y el niño cumplieron el servicio militar con el ejército. El ex drogadicto tenía cerca de cuarenta años por ese entonces; al Ejército Israelí y a la prima Almita, como a casi todo ser en la tierra, el ex drogadicto les resultaba un inútil. La prima Almita lo echó de la casa. Yerno y suegro pasaron de allí en más las tardes juntos, leyendo el Talmud y amenizando con una copita de licor. Era el licor de mandarinas que hacía la tía Alma; se bebía de a sorbitos. El yerno se hizo alcohólico y al final se murió de un infarto; el tío José, en cambio, se volvió un sabio hasídico. Hasta obligó a la tía Alma que se rape y se pusiera una peluca. Comentaba la Torá por las callecitas circundantes a la sinagoga y hasta tenía un grupejo de discípulos fascinados con las lecturas que él podía hacer de un texto sagrado. Predicaba con voz cascada, de viejo cura carmelita o de rabino embebido desde varias vidas atrás en las tradiciones semíticas. El nieto fue enviado a la frontera de Gaza y la prima Almita, su madre, vivía con el corazón en la boca del miedo de que se lo mataran. Ella no logró nunca aprender el hebreo, lo hablaba mal: apenas si sus conocimientos alcanzaron para que le consiguieran un trabajo de fregar casas. Tampoco la prima Almita era buena limpiando; cuando estaba con el esparadrapo de pronto le venían a la mente los fiestones dedicados al rey Baltazar, donde ella era condecorada reina de belleza, reina de la noche, o más aun, le venía a la mente la mañana en que despertó hablando en arameo y predicando la doctrina de Cristo y fue un milagro viviente. Ahora todo eso, quedó atrás. La guerra era un muy mal trago que les tocaba tomar, pero el tío José no soportó la guerra. Estaba en contra de lo que hacía ese país con los palestinos. Le dolía un músculo del corazón día sí, dia no; tenía una cardiopatía, estba viejo: ¿por qué iría a morirse lejos de su Argentina? Hizo sus bártulos y se volvió con la tía Alma, alquilaronn una pieza de pensión y vivían con la jubilación israelita. El tío José, de ahí en más, entretuvo sus horas remendando zapatos, mientras la tía Alma le leía en voz alta revistas de la farándula. Almita quedó allá, en el departamentito de Ashdot. Un día, les llegó un telegrama: la prima Almita tuvo un ataque de locura y se tomó un frasco de lavandina. Los médicos lucharon para salvar las paredes del estómago. El tío José decidió volver a buscarla, pero no volvió. Tiene una valija lista, por si hace acopio de coraje y parte. La
primera actividad de la mañana del tío en la actualidad es echar una alfombrita en el suelo, apuntando a Jerusalem, espolvorear sal sobre la alfombrita y con las rodillas desnudas, orar. Ora en un idioma que nadie conoce y nadie tampoco sabe quién es el objeto de sus plegarias. Tiene ochenta años y se arrodilla sobre sal y llora como un niño.
La juventud de tío José pasó de esta manera y después se casó con la tía Alma que era malvada, dolorida de una pierna tanto que rengueaba y aparte, criolla, o italiana. La tía Alma se convirtió a la religión de su esposo, porque así lo requerían los abuelos; igual, en la fiesta se sirvieron sandwiches de miga de jamón y también jamón glasé. Nadie comió allí a escondidas.
Con los años, la tía Alma demostró su fertilidad haciendo padre tres veces al tío José. La pierna se enfermó y largaba un olor fétido; estuvieron a punto de cortársela. El tío José, abandonó tiempo completo las idas a la sinagoga e hizo una promesa a San Baltazar, el rey negro, que preservó la pierna. El tío José durante años dio fiestas en honor del santo, los 6 de enero, en su casa quinta. Iban los parientes desde la ciudad y el pueblo en donde se erigía la quinta era famoso por su hospital pisquiátrico, que albergaba a cientos de pacientes. Los locos iban a los festines del tío José en honor de san Baltazar.
El tío José y sus hermanos hicieron del bazar del padre, tres zapaterías. Además eran fabricantes de zapatos. Vendían aquí y allá, vendían zapatos a muy bajo precio para la población esclava, y gracias a un pase de tren de Perón, hacia el ’45, los tres viajaban al norte a vender zapatos y zapatillas. Los tres al unísono odiaban a Perón, pero vender zapatos era una cosa sagrada. Los gobiernos se sucedieron y ellos pasaron alternativamente de la pobreza a la riqueza y viceversa. Un día, los argentinos votaron un turco y el turco les hundió el negocio a tantos como pudo. Parece un niño jugando con barquitos de papel a los que sumerge en el agua con un dedo. El tío José se fundió, y pidio por un milagro salvador. Al rey negro dejaron de rendirle culto; tenían que buscar a alguien nuevo. Encontraron un pastor evangélico que cantaba y hablaba en lenguas, al que seguía una multitud. El pastor se había conseguido una pileta de lona y metía ahí dentro a los quejumbrosos, quienes salían del agua convertidos en hijos de Cristo. El tío José se metió en el agua hasta los hombros y obligó a meterse a toda su familia. Hizo donaciones de zapatos –los que le quedaron en el stock- a otros hermanos de la congregación, que andaban descalzos o que deseaban cambiar de modelo. Hubiera sido mejor venderlos, pero el pastor lo obligó a regalarlos como corderos de sacrificio. Ahí se fueron veinte pares de guillerminas; doce de mocasines, ocho de Luis XV. El tío José no tenía un peso partido a la mitad; pero tenía el amor de Cristo. El tío José se hizo pastor evangélico: nadie podía ordenarle a él ahora cuándo debía vender y cuándo regalar. El tío José aconsejaba a su propio redil vivir en el amor de Dios. Las hijas grandes mucho caso no le hicieron y se fueron a vivir a otras ciudades, como escapadas de él. La prima Almita, en cambio, era cariñosa. Cuando tenía diez años parecía de cuatro. Por la miopía no hubo santo que les hiciera el milagro y calzó unos anteojos de marco grueso que le hacían ojos de escuerzo. Era fea. La prima Almita no soportaba las burlas en la escuela y pidió a la madre que la sacara. El tío José no envió más a su hija a la escuela: Almita apenas si cursó media primaria. Cuando tenía quince años parecía de once; y nunca pareció mayor de quince años: ni física ni espiritualmente. Nadie la consideraba una retrasada mental. Mucha gente tiene quince años mentales y se mezcla normalmente con los demás. Con el cristianismo a Almita le vino un mal peor que la fiebre del heno y andaba detrás de un drogadicto. El drogadicto y ella tuvieron relaciones pecaminosas; Almita tuvo un bebé. El drogadicto se casó con la prima Almita; el tío José lo sumergió un buen rato, un rito de bautismo que parecía más una tortura, y después lo nombró ayudante de su ministerio en el templo. El drogadicto abandonó la droga, el tío José le abrió un bolichín para que vendiera zapatos. El drogadicto era un inútil, pero ellos le tenían fé.
De todas formas, el negocio del tío José quebró. El tío José hizo sus papeles en la Embajada de Israel y se marchó su esposa a la ciudad de Ashdot. Ahí le dieron un año para que aprendiera el idioma y le pagaron un sueldo mientras lo aprendía. Después, como él ya andaba por los sesenta, el tío José comenzó a cobrar la jubilación. Pero el tío José no se fue solo; arrastró con él a la Almita, al ex drogadicto y al bebé, que ahora era un niño crecido. El Gobierno les dió a los tres un departamentito en Ashdot, una ciudad de inmigrantes. El ex drogadicto y el niño cumplieron el servicio militar con el ejército. El ex drogadicto tenía cerca de cuarenta años por ese entonces; al Ejército Israelí y a la prima Almita, como a casi todo ser en la tierra, el ex drogadicto les resultaba un inútil. La prima Almita lo echó de la casa. Yerno y suegro pasaron de allí en más las tardes juntos, leyendo el Talmud y amenizando con una copita de licor. Era el licor de mandarinas que hacía la tía Alma; se bebía de a sorbitos. El yerno se hizo alcohólico y al final se murió de un infarto; el tío José, en cambio, se volvió un sabio hasídico. Hasta obligó a la tía Alma que se rape y se pusiera una peluca. Comentaba la Torá por las callecitas circundantes a la sinagoga y hasta tenía un grupejo de discípulos fascinados con las lecturas que él podía hacer de un texto sagrado. Predicaba con voz cascada, de viejo cura carmelita o de rabino embebido desde varias vidas atrás en las tradiciones semíticas. El nieto fue enviado a la frontera de Gaza y la prima Almita, su madre, vivía con el corazón en la boca del miedo de que se lo mataran. Ella no logró nunca aprender el hebreo, lo hablaba mal: apenas si sus conocimientos alcanzaron para que le consiguieran un trabajo de fregar casas. Tampoco la prima Almita era buena limpiando; cuando estaba con el esparadrapo de pronto le venían a la mente los fiestones dedicados al rey Baltazar, donde ella era condecorada reina de belleza, reina de la noche, o más aun, le venía a la mente la mañana en que despertó hablando en arameo y predicando la doctrina de Cristo y fue un milagro viviente. Ahora todo eso, quedó atrás. La guerra era un muy mal trago que les tocaba tomar, pero el tío José no soportó la guerra. Estaba en contra de lo que hacía ese país con los palestinos. Le dolía un músculo del corazón día sí, dia no; tenía una cardiopatía, estba viejo: ¿por qué iría a morirse lejos de su Argentina? Hizo sus bártulos y se volvió con la tía Alma, alquilaronn una pieza de pensión y vivían con la jubilación israelita. El tío José, de ahí en más, entretuvo sus horas remendando zapatos, mientras la tía Alma le leía en voz alta revistas de la farándula. Almita quedó allá, en el departamentito de Ashdot. Un día, les llegó un telegrama: la prima Almita tuvo un ataque de locura y se tomó un frasco de lavandina. Los médicos lucharon para salvar las paredes del estómago. El tío José decidió volver a buscarla, pero no volvió. Tiene una valija lista, por si hace acopio de coraje y parte. La
primera actividad de la mañana del tío en la actualidad es echar una alfombrita en el suelo, apuntando a Jerusalem, espolvorear sal sobre la alfombrita y con las rodillas desnudas, orar. Ora en un idioma que nadie conoce y nadie tampoco sabe quién es el objeto de sus plegarias. Tiene ochenta años y se arrodilla sobre sal y llora como un niño.
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