Caminaré entre las piedras

Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...

Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."

"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale
Un libro que debes leer!

domingo 8 de marzo de 2009

La justificación de Johann Gutenberg. Prólogo. Blake Morrison

Algunos datos sobre mi persona:
Tengo pelo en la cabeza, poco, pero no llevo barba.
Soy alto, un metro sesenta y siete centímetros.
Mi piel es tan blanca como la vitela, pero más fina.
Paso de los sesenta y soy de los más longevos de la vecindad.
Hablo alemán, leo latín y griego y lucho con el inglés.
No tengo hijos, que yo sepa.
No debo dinero a nadie en Maguncia, aunque en Estrasburgo me
reclaman deudas impagadas y han puesto a la corte imperial de Rottweilers
en mi contra.
Me mantengo sano porque tomo muchas hierbas: salvia, ruda,
lombriguera, mejorana, abrótano, melisa, menta, hinojo y perejil.
No me fío de mi médico, que cuando te duele una muela te receta
grasa de oveja mezclada con acebo marino.
Ahora sólo trabajo media semana.
Veo mal y mi vista está cada vez peor.
No tengo miedo a la muerte.
Lo que temo es que la muerte borre todo lo que he hecho
hasta que ningún recuerdo mío quede sobre la Tierra.

Y por eso me siento aquí, yo, Johann Gutenberg, conocido también
como Gensfleisch, maestro impresor y ciudadano de Maguncia, en el año de
mil cuatrocientos sesenta y cuatro de Nuestro Señor, para escribir mi
reivindicación, una historia de trabajo, amor, fe, orgullo, engaño, devoción y
arte que empiezo aquí en Eltville, en casa de mi difunto hermano Friele,
cuya viuda me ha cedido generosamente el piso de arriba desde el que se ve
el Rin, sitio que no puede ser mejor, puesto que durante toda mi vida, por
mucho que me haya alejado, nunca me he aventurado lejos de su curso, y
aunque mucho hayan cambiado las fortunas de los hombres que se apiñan
junto a sus orillas, el Rin sigue mostrando la misma corriente marrón de
siempre, corriente que vuestro autor, cada vez más torpe, al igual que su
corazón, observa conmovido, al ser el río un emblema de Dios, por el que
vamos rápidos, como palitos de madera, imagen, ahora me doy cuenta, que
no hace sino suscitarme dudas sobre el propósito de este testamento –
¡cuánto orgullo hay en él!, ¡pero si todos los hombres son barridos de la
memoria!–, mas debo apartar estas dudas, porque cada vez hay menos
tiempo y me quema la necesidad de justificarme ante Dios mi Creador, cuya
bondad me insufla la esperanza de que si abro mi corazón me sentiré al final
más ligero que cuando empecé.
En otras palabras, mi intención es desahogarme y así limpiar mi
pecho, lavar en público mis sábanas manchadas de tinta.
*
Cuando Maguncia fue destruida hace dos años y los hombres de mi
antigua imprenta se esparcieron por el mundo, confié en que mi nombre se
divulgaría con ellos. Algunas veces, mientras descansaba, he soñado que
una legión de visitantes preguntaba por mí, deseosos de conocer a
Gutenberg, el hombre que imprimía Biblias, el estiércol que hacía crecer la
flor. ¡Cuántas veces he ensayado la escena! Llaman a la puerta de abajo.
Una visita se anuncia a mi fiel sirvienta, Frau Beildeck. Pregunta si vive
aquí el hombre de la imprenta, el maestro impresor, el que concibió la
escritura artificial. Pues sí, es aquí. Frau Beildeck lo trae al piso de arriba,
donde estoy sentado entre mis libros. Con el sombrero en la mano, el
visitante parece dispuesto a besarme los pies, aunque se contenta con
inclinarse. Se disculpa por llegar tan tarde, pero ha viajado desde muy lejos
y no le ha sido fácil localizarme. Al principio es tímido, hasta que le ofrezco
una jarra de Rheingauer que Frau Beildeck sube de mi bodega, y entonces
se le suelta la lengua. Acaba de abrir una imprenta, dice, pero tiene muchos
problemas. Si yo pudiera dedicarle una hora y hablar del trabajo con él –
cómo fijar bloques de tipos en el cofre, qué tipo de tinta usar, qué clase de
papel y cosas así–, me pagaría con mucho gusto. Quizá debiera cobrar por
dar consejos. He estado endeudado muchos años de mi vida laboral y ahora
se quieren quedar con el dinero de mi retiro. Sin embargo, me entrego sin
pedir nada a cambio; en vez de una hora pasamos dos o tres, y cuando mi
visitante está demasiado contento para pensar en marcharse, traigo una
segunda jarra, le ofrezco una cama para pasar la noche y le pido a Frau
Beildeck que nos haga costillas y sauerkraut.
Durante la cena, surge el propósito principal que mueve al peregrino
a buscarme, menos relacionado con sus ambiciones presentes que con mi
pasado: lo que quiere saber es cómo empecé, cómo surgió la idea, quién me
ayudó, qué problemas encontré y cosas así. Así que hago hincapié en los
problemas: el sermón lleva por título Mi lucha. Me siento como un anciano
barquero del Rin, recordando la helada del 38, la tormenta del 44, el
desastre de los rápidos del 56. Recordar es una estupidez propia de
ancianos, pero yo me he ganado el derecho a hacerlo. Tengo el pelo blanco
como la pluma de ganso y la cara llena de surcos como la tierra en verano.
Soy un anciano.
Así que mi visitante me escucha e, iluminado, se va por la mañana;
luego llega otro a quien le cuento la misma historia… ¡Lástima que estos
visitantes no sean más que fantasmas! Cansado de esperar, los he soñado.
Ahora que me encuentro próximo a la muerte –el valle del que nadie
regresa–, sólo me visitan fantasmas. La semana pasada, mi viejo amigo
Nicolás de Cusa paseaba por el jardín, aunque llevara seis meses muerto.
Debe de ser que, en mi congoja, lo confundí con un rayo de sol; o eso, o que
mi vista es ahora tan mala que confundiría a un ángel con un cerdo. Sí, me
rondan los fantasmas. Y no son las visitas que deseo recibir. Preferiría
compañía de carne y hueso.
Pensaréis que soy vanidoso, pero estoy seguro de que al menos unos
cuantos peregrinos de la imprenta han emprendido viaje hacia aquí. Quizá
incluso ya hayan llegado a Maguncia y la única razón por la que no me
encuentran es porque me he mudado aquí, a Eltville, unas cuantas leguas río
abajo. Con todo, aunque pudieran llegar aquí, mis enemigos les contarían
mentiras. Mi antigua imprenta del Humbrechthof es ahora un nido de
víboras de piel resbaladiza y lengua bífida. A todo viajero que llega
preguntando por el Maestro Impresor le dicen que no busque más. Se ha
impuesto una regla, e incluso el trabajador más humilde ha jurado
observarla: nadie debe pronunciar mi nombre, y si un visitante lo menciona
debe ser menospreciado o negado; tras un generoso recorrido por las
instalaciones, al peregrino se le entrega antes de partir un pergamino donde
se cuenta la "historia" de la imprenta y en cuyo final aparecen los nombres
de mis usurpadores (qué engañoso error de imprenta). De este modo, los que
buscan la verdad se topan con un muro de silencio. De este modo, se me
despoja de los honores que me corresponden. No es que los honores –
coronas de laurel, citas, el ceremonial del mecenazgo– me importen un
comino. Pero si un hombre ha sido el primero, el mundo debe saberlo.
Se nos juzga por nuestras obras, no por nuestras palabras, pero si
otro dice que mis obras son suyas, si me las roba, tengo que recurrir a las
palabras para recuperarlas. Por eso escribo esta justificación.
*
Si pudiera, la escribiría yo mismo. Sin embargo, como me tiemblan
las manos y tengo los ojos medio ciegos, he contratado a un amanuense para
que lo haga en mi lugar. Se llama Anton, es un muchacho de quince años
cuyo difunto padre era carbonero y cuya espléndida y ruidosa madre es
famosa aquí en Eltville por criar ella sola a trece hijos. Cuando Frau
Beildeck anunció que su señor necesitaba un amanuense, la mujer me trajo a
Anton, proclamando en voz alta una y otra vez que a pesar de su trabajo –
labra las tierras del amo seis días a la semana–, el muchacho sabía leer y
escribir. Como la familia necesitaba dinero, el muchacho podía, según la
madre, venir a escribir los domingos, y que los curas dijeran lo que
quisieran. La madre clueca lo estaba apartando de sus alas protectoras. Lo
miré a los ojos y se ruborizó. Tenía el pelo rubio, los hombros musculosos,
los ojos color castaño. Me gustaba su aspecto, pero dudaba de su capacidad
para escribir, pues antes que él habían venido otros cinco muchachos de
Eltville y ninguno sabía sujetar la pluma. Anton se sentó muy derecho y me
demostró que yo estaba equivocado: copió sin un solo borrón, además de
con buen estilo y rapidez, la página que le di de San Agustín. Le pregunté
dónde había aprendido latín. En casa del capellán, me respondió, que
también le prestaba libros. Si alguna vez ahorraba dinero, le gustaría
estudiar en Erfurt o Colonia. Es una lástima que un muchacho como Anton
se quede en el campo, pensé, y le dije a su madre que lo contrataba.
Acordamos un sueldo. Ella me abrazó y me tocó el culo, encantada.

CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line

Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

NO-RETORNABLE

Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar

25 de Mayo de 2010, una crónica para el Diario Critica

  • http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=27688

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!
Lobo de Tasmania

Octubre

Octubre
Cosas extrañas que pueden suceder...

Setiembre...

Setiembre...
Pájaro de Oro

Agosto

Agosto
Recortando y pegando muñequitas de papel

Junio. Bobo e imposible...

Junio. Bobo e imposible...
Dodo.

Mayo

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Cómeme o bébeme.

Octubre

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As de Espadas

FEBRERO...

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Trabajando en equipo...

SETIEMBRE. Crisantemo...

SETIEMBRE.  Crisantemo...
Una flor como una luna

Noviembre en Madrid

Noviembre en Madrid
Zapato para bailar flamenco

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