Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
sábado 18 de abril de 2009
La calle del ángel. Cuento de María Rosa Pfeiffer
Hoy fui a buscar a mi hija a la salida de la escuela de artes. Queda por Constitución. La mayoría de las veces voy caminando. Salvo que llueva. Son unas veinticinco cuadras desde mi barrio. Aprovecho para hacer gimnasia, si no, nunca me doy tiempo. Tardo, a paso medio, cerca de 30 minutos. Si no me distraigo mirando alguna vidriera, o algún edificio que me llame la atención. Quizás con el hábito, pueda llegar a hacer un mejor promedio.
Ya probé tomar varios colectivos para volver. El que me deja más cerca es el 168. Pero no el que viene por Juan de Garay, sino el que dobla por calle Constitución y toma Saénz Peña.
Así que tomo a mi hija de la mano, cruzamos la avenida y atravesamos la plaza. Hoy me pidió quedarse un ratito en los juegos. Se hamacó, se tiró por el tobogán, trepó a esos tachos que hacen las veces de caballito, volvió a hamacarse.
Estaba tan hermoso el día. Una perfecta mañana de otoño. El sol hacía firuletes entre las hojas de los árboles y caía suave sobre la piel. Una brisa tenue alivianaba el aire. Daba gusto estar ahí.
Le hice señas para que nos fuéramos. Yo tenía que llegar a casa, cocinar y ayudarle a que se prepare para ir a la escuela.
Teníamos el tiempo casi justo. Avanzamos por la plaza en diagonal y llegamos a la calle. Es un poco confusa esa esquina, porque la calle se bifurca y cuando el hombrecito del semáforo se pone blanco autorizando a cruzar, me asalta la duda de si alguien de la otra calle no podrá doblar.
Cuando ya estamos en la vereda, mi hija me tira de la mano y me dice: - Mirá má. Esa mujer, qué fea vestida está. Yo miro hacia la vereda de enfrente y le digo: -Sí, qué verde loro el vestido que tiene puesto ¿no? -Pero no es sólo el color, má, todo el vestido es feo, la forma. Y mirá cómo se le ven las tetas.- - Sí, de mal gusto-, le respondo, y acelero el paso. -Es gorda y tiene toda la cara pintada-, dice Luisina siguiéndome el paso pero mirando hacia atrás. -¡Ahí hay otras! - Señala cuando estamos a mitad de cuadra. Y miro a dos mujeres : una morena con medias de red, tacos altos dorados y un vestido amarillo, y otra de rasgos más orientales, con una mini muy ceñida de color violeta vibrante y una remera del mismo color que le dejaba el vientre fláccido expuesto. Las dos hacían gestos exuberantes a los transeúntes y también a los hombres que pasaban en auto.
-¿Por qué se visten tan feo mamá?- - Porque quieren llamar la atención, le respondo. -¿Pero por qué?- ¿Cómo le explico? -Porque son mujeres de la calle- le digo. -¿Y eso qué quiere decir?- Respiro hondo. -Putas. Son putas, hijita-, y me apuro a aclarar: -aunque suene fea esa palabra.-
Ella se queda mirándome con sus ojos azules muy grandes, seria, esperando más.
Llegamos a la parada. Alcanzamos justo el último 168 porque se puso rojo el semáforo y no alcanzó a doblar. En el trayecto yo había visto cómo se iban dos, y rogaba llegar al tercero. No sé por qué, pero es así con la mayoría de las líneas de urbanos. O al menos con las líneas de mi zona. El 101, el 115, el 64. Pasan tres juntos y después hay que esperar quince minutos, o más.
Por suerte iba casi vacío y pudimos elegir donde sentarnos.
Yo sentía los ojos serios de mi hija clavados en mí, esperando. Esta mañana en el desayuno, le había preguntado al papá si de veras lo había visto al conejo el año pasado en la ruta, cuando él volvía de un viaje justo el domingo de Pascua, y le había alcanzado los huevos de chocolate para ella. –Claro que lo vi- le dijo él. -¿Y corría rápido?- Tanto como los autos. -¿Pero corría o saltaba?- - Saltaba.- le contestó su padre. Lo dijo con tanta convicción que hasta yo me imaginé al conejo, gigante, persiguiendo a mi marido por la autopista. Ella se quedó pensando un rato, el mentón apoyado en la mesa. –Pero debería ir más rápido que los autos- dijo al cabo de un rato. -¿Por qué?- pregunté yo. -Porque es mágico- dijo y se terminó la leche de un trago.
-¿Qué es ser puta?- . – Es… un trabajo. Feo, pero trabajo al fin. Salen con hombres, les dan caricias, abrazos y les cobran por eso. - -¿Y por qué eligen trabajar de putas?- - Y… porque a veces no consiguen otros trabajos, o no saben hacer otras cosas.- - ¿Y por qué algunos hombres compran abrazos?- -Porque están solos, o tristes, porque nadie los quiere.- -¿Y besos también?- - Sí, mi amor, besos también.
Giró la cabeza hacia la ventanilla y se quedó un rato largo en silencio.
-¿Tuvieron títeres hoy? -. –Sí, y música-, me dijo sin dejar de mirar hacia afuera.
Pasó otro rato en silencio. -¿A dónde se compran esas ropas feas?-
-En los negocios, en las tiendas.- -Pero yo nunca vi ropas así en las tiendas donde vamos. - -Porque hay otras tiendas, que venden ropas así ¿viste que son como disfraces? Son… lugares especiales. – Ah-, me dijo y pareció conformarse.
Me acordé de mi viaje a Bruselas. De la calle de las prostitutas. Yo había oído hablar, pero ver, estar, fue una experiencia inquietante.
Ángela me había ido a esperar a la estación de trenes. Era la amiga de un amigo, y nos conocimos ahí. Yo estaba parando en Tournai, y tenía un día para recorrer Bruselas. Habíamos programado el día anterior, por teléfono, conocer la casa donde vivió Magritte, que es mi pintor favorito, ya que el Museo estaba cerrado por reparaciones.
Cuando me bajé del tren se me acercó, cálida. -Julia- dijo en un tono intermedio, en el que el afirmativo le ganaba al interrogativo. La abracé. -¡Qué rápido me encontraste! Con tanta gente- Rió. -La pollera violeta que me dijiste y esa cara inconfundible de alguien que llega por primera vez-.
Me tomó del brazo como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de Alejandro, nuestro amigo en común, mientras me conducía entre la multitud hacia la salida de la estación.
- Vení, antes de ir a la casa de Magritte, te voy a mostrar otra cosa- Salimos a una calle por una de las puertas de medio arco de la estación y me señaló con el dedo: -Mirá allá arriba ¿qué ves? – Un ángel- digo -la escultura de un ángel.- Me quedo arrobada mirándolo. Precioso, con las alas extendidas, en la cúpula de un edificio de dos pisos, en una esquina.
-Bonito ¿verdad? – me dice Ángela. –Bueno, ahora mirá qué está cuidando el ángel.- Bajo la vista y me encuentro con una gran vidriera de porno-show.
- Exactamente debajo de este ángel comienza la calle de las prostitutas- me dice y señala dibujando con el gesto de su brazo la calle paralela a los paredones de la estación.
Y empezamos a andar. Despacio. Porque quiero ver bien. No perderme un detalle. Son vidrieras, una al lado de la otra. Con mujeres adentro. La mayoría en ropa interior, dos piezas. Algunas, las menos, en bombachas y con los pechos descubiertos.
En todas las vidrieras hay una cortina de fondo, símil telón, y una especie de tarima, adonde se ubican ellas. Algunas están solas, apoyadas en una columna, o semi-sentadas en una banqueta, posando, mirando hacia afuera, sonriendo o acariciándose al ver pasar a los clientes.
-Suele haber muchos choques- me dice Ángela. – Fijate cómo los hombres que pasan manejando se pierden-. Es verdad, la mayoría de los automovilistas pasan desviando sus miradas hacia los negocios. Y aunque la calle es de una sola mano, la distracción es lo suficientemente fuerte, como para atropellar al auto que va delante. Y deduzco que es lo más normal, que en esta calle, no chocar sería lo extraño.
Hay de todas las edades. De todas las razas, de todos los colores y formas. Exuberantes, delgadas, gordas, bonitas, feas, graciosas. Para todos los gustos, pienso. La mayoría están de a dos. Algunas tienen un espejo en un costado y se peinan, se maquillan. Pasan hombres de variados estilos, obreros, oficinistas, bien vestidos, de sport, de fajina, algunos con portafolios, parecen profesionales. Creo que sólo uno pasó apurando el paso y con la cabeza pensando en quién sabe qué, como si esas vidrieras fueran ferreterías o mercaditos, o librerías, le daba lo mismo. La mayoría iba mirando. Contestaba a alguna seña que venía de adentro. Sonreía.
Algunos recorrían, y volvían atrás, eligiendo. Otros pasaban con una meta distinta (se les notaba en la manera de andar), pero no podían sustraerse a ese mudo canto de sirenas. Y volvían sus pasos atrás. Se detenían. Miraban. Algunos seguían su camino y otros, irremediablemente abrían la puerta lateral y se dejaban atrapar.
-Tienen libreta de sanidad, hacen aportes jubilatorios, pagan impuestos- me dijo Ángela. Todas las seguridades. Como cualquier empleada en blanco. Pero con la ventaja de que son independientes, sus propias dueñas. No tienen que rendirle cuentas a ningún cafisho. Ellas alquilan el local, y algunas hasta llegan a ser propietarias. –me comentaba Ángela mientras caminábamos. -También están las otras, las de la calle. Pero son más peligrosas. Para los hombres porque no dan garantía de salud, y para ellas mismas, porque cada dos por tres terminan en un destacamento de policía.- Suspiró. – A veces pienso que seguramente tendría una mejor posición si hubiese elegido esta carrera en vez de la docencia- Rió Ángela. Y yo dudé por un momento si lo había dicho en serio o en broma. –De todos modos, ya es tarde para volver atrás- dijo haciendo alusión a sus sesenta años. Justo en ese momento veo en una de las vidrieras a una mujer entrada en carnes y en años, sentada en un silla, con las piernas abiertas y tejiendo a dos agujas, muy entretenida en su labor. – Mirá eso, me parece que todavía estarías a tiempo- la chanceé. Y reímos juntas.
Después tomamos un tranvía y fuimos hasta la casa de Magritte. Al final del día nos sentamos en un bello cementerio parquizado a comernos un sándwich de atún. Pero yo tuve la sensación de que lo mejor de ese día ya lo había vivido.
¿Podría haber sido puta? me pregunto a veces. En muchas de mis fantasías eróticas lo soy. Es la manera de excitarme que no falla en mis relaciones. Pero no puedo explicarle ésto a mi hija pequeña. Al menos ahora. Tal vez cuando sea más grande.
Mientras escribo recuerdo a una profesora de filosofía a la que admiraba muchísimo. Eran fascinantes sus clases. Un despliegue de erudición y sapiencia. Seducía a sus alumnos con cada palabra, con cada gesto. Un día, en una de sus clases tuvo un derrame cerebral. El primer síntoma fue que se quedó dando vueltas y vueltas a las hojas de sus apuntes, sin parar. Luego se desmayó. Cuando volvió en sí, mientras llamaban a urgencia, se aferró con ambos brazos del cuello de uno de los alumnos que la habían auxiliado y le dijo las mayores obscenidades que escuché en mi vida. A los seis meses murió. Mucho tiempo quedé hondamente impresionada por ese suceso, pensando que detrás de tanta belleza podía haber tanta basura encubierta.
Bueno, no sé por qué digo basura.
Desde ese día trato, si no de verbalizar, al menos, hacer conscientes mis lados oscuros. Para que la vida (o la muerte, vaya uno a saber) no me sorprenda en una actitud indigna.
Decir es conjurar. Después de todo, las mujeres, de distintas maneras, a veces sólo por unos instantes, con consciencia o no, somos unas putas. Lo que no suprime la existencia de un ángel en nuestro costado.
Ya probé tomar varios colectivos para volver. El que me deja más cerca es el 168. Pero no el que viene por Juan de Garay, sino el que dobla por calle Constitución y toma Saénz Peña.
Así que tomo a mi hija de la mano, cruzamos la avenida y atravesamos la plaza. Hoy me pidió quedarse un ratito en los juegos. Se hamacó, se tiró por el tobogán, trepó a esos tachos que hacen las veces de caballito, volvió a hamacarse.
Estaba tan hermoso el día. Una perfecta mañana de otoño. El sol hacía firuletes entre las hojas de los árboles y caía suave sobre la piel. Una brisa tenue alivianaba el aire. Daba gusto estar ahí.
Le hice señas para que nos fuéramos. Yo tenía que llegar a casa, cocinar y ayudarle a que se prepare para ir a la escuela.
Teníamos el tiempo casi justo. Avanzamos por la plaza en diagonal y llegamos a la calle. Es un poco confusa esa esquina, porque la calle se bifurca y cuando el hombrecito del semáforo se pone blanco autorizando a cruzar, me asalta la duda de si alguien de la otra calle no podrá doblar.
Cuando ya estamos en la vereda, mi hija me tira de la mano y me dice: - Mirá má. Esa mujer, qué fea vestida está. Yo miro hacia la vereda de enfrente y le digo: -Sí, qué verde loro el vestido que tiene puesto ¿no? -Pero no es sólo el color, má, todo el vestido es feo, la forma. Y mirá cómo se le ven las tetas.- - Sí, de mal gusto-, le respondo, y acelero el paso. -Es gorda y tiene toda la cara pintada-, dice Luisina siguiéndome el paso pero mirando hacia atrás. -¡Ahí hay otras! - Señala cuando estamos a mitad de cuadra. Y miro a dos mujeres : una morena con medias de red, tacos altos dorados y un vestido amarillo, y otra de rasgos más orientales, con una mini muy ceñida de color violeta vibrante y una remera del mismo color que le dejaba el vientre fláccido expuesto. Las dos hacían gestos exuberantes a los transeúntes y también a los hombres que pasaban en auto.
-¿Por qué se visten tan feo mamá?- - Porque quieren llamar la atención, le respondo. -¿Pero por qué?- ¿Cómo le explico? -Porque son mujeres de la calle- le digo. -¿Y eso qué quiere decir?- Respiro hondo. -Putas. Son putas, hijita-, y me apuro a aclarar: -aunque suene fea esa palabra.-
Ella se queda mirándome con sus ojos azules muy grandes, seria, esperando más.
Llegamos a la parada. Alcanzamos justo el último 168 porque se puso rojo el semáforo y no alcanzó a doblar. En el trayecto yo había visto cómo se iban dos, y rogaba llegar al tercero. No sé por qué, pero es así con la mayoría de las líneas de urbanos. O al menos con las líneas de mi zona. El 101, el 115, el 64. Pasan tres juntos y después hay que esperar quince minutos, o más.
Por suerte iba casi vacío y pudimos elegir donde sentarnos.
Yo sentía los ojos serios de mi hija clavados en mí, esperando. Esta mañana en el desayuno, le había preguntado al papá si de veras lo había visto al conejo el año pasado en la ruta, cuando él volvía de un viaje justo el domingo de Pascua, y le había alcanzado los huevos de chocolate para ella. –Claro que lo vi- le dijo él. -¿Y corría rápido?- Tanto como los autos. -¿Pero corría o saltaba?- - Saltaba.- le contestó su padre. Lo dijo con tanta convicción que hasta yo me imaginé al conejo, gigante, persiguiendo a mi marido por la autopista. Ella se quedó pensando un rato, el mentón apoyado en la mesa. –Pero debería ir más rápido que los autos- dijo al cabo de un rato. -¿Por qué?- pregunté yo. -Porque es mágico- dijo y se terminó la leche de un trago.
-¿Qué es ser puta?- . – Es… un trabajo. Feo, pero trabajo al fin. Salen con hombres, les dan caricias, abrazos y les cobran por eso. - -¿Y por qué eligen trabajar de putas?- - Y… porque a veces no consiguen otros trabajos, o no saben hacer otras cosas.- - ¿Y por qué algunos hombres compran abrazos?- -Porque están solos, o tristes, porque nadie los quiere.- -¿Y besos también?- - Sí, mi amor, besos también.
Giró la cabeza hacia la ventanilla y se quedó un rato largo en silencio.
-¿Tuvieron títeres hoy? -. –Sí, y música-, me dijo sin dejar de mirar hacia afuera.
Pasó otro rato en silencio. -¿A dónde se compran esas ropas feas?-
-En los negocios, en las tiendas.- -Pero yo nunca vi ropas así en las tiendas donde vamos. - -Porque hay otras tiendas, que venden ropas así ¿viste que son como disfraces? Son… lugares especiales. – Ah-, me dijo y pareció conformarse.
Me acordé de mi viaje a Bruselas. De la calle de las prostitutas. Yo había oído hablar, pero ver, estar, fue una experiencia inquietante.
Ángela me había ido a esperar a la estación de trenes. Era la amiga de un amigo, y nos conocimos ahí. Yo estaba parando en Tournai, y tenía un día para recorrer Bruselas. Habíamos programado el día anterior, por teléfono, conocer la casa donde vivió Magritte, que es mi pintor favorito, ya que el Museo estaba cerrado por reparaciones.
Cuando me bajé del tren se me acercó, cálida. -Julia- dijo en un tono intermedio, en el que el afirmativo le ganaba al interrogativo. La abracé. -¡Qué rápido me encontraste! Con tanta gente- Rió. -La pollera violeta que me dijiste y esa cara inconfundible de alguien que llega por primera vez-.
Me tomó del brazo como si nos conociéramos de toda la vida. Hablamos de Alejandro, nuestro amigo en común, mientras me conducía entre la multitud hacia la salida de la estación.
- Vení, antes de ir a la casa de Magritte, te voy a mostrar otra cosa- Salimos a una calle por una de las puertas de medio arco de la estación y me señaló con el dedo: -Mirá allá arriba ¿qué ves? – Un ángel- digo -la escultura de un ángel.- Me quedo arrobada mirándolo. Precioso, con las alas extendidas, en la cúpula de un edificio de dos pisos, en una esquina.
-Bonito ¿verdad? – me dice Ángela. –Bueno, ahora mirá qué está cuidando el ángel.- Bajo la vista y me encuentro con una gran vidriera de porno-show.
- Exactamente debajo de este ángel comienza la calle de las prostitutas- me dice y señala dibujando con el gesto de su brazo la calle paralela a los paredones de la estación.
Y empezamos a andar. Despacio. Porque quiero ver bien. No perderme un detalle. Son vidrieras, una al lado de la otra. Con mujeres adentro. La mayoría en ropa interior, dos piezas. Algunas, las menos, en bombachas y con los pechos descubiertos.
En todas las vidrieras hay una cortina de fondo, símil telón, y una especie de tarima, adonde se ubican ellas. Algunas están solas, apoyadas en una columna, o semi-sentadas en una banqueta, posando, mirando hacia afuera, sonriendo o acariciándose al ver pasar a los clientes.
-Suele haber muchos choques- me dice Ángela. – Fijate cómo los hombres que pasan manejando se pierden-. Es verdad, la mayoría de los automovilistas pasan desviando sus miradas hacia los negocios. Y aunque la calle es de una sola mano, la distracción es lo suficientemente fuerte, como para atropellar al auto que va delante. Y deduzco que es lo más normal, que en esta calle, no chocar sería lo extraño.
Hay de todas las edades. De todas las razas, de todos los colores y formas. Exuberantes, delgadas, gordas, bonitas, feas, graciosas. Para todos los gustos, pienso. La mayoría están de a dos. Algunas tienen un espejo en un costado y se peinan, se maquillan. Pasan hombres de variados estilos, obreros, oficinistas, bien vestidos, de sport, de fajina, algunos con portafolios, parecen profesionales. Creo que sólo uno pasó apurando el paso y con la cabeza pensando en quién sabe qué, como si esas vidrieras fueran ferreterías o mercaditos, o librerías, le daba lo mismo. La mayoría iba mirando. Contestaba a alguna seña que venía de adentro. Sonreía.
Algunos recorrían, y volvían atrás, eligiendo. Otros pasaban con una meta distinta (se les notaba en la manera de andar), pero no podían sustraerse a ese mudo canto de sirenas. Y volvían sus pasos atrás. Se detenían. Miraban. Algunos seguían su camino y otros, irremediablemente abrían la puerta lateral y se dejaban atrapar.
-Tienen libreta de sanidad, hacen aportes jubilatorios, pagan impuestos- me dijo Ángela. Todas las seguridades. Como cualquier empleada en blanco. Pero con la ventaja de que son independientes, sus propias dueñas. No tienen que rendirle cuentas a ningún cafisho. Ellas alquilan el local, y algunas hasta llegan a ser propietarias. –me comentaba Ángela mientras caminábamos. -También están las otras, las de la calle. Pero son más peligrosas. Para los hombres porque no dan garantía de salud, y para ellas mismas, porque cada dos por tres terminan en un destacamento de policía.- Suspiró. – A veces pienso que seguramente tendría una mejor posición si hubiese elegido esta carrera en vez de la docencia- Rió Ángela. Y yo dudé por un momento si lo había dicho en serio o en broma. –De todos modos, ya es tarde para volver atrás- dijo haciendo alusión a sus sesenta años. Justo en ese momento veo en una de las vidrieras a una mujer entrada en carnes y en años, sentada en un silla, con las piernas abiertas y tejiendo a dos agujas, muy entretenida en su labor. – Mirá eso, me parece que todavía estarías a tiempo- la chanceé. Y reímos juntas.
Después tomamos un tranvía y fuimos hasta la casa de Magritte. Al final del día nos sentamos en un bello cementerio parquizado a comernos un sándwich de atún. Pero yo tuve la sensación de que lo mejor de ese día ya lo había vivido.
¿Podría haber sido puta? me pregunto a veces. En muchas de mis fantasías eróticas lo soy. Es la manera de excitarme que no falla en mis relaciones. Pero no puedo explicarle ésto a mi hija pequeña. Al menos ahora. Tal vez cuando sea más grande.
Mientras escribo recuerdo a una profesora de filosofía a la que admiraba muchísimo. Eran fascinantes sus clases. Un despliegue de erudición y sapiencia. Seducía a sus alumnos con cada palabra, con cada gesto. Un día, en una de sus clases tuvo un derrame cerebral. El primer síntoma fue que se quedó dando vueltas y vueltas a las hojas de sus apuntes, sin parar. Luego se desmayó. Cuando volvió en sí, mientras llamaban a urgencia, se aferró con ambos brazos del cuello de uno de los alumnos que la habían auxiliado y le dijo las mayores obscenidades que escuché en mi vida. A los seis meses murió. Mucho tiempo quedé hondamente impresionada por ese suceso, pensando que detrás de tanta belleza podía haber tanta basura encubierta.
Bueno, no sé por qué digo basura.
Desde ese día trato, si no de verbalizar, al menos, hacer conscientes mis lados oscuros. Para que la vida (o la muerte, vaya uno a saber) no me sorprenda en una actitud indigna.
Decir es conjurar. Después de todo, las mujeres, de distintas maneras, a veces sólo por unos instantes, con consciencia o no, somos unas putas. Lo que no suprime la existencia de un ángel en nuestro costado.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line
Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).
Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle
http://cuatrocuentos.wordpress.com/
NO-RETORNABLE
Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar

0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada