Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
sábado 29 de noviembre de 2008
Paxariños - Victor Manuel
Paxarinos que vais cantando, decidle a ella
que en la lucha y en los fracasos me acuerdo de ella,
que me pesan los mis amores y la grandeza,
de los montes, ríos y valles de la mi tierra.
Estribillo:
Y si voy por el Carmen he de comprarles
una cuerda muy corta para tus padres
pa que te amarren fuerte, ¡ay! pa que te amarren,
que tus padres no quieren verte que bailes.
Paxarinos que vais cantando, decidle a ella
que en la lucha y en los fracasos me acuerdo de ella,
que me acuerdo de aquellos mozos que hay en la mina
porque sólo vela por ellos la mi santina.
que en la lucha y en los fracasos me acuerdo de ella,
que me pesan los mis amores y la grandeza,
de los montes, ríos y valles de la mi tierra.
Estribillo:
Y si voy por el Carmen he de comprarles
una cuerda muy corta para tus padres
pa que te amarren fuerte, ¡ay! pa que te amarren,
que tus padres no quieren verte que bailes.
Paxarinos que vais cantando, decidle a ella
que en la lucha y en los fracasos me acuerdo de ella,
que me acuerdo de aquellos mozos que hay en la mina
porque sólo vela por ellos la mi santina.
martes 25 de noviembre de 2008
Paquita la del Barrio
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Patricia Suárez
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Pastillita visual y sólo para tus oídos
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Tres veces te engañé. Paquita la del barrio
Tu que me dejabas
yo que te esparaba
yo que tontamente
siempre te era fiel
desgraciadamente
hoy fue diferente
me tope con alguien
creo que sin querer
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
la primera por coraje
la segunda por capricho
la tercera por placer
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
y despues de esas tres veces
y despues de esas tres veces
no quiero volverte a ver
hablando ]
me estas oyendo inutil bueno para nada
pa' puras verguensas
dices que me quieres
y que me perdonas
pero lo que tu hagas
no me imoporta ya
hoy me siento viva
me siento importante
y de lo que pase
yo me encargare
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
la primera por coraje
la segunda por capricho
la tercera por placer
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
y despues de esas tres veces
y despues de esas tres veces
no quiero volverte a ver
yo que te esparaba
yo que tontamente
siempre te era fiel
desgraciadamente
hoy fue diferente
me tope con alguien
creo que sin querer
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
la primera por coraje
la segunda por capricho
la tercera por placer
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
y despues de esas tres veces
y despues de esas tres veces
no quiero volverte a ver
hablando ]
me estas oyendo inutil bueno para nada
pa' puras verguensas
dices que me quieres
y que me perdonas
pero lo que tu hagas
no me imoporta ya
hoy me siento viva
me siento importante
y de lo que pase
yo me encargare
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
la primera por coraje
la segunda por capricho
la tercera por placer
tres veces te engañe
tres veces te engañe
tres veces te engañe
y despues de esas tres veces
y despues de esas tres veces
no quiero volverte a ver
lunes 24 de noviembre de 2008
Mi regla más importante es una que resume las diez -sigue Elmore Leonard
si suena como escritura, lo reescribo.
O, dicho de otra forma, si el uso "correcto" se mete en el camino, tiene que irse. No puedo permitir que lo que aprendimos en la clase de composición quiebre el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, de no distraer al lector de la historia con "escritura evidente" (Joseph Conrad dijo algo acerca de las palabras que se meten en el camino de lo que quieres decir). Si escribo en escenas y siempre desde el punto de vista de un personaje en particular -aquel cuya vista hace más vívida la escena-, puedo concentrarme en las voces de los personajes contándote quiénes son y cómo se sienten con lo que está pasando, y así yo me quedo bien oculto.
Lo que Steinbeck hace en Dulce Jueves es titular sus capítulos con una indicación, aunque algo oscura, acerca de lo que contienen. "Los Dioses vuelven locos a quienes aman" es uno, "Asqueroso miércoles" es otro. El tercer capítulo se llama "Hooptedoodle 1" y el capítulo 38, "Hooptedoodle 2", como advertencia al lector, como si le dijera: "Aquí es donde me verás volar mi imaginación en la escritura, y nada de esto tendrá que ver con la historia. Saltéatelo si quieres".
Dulce Jueves salió en 1954, justo cuando yo comenzaba a publicar, y nunca he olvidado ese prólogo.
¿Si me leí los capítulos de hooptedoodle?
Palabra por palabra.
O, dicho de otra forma, si el uso "correcto" se mete en el camino, tiene que irse. No puedo permitir que lo que aprendimos en la clase de composición quiebre el sonido y el ritmo de la narración. Es mi intento de permanecer invisible, de no distraer al lector de la historia con "escritura evidente" (Joseph Conrad dijo algo acerca de las palabras que se meten en el camino de lo que quieres decir). Si escribo en escenas y siempre desde el punto de vista de un personaje en particular -aquel cuya vista hace más vívida la escena-, puedo concentrarme en las voces de los personajes contándote quiénes son y cómo se sienten con lo que está pasando, y así yo me quedo bien oculto.
Lo que Steinbeck hace en Dulce Jueves es titular sus capítulos con una indicación, aunque algo oscura, acerca de lo que contienen. "Los Dioses vuelven locos a quienes aman" es uno, "Asqueroso miércoles" es otro. El tercer capítulo se llama "Hooptedoodle 1" y el capítulo 38, "Hooptedoodle 2", como advertencia al lector, como si le dijera: "Aquí es donde me verás volar mi imaginación en la escritura, y nada de esto tendrá que ver con la historia. Saltéatelo si quieres".
Dulce Jueves salió en 1954, justo cuando yo comenzaba a publicar, y nunca he olvidado ese prólogo.
¿Si me leí los capítulos de hooptedoodle?
Palabra por palabra.
REGLAS DE ESCRITURA DE ELMORE (POR ELMORE LEONARD)
A lo largo del camino me hice con algunas reglas que me ayudan a permanecer invisible cuando estoy escribiendo un libro, que me ayudan a mostrar más que a contar lo que está pasando en la historia. Si tienes imaginación y facilidad para la palabra, y el sonido de tu voz te satisface, la invisibilidad no es lo que estás buscando, y podrías saltearte estas reglas.
Pero aún así, deberías mantenerlas vigiladas.
1. Nunca abras un libro hablando del clima. Si es sólo para crear la atmósfera, y no para mostrar la reacción de algún personaje ante el clima, mejor que no sigas.
2. Evita los prólogos. Pueden ser irritantes, especialmente los prólogos seguidos por introducciones seguidas por preámbulos. Por lo general se los encuentra en los ensayos. Pero en las novelas, un prólogo es historia, y se lo puede dejar caer adentro en donde quieras.
Hay un prólogo en el Dulce Jueves de Steinbeck, pero está bien porque un personaje en el libro hace comprender a qué se refiere mi regla. Él dice: "Me gusta que se hable mucho en los libros y no me gusta que nadie me diga cómo luce el tipo que está hablando. Quiero imaginarme cómo luce a partir de la forma en que habla... imaginar lo que el tipo piensa a partir de lo que dice. Me gusta que haya un poco de descripciones, pero no mucho... A veces me gusta que un libro se relaje con un racimo de hooptedodle... Tal vez que haga bailar algunas bonitas palabras, o que cante una cancioncita con el lenguaje. Eso es lindo. Pero me gustaría que estuviera aparte, así no tengo que leerlo. No quiero nada de hooptedoodle que se mezcle con la historia."
3. Nunca uses otro verbo que no sea "dijo" para llevar un diálogo. La línea de diálogo pertenece al personaje; el verbo es el autor metiendo la nariz. Pero al menos "dijo" es mucho menos invasivo que "jadeó", "advirtió" o "mintió". Una vez noté que Mary McCarthy terminaba una línea de diálogo con "ella aseveró", y tuve que parar de leer y conseguir un diccionario.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo "dijo"... él amonestó seriamente. Usar un adverbio de esta forma (o casi de cualquier forma) es un pecado mortal. El autor se está exponiendo de verdad, usando una palabra que distrae y puede interrumpir el ritmo de la charla. Tengo un personaje en una de mis novelas que cuenta cómo solía escribir romances históricos "llenos de violaciones y adverbios".
5. Mantén tus signos de exclamación bajo control. Deberías permitirte no más de dos o tres cada 100.000 palabras. Ahora, si aprendes a jugar con los signos de exclamación como lo hace Tom Wolfe, entonces sí, puedes arrojarlos de a puñados.
6. Nunca uses las expresiones "de pronto" o "se armó un lío padre". Esta regla no necesita una explicación. He notado que los escritores que usan "de pronto" tienden a ejercer un menor control en el uso de los signos de exclamación.
7. Usa los dialectos o las jergas en pequeñas cantidades. Una vez que empieces a escribir las palabras en los diálogos por fonética y a llenar las páginas con apóstrofes, ya no podrás parar.
8. Evita las descripciones detalladas de los personajes. Algo de lo que Steinbeck se cuidó mucho. En "Colinas como elefantes blancos" de Hemingway, ¿qué apariencia tienen "el americano y la chica con él"? "Ella se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa" es la única descripción física de la historia, y aún así vemos a la pareja y los conocemos por los tonos de voz, sin un solo adverbio a la vista.
9. No caigas en grandes descripciones de lugares y cosas. A menos que seas Margaret Atwood y puedas pintar escenas con el lenguaje, o escribir paisajes con el estilo de Jim Harrison. Pero aún si eres bueno en esto, no querrías que las descripciones provoquen una pausa en la acción, en el fluir de la historia.
10. Y por último: trata de abandonar las partes que los lectores tienden a saltear. Piensa en lo que te salteas de una novela: gruesos párrafos de prosa, que contienen demasiadas palabras. Ahí el escritor está escribiendo, haciendo hooptedoodle, tal vez tomando otra foto del clima, o quizás se haya ido al interior de la cabeza del personaje. Y el lector o bien ya sabe lo que el tipo está pensando, o bien no le interesa. Apuesto a que, en cambio, no te salteas los diálogos.
Pero aún así, deberías mantenerlas vigiladas.
1. Nunca abras un libro hablando del clima. Si es sólo para crear la atmósfera, y no para mostrar la reacción de algún personaje ante el clima, mejor que no sigas.
2. Evita los prólogos. Pueden ser irritantes, especialmente los prólogos seguidos por introducciones seguidas por preámbulos. Por lo general se los encuentra en los ensayos. Pero en las novelas, un prólogo es historia, y se lo puede dejar caer adentro en donde quieras.
Hay un prólogo en el Dulce Jueves de Steinbeck, pero está bien porque un personaje en el libro hace comprender a qué se refiere mi regla. Él dice: "Me gusta que se hable mucho en los libros y no me gusta que nadie me diga cómo luce el tipo que está hablando. Quiero imaginarme cómo luce a partir de la forma en que habla... imaginar lo que el tipo piensa a partir de lo que dice. Me gusta que haya un poco de descripciones, pero no mucho... A veces me gusta que un libro se relaje con un racimo de hooptedodle... Tal vez que haga bailar algunas bonitas palabras, o que cante una cancioncita con el lenguaje. Eso es lindo. Pero me gustaría que estuviera aparte, así no tengo que leerlo. No quiero nada de hooptedoodle que se mezcle con la historia."
3. Nunca uses otro verbo que no sea "dijo" para llevar un diálogo. La línea de diálogo pertenece al personaje; el verbo es el autor metiendo la nariz. Pero al menos "dijo" es mucho menos invasivo que "jadeó", "advirtió" o "mintió". Una vez noté que Mary McCarthy terminaba una línea de diálogo con "ella aseveró", y tuve que parar de leer y conseguir un diccionario.
4. Nunca uses un adverbio para modificar el verbo "dijo"... él amonestó seriamente. Usar un adverbio de esta forma (o casi de cualquier forma) es un pecado mortal. El autor se está exponiendo de verdad, usando una palabra que distrae y puede interrumpir el ritmo de la charla. Tengo un personaje en una de mis novelas que cuenta cómo solía escribir romances históricos "llenos de violaciones y adverbios".
5. Mantén tus signos de exclamación bajo control. Deberías permitirte no más de dos o tres cada 100.000 palabras. Ahora, si aprendes a jugar con los signos de exclamación como lo hace Tom Wolfe, entonces sí, puedes arrojarlos de a puñados.
6. Nunca uses las expresiones "de pronto" o "se armó un lío padre". Esta regla no necesita una explicación. He notado que los escritores que usan "de pronto" tienden a ejercer un menor control en el uso de los signos de exclamación.
7. Usa los dialectos o las jergas en pequeñas cantidades. Una vez que empieces a escribir las palabras en los diálogos por fonética y a llenar las páginas con apóstrofes, ya no podrás parar.
8. Evita las descripciones detalladas de los personajes. Algo de lo que Steinbeck se cuidó mucho. En "Colinas como elefantes blancos" de Hemingway, ¿qué apariencia tienen "el americano y la chica con él"? "Ella se había quitado el sombrero y lo había puesto sobre la mesa" es la única descripción física de la historia, y aún así vemos a la pareja y los conocemos por los tonos de voz, sin un solo adverbio a la vista.
9. No caigas en grandes descripciones de lugares y cosas. A menos que seas Margaret Atwood y puedas pintar escenas con el lenguaje, o escribir paisajes con el estilo de Jim Harrison. Pero aún si eres bueno en esto, no querrías que las descripciones provoquen una pausa en la acción, en el fluir de la historia.
10. Y por último: trata de abandonar las partes que los lectores tienden a saltear. Piensa en lo que te salteas de una novela: gruesos párrafos de prosa, que contienen demasiadas palabras. Ahí el escritor está escribiendo, haciendo hooptedoodle, tal vez tomando otra foto del clima, o quizás se haya ido al interior de la cabeza del personaje. Y el lector o bien ya sabe lo que el tipo está pensando, o bien no le interesa. Apuesto a que, en cambio, no te salteas los diálogos.
sábado 22 de noviembre de 2008
Hoy tarde dí una vuelta por mi casa...
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Patricia Suárez
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Proverbios Judeo Españoles - recopilados por Raimundo Foulché
* Ajo dulce no hay.
*Cada uno juzga por su corazón al ajeno.
*Come dulce, que hables bien.
*De 'me queres' a 'te quero' hay grande diferencia.
*De los sueños cree los menos.
*Del callado es de espantar.
*El huevo de mi vizina tiene dos yemas.
*El melón y el hombre nunca se conocen.
*El rey se echó con mi madre: a quien me iré a quejar?
*Escrito está en la palma, lo que tiene de pasar el alma.
*Hablar y pecar
*Mi hija Delicia todo lo que vee cobdicia.
*Is a Stambul por una cuchara de arroz.
*La creatura, de la teta ya se conoce.
*La maña está debajo del alma.
*La preñada quiere nieve tostada.
*La madre del mudo entiende al mudo.
*La preñada mueve (aborta), la alma se le muere.
*Cada uno juzga por su corazón al ajeno.
*Come dulce, que hables bien.
*De 'me queres' a 'te quero' hay grande diferencia.
*De los sueños cree los menos.
*Del callado es de espantar.
*El huevo de mi vizina tiene dos yemas.
*El melón y el hombre nunca se conocen.
*El rey se echó con mi madre: a quien me iré a quejar?
*Escrito está en la palma, lo que tiene de pasar el alma.
*Hablar y pecar
*Mi hija Delicia todo lo que vee cobdicia.
*Is a Stambul por una cuchara de arroz.
*La creatura, de la teta ya se conoce.
*La maña está debajo del alma.
*La preñada quiere nieve tostada.
*La madre del mudo entiende al mudo.
*La preñada mueve (aborta), la alma se le muere.
martes 18 de noviembre de 2008
Tie Briek - Parte II - Copa Davis- Txt
Los años pasan, nos casamos. Somos felices un tiempo, después ya no somos tan felices, después todo es un desastre. Esto que cuento ocurre entre la felicidad menguante y tsunami. Estoy en otra ciudad, en una cena con intelectuales, la mayoría gente conocida mía o de mi ex marido. Me aburro, todos nos aburrimos. Yo estoy sentada enfrente de una francesa que se enseña francés a los argentinos. Es alta, flaca, angulosa. Cuando habla parece que te clava una navaja. Viste ropa blanca, elegante. Mi ex marido está sentado lejos, en la cabecera de la mesa. Habla de constructivismo, lacanismo o algo por el estilo: la gente lo mira como si fuera Mao Tse Tung: habla un idioma que nadie entiende pero es un revolucionario. En mi punta de la mesa, sale el tema del fútbol. Yo, seré honesta, me deslizo por el tobogán del aburrimiento. Primero pienso por qué nunca salí con un futbolista, después pienso qué pomada se pondrán para que no les duelan los golpes y si esa pomada sirve también para ponérsela en el corazón; al final pienso en los bellos muslos de algunos futbolistas, y casi me pongo contenta. En mi parte de la mesa hay hombres a los que les gustan los hombres. Así que, salvo excepción, el fútbol es un tema despreciable para ellos. Intentan cambiar de tema: le preguntan a la francesa cuál es el deporte popular en Francia. Eso se llama arte de la conversación.
-El tenis –larga, así, sólida.
Nosotros nos miramos, porque acá ese es un deporte de cogotudos, pensamos. Ululamos como un búho en la noche desierta. Alguien dice que Freud lo jugaba, así que no debe ser tan malo. Freud también tomaba cocaína tercia otro. Mi ex marido viene en lo que parece mi rescate. Pero se engancha a hacer loas sobre el tenis, que si la cancha es de ladrillo, que si es césped. La francesa parece que es una experta en andar por los suelos de las canchas de tenis. Mi ex marido sabe más sobre cómo sacar la pelota que arreglar el lavarropas, doy fé. Yo voy notando que para mí la noche está terminada; veo que no puedo meter un bocadillo del tipo "Yo jugué en el equipo de voley de mi colegio en la secundaria; un día al atajar la pelota se me quebraron las uñas y me largué a llorar; después me echaron del equipo." Me deprimo. Enfrente mío hay una apasionada discusión sobre el Gran Willy. Los hombres a los que no les gusto comentan el romance de Guillermo Vilas con Carolina de Mónaco; mi ex marido le explica a la francesa en qué consiste ese saque. Por lo que entiendo hay que ser contorsionista de circo para hacerlo. Tengo que volver al hotel, me digo. A lo mejor si duermo bien, mis energías cambian y al otro día me anote en un curso de aladeltismo o buceo en aguas profundas y mi vida cambie para siempre. Y si no cambia para siempre, por lo menos voy a tener una discusión interesante en reuniones como ésta. De este tipo:
-¿Fuiste al congreso de literatura sinoísta?
-No. Justo estaba lanzándome en paracaídas en Australia. Aterricé encima de un canguro.
Pero al día siguiente tengo pesadez y resaca y mi ex marido se va a jugar tenis con la francesa. Alquilaron una cancha ella o él, probablemente cuando yo dormía. Un año después eran amantes.
En mi próxima encarnación, seré tenista. Está en mi kharma.
Publicado en el susplemento de deportes del Diario Perfil - 16/11/08
-El tenis –larga, así, sólida.
Nosotros nos miramos, porque acá ese es un deporte de cogotudos, pensamos. Ululamos como un búho en la noche desierta. Alguien dice que Freud lo jugaba, así que no debe ser tan malo. Freud también tomaba cocaína tercia otro. Mi ex marido viene en lo que parece mi rescate. Pero se engancha a hacer loas sobre el tenis, que si la cancha es de ladrillo, que si es césped. La francesa parece que es una experta en andar por los suelos de las canchas de tenis. Mi ex marido sabe más sobre cómo sacar la pelota que arreglar el lavarropas, doy fé. Yo voy notando que para mí la noche está terminada; veo que no puedo meter un bocadillo del tipo "Yo jugué en el equipo de voley de mi colegio en la secundaria; un día al atajar la pelota se me quebraron las uñas y me largué a llorar; después me echaron del equipo." Me deprimo. Enfrente mío hay una apasionada discusión sobre el Gran Willy. Los hombres a los que no les gusto comentan el romance de Guillermo Vilas con Carolina de Mónaco; mi ex marido le explica a la francesa en qué consiste ese saque. Por lo que entiendo hay que ser contorsionista de circo para hacerlo. Tengo que volver al hotel, me digo. A lo mejor si duermo bien, mis energías cambian y al otro día me anote en un curso de aladeltismo o buceo en aguas profundas y mi vida cambie para siempre. Y si no cambia para siempre, por lo menos voy a tener una discusión interesante en reuniones como ésta. De este tipo:
-¿Fuiste al congreso de literatura sinoísta?
-No. Justo estaba lanzándome en paracaídas en Australia. Aterricé encima de un canguro.
Pero al día siguiente tengo pesadez y resaca y mi ex marido se va a jugar tenis con la francesa. Alquilaron una cancha ella o él, probablemente cuando yo dormía. Un año después eran amantes.
En mi próxima encarnación, seré tenista. Está en mi kharma.
Publicado en el susplemento de deportes del Diario Perfil - 16/11/08
Match Point. Parte 1. A propósito de la Copa Davis.Txt
Creo que lo más parecido a una raqueta de tenis es una sartén. O una panquequera, de esas de antes para hacer volar el panqueque y darlo vuelta en el aire. Lo más parecido al tenis que jugué fue el paddle, que como todos saben es con una paleta. Estoy segura que los amantes del tenis deben considerarme una sacrílega por buscar afinidades entre el paddle y el tenis. Mejor lo largo rápido: no tengo aprecio por tal deporte y es por motivos sentimentales. Soy una chica sensible.
Hagan de cuenta que este relato es una ficción.
Mi ex marido jugaba al tenis. No era un jugador profesional, por supuesto, lo hacía regularmente porque le gustaba. Cuando hacía poco que salíamos, una vez tuvimos una gran pelea. Una de esas grandes, que te quitan el sueño. Al final de la pelea, él me dice que se siente muy, muy mal. Por la cara que tenía daba para pensar que se iba a suicidar al instante. En ese momento me hubiera alegrado mucho si él se suicidaba. Se fue calle abajo arrastrando una tristeza enorme; yo volví a mi casa llorando a moco tendido. Como sea, no duermo en toda la noche. No pego un ojo y no me atrevo a llamarlo por teléfono porque él vive con los padres. No puedo despertar a toda la casa para gritarle a las tres de la madrugada que lo amo. Bien, cuento las horas hasta la mañana. Pienso que él sufre tanto como yo y me pongo peor. A las diez lo llamo y la madre me dice que está durmiendo el muy cretino. A las once y media lo vuelvo a llamar y resulta que se fue a jugar al tenis. Esa es la clase gente a la que uno le entrega el corazón. Dos días después lo veo, fresco como una lechuga.
-¿No me dijiste que estabas hecho polvo por la pelea? ¿Y te fuiste a jugar al tenis?
-Sí –contesta él lo más normal -¿Qué querés? ¿Qué deje el tenis también?
Publicado en el suplemento de deportes del Diario Perfil. 16/11/08
Hagan de cuenta que este relato es una ficción.
Mi ex marido jugaba al tenis. No era un jugador profesional, por supuesto, lo hacía regularmente porque le gustaba. Cuando hacía poco que salíamos, una vez tuvimos una gran pelea. Una de esas grandes, que te quitan el sueño. Al final de la pelea, él me dice que se siente muy, muy mal. Por la cara que tenía daba para pensar que se iba a suicidar al instante. En ese momento me hubiera alegrado mucho si él se suicidaba. Se fue calle abajo arrastrando una tristeza enorme; yo volví a mi casa llorando a moco tendido. Como sea, no duermo en toda la noche. No pego un ojo y no me atrevo a llamarlo por teléfono porque él vive con los padres. No puedo despertar a toda la casa para gritarle a las tres de la madrugada que lo amo. Bien, cuento las horas hasta la mañana. Pienso que él sufre tanto como yo y me pongo peor. A las diez lo llamo y la madre me dice que está durmiendo el muy cretino. A las once y media lo vuelvo a llamar y resulta que se fue a jugar al tenis. Esa es la clase gente a la que uno le entrega el corazón. Dos días después lo veo, fresco como una lechuga.
-¿No me dijiste que estabas hecho polvo por la pelea? ¿Y te fuiste a jugar al tenis?
-Sí –contesta él lo más normal -¿Qué querés? ¿Qué deje el tenis también?
Publicado en el suplemento de deportes del Diario Perfil. 16/11/08
sábado 15 de noviembre de 2008
El traicionado. Txt
Sabe de qué se trata el arte. Eso es lo que lo atrae de mí: que soy artista. Hago cosas que él disfruta. Estéticamente disfruta. Me luce, se luce hablando de mí. Me hace feliz, pero algo también me hace rin tin tín. Como sea, tengo que besar a alguien en la pantalla. Lo beso, un beso de amor. Suave, pero de amor. Porque mi personaje está enamorado. Yo soy actriz, mi personaje está enamorado y yo le doy un beso de amor al actor. Eso es todo. Se imprime, se filma.
El nunca me pregunta sobre mi trabajo.
Sobre el trabajo de verdad.
De dónde viene la llama. Qué materiales uso para trabajar. Qué es la representación. Que es esta pasión, esta fiebre por la actuación. Yo no me inquieto; no todo el mundo tiene que estar loco por mí, por saber cómo hago yo las cosas. Así que lo dejo correr.
Pero después él ve los resultados de la cámara.
‘Resulta que estoy besando a otro tipo.’
Estas son mas o menos sus palabras.
‘Resulta que así como así, lo estoy traicionando.
‘Práctimante haciéndome la tonta.
‘Haciéndome la mosquita muerta.’
Le explico un poco. Lo que puedo, lo que me sale.
Un beso, en la actuación, es como un sueño.
El teatro es como un sueño, uno es y no es. Es la realidad para algunos, pero para mí no la es. Es como un poema, donde un escritor pone las cosas que le pasan, con las cosas que imagina. Con las que suenan mejor. Porque hay una técnica. No me hice actriz para andar besando tipos. Es un trabajo duro; a veces no duermo porque no sé cómo voy a hacer para pararme al día siguiente delante de la gente y decir lo que dice mi personaje. Tengo una angustia tremenda muchas veces. Eso le explico.
Pero él insiste con que le hice traición.
Ya nada más puedo hacer.
El nunca me pregunta sobre mi trabajo.
Sobre el trabajo de verdad.
De dónde viene la llama. Qué materiales uso para trabajar. Qué es la representación. Que es esta pasión, esta fiebre por la actuación. Yo no me inquieto; no todo el mundo tiene que estar loco por mí, por saber cómo hago yo las cosas. Así que lo dejo correr.
Pero después él ve los resultados de la cámara.
‘Resulta que estoy besando a otro tipo.’
Estas son mas o menos sus palabras.
‘Resulta que así como así, lo estoy traicionando.
‘Práctimante haciéndome la tonta.
‘Haciéndome la mosquita muerta.’
Le explico un poco. Lo que puedo, lo que me sale.
Un beso, en la actuación, es como un sueño.
El teatro es como un sueño, uno es y no es. Es la realidad para algunos, pero para mí no la es. Es como un poema, donde un escritor pone las cosas que le pasan, con las cosas que imagina. Con las que suenan mejor. Porque hay una técnica. No me hice actriz para andar besando tipos. Es un trabajo duro; a veces no duermo porque no sé cómo voy a hacer para pararme al día siguiente delante de la gente y decir lo que dice mi personaje. Tengo una angustia tremenda muchas veces. Eso le explico.
Pero él insiste con que le hice traición.
Ya nada más puedo hacer.
La novela, el cuento... - Haruki Murakami
Por decirlo de la forma más sencilla posible, para mí escribir novelas es un reto; escribir cuentos, un placer. Si escribir novelas es como plantar un bosque, entonces escribir cuentos se parece más a plantar un jardín.
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Patricia Suárez
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domingo 9 de noviembre de 2008
Cómo convertirse en escritora. Lorrie Moore
Primero intenta ser algo, cualquier otra cosa. Estrella de cine / astronauta. Estrella de cine / misionera. Estrella de cine / maestra jardinera. Presidente del Mundo. Fracasa horriblemente. Es mejor si fracasas a una edad temprana, por ejemplo, a los catorce. Una desilusión temprana, crítica, para que a los quince puedas escribir largas oraciones en forma de haiku sobre los deseos frustrados. Es un estanque, un cerezo en flor, un viento peinando las alas del gorrión rumbo a la montaña. Cuenta las sílabas. Muéstraselo a tu mamá. Ella es dura y práctica. Tiene un hijo en Vietnam y un marido que podría tener una amante. Ella cree que hay que usar ropa marrón porque disimula las manchas. Ella mirará brevemente tu texto y luego otra vez a tí con la cara vacía como una galletita. Ella dirá: “¿Por qué no vacías el lavavaplatos?”. Desvía la vista. Mete los tenedores en el cajón de los tenedores. Accidentalmente rompe uno de los vasos que te dieron gratis en la estación de servicio. Este es el dolor y el sufrimiento necesarios. Esto es solo el comienzo.
En la clase de literatura en la escuela mira sólo la cara de Mister Killian. Decide que las caras son importantes. Escribe una villanelle sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento corto sobre un anciano y una anciana que se disparan un tiro accidentalmente en la cabeza, uno al otro, resultado de una inexplicable falla en un rifle que aparece misteriosamente en el living, una noche. Dáselo a Mister Killian como trabajo final de la clase. Cuando te lo devuelve ha escrito en el papel: “Algunas imágenes son bastante buenas, pero no tienes sentido de la trama.” Cuando estás en tu casa, en la privacidad de tu cuarto, garabatea en lápiz, debajo de su comentario en tinta negra: “Las tramas son para los idiotas, cara-porosa”.
Toma todos los trabajos de niñera que consigas. Eres bárbara con los chicos. Ellos te adoran. Les cuentas historias de ancianos que mueren de forma idiota. Les cantas canciones como “Las campanas azules de Escocia”, tu favorita. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse entre ellos; cuando se duermen, lees todos los manuales de sexo que hay en la casa, y te preguntas cómo alguien podría hacer esas cosas con alguien que ama. Quédate dormida en la silla mientras lees la Playboy de Mister McMurphy. Cuando los McMurphys vuelvan a casa, te tocarán en el hombro, mirarán la revista en tu falda y sonreirán ampliamente. Querrás morirte. Te preguntarán si Tracy se tomó el remedio. Explica que sí, que lo hizo, que le prometiste contarle una historia si se portaba como una señorita y que eso funcionó bastante bien. “Ah, maravilloso”, exclamarán.
Trata de sonreír orgullosa.
Anótate en Psicología Infantil en la universidad.
En Psicología tienes algunas materias optativas. Siempre te gustaron los pájaros. Te anotas en algo llamado: “Investigación Ornitológica Práctica”. Las clases son los martes y los jueves a las 2. Cuando llegas al salón 314 el primer día de clases, todos están sentados alrededor de una mesa discutiendo sobre metáforas. Alguna vez escuchaste algo al respecto. Luego de un corto e incómodo rato, levanta tu mano y di tímidamente: “Perdón, ¿esto no es Observación de Pájaros I?” Todos se quedan en silencio y giran para mirarte. Parecen tener todos una única cara: gigante y blanca, como un reloj destruido. Un barbudo ruge: “No, esto es Escritura Creativa”. Di: “Ah, okay”, haciendo como que ya sabías. Mira tu planilla de horarios. Pregúntate cómo cuernos caíste ahí. La computadora se equivocó, parece. Empiezas a levantarte para salir pero no lo haces. Las colas en la oficina de inscripción esta semana son larguísimas. Quizás deberías aferrarte a este error. Quizás la escritura creativa no sea tan mala. Quizás sea el destino. Quizás esto es lo que quiso decir tu padre cuando dijo: “Esta es la era de las computadoras, Francie, esta es la era de las computadoras.”
Decide que te gusta la universidad. En tu residencia conoces gente agradable. Algunos son más inteligentes que tú. Y algunos, te das cuenta, son más estúpidos. Continuarás viendo el mundo en estos términos, lamentablemente, por el resto de tu vida.
La consigna de escritura creativa esta semana es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre cómo maneja tu tío Gordon y otra sobre dos ancianos que se electrocutan accidentalmente cuando tocan una lámpara de escritorio que tiene un cable pelado. El profesor te devolverá los textos con comentarios: “Tu escritura es fluida y enérgica. Pero lamentablemente tus tramas son absurdas.” Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, son acribillados de la cintura para abajo debido a una explosión con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un puesto para vender helados. Hay seis párrafos más. Lees el texto completo en voz alta para la clase. A nadie le gusta. Dicen que tus tramas son exageradas y gratuitas. Después de clase alguien te pregunta si estás loca.
Decide que quizás deberías probar con la comedia. Empieza a salir con alguien divertido, alguien que tiene lo que en el secundario describías como “un sentido del humor buenísimo” y que ahora la gente de la clase de escritura creativa describe como “auto-indulgencia que toma forma cómica”. Anota todas sus bromas, pero no le digas que lo haces. Arma anagramas con el nombre de su ex-novia, ponle esos nombres a todos los personajes con problemas de sociabilidad y observa lo divertido que es él, observa qué sentido del humor buenísimo tiene.
Tu consejero académico te señala que estás descuidando las clases de psicología. Lo que te consume la mayor parte del tiempo no es tu especialidad. Di que sí, que entiendes.
En las clases de escritura creativa de los próximos dos años todos siguen fumando y preguntando las mismas preguntas: “Pero, ¿funciona?”, “¿Por qué debería importarnos lo que le pasa a ese personaje?”, “¿Te ganaste el derecho a usar ese lugar común?” Parecen ser preguntas importantes.
Los días en los que te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras buscan la trama en las hojas mimeografiadas, frunciendo el ceño. Te miran, aspiran el humo con intensidad y luego te sonríen dulcemente.
Pasas demasiado tiempo abatida y desmoralizada. Tu novio sugiere que salgas a andar en bicicleta. Tu compañera de cuarto sugiere que cambies de novio. Te dicen que te estás auto-castigando y perdiendo peso, pero continúas escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en el medio de la noche, con las axilas transpiradas, el corazón golpeando, algo que todavía nadie leyó. Lo único que tienes son esos breves, frágiles, incontrastables momentos de éxtasis en los que sabes: eres una genia. Date cuenta lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de la guardería se entristecerán, pero tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, un hábito desafortunado. Estás, como diría tu madre, juntándote con gente que no te conviene.
¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Estas son preguntas que te haces a ti misma. Se parecen a: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerras? O: Si hay un Dios, ¿por qué mi hermano es ahora un paralítico?
Estas son preguntas que guardas en tu billetera, como tarjetas telefónicas. Estas son preguntas que, como dice tu profesor de escritura creativa, es bueno explorar en tu diario personal, pero raramente en la ficción.
El profesor de este semestre enfatiza el Poder de la Imaginación. Eso significa que no quiere largas historias descriptivas sobre tu viaje de campamento de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista para luego alterarlo. Como si recombinaras ADN. Quiere que dejes navegar tu imaginación, y que tus velas se hinchen como una panza. Esto último es una cita de Shakespeare.
Cuéntale a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y sobre el mundo pez-grande-come-pez-chico de las compañías de seguros de vida de Rochester, New York. La primera línea será: “Llámame Pezchico”, y tratará sobre un hombre casado, menopáusico y suburbano, llamado Richard, a quién, como está todo el tiempo deprimido su ingeniosa esposa llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto: “Mufi Dick, ¿entiendes?”. Tu compañera de cuarto te mira, su cara blanca como un Kleenex. Viene hasta ti, con aire compañero y pone su brazo en tu espalda encorvada. “Escúchame, Francie”, dice lentamente, como si fuera tu fonoaudióloga. “Salgamos a tomar una cerveza”.
A la gente de la clase tampoco le gusta esta historia. Sospechas que están empezando a sentir lástima por ti. Ellos dicen: “Tienes que pensar en lo que pasa. ¿Cuál es la historia ahí?”.
El semestre siguiente el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir sobre lo que sabes, basándote en algo que te pasó. Quiere muertes, quiere viajes de campamento. Reflexiona sobre lo que te ha pasado. En los últimos tres años pasaron tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano volvió de un bosque a 15 kilómetros de la frontera con Camboya con sólo la mitad de su muslo y una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
Sobre la primera cosa escribes: “Creó un nuevo espacio, que dolió y gritó con una voz que no era mía: ‘No soy más la que era, pero voy a estar bien’”.
Sobre lo segundo escribes una larga historia sobre una pareja de ancianos que tropiezan accidentalmente con una mina en su cocina y vuelan en pedazos. La llamas: “Hasta que la mortadela nos separe”.
Sobre lo último no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir zumba. No puedes encontrar palabras.
En las fiestas de la universidad, la gente dice: “Ah, ¿escribes? ¿sobre qué escribes?”. Tu compañera de cuarto, que ha tomado mucho vino, comido muy poco queso y casi ninguna galletita, dice: “Por dios, siempre escribe sobre el idiota del novio”.
Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos. Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario. Te pones rígida y dices: “No hago eso”, de la misma manera en la que se lo dijiste a alguien en cuarto grado cuando te acusó de disfrutar las clases de oboe y dijo que no eran tus padres los que te forzaban a tomarlas.
Insiste con que no estás muy interesada en ningún tema en particular, que estás interesada en la música del lenguaje, que estás interesada en, en, sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, la respiración del alma. Empieza a sentirte mareada. Fija la vista en tu vaso de plástico lleno de vino.
“¿Sílabas?”, escucharás que alguien pregunta, a la distancia, alejándose lentamente hacia la seguridad del bol de salsa.
Comienza a preguntarte sobre qué escribes en realidad. O si tienes algo para decir. O si existe eso que llaman algo para decir. Limita tus pensamientos a no más de diez minutos al día; como las flexiones, pueden hacerte adelgazar.
Leerás en algún lugar que toda la escritura tiene que ver con los genitales propios. No pienses demasiado en eso. Te pondría nerviosa.
Tu madre vendrá a visitarte. Examinará los círculos debajo de tus ojos y te entregará un libro marrón con un portafolios marrón en la tapa. Se llama: Cómo convertirse en una Ejecutiva de Negocios. También trajo la enciclopedia “Nombres para su bebé”, que tú misma le pediste; uno de tus personajes, la maestra de primaria / payaso, necesita un nombre. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá: “Francie, Francie, ¿te acuerdas cuando ibas a ser psicóloga infantil?”
Di: “Ma, me gusta escribir”.
Ella dirá: “Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.”
Escribe una historia sobre una estudiante de música confundida y llámala: “Schubert Era el de Anteojos, ¿no?”. No es un gran éxito, aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en la que los dos violinistas vuelan en pedazos accidentalmente durante un concierto. “Salí con un violinista una vez”, dice ella, reventando su globo de chicle.
Gracias a dios estás cursando otras clases. Puedes encontrar refugio en los enredos ontológicos del siglo XIX y en los rituales de apareo de los invertebrados. Algunos moluscos globulares practican lo que se denomina “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de su brazo cuando lo introduce en el cuerpo de la hembra durante el coito. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo cielo”. Alégrate de saber estas cosas. Alégrate de no ser solo una escritora. Inscríbete en la facultad de Derecho.
A partir de aquí pueden pasar muchas cosas. Pero la principal es ésta: decides no empezar abogacía después de todo, y, en cambio, pasas una gran parte de tu vida adulta diciéndole a la gente cómo decidiste al final no empezar abogacía. De alguna manera terminas escribiendo de nuevo. Quizás haces una licenciatura. Quizás tomas trabajos temporarios y clases de escritura a la noche. Quizás trabajas y escribes todos los comentarios interesantes y las confesiones íntimas que escuchas durante el día. Quizás estás perdiendo tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
Te peleaste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en vez de susurrarte “Te quiero”, gritan: “Hagámoslo, nena”. Esto es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano terminas un manuscrito, más o menos. La gente lo mira vagamente confundida y dice: “Parece que ser escritora siempre fue un sueño para ti, ¿no?”. Tus labios se secan como la sal. Di que de todos los sueños de este mundo, no puedes imaginar que ser escritora siquiera esté entre los primeros veinte. Diles que ibas a ser psicóloga infantil. “Claro”, dirán suspirando, “eres bárbara con los chicos”. Frunce el entrecejo. Diles que eres una navaja caminando.
Abandona las clases. Abandona los trabajos. Retira los ahorros del banco. Ahora tienes tanto tiempo como picazón en las manos. Lentamente copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva agenda.
Pasa la aspiradora. Mastica chicles para la tos. Guarda una carpeta llena de notas.
Un párpado oscureciéndose en el costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer sube al colectivo.
Imagínate que organizas una historia de amor y nadie viene.
En casa toma mucho café. En el Howard Johnson pide ensalada de repollo. Piensa cómo la ensalada se parece a un mapa hecho papel picado: dónde estuviste, hacia dónde vas: “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
Ocasionalmente una cita con la cara blanca como un papel te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Contesta que a veces se desaniman y a veces no. Di que se parece mucho a tener la polio.
“Interesante”, sonríe tu cita, y luego mira los pelos de su brazo y empieza a alisarlos, a todos, siempre, en la misma dirección.
En la clase de literatura en la escuela mira sólo la cara de Mister Killian. Decide que las caras son importantes. Escribe una villanelle sobre los poros. Esfuérzate. Escribe un soneto. Cuenta las sílabas: nueve, diez, once, trece. Decide experimentar con la ficción. Ahí no tienes que contar sílabas. Escribe un cuento corto sobre un anciano y una anciana que se disparan un tiro accidentalmente en la cabeza, uno al otro, resultado de una inexplicable falla en un rifle que aparece misteriosamente en el living, una noche. Dáselo a Mister Killian como trabajo final de la clase. Cuando te lo devuelve ha escrito en el papel: “Algunas imágenes son bastante buenas, pero no tienes sentido de la trama.” Cuando estás en tu casa, en la privacidad de tu cuarto, garabatea en lápiz, debajo de su comentario en tinta negra: “Las tramas son para los idiotas, cara-porosa”.
Toma todos los trabajos de niñera que consigas. Eres bárbara con los chicos. Ellos te adoran. Les cuentas historias de ancianos que mueren de forma idiota. Les cantas canciones como “Las campanas azules de Escocia”, tu favorita. Y cuando están en pijama y finalmente dejaron de pellizcarse entre ellos; cuando se duermen, lees todos los manuales de sexo que hay en la casa, y te preguntas cómo alguien podría hacer esas cosas con alguien que ama. Quédate dormida en la silla mientras lees la Playboy de Mister McMurphy. Cuando los McMurphys vuelvan a casa, te tocarán en el hombro, mirarán la revista en tu falda y sonreirán ampliamente. Querrás morirte. Te preguntarán si Tracy se tomó el remedio. Explica que sí, que lo hizo, que le prometiste contarle una historia si se portaba como una señorita y que eso funcionó bastante bien. “Ah, maravilloso”, exclamarán.
Trata de sonreír orgullosa.
Anótate en Psicología Infantil en la universidad.
En Psicología tienes algunas materias optativas. Siempre te gustaron los pájaros. Te anotas en algo llamado: “Investigación Ornitológica Práctica”. Las clases son los martes y los jueves a las 2. Cuando llegas al salón 314 el primer día de clases, todos están sentados alrededor de una mesa discutiendo sobre metáforas. Alguna vez escuchaste algo al respecto. Luego de un corto e incómodo rato, levanta tu mano y di tímidamente: “Perdón, ¿esto no es Observación de Pájaros I?” Todos se quedan en silencio y giran para mirarte. Parecen tener todos una única cara: gigante y blanca, como un reloj destruido. Un barbudo ruge: “No, esto es Escritura Creativa”. Di: “Ah, okay”, haciendo como que ya sabías. Mira tu planilla de horarios. Pregúntate cómo cuernos caíste ahí. La computadora se equivocó, parece. Empiezas a levantarte para salir pero no lo haces. Las colas en la oficina de inscripción esta semana son larguísimas. Quizás deberías aferrarte a este error. Quizás la escritura creativa no sea tan mala. Quizás sea el destino. Quizás esto es lo que quiso decir tu padre cuando dijo: “Esta es la era de las computadoras, Francie, esta es la era de las computadoras.”
Decide que te gusta la universidad. En tu residencia conoces gente agradable. Algunos son más inteligentes que tú. Y algunos, te das cuenta, son más estúpidos. Continuarás viendo el mundo en estos términos, lamentablemente, por el resto de tu vida.
La consigna de escritura creativa esta semana es narrar un hecho violento. Entrega una historia sobre cómo maneja tu tío Gordon y otra sobre dos ancianos que se electrocutan accidentalmente cuando tocan una lámpara de escritorio que tiene un cable pelado. El profesor te devolverá los textos con comentarios: “Tu escritura es fluida y enérgica. Pero lamentablemente tus tramas son absurdas.” Escribe otra historia sobre un hombre y una mujer que, en el primer párrafo, son acribillados de la cintura para abajo debido a una explosión con dinamita. En el segundo párrafo, con el dinero del seguro, compran un puesto para vender helados. Hay seis párrafos más. Lees el texto completo en voz alta para la clase. A nadie le gusta. Dicen que tus tramas son exageradas y gratuitas. Después de clase alguien te pregunta si estás loca.
Decide que quizás deberías probar con la comedia. Empieza a salir con alguien divertido, alguien que tiene lo que en el secundario describías como “un sentido del humor buenísimo” y que ahora la gente de la clase de escritura creativa describe como “auto-indulgencia que toma forma cómica”. Anota todas sus bromas, pero no le digas que lo haces. Arma anagramas con el nombre de su ex-novia, ponle esos nombres a todos los personajes con problemas de sociabilidad y observa lo divertido que es él, observa qué sentido del humor buenísimo tiene.
Tu consejero académico te señala que estás descuidando las clases de psicología. Lo que te consume la mayor parte del tiempo no es tu especialidad. Di que sí, que entiendes.
En las clases de escritura creativa de los próximos dos años todos siguen fumando y preguntando las mismas preguntas: “Pero, ¿funciona?”, “¿Por qué debería importarnos lo que le pasa a ese personaje?”, “¿Te ganaste el derecho a usar ese lugar común?” Parecen ser preguntas importantes.
Los días en los que te toca a ti, miras a la clase con esperanza mientras buscan la trama en las hojas mimeografiadas, frunciendo el ceño. Te miran, aspiran el humo con intensidad y luego te sonríen dulcemente.
Pasas demasiado tiempo abatida y desmoralizada. Tu novio sugiere que salgas a andar en bicicleta. Tu compañera de cuarto sugiere que cambies de novio. Te dicen que te estás auto-castigando y perdiendo peso, pero continúas escribiendo. La única felicidad que tienes es escribir algo nuevo, en el medio de la noche, con las axilas transpiradas, el corazón golpeando, algo que todavía nadie leyó. Lo único que tienes son esos breves, frágiles, incontrastables momentos de éxtasis en los que sabes: eres una genia. Date cuenta lo que tienes que hacer. Cambia de carrera. Los chicos de la guardería se entristecerán, pero tienes una vocación, una urgencia, una falsa ilusión, un hábito desafortunado. Estás, como diría tu madre, juntándote con gente que no te conviene.
¿Por qué escribir? ¿De dónde viene la escritura? Estas son preguntas que te haces a ti misma. Se parecen a: ¿De dónde viene el polvo? O: ¿Por qué hay guerras? O: Si hay un Dios, ¿por qué mi hermano es ahora un paralítico?
Estas son preguntas que guardas en tu billetera, como tarjetas telefónicas. Estas son preguntas que, como dice tu profesor de escritura creativa, es bueno explorar en tu diario personal, pero raramente en la ficción.
El profesor de este semestre enfatiza el Poder de la Imaginación. Eso significa que no quiere largas historias descriptivas sobre tu viaje de campamento de julio pasado. Quiere que empieces en un contexto realista para luego alterarlo. Como si recombinaras ADN. Quiere que dejes navegar tu imaginación, y que tus velas se hinchen como una panza. Esto último es una cita de Shakespeare.
Cuéntale a tu compañera de cuarto tu gran idea, tu gran ejercicio de poder imaginativo: una transformación de Melville a la vida contemporánea. Será sobre la monomanía y sobre el mundo pez-grande-come-pez-chico de las compañías de seguros de vida de Rochester, New York. La primera línea será: “Llámame Pezchico”, y tratará sobre un hombre casado, menopáusico y suburbano, llamado Richard, a quién, como está todo el tiempo deprimido su ingeniosa esposa llama “Mufi Dick”. Dile a tu compañera de cuarto: “Mufi Dick, ¿entiendes?”. Tu compañera de cuarto te mira, su cara blanca como un Kleenex. Viene hasta ti, con aire compañero y pone su brazo en tu espalda encorvada. “Escúchame, Francie”, dice lentamente, como si fuera tu fonoaudióloga. “Salgamos a tomar una cerveza”.
A la gente de la clase tampoco le gusta esta historia. Sospechas que están empezando a sentir lástima por ti. Ellos dicen: “Tienes que pensar en lo que pasa. ¿Cuál es la historia ahí?”.
El semestre siguiente el profesor está obsesionado con escribir a partir de experiencias personales. Tienes que escribir sobre lo que sabes, basándote en algo que te pasó. Quiere muertes, quiere viajes de campamento. Reflexiona sobre lo que te ha pasado. En los últimos tres años pasaron tres cosas: perdiste tu virginidad; tus padres se divorciaron; y tu hermano volvió de un bosque a 15 kilómetros de la frontera con Camboya con sólo la mitad de su muslo y una mueca permanente anidada en un costado de la boca.
Sobre la primera cosa escribes: “Creó un nuevo espacio, que dolió y gritó con una voz que no era mía: ‘No soy más la que era, pero voy a estar bien’”.
Sobre lo segundo escribes una larga historia sobre una pareja de ancianos que tropiezan accidentalmente con una mina en su cocina y vuelan en pedazos. La llamas: “Hasta que la mortadela nos separe”.
Sobre lo último no escribes nada. No hay palabras para eso. Tu máquina de escribir zumba. No puedes encontrar palabras.
En las fiestas de la universidad, la gente dice: “Ah, ¿escribes? ¿sobre qué escribes?”. Tu compañera de cuarto, que ha tomado mucho vino, comido muy poco queso y casi ninguna galletita, dice: “Por dios, siempre escribe sobre el idiota del novio”.
Más tarde aprenderás que los escritores son simplemente textos abiertos e indefensos, sin ningún entendimiento de lo que han escrito y que, por lo tanto, deben confiar en cualquier cosa que se diga de ellos. Tú, en cambio, no has alcanzado ese nivel de refinamiento literario. Te pones rígida y dices: “No hago eso”, de la misma manera en la que se lo dijiste a alguien en cuarto grado cuando te acusó de disfrutar las clases de oboe y dijo que no eran tus padres los que te forzaban a tomarlas.
Insiste con que no estás muy interesada en ningún tema en particular, que estás interesada en la música del lenguaje, que estás interesada en, en, sílabas, porque son los átomos de la poesía, las células de la mente, la respiración del alma. Empieza a sentirte mareada. Fija la vista en tu vaso de plástico lleno de vino.
“¿Sílabas?”, escucharás que alguien pregunta, a la distancia, alejándose lentamente hacia la seguridad del bol de salsa.
Comienza a preguntarte sobre qué escribes en realidad. O si tienes algo para decir. O si existe eso que llaman algo para decir. Limita tus pensamientos a no más de diez minutos al día; como las flexiones, pueden hacerte adelgazar.
Leerás en algún lugar que toda la escritura tiene que ver con los genitales propios. No pienses demasiado en eso. Te pondría nerviosa.
Tu madre vendrá a visitarte. Examinará los círculos debajo de tus ojos y te entregará un libro marrón con un portafolios marrón en la tapa. Se llama: Cómo convertirse en una Ejecutiva de Negocios. También trajo la enciclopedia “Nombres para su bebé”, que tú misma le pediste; uno de tus personajes, la maestra de primaria / payaso, necesita un nombre. Tu madre sacudirá la cabeza y dirá: “Francie, Francie, ¿te acuerdas cuando ibas a ser psicóloga infantil?”
Di: “Ma, me gusta escribir”.
Ella dirá: “Claro que te gusta escribir. Por supuesto. Claro que te gusta escribir.”
Escribe una historia sobre una estudiante de música confundida y llámala: “Schubert Era el de Anteojos, ¿no?”. No es un gran éxito, aunque a tu compañera de cuarto le gusta la parte en la que los dos violinistas vuelan en pedazos accidentalmente durante un concierto. “Salí con un violinista una vez”, dice ella, reventando su globo de chicle.
Gracias a dios estás cursando otras clases. Puedes encontrar refugio en los enredos ontológicos del siglo XIX y en los rituales de apareo de los invertebrados. Algunos moluscos globulares practican lo que se denomina “Sexo por el brazo”. El pulpo macho, por ejemplo, pierde el extremo de su brazo cuando lo introduce en el cuerpo de la hembra durante el coito. Los biólogos marinos lo llaman “Séptimo cielo”. Alégrate de saber estas cosas. Alégrate de no ser solo una escritora. Inscríbete en la facultad de Derecho.
A partir de aquí pueden pasar muchas cosas. Pero la principal es ésta: decides no empezar abogacía después de todo, y, en cambio, pasas una gran parte de tu vida adulta diciéndole a la gente cómo decidiste al final no empezar abogacía. De alguna manera terminas escribiendo de nuevo. Quizás haces una licenciatura. Quizás tomas trabajos temporarios y clases de escritura a la noche. Quizás trabajas y escribes todos los comentarios interesantes y las confesiones íntimas que escuchas durante el día. Quizás estás perdiendo tus amigos, tus conocidos, tu equilibrio.
Te peleaste con tu novio. Ahora sales con hombres que, en vez de susurrarte “Te quiero”, gritan: “Hagámoslo, nena”. Esto es bueno para tu escritura.
Tarde o temprano terminas un manuscrito, más o menos. La gente lo mira vagamente confundida y dice: “Parece que ser escritora siempre fue un sueño para ti, ¿no?”. Tus labios se secan como la sal. Di que de todos los sueños de este mundo, no puedes imaginar que ser escritora siquiera esté entre los primeros veinte. Diles que ibas a ser psicóloga infantil. “Claro”, dirán suspirando, “eres bárbara con los chicos”. Frunce el entrecejo. Diles que eres una navaja caminando.
Abandona las clases. Abandona los trabajos. Retira los ahorros del banco. Ahora tienes tanto tiempo como picazón en las manos. Lentamente copia todas las direcciones de tus amigos en una nueva agenda.
Pasa la aspiradora. Mastica chicles para la tos. Guarda una carpeta llena de notas.
Un párpado oscureciéndose en el costado.
El mundo como conspiración.
¿Argumento posible? Una mujer sube al colectivo.
Imagínate que organizas una historia de amor y nadie viene.
En casa toma mucho café. En el Howard Johnson pide ensalada de repollo. Piensa cómo la ensalada se parece a un mapa hecho papel picado: dónde estuviste, hacia dónde vas: “Usted está aquí”, dice la estrella roja en la parte de atrás del menú.
Ocasionalmente una cita con la cara blanca como un papel te pregunta si los escritores se desaniman con frecuencia. Contesta que a veces se desaniman y a veces no. Di que se parece mucho a tener la polio.
“Interesante”, sonríe tu cita, y luego mira los pelos de su brazo y empieza a alisarlos, a todos, siempre, en la misma dirección.
sábado 8 de noviembre de 2008
In dreams. Roy Orbison
Un payaso de caramelos llamado Hombre de Arena
Entra cada noche sigiloso en mi cuarto
Para salpicar de polvo de estrellas y susurrar:
"Andá a dormir, todo está bien".
Cierro mis ojos y me dejo arrastrar
en la una noche mágica. Digo suavemente
La silenciosa plegaria de los soñadores.
Entonces caigo dormido
Para soñar con vos
En sueños, camino con vos. En sueños, hablo con vos
En sueños, eres mía. Todo el tiempo estamos juntos
En sueños, en sueños.
Pero justo cuando amanece, despierto
y encuentro que te has ido.
No puedo evitarlo, no puedo evitar llorar
cuando te recuerdo diciéndome adiós
Qué pena
Que todas esas cosas
Solo puedan pasar
En mis sueños.
Sólo en sueños
En hermosos sueños
Entra cada noche sigiloso en mi cuarto
Para salpicar de polvo de estrellas y susurrar:
"Andá a dormir, todo está bien".
Cierro mis ojos y me dejo arrastrar
en la una noche mágica. Digo suavemente
La silenciosa plegaria de los soñadores.
Entonces caigo dormido
Para soñar con vos
En sueños, camino con vos. En sueños, hablo con vos
En sueños, eres mía. Todo el tiempo estamos juntos
En sueños, en sueños.
Pero justo cuando amanece, despierto
y encuentro que te has ido.
No puedo evitarlo, no puedo evitar llorar
cuando te recuerdo diciéndome adiós
Qué pena
Que todas esas cosas
Solo puedan pasar
En mis sueños.
Sólo en sueños
En hermosos sueños
jueves 6 de noviembre de 2008
Cómo me gustaría ser amada. Txt
Es la segunda vez que salimos. Vamos a tomar algo a un pub irlandés. Él escribe pequeñas crónicas muy fotográficas de las cosas que ve; es una especie de periodista. Es viernes, las siete de la tarde, en pleno invierno. Antes de verlo, me puse unos zapatos con tacos muy finos, altos. Pero un taco se me partió una cuadra apenas salir y tuve que volver y calzarme con las botas de siempre. Me siento muy desgraciada y estoy llegando muy tarde. Cuando llego, el pub está lleno. No lo veo; saco mi teléfono y lo llamo. El se aparta de la barra y alza su brazo. Está ahí, esperándome. Me siento junto a él. Pedimos una cerveza roja, amarga. La chica que nos atiende tiene un piercing en el labio. De vez en cuando se muerde el piercing y le salen unas gotitas de sangre que se limpia con el dorso de la mano. Sirve nuestras cervezas, decimos gracias. El está mirando con atención aquello que yo miro: las cervezas que se tambalean y la chica y el piercing, entonces él me adivina, dice:
-No lo escribas. Esto voy a escribirlo yo.
Fue así como me enamoro de él.
Que siempre él me quiera como en este momento, deseé.
-No lo escribas. Esto voy a escribirlo yo.
Fue así como me enamoro de él.
Que siempre él me quiera como en este momento, deseé.
Paisaje interior. Carrie Fisher
¿Has visto cómo yo siempre estoy en pie de guerra aunque la situación no lo exija? Bueno, al fin encontré un sitio donde mi espíritu combativo encaja: el soleado Medio Oriente. En Israel o Egipto o Turquía el malhumor y la depresión no suenan a exageraciones. Hoy estuve en una estación de trenes en ruinas por los bombardeos. Miré esas masas retorcidas de metal y pensé: "Al fin mi paisaje coincide con mi espíritu". Quizas debería recorrer todas las zonas de conflicto del mundo y así podría descansar de verdad. Nos vemos pronto.
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Patricia Suárez
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miércoles 5 de noviembre de 2008
Isaak Babel. Según Miguel Russo
Ustedes saben, dice Babel, inclinado sobre la mesa, las palabras no son tan fáciles. Muchas veces se esconden. Yo no, dice, y levanta la cabeza hacia la luz brutal que lo enceguece. Pero las palabras, a veces, se esconden y no dejan que uno las encuentre. De eso trabajo, dice, ya lo saben: busco palabras.
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Patricia Suárez
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Sobre Elmore Leonard. Según Guillermo Piro
Las palabras a veces son como los gritos, se escapan. Las palabras son actos, confesiones de debilidad. Lo que Elmore Leonard viene a decirnos es que la palabra es la venganza de los débiles.
domingo 2 de noviembre de 2008
Lo extraordinario. Robinson Quintero
Aquí no sucede nada extraordinario
Las rosas crecen
los muertos descansan
los niños lanzan guijarros al cielo
algunos hombres llevan regalos a sus casas
Muy a menudo no acontece nada
fuera de lo usual
Los amigos salen de fiesta
la gente se casa
unos ríen otros lloran
los ausentes escriben
Parece que todo ocurriera sin contratiempos
por estos lados
Los árboles mudan de hojas
la lluvia ensimisma
el sol sale puntual aún entre la niebla
Y los necios furiosos de hastío
empecinados comentan:
aquí no pasa nada extraordinario
hace tiempo no sucede nada extraordinario
Las rosas crecen
los muertos descansan
los niños lanzan guijarros al cielo
algunos hombres llevan regalos a sus casas
Muy a menudo no acontece nada
fuera de lo usual
Los amigos salen de fiesta
la gente se casa
unos ríen otros lloran
los ausentes escriben
Parece que todo ocurriera sin contratiempos
por estos lados
Los árboles mudan de hojas
la lluvia ensimisma
el sol sale puntual aún entre la niebla
Y los necios furiosos de hastío
empecinados comentan:
aquí no pasa nada extraordinario
hace tiempo no sucede nada extraordinario
Amor con amor se paga. Jorge Negrete y Pedro Vargas
Por tu culpa mujer, por tu culpa
Este amor que te tengo divaga
Lo rompiste por ser disoluta
Y por eso la pena me embriaga
Prometiste que nada ni nadie
Este amor de los dos rompería
Fuiste puerta sin chapa ni llave
A pesar que me diste la mía
Amor con amor se paga
Y algún día me cobraré
Si hoy tu traición me amarga
Como hombre me aguantaré
Pero anda con mucho tiento
Y mira por dónde vas
Que las heridas que siento
Con otro las pagarás
Despacito entraste en mi alma
Como se entra en la carne una bala
Me rompiste mi vida y mi calma
Pero amor con amores se paga
Andarás por veredas ajenas
Y tendrás mucho más que conmigo
Pero el mundo está lleno de penas
Y esas penas serán tu castigo
Cantan juntos, los más grandes.
Digna de ser oída.
Este amor que te tengo divaga
Lo rompiste por ser disoluta
Y por eso la pena me embriaga
Prometiste que nada ni nadie
Este amor de los dos rompería
Fuiste puerta sin chapa ni llave
A pesar que me diste la mía
Amor con amor se paga
Y algún día me cobraré
Si hoy tu traición me amarga
Como hombre me aguantaré
Pero anda con mucho tiento
Y mira por dónde vas
Que las heridas que siento
Con otro las pagarás
Despacito entraste en mi alma
Como se entra en la carne una bala
Me rompiste mi vida y mi calma
Pero amor con amores se paga
Andarás por veredas ajenas
Y tendrás mucho más que conmigo
Pero el mundo está lleno de penas
Y esas penas serán tu castigo
Cantan juntos, los más grandes.
Digna de ser oída.
sábado 1 de noviembre de 2008
Nighthawks, 1942
Publicado por
Patricia Suárez
Etiquetas:
Pastillita visual
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04:39
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¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar
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