Caminaré entre las piedras
Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."
"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)
jueves 28 de febrero de 2008
POSIBILIDADES. Wislawa Szymborska
Prefiero los gatos.
Prefiero los robles a orillas del Warta.
Prefiero Dickens a Dostoievski.
Prefiero que me guste la gente
a amar a la humanidad.
Prefiero tener a la mano hilo y aguja.
Prefiero no afirmar
que la razón es la culpable de todo.
Prefiero las excepciones.
Prefiero salir antes.
Prefiero hablar de otra cosa con los médicos.
Prefiero las viejas ilustraciones a rayas.
Prefiero lo ridículo de escribir poemas
a lo ridículo de no escribirlos.
Prefiero en el amor los aniversarios no exactos
que se celebran todos los días.
Prefiero a los moralistas
que no me prometen nada.
Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.
Prefiero la tierra vestida de civil.
Prefiero los países conquistados a los conquistadores.
Prefiero tener reservas.
Prefiero el infierno del caos al infierno del orden.
Prefiero los cuentos de Grimm a las primeras planas
del periódico.
Prefiero las hojas sin flores a la flor sin hojas.
Prefiero los perros con la cola sin cortar.
Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.
Prefiero los cajones.
Prefiero muchas cosas que aquí no he mencionado
a muchas otras tampoco mencionadas.
Prefiero el cero solo
al que hace cola en una cifra.
Prefiero el tiempo insectil al estelar.
Prefiero tocar madera.
Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.
Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad
de que el ser tiene su razón.
De "Gente en el puente" 1986 Versión de Gerardo Beltrán
ODETTA GORDON
El que pueda escucharla sin emocionarse, que arroje la primera piedra...
Seraut, Domingo a la Tarde a Orillas del Sena. Delmore Schwartz
¿Qué están mirando? ¿El río?
¿La luz del sol sobre el río, el verano, ocio
o el placer y la nada de la conciencia?
Una niña salta, un mono tití brinca,
como un canguro, atado a la correa de una dama.
(¿Cobra el marido impuestos al Congo por mantener al mono?)
El mono saltarín no puede seguir al caniche que corre adelante.
Todos sostienen el corazón en sus manos:
una plegaria, una promesa de gracia o gratitud,
una devota ofrenda al dios del verano, domingo y plenitud.
La gente del domingo contempla la esperanza misma.
Contempla la esperanza, bajo el sol, libre de la ansiedad
dental, la devoradora nerviosidad
que desgasta tantos días y años de la conciencia.
Quien los percibe, percibir el oro y verde
del domingo de verano es en sí invisible. Porque él es
resplandor dedicado y concentración suprema, enhebrando fanáticamente
las cuentas, agujas y ojos -¡todo a la vez!- de la intensidad y permanencia.
Él es un santo del domingo al aire libre, un fanático disciplinado
por la pasión, coraje, pasión, habilidad, compasión, amor: un único amor a la vida
y amor a la luz, bajo el sol, con el amor a la vida.
En todos lados brilla el resplandor como un jardín floreciendo en la quietud.
Muchos están mirando, muchos sostienen algo o a alguien
pequeño o grande; algunos sostienen varias clases de quitasoles:
cada uno de los que sostiene una sombrilla lo hace de manera diferente.
Alguien se encorva bajo una sombrilla roja como si se escondiese
y mirase hacia el río furtivamente, o buscara estar
libre de la proximidad y el juicio de los otros.
Junto a él se sienta una dama que se ha convertido en piedra, o guijarro,
aunque su sombrero acampanado es rojo.
Una niña se aferra al brazo de su madre
como si fuese una verdad genuina y permanente.
Su sombrero de ala ancha es azul y blanco, azul como el río, como los
veleros blanco,
y su cara y su apariencia tienen la suave inocencia
honesta y alejada del miedo como ángeles tocando clavicordios.
Una adolescente sostiene un ramo de flores
como si contemplase y buscase su desconocido, deseado y temido destino.
Ningún vínculo es tan fuerte como la fuerza con la que los árboles
se aferran al suelo, se curvan hacia la luz en el cálido aire suave,
enraizados y elevándose con una tenacidad perfecta,
alejados del distraído y errático estado de la humanidad.
Cada sombrilla se curva y convierte en árbol,
y los árboles curvándose se elevan para convertirse y ser
iguales a la sombrilla, las campanas del domingo, el verano y el placer del verano.
Segura como los árboles es la dignidad deambulante
de la mujer burguesa que va del brazo de su marido
con la confianza natural y orgullo de quien es,
ella lo es, una emperatriz victoriana y reina.
La dignidad de su marido es tan sólida como su embonpoint.
Lleva un buen cigarro, y un delicado bastón, con bastante despreocupación.
Del brazo de su esposa, son propiedad el uno del otro.
Vestidos impecablemente y con sencillez, son amables y solemnes
como si fuesen inconscientes o estuviesen libres del tiempo y de la tumba,
-señor y señora del paseo del domingo- ¡de todo!
Porque ellos son los monarcas absolutos del mono tití.
Si mirás algo el tiempo suficiente
se volverá extremadamente interesante;
si mirás algo el tiempo suficiente
se volverá rico, múltiple, fascinante.
Si podés mirar cualquier cosa durante suficiente tiempo,
te regocijarás en el milagro del amor,
serás poseído y bendecido por el maravilloso resplandor cegador
del amor, serás resplandor.
La individualidad poseerá y será poseída como en la consagración
del matrimonio, el dominio de la vocación, el misterio del don del dominio, la
eterna relación entre paternidad y progenie.
Todas las cosas están fijas en una dirección.
Nos movemos con la gente del domingo de derecha a izquierda.
El sol brilla
en suave gloria.
La humanidad encuentra
la famosa historia
de paz y descanso, aliviada por un momento del cansancio de
las mareas de los días de semana, la carcomiente ansiedad,
de la inseguridad y el miedo de la rutina semanal de toda una vida,
del profundo nerviosismo que en lo más hondo de la conciencia
nos hace apretar los dientes, y que como lo encontramos tan continuamente, despiertos o
dormidos,
apenas percibimos que está ahí o que quizá podríamos librarnos
de su dolor y tormento, abiertos y libres a toda experiencia.
El sol del verano brilla parejamente y con voluptuosidad
sobre los ricos y los libres, los cómodos, los rentier, los pobres,
y los que están paralizados por la pobreza.
Seurat es a la vez pintor, poeta, arquitecto y alquimista:
el alquimista apunta su varita mágica para describir y conservar el oro
del domingo.
Mezcla pequeños almizcles por mucho tiempo
porque desea mantener el ocio cálido y el placer de las vacaciones
en el fuego ardiente y la paciencia apasionada de su mente y mirada,
ahora y siempre. ¡Oh feliz, feliz multitud!
Es domingo para siempre, verano, libre: permanecerán siempre cálidos
en sus semillas chicas, sus pequeños granos negros.
Él construye y mantiene el poder y el placer
con el que el domingo de verano reina serenamente.
¿Es posible? ¡Es posible!
Aunque requiera los trabajos de Hércules, Sísifo, Flaubert,
Roebling,
la brillantez y espontaneidad de Mozart, la paciencia de la pirámide,
y requiera todo esto del pintor que a los veinticinco
no sospecha que en seis años ya no estará vivo.
Sus maravillosas bolitas, cuentas o moléculas
son puntos que la magia de la alquimia transforma
en diamantes de florecido resplandor, atrapando y bendiciendo la
mirada:
Mirá cómo el sol brilla nuevo y nuevamente, atravesado
con serenidad por su apasionada obsesión
mientras él transforma la luz solar en materia de peltre, destellando,
elegante y seria, nítida como la manteca,
con solidez brillante, inmutable, un don elevándose a la inmortalidad.
La luz del sol, los árboles altísimos y el Sena
son como una gran red en la que Seraut busca atrapar y mantener
a todos los seres vivos en un desfile y paseo de suave y apacible calma.
El río temblando, azul plateado bajo la luz diversa,
está casi inmóvil. La mayoría de las personas del domingo
son como flores, caminando, moviéndose hacia el río, el sol y
el río del sol.
Cada uno sujeta alguna cosa o a alguien, algún instrumento
agarra, tiene, sujeta, aferra o de algún modo toca
algún ser humano como si la mano y el puño al sujetar y poseer
solos, privadamente y en la intimidad, fuesen el único vínculo verdadero
o unión con la bendición.
Un chico toca la flauta, inclinándose por el placer de la actividad musical,
de espaldas al Sena, la luz del sol y el día girasol.
Un dandy apuesto con sombrero de copa contempla distraídamente el Sena.
La casual delicadeza con que sostiene su bastón
se parece a la elegancia de su traje.
Se sienta con postura educada, impecable y erguido,
fijo en su rincón: él es como su bigote.
Cerca, un trabajador se pasea con los hombros caídos, bastante cómodo,
vagando o recostándose, apoyándose en el codo, fumando su pipa,
mirando solitario, a gusto, o abstraído y desdeñoso,
a pesar de estar tan cerca del caballero elegante.
Detrás un sabueso negro olfatea el verde, azul suelo.
Entre ellos, una esposa baja la vista hacia
el tejido en su falda, como en profundo
escrutinio de un libro difícil. Su mirada atenta
no se encuentra en su cara casi oculta, sino en sus manos
que aferran el tejido como nadie aferra
sombrilla, barrilete, vela, flauta o quitasol.
Ésta es la inquieta realidad del tiempo y el fuego del tiempo que convierte
lo que sea en otra cosa, alterando y cambiando continuamente toda
identidad. Mientras el enorme fuego del tiempo consume (aspirando, volando y muriendo)
todas las cosas se elevan y caen, viviendo, saltando y marchitándose, cayendo -como
llamas extinguiéndose, floreciendo, volando y muriendo-
en el incontrolable resplandor del tiempo y la historia:
Aquí Seurat busca en la cueva de su mente y mirada para encontrar
un monumento permanente al simple placer del domingo, busca la alegría
sin fin a través de los ojos de la inmortalidad;
se esfuerza apasionada y pacientemente por superar la cualidad inconstante y errática
de la realidad viviente.
En esta tarde de domingo sobre el Sena
existen muchos cuadros dentro de la escena del domingo:
cada uno es un mundo en sí mismo, un mundo en sí mismo (y como un niño
une generaciones, reconcilia a los separados y ancianos, por eso un nieto es
un segundo nacimiento, y el renacimiento de lo irracional, de aquellos
que se sienten perdidos, resignados o implacables).
Cada pequeño cuadro une lo amplio y lo chico, agrupando los objetos
grandes, conectándolos con cada puntito, semilla o grano negro
que son como modelos, una maravillosa red y tapicería,
pero que tienen también la frescura fortuita y el resplandor
de los ondulantes destellos del río y de los sorprendentes sistemas de la helada
cuando aparecen en la mañana andante, una pura, delicada quietud blanca
y minuet.
En diciembre, a la mañana, gallardetes blancos veteando
la vidriera.
Él es fanático: es a la vez poeta y arquitecto,
buscando la evocación total en figuras tan fuertes como la torre Eiffel,
sutil y delicado también como alguien que tocó una sonata de Mozart, solo,
bajo la cima de Notre-Dame.
Rápido y completamente sensible, puramente real y práctico,
haciendo un mosaico de pequeños puntos en un mural de esplendor y
orden.
Cada pequeño modelo es el macrocosmos soñado o imaginado
en el que todas las cosas, grandes o chicas, con buena voluntad y amor se
se rinden al júbilo y la paz de la luz del domingo, al placer de la luz del sol, a la
profunda moderación y orden de la proporción y relación.
Se extiende más allá de la brillante espontaneidad
de los deslumbrados impresionistas que siguen
la luz cambiante cuando oscila, cambiando, minuto a minuto,
disponiendo, encantando y concediendo libre y
continuamente la frescura y renovación a todo lo que se manifiesta
y fluye.
A pesar de ser muy cuidadoso, es completamente cándido.
A pesar de ser totalmente impersonal, tiene la frescura de la juventud y, tal es
su candor,
su mirada es única y por eso intensamente personal:
nunca es fácil, vana o mecánica,
su visión es simple: pero también amplia, compleja, enojada, y profunda
emulando la totalidad de la naturaleza al madurar, perdurar y
avanzar con dificultad en el caos de la actualidad.
Una infinita variedad dentro de un marco simple.
¡Incontables variaciones sobre un solo tema!
¡Vibrante con qué clase de lujuria, qué alegría calma!
Ésta es la celebración de la contemplación,
ésta es la conversión de experiencia a pura atención,
aquí está lo sagrado de todas las cosas pequeñas
que se nos ofrecen, descubiertas por nosotros, transformadas en las más viva
consciencia,
detrás de la superficialidad o ceguera de la experiencia,
detrás de las superficies empañadas, cubiertas de hollín que, desde el Edén y
desde el nacimiento,
convierten a todas las pequeñas cosas en triviales o invisibles,
en boletos rotos con rapidez y arrojados lejos
en un viaje en tren hacia una fiesta cada vez más lejana.
Aquí nos hemos detenido, aquí hemos entregado nuestros corazones
a la ciudad real, la vívida ciudad, la ciudad en la que habitamos
y la que ignoramos, o miramos sin atención, la mayoría de los días luminosos!
...El tiempo pasa: nada cambia, todo permanece igual. Nada es nuevo
bajo el sol. También es cierto
que el tiempo pasa y todo cambia, año tras año, día tras día,
hora tras hora. El domingo a la tarde de Seurat a orillas del Sena se ha ido
lejos,
se ha ido a Chicago, cerca del lago Michigan,
todas sus flores brillan en una inmensa quietud satisfecha.
Y sin embargo, continúa en otro lado y en todos los lugares donde las imágenes
deleitan la vista y el corazón, y se convierten en los deseables, admirables,
anhelados
íconos de consciencia purificada. Lejos y cerca, cerca y lejos,
no podemos oír, a menos que escuchemos lo que Flaubert quiso decir,
al percibir a un hombre con su mujer y su hijo en un día como este:
Ils sont dans le vrai! Ellos tienen la verdad, han encontrado en la tierra
el camino hacia el reino de los cielos en un domingo de verano.
¿No es cada vez más y más claro? No podemos oír también
la voz de Kafka, siempre triste, en la desesperación de su enfermedad
tratando de decir:
"Flaubert tenía razón: Ils sont dans le vrai!
Sin antepasados, sin matrimonio, sin herederos,
pero con un salvaje anhelo de antepasados, matrimonio y herederos:
Todos me estiran sus manos: pero están tan lejos de mí!"
Versión de Guadalupe Arenillas
domingo 24 de febrero de 2008
La cena. Cuento.
Ella levanta su plato de la mesa, su vaso. Va a la cocina y se pone a lavarlos. El mastica la comida, en silencio; ella le habla desde la cocina. Si él le contesta, tiene que gritar; pueden despertarse los chicos. Cuando vuelve, pasa un trapo húmedo sobre el mantel de hule, con gesto rápido y eficiente de mesera. El le pregunta cómo estuvo todo, ella hace el gesto de así, así.
-El bebé –aclara- lloró todo el día.
-¿Por qué?
-No sé. Cosas de bebé.
-A lo mejor está cortando los dientes.
-Puede ser.
Después se fue otra vez a la cocina y abrió la canilla.
El escuchaba el agua correr y su voz velada por el sonido del agua.
Así que no entendió bien lo que le dijo.
Por la entonación comprendió que era una pregunta y que la repitió dos veces. Pero él no va a gritar; ha tenido una tarde muy dura, frente a su clase de cuarenta alumnos. Ahí tiene que hablar claro y pausado; además como ahora hay también alumnos extranjeros, habla alto, por reflejo. No puede perder la paciencia mientras hace una clase; está enseñando oratoria para empresas; esos que están ahí sentados serán futuros empresarios, dirigirán quién sabe qué negocios, los mandos medios, los mandos superiores. Las empresas en que trabajan los envían a tomar este curso, a que se capaciten, se perfeccionen con él. Tiene un francés, que asiente apáticamente cuando él explica algo, como si él estuviera enseñando fórmulas matemáticas. Hay otro que habla francés, pero es de Haití; y hay un chino que él entendió viene de Beijing. El se esfuerza para que los franceses lo comprendan, pero con el chino no tiene caso. Otros llegan de países de Latinoamérica: Ecuador, Perú, Bolivia, Chile. Según sus propios cálculos el tipo de cursos que se brinda aquí, a ellos les resulta barato, más que en su país. Es una universidad para ricos; él está ahí por casualidad. Cuando marcha a dar las clases, no sabe qué ropa ponerse. En seis años que dá clases en esa universidad, la media hora antes de vestirse y tomar el subte, lo arrebata como a una mujer que irá a un baile. Al cabo de algún tiempo, poco antes de que él conociera a Paula y se casara con ella, adoptó una especie de uniforme. Una camisa azul peltre, un pantalón gris –que cambia en invierno por uno habano, de corderoy-, zapatos negros con cordones, un saco negro. Tiene dos corbatas que le gustan mucho, pero la que más usaba al principio era una amarilla con anclas coloradas. Es la que se puso cuando dio la primera clase ahí dentro y le trajo suerte; era como un talismán. Había pertenecido a su padre y cuando él murió y la madre se deshizo de la ropa del viejo, se la mandó toda en una valija. Dudó entre mandársela al otro hijo o a él, pero el otro era flaco y vivía en Berna, Suiza, y ella no podía pagar semejante envío por un hato de ropa vieja. Al cabo de seis años, la corbata envejeció y se desflecó un poco, así que él le encargó a su madre que ella le consiguiera una igual. El padre la compró allá, en la provincia, no sería muy difícil de encontrar. La madre compró una parecida en José Elaskar, una tienda; era amarilla y tenía timones color verde oscuro, como el vidrio de una botella. A él le gustó; la usaba desde entonces. En las medias nunca se fijaba; se ponía las primeras que encontraba. Iba una vez por año a una cadena de tiendas, Lord’s y compraba medias y calzoncillos. Tenía esta rutina desde que era muy joven. El año que se casó con Paula, lo hizo ella por él. Pero trajo todos pares de medias negras y calzoncillos blancos. El quería más variedad, colores vivaces. Siguió haciéndolo él.
-Estaba hablándote –dice ella sentada delante de él, en la mesa.
-Sí.
Estaba pálida, ojerosa.
-Estás cansada –dijo él.
Ella no le contestó.
Era el nene, pensó, le daba más trabajo que el bebé. Estaba en una edad en la cual los chicos se ponen muy caprichosos. Prueban el límite de sus padres, la autoridad, y los padres tienen que decirle a cada rato que no, no se puede, sos chiquito. Es muy desgastante.
Le dice:
-Podemos ir al mar, este año. Podemos adelantar las vacaciones, si querés.
Ella hace que no con la cabeza.
El sabe porqué. El año anterior fueron siete días a la playa; había pocas cosas que hacer ahí, no había un club ni nadie que organizara actividades. El bebé prácticamente no daba trabajo, era casi recién nacido; dormía todo el día o tomaba la teta. Ella no le quería dar el pecho y esto era motivo de discusión; pero el resto estaba normal. Un día, andando, él encontró unos pescadores. Iban de noche, mar adentro, a pescar el cazón, que es una especie de tiburón de por ahí. Pescaban con reel y cuando la chicharra del reel sonaba había que tirar hasta tener cerca la nariz del tiburón y poder pegarle con la caña, para que se clavara el anzuelo. El paladar del tiburón es muy duro y hay que hacer que se clave el anzuelo porque sino se zafa. Después el pez puede pasar horas luchando por meterse cada vez más adentro, tratando de cortar el anzuelo y si no está bien clavado, lo logra. Les preguntó a los pescadores si podía ir con ellos, una noche. Aceptaron llevarlo y Paula no se opuso. Pescaron un tiburón de casi un metro y medio, flaco, pero muy fuerte. Por la mañana temprano, lo dejaron a él en la costa. Uno de ellos, bajó el pescado para venderlo en el puerto de la ciudad vecina, en el mercado. Al rato, los pescadores siguieron viaje hacia otro lado. Pero dos mañanas después volvieron, y entonces él les pidió ir con ellos otra vez. Se fue todo ese día y esa noche y volvió a la mañana siguiente. No pescaron nada: apenas si sacaron un tiburón tan chico, que de lástima lo devolvieron al mar. Era un gatuzo que iba con atraso a la bahía de San Borombón, a reproducirse. Estaba medio perdido, trastornado.
-No –cerró ella.
Así que ella hace su bolso y se va. Le dice que lo deja pero es temporario, hasta que se arreglen las cosas. Le nombra a otro hombre, él ya oyó ese nombre, antes, en sus labios, al principio. Pero no sabe si habla del mismo hombre o se trata de uno distinto, porque es un nombre muy común. Ella dice Juan, con la jota suave, deshecha. Usa el bolso de cuero claro, el que llevaron el último año a la playa. Antes, ahí puso las cosas de los chicos: los pañales, el talco, el bronceador protección 30, el aceite, los sombreritos. Ahora, él vé un matojo de prendas y elásticos, que supone la ropa interior de ella. Echa en el bolso, una alcancía de lata: son sus ahorros. Los de ella, los de los dos. El la mira hacer y no dice nada. Después ella dice con claridad un nombre de mujer, Mara, y agrega que puso su teléfono en un papel en el espejo. Mara puede venir en cualquier momento a hacerse cargo de los chicos, él nada más tiene que ocuparse de avisarle con una hora de anterioridad, para que ella pueda llegar a tiempo: cobra siete pesos la hora más el transporte. Le dice que apenas pueda, ella llama y le dá el número de dónde va a estar parando; por ahora no lo sabe: allá el asunto está muy mal. Vuelve a nombrar al hombre y dice que él se cortó las venas, perdió mucha sangre. No saben si puede salvarse, le cosieron enseguida las venas, pero él las había cortado en el sitio correcto; al fin y al cabo para algo Juan estudió tres años de medicina.
Él arriesga:
-Estaba borracho cuando se quiso matar, seguro.
-Sí.
-Estaría drogado.
-No, no estaba drogado.
Cuando él la conoció, Paula no estaba bien. Le decía que era complicada, que no era buena. Se divertía mucho con ella, eso le gustaba, y también que no le estuviera encima todo el tiempo, intentando atraparlo, como le había pasado con otras mujeres, antes. Era inestable, cambiante, pero para él eso no era un problema: no había conocido una sola que no lo fuera. Cuando hizo dos meses o así que estaban juntos, ella le confesó lo que consumía, le pidió ayuda. De estas cosas no se puede salir solo, le dijo; también le dijo que lo amaba, que se casaría con él si él la ayudaba. A él le pareció un buen trato; la quería. Le prometió que lo haría en las vacaciones, cuando no daba clases. En cuanto llegó el verano, hizo acolchar las paredes del cuarto atrás. Al tipo que vino a tapizar le dijo que él era rockero, que practicaba con un bajo música de rock. El tipo entendió o no entendió, pero no preguntó más. Después tapió la ventanita y encerró a Paula ahí. Le llevaba la comida y le puso una bacinilla que limpiaba todos los días, para que ella hiciera sus necesidades. Gritó, lloró, suplicó. Al cabo de dos semanas estaba como nueva. Estaba nueva, aunque había perdido la rapidez mental para los chistes y ya no tenía mucho interés en fabricar pulseras y bijouterie con tientos de cuero. Eran bonitos, pero era mejor si perdía el interés: no era un buen ambiente el de las ferias de artesanos. Al fin y al cabo, la casa, la familia la mantendría él con su trabajo: para eso lo había criado su padre: para que fuera un hombre. En sí, recuperada, ella siguió siendo la misma persona. Después se casó con él. El día que le dio él sí, opaca, llevaba un sombrerito con velo y él no pudo mirarla a los ojos, ni besarla, como hubiera querido, como era la tradición. Siempre sospechó que eso era un mal presagio; aunque nunca hubo problemas entre ellos, él tenía esa mala espina.
-Acá están tus hijos… -dice él. –Dejás a tus hijos.
-Van a estar mejor con vos, Luis.
-Pero son tus hijos.
-Pero van a estar mejor con vos.
-Creí que ya te habías olvidado de él.
-Sí –dijo ella-, lo olvidé. Todos estos años lo olvidé.
El no tiene valor para preguntar más. La tarde fue tremenda y el francés se puso singularmente pesado. Quería hacerlo hablar de Demóstenes y de los filósofos griegos, los sofistas, que el francés consideraba los verdaderos fundadores del arte de la oratoria, o sea, al decir de Sócrates, unos charlatanes. El, en su rol de profesor, se limitó a hablar de la tartamudez de Demóstenes, porque al principio resultó que era tartamudo y puso énfasis en curarse él solo de este defecto; lo hacía hablando con piedritas en la boca. Tenía que presentarse a pleitear por una herencia y debía hablar con corrección, porque para los atenienses ser buen orador era sinónimo de educación y de hombre libre. Mientras el francés insistía con llevar la clase hacia los sofistas, una jovencita de Río Grande do Sul pero que hablaba muy bien el castellano, soltó el tema que era imposible curarse así la tartamudez, de esa manera bestial en que lo hizo Demóstenes –ella decía Demócrito, confundida- porque la tartamudez es un tic de origen psicológico. Entonces la clase, toda, a la que no debía preocupar un cuerno de estas cosas –donde además no había ni un solo tartamudo- empezaron a argumentar sobre lo que es psicosomático y lo que no, y así, finalmente, la clase se le fue a él de las manos y en eso acabó la tarde. Una tarde perdida.
La mujer, cierra de un tirón la cremallera del bolso.
-No quiero que vuelvas, Paula –dice él.
Lo dice con un hilo de voz.
-Está bien –contesta ella.
-No quiero que nunca más vuelvas.
-Está bien –repite-. Voy a estar bien.
Ella sale, con pasos cortos e inseguros y él tiene la certeza de que en cualquier momento ella volverá la cabeza para mirarlo, volverá sobre sus pasos. Avanza despacio, hasta la puerta, y la cruza. Después, siente el taconear de ella por la vereda.
Espera unos instantes.
No sucede nada.
Espera un poco más.
Tampoco.
Vuelve a la mesa. Ahí sigue el pollo con arvejas, servido. Apenas si picoteó algo de la comida, estaba sabrosa, un poco salada. Ella echa mucha sal a la comida; no tenía idea de cómo se condimenta correctamente un pollo, una carne, los fideos. Él se sienta, corta en pequeños trozos la pechuga fría y seca y comienza a comer. Mastica lentamente, traga el pequeño trozo de pollo. Piensa que aunque lo quisiera, con la boca llena de pollo no podría hablar, decir ninguna palabra.
sábado 23 de febrero de 2008
Qué curiosas ropas usan los hombres. Delmore Schwartz
Qué curiosas prendas usan los hombres!
El caminante absorto en sus pensamientos,
El soberbio Presidente impreso,
El maniquí, la bella bañista.
La bailarina nudista, el buzo de aguas profundas,
El burócrata, el adúltero,
Esconden sus partes privadas, a las que yo descubro
Para aquellos que saben lo que un poema sabe.
viernes 22 de febrero de 2008
Baudelaire. Delmore Schwartz
Escucho, con bastante claridad, voces diciendo
Frases completas, lugares comunes y triviales
Que no tienen relación con mis asuntos.
Querida madre: ¿Nos queda algo de tiempo
Para ser felices? Mis deudas son enormes.
Mi cuenta de banco es tema de juicio en la corte,
No se nada. No puedo saber nada.
He perdido la capacidad de hacer un esfuerzo.
Pero ahora como antes mi amor por ti aumenta
Siempre tienes piedras que arrojarme, siempre:
Es verdad, desde la niñez.
Por primera vez en mi larga vida
soy casi feliz. El libro, casi terminado,
parece casi bueno. Perdurará, un monumento
a mis obsesiones, mi odio, mi disgusto.
Deudas e inquietudes persisten y me debilitan.
Satán se desliza ante mí, diciendo con dulzura:
"Descansa un día!" "Puedes descansar y divertirte hoy.
Trabajarás esta noche". Cuando llega la noche,
Mi mente aterrorizada por el retraso,
Aburrida por la tristeza, paralizada por la impotencia,
Promete: "Mañana: Trabajaré mañana".
Mañana la misma comedia tiene lugar
Con la misma resolución, la misma debilidad.
Estoy harto de esta vida de habitaciones amuebladas.
Estoy harto de tener gripes y dolores de cabeza.
Conoces mi extraña vida: Cada día trae
Su cuota de ira. Apenas conoces
La vida del poeta, querida madre: Debo escribir poemas,
La más fatigosa de las ocupaciones.
Estoy triste esta mañana. No me lo reproches.
Te escribo desde un café cerca del correo,
Entre el golpe de las bolas de billar, el tintineo de los platos,
El latido de mi corazón. Me pidieron que escriba
"Una historia de la caricatura". Me pidieron que escriba
"Una historia de la escultura". ¿ Escribiré una historia
De las caricaturas de las esculturas tuyas en mi corazón?
Aunque te cueste incontable agonía
Aunque no lo creas necesario,
Y dudes que la suma sea la adecuada,
Por favor, envíame el dinero necesario
por lo menos para tres semanas.
Pequeña y breve canción. Dorothy Parker
Alguien me entristeció –
Rompió mi frágil corazón en dos;
Y eso es muy malo.
El amor es un cuento desafortunado,
El amor es peor que una maldición.
Una vez hubo otro corazón, que yo rompí;
Y eso, pienso, es peor.
Triste, tenebrosa...
Ella no recuerda. Anna Swirszczynska
En su vejez, agoniza lentamente
en una cabaña vacía.
Ella tiembla,
es una una viruta de papel retorcido.
Ella no recuerda haber sido malvada.
Sólo sabe del frío,
ella siente frío.
Solitario. Jim Foulk
Solitarias son las noches
Solitarios los días
Solo estoy, en varios sentidos.
Solitarias las estaciones
Solitarios los años
Yo también estoy solo, suelto lágrimas por eso.
Solitario es este lugar
Solitaria es mi vida
Solitario estoy, eso me hace ir a por el cuchillo
Solitario es el salón de la corte
Solitaria es mi sentencia
Tan solitaria que me pregunto si habrá arrepentimiento.
sábado 16 de febrero de 2008
ANNA MAGNANI
ANNA MAGNANI --- Cuento
Nos volvimos a ver después de nueve años.
Hacía nueve años que yo pensaba que él no me quería y de pronto se apareció. No es que hubiera estado esperándolo, sino que apareció.
En el interín, yo me casé y separé dos veces. Al parecer estoy condenada a que mis matrimonios duren cada vez menos. Tuve un hijo, y me mudé dos veces de ciudad. Viví en el Ecuador unos meses, pero no pude soportar el clima. Tuve un amante que dilapidó nuestros ahorros en el casino, afirmando que tenía una martingala. Mi hijo se trajo una guacamaya del trópico que nos pasó una especie de bacilo de Koch, del que esos pájaros son transmisores. No morimos esa vez, ni la que comimos de una lata de sardinas de Tailandia. Eran pescadores tailandeses que echaban sus redes aquí en Mar del Plata y luego iban y envasaban las sardinas en su país. Los pescaditos no aguantaban tanto; nosotros creímos que no sobreviviríamos esa intoxicación. Pero sobrevivimos. Hace seis meses el que fue mi segundo marido atentó contra Ariel Sharon en Jerusalén y ahora está preso. No sé qué hacía él en Israel ni desde cuándo era un activista político, un terrorista o como se le llame. Mi hijo y yo tuvimos que asistir a una serie de interrogatorios de parte del gobierno de Israel y mi única esperanza era que no nos torturaran. No nos torturaron.
Entonces, mientras yo evitaba hacerle el relato de mis últimos años y balbuceaba no sé qué cosa, él tomó mi mano y la besó, en el dorso. Estábamos comiendo arroz cantonés en un restaurante de comida chifa y la mitad de mi plato se volcó sobre mi falda. Fue un gesto torpe que hice al retirar la mano y quedó todo asqueroso. La chica china o peruana que nos atendía vino con un trapo rejilla húmedo y lo pasó por el mantel de plástico. Él sonreía, impecable. No le faltaba ningún diente, ninguna pieza dental hasta donde yo podía ver. A medida que envejecen los hombres se vuelven más atractivos. Es otra cuchillada por la espalda que nos infringe la madre naturaleza. Una lucha y lucha contra la ley de gravedad y el paso del tiempo, mientras ellos se vienen espléndidos. Aquí estaba él: tenía casi cincuenta años, pero con su pantaloncito de gabardina clara y sus zapatillas de tenis parecía un chico del bachillerato. Tenía un aire a Alan Alda, en la época en que Alan Alda era buen mozo. Había ojeras debajo de sus ojos, le daban un aire interesante, de intelectual cansado que ha quemado sus pestañas leyendo a la luz de un velador noches enteras. Él no era muy lector en el tiempo que estuvimos juntos; a lo sumo uno o dos libros por mes. Yo lo criticaba por eso, le decía que era bruto. Visto lo que fueron los hombres que vinieron después de él, él ahora me parece casi un bibliófilo. Hacíamos el amor todos los días; eso jamás voy a olvidarlo y no hubo hombre que repitiera esta hazaña. En realidad, para él no era una hazaña sino una necesidad. Cuando yo no tenía ganas me amenazaba, medio en broma, medio en serio: Si mañana no lo hacemos, me doy una vuelta por el burdel. Me gustaba ese hombre; hasta me atrevería a decir que fui feliz con él, muy feliz. Lo dejé por otro hombre que me cautivó más hasta que le descubrí el truco, y al fin también lo dejé por otro, un tercero, que me abandonó a mi suerte en medio del trópico, sin un centavo y fugándose con una bailarina a la que, hasta el día anterior, denominaba ‘la idiota ésa’.
-Me instalé –dijo él- acá cerca, en Bernal. Estoy bien. Estoy mejor...
Hablaba como si en el lapso transcurrido hubiera estado internado en un hospital psiquiátrico. Tal vez lo haya estado.
En ese momento se movió la canasta que él tenía entre los pies. Era evidente que había un ser vivo dentro de la canasta, pero hasta entonces no lo había notado.
-No es nada –comentó-. Es Anna Magnani.
-¿La actriz?
Asintió.
Lo miré a los ojos e intenté sonreír. Yo tenía un puente y dos implantes dentales. Había subido veinte kilos durante el embarazo y en el período ecuatoriano había perdido cuarenta gracias a las diarreas consecutivas; esta inestabilidad me dejó estrías por todo el cuerpo y yo sentía que desnuda debía parecer una mapa de rutas. Como el deseo sexual ya no me asaltaba como en la adolescencia, tenía la ilusión de no volver a acostarme con ningún hombre, a menos que fuera ciego y leyera libros e Braille o que estuviera muy enamorado de mí. Las dos cosas hubieran sido muy raras. Solía sentir que a mi autoestima le había pasado un tren por encima. De todas maneras, no hubiera vuelto a acostarme con él por nada del mundo. Esto lo aseguraba porque no había tomado una gota de alcohol; si volvía a tomar una copa después de cinco años de vida abstemia, tal vez me hubiera acostado con él. Era un hombre muy dulce y hacía la vista gorda a todos mis errores.
-Puse un criadero de pollos. Dorkington.
-...
-Gallinas Dorkington.
-...
-Esta que llevo acá es Anna Magnani. La llevé a pisar a Haedo. Pero por un gallo de riña. Para mejorar la raza.
-...
-Ahora estoy en contacto con la Naturaleza.
Esta última frase la pronunció como si en lugar de criar pollos se comunicara con los extraterrestres. Jugando en el ‘Simon Says’ rojo-amarillo-azul, repito rojo-amarillo-azul... así hasta que estaciona la nave y lo chupan hacia otra galaxia. Rojo-amarillo-azul...
Recuerdo que una vez quise tener un perro. Él no quería. Me dio una serie de razones por las que no podía comprar no sólo el geryhound que había visto en la veterinaria, sino ni siquiera un chihuahua. Vivíamos en un departamento de un solo ambiente, no teníamos patio, ni balcón. Me comprometí a cuidar del perro, a sacarlo a pasear dos veces al día. Entonces él me lo prohibió. Así, lisa y llanamente me dijo: Te prohíbo que traigas a esta casa un perro. Si el perro entra, me voy yo. Yo, por supuesto, no compré el perro.
Pero resulta que ahora él estaba en contacto con la naturaleza.
-¿Las exponés en una feria o qué? ¿Existe un Kennel Club de las gallinas, algo así?
-No –dijo.
-¿Qué hacen en especial las Dorkington? ¿son ponedoras? ¿o la rotisería es el único destino? O, no sé, las plumas compiten con las del ganso para fabricar edredones...?
-Son buenas compañeras –afirmó él.
-Ah, ah –suspiré.
Muy bien, resulta que él tenía un reñidero.
Esa inclinación que tienen los hombres por el juego es ajena a mi entendimiento.
-Ilegal. Digo, hacés que las gallinas tengan una ocupación ilegal. Lo de las apuestas.
-No, no.
¿Qué negocio tendría este hombre?
Cuando se alejó de mi vida, trabajaba editando notas en un noticiero; su única pasión eran las películas de James Bond. ¿Cómo pasó del telenoticiero a los pollos? Misterio. Como a todos, a él le gustaba más el Bond protagonizado Connery. A Pierce Brosnan lo tenía atragantado; Pierce Brosnan era un Bond para mujeres. Sean Connery también tenía la suerte de muchos ellos; más viejo venía, mejor estaba. Podría ser mi abuelo –por suerte mis abuelos están muertos; ya no podré tener hacia ellos ningún pensamiento incestuoso.
El postre que nos sirvieron se llamaba chuño. Era una especie de natilla, pero peruana. Batida por chinos. Los chinos fueron esclavos en el Perú hace como un siglo. Luego se acostumbraron unos a otros y ambos a la esclavitud. Todos comen arroz chaufán ahora.
Se inclinó hacia la canasta, donde Anna Magnani estaba visiblemente incómoda y piaba y sacó de allí una petaquita de licor. La echó en un café.
Esperé que me ofreciera, pero no me ofreció licor. Alguien le habría dicho que era una recuperada de alcohólicos anónimos?
No sé cómo mi boca se atrevió a articular:
-Siempre me pregunté cómo saliste adelante tan pronto.
-Suerte –dijo él.- Tuve suerte. Y no fue tan pronto. Pensaba que vos ibas a conseguir a alguien primero.
-Yo también lo pensaba.
-Cuando te vi con Eduardo me dije: consiguió a alguien alto y apuesto. Siempre te gustaron los hombres altos.
-¿Quién es Eduardo?
Es obvio que estaba confundido.
-Yo nunca salí con nadie que se llamara Eduardo.
-Ah, ¿no?
-No.
-Creí que... Eduardo, él...
-¿Qué Eduardo?
-Un amigo mío. Me dijo que él te conocía y enseguida pensé que... Me habré equivocado.
-Ah...
-Claro.
-Sí. No conozco ningún Eduardo.
-Claro.
Nos reímos.
De repente dijo:
-Lo que dá por sentado, entonces, que no saliste adelante.
-No. Me casé dos veces. Tengo un hijo de seis años, que se llama Andrés. Pero no salí adelante, no.
Le sonreí. Ya no me importaba que mi sonrisa no fuera perfecta.
-Yo tampoco –agregó. –Ahora están las gallinas en mi vida... Suena como si no fueran algo importante pero son algo importante. Un proyecto es... Además son buenas compañeras.
Esa frase ya la había dicho.
Empecé a creer que practicaba la zoofilia.
-¿Qué hacen tus gallinas de particular?
-Las amaestro.
-...
-Están amaestradas. Dentro de poco vendrá un equipo de la BBC y harán un documental con ellas. Estas pueden distinguir imágenes. Seres humanos adultos de objetos inanimados...
-Yo creía que todas las gallinas eran capaces de eso.
-También distinguen letras.
-...
-Letras del alfabeto.
-Del alfabeto occidental?
-Sí.
-Leen? Tus gallinas leen?
-Sí.
-Leen el diario, leen libros?
-Sí.
-¿Cómo sabés que leen? ¿Lo hacen en voz alta?
-Sí.
-Interesantísimo.
-No me creés.
-Convengamos que es un poco extraño hablar con gallinas. Un loro, un cuervo, un mirlo, pero una gallina...
-Decodifico los piídos.
-¡Ah! Eso ya es otra cosa.
-Tienen veinte sonidos para piar y cacarear.
Empecé a buscar con la vista a la empleada. Quería pagar e irme. ¿Cómo habíamos llegado hasta ese punto? Recuerdo que una de las cosas que lo atraían de mí, cuando nos conocimos, era que yo fuera ingeniosa. Después se quejó un día de no lograr saber cuándo le hablaba en serio y cuando en broma. Finalmente, decidió que yo siempre estaba tomándole el pelo. Pero aun en ese entonces no tenía esta clase de ideas absurdas...
-¿Qué lee Anna Magnani?
-Decís, ¿ahora?
-Ahora está en la canasta. ¿O acaso le pusiste material de lectura adentro? Me refiero a por estos tiempos. ¿Qué lee? ¿Aventuras? ¿Romance? ¿Intrigas?
-Lee Memorias del subsuelo.
Era demasiado para mí.
Me levanté para irme. Él lo hizo a la par, azorado.
Me tomó de los hombros, como para zamarrearme, pero no me zamarreó. Sino que me besó en los labios. Un beso largo y dulce, como antes, como al principio.
-Vas a saber de mí por las noticias –dijo.
-No lo dudo.
Tuve ganas de volver sobre mis pasos, entrar al restaurante, sentarme a su lado otra vez, pedir arroz cantonés de nuevo y conversar. Hacer como si nada hubiera ocurrido, ninguna locura, y hacer ocurrir otras. Me hubiera gustado levantarme en medio del almuerzo, justo antes de que el arroz se volcara y besarlo, con la misma impunidad con que él me había besado a mí.
Pero yo soy de las que no vuelven sobre sus pasos: es un defecto tal vez, es un pobre mecanismo de defensa. Las palabras de Dostoievski sonaban mi mente. Teníamos un chiste en la época de nuestro matrimonio. Cuando veíamos a alguien hermoso, superficial, solíamos decir que sólo nos acostaríamos con ese ser, no pretendíamos leer junto a él a Dostoievski. En el libro que las gallinas leían, el ruso escribió: “Y por qué nos preocupamos, por qué nos afanamos? ¿Por qué somos perversos y, a la vez, pedimos algo distinto? Ni nosotros lo sabemos. Sería peor que recibiésemos contestación a nuestras irritantes plegarias.”
Cerré los ojos e hice un pobre ejercicio de imaginación.
Estaba yo en una chacra en Bernal, echando maíz a las gallinas. Se reunían en torno a mí. Yo repartía la comida y limpiaba el gallinero. Él distribuía material de lectura: Balzac, Stendhal, Tolstoi. Las gallinas leían en voz alta; ninguna precisaba de anteojos. Él se tiraba en la reposera y escuchaba. Era Anna Magnani con Dostoievski. Dejennos solos, sin libros, y al punto estaremos perdidos y llenos de turbación. No sabremos a qué considerarnos unidos, a qué adherirnos, qué amar o qué odiar, qué es digno de respeto y qué merece nuestro desprecio. Yo quería decirle unas palabras, probablemente sobre el alpiste o la clase de forraje que comen esos bichos, y él me decía por señas que me callara, que no interrumpiera la lectura. La gallina, indómita, cacareaba.
Blue velvet. (Fragm. de "Descuidado amor", txt)
Hace dos años atrás, P. viene a Buenos Aires. Cada tanto nos veíamos o nos hablábamos por teléfono. No hay rencor entre nosotros; cuando la relación acabó ya estaba tan desgastada que no dio tela ni para el odio. Ayudó, a que cuando yo consolidé la relación con mi segundo marido, él estuviera en una ciudad de Alemania. Después volvió, conoció a A., se enamoró, se fue a vivir a la casa de ella.
Ahora es marzo, pero hace mucho calor. Antes, cuando él y yo estábamos juntos, el mes de marzo era festivo. Ambos cumplimos los años ese mes, y yo hacía una fiesta donde festejábamos juntos. Primero venía mi cumpleaños y hacíamos un festejo privado. Nos íbamos a un hotel o cosa así, y después cuando el venía el suyo, yo armaba una fiesta familiar o con amigos, y ponía globos o guirnaldas, como si él hubiera sido un niño.
Mi hija –que es la hija de otro hombre- está jugando en la habitación. P. se sienta en las sillas que compré para que mi casa pareciera un hogar y no en una carpa gitana, como decía mi segundo marido. Está ahí, tomando un vaso de agua y de pronto se pone de pie, urgido, como en la Misa. “Tengo que decirte algo”, dice, “antes de que te enteres por otras personas. Voy a tener un hijo. Mi mujer está embarazada de dos meses, de muy poquito; la verdad es que costó que ella quedara embarazada.” Me levanto y lo abrazo; mi afecto es sincero. Un hijo siempre es una bendición y ellos deseaban tener un hijo. Después vamos a comer pizza a un bodegón, los tres. Mi hija, P. y yo. Pedimos pizza de anchoas que nos gusta a los tres y es un gusto difícil de compartir con la gente. Hablamos. Cuando el mozo sirve la pizza, desea: “Bon appetit, familia”. Comemos, yo pienso en Natalie Wood –su actriz favorita- y en Robert Wagner, que se amaban, se separan, tienen otros matrimonios e hijos cada uno por su lado y luego vuelven juntos. Se vuelven a casar, están juntos otra vez. El futuro nadie lo conoce, es una frase de P. también: nadie sabe qué pasará con nosotros. Mi hija derrama el vaso de Coca Cola, limpio con innumerables servilletas de papel. Recuerdo que al fin Natalie Wood se suicidó.
viernes 8 de febrero de 2008
Hablaba y hablaba. Max Aub
hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella
criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera
yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de
cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera
tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de
echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello,
que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se
callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las
palabras por dentro.
jueves 7 de febrero de 2008
Those little things. Pequeño poema
No hay nada como el pasado para esta música;
los deseos no son tan fuertes como para que yo pueda
componer canciones con ellos;
la belleza de sus manos moviéndose en el aire,
sus dedos finos, velludos por el dorso, cuidados,
la familia quiso convertirlo en médico,
pero él quiso otra cosa;
cuando lo sueño todavía es pelilargo,
nervioso, conteniendo sus ataques de rabia
en el minúsculo estuche de anteojos
que era de su abuelo vasco;
cuando lo recuerdo es afanado en perseguir
una alucinación, una sombra viviente,
privándose de cualquier necesidad elemental, material,
a costa de no perder su propia esencia, embebiéndose
en su propia esencia, más valiosa que la ambrosía:
un artista no tiene otra cosa que la convicción
de sus singularidades, su muy particular forma
de enfrentarse a la estupidez de cada día, al mundo.
Cuando me viene a la mente es quitando
las semillitas de los tomates, apartándolas con un cuchillo
muy fino, de mucho filo en ambos lados,
diciendo, explicando cuánto le costaría
una operación de apéndice si tuvieran
que operarlo de emergencia; uno puede llegar
al hospital de tan distintas formas y por causas
triviales; uno al arte llega por el propio empecinamiento;
cuando yo lloraba por rencillas con parientes,
por falta de plata, por odios y enemistades,
él me decía: no merecen la pena, tus lágrimas:
debés llorar, cariño, cuando no puedas escribir
ni un poema, un puñadito de versos, ni un cuento.
martes 5 de febrero de 2008
Arte poética. Marcial
demasiado ¿no te parece, mi musita loca?
Más fama de la que tengo ya no puedo tener.
Mis gastadas ediciones están en todas partes.
Y cuando yo no exista el mausoleo de Messala,
y los mármoles de Licinio sean polvo,
labios me leerán y extranjeros que no conozco
traducirán estos versos en su patria.”
Dije –y la novena hermanita de las musas,
Talía, la musa del epigrama, me contestó:
“¿Quieres renunciar, tonto, a la frivolidad?
¿En qué otra cosa mejor ocuparás tu ocio?
¿Deseas cambiar por coturnos tus zapatos,
o cantar a la Guerra en sonoros hexámetros
para que dicte en clase un profesor pedante
y aburras a la adolescente alta y al muchacho?
Deja esos temas a los poetas pesados y clásicos
encorvados hasta medianoche bajo su lámpara.
Pero tú escribe con humor tu poesía romana,
y que la Vida se encuentre retratada en ella.
Porque no importa cantar con una débil flauta
si esa flauta se impone a las trompetas de muchos.
Otro arte poética. Marcial
y pocos lectores amen su propio tiempo’?
Es ya costumbre tradicional de la envidia, Régulo:
preferir siempre los antiguos a los actuales.
Preguntamos por la sombría columnata de Pompeyo.
Los viejos suspiran por sus templos ruinosos.
Lees a Ennio, oh Roma, y ahí anda vivo el Virgilio;
sus contemporáneos se rieron de Homero;
pocas veces los teatros aplaudieron a Menandro;
a Ovidio solamente lo conoció a su Corina.
Sin embargo, no tengan prisa, mis libritos:
si la fama viene con la muerte, no me apresuro.
Ars Poética. Marcial
y no alabas sino a los poetas muertos:
perdona, Vecerro, pero no vale
tanto, tu elogio, para morirme.
**
Te quejas, Velox, de que escriba epigramas largos.
Tú no escribes ninguno. Los tuyos son más cortos.
Ars Amandi. Catulo
Las buenas queridas han sido siempre elogiadas.
La paga que reciben es ejerciendo su oficio.
Pero tú me prometiste y me engañaste.
Tú pides y no das. Tú eres una estafa.
La que promete debe cumplir
(la que es casta no promete).
Aufilena;
la que comete fraude con su cuerpo
es más puta que la que lo vende.
Ars Amandi. Marcial
aburre: pero, Gala, no me rechaces demasiado.
Versiòn de E Cardenal
Bewitched, bothered and bewilder. Poema
como versos de otro tiempo, lee mis labios,
mira mi escote, no sabe que estoy diciéndole adiós,
no lee mi mente; me pregunta entonces
qué siento yo por él; quiere sentir el dolor mío
es un modo de vanidad al fin y al cabo,
si uno no puede amar, al menos que pueda
hacer sufrir; los objetivos indispensables
para la consecución de la especie se cumplen
sin la aprobación nuestra; con o sin nosotros
la gente se reproduce; la ley del más apto
no incluye el romance; la aventura se terminó;
llegamos al final del camino; el tesoro no era más
que polvillo de oro que voló cuesta abajo;
nos damos la mano, mezquinamos un último beso,
no somos uno y nuestra vida no es como una canción;
siete minutos cero seis tardó la cantante negra
en contar su historia de amor;
siete veces se rompió en llanto su voz.
Mucho para cantar. Billie Holliday
Desmontando la casa natal. Poema
si hay lágrimas, miro hacia otro lado y sigo;
hoy vi el arco iris, la mitad de uno, que iba a morir
en medio de una nube negra, estaba en otra cosa yo
cuando eso pasó y después
fue la planta, el zapallo creo o no sé
qué cosa que trepó la escalera de la casa vieja
y se apropió de la paredes como si hubieran nacido
para su uso, para ella, demasiado tiempo sola,
enloqueciéndose por tratar y tratar, por amar
la pared de enfrente, tanto hasta estirarse y aferrarse;
ahí estábamos las dos, cortando con un cuchillo,
desuniendo; adentro los libros de antes, comprados
con pasión devoradora: la de los ojos, la del saber,
la peor de todas; ella entró con brotes de la planta:
“para que se enrede”, dijo, en la casa de ella ahora,
que antes, mucho tiempo atrás, era la nuestra:
paredes y ventanas familiares que al crecer tuve
a su amor por verdadero; después, mucho tiempo
después de haberme ido; sintiéndome triste, infeliz,
vino un día en que recordé los umbrales, los picaportes,
el afiche con el soneto que mamá memorizaba
y hablaba de qué vive lo florido del árbol;
la alarma en días de lluvia sonaba a la menor vibración,
alteraba a todo el vecindario; gansos dijo papá de poner
en la terraza; no, dejemos a la noche enseñar
lo que la noche tiene para enseñar; entonces nos fuimos
las hermanas por caminos; los gatos y los perros
quedaron hasta que fueron copados
por la muerte; salimos, cargamos un bolso
restos, libros, cepillos aun con pelos de aquellos
habitantes, que estaban, están, en algún sitio de la memoria
donde tal vez nunca se apaga el culto por los muertos.
CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line
Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).
Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle
http://cuatrocuentos.wordpress.com/
NO-RETORNABLE
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar



