La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

Brindar con extraños. Libro de cuentos

Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

jueves, 18 de diciembre de 2008

Verano



Volviendo a ser niña...

domingo, 14 de diciembre de 2008

Crónicas de motel - Sam Shepard

Recuerdo cuando intentaba imitar la sonrisa de Burt Lancaster después de haberle visto con Gary Cooper en Veracruz. Durante muchos días estuve practicando en el patio de atrás. Serpenteando por entre las tomateras. Riendo con todos los dientes al desnudo. Riéndome de esa risa. Alzando el labio superior para descubrir los dientes. Después de practicar esa sonrisa durante unos cuantos días intenté utilizarla ante las chicas de la escuela. Ellas no parecían ni enterarse. Forcé mi interpretación hasta que empezaron a producirse extrañas reacciones entre mis compañeros. Miraban fijamente mis dientes, y asomaba a sus ojos una expresión asustada. Ya no me acordaba de lo feos que eran mis dientes. De que uno de ellos lo tenía podrido, de color pardo y montado encima del diente roto que estaba a su lado. De hecho, había llegado a estar convencido de que era poseedor de una hilera de perfectos y perlados dientes como los de Burt Lancaster. Como no quería asustar a nadie, dejé de reír en cuanto me di cuenta de lo que pasaba. Sólo lo hacía cuando estaba solo. Poco después dejé de hacerlo incluso a solas. Volví a mi cara vacía.

25/4/81 Homestead Valley, Ca.

Burt Lancaster.



Inimitable!

Material en bruto. A.S. Byatt

Siempre les decía lo mismo para comenzar:
-Intentad evitar lo falso, lo forzado. Escribid sobre aquello que verdaderamente conozcáis. Convertidlo en algo nuevo. No inventéis un melodrama por el gusto del melodrama. No intentéis correr, y mucho menos volar, antes de que seáis capaces de andar con comodidad.

Cada año los fulminaba amistosamente con la mirada. Cada año ellos escribían melodramas. Era evidente que necesitaban escribir melodramas. Había renunciado a decirles que el taller de escritura creativa no era una forma de psicoterapia. De una manera a la vez pasmosa y ridícula, era precisamente eso.

El taller funcionaba desde hacía quince años. Se había trasladado desde un aula de una escuela a una iglesia victoriana abandonada, convertida en un centro de arte y ocio. El pueblo se llamaba Sufferacre, lo cual se suponía que era una deformación de sulfuris aquae, y era un balneario de aguas termales del condado de Derby venido a menos. Era también su ciudad natal. En los sesenta había escrito una novela rebosante de furia, iconoclasta y escandalosa llamada Chico malo. Se había marchado a Londres en busca de fama, y había vuelto discretamente, diez años más tarde. Vivía en una caravana, en un terreno que no le pertenecía. Recorría grandes distancias, en moto, para dirigir talleres de escritura creativa en pubs, aulas de escuela y centros de arte. Se llamaba Jack Smollett. Era un hombre alto, risueño y rubicundo con largos cabellos dorados, que caminaba arrastrando los pies y llevaba jerséis de punto de trenza de colores oleosos y pañuelos de un rojo brillante. Las mujeres lo apreciaban, como apreciaban a los perros labradores entusiastas. Casi todas -y en sus clases predominaban las mujeres- sentían más deseos de cocinar para él pasteles de manzana y empanadas de Cornualles, que de hacer el amor con él apasionadamente. Creían que no se alimentaba de un modo adecuado (y tenían razón). De tiempo en tiempo, cuando él exhortaba a sus alumnos a ceñirse a lo que conocían, alguien observaba que ellos mismos eran lo que él "realmente conocía". ¿Escribirás sobre nosotros, Jack? No, contestaba siempre, eso sería traicionar vuestras confidencias. Siempre hay que respetar la vida privada de los demás. Los profesores de los talleres de escritura creativa tenían algo en común con los médicos, aun cuando -una vez más- la escritura creativa no fuera una terapia.

De hecho, había intentado sin éxito vender dos historias diferentes basadas en las confesiones (o invenciones) de sus alumnos. Ellos se le ofrecían como ostras abiertas en platos inmaculados. Compartían con él horror y falso patetismo, ensoñaciones, injurias y venganza. No sabían escribir, sus invenciones eran burdas, y él no lograba encontrar el modo de ejecutar las operaciones necesarias para transformar en hilos de seda la sucia paja, o para convertir los sangrientos trozos de carne cruda en un plato sabroso. Así que cumplía su palabra de no traicionarlos, aunque no enteramente por propia voluntad. Amaba de verdad escribir. Amaba más escribir que cualquier otra cosa, ya fuera el sexo, la comida, el alcohol, el aire puro, incluso el calor. Escribía y reescribía sin cesar, en su caravana. Estaba reescribiendo su quinta novela. Chico malo, la primera, la había escrito de un tirón apenas acabado el bachillerato, y el primer editor a quien la había enviado la había aceptado sin vacilar. Era justamente lo que él había esperado. (Bueno, era uno de los dos guiones que se representaban en su joven cerebro: el reconocimiento inmediato o la lucha penosa y esforzada. Cuando llegó el éxito, le pareció a todas luces evidente que desde un principio había sido el único resultado posible.) Así que no fue a la universidad, ni aprendió un oficio. Era, como bien sabía, un escritor con mayúscula. De su segunda novela, Sonríe y sonríe, se habían vendido 600 ejemplares, y los restantes se habían tenido que saldar. La tercera y la cuarta -reescritas con frecuencia- estaban en sobres marrones sellados y vueltos a sellar, en una caja de hojalata que guardaba en la caravana. No tenía agente editorial.
(...)

Incluído en El libro negro de los cuentos, de A.S. Byatt.

Sobre el arte de escribir - John Steinbeck

-Supongamos que hay el capítulo uno, el capítulo dos, el capítulo tres. Eso está muy bien mientras el relato siga adelante, pero me gustaría que al principio de cada uno de ellos figurara una especie de resumen de su contenido. A veces deseo releer un determinado pasaje, y el mero título del capítulo cinco no me aclara nada en absoluto. Tan sólo con dos palabras sabría cuál era el capítulo que desearía volver a leer.
(...) Y me gusra que en un libro haya muchos diálogos y no que se dediquen a explicarme cómo es el que habla. Me gusta imaginar su aspecto, por lo que dice. Y otra cosa, me gusta imaginar lo que el tipo piensa, por lo que dice. También me gusta alguna descripción. Me agrada saber de qué color es una cosa y cómo huele y, quizás, a qué se parece. Y lo que siente un tipo, pero de esto último no mucho.
(...) A veces me gusta un libro que sirva de válvula de escape. Hay que darle la oportunidad de desahogarse al que lo escribe. Emplear algunos giros literarios o cantar algunas cancioncitas. Eso es bueno. Pero me gustan que vayan aparte para no tener que leerlo. No me agrada que las florituras literarias aparezcan mezcladas con el relato. Así que si el que escribe quiere lucirse, que lo haga al principio. Entonces uno se lo salta, y si quiere, siempre puede leerlo, después de enterarse de cómo discurre la historia.


Prólogo de "Dulce Jueves" - John Steinbeck

sábado, 6 de diciembre de 2008

Amor eterno. Cesare Pavese

-Adele ve sexo en todas partes. Pero ya no está de moda... Sólo las sirvientas o las modistas quieren matarse después de una noche de amor...

(De 'Entre mujeres solas', C. Pavese)

La guerra de las Malvinas.Cuento

En la televisión dan la noticia de que la Argentina entró en guerra contra Inglaterra. Los ingleses tomaron las Islas Malvinas, ellos las llaman Falklands. Nosotros en el colegio cantamos una canción acerca de que las islas son nuestras. La compuso un folklorista hace varios años, pero desde que empezaron los conflictos la cantamos todos los días cuando se iza la bandera.
Mi abuelo decía que la Argentina nunca le iba a declarar la guerra a Inglaterra, que eso era una estupidez. Mi abuelo murió hace dos semanas, el padre de mi padre. Tenía un riñón malo y le hacían diálisis desde un tiempo atrás. Cuando salió del hospital, se mareó y se pegó la cabeza contra el cemento. No quería que mi abuela lo acompañara; le gustaba ir solo. Dijeron que era un traumatismo de cráneo, pero nada serio: al segundo día se murió. La noche de su muerte yo estaba en un baile, un cumpleaños de quince. Volví a las tres; alguien me trajo. Mi madre dice que ella oyó la llave girar en la cerradura de nuestra casa a eso de las dos. Pero no era mi llave, era mi abuelo que venía a despedirse. Ella tiene esas cosas; cree que es médium y se comunica con los espíritus. Como sea, mi abuelo nunca tuvo llaves de nuestra casa; no veo por qué iba a recurrir justo a ese truco después de muerto. Esto a mi madre ni se lo menciono; monta en cólera si pongo en duda sus capacidades mediúmnicas.
Mi abuelo era un pobre infeliz que se reventó trabajando en el Correo y en el Telégrafo de noche para darles una buena vida a mi abuela y a mi padre. Hacía doble turno, no estaba nunca en casa. Cuando estaba nunca se le oía la voz: siempre medio enfermo, padeciendo de algo, el hígado o el riñón. Esto es lo que cuenta mi abuela hasta el final, cuando en el sepelio va a llorarlo su suegra, mi bisabuela y comenta que el viejo sátrapa era un donjuán. Que se bajaba a todas las cretinas telefonistas y en el hospital a las enfermeras. Mi abuela la echa del entierro: parece que era vox populi que mi abuelo tenía amores con una Renga hasta la actualidad. La Renga no fue ni al velorio ni al entierro; o estaba destrozada por la pérdida de su gran amor o mi abuelo le importaba tres pepinos.
En mi familia todos parecen derechos, pero son todos torcidos. Es como un gen.
Igual mi abuelo era un hombre bueno, aunque nunca nos hizo regalos, ni nos dejaba tener mascotas como cachorritos o tortugas. Apenas si soportó que mi abuela tuviera un cardenal y cuando el cardenal se murió porque picoteaba la cal de la pared de cal, él suspiró con alivio. Cuando íbamos a visitarlo, se encerraba en la pieza. Después nos mandaba al cine Luz y Fuerza con la abuela, para ver una de Asterix. Si cuando volvías del cine le preguntabas a él quiénes eran los galos o por qué los romanos invadieron la Galia, él te ponía una enciclopedia en la cara y se encerraba con el pestillo puesto en el altillito. Si hubiera habido un incendio, él no hubiera bajado ni en millones de años.
No se reía jamás; nadie nunca lo vio reír: parece que hubiera desconocido que en el rostro hay un par de músculos que estiran la boca y enseñan los dientes. La boca se abre para otras cosas aparte de para comer. Si él se hubiera reído alguna vez sin duda hubiera sido una mueca semejante a la de un bulldog o alguno de esos perros que tienen los dientes medio para afuera. Entre sus buenas acciones estaba la de ser filatelista. Tenía varios álbumes de estampillas que mi padre codiciaba imaginando que valían fortunas. Construyó sus álbumes robando las estampillas del Correo; arrancaba las más preciadas estampillas de los sobres que debían repartir los carteros; después, sin que nadie supiera cómo o dónde, hacía desaparecer la correspondencia. Tengo entendido que esto es un delito federal; pero mi abuelo se cagaba en la ley y se quedaba con las estampillas. Después las pegoteaba en el álbum y guay con que metieras la mano ahí, porque te la cortaba. Mi abuelo era un buen hombre, pero era un tipo siniestro.


De mi abuelo sabíamos a través de mi abuela. Era como si él hablara en chino mandarín o algo por el estilo y la única que conocía ese idioma fuera mi abuela. O como un tipo tan excelso, una especie de dios, y la única acólita capaz de traducir sus designios fuera la vieja. Sabíamos que él no quería a su propia madre –la que vino a llorarlo al entierro y reveló que era un casanova- porque ella le pegaba en la cabeza. Por eso una enseñanza que mi abuela transmitía directamente del pensamiento de mi abuelo era: Nunca hay que pegarle a un niño en la cabeza porque puede quedar tarado. El resto de la infancia y la juventud de mi abuelo era un misterio. Al parecer había conseguido el puesto en el Correo gracias a la generosidad de Eva Perón, a quien él detestaba y cada vez que mandaban los consabidos presentes para las fiestas navideñas, mi abuelo iba y los tiraba a la basura, o los quemaba o como fuera se deshacía de ellos. Mi padre lloraba como un bendito pero mi abuelo lo hacía callar. No sé si le encajaba dos soplamocos o bien no le dirigía la palabra en un mes. Eso de estar en silencio al viejo no le costaba nada. Mi padre era un insoportable y más de una vez hubiera necesitado una buena paliza; uno se daba cuenta aun siendo hijo de él y no teniendo más de diez años. Pero mi abuela lo adoraba porque era su único hijo y porque mi abuelo no había querido tener otro hijo más para que no anduvieran en la miseria y viviendo de prestado. Así que tuvieron un hijo solo, mi padre, que era un verdadero dolor de cabeza. Mi abuela se conformó o sino se conformó, no se quejó muy fuerte. Lo mismo con el asunto de la amante de mi abuelo, la Renga ésa: al principio hizo mucho lío pero después el asunto se silenció. Mi abuela se enteró de casualidad del adulterio porque alguien –una parienta- vio que él estuvo entrando en una pensión durante dos años. Dos años, día más día menos, y en esa pensión vivía la Renga. O sea que la Renga y mi abuelo tenían un asunto. La parienta se lo cuenta a mi abuela y mi abuela arma la de Dios es Cristo. Quiere ir a pegarle a la Renga al correo, porque resulta que era compañera de trabajo de mi abuelo. Afiliada al Partido Justicialista, encima, a pesar de que mi abuelo decía que todos los que estaban en el partido eran unos asquerosos y unos lameculos impresionantes. Ahí va mi abuela, lista para el boxeo con la Renga, cuando mi abuelo la ataja. La detiene: a él podrían echarlo del trabajo si ella le pega a la Renga. Si él se queda sin trabajo, ellos se quedan sin pan. Mi abuela piensa seriamente en cómo se ganarán el pan, si a mi abuelo lo echan. Medita en esto un par de minutos; una cosa es ser brava y otra es ser muy estúpida; se contiene. Mi abuelo agrega que la Renga es bruja; le hizo una brujería y lo enamoró. La cosa se arregla si van mi abuela y él a visitar a una curandera para que deshaga el embrujo. Lo hacen y asunto arreglado, la Renga desaparece del mapa amoroso de mi abuelo o eso es lo que se cree hasta el día de su muerte. Mi abuela y mi padre no vuelven a mencionar los amores de mi abuelo.


Yo con mi abuelo me aburría. En la plaza él no podía hamacarme: tenía dañados los pulmones o el corazón y el médico le había prohibido hacer fuerzas. Tampoco me hablaba y si la que hablaba era yo, me compraba un helado de tres bochas para que yo me entretuviera chupando. Vivía como un insecto volador; aquí y allá pasaba y nadie lo percibía. Era taciturno pero sin dar la impresión de que estaba sumido en profundos pensamientos: jamás leía un libro, no iba a Misa, no practicaba ningún culto ni se dedicaba a nada que pudiera sacar de él una gota de jugo cerebral; más bien parecía que mi abuelo no tenía nada que decir, porque decir algo le demandaría unas energías tales que lo llevarían a la muerte de inmediato.
Nosotros veíamos su vida pasar, arrastrarse y hacíamos como que no veíamos.
El prefería esto a ser protagonista.
No sabemos cómo lo pasaba la Renga con él.


Cuando empiezan los conflictos entre la Argentina e Inglaterra, la gente no se lo cree. Yo no entiendo mucho lo que pasa; acá están los militares que no se van y allá está Margaret Tatcher, a quien le hacen huelga los mineros y a ella no se le mueve un pelo. Allá está Lady Di, una maestra jardinera que se casó con el Príncipe Carlos. Es un cuento de hadas realizado, dice mi madre, es La Cenicienta. El Príncipe Carlos es más feo que el cuco pero eso no cuenta a los ojos de mi madre.
Yo con la noticia de la guerra no reacciono; hace dos semanas que murió mi abuelo y no pude soltar ni una lágrima. En la escuela creen que estoy mal, porque consideran que debo estar triste por su muerte y ese dolor no sale a la superficie. Piensan que tengo escondido a mi dolor; la psicopedagoga habla de crisis de angustia; cita a mis padres en el gabinete pero ninguno concurre a la cita: hay guerra. No sé cómo decirle a la psicopedagoga que no siento nada; ningún dolor: no hace falta que cite a mis padres a su gabinete y hacerse la sabihonda delante de ellos. Comprendo que no puedo revelarle que la muerte de mi abuelo me es indiferente; no puedo decírselo a nadie. Tengo un secreto propio, una culpa nueva y un fruto adonde hincar el diente. Igual los profesores desvían el foco de atención de mi persona porque estamos en guerra y el Estado está alistando jóvenes para la guerra. Hay uno o dos soldados que son hermanos de chicos de la escuela. Los hermanos más grandes. Yo no tengo hermanos varones y las mujeres en la Argentina no van a la guerra; yo compro lana y me pongo a tejer medias para enviarle a los soldados en el sur. Las medias dan mucho trabajo cuando llega al talón; esto me hace perder el tiempo. Mi abuela me explica el arte del tejido; tiene un montón de revistas Burda apiladas que te enseñan a hacer jacquards y esas cosas. Pero yo no puedo en la parte en que hay que pasar de dos agujas, a cuatro agujas: ahí me complico y me pongo muy nerviosa. También se me escapan los puntos; no soy aplicada tejiendo medias para los soldados y al final abandono el tejido en un sillón y me pongo a leer un libro. Antes leía Nancy Drew pero desde que estamos en guerra con todo lo anglófilo intento leer cosas argentinas, Shunko. Las semanas transcurren y no envío a nadie un solo puto par de medias. Un día voy a dormir a la casa de mi abuela, y se me aparece el viejo. Creo que es él, porque hay una forma, una sombra taciturna. Por donde él pasa queda una estela luminosa, baba de caracol. Es muy tarde en la noche y mi abuela duerme en la habitación contigua. Me paso a dormir en la cama con ella; después no voy más por esa casa. Que envíen a otra persona a acompañarla por la noche. Mi padre trae a la abuela a casa; mi madre se sulfura, se pone como loca. Me culpa por no querer ir más, hasta que le digo que es porque vi al alma de mi abuelo flotando por la casa. Ella, ¡la sibila de Cumas!, me chilla que no hable idioteces y que cumpla con mi deber de vez en cuando. A ese viejo putañero una vez que pisó el infierno, le cerraron la trampera y los diablos ya no lo dejarán asomar la nariz. Mucho menos pasearse por sus antiguas posesiones, que ahora serán de tu padre si tu bendita abuela se decide a morirse de una buena vez. Palabras de la pitonisa de Delfos. Mientras tanto, los ingleses hunden el Belgrano, el acorazado. Los norteamericanos no se ponen de nuestro lado, sino de los ingleses. El Papa dice que ir a la guerra está mal, es pecado. Lady Di hace mutis sobre el asunto cada vez que la entrevistan. Mi abuela desteje lo que hice y se queja de que esa lana rulienta ahora no sirve para nada. Después perdemos la guerra; Inglaterra se queda con las islas; hay muchas bajas de nuestro lado. Cuántos dedos gangrenados por el frío habrán sido cortados, cuántos pies congelados, mutilados. Mi abuela no hace que yo me sienta mejor; quiero llorar por un soldado, pero no lloro. Quiero llorar por el abuelo, pero no lloro. Pienso si será que no siento nada o que en algún momento en estos doce años me sequé y me quedé sin lágrimas.

viernes, 5 de diciembre de 2008

El Centenario - Lila Downs

Si eres pobre te humilla la gente,
si eres rico te tratan muy bien
Un amigo se metió a la mafia
porque pobre ya no quiso ser:
ahora tiene dinero de sobra
por costales le pagan al mes.
Todos le dicen El centenario
por la joya que brilla en tu pecho,
ahora todos lo ven diferente
se acabaron todos sus desprecios.
Nomás porque trae el carro del año
ya lo ven con el signo de peso.
Lo persigue el govierno gabacho
pero el no deja de trabajar
a Los Angeles va cada rato
y regresa con un dineral.
El recibe órdenes desde arriba
y las cumple a como de lugar.
Al peligro ya se acostumbró
y por eso no le teme a nada
en un Corvert se pasea tranquilo
por Tijuana y por Guadalajara
por Los angeles y San francisco
y también por Las Vegas, Nevada.
Por la mafia se gana dinero
pero se necesita valor
porque aquí no hay ningún parentesco,
no se permite ningún error
siempre te andas rifando el pellejo
con las leyes o con el patrón

Mackie Navaja - Letra y musica: Kurt Weill y Bertold Brecht

Si el diablo tiene cuernos
la serpiente cascabel,
Mackie tiene una navaja
pero nadie la puede ver.

Jamás deja rastro en un crimen
es astuto como el chacal,
con sus guantes Mackie el Navaja
borra huellas, sus huellas de rufián.

Un domingo descubrieron
un cadáver tirado en un portal,
nadie dijo que vió una sombra
doblar la esquina sin mirar atrás.

Pero en los barrios que dan al río se bebió
con el dinero que rodó en un zaguán,
y suena una canción que habla de Mackie,
"el rey de los bandidos ha vuelto a la ciudad"

Se encontró a Jenny Towler con un cuchillo
en el corazón y sin nada de cash,
Mackie ahora vive como los ricos
y la ley la dicta su puñal.

En el soho tiene su reino
y los poderosos corren a pagar,
les da protección Mackie el Navaja
que es el amo de la ciudad.

Como cuenta la historia que ahora termina,
el crimen nunca gana, como se verá,
pero admito que tengo miedo
Mackie ha vuelto a la ciudad.

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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