Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
miércoles 29 de octubre de 2008
Siesta - Roxana Aramburu
La luz entrará por las ventanas
Por las puertas
Diferente a cada día y cada hora
Sucesivas estaciones
Me habituarán
A esta raja de luz
A aquellos círculos
Yo giraré con ella
Seré parte o querré serlo
Y morir aquí, otra vez
Otra casa donde morir.
Descuelgo la ropa, el sol, la siesta
Que conserva mi hueco
Que tiene la silueta que yo tuve
Mi sombra sin consuelo
El deseo de ser una
Con mi casa
Con mi cuerpo,
De morir aquí,
Finalmente.
Por las puertas
Diferente a cada día y cada hora
Sucesivas estaciones
Me habituarán
A esta raja de luz
A aquellos círculos
Yo giraré con ella
Seré parte o querré serlo
Y morir aquí, otra vez
Otra casa donde morir.
Descuelgo la ropa, el sol, la siesta
Que conserva mi hueco
Que tiene la silueta que yo tuve
Mi sombra sin consuelo
El deseo de ser una
Con mi casa
Con mi cuerpo,
De morir aquí,
Finalmente.
domingo 26 de octubre de 2008
Diario. Henrik Nilsson
Escribe tu diario en la noche
entonces verás más claro
lo que sobrevivió, lo que quedó
lo que te importaba del día
lo que en la vida fue más vivo.
En el espejo del salón apagado
se abre el ojo interior.
Es la suma de la miradas.
Escribe tu diario en la noche
cuando todos se hallan acostado.
Habla cuando todo se silencie,
es cuando eres necesario.
Interpreta el fuego apagado.
Lee el libro cerrado.
Ama el amor extraviado.
entonces verás más claro
lo que sobrevivió, lo que quedó
lo que te importaba del día
lo que en la vida fue más vivo.
En el espejo del salón apagado
se abre el ojo interior.
Es la suma de la miradas.
Escribe tu diario en la noche
cuando todos se hallan acostado.
Habla cuando todo se silencie,
es cuando eres necesario.
Interpreta el fuego apagado.
Lee el libro cerrado.
Ama el amor extraviado.
"No morirá, caerá en un sueño y será despertada por un beso de amor".
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Patricia Suárez
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Rose Stanley, la Bella Durmiente del Bosque. Cuento
Para Anto
Marc Davis es amigo del padre de T. T. es un vecino; el señor Marc Davis es el dibujante de figuras humanas en los Estudios Disney. T. me cuenta que buscan una muchacha para que haga la Bella Durmiente del Bosque. Tiene que bailar para que ellos puedan copiar sus movimientos, pasarlos al papel. Tal vez también requieran que le haga la voz al personaje. Le cuento a mi madre, que me dice que no me haga ilusiones; le cuento a mi padre, que refuerza la idea de que hacerme ilusiones es una estupidez: lo más probable es que se trate de unos degenerados que me quieren ver en cueros. Los dos concuerdan en que T. es un pelotudo y tarde o temprano, lamentablemente más temprano que tarde, subraya mi madre, acabaré por darme cuenta. Mi padre no dá ni dos centavos de dólar por T. ni las amistades que pueda tener T. con los Estudios Disney. Mi padre quiere que cuando sea mayor yo esté con él en el negocio de grifería; que le lleve los libros contables. Yo me sentía bastante segura para bailar en el estudio de los dibujantes: había tomado un curso de ballet el año anterior, aunque después lo tuve que abandonar porque tengo el arco del pie vencido. El día de la audición me levanto bien temprano y voy a los Estudios. No hay ninguna otra muchacha haciendo cola para dar una audición, por lo cual pienso que o la información de T. es ultra secreta y de máxima confidencialidad o que, como dicen mis padres, me van a usar en una película pornográfica. La secretaria del señor Marc Davis me hace poner un disfraz, un corpiño de cuero muy ajustado y vestido de campesina. Yo tenía entendido que la Bella Durmiente es una princesa, le digo. Ella entonces me explica que sì, pero a mí me toca hacer la parte en que yo bailo en el bosque, cuando la princesa tiene una falsa identidad y vive con las hadas bajo otro nombre. Parece que a la princesa la hacen pasar por campesina, yo eso no lo entiendo muy bien; en ese momento no sé si lo sacaron del cuento original o del ballet de Tchaicovsky, en el que se inspira la película o si se le ocurrió a Walt Disney en una noche de insomnio (Walt Dinesy padecía de insomnio). Despuès entra el señor Marc Davis y se sienta frente a su caballete de dibujo. Me dice que debo bailar al ritmo de la música y que él dibujará los movimientos. Es como ser la modelo de un pintor, explicó, pero mucho mejor porque acá me podía mover. Pusieron ese vals tan bonito y que todo el mundo recordará por siempre: Eres tú el príncipe azul/ que yo soñé…; bailé exactamente durante cuatro horas con diez minutos. Cuando volví, me dolían los pies y los tenía tan hinchados que mi madre dijo que quedaría inválida con toda probabilidad. Pero a mí no me importaba; me pagaron cinco dólares que yo veo como una fortuna y me sentía contenta. Desde que tengo uso de razón, sueño con ser actriz o con ser alguien que se destaca de entre las demás personas por sus nobles acciones: un médico que viaja al Africa a salvar a los niños o un científico eminente como Marie Curie, por ejemplo. Claro que ninguna de estas dos vocaciones es posible con padres como los míos. Por estos días, mi padre me insiste en que tome el curso de mecanografía y lo apruebe. Es importante ser mecanógrafa; de verdad es un conocimiento que dura toda la vida, dice él: no se puede estar tipeando con un solo dedo como una infeliz. Yo sueño con salir en cámaras, sueño con ir por la calle y que los jóvenes y los viejos me señalen y digan: Miren, aquella es la Bella Durmiente. Por supuesto que yo sabía que sólo posaría para los dibujantes, para el señor Marc Davis y con un poco de suerte a lo mejor conseguía que me permitieran hacer la voz de la princesa Aurora. De todos modos, los espectadores de la película verán en el cine a mi cuerpo y mi rostro, en el cuerpo y en el rostro de la princesa Aurora. Ya eso me tiene bastante complacida, hasta que la tipa que es asistente de Eyvind, el que pinta los fondos, me dice que Marc Davis en realidad aplicó los rasgos de Audrey Hepburn para el rostro de la Bella Durmiente. O sea, que los rasgos faciales de la Hepburn inspiraron al señor Marc Davis para hacer la cara de la Bella. Le digo a la tipa ésta que es una cucaracha, le grito palabras fuertes y me enojo. Ella no se ofende porque o las palabras no eran tan fuertes como yo pensaba o la tipa está bien acostumbrada a oírlas y ya no le mueven un pelo. Con razón, me defiendo diciéndole que la señora Hepburn nunca pisó el Estudio para posar ante los dibujantes. La tipa repite que si no le creo, me fije en el primer cajón del escritorio del señor Davis y allí encontraré bastantes fotografías de la actriz, como para salir de duda acerca de si la utiliza o no como modelo para el rostro de la princesa. Refuerzo el grito de que es una cucaracha, porque sólo las cucarachas husmean en los papeles ajenos. La tipa se encoge de hombros y para ella ahí se termina la historia. Yo me siento traicionada hasta la médula, pero después me repongo: estoy casi segura de que el monigote ese del señor Davis, en quien yo creo como en Jesucristo, me pondrá para actriz en el doblaje de la Bella. Desde que se me ocurre la idea de ser su voz hasta el final, aliento la ilusión y trago cucharadas, tarros enteros de miel. Mi padre me mira hacer y se mofa: dice que tengo la voz cascada de su suegra búlgara, mi abuela. Nunca podré darle el toque virginal y cálido de una princesa, agrega, por más que yo tenga dieciséis años recién cumplidos. Aparte nosotros venimos de abajo, no tenemos nada que ver con príncipes ni reyes. Los abuelos tenían una tierrita en Canadá, pero el frío los corrió y fueron bajando hasta establecerse en Los Angeles. Es un buen lugar Los Angeles; nos gusta vivir acá. Como sea, yo voy haciendo amistad con el señor Marc Davis y él me toma cariño. Tengo ampollas en los pies, y un día me tuerzo un tobillo a fuerza de tropezarme con un taburete. Me pongo una pomada sobre el tobillo hinchado durante diez días, quince días y al final el tobillo se desinflama. Me queda una leve renguera. A la Bella Durmiente en su rol de campesina, las hadas la llaman con el nombre de Rosa Silvestre. Es el apodo que se le ocurrió al señor Davis en honor a mí, un regalo que me hizo, por Rose, mi nombre. Rose Stanley. Me siento feliz, soy feliz y me sueños están a punto de hacerse realidad. Lloro lágrimas de felicidad y mi madre dice que estoy loca y amenaza con que si bajan mis calificaciones cortará de plano todo el asunto con los Estudios Disney y me llevará a un psiquiatra para que me trate de por vida. Me aplico todas las noches a estudiar las materias de la escuela, especialmente matemáticas. Los números me cuestan, no tengo facilidad para las matemáticas. Hay una canción en La Cenicienta que se titula Un sueño es un deseo que fabrica tu corazón; la canto a cada rato. Canto todo el tiempo, esa canción y otras; canto en la ducha, en el almuerzo y la cena, canto en el autobús que me lleva a la escuela. Tarareo los ballets de Tchaikovsky; escucho el disco de Cascanueces y me castigo con dos días sin postre por dormirme mientras lo oigo. Mis padres están hartos de mí y de la música, pero al señor Marc Davis le gustan mis canciones. Dice que soy como una alondra. Yo no tengo ni idea de qué es una alondra y cuando llego a casa lo busco en el diccionario: es un pájaro, un aves paseiformes, de la familia de los aláudidos. Le pregunto si podrán contratarme para hacer la voz de la Bella Durmiente y él me dice que tenga paciencia. Ya le dijo a su jefe, a Walt Disney en persona, que yo podría ser la voz de la Bella Durmiente. ¡Oh, mi Dios, tanta felicidad no me cabe en el cuerpo! Esa noche sueño con Marc Davis, un sueño confuso, de amor tal vez, con besos y caricias. A la mañana siguiente me pregunto si estoy enamorada de él. Cuando lo veo en el Estudio, me desaliento: es mucho más viejo que yo, es pelado y tiene los labios finos, color borgoña. Cuando toma café, después de la segunda taza, su mal aliento es tal que debo hablarle guardando cierta distancia. Siempre tiene las palmas de las manos húmedas y debe secarse a cada momento para no manchar el papel de dibujo con su transpiración. Nuestros hijos serían feos: no puedo casarme con él. Esa misma tarde, después del mediodía aparece en los Estudios un idiota, que a todas luces es amigo de T. y dice conocerme. Le ponen un gorrito puntudo y una capa muy larga para convertirlo en el príncipe Felipe. La atención del señor Marc Davis se concentra en el príncipe Felipe al que debe dibujar luchando con el dragón en que se ha trasnformado Maléfica. El tarado se luce moviendo aquí y allá una espadita ridícula; después cuenta que está tomando clases de esgrima con un profesor francés. Imaginaste que estamos haciendo Los tres mosqueteros o algo por el estilo?, le pregunto. Mi madre cree en los horóscopos y las casualidades y me sugiere que a lo mejor el imbécil este es el amor de mi vida, el príncipe cuasi verdadero, el sueño ideal, como dice el vals de la Bella, que yo, cual toda mujer, estaba esperando. Me persigue por toda la casa, prácticamente me ruega de rodillas para que salga con el príncipe Felipe. No voy a salir con él, grito, por nada del universo. Entonces se mete mi padre y recalca que a lo mejor el idiota hasta tenga un buen porvenir en el mundo del espectáculo, cosa que yo no. Al final, les digo que al príncipe Felipe le gustan los muchachos. Al principio creen que les estoy mintiendo, pero cuando comprenden que es una revelación verídica, mi padre concluye de una vez y para siempre que todos los artistas de Hollywood son unos degenerados. Desde que Felipe llegó a los Estudios, yo bailo cada vez menos, me dedico a comer muffins y a servir café al resto de los dibujantes. (A Marc Davis, en pleno trabajo le diagnostican una úlcera y nada más puede tomar leche fría.) Por esos días, empiezan a llegar los actores que harán las voces: aunque alguno de la producción quería a Bette Davis para el rol de Maléfica, Bette Davis no se convierte en Maléfica. O es que pide una fortuna por hacerlo o es que el rol confirma la imagen que tienen los cinéfilos de que es una malvada. Aparece la señora Elinor Audley, que ya hizo la voz de la Madrastra de Cenicienta, en La Cenicienta. La señora Elinor es una actriz de las grandes; espera seguir haciendo esta clase de cosas hasta la muerte. Cuando está en la cola del supermercado, dice, o cuando el cadete de la pizzería le lleva la pizza a su casa, enseguida la reconocen y le dicen frases como: Oh, usted es la que hacía tal o cual papel. Qué bien estaba allí. Era una hija de puta de pies a cabeza, una hija de puta completa. La señora Audley está muy orgullosa de sus actuaciones; yo aplaudo sus monerías y ella después me invita a tomar gin tonics. Un día de buenas a primeras aparece Mary Costa, cantante lírica. Nadie sabe de dónde salió. Es rubia, robusta, tiene como treinta años pero dice que tiene menos: todos en los Estudios nos damos cuenta de que miente. La ponen a hacer gorgoritos, escalas, solfeo: alguien dice que tiene la voz de una alondra. Yo claramente puedo decir qué es una alondra, para algo lo busqué hace dos putos meses en el diccionario y hasta arranqué la página que va de alias a ariles llevo siempre conmigo. La alondra es un ave aves paseiformes, de la familia de los aláudidos; es una familia muy numerosa. Es una de las aves muy cantoras, de canto melodioso, y lo emite incluso mientras vuela. El mayor cantor es el macho, que gasta en su vuelo muchas energías a raíz de esto; su trino es emitido para delimitar su territorio. Cantan durante todo el año y no sólo durante el cortejo amoroso. En la época nupcial canta desde gran altura, cantando con mayor fuerza a medida que se eleva. Se la suele cazar con espejuelo. Pero en ese instante prefiero callar mis conocimientos ornitológicos y no lo digo en voz alta a ninguno de los Estudios. En mi casa, mis padres dicen: Te serruchó el piso, te quitó el lugar, es una trepadora, seguro se acuesta con alguno de los productores: estas figuritas suben al mundo del espectáculo impelidas por los resortes del colchón de alguno. Le dan para que cante las canciones de la Bella; ¡mis canciones! les gusta a todos. Walt Disney entra en éxtasis cuando la oye; el resto de los realizadores está en trance. Si Tchaikovsky pudiera se levantaría de la tumba y vendría a estamparle un beso en la frente, tan bello es el arte de Mary Costa en la canción, dicen. La anuncian a la prensa como la voz oficial de la Bella Durmiente; la promocionan. Yo quedo relegada a un rincón del Estudio junto con los escobillones, los baldes y el detergente. Mis padres dicen que mejor me trague las lágrimas y siga adelante con mi vida porque ellos ya me lo habían advertido; si ahora me ven llorar es sólo por culpa mía. Un buen día pienso si debo reponerme o hundirme; pienso de qué madera están hechos los artistas de verdad y de qué madera están hechos los sueños. Pienso mucho en esto, durante días y días, adelgazo, no duermo, me pongo muy flaca: la ropa de la Princesa Aurora me queda holgada y el señor Marc Davis lo nota. El no ha notado cuál es el motivo de mi tristeza, piensa que es una pena de amor que me causó un chico. Le digo que no salgo con chicos; que mi vida es el arte. Le echo en cara que faltara a su palabra y no me presentara al señor Disney para ser la voz de la Bella Durmiente. Me cuenta una historia terrible de Mary Costa, una infancia desgarrada, poblada de miseria y cosas de la que es mejor no hablar. No me conmueve; si cree que mi infancia no ha sido cruel debería él vivir una temporada con mis padres, le digo. Me dice que conserve la calma, que tenga paciencia. La paciencia es de lo que están hechos los inmortales, aclara. No sé a quiénes se refiere con la palabra inmortales, tal vez también deba buscarla en el diccionario. Agrega que está haciéndole una propuesta seria al señor Disney: Piel de Asno. El señor Marc Davis sugiere que la próxima película que los Estudios lancen sea Piel de Asno, otro cuento de hadas. La Bella Durmiente será todo un éxito, dice él, como lo fueron La Cenicienta y Blancanieves y los siete enanitos. En Piel de Asno, yo puedo hacer el papel principal, puedo ser la voz de Piel de Asno. Me recomienda que lea el cuento original, que lo busque en la biblioteca. Es de Perrault o de Andersen. A lo mejor sea de los Hermanos Grimm, justo en ese preciso instante él no se acordaba. Me seco las lágrimas con su pañuelo y me voy. Pasa el estreno de La Bella Durmiente y es un éxito. Mi nombre no figura ni siquiera en los créditos y mucho menos en los agradecimientos. En el estreno están presentes los actores, los realizadores, los dibujantes y los productores. En un trono de oro puro está sentado Walt Disney. El señor Marc Davis me vé momentos antes de entrar al baño de caballeros y me dice que espere por Piel de Asno, que el plan está en marcha, él lo ha puesto a funcionar: hasta está haciendo los bocetos. En los Estudios tienen tu número de teléfono?, pregunta. Te voy a llamar, dice, después se mete en el baño con apuro. Como sea, Piel de Asno no resulta. La siguiente película de los Estudios Disney es La espada en la piedra, sobre el Rey Arturo. De los estudios me llaman y me preguntan si puedo ir y ponerme a hacer de venado. Les pregunto si debo ponerme un traje de venado, un disfraz. Estamos en verano y la refirgeración en los Estudios no es muy buena. Me contestan que basta con camine en cuatro patas por el set para que los dibujantes se hagan una idea de cómo caminaría un venado. Trabajaron así en Bambi, explica la persona que me contacta. Digo que voy a pensarlo; en eso aparece Rick y me caso con él. No usa capa ni sombrerito tirolés con una pluma, ni toma clases de esgrima: de príncipe azul no tiene nada: es un gran conocedor de la cerveza Budweiser y una vez estableció un record mundial tomándose treinta y una sin respirar. Yo estuve presente en esa competencia: era la que abría los precintos. Fuera de eso, un buen hombre, se hace cargo del negocio de los grifos y hace un poco de plomería a domicilio. Hace poco estábamos mirando la televisión y veo en un documental a Mary Costa, la ladrona de puestos. Tiene como ochenta años, pero parece más joven por los refreshing y sabrá Dios cuántas operaciones de cirugía estética se habrá hecho. Todo con lo que ganó a costa de La bella Durmiente. Lo llamo a Rick a los gritos para que venga a ver, pero no me oye porque está probando una nueva válvula en la pileta de la cocina; cuando trabaja con agua se desconecta el audífono y es sordo como una tapia. Mary Costa declara en la televisión: “No tenía idea de que La Bella Durmiente sería el filme que me mantendría en contacto con la juventud. Cuando hablo con los jóvenes, les digo que no se olviden de sus sueños, que se esfuercen. Yo tuve mucha suerte y fui muy afortunada; fue como una vez en sueño, tal cual la canción, y amo cada minuto del mismo.” Vieja zorra, le digo a la pantalla, pero ella no escucha, no oye. Después cambio el canal y aparece Rick con una cerveza y la noticia de que la válvula anti pérdida para grifos de lavabo es todo un éxito. Brindamos por el éxito de ventas de la válvula.
Marc Davis es amigo del padre de T. T. es un vecino; el señor Marc Davis es el dibujante de figuras humanas en los Estudios Disney. T. me cuenta que buscan una muchacha para que haga la Bella Durmiente del Bosque. Tiene que bailar para que ellos puedan copiar sus movimientos, pasarlos al papel. Tal vez también requieran que le haga la voz al personaje. Le cuento a mi madre, que me dice que no me haga ilusiones; le cuento a mi padre, que refuerza la idea de que hacerme ilusiones es una estupidez: lo más probable es que se trate de unos degenerados que me quieren ver en cueros. Los dos concuerdan en que T. es un pelotudo y tarde o temprano, lamentablemente más temprano que tarde, subraya mi madre, acabaré por darme cuenta. Mi padre no dá ni dos centavos de dólar por T. ni las amistades que pueda tener T. con los Estudios Disney. Mi padre quiere que cuando sea mayor yo esté con él en el negocio de grifería; que le lleve los libros contables. Yo me sentía bastante segura para bailar en el estudio de los dibujantes: había tomado un curso de ballet el año anterior, aunque después lo tuve que abandonar porque tengo el arco del pie vencido. El día de la audición me levanto bien temprano y voy a los Estudios. No hay ninguna otra muchacha haciendo cola para dar una audición, por lo cual pienso que o la información de T. es ultra secreta y de máxima confidencialidad o que, como dicen mis padres, me van a usar en una película pornográfica. La secretaria del señor Marc Davis me hace poner un disfraz, un corpiño de cuero muy ajustado y vestido de campesina. Yo tenía entendido que la Bella Durmiente es una princesa, le digo. Ella entonces me explica que sì, pero a mí me toca hacer la parte en que yo bailo en el bosque, cuando la princesa tiene una falsa identidad y vive con las hadas bajo otro nombre. Parece que a la princesa la hacen pasar por campesina, yo eso no lo entiendo muy bien; en ese momento no sé si lo sacaron del cuento original o del ballet de Tchaicovsky, en el que se inspira la película o si se le ocurrió a Walt Disney en una noche de insomnio (Walt Dinesy padecía de insomnio). Despuès entra el señor Marc Davis y se sienta frente a su caballete de dibujo. Me dice que debo bailar al ritmo de la música y que él dibujará los movimientos. Es como ser la modelo de un pintor, explicó, pero mucho mejor porque acá me podía mover. Pusieron ese vals tan bonito y que todo el mundo recordará por siempre: Eres tú el príncipe azul/ que yo soñé…; bailé exactamente durante cuatro horas con diez minutos. Cuando volví, me dolían los pies y los tenía tan hinchados que mi madre dijo que quedaría inválida con toda probabilidad. Pero a mí no me importaba; me pagaron cinco dólares que yo veo como una fortuna y me sentía contenta. Desde que tengo uso de razón, sueño con ser actriz o con ser alguien que se destaca de entre las demás personas por sus nobles acciones: un médico que viaja al Africa a salvar a los niños o un científico eminente como Marie Curie, por ejemplo. Claro que ninguna de estas dos vocaciones es posible con padres como los míos. Por estos días, mi padre me insiste en que tome el curso de mecanografía y lo apruebe. Es importante ser mecanógrafa; de verdad es un conocimiento que dura toda la vida, dice él: no se puede estar tipeando con un solo dedo como una infeliz. Yo sueño con salir en cámaras, sueño con ir por la calle y que los jóvenes y los viejos me señalen y digan: Miren, aquella es la Bella Durmiente. Por supuesto que yo sabía que sólo posaría para los dibujantes, para el señor Marc Davis y con un poco de suerte a lo mejor conseguía que me permitieran hacer la voz de la princesa Aurora. De todos modos, los espectadores de la película verán en el cine a mi cuerpo y mi rostro, en el cuerpo y en el rostro de la princesa Aurora. Ya eso me tiene bastante complacida, hasta que la tipa que es asistente de Eyvind, el que pinta los fondos, me dice que Marc Davis en realidad aplicó los rasgos de Audrey Hepburn para el rostro de la Bella Durmiente. O sea, que los rasgos faciales de la Hepburn inspiraron al señor Marc Davis para hacer la cara de la Bella. Le digo a la tipa ésta que es una cucaracha, le grito palabras fuertes y me enojo. Ella no se ofende porque o las palabras no eran tan fuertes como yo pensaba o la tipa está bien acostumbrada a oírlas y ya no le mueven un pelo. Con razón, me defiendo diciéndole que la señora Hepburn nunca pisó el Estudio para posar ante los dibujantes. La tipa repite que si no le creo, me fije en el primer cajón del escritorio del señor Davis y allí encontraré bastantes fotografías de la actriz, como para salir de duda acerca de si la utiliza o no como modelo para el rostro de la princesa. Refuerzo el grito de que es una cucaracha, porque sólo las cucarachas husmean en los papeles ajenos. La tipa se encoge de hombros y para ella ahí se termina la historia. Yo me siento traicionada hasta la médula, pero después me repongo: estoy casi segura de que el monigote ese del señor Davis, en quien yo creo como en Jesucristo, me pondrá para actriz en el doblaje de la Bella. Desde que se me ocurre la idea de ser su voz hasta el final, aliento la ilusión y trago cucharadas, tarros enteros de miel. Mi padre me mira hacer y se mofa: dice que tengo la voz cascada de su suegra búlgara, mi abuela. Nunca podré darle el toque virginal y cálido de una princesa, agrega, por más que yo tenga dieciséis años recién cumplidos. Aparte nosotros venimos de abajo, no tenemos nada que ver con príncipes ni reyes. Los abuelos tenían una tierrita en Canadá, pero el frío los corrió y fueron bajando hasta establecerse en Los Angeles. Es un buen lugar Los Angeles; nos gusta vivir acá. Como sea, yo voy haciendo amistad con el señor Marc Davis y él me toma cariño. Tengo ampollas en los pies, y un día me tuerzo un tobillo a fuerza de tropezarme con un taburete. Me pongo una pomada sobre el tobillo hinchado durante diez días, quince días y al final el tobillo se desinflama. Me queda una leve renguera. A la Bella Durmiente en su rol de campesina, las hadas la llaman con el nombre de Rosa Silvestre. Es el apodo que se le ocurrió al señor Davis en honor a mí, un regalo que me hizo, por Rose, mi nombre. Rose Stanley. Me siento feliz, soy feliz y me sueños están a punto de hacerse realidad. Lloro lágrimas de felicidad y mi madre dice que estoy loca y amenaza con que si bajan mis calificaciones cortará de plano todo el asunto con los Estudios Disney y me llevará a un psiquiatra para que me trate de por vida. Me aplico todas las noches a estudiar las materias de la escuela, especialmente matemáticas. Los números me cuestan, no tengo facilidad para las matemáticas. Hay una canción en La Cenicienta que se titula Un sueño es un deseo que fabrica tu corazón; la canto a cada rato. Canto todo el tiempo, esa canción y otras; canto en la ducha, en el almuerzo y la cena, canto en el autobús que me lleva a la escuela. Tarareo los ballets de Tchaikovsky; escucho el disco de Cascanueces y me castigo con dos días sin postre por dormirme mientras lo oigo. Mis padres están hartos de mí y de la música, pero al señor Marc Davis le gustan mis canciones. Dice que soy como una alondra. Yo no tengo ni idea de qué es una alondra y cuando llego a casa lo busco en el diccionario: es un pájaro, un aves paseiformes, de la familia de los aláudidos. Le pregunto si podrán contratarme para hacer la voz de la Bella Durmiente y él me dice que tenga paciencia. Ya le dijo a su jefe, a Walt Disney en persona, que yo podría ser la voz de la Bella Durmiente. ¡Oh, mi Dios, tanta felicidad no me cabe en el cuerpo! Esa noche sueño con Marc Davis, un sueño confuso, de amor tal vez, con besos y caricias. A la mañana siguiente me pregunto si estoy enamorada de él. Cuando lo veo en el Estudio, me desaliento: es mucho más viejo que yo, es pelado y tiene los labios finos, color borgoña. Cuando toma café, después de la segunda taza, su mal aliento es tal que debo hablarle guardando cierta distancia. Siempre tiene las palmas de las manos húmedas y debe secarse a cada momento para no manchar el papel de dibujo con su transpiración. Nuestros hijos serían feos: no puedo casarme con él. Esa misma tarde, después del mediodía aparece en los Estudios un idiota, que a todas luces es amigo de T. y dice conocerme. Le ponen un gorrito puntudo y una capa muy larga para convertirlo en el príncipe Felipe. La atención del señor Marc Davis se concentra en el príncipe Felipe al que debe dibujar luchando con el dragón en que se ha trasnformado Maléfica. El tarado se luce moviendo aquí y allá una espadita ridícula; después cuenta que está tomando clases de esgrima con un profesor francés. Imaginaste que estamos haciendo Los tres mosqueteros o algo por el estilo?, le pregunto. Mi madre cree en los horóscopos y las casualidades y me sugiere que a lo mejor el imbécil este es el amor de mi vida, el príncipe cuasi verdadero, el sueño ideal, como dice el vals de la Bella, que yo, cual toda mujer, estaba esperando. Me persigue por toda la casa, prácticamente me ruega de rodillas para que salga con el príncipe Felipe. No voy a salir con él, grito, por nada del universo. Entonces se mete mi padre y recalca que a lo mejor el idiota hasta tenga un buen porvenir en el mundo del espectáculo, cosa que yo no. Al final, les digo que al príncipe Felipe le gustan los muchachos. Al principio creen que les estoy mintiendo, pero cuando comprenden que es una revelación verídica, mi padre concluye de una vez y para siempre que todos los artistas de Hollywood son unos degenerados. Desde que Felipe llegó a los Estudios, yo bailo cada vez menos, me dedico a comer muffins y a servir café al resto de los dibujantes. (A Marc Davis, en pleno trabajo le diagnostican una úlcera y nada más puede tomar leche fría.) Por esos días, empiezan a llegar los actores que harán las voces: aunque alguno de la producción quería a Bette Davis para el rol de Maléfica, Bette Davis no se convierte en Maléfica. O es que pide una fortuna por hacerlo o es que el rol confirma la imagen que tienen los cinéfilos de que es una malvada. Aparece la señora Elinor Audley, que ya hizo la voz de la Madrastra de Cenicienta, en La Cenicienta. La señora Elinor es una actriz de las grandes; espera seguir haciendo esta clase de cosas hasta la muerte. Cuando está en la cola del supermercado, dice, o cuando el cadete de la pizzería le lleva la pizza a su casa, enseguida la reconocen y le dicen frases como: Oh, usted es la que hacía tal o cual papel. Qué bien estaba allí. Era una hija de puta de pies a cabeza, una hija de puta completa. La señora Audley está muy orgullosa de sus actuaciones; yo aplaudo sus monerías y ella después me invita a tomar gin tonics. Un día de buenas a primeras aparece Mary Costa, cantante lírica. Nadie sabe de dónde salió. Es rubia, robusta, tiene como treinta años pero dice que tiene menos: todos en los Estudios nos damos cuenta de que miente. La ponen a hacer gorgoritos, escalas, solfeo: alguien dice que tiene la voz de una alondra. Yo claramente puedo decir qué es una alondra, para algo lo busqué hace dos putos meses en el diccionario y hasta arranqué la página que va de alias a ariles llevo siempre conmigo. La alondra es un ave aves paseiformes, de la familia de los aláudidos; es una familia muy numerosa. Es una de las aves muy cantoras, de canto melodioso, y lo emite incluso mientras vuela. El mayor cantor es el macho, que gasta en su vuelo muchas energías a raíz de esto; su trino es emitido para delimitar su territorio. Cantan durante todo el año y no sólo durante el cortejo amoroso. En la época nupcial canta desde gran altura, cantando con mayor fuerza a medida que se eleva. Se la suele cazar con espejuelo. Pero en ese instante prefiero callar mis conocimientos ornitológicos y no lo digo en voz alta a ninguno de los Estudios. En mi casa, mis padres dicen: Te serruchó el piso, te quitó el lugar, es una trepadora, seguro se acuesta con alguno de los productores: estas figuritas suben al mundo del espectáculo impelidas por los resortes del colchón de alguno. Le dan para que cante las canciones de la Bella; ¡mis canciones! les gusta a todos. Walt Disney entra en éxtasis cuando la oye; el resto de los realizadores está en trance. Si Tchaikovsky pudiera se levantaría de la tumba y vendría a estamparle un beso en la frente, tan bello es el arte de Mary Costa en la canción, dicen. La anuncian a la prensa como la voz oficial de la Bella Durmiente; la promocionan. Yo quedo relegada a un rincón del Estudio junto con los escobillones, los baldes y el detergente. Mis padres dicen que mejor me trague las lágrimas y siga adelante con mi vida porque ellos ya me lo habían advertido; si ahora me ven llorar es sólo por culpa mía. Un buen día pienso si debo reponerme o hundirme; pienso de qué madera están hechos los artistas de verdad y de qué madera están hechos los sueños. Pienso mucho en esto, durante días y días, adelgazo, no duermo, me pongo muy flaca: la ropa de la Princesa Aurora me queda holgada y el señor Marc Davis lo nota. El no ha notado cuál es el motivo de mi tristeza, piensa que es una pena de amor que me causó un chico. Le digo que no salgo con chicos; que mi vida es el arte. Le echo en cara que faltara a su palabra y no me presentara al señor Disney para ser la voz de la Bella Durmiente. Me cuenta una historia terrible de Mary Costa, una infancia desgarrada, poblada de miseria y cosas de la que es mejor no hablar. No me conmueve; si cree que mi infancia no ha sido cruel debería él vivir una temporada con mis padres, le digo. Me dice que conserve la calma, que tenga paciencia. La paciencia es de lo que están hechos los inmortales, aclara. No sé a quiénes se refiere con la palabra inmortales, tal vez también deba buscarla en el diccionario. Agrega que está haciéndole una propuesta seria al señor Disney: Piel de Asno. El señor Marc Davis sugiere que la próxima película que los Estudios lancen sea Piel de Asno, otro cuento de hadas. La Bella Durmiente será todo un éxito, dice él, como lo fueron La Cenicienta y Blancanieves y los siete enanitos. En Piel de Asno, yo puedo hacer el papel principal, puedo ser la voz de Piel de Asno. Me recomienda que lea el cuento original, que lo busque en la biblioteca. Es de Perrault o de Andersen. A lo mejor sea de los Hermanos Grimm, justo en ese preciso instante él no se acordaba. Me seco las lágrimas con su pañuelo y me voy. Pasa el estreno de La Bella Durmiente y es un éxito. Mi nombre no figura ni siquiera en los créditos y mucho menos en los agradecimientos. En el estreno están presentes los actores, los realizadores, los dibujantes y los productores. En un trono de oro puro está sentado Walt Disney. El señor Marc Davis me vé momentos antes de entrar al baño de caballeros y me dice que espere por Piel de Asno, que el plan está en marcha, él lo ha puesto a funcionar: hasta está haciendo los bocetos. En los Estudios tienen tu número de teléfono?, pregunta. Te voy a llamar, dice, después se mete en el baño con apuro. Como sea, Piel de Asno no resulta. La siguiente película de los Estudios Disney es La espada en la piedra, sobre el Rey Arturo. De los estudios me llaman y me preguntan si puedo ir y ponerme a hacer de venado. Les pregunto si debo ponerme un traje de venado, un disfraz. Estamos en verano y la refirgeración en los Estudios no es muy buena. Me contestan que basta con camine en cuatro patas por el set para que los dibujantes se hagan una idea de cómo caminaría un venado. Trabajaron así en Bambi, explica la persona que me contacta. Digo que voy a pensarlo; en eso aparece Rick y me caso con él. No usa capa ni sombrerito tirolés con una pluma, ni toma clases de esgrima: de príncipe azul no tiene nada: es un gran conocedor de la cerveza Budweiser y una vez estableció un record mundial tomándose treinta y una sin respirar. Yo estuve presente en esa competencia: era la que abría los precintos. Fuera de eso, un buen hombre, se hace cargo del negocio de los grifos y hace un poco de plomería a domicilio. Hace poco estábamos mirando la televisión y veo en un documental a Mary Costa, la ladrona de puestos. Tiene como ochenta años, pero parece más joven por los refreshing y sabrá Dios cuántas operaciones de cirugía estética se habrá hecho. Todo con lo que ganó a costa de La bella Durmiente. Lo llamo a Rick a los gritos para que venga a ver, pero no me oye porque está probando una nueva válvula en la pileta de la cocina; cuando trabaja con agua se desconecta el audífono y es sordo como una tapia. Mary Costa declara en la televisión: “No tenía idea de que La Bella Durmiente sería el filme que me mantendría en contacto con la juventud. Cuando hablo con los jóvenes, les digo que no se olviden de sus sueños, que se esfuercen. Yo tuve mucha suerte y fui muy afortunada; fue como una vez en sueño, tal cual la canción, y amo cada minuto del mismo.” Vieja zorra, le digo a la pantalla, pero ella no escucha, no oye. Después cambio el canal y aparece Rick con una cerveza y la noticia de que la válvula anti pérdida para grifos de lavabo es todo un éxito. Brindamos por el éxito de ventas de la válvula.
jueves 23 de octubre de 2008
Noche de Verano. Angela Pradelli
La mujer estaba en la cocina cundo llegó el hombre. Preparaba una cena liviana. “No se soportar el calor, no corre una gota de aire”. Cenaron en la cocina. A pesar del calor, el hombre comió mucho. Las piezas estaban calientes, faltaba el aire. Ella lavó los platos. Él se tomó un vaso de vino frío y se arrastró hasta la reposera del patio, cruzó las piernas, aflojó el cuello y miró el cielo clavando la vista en un punto. La mujer apagó la luz y salió al patio. Se sentó en otro reposera y se abrió los botones del vestido. “Tengo calor (lo dijo pasándose una mano por el pecho húmedo de transpiración), no aguanto más”
El resplandor de la luna llena iluminaba los cuerpos.
Se escuchó una frenada cerca y unos ladridos que parecían lejanos. El hombre se empezaba a dormir. “¿Querés ir a la cama?” le preguntó mientras su mano le recorría la pierna desde la rodilla hasta el sexo. “Sí, dijo él, mejor me acuesto”. La mujer permaneció recostada en la reposera que estaba cerca de la habitación en donde el hombre ya casi dormía. Escucho el ruido que empezaban a hacer las aletas flojas del ventilador de la pieza y se cerró el vestido mientras trataba de acomodar su cuerpo en la reposera.
El resplandor de la luna llena iluminaba los cuerpos.
Se escuchó una frenada cerca y unos ladridos que parecían lejanos. El hombre se empezaba a dormir. “¿Querés ir a la cama?” le preguntó mientras su mano le recorría la pierna desde la rodilla hasta el sexo. “Sí, dijo él, mejor me acuesto”. La mujer permaneció recostada en la reposera que estaba cerca de la habitación en donde el hombre ya casi dormía. Escucho el ruido que empezaban a hacer las aletas flojas del ventilador de la pieza y se cerró el vestido mientras trataba de acomodar su cuerpo en la reposera.
miércoles 22 de octubre de 2008
Are you lonesome tonight? Roy Turk & Lou Handman
Te sentís solitaria esta noche?
Me extrañás, esta noche?
Lamentás que nos hayamos apartado?
Aparece de vez en cuando en tu memoria
el brillante día soleado en que te besé y te llamé mi amor?
Las sillas de tu casa están como vacías y desnudas.
Mirás fijamente tu puerta y me fotografiás allí.
Está tu corazón lleno de pena?
Dime si yo debo regresar, querida.
Estás sola esta noche?
Me pregunto si estás solitaria esta noche
Sabes, alguien dijo que este mundo es como un escenario
y cada uno debe decir su parte.
El destino me dio el rol de enamorarme de vos
eras el amor de mi corazón.
En el Acto Uno cuando nos conocimos, te quise a la primer mirada.
Leíste tus guión tan inteligente, nunca olvidaste una didascalia.
Luego vino el Acto Dos, pareciste cambiar y actuaste extraño;
Por qué, nunca lo sabré.
Querida, mentiste cuando dijiste que me amabas,
y no tengo por qué dudarlo;
pero yo seguiría oyendo tus mentiras
antes que vivir más sin vos.
Ahora el escenario está desnudo y yo estoy parado ahí
con el vacío a mi alrededor.
Y si no volverás a mí,
entonces ya pueden hacer caer el telón.
Si tu corazón está lleno de dolor y debo volver a tu lado,
decímelo, querida. Estás solitaria esta noche?
La popularizó Elvis Presley, pero hay otras versiones. Una muy bonita es la de NOrah Jones que no tiene el recitado que hacía Elvis -ese donde el amor es un gran teatro.
Me extrañás, esta noche?
Lamentás que nos hayamos apartado?
Aparece de vez en cuando en tu memoria
el brillante día soleado en que te besé y te llamé mi amor?
Las sillas de tu casa están como vacías y desnudas.
Mirás fijamente tu puerta y me fotografiás allí.
Está tu corazón lleno de pena?
Dime si yo debo regresar, querida.
Estás sola esta noche?
Me pregunto si estás solitaria esta noche
Sabes, alguien dijo que este mundo es como un escenario
y cada uno debe decir su parte.
El destino me dio el rol de enamorarme de vos
eras el amor de mi corazón.
En el Acto Uno cuando nos conocimos, te quise a la primer mirada.
Leíste tus guión tan inteligente, nunca olvidaste una didascalia.
Luego vino el Acto Dos, pareciste cambiar y actuaste extraño;
Por qué, nunca lo sabré.
Querida, mentiste cuando dijiste que me amabas,
y no tengo por qué dudarlo;
pero yo seguiría oyendo tus mentiras
antes que vivir más sin vos.
Ahora el escenario está desnudo y yo estoy parado ahí
con el vacío a mi alrededor.
Y si no volverás a mí,
entonces ya pueden hacer caer el telón.
Si tu corazón está lleno de dolor y debo volver a tu lado,
decímelo, querida. Estás solitaria esta noche?
La popularizó Elvis Presley, pero hay otras versiones. Una muy bonita es la de NOrah Jones que no tiene el recitado que hacía Elvis -ese donde el amor es un gran teatro.
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Patricia Suárez
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lunes 20 de octubre de 2008
En familia. Todos los que hicimos Agua y Aceite.

Aquí estamos todos: Claudio Ferrari, Silvia Trawier, quien hace este blog, Juan Manuel Ariza y Maia Francia. Todos sonriendo en la Librería Fedro. Para ellos -actores, director y libreros, mi agradecimiento. Para Hugo Mouján que sacó las fotos, beso idem.
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miércoles 15 de octubre de 2008
En mi vida secreta. Poema
En mi vida secreta, dice, todavía
seguimos haciendo el amor; la canción
repite: te veo moviéndote rápido
hacia alguna parte, me quedo
pensando en vos, me acuerdo;
la soledad como el café humeante,
la marca de unos labios en una copa de cristal:
tus números ya no están en mi vida
ni en mi cuerpo, es insano extrañarte tanto:
es una frase del cantante que al final
ya es mía, repetirla hasta que el aire
de la calle la consuma; una oración,
un mantra: algo sucederá si la digo
con la fé suficiente; llevo puesta tu ropa,
llevo puestos tus ojos, tus pies,
te siento: estás cerca, estás lejos.
seguimos haciendo el amor; la canción
repite: te veo moviéndote rápido
hacia alguna parte, me quedo
pensando en vos, me acuerdo;
la soledad como el café humeante,
la marca de unos labios en una copa de cristal:
tus números ya no están en mi vida
ni en mi cuerpo, es insano extrañarte tanto:
es una frase del cantante que al final
ya es mía, repetirla hasta que el aire
de la calle la consuma; una oración,
un mantra: algo sucederá si la digo
con la fé suficiente; llevo puesta tu ropa,
llevo puestos tus ojos, tus pies,
te siento: estás cerca, estás lejos.
lunes 13 de octubre de 2008
Varita Mágica.
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Patricia Suárez
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sábado 11 de octubre de 2008
Lo que te hace feliz. Cuento
Hace dos veranos tenía una amiga que era actriz. No nos veíamos con gran frecuencia, pero en una ocasión me contó que estaba muy feliz: la habían llamado para dar una prueba en una película de un director prestigioso. No era para el rol protagónico ni mucho menos; no estaba segura mi amiga si era para la amante ocasional del protagonista o si se trataba de una prostituta que el protagonista frecuentaba. La película estaba ambientada en la década del ’50 y contaba la historia de dos detectives privados que debían investigar la vida de una mujer misteriosa. Mi amiga no era la mujer misteriosa; era la otra. No sabíamos si iba a quedar en el papel, pero tenía un physic du rol muy a propósito para hacer de mujer pública de cincuenta años atrás: era rubia, llena, y con un rostro muy imponente, a la manera de las grandes actrices italianas del neorrealismo o de Lana Turner. Estábamos seguras de que el papel sería suyo y con ese motivo fuimos a brindar a un bar de San Telmo, aprovechando que era domingo y teníamos ganas de pasear. Su novio ese día tenía estar con sus hijas –las hijas de un matrimonio anterior- y dejándose llevar por la felicidad que parecía tocar a la puerta de ambos, le pidió que se mudaran juntos. Mi amiga dijo que sí.
El día de la audición ella estaba muy nerviosa. Hizo algunas promesas para que la cosa le saliera bien. Prometió no volver a comer cosas dulces, por ejemplo. Decía que tenía un ángel que la protegía, un ángel guardián, que estaba vivo, por supuesto, aunque era de piedra. Ella se pasó toda la mañana con saquitos de té helado sobre los ojos para deshincharlos y estar perfecta a la tarde. Mi amiga tenía ojos grandes, pardos. El director le hizo la prueba de cámara. Le ató un pañuelo a lunares en la cabeza y la hizo mirar a un lado y a otro; así la filmó. Mientras lo hacía, dijo al pasar, que así fue la toma que hizo Chaplin de Oona O’Neill y después se pasó con ella el resto de su vida. El 53 y Oona 16 y tuvieron ocho hijos. Al pobre Eugene O’Neill, el dramaturgo, casi le dio un infarto cuando se enteró del asunto. Pero el romance prosperó y el matrimonio prosperó y no pudo quejarse. Mi amiga no podía identificar bien cuál era la relación entre Oona y Eugene; prefirió quedarse callada. Sonriendo con cara de tonta, explicó. Estaba presente el actor principal, R. Era una celebridad, pero muy sencillo en su forma de ser. Hacía chistes, le brillaban los ojos de gato hambriento, un poco como los del tigre Shere Khan en “El Libro de la Selva”. El director y el actor hacían una buena dupla: uno había recibido el Oso de Berlín por una película anterior sobre una fuga del penal de Ushuaia en la década del ’30 o el ’40 y el otro había estado en el Festival de Cannes donde su actuación como epiléptico en un filme de otro director, fue muy aplaudida. Mi amiga tenía ganas de orinar. Tengo que ir al baño, dijo. Actor y director refunfuñaron, llamaron por intercomunicador a una asistente que la acompañó por un largo pasillo hasta el baño.
Cuando ella volvió, el director encaró el asunto y fue directo al grano. Les gustaba cómo ella daba en cámara: un buen rostro, muy plástico, fotogénico. Concentraba la luz y la reflejaba. Pero lo que mi amiga tenía que hacer en la película era practicarle sexo oral al actor principal, R. Era actuación, aseveró el director, pero tenía que verse muy real. Acá no debería haber cuestiones morales, planteamientos morales: esto era arte. El iba a tomar medidas para protegerla: por ejemplo, en el plató iban a estar sólo los actores, R. y ella, y él mismo iba a filmar la secuencia. No habría técnicos, ni iluminadores, ni eléctricos, ni nadie más. Solo los tres; algo muy cuidado. ¿Qué respondía ella a eso? Mi amiga había enmudecido. El director disertó sobre el sexo explícito en cámara, el sexo explícito dentro del séptimo arte. (El pronunciaba explícito de una manera que sonaba como escalofrío, según dijo después mi amiga.) Escenas de sexo explícito había muchas, algunas, en la historia del cine. Una fellatio no era cosa del otro mundo; ya lo hizo Maruschka Detmers en “El diablo en el cuerpo” de Marco Bellocchio, en los ’80. A lo mejor ella justo no vio esa película, a lo mejor ella no tiene en mente a Maruschka Detmers. Tal vez ella, mi amiga, debería ver “El diablo en el cuerpo”, debería ver toda la filmografía de Bellocchio, sugirió. Ella no tenía que responder por sí o por no en ese instante, pero tenía que ser cuanto antes. Esa noche o mañana; no más de mañana. Había otras actrices a quienes entrevistar. Incluso había una muy famosa, con una vida sentimental que ya era legendaria. El asunto de cuánto iba a cobrar, ella lo tendría que arreglar con el Sindicato de Actores, pero seguro era lo que correspondía. El le iba a poner un puntaje alto a su trabajo, así le pagaban un poco de más. Al fin y al cabo era un trabajo de riesgo. Mi amiga saludó cortésmente y salió. Salió del set, salió de la vida de esas personas para siempre. O así lo creyó en ese momento.
Mi amiga entonces no durmió en toda la noche y al día siguiente no llamó al director. Le dijo a su novio que le había ido mal en la audición, que creía que no la volverían a llamar. Son cosas que pasan, gajes del oficio. El le palmeó la espalda a modo de consuelo y comentó que esa tarde iría a ver unas propiedades en Villa Ballester adonde podrían mudarse. Parece lejos de la Capital, del centro, pero es más barato para vivir. Ella se encogió de hombros; le daba igual el plan inmobiliario del novio. De inmediato, llamó a la productora y pidió el teléfono de R. Tenía que darle un mensaje personal, dijo: se lo dieron. Era el teléfono particular, así que atendió R mismo, un poco agitado porque estaba haciendo ejercicio, explicó: levantaba pesas todas las mañanas. Mi amiga le comentó que estaba pensando con seriedad el asunto de la película y a decir verdad ella no podía tener sexo con un desconocido así como así. Había hecho muchas cosas en su vida, que no venían ahora a cuento, pero nunca había tenido sexo con un desconocido. R era muy simpático, sin duda, y ella lo vió actuar en películas desde su adolescencia y también fue al teatro para verlo trabajar en una pieza de Yasmina Reza, la autora francesa, pero estos hitos no lo hacían una persona cercana. R comprendió; toda esta argumentación le divertía: además mi amiga era muy linda. Así que la invitó a su casa, a cenar, ella era la encargada de llevar el vino. A las nueve, mi amiga estaba en la puerta de la casa de R con dos botellas de un vino chardonnay, de un viñedo de Luján de Cuyo (él le dijo que comerían pescado). A su novio, mi amiga le informó que saldría conmigo. A veces salíamos hasta muy tarde en la noche y como vivíamos lejos una de otra, ella se quedaba a dormir en mi casa para no correr el riesgo de caminar ocho cuadras en lo oscuro hasta la parada de colectivos, o gastar en un taxi. Como fuera que estaban con ánimo para amar, cenaron pronto y se fueron a la cama. Nada memorable, dijo mi amiga después: sabía que R había hecho esfuerzos para quedar en su mente grabado con el fuego de los mitos, pero el vino se le había subido a la cabeza y a medianoche tuvo calambres en las pantorrillas. Apenas amaneció, ella se fue en un remise: hizo al coche detenerse en un locutorio y desde ahí habló a la productora, confirmó que aceptaba el papel. Todos estaban contentos.
La vida de los actores es muy extraña: hay tipos que se desloman en el teatro y nunca llegan a nada y hay otros que hicieron dos o tres estupideces y saltan a la fama. Mi amiga conocía uno que hacía un papel miserable en una obra de teatro de provincias y como lo viera actuar un asesor cultural de la Embajada de Polonia que estaba de casualidad por ahí, lo contrató y se lo llevó a Varsovia nada más que porque el tipo tenía un aire y unos bigotitos muy semejantes a los de Stalin. Este actor, quedó allá en un elenco estable de un teatro polaco para hacer de Iosif Stalin en cuanto espectáculo se montara en el este de Europa. Como no hubiera podido vivir con la culpa de haber engañado a su novio con R, mi amiga se deshizo de él. Tampoco quería mantener con él una larga conversación a fin de dirimir qué diferencia había entre chupársela a un tipo cualquiera y el arte. Simplemente le dijo que se sentía deprimida, que sus sentimientos no eran los mismos que al comienzo de la relación y que el plan vivienda en Villa Ballester estaba del todo kaput. Después, ella lloró durante un par de días y lloraba cada vez que se acordaba de él. A lo mejor estaba incómoda desde la relación desde hacía un tiempo atrás y recién venía a darse cuenta ahora o bien este era un sacrificio de los que se hacen por el arte: había sacrificado a su novio abnegado que quería lleváserla a vivir una existencia tranquila a una casita en Villa Ballester, por un rol en el cine.
Un día, R llamó a mi amiga; era sobre la madrugada. Le dijo que el proyecto de la película se había postergado por tres meses. El director había tenido que ir a filmar un cortometraje a Francia. Un corto y unas conferencias, algo así. Pero que en cuanto volviera, retomarían el proyecto. Mi amiga se sintió inquieta, R la invitó a la casa. Como sea, ella lo visitó algunas veces, ninguna de las cuales se ocupó en elegir y llevar un vino. El podía comprar mejores vinos que ella sin necesidad de hacer sacrificios pecuniarios. Bebían y se quedaban en la cama hasta la madrugada. Hablaban de teatro, del cine. Hablaban de la admiración que el director tenía por Charles Chaplin. En el estudio había colgado un letrero con una frase bonita de “Candilejas”: “La vida es deseo, no significado”. R y mi amiga comentaron esta frase durante esas noches. En esas condiciones, la filosofía es una práctica agradable.
Esta es una historia real. Cualquiera que lea la prensa rosa puede enterarse qué pasó después con el proyecto. Un día, R la recibió a mi amiga acongojado. Ella creía que él le estaba haciendo teatro, pero al fin él se derrumbó en un sillón y le confesó que el director tenía cáncer terminal. Nunca estuvo en Francia, fue algo que se optó por decir a los medios, para que los productores no retiraran la inversión en la película: estaba haciéndose quimioterapia, rayos. Muchos directores hacen películas al borde de la muerte, como el caso de John Huston en “Los muertos” o de Michelangelo Antonioni con “El filo peligroso de las cosas”, un episodio erótico dentro de un filme más largo que armaron después otros. De todos modos, el caso no era éste. El director estaba en terapia intensiva y no saldría ya de esta situación sino fuera con los pies para adelante. La familia del director, previendo lo que habría de suceder, le había ofrecido a R seguir él adelante con la película. El se convertiría en director de esa película, sería su ópera prima. Mi amiga se desmoronó. Así que R. trató de calmarla, le dijo que su papel se mantendría si ella se empeñaba, aunque a él le parecía muy fuerte y prefería –así lo enunció- casarse con ella a tenerla de actriz en una película propia. Tres días después, el director falleció y R decidió hacerse cargo del proyecto. Hubo un séquito de personas que estimaban al director y les significaba una pérdida muy grande: había sido un buen hombre. Mi amiga y R, cuando terminó el servicio, se sentaron detrás de una tapia del cementerio, contó ella, de cara a unos cipreses cochambrosos. Entonces él le repitió aquello que ya le había propuesto y que acabó siendo una declaración formal: prefería casarse con ella a que ella le practicara sexo oral en la película. Mi amiga se mantuvo en silencio y R, un poco nervioso, comentó: “Están las cosas que te hacen feliz y están las cosas que no. Amar, actuar. Parece tan sencillo, una fuente de felicidad. Un error de cálculo. Arata, Luis. Singerman, Paulina. Demare, Lucas. Lusiardo, Tito. Arias, Pepe. Muñoz, Pepita. Salcedo, Jorge. Gola, José. José Gola era un galán en sus tiempos, un galán de verdad, un ganador. Todos ellos están mejor que nosotros.” Mi amiga contó que la cochambre de los cipreses y la niebla parecía unirse alrededor de ellos. Era un día de octubre, pero todavía estaba muy frío. “¿Por qué?”, le preguntó. R. sonrió: “Porque todos ellos están muertos”. El proyecto sobrevivió un par de meses más, pero al final la película no se hizo. Mi amiga tampoco se casó con él.
El día de la audición ella estaba muy nerviosa. Hizo algunas promesas para que la cosa le saliera bien. Prometió no volver a comer cosas dulces, por ejemplo. Decía que tenía un ángel que la protegía, un ángel guardián, que estaba vivo, por supuesto, aunque era de piedra. Ella se pasó toda la mañana con saquitos de té helado sobre los ojos para deshincharlos y estar perfecta a la tarde. Mi amiga tenía ojos grandes, pardos. El director le hizo la prueba de cámara. Le ató un pañuelo a lunares en la cabeza y la hizo mirar a un lado y a otro; así la filmó. Mientras lo hacía, dijo al pasar, que así fue la toma que hizo Chaplin de Oona O’Neill y después se pasó con ella el resto de su vida. El 53 y Oona 16 y tuvieron ocho hijos. Al pobre Eugene O’Neill, el dramaturgo, casi le dio un infarto cuando se enteró del asunto. Pero el romance prosperó y el matrimonio prosperó y no pudo quejarse. Mi amiga no podía identificar bien cuál era la relación entre Oona y Eugene; prefirió quedarse callada. Sonriendo con cara de tonta, explicó. Estaba presente el actor principal, R. Era una celebridad, pero muy sencillo en su forma de ser. Hacía chistes, le brillaban los ojos de gato hambriento, un poco como los del tigre Shere Khan en “El Libro de la Selva”. El director y el actor hacían una buena dupla: uno había recibido el Oso de Berlín por una película anterior sobre una fuga del penal de Ushuaia en la década del ’30 o el ’40 y el otro había estado en el Festival de Cannes donde su actuación como epiléptico en un filme de otro director, fue muy aplaudida. Mi amiga tenía ganas de orinar. Tengo que ir al baño, dijo. Actor y director refunfuñaron, llamaron por intercomunicador a una asistente que la acompañó por un largo pasillo hasta el baño.
Cuando ella volvió, el director encaró el asunto y fue directo al grano. Les gustaba cómo ella daba en cámara: un buen rostro, muy plástico, fotogénico. Concentraba la luz y la reflejaba. Pero lo que mi amiga tenía que hacer en la película era practicarle sexo oral al actor principal, R. Era actuación, aseveró el director, pero tenía que verse muy real. Acá no debería haber cuestiones morales, planteamientos morales: esto era arte. El iba a tomar medidas para protegerla: por ejemplo, en el plató iban a estar sólo los actores, R. y ella, y él mismo iba a filmar la secuencia. No habría técnicos, ni iluminadores, ni eléctricos, ni nadie más. Solo los tres; algo muy cuidado. ¿Qué respondía ella a eso? Mi amiga había enmudecido. El director disertó sobre el sexo explícito en cámara, el sexo explícito dentro del séptimo arte. (El pronunciaba explícito de una manera que sonaba como escalofrío, según dijo después mi amiga.) Escenas de sexo explícito había muchas, algunas, en la historia del cine. Una fellatio no era cosa del otro mundo; ya lo hizo Maruschka Detmers en “El diablo en el cuerpo” de Marco Bellocchio, en los ’80. A lo mejor ella justo no vio esa película, a lo mejor ella no tiene en mente a Maruschka Detmers. Tal vez ella, mi amiga, debería ver “El diablo en el cuerpo”, debería ver toda la filmografía de Bellocchio, sugirió. Ella no tenía que responder por sí o por no en ese instante, pero tenía que ser cuanto antes. Esa noche o mañana; no más de mañana. Había otras actrices a quienes entrevistar. Incluso había una muy famosa, con una vida sentimental que ya era legendaria. El asunto de cuánto iba a cobrar, ella lo tendría que arreglar con el Sindicato de Actores, pero seguro era lo que correspondía. El le iba a poner un puntaje alto a su trabajo, así le pagaban un poco de más. Al fin y al cabo era un trabajo de riesgo. Mi amiga saludó cortésmente y salió. Salió del set, salió de la vida de esas personas para siempre. O así lo creyó en ese momento.
Mi amiga entonces no durmió en toda la noche y al día siguiente no llamó al director. Le dijo a su novio que le había ido mal en la audición, que creía que no la volverían a llamar. Son cosas que pasan, gajes del oficio. El le palmeó la espalda a modo de consuelo y comentó que esa tarde iría a ver unas propiedades en Villa Ballester adonde podrían mudarse. Parece lejos de la Capital, del centro, pero es más barato para vivir. Ella se encogió de hombros; le daba igual el plan inmobiliario del novio. De inmediato, llamó a la productora y pidió el teléfono de R. Tenía que darle un mensaje personal, dijo: se lo dieron. Era el teléfono particular, así que atendió R mismo, un poco agitado porque estaba haciendo ejercicio, explicó: levantaba pesas todas las mañanas. Mi amiga le comentó que estaba pensando con seriedad el asunto de la película y a decir verdad ella no podía tener sexo con un desconocido así como así. Había hecho muchas cosas en su vida, que no venían ahora a cuento, pero nunca había tenido sexo con un desconocido. R era muy simpático, sin duda, y ella lo vió actuar en películas desde su adolescencia y también fue al teatro para verlo trabajar en una pieza de Yasmina Reza, la autora francesa, pero estos hitos no lo hacían una persona cercana. R comprendió; toda esta argumentación le divertía: además mi amiga era muy linda. Así que la invitó a su casa, a cenar, ella era la encargada de llevar el vino. A las nueve, mi amiga estaba en la puerta de la casa de R con dos botellas de un vino chardonnay, de un viñedo de Luján de Cuyo (él le dijo que comerían pescado). A su novio, mi amiga le informó que saldría conmigo. A veces salíamos hasta muy tarde en la noche y como vivíamos lejos una de otra, ella se quedaba a dormir en mi casa para no correr el riesgo de caminar ocho cuadras en lo oscuro hasta la parada de colectivos, o gastar en un taxi. Como fuera que estaban con ánimo para amar, cenaron pronto y se fueron a la cama. Nada memorable, dijo mi amiga después: sabía que R había hecho esfuerzos para quedar en su mente grabado con el fuego de los mitos, pero el vino se le había subido a la cabeza y a medianoche tuvo calambres en las pantorrillas. Apenas amaneció, ella se fue en un remise: hizo al coche detenerse en un locutorio y desde ahí habló a la productora, confirmó que aceptaba el papel. Todos estaban contentos.
La vida de los actores es muy extraña: hay tipos que se desloman en el teatro y nunca llegan a nada y hay otros que hicieron dos o tres estupideces y saltan a la fama. Mi amiga conocía uno que hacía un papel miserable en una obra de teatro de provincias y como lo viera actuar un asesor cultural de la Embajada de Polonia que estaba de casualidad por ahí, lo contrató y se lo llevó a Varsovia nada más que porque el tipo tenía un aire y unos bigotitos muy semejantes a los de Stalin. Este actor, quedó allá en un elenco estable de un teatro polaco para hacer de Iosif Stalin en cuanto espectáculo se montara en el este de Europa. Como no hubiera podido vivir con la culpa de haber engañado a su novio con R, mi amiga se deshizo de él. Tampoco quería mantener con él una larga conversación a fin de dirimir qué diferencia había entre chupársela a un tipo cualquiera y el arte. Simplemente le dijo que se sentía deprimida, que sus sentimientos no eran los mismos que al comienzo de la relación y que el plan vivienda en Villa Ballester estaba del todo kaput. Después, ella lloró durante un par de días y lloraba cada vez que se acordaba de él. A lo mejor estaba incómoda desde la relación desde hacía un tiempo atrás y recién venía a darse cuenta ahora o bien este era un sacrificio de los que se hacen por el arte: había sacrificado a su novio abnegado que quería lleváserla a vivir una existencia tranquila a una casita en Villa Ballester, por un rol en el cine.
Un día, R llamó a mi amiga; era sobre la madrugada. Le dijo que el proyecto de la película se había postergado por tres meses. El director había tenido que ir a filmar un cortometraje a Francia. Un corto y unas conferencias, algo así. Pero que en cuanto volviera, retomarían el proyecto. Mi amiga se sintió inquieta, R la invitó a la casa. Como sea, ella lo visitó algunas veces, ninguna de las cuales se ocupó en elegir y llevar un vino. El podía comprar mejores vinos que ella sin necesidad de hacer sacrificios pecuniarios. Bebían y se quedaban en la cama hasta la madrugada. Hablaban de teatro, del cine. Hablaban de la admiración que el director tenía por Charles Chaplin. En el estudio había colgado un letrero con una frase bonita de “Candilejas”: “La vida es deseo, no significado”. R y mi amiga comentaron esta frase durante esas noches. En esas condiciones, la filosofía es una práctica agradable.
Esta es una historia real. Cualquiera que lea la prensa rosa puede enterarse qué pasó después con el proyecto. Un día, R la recibió a mi amiga acongojado. Ella creía que él le estaba haciendo teatro, pero al fin él se derrumbó en un sillón y le confesó que el director tenía cáncer terminal. Nunca estuvo en Francia, fue algo que se optó por decir a los medios, para que los productores no retiraran la inversión en la película: estaba haciéndose quimioterapia, rayos. Muchos directores hacen películas al borde de la muerte, como el caso de John Huston en “Los muertos” o de Michelangelo Antonioni con “El filo peligroso de las cosas”, un episodio erótico dentro de un filme más largo que armaron después otros. De todos modos, el caso no era éste. El director estaba en terapia intensiva y no saldría ya de esta situación sino fuera con los pies para adelante. La familia del director, previendo lo que habría de suceder, le había ofrecido a R seguir él adelante con la película. El se convertiría en director de esa película, sería su ópera prima. Mi amiga se desmoronó. Así que R. trató de calmarla, le dijo que su papel se mantendría si ella se empeñaba, aunque a él le parecía muy fuerte y prefería –así lo enunció- casarse con ella a tenerla de actriz en una película propia. Tres días después, el director falleció y R decidió hacerse cargo del proyecto. Hubo un séquito de personas que estimaban al director y les significaba una pérdida muy grande: había sido un buen hombre. Mi amiga y R, cuando terminó el servicio, se sentaron detrás de una tapia del cementerio, contó ella, de cara a unos cipreses cochambrosos. Entonces él le repitió aquello que ya le había propuesto y que acabó siendo una declaración formal: prefería casarse con ella a que ella le practicara sexo oral en la película. Mi amiga se mantuvo en silencio y R, un poco nervioso, comentó: “Están las cosas que te hacen feliz y están las cosas que no. Amar, actuar. Parece tan sencillo, una fuente de felicidad. Un error de cálculo. Arata, Luis. Singerman, Paulina. Demare, Lucas. Lusiardo, Tito. Arias, Pepe. Muñoz, Pepita. Salcedo, Jorge. Gola, José. José Gola era un galán en sus tiempos, un galán de verdad, un ganador. Todos ellos están mejor que nosotros.” Mi amiga contó que la cochambre de los cipreses y la niebla parecía unirse alrededor de ellos. Era un día de octubre, pero todavía estaba muy frío. “¿Por qué?”, le preguntó. R. sonrió: “Porque todos ellos están muertos”. El proyecto sobrevivió un par de meses más, pero al final la película no se hizo. Mi amiga tampoco se casó con él.
miércoles 8 de octubre de 2008
Primero soy una pintora, después una música. Joni Mitchell
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Patricia Suárez
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No te vayas con extraños. Evans/Kent/ d. Mann. 1954
Construye tus sueños
brillante, debajo de las estrellas
pero cuando necesites algo de amor verdadero
no te vayas con extraños,
amor, ven conmigo
Juega con el fuego
hasta que tus dedos ardan
pero cuando no haya un lugar al que regresar
no te vayas con extraños,
querido, ven a mí.
Cuando sientas la llamada de tu corazón,
seguirás tu corazón, lo sé,
yo estaré cerca de ahí.
Yo soy una mano amiga
Yo voy a entender si tienes que irte.
Entonces, haz tu marca
para que tus amigos vean
pero cuando necesites mejor compañía
no te vayas con extraños,
querido, ven a casa conmigo.
No te vayas con extraños,
mi amor, ven a mí.
Trad. PS.
Versiones: la más reciente: el dúo de Paul Weller y Amy Winehouse.
Las estelares: Etta Jones, Etta James, Joni Mitchell. ¿Alguien más?
brillante, debajo de las estrellas
pero cuando necesites algo de amor verdadero
no te vayas con extraños,
amor, ven conmigo
Juega con el fuego
hasta que tus dedos ardan
pero cuando no haya un lugar al que regresar
no te vayas con extraños,
querido, ven a mí.
Cuando sientas la llamada de tu corazón,
seguirás tu corazón, lo sé,
yo estaré cerca de ahí.
Yo soy una mano amiga
Yo voy a entender si tienes que irte.
Entonces, haz tu marca
para que tus amigos vean
pero cuando necesites mejor compañía
no te vayas con extraños,
querido, ven a casa conmigo.
No te vayas con extraños,
mi amor, ven a mí.
Trad. PS.
Versiones: la más reciente: el dúo de Paul Weller y Amy Winehouse.
Las estelares: Etta Jones, Etta James, Joni Mitchell. ¿Alguien más?
Que me coma el tigre. Canción
Ay, qué malos son
Los rubios y los morenos
Los malignos de los hombres
¡malísimos, malísimos!
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carne morena
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carnecita está buena
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carne sabrosa
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carne de rosa
Entonces me subo en la loma
Me subo en el árbol, me tiro en el río
Entonces se sube en la loma
Se sube en el árbol, se tira en el río
Entonces me salgo del río,
Me meto en mi casa pa’ que no me vea
El tigre se sale del río
Se mete en mi casa, la cosa está fea
Ignoro si es una coplilla o una especie de rumba aflemancada, la conozco cantada por Lola Flores, y es preciosa.
Los rubios y los morenos
Los malignos de los hombres
¡malísimos, malísimos!
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carne morena
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carnecita está buena
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carne sabrosa
Tú lo que quieres es que me coma el tigre
Mi carne de rosa
Entonces me subo en la loma
Me subo en el árbol, me tiro en el río
Entonces se sube en la loma
Se sube en el árbol, se tira en el río
Entonces me salgo del río,
Me meto en mi casa pa’ que no me vea
El tigre se sale del río
Se mete en mi casa, la cosa está fea
Ignoro si es una coplilla o una especie de rumba aflemancada, la conozco cantada por Lola Flores, y es preciosa.
Lola Flores.
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Patricia Suárez
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Espinita. Bolero
Suave, que me estás matando,
que estás acabando con mi juventud;
yo quisiera haberte sido infiel,
y pagarte con una traición.
Eres como una espinita
que se me ha clavado
en el corazón.
Suave que me está sangrando,
que me estás matando
de pasión.
Yo que sufro por mi gusto
este cruel martirio
que me da tu amor,
no me importa lo que me hagas,
si en tus besos vivo
toda mi ilusión;
y que pase lo que pase,
este pecho amante
es no más de ti;
aunque yo quisiera
no podré olvidarte,
porque siempre vas dentro de mí.
La versión más conocida es la del Trío Los Panchos, pero hay un par de Lola Flores y de Celia Cruz, muy lindas, donde cada una la canta a su manera: aflamencada o salseada. Bonito de oír. Pero la mejor de todas las versiones, ¡la de mi hijita de cinco años!
que estás acabando con mi juventud;
yo quisiera haberte sido infiel,
y pagarte con una traición.
Eres como una espinita
que se me ha clavado
en el corazón.
Suave que me está sangrando,
que me estás matando
de pasión.
Yo que sufro por mi gusto
este cruel martirio
que me da tu amor,
no me importa lo que me hagas,
si en tus besos vivo
toda mi ilusión;
y que pase lo que pase,
este pecho amante
es no más de ti;
aunque yo quisiera
no podré olvidarte,
porque siempre vas dentro de mí.
La versión más conocida es la del Trío Los Panchos, pero hay un par de Lola Flores y de Celia Cruz, muy lindas, donde cada una la canta a su manera: aflamencada o salseada. Bonito de oír. Pero la mejor de todas las versiones, ¡la de mi hijita de cinco años!
domingo 5 de octubre de 2008
Reunión por la noche, 1949. Sobre una imagen de Edward Hopper
Una oficina.
Tres personajes:
ELMER
LA SEÑORA HARRIS
MR. GARCÍA
ELMER: Habladurías.
SRA JOHNSON: Lo siento, pero nos llegó la queja de las mecanógrafas de la oficina lindante.
ELMER: No pueden ser sino rumores.
SRA JOHNSON: Aquí está el señor García, el sereno… él mismo atestiguará…
MR GARCIA: Lo lamento, señor Bridgewater.
SRA JOHNSON: Usted no puede hacer pasar personas ajenas al personal de esta oficina. Sabe que se maneja aquí información confidencial.
ELMER: Aquí no había nadie.
SRA JOHNSON: Amelia… ¿cómo era?
MR GARCIA: Amelia Crowne.
SRA JOHNSON: El señor García le pidió su documentación cuando la vio salir por la escalera de incendios. Tampoco hubiera sido necesario identificarla con la documentacion, porque según tengo entendido la señorita Crowne trabajaba aquí hace unos diez años. El señor García la saludó y ella tuvo el tupé… ¡el tupé! De devolverle el saludo muy sonriente. Esto, señor Bridgewater, es una falta grave. Primero con la compañía, y después con una persona a la que usted hace correr el peligro de bajar por una escalera de incendios a la madrugada, con el riesgo de romperse aquí la crisma y matarse. Sabe lo enclenque que está; sólo los bomberos podrían atreverse a un sitio así y usted… usted… mientiendo a Mr Palmer, diciéndole que se queda a hacer trabajo después de hora y en realidad, bebiendo y fornicando aquí con esta señorita… esta señorita…
MR GARCIA: Crowne.
SRA JOHNSON: Crowne, eso es. Gracias, Mr García. Cree usted que a mí me gusta este papel de celadora de escuela mal paga…? Estoy haciendo esto únicamente porque las mecanógrafas, que sí estaban trabajado después de hora y hasta percibían un pago por sus horas extras, se quejaron de que usted y esa señorita Crowne hacían ruidos molestos. Los de su… los del…
MR GARCIA: Vibraciones de amor.
SRA JOHNSON y ELMER: …?
MR GARCIA: Lo que hace el amor.
ELMER: Qué quiere que haga? Le presento la renuncia?
SRA JOHNSON: Está dispuesto a renunciar después de casi doce años de trabajo. Doce años en los que le fue leal a la compañía.
ELMER: Tampoco a mí me gusta recibir cuatro gritos como si fuera un chiquillo.
SRA JOHNSON: No se trata aquí de que usted renuncie o no. Usted le es muy útil a la empresa, señor Bridgewater. Pero estas condiciones … este asunto, perturba toda su posición frente a la compañía y hace que nos preguntemos…
ELMER: Quién hizo la denuncia?
SRA JOHNSON: Cómo dice?
ELMER: Quién le fue con el cuento de que aquí había una mujer?
SRA JOHNSON: Le dije. Las mecanógrafas de la oficina de al lado.
ELMER: Hay ocho mecanógrafas. Quién se protestó por el ruido?
SRA JOHNSON: Qué importa eso, señor Bridgewater? Usted y esa señorita Crowne ¿era Crowne?---
MR GARCIA: Sí.
SRA JOHNSON: ---esa señorita Crowne, desconcentraban a las muchachas de su trabajo.
ELMER: Yo no estaba haciendo el amor aquí con Amy. De manera que no había vibraciones, como dice Mr García tan gracioso, que emanaran a la oficina de al lado…
SRA JOHNSON: Le ruego, señor Bridgewater, que no nos vayamos de tema. Lo que usted hacía con la señorita ésta no es cuestión nuestra. El problema es que aquí no puede haber por las noches, ni durante el día, ninguna señorita visitante.
ELMER: Jo le fue con el cuento?
SRA JOHNSON: No, no, no, señor Bridgewater.
ELMER: Fue Josephine Martin? Tienes celos, es eso. No me puede ni ver, no quiere ni pensar que yo veo a otra mujer. Está muerta de celos, es eso. Irá a denunciarme por cualquier cosa; si me encuentra camino del baño, esa mujer me clavará un cuchillo en la espalda. Le advierto, señora Johnson, que si caigo aquí asesinado es un crimen de Jo Martin.
SRA JOHNSON: La compañía anotará esta falta en su legajo. Usted perderá las posibles buenas referencias que podamos darle, si deja esta empresa…
ELMER: No estaba fornicando con ninguna mujer! Sabe qué hacía? Amelia, Amy. Sabe qué hacía? Bebía licor del gollete y lloraba. Se golpeaba la cabeza contra la pared y se arrancaba los pelos. Lloraba por un hermano que se le murió, en el desembarco de Normandía. Hace cuatro años de esto, ella estaba borracha y además no está bien de la cabeza. Pero supongo que esto también va contra la empresa, lamentarse, sufrir, sentir dolor. Al gerente qué le importa? El se forró los bolsillo fabricando balas todo este tiempo. La guerra no le hizo ni pestañear al muy bufarrón.
SRA JOHNSON: Señor Bridgewater, le ruego que mida sus palabras.
ELMER: Usted qué pito toca aquí? Viene como una cacatúa porque esa criminal de Jo le fue con el cuento. Sabe usted que Jo se la dejaría meter por un burro pero nunca dejaría que usted le pusiera ni un dedo encima? No se haga ilusiones con ella cuando la espía en el baño arreglándose la enagua… Lo sé, ella me lo dijo. Jo. Usted qué cree? Que de verdad le molestan los gemidos? Sabe qué sucedía en aquel escritorio entre Jo y yo? No lo sabe? Imagíneselo. Voy a renunciar, señora Johnson.
SRA JOHNSON: La compañía quiere proponerle un arreglo. Una compensación para que no figure esta falta en su legajo---
ELMER: Qué arreglo? La esclavitud está abolida. Sabe eso el explotador del gerente?
SRA JOHNSON: Ocho sábados. De 9 a 14.
ELMER: Usted está loca. Dígale al gerente que dejo su puta compañía.
Elmer se levanta del escritorio, toma su chaqueta y sale dando un portazo.
SRA JOHNSON: Qué ínfulas.
MR GARCIA: …
SRA JOHSON: No tardará en volver.
MR GARCIA: …
SRA JOHSNON: Lo duda? Puedo apostarle lo que quiera que mañana a las nueve en punto lo tiene acá detrás de su escritorio, muy modosito y nomás con el nudo de la corbata un poquitín ladeado…
Tres personajes:
ELMER
LA SEÑORA HARRIS
MR. GARCÍA
ELMER: Habladurías.
SRA JOHNSON: Lo siento, pero nos llegó la queja de las mecanógrafas de la oficina lindante.
ELMER: No pueden ser sino rumores.
SRA JOHNSON: Aquí está el señor García, el sereno… él mismo atestiguará…
MR GARCIA: Lo lamento, señor Bridgewater.
SRA JOHNSON: Usted no puede hacer pasar personas ajenas al personal de esta oficina. Sabe que se maneja aquí información confidencial.
ELMER: Aquí no había nadie.
SRA JOHNSON: Amelia… ¿cómo era?
MR GARCIA: Amelia Crowne.
SRA JOHNSON: El señor García le pidió su documentación cuando la vio salir por la escalera de incendios. Tampoco hubiera sido necesario identificarla con la documentacion, porque según tengo entendido la señorita Crowne trabajaba aquí hace unos diez años. El señor García la saludó y ella tuvo el tupé… ¡el tupé! De devolverle el saludo muy sonriente. Esto, señor Bridgewater, es una falta grave. Primero con la compañía, y después con una persona a la que usted hace correr el peligro de bajar por una escalera de incendios a la madrugada, con el riesgo de romperse aquí la crisma y matarse. Sabe lo enclenque que está; sólo los bomberos podrían atreverse a un sitio así y usted… usted… mientiendo a Mr Palmer, diciéndole que se queda a hacer trabajo después de hora y en realidad, bebiendo y fornicando aquí con esta señorita… esta señorita…
MR GARCIA: Crowne.
SRA JOHNSON: Crowne, eso es. Gracias, Mr García. Cree usted que a mí me gusta este papel de celadora de escuela mal paga…? Estoy haciendo esto únicamente porque las mecanógrafas, que sí estaban trabajado después de hora y hasta percibían un pago por sus horas extras, se quejaron de que usted y esa señorita Crowne hacían ruidos molestos. Los de su… los del…
MR GARCIA: Vibraciones de amor.
SRA JOHNSON y ELMER: …?
MR GARCIA: Lo que hace el amor.
ELMER: Qué quiere que haga? Le presento la renuncia?
SRA JOHNSON: Está dispuesto a renunciar después de casi doce años de trabajo. Doce años en los que le fue leal a la compañía.
ELMER: Tampoco a mí me gusta recibir cuatro gritos como si fuera un chiquillo.
SRA JOHNSON: No se trata aquí de que usted renuncie o no. Usted le es muy útil a la empresa, señor Bridgewater. Pero estas condiciones … este asunto, perturba toda su posición frente a la compañía y hace que nos preguntemos…
ELMER: Quién hizo la denuncia?
SRA JOHNSON: Cómo dice?
ELMER: Quién le fue con el cuento de que aquí había una mujer?
SRA JOHNSON: Le dije. Las mecanógrafas de la oficina de al lado.
ELMER: Hay ocho mecanógrafas. Quién se protestó por el ruido?
SRA JOHNSON: Qué importa eso, señor Bridgewater? Usted y esa señorita Crowne ¿era Crowne?---
MR GARCIA: Sí.
SRA JOHNSON: ---esa señorita Crowne, desconcentraban a las muchachas de su trabajo.
ELMER: Yo no estaba haciendo el amor aquí con Amy. De manera que no había vibraciones, como dice Mr García tan gracioso, que emanaran a la oficina de al lado…
SRA JOHNSON: Le ruego, señor Bridgewater, que no nos vayamos de tema. Lo que usted hacía con la señorita ésta no es cuestión nuestra. El problema es que aquí no puede haber por las noches, ni durante el día, ninguna señorita visitante.
ELMER: Jo le fue con el cuento?
SRA JOHNSON: No, no, no, señor Bridgewater.
ELMER: Fue Josephine Martin? Tienes celos, es eso. No me puede ni ver, no quiere ni pensar que yo veo a otra mujer. Está muerta de celos, es eso. Irá a denunciarme por cualquier cosa; si me encuentra camino del baño, esa mujer me clavará un cuchillo en la espalda. Le advierto, señora Johnson, que si caigo aquí asesinado es un crimen de Jo Martin.
SRA JOHNSON: La compañía anotará esta falta en su legajo. Usted perderá las posibles buenas referencias que podamos darle, si deja esta empresa…
ELMER: No estaba fornicando con ninguna mujer! Sabe qué hacía? Amelia, Amy. Sabe qué hacía? Bebía licor del gollete y lloraba. Se golpeaba la cabeza contra la pared y se arrancaba los pelos. Lloraba por un hermano que se le murió, en el desembarco de Normandía. Hace cuatro años de esto, ella estaba borracha y además no está bien de la cabeza. Pero supongo que esto también va contra la empresa, lamentarse, sufrir, sentir dolor. Al gerente qué le importa? El se forró los bolsillo fabricando balas todo este tiempo. La guerra no le hizo ni pestañear al muy bufarrón.
SRA JOHNSON: Señor Bridgewater, le ruego que mida sus palabras.
ELMER: Usted qué pito toca aquí? Viene como una cacatúa porque esa criminal de Jo le fue con el cuento. Sabe usted que Jo se la dejaría meter por un burro pero nunca dejaría que usted le pusiera ni un dedo encima? No se haga ilusiones con ella cuando la espía en el baño arreglándose la enagua… Lo sé, ella me lo dijo. Jo. Usted qué cree? Que de verdad le molestan los gemidos? Sabe qué sucedía en aquel escritorio entre Jo y yo? No lo sabe? Imagíneselo. Voy a renunciar, señora Johnson.
SRA JOHNSON: La compañía quiere proponerle un arreglo. Una compensación para que no figure esta falta en su legajo---
ELMER: Qué arreglo? La esclavitud está abolida. Sabe eso el explotador del gerente?
SRA JOHNSON: Ocho sábados. De 9 a 14.
ELMER: Usted está loca. Dígale al gerente que dejo su puta compañía.
Elmer se levanta del escritorio, toma su chaqueta y sale dando un portazo.
SRA JOHNSON: Qué ínfulas.
MR GARCIA: …
SRA JOHSON: No tardará en volver.
MR GARCIA: …
SRA JOHSNON: Lo duda? Puedo apostarle lo que quiera que mañana a las nueve en punto lo tiene acá detrás de su escritorio, muy modosito y nomás con el nudo de la corbata un poquitín ladeado…
Sorbitos de cristal. Cuento
Mi mamá tiene dos novios. Dice que si lo cuento, me casca. Pero yo lo cuento igual. El problema peor es que se me escape delante de uno sobre el otro. También es problema que lo sepa la gente, porque a la gente no le parece bien que una muchacha bonita como ella tenga dos novios y reparta su hermosura entre uno y otro, dice ella; a la gente le parece mal y a ella debe parecerle bien porque los sigue teniendo. Yo tampoco entiendo, porque compartir está bien, pero compartirse uno parece que no. Ella me prohibió que me saque las dudas en la escuela preguntando aquí y allá: si dudo, que le pregunte a Dios, me dice, bien bajito y Dios me escuchará y me responderá bajito también pero dentro de mi pecho. ¿Cómo me hablará un extraño desde adentro de mi propio cuerpo? Ella me trata como a un bebé; me toma el pelo.
Uno de los novios viene por las tardes, aunque no siempre, no todas las tardes. Ese se llama Chicho. Y otro viene por la noche y se va por la mañana. El nombre de ése es José Leonardo. No me acuerdo los apellidos; los escuché decir pero no me acuerdo. A mí me gustan los dos y si tengo que elegir no sé con cuál me quedo, aunque creo que con Chicho; a él lo prefiero. A ella le debe pasar lo mismo de no saber y por eso no elige ni uno ni otro. No se convence. El de la noche, José Leonardo, tose mucho y a veces no me deja dormir con la tos. Debe estar enfermo; ése me preocupa, porque si está enfermo cuando la besa a ella, le pasa los bichos. Lo que los novios hacen entre ellos es subirse uno arriba de otro y abren la boca así de grande y se pasan la saliva y en la saliva, los bichos. Lo vi en una película. Eso es lo que se llama beso. Le expliqué a ella y le pregunté si lo hacía con sus novios y me contestó:
-Qué asco.
Después le pregunto si ella dice palabras buenas, de las que se dicen los novios entre ellos. Por ejemplo: amor y te amo. Esas son las palabras buenas. Ella me mira y se ríe. Las palabras malas son la puta que te parió y carajo. Ahí me corre con la chancleta por toda la casa y si no es porque me trepo rápido al ropero, me muele a chancletazos. Esas palabras no deben decirse. Desde abajo y amenazándome con la chancleta me dijo que si sigo espiando, escuchando atrás de las puertas y pensando lo que no debo, me va a cascar rudo. Yo no hago ninguna de las tres cosas: ni la espío, ni escucho atrás de la puerta y del pensar, ¿cómo sé cuál es el pensamiento que se debe pensar y cuál no? Me tiene cansada con lo que se dice y debe quedar adentro de la casa y con lo que se dice y puede contársele a cualquiera. A mí me importa tres pitos lo que ella hace y si está bien o no. Por mí que se la lleve el tren por delante a ella y a sus dos novios. Esta malvada me casca por cualquier cosa porque enseguida pierde la paciencia o se sale de las casillas. El otro día la vi haciendo trizas unas fotografías; corrí a pararla porque estaba segura de que era la foto que me saqué en el zoo, yo riendo y un marco con dibujitos de jirafas y cebras que le hizo el fotógrafo alrededor de mi carita. Me le tiré encima para que dejara de romper las fotos y la pellizqué y la arañé, pero ella me sacó de golpe y me metió dos sopapos así ¡paf! ¡paf!, derecho y revés. Después me mostró la foto del zoo, que estaba en una cajita de madera azul que dice Souvenir y tiene un dibujo en tinta china de un gaucho domando un caballo; más tarde, armando los pedacitos vi las fotos que ella rompía y que era otra: un burrito, ella y un hombre barbudo: ése era mi papá, por eso ella lloraba y se mordía los labios cuando destrozaba las fotografías. Está loca mi mamá; no hay quién la entienda.
Ella tiene la mano larga y cada vez que se pone nerviosa ¡bofetón! conmigo. Antes, de más chiquita, yo lloraba. Ahora ya estoy acostumbrada. Me dá con la mano abierta y no se cuida de si tiene puesto los anillos o no. Una vez me rompió el labio con el anillo de la piedrita negra. Topacio, se llama la piedra negra. Esa vez me puse a llorar con ganas, hasta gritaba. Para que ella sufriera. Pero después de esa vez, me vino con que cuando ella me castiga así, sufre más ella que yo. ¿Cómo puede ser, si el cuerpo es mío? A mi mamá le falta un tornillo. Igual, el sangrado del labio, medio que le metió miedo, y ahora se conforma más con los pellizcos, el tirón de orejas, el tirón de pelos, el cachetón rápido y el chirlo. Al chirlo ni lo siento, tan acostumbrada estoy. Pasa que con ella uno no se puede fiar, porque siempre está amenazando con te voy a cascar, hoy ligás, te surto, te voy a fajar, o, vas a cobrar. Cuando habla de cobrar no es plata; si fuera plata yo sería rica y no estaría con la lengua afuera cada vez que viene el novio sano de mi mamá, el que no tose, Chicho, y me trae juguetes. Ella que es una malvada, le dice:
-Chicho: no gastes trayendo regalos a la nena.
Él:
-Le traigo regalos porque es tu hija, Soledad.
-Vas a convertirla en una interesadita.
La conversación entre él y ella no la entiendo un pito, aunque le doy vueltas y vueltas. Me trae regalos porque soy la hija de ella, o sea que a la hija de otra no le llevaría un regalo. Eso, ¿mérito de quién es? ¿Mío o de mi mamá? O es que ella está celosa porque quiere regalos para ella y no para mí? Por suerte él no se deja correr por las palabras de ella y sigue trayéndome juguetes: la rana verde de peluche, el osito polar de paño pinchudo que me descabezó un perro en la calle el mismo día que él me lo dio, y una mochila para la escuela que es verde y tiene forma de sapo. Yo estoy muy feliz con los regalos que él me hace: ¡hay que ser víbora envidiosa para ir a ordenarle que no me traiga más!
Mi mamá a los novios no les pega; eso nomás a mí. Igual, no le duran. Antes tenía uno que era pelirrojo; a ese lo vi dos veces y ella dice que no era su novio, que era un amigo nada más. La única vez que lo pude ver bien, fue cuando me lo topé en el descanso de la escalera y él me miró con los ojos colorados, de monstruo, y salió corriendo. Yo le pregunto a mi mamá para qué se pone de novia si después los echa o no les duran. O como el pelirrojo: salen corriendo. Ella me dice que no hable así porque son personas y no comida que se echa a perder de vieja en la heladera. Esa es otra cosa que a mi mamá le dá rabia: que quede comida en el plato y haya que tirarla. Me dice que en el Africa los negritos se mueren de hambre porque no tienen comida; y yo, como soy una consentida me doy el lujo de comer y dejar lo que sobre. A las sobras hay que tirarlas a la basura y eso es un pecado. Dios nos va a castigar, dice ella: Dios es el tipo que habla en susurros cuando uno le hace preguntas. Tuve la idea de conseguir un perrito, así el perrito se come las sobras y ella no chilla. No le pareció una buena idea a ella, así que le dije a Chicho, el novio que no tose, y él me dijo:
-Te voy a conseguir un perrito, Lola.
Ella se puso como loca.
-¿¡Qué?! Ni se te ocurra, Chicho. No entrás más a esta casa, si traés un animal. Lola, dejáte de joder con esas cosas. Después vas a ver, si seguís jodiendo. Andá a jugar.
Vivo en la línea roja entre la amenaza y la furia.
Me fui a jugar con la rana de felpa verde y de mientras miraba de costado a Chicho, haciéndome la que lloraba.
Una muchacha que llora enternece el corazón de un hombre, dice ella.
Chicho a veces llora también, ¡yo lo escuché!, pero no porque ella le pegue. Hace hip hip entre lágrimas y le dice:
-Me tratás como un perro. ¿Te gusta tratarme como un perro? Seguí tratándome como un perro, si te dá gusto. Me es igual.
Vi que ella se agarró la frente como si le doliera bien fuerte:
-No empieces ahora, Chicho. No empieces otra vez; de mil amores te lo pido: después me dá la jaqueca.
Ahí éll fue a nuestra heladera, sacó una botella de lo que parece vino pero no es, porque el líquido es transparente como cristal y debe ser peor que el vino. Puso la botella en el centro de la mesa, arriba del mantel de uno y empezó a tomar un vaso tras otro casi casi hasta acabarla. Mi mamá no le dijo nada, fue por detrás y le abrazó la espalda. Se quedó así, colgada, medio bamboleándose de él. A mí, así, no me abraza nunca.
Igual, a veces ella es buena. Como cuando me enseña a bailar salsa, que es una música alegre. Pasito cerca, pasito lejos, vueltita. Un, dos, tres. Hay que escuchar el ritmo de la música: un, dos, tres. Yo aprendo un poco pero no puedo ayudarla a ella a girar porque no puedo alzar el brazo hasta arriba de su cabeza. Ella es mucho más alta que yo y además usa los tacos muy altos. Los martes a las cinco de la tarde vamos a la Casa Ecuatoriana y ahí, Alba, la profesora, le enseña a bailar merengue, que es un baile con nombre de confitura de panadería. Alba es negra como una galletita de cacao y gordísima. Si uno la vé de lejos bailar cree que bailan lo menos tres personas apiñadas una al lado de otra. En la clase de merengue yo no tengo más remedio que acompañarla y me siento en el suelo, a un costado, a pintar mis libros de Blancanieves y de Peter Pan. Está la figura de Blancanieves en el cajón de cristal, como ser, con los siete enanos alrededor y una debe pintar a la Blancanieves de abajo con los colores de la de arriba. Pero yo la pinto negra: por llevar la contra nomás. Negra y con el pelo rojo. A las cinco de la tarde, la hora de la clase de merengue, no hay otras señoras que quieran aprender a bailar, así que está mi mamá sola con Alba. Alba tiene el pelo mota y la bemba colorada. Giran y giran las dos, parecen campanitas de una iglesia: ella, una campanita dorada y Alba una campana de chocolate. Me las comería a las dos de un solo bocado, tan lindas son.
Ayer le pregunté a mi mamá:
-Cuando yo sea grande ¿voy a ser más linda que vos?
-Por supuesto –contestó.
-Porque si soy coqueta a los seis años, de grande voy a ser preciosa.
Ella se rió abriendo la bocaza pintada de rojo pero después se la tapó con la mano.
Una mujer no es un perro para reírse mostrando los dientes, dice ella.
Pero yo nunca vi a un perro reírse.
José Leonardo, el otro novio, me gusta pero menos. A lo mejor porque es fumador: le dije a ella que le tiene que decir que si sigue fumando se va a morir pronto. Ella me dice que no me meta en lo que no me importa y que si tanto me preocupa la salud, vaya y se lo diga yo. Pero no veo cuándo se lo voy a decir, si él siempre viene tan tarde de noche y trae una cara de miedo de ver espantos por la calle. Cada tanto viene con un estuche y adentro, creo, hay un violín. Parece que José Leonardo toca el violín en una orquesta y en el subte, pero en casa no lo toca nunca. Y eso que a mi mamá le gusta la música. Cuando José Leonardo llega yo ya estoy dormida o por dormirme; una vez me levanté medio soñando para ir a verlo y me resbalé y me pegué un porrazo que casi me rompo la cabeza. A ella no le gusta que yo me golpee o se me rompan las cosas; se pone como loca cuando eso pasa. Hace como un año, cuando salí de la bañera, me resbalé en el piso mojado y ella me levantó en el aire de un brazo, me llevó a la cama y me dio dos chirlos en el culito. Yo no sé qué me quedó doliendo más: si el hombro que me golpeé contra los mosaicos o el culito que me quedó ardiendo. Ahora, cuando me caigo o algo, me levanto enseguida y le digo fuerte y seria:
-No pasó nada. No me hice nada.
Ella me mira con ojos de rayos y centellas pero no abre la boca.
Hace poco se me cayó de la repisita del baño, el perfume de ella y los cepillos y peines para el cabello. El perfume es bueno, me explicó ella, francés de París, una botellita verde que le regaló José Leonardo para su cumpleaños. Por suerte, la botellita no se rompió; pero cuando ella escuchó el estrépito quiso entrar por la fuerza al baño y yo trabé la puerta.
-No pasó nada. No entres, mamá.
Después ella entró con cara de lobo olfateando por dónde andan los tres chanchitos y vio que todo estaba en orden. Igual, para que tenga, me dio un pellizco en lo alto del brazo, la parte blandita que duele un montón. A veces me gustaría que se muera, pero no lo digo en voz alta: me llega a oír y no sé lo que me pasa. Igual, la botellita de perfume estaba sana y en su lugar. Igual, ella a José Leonardo no le dio ni las gracias cuando la recibió. A un hombre hay que tenerlo siempre en vilo, dice ella.
El único minuto tranquilo es cuando ella se va. No le gusta dejarme sola, porque nuestro barrio está lleno de peligros. Pero sale para comprar alguna cosita que se olvidó de comprar, en el supermercado chino de enfrente, o para sacar la basura porque en este edificio no tenemos portera. No sé por qué no tenemos portera. Cuando ella salió a comprar una lata de salsa pomarola, la otra vez, revisé bien la bolsa de la basura. Encontré algunos pedacitos que quedaron de la foto que rompió: un ojo de mi papá, el hocico del burro, un árbol con flores detrás. Ese era mi papá, por lo menos el que ella me mostró como mi papá. Un día se cansó y se fue, nos dejó a las dos solas. Ella dice que se llevaban muy mal, que peleaban mucho.
-Era un gavilán, un zorro –dijo ella.
No entiendo cómo puede ser un gavilán y puede ser a la vez un zorro. Porque son animales muy diferentes.
-¿Peleaban por mí? –le pregunté.
-¡¡¡Noooo!!! –aclaró ella.
La verdad es que yo no estoy segura. No sé peleaban por mí o no y a lo mejor él se fue porque estaba cansado de ella y no de mí: a lo mejor quería llevarme a mí a vivir con él. A lo mejor tampoco ése es mi papá. Ella es muy mentirosa; ella es el diablo para mentir.
Cuando viene José Leonardo a visitarla, ella alquila películas de dibujitos y las miro después de comer. Ellos se encierran en la pieza y yo miro Porky, el Pato Lucas y el Gallo Claudio. El Gallo Claudio es el que más me hace reír; me gusta mucho el dibujito con Quique, el gavilán pollero y él. Me gusta cuando Quique cree que un perro que atrapa es un pollo y que el Gallo Claudio no es un pollo; entonces el Gallo Claudio trata de convencerlo.
-Acabo de atrapar un pollo – dice Quique.
El Gallo Claudio se le ríe en la cara:
-¿Pollo? Ese no es un pollo, hijo. Yo soy un pollo. Gallo, más bien.
-Eso no es cierto. Tú no eres un pollo.
-Entonces, ¿qué soy, hijo?
-Tú eres un cretino bocón.
Ahí yo me río mucho; la frase ‘Cretino bocón’ me hace reír: no sé qué quiere decir y no me animo a preguntarle a mi mamá qué quiere decir cretino porque me huele que es algo feo. El Gallo Claudio hace todo para convencer a Quique de que él es un pollo y cuando lo convence, Quique le dá un martillazo en la cabeza y se lo lleva para cocinarlo en su horno. Ese es el fin del dibujo animado. Un día que mi mamá se duchaba, José Leonardo vino a verlo conmigo. El no se rió ni nada y cuando acabó, dijo:
-Ese dibujito es una tragedia.
José Leonardo no tiene ni pizca de sentido del humor.
Anoche, ella me sacó de la cama de golpe y me llevó afuera, a la escalera. Enseguida pensé qué cosa mala habría hecho yo, y si se dio cuenta que a la muñeca que habla la metí en la bañera para bañarla y se le arruinó el disquito y ya no dice ni mu. La muñeca estaba muy sucia ¿qué esperaba que hiciera?: a esa muñeca había que limpiarla bien. Ella estaba llorando, eso sí que ya es raro. Me hizo bajar corriendo por los escalones, como el día del incendio en el departamento de abajo, cuando los gatos de los vecinos se colgaron de los cables e hicieron estallar todo.
Yo le preguntaba:
-¿Qué pasa?
Pero ella no me decía nada; la vez del incendio tampoco me decía nada más que:
-¡Bajá! ¡Bajá, Lola!
Esa vez en la puerta estaban los bomberos, pero yo no me asusté ni un poquito y al final no se quemó nada. Los bomberos se quedaron sin trabajar y mostrar lo que hacen. Todos estaban de mal humor.
Mi mamá y yo nos escondimos en la arcada de la escalera donde nadie te puede ver. Mientras estábamos ahí, oí los gritos y ruidos, ¡pim! ¡pum! ¡pam! que había en nuestra casa. Yo le dije que si eran ladrones había que llamar a la policía. Aparte si eran ladrones, le estaban pegando a José Leonardo, que es menudo como una espinita. Le iban a romper todos los huesos. Cuando le dije, ella se tapó la boca con un pañuelo como si le doliera la muela, pero fue para llorar bajito. Me hizo una seña con la mano, de mutis o cobrás. Dos vecinos de la planta baja se asomaron, pero no hicieron nada. Vimos a José Leonardo salir de prepo de nuestra casa y a su cuerpo rebotar contra la pared del pasillo. Había una silueta enorme que se recortaba en el umbral de nuestra puerta. Ahí me di cuenta clarito de lo que pasaba: no se me ocurrió pensar que los ladrones se adueñaron de nuestra casa. Me di cuenta que era Chicho, que en vez de a la tarde, vino a la noche. José Leonardo bajó los escalones de dos en dos, tosiendo y llorando a mares; tenía la camiseta medio ensangrentada y le salía sangre por la nariz también. Cuando llegó a la puerta de calle forcejéo para abrirla, pero no se puede abrir porque está cerrada por dentro, con llave. Mi mamá bajó en puntas de pie, sin parar de taparse la boca con el pañuelo, a abrirle. A lo mejor tenía sangre en el pañuelo, a lo mejor Chicho le pegó primero a ella y después a José Leonardo. Chicho no me cae mal, aunque le haya pegado a ella. Me dá lástima sentir que Chicho no me cae mal sobre todo si le pegó; es el novio de mi mamá que más me gusta. No sé qué pasó abajo con ella y José Leonardo. Capaz que él le pedía que se fueran juntos y se iban juntos. Yo subí hasta la casa.
Ahora Chicho quedó reinante, como el único novio de mi mamá. Estaba sentado a la mesa, tomando de la botella que parece de vino pero debe ser de algo peor porque es transparente igual al cristal y se sirve en vasos de miniatura, como para los muñecos cuando juego a las visitas.
-¿Querés tomar un traguito, Lola? –preguntó - Nomás para saber qué gusto tiene. Te mojás apenitas los labios. Vas a ver que te va a gustar.
Después él se sirvió otro vasito y antes de beber, dijo:
-Brindo: por nosotros, los que quedamos, y por el que ya no está y se fue huyendo como perro apaleado, con el rabo entre las patas.
Empinó el vaso y se lo zampó de un trago.
Después, yo tomé un sorbito de cristal. Picaba, por donde pasaba el líquido, picaba fuerte. El se rió con una risa tan estrepitosa que a mí me hizo correr frío por la espalda.
Oí los pasos de ella subiendo la escalera.
Ahí fue que me largué a llorar.
Uno de los novios viene por las tardes, aunque no siempre, no todas las tardes. Ese se llama Chicho. Y otro viene por la noche y se va por la mañana. El nombre de ése es José Leonardo. No me acuerdo los apellidos; los escuché decir pero no me acuerdo. A mí me gustan los dos y si tengo que elegir no sé con cuál me quedo, aunque creo que con Chicho; a él lo prefiero. A ella le debe pasar lo mismo de no saber y por eso no elige ni uno ni otro. No se convence. El de la noche, José Leonardo, tose mucho y a veces no me deja dormir con la tos. Debe estar enfermo; ése me preocupa, porque si está enfermo cuando la besa a ella, le pasa los bichos. Lo que los novios hacen entre ellos es subirse uno arriba de otro y abren la boca así de grande y se pasan la saliva y en la saliva, los bichos. Lo vi en una película. Eso es lo que se llama beso. Le expliqué a ella y le pregunté si lo hacía con sus novios y me contestó:
-Qué asco.
Después le pregunto si ella dice palabras buenas, de las que se dicen los novios entre ellos. Por ejemplo: amor y te amo. Esas son las palabras buenas. Ella me mira y se ríe. Las palabras malas son la puta que te parió y carajo. Ahí me corre con la chancleta por toda la casa y si no es porque me trepo rápido al ropero, me muele a chancletazos. Esas palabras no deben decirse. Desde abajo y amenazándome con la chancleta me dijo que si sigo espiando, escuchando atrás de las puertas y pensando lo que no debo, me va a cascar rudo. Yo no hago ninguna de las tres cosas: ni la espío, ni escucho atrás de la puerta y del pensar, ¿cómo sé cuál es el pensamiento que se debe pensar y cuál no? Me tiene cansada con lo que se dice y debe quedar adentro de la casa y con lo que se dice y puede contársele a cualquiera. A mí me importa tres pitos lo que ella hace y si está bien o no. Por mí que se la lleve el tren por delante a ella y a sus dos novios. Esta malvada me casca por cualquier cosa porque enseguida pierde la paciencia o se sale de las casillas. El otro día la vi haciendo trizas unas fotografías; corrí a pararla porque estaba segura de que era la foto que me saqué en el zoo, yo riendo y un marco con dibujitos de jirafas y cebras que le hizo el fotógrafo alrededor de mi carita. Me le tiré encima para que dejara de romper las fotos y la pellizqué y la arañé, pero ella me sacó de golpe y me metió dos sopapos así ¡paf! ¡paf!, derecho y revés. Después me mostró la foto del zoo, que estaba en una cajita de madera azul que dice Souvenir y tiene un dibujo en tinta china de un gaucho domando un caballo; más tarde, armando los pedacitos vi las fotos que ella rompía y que era otra: un burrito, ella y un hombre barbudo: ése era mi papá, por eso ella lloraba y se mordía los labios cuando destrozaba las fotografías. Está loca mi mamá; no hay quién la entienda.
Ella tiene la mano larga y cada vez que se pone nerviosa ¡bofetón! conmigo. Antes, de más chiquita, yo lloraba. Ahora ya estoy acostumbrada. Me dá con la mano abierta y no se cuida de si tiene puesto los anillos o no. Una vez me rompió el labio con el anillo de la piedrita negra. Topacio, se llama la piedra negra. Esa vez me puse a llorar con ganas, hasta gritaba. Para que ella sufriera. Pero después de esa vez, me vino con que cuando ella me castiga así, sufre más ella que yo. ¿Cómo puede ser, si el cuerpo es mío? A mi mamá le falta un tornillo. Igual, el sangrado del labio, medio que le metió miedo, y ahora se conforma más con los pellizcos, el tirón de orejas, el tirón de pelos, el cachetón rápido y el chirlo. Al chirlo ni lo siento, tan acostumbrada estoy. Pasa que con ella uno no se puede fiar, porque siempre está amenazando con te voy a cascar, hoy ligás, te surto, te voy a fajar, o, vas a cobrar. Cuando habla de cobrar no es plata; si fuera plata yo sería rica y no estaría con la lengua afuera cada vez que viene el novio sano de mi mamá, el que no tose, Chicho, y me trae juguetes. Ella que es una malvada, le dice:
-Chicho: no gastes trayendo regalos a la nena.
Él:
-Le traigo regalos porque es tu hija, Soledad.
-Vas a convertirla en una interesadita.
La conversación entre él y ella no la entiendo un pito, aunque le doy vueltas y vueltas. Me trae regalos porque soy la hija de ella, o sea que a la hija de otra no le llevaría un regalo. Eso, ¿mérito de quién es? ¿Mío o de mi mamá? O es que ella está celosa porque quiere regalos para ella y no para mí? Por suerte él no se deja correr por las palabras de ella y sigue trayéndome juguetes: la rana verde de peluche, el osito polar de paño pinchudo que me descabezó un perro en la calle el mismo día que él me lo dio, y una mochila para la escuela que es verde y tiene forma de sapo. Yo estoy muy feliz con los regalos que él me hace: ¡hay que ser víbora envidiosa para ir a ordenarle que no me traiga más!
Mi mamá a los novios no les pega; eso nomás a mí. Igual, no le duran. Antes tenía uno que era pelirrojo; a ese lo vi dos veces y ella dice que no era su novio, que era un amigo nada más. La única vez que lo pude ver bien, fue cuando me lo topé en el descanso de la escalera y él me miró con los ojos colorados, de monstruo, y salió corriendo. Yo le pregunto a mi mamá para qué se pone de novia si después los echa o no les duran. O como el pelirrojo: salen corriendo. Ella me dice que no hable así porque son personas y no comida que se echa a perder de vieja en la heladera. Esa es otra cosa que a mi mamá le dá rabia: que quede comida en el plato y haya que tirarla. Me dice que en el Africa los negritos se mueren de hambre porque no tienen comida; y yo, como soy una consentida me doy el lujo de comer y dejar lo que sobre. A las sobras hay que tirarlas a la basura y eso es un pecado. Dios nos va a castigar, dice ella: Dios es el tipo que habla en susurros cuando uno le hace preguntas. Tuve la idea de conseguir un perrito, así el perrito se come las sobras y ella no chilla. No le pareció una buena idea a ella, así que le dije a Chicho, el novio que no tose, y él me dijo:
-Te voy a conseguir un perrito, Lola.
Ella se puso como loca.
-¿¡Qué?! Ni se te ocurra, Chicho. No entrás más a esta casa, si traés un animal. Lola, dejáte de joder con esas cosas. Después vas a ver, si seguís jodiendo. Andá a jugar.
Vivo en la línea roja entre la amenaza y la furia.
Me fui a jugar con la rana de felpa verde y de mientras miraba de costado a Chicho, haciéndome la que lloraba.
Una muchacha que llora enternece el corazón de un hombre, dice ella.
Chicho a veces llora también, ¡yo lo escuché!, pero no porque ella le pegue. Hace hip hip entre lágrimas y le dice:
-Me tratás como un perro. ¿Te gusta tratarme como un perro? Seguí tratándome como un perro, si te dá gusto. Me es igual.
Vi que ella se agarró la frente como si le doliera bien fuerte:
-No empieces ahora, Chicho. No empieces otra vez; de mil amores te lo pido: después me dá la jaqueca.
Ahí éll fue a nuestra heladera, sacó una botella de lo que parece vino pero no es, porque el líquido es transparente como cristal y debe ser peor que el vino. Puso la botella en el centro de la mesa, arriba del mantel de uno y empezó a tomar un vaso tras otro casi casi hasta acabarla. Mi mamá no le dijo nada, fue por detrás y le abrazó la espalda. Se quedó así, colgada, medio bamboleándose de él. A mí, así, no me abraza nunca.
Igual, a veces ella es buena. Como cuando me enseña a bailar salsa, que es una música alegre. Pasito cerca, pasito lejos, vueltita. Un, dos, tres. Hay que escuchar el ritmo de la música: un, dos, tres. Yo aprendo un poco pero no puedo ayudarla a ella a girar porque no puedo alzar el brazo hasta arriba de su cabeza. Ella es mucho más alta que yo y además usa los tacos muy altos. Los martes a las cinco de la tarde vamos a la Casa Ecuatoriana y ahí, Alba, la profesora, le enseña a bailar merengue, que es un baile con nombre de confitura de panadería. Alba es negra como una galletita de cacao y gordísima. Si uno la vé de lejos bailar cree que bailan lo menos tres personas apiñadas una al lado de otra. En la clase de merengue yo no tengo más remedio que acompañarla y me siento en el suelo, a un costado, a pintar mis libros de Blancanieves y de Peter Pan. Está la figura de Blancanieves en el cajón de cristal, como ser, con los siete enanos alrededor y una debe pintar a la Blancanieves de abajo con los colores de la de arriba. Pero yo la pinto negra: por llevar la contra nomás. Negra y con el pelo rojo. A las cinco de la tarde, la hora de la clase de merengue, no hay otras señoras que quieran aprender a bailar, así que está mi mamá sola con Alba. Alba tiene el pelo mota y la bemba colorada. Giran y giran las dos, parecen campanitas de una iglesia: ella, una campanita dorada y Alba una campana de chocolate. Me las comería a las dos de un solo bocado, tan lindas son.
Ayer le pregunté a mi mamá:
-Cuando yo sea grande ¿voy a ser más linda que vos?
-Por supuesto –contestó.
-Porque si soy coqueta a los seis años, de grande voy a ser preciosa.
Ella se rió abriendo la bocaza pintada de rojo pero después se la tapó con la mano.
Una mujer no es un perro para reírse mostrando los dientes, dice ella.
Pero yo nunca vi a un perro reírse.
José Leonardo, el otro novio, me gusta pero menos. A lo mejor porque es fumador: le dije a ella que le tiene que decir que si sigue fumando se va a morir pronto. Ella me dice que no me meta en lo que no me importa y que si tanto me preocupa la salud, vaya y se lo diga yo. Pero no veo cuándo se lo voy a decir, si él siempre viene tan tarde de noche y trae una cara de miedo de ver espantos por la calle. Cada tanto viene con un estuche y adentro, creo, hay un violín. Parece que José Leonardo toca el violín en una orquesta y en el subte, pero en casa no lo toca nunca. Y eso que a mi mamá le gusta la música. Cuando José Leonardo llega yo ya estoy dormida o por dormirme; una vez me levanté medio soñando para ir a verlo y me resbalé y me pegué un porrazo que casi me rompo la cabeza. A ella no le gusta que yo me golpee o se me rompan las cosas; se pone como loca cuando eso pasa. Hace como un año, cuando salí de la bañera, me resbalé en el piso mojado y ella me levantó en el aire de un brazo, me llevó a la cama y me dio dos chirlos en el culito. Yo no sé qué me quedó doliendo más: si el hombro que me golpeé contra los mosaicos o el culito que me quedó ardiendo. Ahora, cuando me caigo o algo, me levanto enseguida y le digo fuerte y seria:
-No pasó nada. No me hice nada.
Ella me mira con ojos de rayos y centellas pero no abre la boca.
Hace poco se me cayó de la repisita del baño, el perfume de ella y los cepillos y peines para el cabello. El perfume es bueno, me explicó ella, francés de París, una botellita verde que le regaló José Leonardo para su cumpleaños. Por suerte, la botellita no se rompió; pero cuando ella escuchó el estrépito quiso entrar por la fuerza al baño y yo trabé la puerta.
-No pasó nada. No entres, mamá.
Después ella entró con cara de lobo olfateando por dónde andan los tres chanchitos y vio que todo estaba en orden. Igual, para que tenga, me dio un pellizco en lo alto del brazo, la parte blandita que duele un montón. A veces me gustaría que se muera, pero no lo digo en voz alta: me llega a oír y no sé lo que me pasa. Igual, la botellita de perfume estaba sana y en su lugar. Igual, ella a José Leonardo no le dio ni las gracias cuando la recibió. A un hombre hay que tenerlo siempre en vilo, dice ella.
El único minuto tranquilo es cuando ella se va. No le gusta dejarme sola, porque nuestro barrio está lleno de peligros. Pero sale para comprar alguna cosita que se olvidó de comprar, en el supermercado chino de enfrente, o para sacar la basura porque en este edificio no tenemos portera. No sé por qué no tenemos portera. Cuando ella salió a comprar una lata de salsa pomarola, la otra vez, revisé bien la bolsa de la basura. Encontré algunos pedacitos que quedaron de la foto que rompió: un ojo de mi papá, el hocico del burro, un árbol con flores detrás. Ese era mi papá, por lo menos el que ella me mostró como mi papá. Un día se cansó y se fue, nos dejó a las dos solas. Ella dice que se llevaban muy mal, que peleaban mucho.
-Era un gavilán, un zorro –dijo ella.
No entiendo cómo puede ser un gavilán y puede ser a la vez un zorro. Porque son animales muy diferentes.
-¿Peleaban por mí? –le pregunté.
-¡¡¡Noooo!!! –aclaró ella.
La verdad es que yo no estoy segura. No sé peleaban por mí o no y a lo mejor él se fue porque estaba cansado de ella y no de mí: a lo mejor quería llevarme a mí a vivir con él. A lo mejor tampoco ése es mi papá. Ella es muy mentirosa; ella es el diablo para mentir.
Cuando viene José Leonardo a visitarla, ella alquila películas de dibujitos y las miro después de comer. Ellos se encierran en la pieza y yo miro Porky, el Pato Lucas y el Gallo Claudio. El Gallo Claudio es el que más me hace reír; me gusta mucho el dibujito con Quique, el gavilán pollero y él. Me gusta cuando Quique cree que un perro que atrapa es un pollo y que el Gallo Claudio no es un pollo; entonces el Gallo Claudio trata de convencerlo.
-Acabo de atrapar un pollo – dice Quique.
El Gallo Claudio se le ríe en la cara:
-¿Pollo? Ese no es un pollo, hijo. Yo soy un pollo. Gallo, más bien.
-Eso no es cierto. Tú no eres un pollo.
-Entonces, ¿qué soy, hijo?
-Tú eres un cretino bocón.
Ahí yo me río mucho; la frase ‘Cretino bocón’ me hace reír: no sé qué quiere decir y no me animo a preguntarle a mi mamá qué quiere decir cretino porque me huele que es algo feo. El Gallo Claudio hace todo para convencer a Quique de que él es un pollo y cuando lo convence, Quique le dá un martillazo en la cabeza y se lo lleva para cocinarlo en su horno. Ese es el fin del dibujo animado. Un día que mi mamá se duchaba, José Leonardo vino a verlo conmigo. El no se rió ni nada y cuando acabó, dijo:
-Ese dibujito es una tragedia.
José Leonardo no tiene ni pizca de sentido del humor.
Anoche, ella me sacó de la cama de golpe y me llevó afuera, a la escalera. Enseguida pensé qué cosa mala habría hecho yo, y si se dio cuenta que a la muñeca que habla la metí en la bañera para bañarla y se le arruinó el disquito y ya no dice ni mu. La muñeca estaba muy sucia ¿qué esperaba que hiciera?: a esa muñeca había que limpiarla bien. Ella estaba llorando, eso sí que ya es raro. Me hizo bajar corriendo por los escalones, como el día del incendio en el departamento de abajo, cuando los gatos de los vecinos se colgaron de los cables e hicieron estallar todo.
Yo le preguntaba:
-¿Qué pasa?
Pero ella no me decía nada; la vez del incendio tampoco me decía nada más que:
-¡Bajá! ¡Bajá, Lola!
Esa vez en la puerta estaban los bomberos, pero yo no me asusté ni un poquito y al final no se quemó nada. Los bomberos se quedaron sin trabajar y mostrar lo que hacen. Todos estaban de mal humor.
Mi mamá y yo nos escondimos en la arcada de la escalera donde nadie te puede ver. Mientras estábamos ahí, oí los gritos y ruidos, ¡pim! ¡pum! ¡pam! que había en nuestra casa. Yo le dije que si eran ladrones había que llamar a la policía. Aparte si eran ladrones, le estaban pegando a José Leonardo, que es menudo como una espinita. Le iban a romper todos los huesos. Cuando le dije, ella se tapó la boca con un pañuelo como si le doliera la muela, pero fue para llorar bajito. Me hizo una seña con la mano, de mutis o cobrás. Dos vecinos de la planta baja se asomaron, pero no hicieron nada. Vimos a José Leonardo salir de prepo de nuestra casa y a su cuerpo rebotar contra la pared del pasillo. Había una silueta enorme que se recortaba en el umbral de nuestra puerta. Ahí me di cuenta clarito de lo que pasaba: no se me ocurrió pensar que los ladrones se adueñaron de nuestra casa. Me di cuenta que era Chicho, que en vez de a la tarde, vino a la noche. José Leonardo bajó los escalones de dos en dos, tosiendo y llorando a mares; tenía la camiseta medio ensangrentada y le salía sangre por la nariz también. Cuando llegó a la puerta de calle forcejéo para abrirla, pero no se puede abrir porque está cerrada por dentro, con llave. Mi mamá bajó en puntas de pie, sin parar de taparse la boca con el pañuelo, a abrirle. A lo mejor tenía sangre en el pañuelo, a lo mejor Chicho le pegó primero a ella y después a José Leonardo. Chicho no me cae mal, aunque le haya pegado a ella. Me dá lástima sentir que Chicho no me cae mal sobre todo si le pegó; es el novio de mi mamá que más me gusta. No sé qué pasó abajo con ella y José Leonardo. Capaz que él le pedía que se fueran juntos y se iban juntos. Yo subí hasta la casa.
Ahora Chicho quedó reinante, como el único novio de mi mamá. Estaba sentado a la mesa, tomando de la botella que parece de vino pero debe ser de algo peor porque es transparente igual al cristal y se sirve en vasos de miniatura, como para los muñecos cuando juego a las visitas.
-¿Querés tomar un traguito, Lola? –preguntó - Nomás para saber qué gusto tiene. Te mojás apenitas los labios. Vas a ver que te va a gustar.
Después él se sirvió otro vasito y antes de beber, dijo:
-Brindo: por nosotros, los que quedamos, y por el que ya no está y se fue huyendo como perro apaleado, con el rabo entre las patas.
Empinó el vaso y se lo zampó de un trago.
Después, yo tomé un sorbito de cristal. Picaba, por donde pasaba el líquido, picaba fuerte. El se rió con una risa tan estrepitosa que a mí me hizo correr frío por la espalda.
Oí los pasos de ella subiendo la escalera.
Ahí fue que me largué a llorar.
viernes 3 de octubre de 2008
Henry Miller
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Patricia Suárez
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Trascendencia e intrascendencia. Henry Miller
Recuerdo en un relámpago todas las mujeres que he conocido. Es como una cadena que hubiera forjado de mi propia miseria. Cada una ligada a la otra. Miedo de vivir separado, de permanecer como recién nacido. La puerta de la matriz y su cerrojo. Terror y nostalgia. En lo profundo de la sangre la atracción del Paraíso. El más allá. Siempre el más allá. Todo esto debió comenzar con el ombligo. Te cortan el cordón umbilical, te dan una palmada en las nalgas, y listo. Ya estás en el mundo, a la deriva, en un barco sin timón. Mirás las estrellas y mirás tu ombligo. Tenés ojos por todas partes, en las exilas, entre los labios, en las raíces de tu pelo, en la plata de tus pies. Lo que está distante se hace próximo, lo que está próximo se hace distante. Entrar y salir, un flujo constante, una mudanza de la piel, volver lo de adentro para afuera. Vas a la deriva, así, durante años y años, hasta que te encontrás en el centro muerto, y allí, te podrís lentamente, te desintegrás, hasta que te dispersás de nuevo. Sólo queda tu nombre.
De "Trópico de Cancer", 1934.
De "Trópico de Cancer", 1934.
miércoles 1 de octubre de 2008
No me amenaces. José Alfredo Jiménez
No me amenaces, no me amenaces;
cuando estés decidida a buscar otra vida,
pues agarra tu rumbo y véte;
pero no me amenaces, no me amenaces;
ya estás grandecita, ya entiendes la vida
ya sabes lo que haces.
Porque estás que te vas,
y te vas, y te vas, y te vas
y te vas, y te vas, y no te has ido
y yo estoy esperando tu amor,
esperando tu amor, esperando tu amor
o esperando tu olvido.
No me amenaces, no me amenaces,
si ya fue tu destino olvidar mi cariño
pues agarra tu rumbo y véte;
pero no me amenaces, no me amenaces
ya juega tu suerte, ahí traes la baraja
pero yo tengo los áses.
Además de la ranchera cantada por el mismo José Alfredo, hay una versión muy hermosa de María Dolores Pradera. Para oírla!!
cuando estés decidida a buscar otra vida,
pues agarra tu rumbo y véte;
pero no me amenaces, no me amenaces;
ya estás grandecita, ya entiendes la vida
ya sabes lo que haces.
Porque estás que te vas,
y te vas, y te vas, y te vas
y te vas, y te vas, y no te has ido
y yo estoy esperando tu amor,
esperando tu amor, esperando tu amor
o esperando tu olvido.
No me amenaces, no me amenaces,
si ya fue tu destino olvidar mi cariño
pues agarra tu rumbo y véte;
pero no me amenaces, no me amenaces
ya juega tu suerte, ahí traes la baraja
pero yo tengo los áses.
Además de la ranchera cantada por el mismo José Alfredo, hay una versión muy hermosa de María Dolores Pradera. Para oírla!!
Pa' todo el año. José Alfredo Jiménez
Por tu amor que tanto quiero
Y tanto extraño,
Que me sirvan otra copa y muchas más
Que me sirvan de una vez pa' todo el año
Que me pienso seriamente emborrachar.
Si te cuentan que me vieron muy borracho
Orgullosamente diles que es por ti,
Porque yo tendré el valor de no negarlo,
Gritaré que por tu amor me estoy matando
Y sabrán que por tus besos me perdí
Para de hoy en adelante
Ya el amor no me interesa,
Cantaré por todo el mundo
Mi dolor y mi tristeza,
Porque sé que de este golpe
Ya no voy a levantarme
Y aunque yo no lo quisiera
Voy a morirme de amor.
Y tanto extraño,
Que me sirvan otra copa y muchas más
Que me sirvan de una vez pa' todo el año
Que me pienso seriamente emborrachar.
Si te cuentan que me vieron muy borracho
Orgullosamente diles que es por ti,
Porque yo tendré el valor de no negarlo,
Gritaré que por tu amor me estoy matando
Y sabrán que por tus besos me perdí
Para de hoy en adelante
Ya el amor no me interesa,
Cantaré por todo el mundo
Mi dolor y mi tristeza,
Porque sé que de este golpe
Ya no voy a levantarme
Y aunque yo no lo quisiera
Voy a morirme de amor.
Atreverse. Henry Miller (Fragm de Trópico de Cáncer)
Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es su experiencia real, lo que es de veras su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, volaría en pedazos y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.
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CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line
Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).
Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle
http://cuatrocuentos.wordpress.com/
NO-RETORNABLE
Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar
¡Qué la disfruten!
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