Caminaré entre las piedras

Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...

Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."

"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale
Un libro que debes leer!

lunes 31 de diciembre de 2007

For once in my life. Txt

Hace dos o tres meses que trabajo en el video club. Él es mi jefe; es muy joven, pero trabaja ahí hace un par de años. Un día me invita al cine y salimos. Otro día vamos a ver un espectáculo de danza. El estuvo enredado con una bailarina un tiempo atrás; ella era mucho mayor que él y se estaba quedando calva. No puedo explicármelo, pero no le pregunto. Hablamos siempre de películas y libros; comemos pizza. Alguna noche vemos un documental sobre Thelonius Monk; hacemos comentarios sobre Charlie Parker y las canciones de Cole Porter. Un día, él me dice que está harto del videoclub, que va a dejar ese trabajo y se dedicará al cine, a filmar películas. No me parece una decisión monstruosa. Igual me angustio, pienso: Ya no voy a verlo con la asiduidad que nos daba el vernos todos los días en el trabajo. No estoy segura de lo que siento por él, pero con nadie hablo de libros y música con esa libertad. Lo invito un almuerzo a casa; la comida que hago no le gusta y la prueba nada más que para no hacerme un desprecio. Me dan ganas de morirme. Como sea, presenta su renuncia y se la aceptan.

Estoy resignada.

A los pocos días, me llama para vernos.

Vemos en mi casa El conformista, en el televisor chiquito, que era de mi abuela. La película me aburre. Me levanto, voy, vengo. En un momento dado, él me toma de la mano y me pide que me siente. Dice algo así como que yo le inspiro atracción y rechazo a la vez. No estoy segura de que no sea un insulto; me besa.

No lo hace muy bien, pero me besa.

Así es como empezamos a salir.

Al poco tiempo, el dueño del videoclub decide vender cd’s. Como es fanático del jazz, trae casi todos discos de jazz. Soy la encargada de mantener el orden en la estantería, de limpiarlos con un limpia-vidrios todos los sábados. Cuando hay mucha gente en el local, el be bop me pone los nervios de punta. El viene a visitarme, mira los discos, opina. Cuando salgo del trabajo, vamos a su departamento. El pone discos de vinilo y me invita a bailar. Bailamos como en los musicales de Hollywood; es todo un poco ridículo. El abre su mano y siento sus cinco dedos sobre mi espalda, a la altura de la cintura. Como si estuviera dispuesto a no dejarme caer jamás. Me hace girar, me sostiene en una posición desmayada, me besa a lo Rodolfo Valentino. Me divierte este rito del baile. Pienso que dejándome llevar por sus pasos, yo debo ser mejor bailarina que aquella con la que salía. Este pensamiento me reconforta.

A los pocos días, le duele una muela y me pido que lo acompañe al dentista el día que se la sacan. Después, vamos a su casa. Cuando la madre me conoce se maravilla porque tengo el pelo rojo y desliza que le encantaría tener nietos pelirrojos. Pero yo uso henna y no me atrevo a decírselo. De ahí en más me paso henna hasta en las cejas. No me pregunto si estoy enamorada de él; de pronto me aterroriza la idea de perderlo, de que pueda interesarse en otra mujer. Tengo celos por cualquier cosa, me echo a llorar sin que medie una razón. Un día le hago una escena porque elogia la hermosura de la actriz de Betty Blue, una película de moda entre los cinéfilos por aquel tiempo. Salgo corriendo cuando habla de un tema que no conozco; me siento una idiota, una imbécil. El viene detrás de mí, enojado. Me pregunta: Qué te pasa? Es lógico, no me entiende. Vamos a un bar que se llama Roxy, en una cortada. Ahí me dice por qué no me robo un cd de Frank Sinatra. ¿Sinatra? Sinatra, repite él, no lo va notar nadie. Me quedo en la duda de si eso está bien o mal, pero al fin lo saco de la estantería y se lo doy unos días después. Le aclaro que no pienso hacerlo nunca más; que me compromete y además me pone histérica. Estoy segura de que me van a descubrir en cualquier momento. El me dice que todo el mundo roba en un trabajo donde le pagan mal y poco. No sé de dónde saca esa idea, tal vez sean sus lecturas de Karl Marx y todo lo demás. Lo pone en el aparato y bailamos. Bailamos For once in my life. Pienso que la canción está escrita para nosotros, para mí, por lo menos. Por una vez en mi vida, tengo alguien que me necesita, alguien a quien he necesitado por tanto tiempo. Es tan grande mi pánico que no me animo a preguntarle qué siente él por mí. Por una vez, puedo tocar a alguien con quien mi corazón soñaba; alguien tan cálido que podría hacer realidad mi sueños…

Un día, me habla de Nat King Cole. Un cd que se llama Mona Lisa y otros éxitos. Me niego de plano a sustraerlo del trabajo. El no insiste, parece no darle mucha importancia al asunto. Salimos a tomar cerveza, vamos al cine, dormimos juntos tres noches a la semana. Está tomando clases de teatro y me cuenta al tun tún que una compañera suya decidió hacer una escena con música de Sarah Vaughan. Definitivamente, Sarah Vaughan no me gusta. Apenas un poco cuando canta Cheek to cheek, le digo. Estoy furiosa, me embravece la sangre esta admiración repentina. Le grito: ¿Más que Ella Fitzgerald, más que Billie Holliday? Es un atropello, un gusto absurdo.

El se queda perplejo.

Al día siguiente le llevo el cd de Nat King Cole.

Pone Mona Lisa. Bailamos, claro, bailamos.

jueves 27 de diciembre de 2007

Cómo quedó tu cuerpo. Poema

como quedó tu cuerpo esa vez,

encima mío, después que decidí

ya nunca más acercarme, ¡jamás!,

y estaba tu corazón latiendo

justo en mi vientre, en mi ombligo

-tu madre y tu amante-,

la sábana arrugada aquella noche:

las lágrimas, el último pudor

humillado y vencido,

tu nombre en la brisa fría

de la ventana que se abrió

de repente; descuidado amor

herrumbrado en el deseo:

el hijo que no hemos tenido;

un minuto así y nos desanudamos:

volvemos a ser vos y yo,

las personas que nos conocemos

poco y mal y casi desde siempre.

La mujer dice. Poema

Amar es una cólera secreta

Xavier Villaurrutia

La mujer dice el bebé, su hijo no tiene nombre;

nació recién y ella todavía está medio dormida

mordida de todas las olas, no tiene idea

que a un hijo debe ponérsele un modo de llamarlo;

hay una cicatriz enorme que la circunda,

el adjetivo enorme no sirve,

ninguna palabra es útil para dar idea:

el cirujano vino y le arrebató las entrañas,

después le mostró: aquí está el chico;

ella no tiene leche con que alimentarlo,

no tiene risas, no tiene lágrimas,

deshechos de una alegría anterior,

un recuerdo navideño tal vez,

una fiesta en un transatlántico hace muchos años,

se agolpan en su frente

porque de alguna manera una señora

que acaba de parir debe responder en ese instante,

así que halaga la belleza, el milagro

de la vida para ser a pesar de ella o

bien pesándole como un mal;

y un día, así como cualquier otro,

sin que medie situación doliente,

tan trivial que ni siquiera puedo recordar

qué cuernos estoy haciendo escuchándola,

viene y me lo cuenta. Tu nacimiento, dice,

fue de aquella manera dolosa:

fue y es acto torpe, desmadejado, infantil, inconcluso

domingo 23 de diciembre de 2007

Pregunta y respuesta sobre mi destino. Poema

Preguntándome sobre el destino estuve todo el tiempo

y al final llegué a la conclusión que no existía

que era un modo de estar, un sofá;

por eso dejé a mi esposa, dejé el banco y me fui tras un poco

de satisfacción, y hubo eso como el entusiasmo

y hubo un momento en que la chica rubia

se debatió con terquedad entre el oído y el temor

y el cuchillo resbaló y rasgó la fina seda de su vida;

así me atrapan, es un error, un simplemente accidente;

ellos dicen: un error imperdonable, un gesto de locura;

no puedo andar suelto entre los hombres

como un gato en un baldío, un tejado,

una rata en el albañal; no me dejan tranquilo;

en prisión soy el festín del vicio, a pesar de mí, sobre mí,

el pecado es el orden natural de las cosas aquí;

en la noche, en mi camastro vuelco

mi rostro en su pecho, abrazo su espalda,

la del hombre negro que duerme conmigo,

el otro prisionero que hizo algo terrible,

con sus manos o con una navaja, yo no lo sé,

yo no se lo pregunto, aprendí que no soy quién,

para andar metiendo la nariz en los asuntos del cosmos,

su crimen habrá sido, en defensa propia de su sentimiento,

cuidando de esta nuez que vino a ser mi destino al final,

el blando fruto, sabroso: mi alegría este amor de un asesino.

Sobre Edmond de David Mamet

Desciendo a los infiernos. Poema

Desciendo a los infiernos a buscarte;

estoy riéndome porque estás a un paso de mí,

y podría traerte de la mano, o enlazar

mi brazo al tuyo como una enamorada;

pero no: permanecés en estado de sombra;

te digo vamos, no te quedes ahí,

me prohibís acercarme, te digo mi risa

puede devolverte al mundo, mi caricia,

y no; hacés unos pasos tal vez

y el corazón me dá un vuelco, la alegría

de tenerte otra vez, mi felicidad

entre tus brazos; inmóvil, accedés

al mandato de tu padre o quizás

es la última voluntad de tu madre,

palabras inconexas y la saliva

secándose en tu boca, las lágrimas

extinguidas una vez, hace tanto ya;

me hablás desde allí, de la semilla,

nombrás otra mujer, otras mujeres,

que te retienen en ese lugar:

el pasado puede ser la muerte,

quiero pronunciar, pero debo irme,

porque a mí sí se me hace tarde, pasa por ahí

la última barca, el último tren

al centro, a la ciudad, a la tierra, al contento,

quiero volverme y ver tu rostro,

el dolor de tus ojos, mi paso te aleja,

estás parado, disolviéndote en la oscuridad,

lejos, tan lejos de mí, me llevo la risa,

me llevo el beso, el latido, el sol,

me llevo de tu amor la fragancia, me voy.

sábado 22 de diciembre de 2007

Algo me está pasando. Txt sobre una fotografía de Lisette Model

Salustio:

Antes no era igual.

Yo me sentaba acá y esperaba que ella pasara, eso sí. Pero era distinto.

Me preguntan: ¿qué era distinto?

Había viento, les digo. Se volaba todo. Tenía que agarrarme el gorro con las dos manos.

Contesto así por decir algo.

Para sacármelos de encima.

La gente me tiene harto, tanta estupidez, tanta seguridad: nada más que ellos saben por dónde va el camino recto; lo que hay que hacer, lo que no hay que hacer... Ellos caminan el camino recto y yo voy por cualquier lado, eso es lo que pasa.

Sí, sí, digo. Sí, sí, tiene razón, señor.

Usted sigue la bohemia, anda un poco por acá, un poco por allá. La sigue a la muchacha con los ojos y ella ni siquiera lo mira. Altanera, lo desprecia. Le echa en cara que usted sea tan poca cosa y ella poco menos que una diva. Más linda que un ángel, más mala que el hambre.

Levántese de la silla. Vuelva al camino. Haga su vida como un hombre.

Ande por el puerto, emborráchese con los marineros.

Cruce la bocacalle atento a la luz del semáforo; acompañe a un ciego.

Palmee el lomo de los perros vagabundos.

Así recomiendan ellos.

Sí, sí, repito. Sí, sí, tiene razón, señor. Lo voy a hacer, señor.

Silbe a las mujeres que se contoneen, dice.

Vaya a acostarse con alguna: eso corta cualquier obsesión. Conozco una que se llama Margarita y está en la esquina de… Hay una, la Pelirroja, tiene un departamentito en… y ahí lo puede atender. Josefa, recibe en el hotel tal…

Todos conocen una mujer para salir del apuro.

Pero mi corazón no está apurado.

A veces ya ni lo siento; estoy muy gordo.

Hace diez años escuchaba el tic tac, tic tac. Y cuando ella pasaba el corazón golpeaba tan rápido que parecía que iba reventar.

Hace diez años que la veo ir y venir.

Carmencita. Ese es el nombre.

Alguien una vez la corrió para entregarle un paquete y la llamó por su nombre. Una compañera, otra con el mismo delantal.

Usa un vestido azul, seriecito. Es un uniforme, trabaja en la perfumería. Allá, de acá se se ve bien el cartel de letras verdes. Hace las tres cuadras despacio, tiene la suerte de vivir cerca del trabajo, no tiene gasto en transporte. A lo mejor ella no piensa que es una suerte. Siempre el mismo vestidito azul, y cuando vuelve la sigue el olor de perfume que trató de vender por la tarde y se estuvo probando o se le quedó pegado. No siempre es un perfume barato. Ella debe recomendar perfumes ricos, a flores. Ella huele como una flor abierta.

Los domingos no vengo. Es cuando se debe ver diferente, pero justo yo no la puedo ver. Todo debe ser diferente. Si tuvo novios o pretendientes, hasta debió pasear con ellos de brazo, por acá.

Yo los domingos estoy lejos, en otra parte. En medio del río, pescando. Es lindo pescar, después frío todo a la noche y mis hermanos disfrutan del pescado frito.

Me da risa el ruidito del pescado en la sartén, es como un risa ese ruidito. Le echo orégano, pimienta negra, sal, aceite de oliva.

Nos sentamos, comemos el pescado.

Ellos dicen:

-Salustio: Cuándo vamos a conocer a Carmencita?

Creen que es mi novia, que un día de estos nos vamos a casar.

-Es muy tímida –les digo- tiene miedo de conocerlos.

Desde la cocina, mi madre grita:

-El amor es un pájaro rebelde.

Yo después ayudo a lavar los platos.

Nos acostamos muy tarde; son lindos los domingos, la familia…

Pero algo me está pasando, creo yo.

Porque el lunes, después el lunes me cuesta levantarme. A veces ni siquiera tomé un vaso de vino y me cuesta levantarme igual. Me hago el propósito de hacerlo a tiempo, pero se me pega la sábana.

Llego tarde a mi banco y ya no la veo pasar. Ya pasó por ahí.

Antes esto no me pasaba, antes yo era distinto.

Estaba más enamorado o tenía esperanza, no sé.

Antes era distinto.

No cambió nada, pero yo no lo puedo entender.

Era distinto.

lunes 17 de diciembre de 2007

Dibujo. Walt Kuhn

domingo 16 de diciembre de 2007

Eurídice. Margaret Atwood

El ha venido a buscarte y está aquí,
canción que te llama y quiere que vuelvas,
canción de dicha y de pesar
a partes iguales, promesa
hecha canción, promesa
de que todo será, allá arriba, distinto
a la última vez...
Hubieras preferido seguir sintiendo nada,
vacío y silencio; la estancada paz
del mar más hondo,
al ruido y la carne de la superficie,
acostumbrada a estos pasillos pálidos y en sombras,
y al rey que pasa por tu lado
sin pronunciar palabra.
El otro es diferente
y casi lo recuerdas.
Dice que canta para ti
porque te ama,
no como eres ahora,
tan fría y diminuta: móvil
y a la vez quieta, como blanca cortina
o soplo en la corriente
de una ventana a medio abrir
junto a una silla donde nadie se sienta.
Te quiere "real",
un cuerpo opaco,
sentir cómo se espesa
(tronco de árbol o ancas)
y el golpe de la sangre tras los párpados
al cerrarlos
la llamarada solar...
sin tu presencia no podrá sentir
este amor suyo...
Mas la súbita revelación
de tu cuerpo enfriándose en la tierra
fue saber que le amas en cualquier lugar
hasta en este sitio sin memoria,
este reino del hambre.
Como una semilla roja en la mano
que olvidaste que aprietas,
llevas tu amor...
El necesita ver para creer
y está oscuro.
Atrás, atrás..., le susurras,
pero quiere que vuelvas
a alimentarlo, Eurídice,
puñado de tul, pequeña venda,
soplo de aire frío,
no se llamará Orfeo
tu libertad...


Eurídice. Sophia de Mello

Éste es el círculo que trazo alrededor de tu cuerpo amado y perdido
Para que cercada seas mía

Éste es el canto de amor con que te hablo
Para que escuchando seas mía

Éste es el poema -engaño de tu rostro
Donde busco la abolición de la muerte.

Versión de Diana Bellessi

viernes 14 de diciembre de 2007

Western Motel, 1957. Historias inspiradas en Hopper

Martha:

Te estaba esperando, Mark.

Hubo alguna cuestión con el conserje? No, verdad? Nos anotaste como el señor y la señora Karlmann? Es lo mejor, claro.

Telefoneaste? Está todo bien allá? Todavía no notaron que faltabas de la oficina, por supuesto. Nadie está demasiado atento adonde uno está parado; vivimos en un mundo repleto de indiferencia. Estás cansado, querido.

No quiero abrumarte, no es que me hayan venido ganas de hablar de pronto.

Sólo quería decirte…

El viaje fue muy largo.

No sé por qué elegimos este lugar. Podríamos haber intentado en otra ciudad.

No, no. No estoy arrepentida. Arrepentirme no es lo mío.

Estoy en el cielo, de verdad. Cuando estamos juntos estoy en el cielo.

Aquella vez que bailamos… ¿qué era? Dinah Shore, la Orquesta de Xavier Cugat. El aniversario de la compañía… ¿no éramos felices? No, no lo éramos, ya lo sé. Estábamos tan emocionados de conocernos, pero era otra cosa, ya lo sé.

Debe ser el agua; el agua acá tiene otro sabor.

Me entra temor beberla; salir corriendo al baño a cada rato a…

Perdón, perdón.

Estoy siendo tan poco romántica, querido.

Es el calor, el polvo.

No sé por qué elegimos el desierto.

No, no tengo sueño. No quiero dormir. Dormí todo el viaje.

Pero claro, me imagino que estás agotado. Conduciste todo el camino.

Claro, Mark.

No sé si estaba muy callada, es que el paisaje… Me entretenía con eso.

Un poco monótono, sí.

Pero de vez en cuando un pájaro o un cactus o…

Las formas de las nubes, tan esponjosas.

No pude decírselo, Mark.

Lo intenté, pero no pude. No pude dejarlo.

Le dije que estoy con Christine en New York. Cree que estoy con Christine Ronson en New York comprando los muebles para su boda, para la nueva casa.

Lo siento, Mark.

Lo siento muchísimo.

No voy a deshacer el equipaje.

No, no.

Pueden aceptar de vuelta la renuncia, no serías la primera persona que hace algo así en la compañía. Muchos ni siquiera saben que renunciaste. Seguirán sin enterarse, pensarán que se trató de un error, una broma. Una noche de borrachera en que alguien, alguno que supo de tu trabajo…

Voy a pasar la noche acá y mañana regreso en el primer tren.

No es necesario que me lleves de vuelta, de veras. Puedo hacerlo sola.

Hay té frío en este lugar; se acostumbra a prepararlo. Podemos tomar una taza, podemos…

No seas infantil! Las personas no empiezan una nueva vida cada vez que lo desean! Las personas tienen una sola vida y la embrollan una y otra vez!

Antes de irme…

Te quiero, Mark.

Más que a mí misma. Más que a él.

Pero no puedo hacerlo. Es otra cosa, no es el amor. Es que… no puedo, Mark. Así de simple. No sigamos más con esto. Lo decidí por el camino, antes de tomaras la habitación en el motel.

Mañana me voy en el primer tren.

Necesito un poco de aire ahora.

Voy a estar afuera; salgo.

Un momento de viento que sople en algún lugar.

jueves 13 de diciembre de 2007

Hombres. Poema de Roxana Aramburu

Dijeron feliz año

y tu espacio no me sirve

Dije hasta aquí

dije te relevo

Dijeron qué bueno que llamaste

y ahora que rompiste el hielo

Yo dije bueno, un beso

No dijeron más

Dije viste la nieve

está nevando, viste

Ya estuve viendo

dijeron

y es hora de la partitura

Dijeron me quedaré a dormir

otro día

Yo dije nunca

Dijeron té

y dijeron vino

Dije o no

qué hacemos ahora

Dije es tan tarde

Dijeron el alma pide sitio

Dijeron con ojos

Con palabras dijeron

Sos tan delicada

Tu pelo

Tu anillo, tus manos

Dije amigo y socorro

Dijeron a las cinco

Luego a las cuatro y media

Y también a la noche

otros dijeron

Y yo dije no es cierto

Dijeron en tres años

a la montaña

Dije el horizonte

o me ahogo

Dijeron caballos

y yo están equivocados

Dijeron generosa

Eso dijeron

Que es mejor dejar lo que está

también

Dije por qué no

Dije salgan en silencio

Qué sorpresa dijeron

Tu vida

Encontrémonos dijeron

Dije tal vez

o no sé

Rostro tenso

dijeron

Mi voz y sus voces

Dijeron

Dijeron

y dejaron de decir.

miércoles 12 de diciembre de 2007

New York Movie, 1939. Historias a partir de cuadros de Hopper

Helen:

Vinieron a ver Lo que el viento se llevó. Vino con la esposa.

Estoy harta de esa película. Desde que Dios creó al hombre, no se ha visto otra cosa más importante, parece. La gente se olvida pañuelos en las butacas. Por eso pedí guantes, no quiero tocarlos con la mano; es asqueroso. Me los negaron. Que use la escobilla, dicen.

La esposa lleva un vestido drapeado y un sombrero de ala ancha. El vestido seguro se lo regaló él; le gusta ir por las grandes tiendas, meterse en las secciones de mujer, husmear. Yo le digo que es un pervertido y él se ríe. Qué lindos son sus dientes.

Ojalá alguno se siente arriba del sombrero de la esposa y se lo aplaste.

Las medias deben de ser Dupont.

Ahora lo último son las medias de nylon. Amy trajo la Madmoiselle y ahí lo dice.

Nos enteramos de todo. Amy incluso escribió a la productora pidiendo que dieran el papel a Clark Gable, el papel principal. Es fanática de él; se lo dieron, pero no habrá sido gracias a la carta de Amy. La muy estúpida cree que sí, que su carta fue decisiva. Lo cuenta a todo mundo, mientras les enseña sus butacas; lo cuenta aún en la oscuridad. Sabe usted que yo escribí al mismo David Selznick pidiendo que dieran al señor Gable el papel? Nada, nada, lo único que me gusta de esa maldita película es cuando la protagonista le va con el llanto: Qué será de mí, qué será de mí?, y él le contesta: Francamente, querida, me importa una mierda.

Yo a él no pienso hacerle ningún reclamo.

Nos divertíamos juntos y punto.

Algún día encontraré algún otro.

Que también a mí me traiga vestidos y sombreros de regalo; que me haga reír.

Los acomodé, les indiqué: Por aquí, señor. Por aquí, madame. Me permití decirles: Disfruten la película. Ella me dio quince centavos de propina; un dineral. Él, muy compuesto, la ayudó a quitarse el abrigo, a sentarse.

Algún día llegará el hombre que es para mí.

Mientras tanto, el tiempo pasa.

Se va, se pasa.

Pero algún día, algún día…

Oficina de una ciudad pequeña, 1953. Historias sobre cuadros de Hopper


Elmer

Ella está en la ciudad otra vez, debe parar por allá en la zona del Hotel Presidente. Detrás de alguna de esas ventanitas está ella. Volvió, me dijo, para verme. Llamó ayer, dejó sonar tres veces la campanilla y después cortó. Cuando volvió a sonar, sabía que era ella. Esas cosas se saben adentro del cuerpo.

Pero ahora está casada.

Se casó con un tipo, un tipo con clase. De esos que abundan en las grandes ciudades; un intelectual pero con mucho dinero. No necesita trabajar, explicó ella, vende cuadros. Cuelga los cuadros en una galería, después pasa la gente y los compra. Así embolsa la plata.

No debiste llamar, Amelia.

Fui contundente con esto.

Estas acciones no las hace una mujer casada.

Yo no quiero que a ella le vaya mal en su matrimonio.

No tengo rencores.

Insistió en que quería verme.

Tomar un trago después de la oficina. Justo ahora en la oficina estamos tapados de trabajo, es época de balances. Todas las cuentas dan mal, están en rojo, uno de los gerentes está robando. Esto salta en los libros del contable. Hay mucha conmoción; somos una compañía pequeña que depende de una más grande.

Lo del trago le dije que sí.

Lo del hotel, no.

Yo no puedo ir a verla al lobby del hotel, mientras su marido no está.

No quiero volver a lo de antes.

Ella llorando por un soldado muerto en París y yo por mi hermano en Pearl Harbour. Después, emborrachándonos. Tomando hasta caernos perdidos. Ya he estado ahí, no quiero volver a lo mismo, a verla.

En cuanto el sol caiga atrás de aquella pared, será el momento de levantarme e ir hacia el bar. A buscarla, a encontrarla. Pero yo no quiero ir. No me estoy engañando, no quiero ir, No quiero verte, protesté. Ella me pidió que repitiera su nombre, tres veces seguidas: Amelia, Amelia, Amelia. Era un juego que teníamos ¿cuánto hace?, uno o dos años atrás. Yo decía su nombre, aun estando muy enojado y el ánimo me cambiaba y ya no estaba enojado con ella. Una mujer tan dulce… ¿cómo se puede…?

El otro le escribía cartas, ella contestaba. Por diversión; no creo que ella se enamorara a la distancia, a través de cartas que iban y venían, papeles. A veces me parece que Amelia es una mujer con gran sentido práctico; pero tal vez esto último sea idea mía y yo me la esté confundiendo un poco con otra, con otras mujeres que he conocido. Un día él le envía una foto –le habrá gustado, pienso yo-, ella le manda una foto de ella. Así me lo cuenta después Amelia. El tipo le ofrece venir a verla: viene, desde lejos, desde Nueva York, nada menos. Es es el fin de semana que yo salgo de pesca con el jefe. Igual, no nos veíamos mucho. Nunca nos vimos mucho, excepto por coincidencia, en la calle. En una ciudad pequeña uno se está cruzando todo el tiempo.

A veces me olvidaba de ella. Pero cuando volvía a verla, el deseo me asaltaba.

Me dejaba pálido y temblando. Si ella me hubiera tocado con la punta de un dedo, me hubiera puesto a llorar, de rodillas. Hubiera besado el ruedo de su falda. Pero ella nunca me tocó; estábamos en la calle. Esto no es posible en público.

En el bar, después, me cuenta cómo fue. No deja tomar whisky mientras me lo cuenta y cuando está ya muy borracha le pido que se quede, que no se vaya con ese tipo. Creo que llora, no me acuerdo con exactitud. Le digo que nunca más pienso ir a la cama con ella y ella se encoge de hombres; le digo que esa noche no pienso acostarme con ella, y llora.

No la veo más.

Sé que se fue.

Un día como ayer me llama.

Así de buenas a primeras.

Creí que iba a oír el latido del corazón al otro lado del teléfono.

Me cuenta que se casó un día después de la muerte de Jorge VI. Eso fue hace seis meses. No con el tipo con que se fue, sino con otro. Encontró otro después, el que cuelga los cuadros.

Me dice que quiere verme.

Le digo que no.

Aquí vamos de nuevo.

Tratar de nuevo, una y otra vez, una y otra vez, de estar con ella.

Hasta un idiota sabe que ninguno de los dos puede ganar.

Cualquier idiota, hasta yo.

domingo 9 de diciembre de 2007

Fiesta. Poema

Me dijeron que ibas a una fiesta

que te vieron en una fiesta, un baile;

irías con ojos de sueño;

compraste un regalo a alguien,

lo festejaste; te cortaste el pelo

a cepillo, me contaron, para la fiesta,

un cuello nuevo para la camisa,

una fiesta feliz como un casamiento;

engolabas la voz para hablar

de la invitación en papel cartón

que recibiste para ir a la fiesta;

es un honor asistir, habría bocaditos

japoneses de arroz y salmón,

habría vinos espumantes,

las mujeres te harán sonrisas

como burbujas en esa fiesta;

se echarán a tus pies como mascotas

que nunca tuviste; los hombres

estrecharán tu mano con respeto;

es éste, nuestro caballero,

que asiste a nuestra fiesta,

un lord inglés, un samurai, un ángel caído,

un embajador de un país perdido,

antiguo y muy prestigioso

viene a esta fiesta con su manto de armiño,

a celebrar; una fiesta como un pimpollo

de una flor tropical, azúcar, albricias.

Pero sos vos, el que yo conozco,

el que concurre, entristecido

desde tiempos remotos, un mal crónico,

una culpa desabastecida.

Señor, señora, dirás, haciendo

una reverencia pequeña, mínima,

una inclinación absurda,

total y plena de abatimiento.

miércoles 5 de diciembre de 2007

Sobre Le bonheur d'être bien aimée. Anne Carson

Día tras día pienso en ti nada más despertarme. Alguien ha puesto gritos de pájaros en el aire como joyas.

Trad. M. Rosenberg, M. Cebrián, D. Samoilovich

sábado 1 de diciembre de 2007

Ojos azules lloran en la oscuridad. Poema

Hice la faena de nuestra relación

-si es que esto alguna vez fue una relación-

indicando: aquí, los momentos felices,

allá, los desdichas, los sinsabores;

tomo una decisión, hago una elección

que quizás no es más precisa que una cartera

un día de grandes ofertas en una tienda;

no te consulto, simplemente sigo

el curso de mi sangre; voy, me muevo

hacia algún lado, en resumen, existo.

Cuando no pienso, no: estoy aniquilada;

nunca hubiera debido mirarte directo

soy una persona destinada a protegerse

de tus ojos como Perseo sabía protegerse;

te largo todo en un bar –ya habíamos ido,

ya habíamos discutido ahí mismo, otra vez,

una vez que probamos una cerveza experimental

de doce grados-, está oscuro. Espero tus palabras,

tu enojo, tu rabia, el envión con que me amabas

-vos decías que me amabas-;

pero te quedás inmóvil, sorbiéndote las lágrimas,

esto es lo que pasa a la Gorgona

cuando se queda sola, huérfana de miradas;

tomás impulso como un pez para saltar fuera del agua;

te levantás, del bolsillo sacás un billete que tirás

encima de la mesa; esto ya lo tengo visto

en una película francesa; o este proceder

de Humphrey Bogart en El Halcón Maltés;

así que te vas, ¡te vas! y me queda sonreírle al mozo,

pagar con la plata que dejaste y salir;

tengo ganas de decir: esto es lo que pasa

con la belleza, en todos sus órdenes,

provoca caos, desencuentro, el amado

está poseído de la divinidad, sí,

pero esto es en la filosofía clásica:

yo sencillamente me siento una estúpida;

andás unos pasos, unas cuadras tal vez,

torcés la calle, la espina, y buscás un portón

en que guarecerte: el dios te ha abandonado;

así que te lamentás como un gato pardo,

sus bigotitos manchados con el lodazal,

las plumas del canario ya sin sabor alguno,

vuelan por aquí y por allá,

y llorás solo en la oscuridad, sin ningún seno,

sin ningún hombro que acune tu estrella macabra.

Room in Brooklyn, 1932. Escenas sobre Hopper

Emma:

El teléfono estuvo sonando todo el día.

No tendrías que haberme dejado sola; podría haberle pasado algo al chico. Tal vez llamaban del Colegio, de alguna parte. Los chicos tienen accidentes, se caen, se fracturan un hueso. Hice lo posible por levantarme e ir a atender, pero no me daban las piernas. Sí, sí. Los doctores dicen que no las piernas no tienen nada malo, pero no son ellos los que caminan sobre estas. No están metidos en mi cuerpo para saber; eso de los estudios es un engaño, los tratamientos ¡pura pérdida de tiempo! Quieren experimentar conmigo, hacer sus experiencias. Sólo me hacen perder el tiempo.

A veces pienso que es una suerte que se haya perdido la tierra. Cómo iba a caminarla yo? Eran mis tierras también, verdad? No hubiera podido ir más allá del huerto. Ayudándome con el bastón o con Mary. Sola no hago ni dos pasos. Al final, al final de su vida, papá hacía ese trayecto en coche. Estaba muy viejo, era el final. Tuvo suerte de no ver el derrumbe. La subasta, cómo sacaron los muebles y los remataron ahí mismo, a mejor postor. Eso lo hubiera matado pobre papá en un abrir y cerrar de ojos; el cáncer tuvo piedad con él.

Ahí está el teléfono otra vez.

No es necesario que atiendas.

Los accidentes existen, hay que hacerse a la idea.

Creí que me iba a volver loca la campanilla, pero había alguien cantando afuera. Sería un blues o cosa así, desde que acá no pude oír muy bien. Quise abrir la ventana, para oír mejor, pero tuve miedo de caer fuera. Hoy en día es muy fácil caerse de una ventana; con tantas cosas que pasan… ¿Quién vendría a asistirme a mí con rapidez? Le importo un rábano a todo el vecindario.

Es cierto lo que estoy diciendo, no me digas que no.

Pero antes, cuando yo salía a dar una vuelta y les daba moneditas a los chicos que jugaban en la calle… entonces me saludaban con respeto, los hombres se quitaban el sombrero cuando yo pasaba, me miraban como a una señora.

De todas formas, con lo poco que salgo, nadie me recuerda.

Cada vez estoy más segura de que hice bien en encerrarme.

No, no, no. Hice bien, muy bien.

Aquí nadie me molesta.

Me gusta la puesta de sol atrás del edificio. Todo resplandece de color anaranjado. Es a hora en que vos llegás, servís un trago y contás las noticias de la mañana. La fragancia de tu eau de Cologne llena la habitación; me pregunto cómo puede durarte tanto. Me traés el vaso alto, con una aceituna, lo tomo de a sorbitos como he visto hacer a los gorriones en las fuentes, en las plazas. Me preguntás con voz ingenua: Qué tal fue eso, Emma? Cómo estuvo hoy la cosa? Me das risa; preguntás cómo si algo hubiera podido pasar, cuando sabés que no me muevo: fui al baño tres veces, comí un huevo duro, una tajada de pan… A veces pienso que hay perversión en tu pregunta; debés esperar a que yo me enoje, te maltrate. Pero yo soy incapaz de enojarme, la furia es una de esas cosas que ya no me pasa.

Estuve sentada acá, te respondo siempre, cada día.

Acá, esperando a que llegaras.

Voy a trepar hasta la cima. Poema

Voy a trepar hasta la cima

para mostrar cómo es cuando uno está

destrozado, qué cosa se siente

si llevás una valija hecha con tu propia piel

y esperás sentado en un aeropuerto

un viaje que no sale;

cuando esté allá arriba me dirás

que esto era vox populi,

me dirás: ya te lo dije,

me dirás como cantó el poeta

al final la vida es pasarse sobre un muro

afilado de vidrio en la cornisa;

a mi mano ya no le interesa

atravesar tu pena y levantarte a mi lado;

estás enroscado ahí, lastimado

por dolores insulsos, vergonzantes,

yo en tu lugar tendría pudor

y una culebra en tu lugar se hubiera ahorcado;

de echar al aire tu quebranto

al interlocutor desamparado

frente a la oscuridad de tus ojos:

te perdono lo que el amor jamás

te perdonaría; porque estoy arriba,

en la cima y aquí hay un vendaval

y no vuela ni un pájaro,

aquí es donde todos temen estar

y yo vengo tan señora y me quito la camisa.

CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line

Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

NO-RETORNABLE

Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar

25 de Mayo de 2010, una crónica para el Diario Critica

  • http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=27688

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!

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