Caminaré entre las piedras

Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...

Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."

"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale
Un libro que debes leer!

martes 25 de marzo de 2008

Perhaps, perhaps, perhaps. Txt

Lo que lo puso frenético, cuenta, es la indecisión. Es un defecto que no soporta. Tiene apuntadas en una libreta de hule negro la cantidad de veces que la invitó a salir. Dieciocho; ella nunca le dijo que no. Siempre respuestas esquivas, descomprometidas. Está bien, ella no lo ama. El no se va a cortar las venas por eso. El solamente la invita a salir a comer a un lugar lindo, romántico, al cine, a dar una vuelta por ahí. Ella nada, ni una palabra. O peor, un millón de veces la invita, se le insinúa, le escribe, y ella hoy no, tal vez mañana, quizás. El cuando se propone algo lo logra: no se nota que él tenga esta conducta respecto de los bienes materiales, por ejemplo: no tiene un auto, no tiene una casa, lo poco que guarda ahorrado no le alcanza ni para comprar los zócalos de la casa que podría comprarse: ni para el felpudito con la palabra “Welcome”. Pero en sus emociones, en sus sentimientos, él es constante. Lo que se propone, lo consigue. Por eso la sigue llamando, provocando –por lo que percibe- una indiferencia en ella cada vez más profunda, una desazón. Nunca el odio, nunca el enfrentamiento. Es una mujer muy dulce. Igual, podría confesarle de una vez por todas que lo detesta y entonces él ya no la llamaría más. La vería pasar y no se le ocurriría interceptarle el paso para decirle unas palabras. No iría a las aburridas fiestas que va ella, no la seguiría cuando hace la compra. A cualquiera podría parecerle que la está acosando. ¡Qué manera más absurda para catalogar su amor! Es amor, amor. O se le asemeja bastante y con la semejanza para él basta. Ella, hay que decir lo que es justo, tiene una paciencia infinita. Un día lo sacó de quicio con su indiferencia y entonces él la insultó. Después tuvo mucha culpa, porque a lo mejor un simple y veloz insulto echaba por tierra semanas de trabajos; pero como estaba enojado no llamó para pedir perdón. El no es de los que piden perdón, misericordia. El va al grano, él quiere a las cosas por su nombre. Está bien, ella no lo ama, ¿y qué? Qué obsesión tiene la gente porque todos estemos enamorados de todos? El amor de él basta para los dos; de eso él está realmente seguro. Por eso, un día marca el teléfono de ella y en lugar de hablarle con la voz de siempre y decirle las mismas cosas, sólo jadea. Jadeos, gemidos, de persona que está entre los sofocos del sexo. Alguna frase, en la que se deja oír amor eterno y cosas así, melosas. Cursis no le parecen. Uno siente lo que siente aunque sea cursi, y si es cursi, es cursi. Ella atienda y pregunta: “¿Quién habla, quién habla?” Con el tiempo, suplica que le diga qué quiere de ella. Bueno, es un poco evidente, podría contestarle él, pero tiene la decencia de no contestarle para no hacerla quedar como una estúpida. Jadeos, gemidos, fragmentos de frases con la voz impostada para que ella no lo reconozca y después él corta. No sabe cuánto durará esto; no sabe si ella ya no lo denunció a la policía. El llama por teléfono una y otra vez, ella no le pide que deje de llamar.

John Mc Crea. Vocalista de CAKE

No es el hombre de mi vida, pero pasa bastante cerca...
Recomendación de gourmet: las versiones de "Perhaps, perhaps..." y "Will survive"

In the still of the night. Txt

Hace muy poco que nos conocemos, que salimos.

Viajo a verlo; siempre sucede de esta manera. No es que él venga a verme a mí. Tal vez hace días o semanas que nos acostamos por primera vez. El asunto funciona, parece funcionar. No hacemos comentarios al respecto. Igual, yo estoy inquieta. En el filo de la noche siento crecer mi inquietud, la fiebre de que no estoy haciendo lo correcto. Hay otro hombre esperándome, en nuestra casa. Pero yo me enamoré de él; tengo ganas de decir: “Me sucedió un imprevisto; este accidente fatal, este nuevo hombre en mi vida. ¿Qué esperan que haga? No puedo volverle la espalda a la sensación”.

Tal vez salimos del teatro o venimos de ver a alguien, no lo recuerdo.

Vamos a comer pizza a un restaurant, un lugar concurrido. Vemos uno, dos conocidos. Nadie sabe aún que salimos; así que después de esto los rumores correrán como la pólvora. Al principio, me quedo como una estatua de yeso. Pero después lo disfruto: están viéndome con un hombre que amo.

El habla, yo no recuerdo de qué, no recuerdo con exactitud qué le da el pie, ni cómo llegamos al tema.

Habla de su pasado, otras relaciones. Otra mujer.

El tiene cuarenta y cinco años y es soltero.

Yo pienso que es un diamante en bruto; una aguja en un pajar.

Mi pensamiento, con seguridad, está en el error.

Pienso que si es soltero podrá casarse conmigo.

Hago este cálculo omitiendo el hecho de que estoy casada y que deberé divorciarme para casarme otra vez. El mero trámite de divorcio llevará unos cuantos meses; quién sabe si después de esos meses, aun persistirá este romance. Pero yo no pienso en esto; pienso que la luz de este amor me sostendrá.

La cuestión es que habla de una primera mujer, la primera en su vida.

Vive con ella cinco años; estudian juntos.

Los dos eran uno, dice él. Una sola persona, de tanto amor.

Ella, dice él, es parecida a mí.

Ella estudia griego antiguo, latín.

No sé cuáles son los problemas que tienen; no entiendo bien el curso del relato. Mis pensamientos se pierden cuando miro sus manos, vuelo. Habla y gesticula, mueve mucho las manos. El dá entender que ella queda embarazada una o dos veces y deciden ella o él, abortar el bebé; o también que ella le fue infiel y le confiesa a él su infidelidad. El se enoja; nada fuera de lo esperado. Están en la calle, en un paseo peatonal. Entonces él le pega; con el puño cerrado directo a la mandíbula y le rompe la nariz. Ella cae para atrás y queda así, tendida en la calle. El se aleja sin volverse a mirarla; a lo mejor es un día frío de invierno cuando ocurre esto. El, agrega, siente una pena enorme por lo sucedido. No se vuelve, no le tiende la mano: aprieta el paso en la dirección contraria.

A veces los sueños no funcionan.

A veces todo el asunto es el cuento de la lechera.

Pagamos y salimos.

Yo vuelvo a la ciudad, advertida.

Tengo mucho tiempo para pensar en el amor que siento.

Pero no llego a ninguna conclusión específica.

jueves 20 de marzo de 2008

Stormy weather. Txt

Al final, compro un libro por Internet. Lo hago llevada por el tedio del día domingo. Es de Voltaire, son las novelas escogidas. Cuesta diez pesos, quince, una nada. Igual, el “Cándido” se consigue en todas partes. Pero este me resultó llamativo porque era muy viejo, de la editorial Garnier Hermanos, Libreros Editores de París y la traducción y el prólogo es del Abate Marchena. En el momento en que cerré la compra ni siquiera tenía muy claro quién era el Abate Marchena.

El vendedor tiene un nickname de consonantes y números; no se lo puede pronunciar. Pone que vive en Capital Federal, pero no en qué barrio. También se aclara en la página que no hace envíos contrareembolso. No termino de aceptar la compra, cuando ya estoy arrepentida. Quién sabe hasta dónde tenga que ir a buscar el libro. No es la mejor manera, la más turística para conocer Buenos Aires. Debí preguntar primero al vendedor si no había un punto intermedio, en el microcentro o cosa así donde pudiéramos encontrarnos.

Como sea, a los pocos días me llama una viejita de voz cascada. Perla, es su nombre, una piedra preciosa. Me dice que vive en San Telmo, en la parte más antigua. Ella tiene el aspecto de un dibujo animado, la viejita aquella que cuidaba al canario Piolín de que Silvestre no se lo comiera. Hay olor a gato en el departamento; un edificio de tres pisos. Ella vive en el último piso, pero sube con una energía que me desconcierta. Me ataja el olor a encierro cuando abre su puerta. Me muestra su preciosa biblioteca, una pared desde el techo hasta el suelo, completa. Los libros del estante de abajo están percudidos por el orín de los gatos. Tiene doce; un mal menor si se desea vivir en compañía.

-Los gatitos… -suspira ella con resignación.

Asiento. Trepa a una escalerita que apoya en la estantería y me entrega el libro.

Es un libro viejo, de principios de siglo. En perfecto estado; inusitadamente barato.

-Eran de mi marido… -explica.

Me apeno de la pobre viejecita.

Tal vez la pensión, la jubilación no le alcanza ni para comprarse los remedios. Para pagar el bofe, el alimento para gatos. Para la factura de la luz cuando enciende la estufa eléctrica en el invierno. Ser viejo es un desastre.

-¿Quiere llevarse algún otro…?

-No, está bien.

-Se lo dejo a buen precio.

-No sé…

Baja el Tratado de Tolerancia de Voltaire, me dice que me lo cobrará a sólo cinco pesos. De pronto, pienso que estoy muerta y estoy en el cielo. Tengo estos libros al alcance de la mano, del bolsillo. Después pienso que los libros deben estar infectados con unos ácaros malignos; que me pasarán una enfermedad peor que el antrax. La viejita debe estar ejecutando una guerra química a su manera contra la juventud, contra las comunidades de la red.

-Antes me gustaba leer. Pero desde que mi marido murió, parece que estuviera lloviendo siempre. El se sentaba en aquel sillón y leía. Leía, leía, no se cansaba nunca. Yo acá me ponía: tejía, hacía la costura. Le hablaba y él ni me contestaba; estaba en otro mundo. ¡Estaba concentrado! El me decía: “Perla, yo lo más valioso que tengo son mis libros, mi biblioteca. Cuando yo muera, donálos acá, allá…” El se pensaba que yo iba a tener el tiempo y la salud para hacer la filántropa en su nombre… No le voy a decir que entre nosotros no hubo ni un sí ni un no; tormenta hay en todos los matrimonios. Sesenta años estuvimos juntos, así. Uno al lado del otro. Cuando llegaban las diez, las once, todas las noches, mi marido cerraba el libro y salía a la calle. Iba al billar, veía otras mujeres. Era un viejo puto: las cosas que hay que aguantar. Mire, llevélo a ese libro. Un obsequio, para que se acuerde de mí.

Un libro precioso el Tratado de la Tolerancia.

Un gran autor este Voltaire.

miércoles 19 de marzo de 2008

De-Lovely. Txt

Lo cierto es que se llevan muy mal.

Ella hace tres meses que se fue de la casa después de una pelea. Se instaló en otro departamento, en otro barrio. El se fue a Europa por un mes; cuando vuelve con ella. Aunque no lo dice con todas las palabras, es por amor. La ama, es lo que no dice. Tiene arrebatos de cólera, que ella provoca, dice. El es un ser pacífico; él está armonizado con el cosmos. Ella es frágil, inestable. Ella compró un televisor nuevo y una heladera. Compró un dvd, un escarabajo para escuchar música. Pone la música muy fuerte; antes, a él no le gustaba la música fuerte y debía bajar el volumen. Ahora escucha Celia Cruz y cuando la cantante grita. “¡Azúcar!”, ella grita más fuerte.

Como sea, él le propone ir a una isla del Tigre para reconciliarse.

Ella primero dice que sí, pero después piensa que mejor no.

Las peleas son violentas; él está enojado con ella porque lo abandonó, aunque él diga que no es verdad. A veces, en medio de la nebulosa del amor y el dolor de amor, ella piensa que el único incoveniente es el carácter de él, que es tan jodido, un cabrón con todas las letras. Por eso le sugiere hasta el cansancio que él vaya a terapia para el manejo de la ira: hay hasta una película sobre el asunto. El, la primera vez que ella se lo menciona, la corta de plano: no necesita terapia. El resto de las veces, le grita o la insulta; cuando se enoja así, ella mastica por lo bajo: “resistencia al análisis”. Igual, la ira ahora queda fuera de su espacio: ella no le permite que se brote en la casa de ella, como cuando vivían juntos. Un día que él se puso especialmente de mal humor, ella le pidió que se fuera. El se fue; después tardó en volver y lo hizo lleno de hosquedad: pero por lo menos no rompió nada.

Por eso, la isla en un sitio inseguro, fuera de su control.

Accede; al fin y al cabo lo ama, de eso se trata todo el rollo.

En el viaje en lancha, él le saca fotos. Después, le habla de cuando hizo el mismo viaje con su novia anterior. Le habla maravillas de la ex y cuando ella se harta del relato y le dice que se calle, él la acusa de tener celos y de no querer saber sobre su pasado. Así que esta vez ella no entra en el juego, lo escucha perorar sobre la ex y suspira. Mira el agua, las ondas que deja la lancha; se abstrae en la risa de la gente, la alegría de ir a descansar al verde, la naturaleza.

Se instalan en el hotelito. Modesto, limpio, con un cubrecama de cretona color borravino, o mejor, ese color que se suele llamar sangre de buey. Hay un espejo oval de medio cuerpo colgado de una pared, con el azogue saltado en algunas partes. El se desnuda, se mete en la cama y duerme. Está muy cansado, eso dice cuando baja la persiana. Ella quiere leer un libro, pero a él le molesta la luz del velador. Ella dice de irse al comedor, o al jardín a leer. El le pide que se quede acostada a su lado, sin dormir, no más respirando. Ella imagina que es la forma que tiene de pedirle de que se quede para hacer el amor. No hacen el amor; ella se aburre.

Después salen a caminar. Nada más que bichos y naturaleza. El calor ominoso, la humedad del río, los alguaciles. El canto de los grillos no tiene nada de romántico; no hay ni la luz de un farol. Tienen que adivinar dónde pisan. Por supuesto, no hay un bar adonde ir a tomar una copa. Se internan por un camino de paraísos y de vegetación autóctona, muy apretada. La oscuridad es absoluta. El corta una ramita de un árbol, pronuncia:

-Esta es flexible.

Ella se vuelve a mirarlo, pero no puede verlo.

El la toma de los brazos y la besa. Hay pasión en su beso; es obvio que él la ama. El le arranca la ropa para hacer el amor ahí, al aire libre. Ella piensa que seguro tiene la mala suerte de caer encima de una ortiga. Ella le pide que él se desnude también, pero él dice que no hace falta. Cuando ella está desnuda, la pone en cuatro patas. Es su posición preferida, hacer el amor sin mirarse la cara. Las veces que ella le dijo que ese modo era humillante, él le salió con que para Egon Schiele era la posición más erótica del mundo; y no iba a comparar ella su percepción de la cosa con la exquisita sensibilidad del pintor austríaco más importante. Así que ella calcula que el acto sexual será de esa manera. Pero entonces es cuando algo cambia; está la varita de paraíso. La atiza con la varita en las nalgas hasta marcarla, en un absoluto mutismo de su parte. Ella tampoco gime o se queja. Al tiempo, el dolor se hace placer (¿acaso no era él el que decía que el dolor es el precio del placer?) y entonces hacen el amor en la posición señalada. No vuelven a hacer el amor en ninguno de los tres días siguientes y ella se vé obligada a dormir boca abajo. Cuando vuelven a la ciudad, se separan.

lunes 17 de marzo de 2008

Love for sale, 2. Txt

Es el final de la fiesta. Las dos estamos sentadas al pie de la escalera. Afuera hay un patio con plantas grandes, verdes y estatuas de yeso. La Venus de Milo, un Cupido, esas cosas. Creo que tomamos unas copas de más; nos hemos aburrido. Hace calor ahí fuera y estamos transpirando. Tal vez deberíamos irnos; pero es el coletazo final de la fiesta y todavía resuena algo de la música de jazz. Hay burbujas de champán en la cabeza de la gente. Nos hace sentirnos alegres.

Dos hombres, dos muchachos pasan delante nuestro.

Yo no los veo.

Ella sí.

Tienen puesto trajes.

Tienen algo angélico en el andar.

Uno de ellos se vuelve y dice algo. Es muy alto, es hermoso. Tan joven que lastima. Tiene el nudo de la corbata flojo. Se acerca a mi amiga con paso vacilante. Lo conozco de alguna parte pero no me doy cuenta. Dice algo en voz alta; es un chiste. Ella le contesta y se ríe. Le dice que ella es actriz. El otro, es menudo. Tiene ojos claros, hace un paso vacilante hacia mí; no quiere estar acá. No quiere ser partícipe de esta seducción, esta conquista.

-Hace rato que te vi –dice.

Sonrío.

De pronto recuerdo quiénes son.

Son los que llevaban las bandejas en alto, las copas de cristal hasta el borde.

El alto se sienta al lado de mi amiga.

Ella, sin poder evitarlo, chilla.

-¡La cartera!

Rápidamente pone su cartera debajo y se sienta encima.

Ríe como si hubiera hecho una travesura.

Los dos hombres se acomodan a nuestro lado.

Al rato, ella está besándose con el alto.

Yo hablo con el bajito sobre el sindicato de gastronómicos.

-Un trabajo tremendo ser mozo, arruina las piernas.

Estamos así conversando hasta el amanecer.

No nos asaltan.

Love for sale. La partitura...

domingo 16 de marzo de 2008

Every time we say goodbye. Txt

Lo real es que hace muy poco tiempo que vivo con él. Hará una semana o dos que me mudé a su casa. Estoy enamorada, mucho. No tengo cabeza; creo que él me corresponde. Eso es lo que dice al menos y yo le creo. Cada vez que él se va a hacer una cosa, que tardará horas o que no volverá hasta la noche y tengo que decirle adiós, siento que muero un poco. Muy poquito, porque si muriera de verdad, él no dudaría un segundo en reemplazarme por otra. No puedo separarme de él, esta es la realidad. Me gusta cómo me mira, me gusta cómo habla y me gusta cuando calla. Cuando me toca en el hombro durante el día o la cadera en la noche. Es el hombre que elegí para pasar el resto de mi vida.

Tiene una gran biblioteca que ocupa toda la pared. Su casa es un loft y toda la pared del loft está ocupada por libros. Yo lo admiro por esto; su cultura, su capacidad para leer y para levantarse y escribir cuando todavía no amaneció. Cuando aún no vivía con él y dormía en su casa algunas noches, al sentir la cama fría, me despertaba.

¿Dónde estás?, le preguntaba.

Abajo, escribiendo.

La luz azul de la pantalla daba sobre su rostro, sus manos en movimiento.

Qué hermoso verlo así.

Como sea, un día se va a dar clases. Me dice, serio:

-El primer estante de la biblioteca, contra el techo, no quiero que lo toques. Son mis diarios íntimos. Los que escribo desde 1987. Si sé que los leíste, los estuviste ojeando, te corto las manos, te arranco los ojos.

No necesita decirme eso, pienso. Estoy ofendida: no tengo la menor curiosidad por saber cómo era su vida antes de mí. Soy muy respetuosa de la privacidad ajena; desde que mi padre leía mis diarios íntimos a los quince años para conocer todos mis movimientos y divulgarlos y burlarse, aprendí la importancia de respetar la vida privada.

Con el curso de las semanas, las cosas cambian. Ya no hay el perfume del verano en el aire. El amor ya no está en el rumor de los árboles.

El y yo no nos llevamos bien.

Tiene arranques de rabia.

O se le pasó el amor o me odia.

Un día, trepo una escalerita y bajo todos sus diarios. Los leo uno por uno, atentamente. Hay ahí el relato de los diarios: hoy fui a tal lado, cené con tal, conocí a fulana, salí con mengana. Momentos de megalomanía, esos en que el escribiente del diario cree que su pluma es como la de Georg Trakl y por lo mismo incomprendida. Voy pasando las páginas, los años. Con otras mujeres, en otras relaciones no aparecían las rabietas, la violencia. O las amaba más o no lo escribía. O él era distinto. Igual, las acusaba de lo mismo que a mí: personalidades heladas, dice, incapaces de dar afecto.

Al fin, me concentro en la última carpeta.

Tengo miedo de que él entre y me vea.

O de acomodar mal los diarios y que él lo descubra.

Tengo miedo de terminar como la mujer de Barbazul.

Pocas entradas sobre mí. La mayoría sobre sus lecturas: Canetti, Ionesco. Si tiene la casa de libros, es lógico que se la pase leyendo y comentando sus lecturas. Mircea Eliade, Brecht. Cuenta velozmente la primera vez que lo visité e hicimos el amor. Dice que hicimos el amor con amor, pone en su diario. A mí me dijo otra cosa; me habló de la luz de la unión sexual y de mi falta de energía. El sentía mi falta de energía en mi sacro, en el esternón, imponiendo su mano sobre mí. Pero él podía curarme, con el poder del amor y yo ya estaba loca por él. Walter Benjamin, Habermas, Auerbach. Así, hasta el día de la fecha. Al fin, llego. Dos meses atrás: “Me cuesta escribir. Siento que ella me espía todo el tiempo. Cada palabra”. Nada más. Luego, varias páginas: Kafka, un ensayista alemán escribiendo sobre el Leteo, el río del Olvido, Arendt. Me pregunto por qué los dioses que están sobre mí, tienen el conocimiento de mi amor por él, me permiten estar a su lado. Fin del diario.

Cole Porter

Amar a su ritmo...

Love for sale. Txt

Así que ella se entera que él es finalista de un gran premio de novela. No la alegra en absoluto; no tiene sentimientos generosos al respecto. Estaba sentada en su casa leyendo el diario y vé el nombre de él a punto de ganarse quince mil dólares por una novela que escribió, un ‘engendro’ como la denomina ella. Hace año o año y medio que no se ven, no tienen ningún tipo de relación. Estuvieron juntos seis meses, pero ella dice que fue tan intensa la relación que es como si se hubieran amado diez años seguidos. Ella leyó esa novela cuando aun era un original sin ton ni son; ella lo ayudó a corregirla, le dio ideas. Después, él resultó un mal tipo, hacía muchas cosas mal, hasta ir a la cama era algo que hacía mal. Cuando uno se va, se lleva todo. El se llevó todo y la novela era suya, por supuesto.

Le escribe. Un breve correo con un nombre falso. Le pone que lo admira como escritor, etcétera. Pero él ni siquiera es un escritor; es actor y artista con veleidades. El le contesta, desabrido. Ella insiste; luego hackea la clave de él y se mete en su correo. Tiene habilidad para esto, para meterse en la cabeza del otro, pensar como el otro lo haría. Por eso prueba dos o tres claves hasta que da con la que le abre paso en el correo electrónico. Le vino esta vocación viendo películas de James Bond. Quiere ver qué dijo él de ella, cuando rompieron. Busca carpetas antiguas, los inicios de la bandeja de entrada. Dos o tres correos a su hermana, la hermana de él que vive fuera. Le dice que terminó con O., una pena. No dice nada más, no hay palabras. No hay comentarios. La hermana ni siquiera opina una palabra sobre O., directamente le habla sobre la vida en el exterior, la nieve, el clima, las cosas a la que no se acostumbra. Es todo; al día siguiente, él le escribe a ella, a O. Le pide que no lo moleste más; tiene la casilla bloqueada. Ella no le contesta; se hace la tonta, la desentendida.

Un mes después va a la entrega de premios de esa novela.

El acude con otra mujer, despeinada, desarreglada.

El premio lo gana otro escritor; él ni siquiera es mencionado.

O. se acerca al ganador, lo besa. Le dice que le hace muy feliz que haya ganado.

Está feliz, esto es cierto.

jueves 6 de marzo de 2008

Años - Cesare Pavese

De lo que era yo entonces no queda nada: apenas hombre, era aún un crío. Lo sabía hacía tiempo, pero todo ocurrió a finales del invierno, una tarde y una mañana. Vivíamos juntos, casi escondidos, en una habitación que daba a una avenida. Silvia me dijo esa noche que tenía que irme, o irse ella: ya no teníamos nada que hacer juntos. Le supliqué que dejara que probásemos de nuevo; estaba acostado a su lado y la abrazaba. Ella me dijo:
-¿Con qué finalidad? -Hablábamos en voz baja, a oscuras.
Luego Silvia se durmió y yo tuve hasta la mañana una rodilla pegada a la suya. Apareció la mañana como había aparecido siempre, y hacía mucho frío; Silvia tenía el pelo sobre los ojos y no se movía. En la penumbra yo miraba pasar el tiempo, sabía que pasaba y corría, y que afuera había niebla. Todo el tiempo que había vivido con Silvia en aquella habitación era como un solo día y una noche, que ahora terminaba por la mañana. Entonces comprendí que nunca volvería a salir conmigo entre la niebla fresca.
Era mejor que me vistiera y me marchase sin despertarla. Pero ahora tenía en la cabeza una cosa que preguntarle. Esperé, intentando adormilarme.
Cuando estuvo despierta, Silvia me sonrió. Seguimos hablando. Ella dijo:
-Es bonito ser sinceros, como nosotros.
-¡Oh, Silvia! -susurré-, ¿qué haré al salir de aquí? ¿Adónde iré?
Era eso lo que tenía que preguntarle. Sin apartar la nuca del almohadón, ella sonrió de nuevo, beatífica.
-Bobo -dijo-, irás a donde quieras. ¿No es hermoso ser libre? Conocerás a muchas chicas, harás todas las cosas que quieras. Te envidio, palabra.
Ahora la mañana llenaba el cuarto y sólo había un poco de calor en la cama. Silvia esperaba paciente.
-Tú eres como una prostituta -le dije- y siempre lo has sido.
Silvia no abrió los ojos.
-¿Estás mejor ahora que lo has dicho? -me dijo.
Entonces me quedé como si ella no estuviera, y miraba al techo y lloraba sin ruido. Las lágrimas me llenaban los ojos y corrían sobre la almohada. No valía la pena que se diera cuenta. Mucho tiempo ha pasado, y ahora sé que aquellas lágrimas mudas fueron la única cosa de hombre que hice con Silvia; sé que lloraba no por ella sino porque había entrevisto mi destino. De lo que era yo entonces no queda nada. Queda sólo que había comprendido quién sería en el futuro.
Luego Silvia me dijo:
-Ya basta. Tengo que levantarme.
Nos levantamos juntos, los dos. No la vi vestirse. Estuve pronto en pie, a la ventana; y miraba vislumbrarse las plantas. Detrás de la niebla estaba el sol, el sol que tantas veces había entibiado el cuarto. También Silvia se vistió pronto, y me preguntó si no me llevaba mis cosas. Le dije que primero quería calentar el café, y encendí el hornillo.
Silvia, sentada al borde de la cama, se puso a arreglarse las uñas. En el pasado se las había arreglado siempre en la mesa. Parecía abstraída y el pelo le caía continuamente sobre los ojos. Entonces daba sacudidas con la cabeza y se liberaba. Yo deambulé por el cuarto y recogí mis cosas. Hice un montón sobre una silla y de repente Silvia saltó en pie y corrió a apagar el café que se derramaba.
Luego saqué la maleta y metí las cosas. Mientras tanto, por dentro me esforzaba por recoger todos los recuerdos desagradables que tenía de Silvia: sus futilidades, sus malos humores, sus frases irritantes, sus arrugas. Eso me llevaba de su cuarto. Lo que dejaba era una niebla.
Cuando hube acabado, el café estaba listo. Lo tomamos de pie, junto al hornillo. Silvia dijo algo, que ese día iría a ver a un tipo, a hablar de un asunto. Poco después dejé la taza y me marché con la maleta. Afuera la niebla y el sol cegaban.

XII: Dedicatorias --- Adrienne Rich

Sé que estás leyendo este poema
tarde, antes de dejar tu oficina
la de la única lámpara amarillo intenso
y la ventana que se va oscureciendo
en la lasitud de un edificio que se funde en el silencio
mucho después de la hora pico.
Sé que estás leyendo este poema
parada en una librería lejos del océano
en un día gris del principio de la primavera,
débiles copos arrastrados por los enormes espacios
de las planicies a tu alrededor.
Sé que estás leyendo este poema
en una habitación donde demasiado ha sucedido
como para que lo soportes
donde las sábanas se enroscan estancadas en la cama
y la valija abierta habla de huida
pero todavía no podés irte.
Sé que estás leyendo este poema
mientras el subterráneo disminuye la velocidad
y antes de subir corriendo las escaleras
hacia una nueva clase de amor
que tu vida nunca permitió.
Sé que estás leyendo este poema a la luz
de la pantalla del televisor
donde imágenes sin sonido se sacuden y deslizan
mientras esperás la última noticia de la intifada.
Sé que estás leyendo este poema en una sala de espera
de ojos que coinciden y que no se encuentran, de identidad con extraños.
Sé que estás leyendo este poema con luz fluorescente
en el aburrimiento y la fatiga de jóvenes excluidos,
que se marginan a sí mismos, a una edad demasiado temprana.
Sé que estás leyendo este poema con tu vista debilitada,
los gruesos lentes agrandando estas letras más allá de todo significado
y sin embargo seguís leyendo
porque hasta el alfabeto es precioso.
Sé que estás leyendo este poema caminando por la cocina
calentando leche, un bebé llorando sobre tu hombro,
un libro en tu mano
porque la vida es corta y vos también tenés sed.
Sé que estás leyendo este poema que no está en tu idioma
adivinando algunas palabras mientras otras te hacen seguir leyendo
y quiero saber cuáles son esas palabras.
Sé que estás leyendo este poema esperando escuchar,
desgarrada entre la amargura y la esperanza
volviendo una vez más a la tarea que no podés rehuir.
Sé que estás leyendo este poema
porque ya no queda otra cosa que leer
ahí donde aterrizaste, desnuda como estás.

Trad. Diana Bellesi

sábado 1 de marzo de 2008

Cómo escribir un best seller - Ian Fleming

"How to Write a Best-Seller", es un artículo publicado en el "Evening Standard" el 18
de agosto de 1964.

El arte de escribir sofisticadas novelas de suspenso está prácticamente muerto. Los
escritores parecen sentir vergüenza en inventar héroes de raza blanca, villanos de color
negro y heroínas en delicados tonos rosados.
Ya no soy un jovenzuelo, tampoco un hombre mayor. Mis libros no son lo que podría
considerarse "políticamente correctos". No tengo ningún mensaje para una humanidad
que sufre, y aunque fui amedrentado en el colegio y perdí mi virginidad como muchos lo
hicieron en los viejos tiempos, nunca he estado tentado en endosar estas y otras
terribles experiencias al resto de las personas. Mi obra no tiene intención de cambiar a la
gente o hacerla comportarse de una determinada manera. Ella está escrita para
heterosexuales de sangre caliente, durante largas travesías en tren, en aeroplanos o en
camas de hotel.
Tengo un encantador amigo que es un joven e impetuoso literato de renombre, y que
está muy molesto por el hecho de que hay mucha más gente leyendo mis libros que los
suyos. Hace poco intercambiamos algunas palabras acerca de esto y traté de calmar su
afectado ego diciéndole que sus propósitos artísticos eran mucho más elevados que los
míos. Que sus libros apuntaban a la cabeza y, de alguna forma, al corazón de los
lectores. En cambio, los míos estaban dirigidos a un lugar ubicado entre el plexo solar y
la parte superior de los muslos.
Lo que quiero decir es que si usted desea convertirse en un escritor profesional debe
decidir si va a escribir por fama, por placer o por dinero. Debo confesar, sin pena
ninguna, que escribo por placer y por dinero.
Igualmente, siento que, mientras las novelas de suspenso pueden no ser consideradas
literatura con "L" mayúscula, es posible escribirlas de tal forma que puedan ser "Leídas
como tal". Esto ya ha sido logrado por personajes como: Edgar Allan Poe, Dashiell
Hammett, Raymond Chandler, Eric Ambler y Graham Greene. Y no veo nada de malo
en tratar de apuntar tan alto como ellos.
Por lo tanto, he decidido escribir por dinero tratando siempre de mantener ciertos
estándares en mi escritura. Los cuales incluyen: una prosa directa, una gramática nada
excepcional y una cierta integridad en la narrativa.
Pero estas cualidades no garantizan un best-seller. Hay sólo una receta para hacer
best-sellers y es bastante simple: si usted analiza con cuidado los últimos que haya
leído, encontrará que tienen la siguiente cualidad: no puede usted con ellos dejar de
pasar las páginas.
No puede permitirse que nada interfiera con la dinámica esencial de una novela de
suspenso. No puede haber nombres ni relaciones complicadas, ni tampoco viajes o
geografías que confundan o irriten al lector, el cual no debe preguntarse nunca: "¿dónde
estoy?, ¿quién es esta persona?, ¿qué demonios están haciendo?". Y sobre todo deben
evitarse las escenas en las cuales el héroe rumia acerca de su mala suerte, revisa su lista
de sospechosos o reflexiona acerca de lo que debió haber hecho o de lo que se propone
hacer a continuación. Por todos los medios, escoja la escena o enumere las medidas de
la heroína tan amorosamente como quiera, pero, al hacerlo, asegúrese de que cada
palabra que escoja interese o haga titilar al lector antes de lanzarlo a la acción.
Bien, habiendo alcanzado un estilo de trabajo y teniendo todos los recursos esenciales
para hacer narrativa, ¿qué debe ponerse en el libro? Pues, todo aquello que excite a los
sentidos, absolutamente cualquier cosa.
A este respecto, mi contribución al arte de escribir novelas de suspenso ha sido el
intentar la total estimulación del lector por todos los medios posibles, hasta en sus más
mínimos gustos. Por ejemplo, nunca he entendido porque en algunos libros un personaje
debe comer alimentos tan simples e insignificantes. Los héroes ingleses parecen poder
vivir a costa de tazas de té y botellas de cerveza y cuando realmente se sientan a comer
nunca sabemos en que consiste la comida. En lo personal no soy ningún gourmet. Mi
plato favorito son los huevos revueltos. En el manuscrito original de "Vive y deja
morir", todo lo que consume James Bond son huevos revueltos, y lo hace de tal forma
que un lector perceptivo se hubiera dado cuenta de inmediato que este patrón tan rígido
de comportamiento podría significar un serio riesgo a la salud y seguridad del agente
secreto. Ya que, si alguien lo estuviera siguiendo, sólo tendría que entrar a los
restaurantes y preguntar: "¿Estuvo alguien aquí comiendo huevos revueltos" y de esta
forma saber si estaba tras la pista correcta o no. Por ello tuve que volver sobre el escrito
y hacer algunos cambios en el menú.
Por todo lo anterior, haciendo un análisis de mis libros y para los efectos de este ensayo,
debo concluir lo siguiente: escribo sólo acerca de lo que me es placentero y me estimula.
Mis tramas, aunque fantásticas, están basadas regularmente en hechos reales. Pienso
que van mucho más allá de lo probable pero siempre dentro de lo posible.
Mucha gente me pregunta: "¿Cómo se le ocurren esas cosas?, que mente tan
extraordinaria (y a veces sucia) debe tener usted".
Ciertamente tengo una gran imaginación, pero no creo que haya nada especial en esto.
Todos hemos sido alimentados con historias de hadas y de aventuras durante nuestros
primeros veinte años de vida, y quizá lo único que me diferencia de los demás es que yo
hago dinero con mi imaginación. Los tres incidentes más fuertes en mi primera novela
Casino Royale que arrastran la acción a todo lo largo del texto están basadas en hechos
reales. Provienen de mi experiencia en la División Naval de Inteligencia. Sólo las
manipulé un poco, añadí un héroe, un villano, una heroína, y de allí salió el libro.
El primero de ellos es el atentado a la vida de Bond fuera del Hotel Splendide: La
sociedad criminal SPECTRA ha dado a un par de asesinos búlgaros dos bolsos que
deben cargar en sus hombros, uno de color rojo y otro de color azul. Les han dicho que
el rojo contiene un fuerte explosivo, y el azul una cortina de humo para ayudarlos a
escapar. Uno de ellos debe lanzar el que contiene la bomba mientras el otro presiona el
botón del bolso azul. Pero los búlgaros deciden presionar primero este último y
envolverse en la nube de humo antes de lanzar la bomba, sin saber que el bolso azul
contiene también un explosivo capaz de hacerlos volar en fragmentos y con la idea de
no dejar ninguna evidencia que perjudique a la organización.
Increíble, podrán decir ustedes. Pero, de hecho, este fue el método utilizado por los
rusos en el atentado contra la vida de von Papen en Ankara.
La escena del juego se formó en mi mente después del siguiente incidente: Mi jefe, el
director de la Inteligencia Naval, y yo, nos encontrábamos en un vuelo a Washington en
1941 con el objeto de mantener unas conversaciones secretas con los americanos antes
de que éstos entraran a la guerra. El avión debía hacer una escala en Lisboa y
tendríamos que pasar la noche allí. Nuestra gente de inteligencia nos informó que el
lugar estaba repleto de agentes secretos alemanes y que el cabecilla de éstos y sus dos
asistentes jugaban durante todas las noches en un casino de las cercanías. Se me ocurrió
de que podríamos ir y darle un vistazo a esta gentuza. Fuimos hasta allá y efectivamente
vimos a los tres hombres en la mesa de apuestas. Fue allí que me surgió la idea de
apostar contra estos hombres y vencerlos, reduciendo de esta manera los fondos del
Servicio Secreto Alemán.
Lo intenté y en tres rondas estaba en quiebra. Esta humillante experiencia aumentó mi
odio hacia los alemanes y redujo la estima que mi jefe me tenía. Ese fue el incidente que
dio origen a la escena en que Bond protagoniza un gran juego contra Le Chiffre, el
villano de mi primer libro. Claro que aquí Bond tuvo mucha más suerte que yo.
Finalmente, la escena de tortura que describo en Casino Royale es una versión
suavizada del método franco-marroquí conocido como passer á la mandoline, que fue
practicado sobre muchos de nuestros agentes durante la guerra.
Habiendo asimilado todos estos consejos, usted podrá darse cuenta de todo el esfuerzo
físico involucrado en la escritura de novelas de suspenso. Y yo estoy completamente de
acuerdo. Aunque soy muy holgazán. Quizá mucho más que usted. Y mi corazón se
encoge al contemplar las doscientas o trescientas hojas de papel en blanco que debo
llenar para producir un libro de sesentamil palabras más o menos bien seleccionadas.
Para esto de escribir me atrevo a recomendar ampliamente cuartos de hotel, como una
forma de alejamiento de la vida cotidiana tanto como sea posible. El anonimato en este
tipo de ambientes apagados y la ausencia de amigos y distracciones en estos extraños
locales pueden crear ese vacío que podría forzarlo a ese estado de ánimo que puede
llevarlo a escribir con diligencia y aplicación.
Lo próximo en importancia es mantenerse en una estricta rutina, y cuando digo estricta
me refiero exactamente a eso. Yo escribo cerca de tres horas en la mañana,
aproximadamente de nueve a doce, y luego otra hora entre seis y siete de la tarde. Luego
de esto me recompenso numerando las páginas y guardándolas en un archivador.
Pero, luego de todo este esfuerzo, ¿cuál es la recompensa?
Antes que nada es financiera. Aunque no se obtiene mucho de los derechos,
traducciones y esas cosas. Y a menos que sea usted un individuo incansablemente
laborioso, apenas podrá vivir con las ganancias, pero si logra vender los derechos para
una película, eso sí es un golpe de suerte.
Pero, por sobre todas las cosas, ser un escritor de éxito le proporcionará una vida
agradable y placentera. No tendrá que trabajar todo el tiempo y podrá cargar la oficina a
todas partes dentro de su cabeza. Y disfrutará mucho más del mundo a su alrededor.
Escribir lo hará más vivo y, siendo el ingrediente más importante de la vida, aunque no
lo perciba en la mayoría de sus semejantes, el estar vivo, esto es algo que merece la
pena, aunque sólo se escriban novelas de suspenso.

Canción de amor de la joven loca - Sylvia Plath

Cierro los ojos y el mundo muere;
Levanto los párpados y nace todo nuevamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Las estrellas salen valseando en azul y rojo,
Sin sentir galopa la negrura:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Soñé que me hechizabas en la cama
Cantabas el sonido de la luna, me besabas locamente.
(Creo que te inventé en mi mente).

Dios cae del cielo, las llamas del infierno se debilitan:
Escapan serafines y soldados de satán:
Cierro los ojos y el mundo muere.

Imaginé que volverías como dijiste,
Pero crecí y olvidé tu nombre.
(Creo que te inventé en mi mente).

Debí haber amado al pájaro de trueno, no a ti;
Al menos cuando la primavera llega ruge nuevamente.
Cierro los ojos y el mundo muere.
(Creo que te inventé en mi mente).

Cuando nos separamos - Lord Byron

Cuando nos separamos
En silencio y con lágrimas,
Con el corazón medio roto,
Para apartarnos por años,
Tu mejilla se volvió pálida y fría,
Y más frío tu beso;
En verdad aquella hora predijo
El dolor de esta.
El rocío de la mañana
Se hundió gélido en mi frente -
Se sintió como el anuncio
De lo que siento hoy.
Todos tus votos están rotos,
Y ligera es tu fama;
Escucho decir tu nombre,
Y comparto su vergüenza.
Te nombran frente a mí,
Un toque lúgubre en mi oído;
Un estremecimiento viene a mí -
¿Por qué te quise tanto?
No saben que te conocí,
Aquellos que te conocen demasiado bien: -
Por mucho, mucho tiempo he de arrepentirme de tí,
Demasiado hondo como para expresar.
En secreto nos encontramos -
En silencio me lamento,
De que tu corazón pudiese olvidar,
Tu espíritu engañar.
Si llegara a encontrarte
Tras largos años,
¡Cómo habría de saludarte! -
Con silencio y lágrimas.

CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line

Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

NO-RETORNABLE

Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar

25 de Mayo de 2010, una crónica para el Diario Critica

  • http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=27688

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!
Lobo de Tasmania

Octubre

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Cosas extrañas que pueden suceder...

Setiembre...

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Pájaro de Oro

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Recortando y pegando muñequitas de papel

Junio. Bobo e imposible...

Junio. Bobo e imposible...
Dodo.

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Cómeme o bébeme.

Octubre

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As de Espadas

FEBRERO...

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Trabajando en equipo...

SETIEMBRE. Crisantemo...

SETIEMBRE.  Crisantemo...
Una flor como una luna

Noviembre en Madrid

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Zapato para bailar flamenco

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