La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

Brindar con extraños. Libro de cuentos

Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

domingo, 25 de noviembre de 2007

Tables for ladies, 1930. Breves Monólogos inspirados en cuadros de Edward Hopper


Mae:

La cesta con duraznos la dejo aquí, si, Susie?

Son duraznos pelones, la gente no los quiere. Les gusta que los duraznos tengan pelusa, sino es como si no lo fueran. Susie, hay pocas manzanas. No me oye, está haciendo cuentas. La de adicionista es una profesión de mucha atención. Por eso yo soy mesera. A mí este trabajo no me gusta. El de adicionista tampoco; no me gusta el restaurant. Ningún restaurant de todo el Estado, de todo el planeta.

El me dijo que me iba a llevar a París, a pasear por Montmartre. Eso esperaba que hiciera. Aquí estoy en ascuas, me arde la piel, los ojos, me llora la nariz. Nunca debí dejar Michigan. Ahí era otra cosa, pero no se podía más. Las gallinas no me gustan, no eran para mí. Por mí, que se mueran todas. Por mí, que nunca más vuelvan a poner un huevo.

Los pomelos en fila, uno tras otro. Como al cadalso.

Un día estoy aquí, era temprano en la mañana, tal vez las siete. Susie me dice: Cuida la caja registradora mientras voy al toilette. Ella dice toilette. Estoy en eso y veo entrar a una mujer gruesa, de color, llevaba un sombrerito muy simpático con una pluma verde. Se sienta y cuando voy me pide licor.

Ya dije que era muy temprano y además nosotros no expendemos licor.

Dijo: Querida, un vaso de licor, discretamente y te canto una canción.

Ahí me la quedé mirando.

Me subieron todos los colores a la cara.

Soy una vaca estúpida.

Espere, le dije.

Fui atrás, a la oficina todavía vacía de Mr. Coleman y traje el whisky. Sabía adónde lo escondía. Lo había puesto ahí el día que me llamó para retarme por no sé qué cosa de las frutas machucadas, cómo deben ponerse en exhibición sin que se les vea el machucado y para que la gente, las damas, las tomen igual. Me largó el reto, pero en realidad quería tocarme el trasero. Y yo que casi me pongo a llorar porque le creí que hago mal mi trabajo!

Serví y le llevé.

Aquí tiene, señora Smith.

Voy a beberlo discretamente, querida. Tengo un mal adentro, una enfermedad. Esta es una buena cura. Ya no se puede cantar como antes, los clubes están cerrados. Es verdad o no es verdad?

Es verdad, Señora Smith.

Voy a cantarte una estrofa. Pero muy bajito.

Echó al aire aquello de After you’ve gone.

Dos notas que salieron de su boca pero vibraron acá dentro, en mi cuerpo.

Como si las hubiera cantado yo.

Gracias por el whisky.

Por supuesto no se lo cobré.

La más grande de las cantantes de blues de todos los tiempos.

Susie tardó una vida en regresar del baño.

¿Qué hacías?, le pregunté. Estuvo aquí la señora Smith y te la perdiste. Qué estabas haciendo? Fumabas un cigarrillo? Qué tonta, ¡la señora Smith y cantó para mí un pedacito de una canción! A mí, esta mesera del montón. Pero qué podías estar haciendo…? Qué? Mientras la señora Smith…

Leía una carta de Charly.

Estaba roja de vergüenza.

Ah, el amor.

Me dice que no quiere verme más.

Susie! Susie! Cómo podés perder el tiempo, acá estaba la señora Smith!

Pero no me lo creyó.

Me dijo que me lo había inventado para torturarla.

Después se puso a chillar Charly, Charly y se sorbió los mocos un par de veces.

Fue el día más importante de mi vida.

El único día en que me olvidé del viaje a París.

Los pomelos en fila, como al cadalso. El machucón para atrás para que las damas no lo vean, y lo tomen igual. Nada como un pomelo en las mañanas, dicen por ahí. Un pomelo con azúcar, qué asquerosidad.

La más grande de las cantantes de blues de todo el mundo, nunca dejará de cantar!

BESSIE SMITH

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Sin título. Poema

Volvemos de la consulta, del médico,

veo las veredas con la gente que pasea

distraída, ajena al mal;

vos, atento al tráfico, conducís,

de pronto allá al final de la calle

en pleno día,

como una patada en nuestra mente,

está de pie la luna llena,

ese gran hipnótico,

te conmino a que la mires

y a la vez que evites

que nos matemos en tu auto

ese día de fiebres tristes

en la autopista; la sospechás,

la seguís cuadra por cuadra

con el rabillo del ojo,

no tiene sentido, no tiene razón

de estar ahí, persiguiéndonos

como a amantes condenados

por su amor,

y que ni siquieran se aman.

Acusona, se ríe, nos enseña

sus dientes blancos,

filosos, chiquitos, de rata albina

y de perra de raza que alguna vez

se tragó el conejo

que hace sombra en su panza.

Un mundo difícil de mirar. Raymond Carver

Sus ojitos...

Graham Greene. Poema.

El libro de Graham Greene

sobre la sillita de noche de la enfermera,

mientras me pone la bata azul,

le pregunto si lo lee,

si la puede la historia del americano impasible,

aquel que está tan roto por dentro

que ya nada lo conmueve;

responde que un poco,

la lectura, afirma, le hace doler la cabeza;

ni una sonrisa entonces

y hace un nudo con los lazos de la bata

por detrás de mi espalda.

lunes, 19 de noviembre de 2007

Sin título. Poema

Llevamos la sospecha del error a la consulta

y el doctor confirmó nuestras falencias;

los hijos caen en la vida como las estrellas

se vienen abajo del cielo,

si es fortuna o desgracia es cuestión del vientre

que los alberga, al fin y al cabo,

si el mundo es una cárcel,

el vientre materno viene a ser lo mismo,

mientras no sea nacido:

los sentimientos tal vez podían trabarse

en cuestiones metafísicas –me refiero,

a nuestros sentimientos, a los míos

en particular-, el asunto del alma,

cuándo un harapo de carne

se convierte en persona.

Por eso, sólo pedimos una fecha

al doctor que nos miraba sin ninguna fé

y asintiendo, nos callamos.

Incorrecto. Poema

Me dijeron que era incorrecto

enviarte la noticia de esta forma,

por correo; era la mañana en aquel país

y aquí la madrugada cuando lo recibiste:

no pude calcular cuánto tardarías en leerlo;

tres líneas como tres heraldos negros:

tengo un atraso – hice un test –

voy a tener un hijo tuyo.

Después caminé un buen rato;

comí un bocadillo en un restaurant kurdo;

el hombre que me atendió confundió el pedido

porque no entendía mis palabras

deformadas por el acento.

Oí los latidos de mi corazón, oscuros,

imaginé tus ojos igual de cerrados,

como dos puños despotricando

sobre el hambre insaciable del destino.

domingo, 18 de noviembre de 2007

Hotel Room, 1931. Breves Monólogos inspirados en cuadros de Edward Hopper


Margaret:

Este no es el mismo cuarto donde estuvo él.

Pedí el mismo, pero no es éste.

El año pasado sí lo conseguí.

Ahora está ocupado. Me dijeron que tendría que haber hecho reservaciones. No es un hotel tan importante, no atrae turistas, parejas de amantes. No hay pasajeros en esta época; octubre es un mes feo, empieza a helar. Quién va a venir? Pero vino, vino alguien; se instaló. No sé quién, un viajante.

Enfrente está la Bolsa.

Nosotros no teníamos muchos valores.

El edificio tiene las ventanas negras, los vidrios son negros.

Es el aniversario del Jueves Negro, cuando el crash.

Algo de actividad hay. La gente de la limpieza.

Igual no me fijé. Hace rato que tuvo que haber cesado la actividad.

Son las siete de la tarde y debería salir a cenar.

No tengo de ganas de comer; hoy no.

Hace dos años que lo hago. Pido el cuarto de hotel, me siento y leo.

Me quedo así, hasta que me viene el sueño. Me caigo dormida.

El libro es de él; estaba entre sus cosas.

Me dijo: Hoy voy a volver tarde, Margaret.

Agarró un libro del estante y lo llevó con él.

Le gustaba leer; en la repisa un estante está repleto con sus libros.

Éste se llevó. Poemas; leía poemas.

¿Para qué?, me pregunto. ¿Qué utilidad tenían?

Antes de venir, esta mañana, en la emisora pasaban La vie en rose. Es una ironía, seguramente. Mi familia, mis amigos me dicen que ya no piense, que deje de pensar un poco y salga a dar un paseo, a caminar. Que encuentre un amigo nuevo; no un marido, no es necesario tal vez un marido todavía; pero sí un amigo, un poco de compañía. Les explico que no quiero un amigo; pero supongo que tarde o temprano terminaré por casarme. La pena no dura toda la vida, comentan. Hay el olvido, en fin.

Aquí quedó el libro, aquí debajo de la cama, sus zapatos. No sé por qué se los quitó; no hace falta estar descalzo para tirarse por una ventana. Les había dado betún el domingo anterior, y al final lo enterramos con ese par puesto. Eran los mejores, los únicos que tenía.

Me quedé preocupada por él esa tarde, cuando no volvía.

Era más o menos esta hora cuando alguien me lo avisó. Uno, de la oficina. No esperó a entrar al departamento, vino corriendo y me lo largó todo en la puerta. Una vez que me lo dijo, me quedé muy tranquila. Él ya no estaba; no iba a volver.

Cuando me avisaron qué pasó: Ya no siento. No siento más; sentir dolor es algo que no me ocurre; o estoy embrujada o a lo mejor sucede que ya no amaba a mi esposo…

Después, un doctor que visité me dijo que en realidad uno siente mucho cuando no siente.

Pienso mucho en esto, cada vez que vengo, que paso la tarde acá.

Cuando caigo dormida ya no pienso.

Es el único momento en que no pienso.

viernes, 16 de noviembre de 2007

Anne Sexton.

Siempre hay un intruso. Claribel Alegría

Una mirada a veces
un gesto entorpecido
una frase
un olor
el beso que al unirnos
nos separa.

En lo oscuro - Marina Colasanti

En noches de luna llena

es tan intensa la vida

en el jardín

que duermo inquieta

como cuando me adormezco

en el cine

y la historia va adelante

amor y guerras

más allá de mis párpados

cerrados.

Al despertar --- Fina García Marruz

Al despertar
uno se vuelve
al que era
al que tiene
el nombre con que nos llaman,
al despertar
uno se vuelve
seguro,
sin pérdida,
al uno mismo
al uno solo
recordando
lo que olvidan
el tigre
la paloma

en su dulce despertar.

Lamentación de Ariadna - Claribel Alegría

No te pierdas, Teseo
vuelve a mí.
La playa está desierta
tengo los pies sangrientos
de correr en tu busca
¿será que me engañaste
dejándome dormida en esta isla?
Perdóname, Teseo
¿Recuerdas nuestro encuentro?
amor eterno me juraste
y yo te di el ovillo
y volviste a la luz
después de haber destruido
al minotauro.
¿Te secuestró algún dios
sintiéndose celoso?
No me inspiran temor
ni Poseidón
ni Zeus
es de fuego mi ira
y se alzará
desde estas aguas
hasta el cielo.
Vuelve,
vuelve, Teseo
no te pierdas
en los laberintos
de la muerte
anda suelto
el ovillo de mi amor
atrápalo, Teseo
vuelve a mí
soy tu tierra
tu luna
tu destino.
Clava en mí tus raíces.

Morning Sun, 1952. Breves Monólogos inspirados en cuadros de Edward Hopper


Jo:

Está desfilando. Es el Día de la Independencia.

Está entre los Veteranos, los Caídos, no sé qué.

Mi padre era igual, orgulloso.

Me pidió que fuera, No puedo, le dije.

Tuvo suerte. Perdió un brazo el primer día de pisar la guerra.

Muchos murieron. Jóvenes, casi niños.

Al volver, alguno que otro se pegó un tiro.

Yo odio la guerra.

Cuando estaba allá, en Francia, me escribía. Mandaba postales que no sé adonde conseguía. No sé cómo escribía: yo no conocía su letra antes, ahora ya no es posible conocerla. Hay personas que hacen cientos de cosas sin manos, sin necesidad de una prótesis, de un garfio. Hay pintores sin manos, pintan apretando el pincel entre los labios. Pintan sujetando el pincel con los dedos de los pies. Bonitas las postales, las frases: poéticas. No puedo recordar ninguna; no me emocionaban cuando las leía. Pensaba: Este estúpido tuvo que irse tan lejos para poder ponerme dos líneas, decirme que me quiere. En la guerra los enrolaron a todos; supongo que él no pudo elegir.

Cuando volvió me estuvo buscando.

No él, el hermano.

El hermano me contó del brazo, me dijo que lo voló una granada, una mina que pisó, algo por el estilo. La explosión lo seccionó limpiamente, como un bisturí. Uno de ellos, de los soldados, lo recogió de la arena y lo llevó a la enfermería. Por si podían cosérselo. Pero no pudieron. Lo enterraron, me dijo. Cavaron una fosa y lo echaron dentro, como a un ser humano.

Yo estaba en el estudio del pintor.

Posaba.

Era un tipo vicioso, estoy segura. Me contrató para mirarme las piernas. Decía que las copiaba para publicidades de medias de nylon. Casi no había, dejaron de haber, por la guerra. El nylon iba para los aviones, no para las piernas de mujer. Era mentira, estoy segura. Una mentira grande como una casa.

Ahí me encontró el hermano.

Yo acepté volver a salir con él.

Me llevó a un restaurant. Una pequeña orquesta tocaba Blue Moon.

Una chica imitaba a Rosemary Clooney.

Le salía muy mal.

Yo tenía una voz preciosa. Beatiful Brown Eyes, es mi preferida.

Ya no la canto, hace mucho que no la canto.

El me lo largó así, sin vueltas.

Vamos a un hotel, dijo.

Mañana desfilo, necesito valor.

Necesito una mujer.

Yo no estoy segura.

Le falta un brazo. Me gusta que me acaricien.

Antes no nos entendíamos en ese aspecto. Por qué íbamos a entendernos ahora?

Voy. Piedad, curiosidad; no sé.

Trae su uniforme y lo cuelga en el respaldo de la silla; muy prolijo.

No sé dónde aprendió eso. La prolijidad. La madre supongo.

Me dejo la enagua puesta, el portaligas, las medias.

Solo la trusa me quito.

El me toca el muslo derecho, hacia arriba.

Me corre frío, estoy helada.

Me dice que es la brisa que se cuela por la ventana.

Me besa en el cuello, arriba del pecho. Besos salivosos.

Pone su mano entre mis piernas.

Pienso que me voy a poner a llorar.

Así que le desabrocho el pantalón, me siento encima.

Hago y cierro los ojos.

Tiene la mano sobre mi cadera, que descansa.

Si hago el esfuerzo puedo imaginar su otra mano. Puedo imaginar su abrazo.

Termina, me tiendo.

El a mi lado, no hablamos.

Me pide que vaya a verlo defilar.

No puedo, le digo.

Veré el desfile desde la ventana del hotel.

No tengo fuerzas para ir.

El dice que por él está bien, que no me agite.

Soy su chica, dice, aunque no esté de pie viéndolo marcar el paso, saludar a la multitud. Es tonto; es un hombre tonto.

Cuando estoy acostada, me recita muy bajo unos versos.

Dice que los puso en la postal que me escribió.

Que escribía otro, otro con una mano derecha.

Yo no los recuerdo.

Lo oigo. Así, me quedo dormida.

domingo, 11 de noviembre de 2007

Lo que los astrólogos ... Poema

Lo que los astrólogos, adivinos varios

y gitanas dicen a otros de mí;

nunca es lo que los astrólogos,

demás mánticos y tiradoras de cartas

o gitanas me cuentan a mí de mí.

Quiero decirte, pero estoy cansada. Poema

hablás del castigo para significar hechos

que a lo mejor son simples accidentes;

las personas también sufren accidentes,

quiero decirte, pero estoy cansada;

afuera corre un viento frío

que arremolina las hojas caídas

en alguna última tormenta;

callo, siento que muero por una cerveza,

nada más que un sorbo de cerveza fría,

bien helada, por ahora.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

El Padre. Raymond Carver

El bebé estaba en una canasta al lado de la cama, y llevaba puesto un pelele y un gorro
blanco. La canasta de mimbre estaba recién pintada, acolchada con pequeños edredones
azules y sujeta con cintas de color azul claro. Las tres hermanitas y la madre, que se
acababa de levantar de la cama y aún no se había despertado del todo, y la abuela
rodeaban todas al bebé y observaban cómo miraba con fijeza y de cuando en cuando se
llevaba el puño a la boca. No sonreía ni reía, pero a veces parpadeaba y movía la lengua
entre los labios cuando una de las niñas le pasaba la mano por la barbilla.
El padre estaba en la cocina y les oía jugar con el bebé.
-¿A quién quieres tú pequeñín? - dijo Phyllis-, y le hizo cosquillas en la barbilla.
-Nos quiere a todos - dijo Phyllis-, pero al que quiere de veras es a papá, ¡porque papá
también es chico!
La abuela se sentó en el borde de la cama y dijo:
-¡Mirad su bracito! Tan gordo. ¡Y esos deditos! Igualitos que los de su madre.
-¿No es una preciosidad? -dijo la madre-. Tan sano, mi niñito. -Se inclinó sobre la cuna,
besó al bebé en la frente y tocó la colcha que le tapaba el brazo-. Nosotros también le
queremos.
-¿Pero a quién se parece, a quién se parece? -exclamó Alice, y todas ellas se acercaron a
la canasta para ver a quién se parecía.
-Tiene los ojos bonitos -dijo Carol.
-Todos los bebés tienen los ojos bonitos -dijo Phyllis.
-Tiene los labios del abuelo -dijo la abuela-. Fijaos en esos labios.
-No sé...-dijo la madre-. No sabría decir.
-¡La nariz! ¡La nariz! -gritó Alice.
-¿Qué pasa con su nariz? -preguntó la madre.
-En la nariz se parece a alguien -dijo la niña.
-No, no sé... -dijo la madre-. No creo.
-Esos labios...- dijo entre dientes la abuela-. Esos deditos... - dijo, destapando la mano
del bebé y extendiéndole los menudos dedos.
-¿A quién se parece este niño?
-No se parece a nadie -dijo Phyllis. Y todas se acercaron aún más a la canasta.
-¡Ya sé! ¡Ya sé! - dijo Carol-. ¡Se parece a papá! -Todas miraron al bebé de muy cerca.
-¿Pero a quién se parece su papá? - preguntó Phyllis.
-¿A quién se parece papá?- repitió Alice, y entonces todas ellas miraron a la vez hacia la
cocina, donde el padre estaba en la mesa, de espaldas a ellas.
-¡Vaya, a nadie! -dijo Phyllis, y se puso a lloriquear un poco.
-Calla -dijo la abuela, apartando la mirada. Luego volvió a mirar al bebé.
-¡Papá no se parece a nadie! -dijo Alice.
-Pero tendrá que parecerse a alguien -dijo Phyllis, secándose los ojos con una de las
cintas. Y todas salvo la abuela miraron al padre, que seguía sentado en la cocina.
Se había dado la vuelta en su silla y tenía la cara pálida y sin expresión.

martes, 6 de noviembre de 2007

Poema. Claudia Masín

Quisiera que me cuides

como se cuida a aquellas personas enfermas

que ignoran la grave naturaleza de su mal

suavemente, sin ningún gesto rotundo

de amor que las alarme,

les revele de repente la verdad.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Final del fragmento de Dance Dance Dance de Haruki Murakami

No soy un tipo raro.
Eso creo, de verdad.
No voy a decir que sea el prototipo de la persona corriente, pero no soy raro. A mi manera, soy un ser humano absolutamente normal. Soy, necesariamente, todo lo normal que se pueda ser. Y esto es tan obvio, que lo que piensen los demás no me preocupa lo más mínimo. No es mi problema; en todo caso, será su problema.
Hay quienes me tienen por más imbécil de lo que soy. Otros, en cambio, me creen excesivamente calculador. Pero eso me da igual. Además, ese “más de lo que soy” es sólo una forma de expresar una comparación con la imagen que tengo de mí mismo. Los demás me pueden ver imbécil o calculador, pero ése es un problema que no me preocupa. No hay malentendidos en el mundo, sólo diferentes formas de pensar. Y esta es mi forma de pensar.
Pero también hay personas que pueden extraer la normalidad que hay en mí. Son muy escasas, pero existen. Ellos/as y yo nos atraemos mutuamente de una forma completamente natural, como dos planetas flotando en el espacio oscuro del universo, y
luego nos separamos. Aparecen en mi vida, se relacionan conmigo, y un buen día desaparecen. Son mis amigos, mis amantes, mi esposa incluso. A veces acabamos enfrentados. Pero siempre, en todos los casos, acaban yéndose. Se rinden, o pierden las esperanzas, o caen en el silencio (no sale nada del grifo, por muchas vueltas que le den), y finalmente desaparecen. Tengo una habitación con dos puertas. Una de entrada, otra de salida. Las dos no son compatibles. No se puede salir por la entrada, ni entrar por la salida. Esas son las reglas. La gente entra por la entrada, y sale por la salida. Hay muchas formas de entrar y muchas formas de salir. Pero lo que no cambia es que todos acaban saliendo. Unos se fueron en busca de nuevas posibilidades, otros por ahorrar tiempo. Otros murieron. No ha quedado nadie. No hay nadie en la habitación, sólo yo. Tengo siempre muy presente su ausencia. La de quienes se fueron. Las palabras que dijeron, los alientos que exhalaron, las canciones que tararearon... Todo lo veo flotando como un polvillo por las esquinas de la habitación.
Probablemente, la imagen que ellos vieron de mí se acercaba bastante a la realidad. Por eso se me aproximaron, y por eso también se fueron. Ellos reconocieron la normalidad que hay en mí, y mis sinceros esfuerzos por conservarla. Me hablaron y me abrieron su corazón. Casi todos se portaron bien conmigo. Pero no había nada que yo pudiera darles, y si algo les di no fue suficiente. Siempre me esforcé por darles todo lo posible. Hice todo lo que pude. Y también buscaba algo en ellos. Pero al final no resultó. Y se fueron.
Es duro, por supuesto.
Pero más duro aún es el hecho de que salieran de la habitación mucho más tristes que cuando entraron. Salían con una parte de sí mismos erosionada. Yo me daba cuenta de ello. Es curioso, pero ellos parecían estar mucho más erosionados que yo. ¿Por qué será? ¿Por qué siempre quedo yo? ¿Y por qué queda siempre en mis manos la sombra de alguien erosionado? ¿Por qué? No lo sé.
Faltan datos.
Por eso nunca obtengo la solución.
Hay algo que falta.
Un día, al volver de una reunión de trabajo, encontré una postal en el buzón. Era una foto de un astronauta caminando por la superficie de la luna. No había remite, pero al primer vistazo supe quién me la enviaba.
“Será mejor que no volvamos a vernos”, había escrito. “Pronto me casaré con un terrícola.”
Escuché el sonido de la puerta al cerrarse.
Datos insuficientes. No hay solución. Pulse Borrar.
Pantalla en blanco.
Me pregunto cuánto tiempo más van a continuar así las cosas. Tengo ya treinta y cuatro años. ¿Hasta cuándo?
No estaba triste. Al fin y al cabo, estaba claro que yo era el único responsable. Era natural que ella se alejara de mí, y lo sabía desde el principio. Los dos lo sabíamos. Pero perseguíamos un modesto milagro, una oportunidad de cambiar las cosas en lo fundamental. Pero esa oportunidad no se presentó, claro. Y ella salió. Cuando se fue me sentí solo, pero era una soledad que ya había experimentado antes. Sabía que acabaría superándola.
Ya estoy acostumbrado.
Pensar estas cosas me hace sentir mal. Siento surgir en mis entrañas un líquido negro que pugna por subir hasta la garganta. Me pongo delante del espejo del cuarto de baño. Este soy yo. Sí, ése eres tú. También tú estás gastado, mucho más de lo que crees. Me veo la cara más sucia y envejecida que nunca. Me lavo la cara meticulosamente con jabón, y me doy unas friegas con la loción. Luego me lavo las manos, y me seco bien con una toalla nueva. Voy a la cocina y ordeno los contenidos del frigorífico mientras bebo una lata de cerveza. Tiro los tomates echados a perder, alineo las cervezas, cambio de sitio las fiambreras, hago la lista de la compra.
Al amanecer estoy solo, y mientras miro distraídamente la luna me pregunto hasta cuándo seguirá esto. Seguramente encontraré a otra mujer dentro de poco. Y nos atraeremos de forma natural, como dos planetas. Y esperaremos inútilmente un milagro, malgastando el tiempo, erosionando nuestros corazones. Hasta que nos separemos.
¿Hasta cuándo?

Photo. Moby

Fragmento de Dance Dance Dance de Haruki Murakami

Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.
Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.
Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasmos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.
Ella ríe cuando me oye decir estas cosas. Y luego dice que soy un tipo raro, distinto. En qué soy distinto, eso es algo que desconozco. Yo creo que soy una persona tremendamente normal con una forma de pensar tremendamente normal. Human League.
“Me gusta estar contigo”, me dice. “A veces me vienen unas ganas tremendas de estar contigo. En el trabajo, por ejemplo.”
“Aha”
“A veces”, dice ella marcando las palabras. Y luego deja pasar unos treinta segundos. La canción de los Human League ha terminado, y ahora suena algo de un grupo que no conozco. “Ese es tu problema”, continúa. “Me encanta estar así los dos juntos, pero no se me ocurriría pasar todo el día contigo, de la mañana a la noche. ¿Por qué será?”
“Ni idea.”
“No es que esté incómoda contigo. Es sólo que, cuando estamos juntos, a veces me da la impresión de que el aire se vuelve increíblemente liviano. Como si estuviéramos en la luna.”
“Este es un pequeño paso para el hombre...”
“No estoy bromeando”, me contesta incorporándose en la cama y mirándome de frente. “Lo digo por tu bien. ¿Hay alguna otra persona que te diga estas cosas? ¿Qué me dices? ¿Acaso tienes a alguien?”
“A nadie”, le digo sinceramente. Absolutamente a nadie.
Vuelve a tumbarse, apoyando sus pechos en mi costado. La palma de mi mano le acaricia suavemente la espalda.
“Pues eso. Cuando estoy contigo, hay veces que el aire se hace muy liviano, como en la luna.”
“El aire de la luna no es liviano” le apunto. “En la superficie de la luna no hay absolutamente nada de aire. Por eso...”
“Es liviano”, susurra ella. No sé si ha ignorado mis palabras o si no las ha oído en absoluto. Pero oírla hablar en voz baja me pone nervioso. No sé por qué, pero hay algo en su susurro que me inquieta. “Increíblemente liviano, a veces. Es como si tú y yo respiráramos aires totalmente distintos. Lo sé.”
“Faltan datos” le digo.
“¿Quieres decir que no sé nada sobre ti?”
“Tampoco yo sé demasiado de mí mismo” contesto. “Lo digo en serio, no es que trate de filosofar. Es más real que todo eso. Faltan datos así, en general.”
“Pues ya eres mayorcito. ¿Qué edad tienes? ¿Treinta y tres?” Ella tiene veintiséis.
“Treinta y cuatro”, la corrijo. “Treinta y cuatro años y dos meses.”
Ella mueve la cabeza. Luego se levanta de la cama, se acerca a la ventana y abre la cortina. Se ha puesto mi pijama.
“Vuélvete a la luna”, me dice mientras la señala con el dedo.
“¿No hace frío?”, le pregunto.
“¿Quieres decir en la luna?”
“No, estoy hablando de ti”, contesto. Estamos en Febrero. Junto a la ventana, su respiración se ha vuelto blanca, pero sólo al oír mis palabras parece tomar consciencia de ello.
Se apresura a volver a la cama. La abrazo, y noto el frío del pijama. Aprieta su nariz contra mi cuello. Está helada. “Te quiero”, me dice.
Quiero decir algo, pero no me salen las palabras. Ella me gusta mucho. El tiempo se pasa volando cuando estamos los dos así, en la cama. Me gusta dar calor a su cuerpo y acariciar su pelo. Escuchar el leve sonido de su respiración al dormir, llevarla al trabajo por la mañana, recibir la factura de teléfono que ella ha calculado (o eso quiero creer), verla con mi pijama puesto, que le queda grande. Pero no puedo expresarlo con palabras cuando llega el momento. No estoy enamorado de ella, pero tampoco vale decir simplemente que me gusta.
¿Qué se supone que debo decir?
El caso es que no soy capaz de decir nada. No se me aparecen las palabras necesarias. Sé que mi silencio la hiere. Ella no quiere que me dé cuenta, pero lo siento. Lo siento mientras acaricio la suave piel de su espalda sobre la espina dorsal. Muy claramente. Nos abrazamos en silencio durante unos instantes, escuchando una canción de título desconocido. Su mano está apoyada en mi vientre.
“Cásate con una mujer de la luna y crea con ella una estupenda familia de lunáticos”, me dice con dulzura. “Es lo mejor que puedes hacer.”
Sin dejar de abrazarla, observo la luna por encima de su hombro, a través de la ventana abierta. De vez en cuando atraviesan la autopista enormes camiones cargados de algo muy pesado y levantando un estruendo lleno de malos presagios, como un iceberg que comienza a derrumbarse. Me pregunto cuál será su carga.
“¿Qué tienes para desayunar?” me pregunta.
“Nada fuera de lo normal. Lo de siempre. Jamón, huevos, tostadas, la ensalada de patata que me hice ayer, y café. Si quieres, te lo preparo con leche caliente” contesto.
“Estupendo”, me dice con una sonrisa. “¿Por qué no preparas unos huevos con jamón, y me sirves el café con tostadas?”
“Ningún problema” le aseguro.
“¿Sabes qué es lo que más me gusta del mundo?”
“Francamente, no tengo ni idea.”
“Lo que más me gusta”, me dice mirándome a los ojos, “es estar en la cama una fría mañana de invierno, sin ninguna gana de levantarme. Y entonces oler el aroma del café, y oír el sonido de los huevos con jamón al freírse, y el crujir de las tostadas cuando las cortan, y saltar de la cama sin poderme contener.”
“Pues vamos a verlo”, le digo riendo.

sábado, 3 de noviembre de 2007

Poema para otro.

era, tal vez, el primer poema que escribía en mucho tiempo:

te lo enseñé; estábamos en la cama, supe enseguida

que hubieras preferido no saber de él, no haberlo leído

nunca. Te dije lo escribí recordando los últimos días

que viví con aquel hombre, otro hombre, el final

de aquella relación, el filo existente aun en las cosas más mullidas;

el vendaval, la nada que surge como agua aprisionada

en una esponja, donde antes sangraba la pasión.

Me miraste muy serio, pero al cabo de un instante,

te pusiste risueño; ibas a decir algo tremendo,

igual no importaba porque importaba más

hacerme ver a mí mi error, esa ocupación que tanto

te gustaba: dijiste: este poema no habla sobre él,

este poema es para mí, lo que dice tu alma,

lo que dictan tus manos, todo, todo en vos,

aquí, habla de nosotros, de mí.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Peter Rabbit...

¿Quién no suele sentirse como el Conejo Pedro de Beatrix Potter, desafiando todos los peligros, en pos de la zanahoria que cultiva un malvado vecino...?

Diez veces que serán cien. Poema

Diez veces que serán cien

lo digo para mí, lo escribo, lo cuento;

hace ya tanto tiempo

que el recuerdo hace un eco en el recuerdo:

él viene a medianoche por primera vez

hace siete días empezó el invierno.

En la habitación contigua

duerme la criatura y su respiración

pedregosa nos hace estar atentos.

Hay un bebé de plástico en el suelo,

la luz de una pantalla encendida

vibra azul en un espejo.

Toca mi pie y lo aparto;

luego es el turno de mi cintura,

no una caricia propiamente

sino un pellizco, una injuria

al resto de pudor que nos sobrevive,

en un impulso lo beso,

la sagacidad de la lascivia moviéndose:

una pantera por la casa;

quedamos tendidos uno junto a otro,

no media palabra, ni luz,

el corazón gira una o dos veces

sobre sí mismo,

igual que un muchacho insomne

aquejado de mal de amor

se remueve entre las sábanas;

o una mula de molino

repitiendo el círculo hasta la muerte.

Después todo se precipita,

se derrama el adiós,

los escalones anchos de la larga escalera,

la puerta de calle, la noche, alguna estrella.

Un poema de Cecilia Pavón

pequeños detalles, pequeños miedos
el barniz aceitoso de la puerta que se soltaba de a poco
un sonido en la cerradura,
falso, imaginado
que atravesaba el living de la casa.
siempre el mismo pequeño miedo,
día tras día, durante años.
un miedo perdido para siempre, que no regresará.

Llevé tu olor a mi viaje... Poema

Llevé tu olor a mi viaje, el más íntimo

cuya proveniencia desconocemos,

es ajo o es puerro, es algo de la cocina

a la hora del amor, inapresable,

¿es tuyo propio o es nuestro?

¿se fabricó en tu hora de soledad

o es hijo de mi aburrimiento?

La noche es corta, de lo contrario

acabaríamos muertos.

Estamos sentados en la orilla del pecado.

En el presente absoluto

cada despedida es para siempre

y cada despedida para siempre

enseña que decirse adiós es un acto de soberbia.

Uno de los dos desea suerte al otro,

aunque nos creemos predestinados al malestar,

y nos besamos en la mejilla con timidez

previendo no hacer una mancha

en el cuerpo del otro.

Me llevo tu olor, me digo,

que es como no llevarse nada.

Una charla breve... Anne Carson

Sobre Le bonheur d'ètre bien aimée

Día tras día pienso en ti nada más despertarme. Alguien ha puesto gritos de pájaros en el aire como joyas.

Trad. M Rosenberg y D Samoilovich

los libros. Cecilia Pavón

no encuentro los libros cuando los busco
están dispersos están debajo de la cama
están en la mesita de luz
están húmedos
manchados con cerveza y té
costaron mucho dinero pero están rotos
tengo que leerlos pero no los encuentro
se perdieron entre las sábanas
quedaron arriba de todo
ese día teníamos que leerlos
dejamos los libros en el restaurant
nos robaron los libros en el subterráneo

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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