Hace dos o tres meses que trabajo en el video club. Él es mi jefe; es muy joven, pero trabaja ahí hace un par de años. Un día me invita al cine y salimos. Otro día vamos a ver un espectáculo de danza. El estuvo enredado con una bailarina un tiempo atrás; ella era mucho mayor que él y se estaba quedando calva. No puedo explicármelo, pero no le pregunto. Hablamos siempre de películas y libros; comemos pizza. Alguna noche vemos un documental sobre Thelonius Monk; hacemos comentarios sobre Charlie Parker y las canciones de Cole Porter. Un día, él me dice que está harto del videoclub, que va a dejar ese trabajo y se dedicará al cine, a filmar películas. No me parece una decisión monstruosa. Igual me angustio, pienso: Ya no voy a verlo con la asiduidad que nos daba el vernos todos los días en el trabajo. No estoy segura de lo que siento por él, pero con nadie hablo de libros y música con esa libertad. Lo invito un almuerzo a casa; la comida que hago no le gusta y la prueba nada más que para no hacerme un desprecio. Me dan ganas de morirme. Como sea, presenta su renuncia y se la aceptan.
Estoy resignada.
A los pocos días, me llama para vernos.
Vemos en mi casa El conformista, en el televisor chiquito, que era de mi abuela. La película me aburre. Me levanto, voy, vengo. En un momento dado, él me toma de la mano y me pide que me siente. Dice algo así como que yo le inspiro atracción y rechazo a la vez. No estoy segura de que no sea un insulto; me besa.
No lo hace muy bien, pero me besa.
Así es como empezamos a salir.
Al poco tiempo, el dueño del videoclub decide vender cd’s. Como es fanático del jazz, trae casi todos discos de jazz. Soy la encargada de mantener el orden en la estantería, de limpiarlos con un limpia-vidrios todos los sábados. Cuando hay mucha gente en el local, el be bop me pone los nervios de punta. El viene a visitarme, mira los discos, opina. Cuando salgo del trabajo, vamos a su departamento. El pone discos de vinilo y me invita a bailar. Bailamos como en los musicales de Hollywood; es todo un poco ridículo. El abre su mano y siento sus cinco dedos sobre mi espalda, a la altura de la cintura. Como si estuviera dispuesto a no dejarme caer jamás. Me hace girar, me sostiene en una posición desmayada, me besa a lo Rodolfo Valentino. Me divierte este rito del baile. Pienso que dejándome llevar por sus pasos, yo debo ser mejor bailarina que aquella con la que salía. Este pensamiento me reconforta.
A los pocos días, le duele una muela y me pido que lo acompañe al dentista el día que se la sacan. Después, vamos a su casa. Cuando la madre me conoce se maravilla porque tengo el pelo rojo y desliza que le encantaría tener nietos pelirrojos. Pero yo uso henna y no me atrevo a decírselo. De ahí en más me paso henna hasta en las cejas. No me pregunto si estoy enamorada de él; de pronto me aterroriza la idea de perderlo, de que pueda interesarse en otra mujer. Tengo celos por cualquier cosa, me echo a llorar sin que medie una razón. Un día le hago una escena porque elogia la hermosura de la actriz de Betty Blue, una película de moda entre los cinéfilos por aquel tiempo. Salgo corriendo cuando habla de un tema que no conozco; me siento una idiota, una imbécil. El viene detrás de mí, enojado. Me pregunta: Qué te pasa? Es lógico, no me entiende. Vamos a un bar que se llama Roxy, en una cortada. Ahí me dice por qué no me robo un cd de Frank Sinatra. ¿Sinatra? Sinatra, repite él, no lo va notar nadie. Me quedo en la duda de si eso está bien o mal, pero al fin lo saco de la estantería y se lo doy unos días después. Le aclaro que no pienso hacerlo nunca más; que me compromete y además me pone histérica. Estoy segura de que me van a descubrir en cualquier momento. El me dice que todo el mundo roba en un trabajo donde le pagan mal y poco. No sé de dónde saca esa idea, tal vez sean sus lecturas de Karl Marx y todo lo demás. Lo pone en el aparato y bailamos. Bailamos For once in my life. Pienso que la canción está escrita para nosotros, para mí, por lo menos. Por una vez en mi vida, tengo alguien que me necesita, alguien a quien he necesitado por tanto tiempo. Es tan grande mi pánico que no me animo a preguntarle qué siente él por mí. Por una vez, puedo tocar a alguien con quien mi corazón soñaba; alguien tan cálido que podría hacer realidad mi sueños…
Un día, me habla de Nat King Cole. Un cd que se llama Mona Lisa y otros éxitos. Me niego de plano a sustraerlo del trabajo. El no insiste, parece no darle mucha importancia al asunto. Salimos a tomar cerveza, vamos al cine, dormimos juntos tres noches a la semana. Está tomando clases de teatro y me cuenta al tun tún que una compañera suya decidió hacer una escena con música de Sarah Vaughan. Definitivamente, Sarah Vaughan no me gusta. Apenas un poco cuando canta Cheek to cheek, le digo. Estoy furiosa, me embravece la sangre esta admiración repentina. Le grito: ¿Más que Ella Fitzgerald, más que Billie Holliday? Es un atropello, un gusto absurdo.
El se queda perplejo.
Al día siguiente le llevo el cd de Nat King Cole.
Pone Mona Lisa. Bailamos, claro, bailamos.






