La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

Brindar con extraños. Libro de cuentos

Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

martes, 31 de julio de 2007

Las cuatro de la madrugada. Wislawa Szymborska

Hora de la noche al día.
Hora de un costado al otro.
Hora para treintañeros.

Hora acicalada para el canto del gallo.
Hora en que la tierra niega nuestros nombres.
Hora en que el viento sopla desde los astros extintos.
Hora y-si-tras-de-nosotros-no-quedara-nada.

Hora vacía.
Sorda, estéril.
Fondo de todas las horas.

Nadie se siente bien a las cuatro de la madrugada.
Si las hormigas se sienten bien a las cuatro de la madrugada,
habrá que felicitarlas. Y que lleguen las cinco,
si es que tenemos que seguir viviendo.

domingo, 29 de julio de 2007

Está enamorada. Relato

Estoy atendiendo, ella pasa. Se para, mira las flores, se acerca, me pregunta por las rosas, cuánto cuestan. Quiere tres o cuatro rosas de tallo muy largo, porque tiene un florero alto, de cristal, dice. Estoy despachando, le digo que me espere un momento. Pero se va. Tiene un suéter que larga pelusa, esos que usan las mujeres y se les adhiere al cuerpo. Me queda esa visión, de ella como un gato perla largando pelos y haciendo estornudar a las flores. Como sea, no vuelvo a verla. El cadete se queja: Qué impaciente. Quién es?, pregunto. La vecina de al lado, del edificio, del cuarto piso.
Pasan varios días, una semana tal vez. Llegan las azaleas de afuera. Las semillas prendieron, las presentan por primera vez en Buenos Aires. Las pongo en exhibición. Azaleas Lollipop se llaman; los pimpollos tienen fragancia, el resto de las azales del mundo no tienen fragancia. Tienen luces plateadas en los pétalos, también. Pero se supone que es el perfume lo que las vuelve atractivas a la clientela. Compro un pizarrón y el cadete escribe en un pizarrón “Flores importadas. Azaleas con perfume”; él tiene mejor caligrafía. Las plantas están ahí fuera, en la vereda, y un día, dos o tres después, aparece la mujer del principio, con una maceta con un azalea hecha gofio, muy deteriorada. Me la muestra, parece angustiada.
Veo con el rabillo del ojo cómo se sonríe el cadete.
Pendejo, murmuro.
Ella dice que es la única planta de su balcón. La que sobrevivió una tormenta tremenda, con granizo, hace unos meses atrás. Dice que seguro yo la puedo curar. No tiene flores, está sucia, comida por el pulgón, postre de los ácaros. Ella le tiene afecto, comenta, pero la planta no florece, no responde. Ella le habla, dice, le dedica una pequeña charla en las las mañanas. Le digo que lo único que puedo hacer es una poda drástica y hay que esperar una lluvia reparadora y la primavera. En la primavera las cosas funcionan mejor.
Ella está desilusionada.
Es una mujer de unos 40 años. A lo mejor está sola, no sé. Tiene puesto un suéter idéntico al de la otra vez, pero me da la sensación que el otro es de un color distinto. Y este parece que se le hubiera encogido al lavarlo con agua caliente o algo por el estilo; le ajusta. Miro todo lo que debe haber dentro del suéter, con lujuria. Como sea, ella se entusiasma con esto, huele mi deseo; su entusiasmo vibra en el aire. Se ríe no sé de qué y cuando se ríe se contonea todo su cuerpo, como si bailara. Le digo que veré lo que puedo hacer, que vuelva en unos días. Ella me dice su nombre, empieza con A.
El cadete viene después, se hace el que acomoda las margaritas.
-¿Qué pasa?
-Está enamorada la dama.
-Pero si no la conozco
-Sí la conocés.
-¿Desde cuándo?- le pregunto.
- Desde siempre, en tus sueños.
Qué pendejo, pienso.
Pero el cadete no es un pendejo. Es un viejo al que contrato para que no lo manden al geriátrico. Tiene la edad para ser mi abuelo.
Qué viejo loco, pienso.

Sueño 6 . Relato

Hace poco sueño que es el fin del mundo.

Dios está soplando en una noche de tormenta. El cielo es de color ladrillo, y yo veo las mejillas de Dios inflarse a cada soplido. Ahora será el Juicio Final, pienso. Qué odio, digo, ¡ahora resulta que todo esto existía!

Mi madre está parada en el centro de la habitación en la que mi hermana y yo dormíamos cuando éramos niñas. Está asustada y paralizada, como el día que hubo un terremoto en la ciudad o cuando el incendio en aquel edificio. Yo tenía once años y se incendiaba un piso del edificio. Había que dejar urgente el lugar, pero yo me detuve a buscar todos los dibujos que hice ese año. Para la escuela.

Recordé, entonces, el día que se incendió aquí el piso de abajo. Hace pocos meses atrás. El departamento justo al lado de la buena señora que intenta suicidarse una y otra vez. Pensé que ella había abierto la llave de gas, para matarse otra vez, y al cabo de un rato, hubo una explosión. Pero no, era el departamento de al lado. La pareja joven salió de vacaciones y dejó los gatos encerrados. Saltaron y arañaron los cables, provocaron un cortocircuito.

Llamo a los bomberos.

Actúan. No es grave el asunto, pero hay mucho humo, negro, y no se puede respirar.

Cortan la calle.

Pienso que si él pasa por mi calle pensará que intenté suicidarme con esa práctica de algunos budistas, el suicidio a lo bonzo por su amor. Por su falta de amor o porque yo ardo de amor por él.

Él sabe que no soy budista; él no pasa por mi calle.

viernes, 27 de julio de 2007

Teoría. Wallace Stevens

Soy lo que me rodea.

Las mujeres comprenden esto
Nadie es duquesa
a cien yardas de un carruaje.

Estos, entonces son retratos:
un vestíbulo negro;
un alto lecho protegido por cortinados.

Estos son tan sólo ejemplos.

Entierro.. Wislawa Szymborska

"Tan de repente, quién lo hubiera dicho"
"los nervios y el tabaco, yo se lo advertí"
"más o menos, gracias"
"desenvuelve estas flores"
"su hermano también murió del corazón, seguramente es de familia"
"con esa barba jamás lo hubiera reconocido a usted"
"él tiene la culpa, siempre andaba metido en líos"
"he de hablarle pero no lo veo"
"Casimiro está en Varsovia, Tadeo en el extranjero"
"tú sí que eres lista, yo no pensé para nada en el paraguas"
"qué importa que fuera el mejor de ellos"
"es un cuarto de paso, Bárbara no estará de acuerdo"
"es cierto, tenía razón, pero eso no es motivo"
"barnizar la puerta, adivina por cuánto"
"dos yemas, una cucharada de azúcar"
"no era asunto suyo, por qué se metió"
"todos azules y sólo números pequeños"
"cinco veces, y nunca contestó nadie"
"vale, quizá yo haya podido, pero tú también podías"
"menos mal que ella tenía ese empleo"
"no lo sé, tal vez sean parientes"
"el cura, un verdadero Belmondo"
"no había estado nunca en esta parte del cementerio"
"soñé con él hace una semana, fue como un presentimiento"
"mira qué guapa la niña"
"no somos nadie"
"denle a la viuda de mi parte... tengo que llegar a"
"y sin embargo en latín sonaba más solemne"
"se acabó "
"hasta la vista, señora"
"¿qué tal una cerveza?"
"llámame y hablamos"
"con el tranvía cuatro o con el doce"
"yo voy por aquí"
"nosotros por allá"

martes, 24 de julio de 2007

Dos poemas. Cristina Peri Rossi

NO QUISIERA QUE LLOVIERA

No quisiera que lloviera
te lo juro
que lloviera en esta ciudad
sin ti
y escuchar los ruidos del agua
al bajar
y pensar que allí donde estás viviendo
sin mí
llueve sobre la misma ciudad
Quizá tengas el cabello mojado
el teléfono a mano
que no usas
para llamarme
para decirme
esta noche te amo
me inundan los recuerdos de ti
discúlpame,
la literatura me mató
pero te le parecías tanto.

"Diáspora" 1976

DEDICATORIA

La literatura nos separó: todo lo que supe de ti
lo aprendí en los libros
y a lo que faltaba,
yo le puse palabras.

"Evohé" 1971

domingo, 22 de julio de 2007

Nacimiento. Relato

Para empezar, le dicen que es falsa alarma; el bebé nacerá dentro de dos semanas, como estaba calculado. Pero está la mujer sola, de veinte años, con su madre, e insisten en quedarse en el hospital.

Así que, por una cosa o por otra el bebé empieza a moverse, el bebé ya está harto de estar ahí. La mujer llora que le duele. La madre lleva un camisón y unas batitas para el bebé. Un chiripá, un ombliguero, todas esas cosas. Adentro de un valijín. Hace mucho calor, en el techo zumban los ventiladores, esto le pone los pelos de punta a la parturienta. Las aspas la marean, le dan ganas de vomitar.

Pasan las horas y el bebé no aparece.

Se mueve, hay dolor, pero el bebé no viene.

El doctor indica cesárea.

Ese bebé está enredado con el cordón umbilical.

Ese bebé se está ahorcando, no puede nacer.

Ese bebé se está matando buscando la vía para nacer.

La mujer entra al quirófano, muy asustada.

Traía una lista de nombres para su bebé, que se pierde.

No retiene ningún nombre para su hijo en la mente. No tiene nombre. Una tía, varias horas después, dirá que llamen a la criatura según el santoral.

En el quirófano, la preparan.

Al lado hay otra parturienta.

Suda, hace media sonrisa. No grita.

No piensa como la primera mujer: Me van a romper toda.

La mujer pide: Pónganme toda la anestesia, no quiero sentir dolor.

Dice que pesa mucho más de lo que pesa, para que la sobremediquen.

La mujer, al final, duerme.

Operan, nace un bebé.

Afuera, el padre espera.

Hay dos luces en la sala de pasos perdidos.

Una roja y otra azul. Para señalar el sexo del bebé.

Se enciende la luz azul y el padre grita emocionado: “¡Varón!”

Una enfermera sale del quirófano, le dice que su señora está muy bien, que ha tenido un varón de siete kilos. El padre se queda pensando, pero no concluye nada. Siete kilos, ¿no es mucho para un recién nacido?

Qué importa, al fin y al cabo es hombrecito.

A la flamante madre, en el entresueño de la anestesia, la enfermera le informa que acaba de ser madre de un niño, que pesa siete kilos. A la mujer se le saltan las lágrimas. Es la madre de un monstruo, piensa. Luego viene el doctor, las corrige de semejante horror. Ese es el chico de la otra, que era una persona diabética. El de la mujer no es ese bebé, es otro.

Es una chica.

La madre suspira.

Pregunta si es hermosa y el doctor dice que sí; es hermosa como una muñeca.

La madre pide verla y se la llevan.

Es una bebé con la piel lisa, porque no sufrió los rigores del parto, y muy blanca. El cabello es negro azabache. Tiene los ojos muy abiertos, azules, y la boca roja. Los labios rojos como la sangre, la piel blanca como la nieve. Tal como deseó la madre de Blancanieves a Blancanieves.

Madre e hija se observan, se aprueban.

La bebé la mira, enamorada.

La madre piensa que su bebé, tan linda, es un personaje de cuento.

Eso dice a los demás cuando la visitan con flores y regalos: Tengo una hija que parece salida de un libro de cuentos.

jueves, 19 de julio de 2007

Here comes the rain again. Eurythmics

Aquí viene la lluvia otra vez
cayendo sobre mi cabeza como un recuerdo
cayendo sobre mi cabeza como una emoción nueva.
Quiero caminar en el viento
Quiero hablar como los enamorados
Quiero bucear en tu oceáno
Está la lluvia con vos?

Entonces, amor, habláme
como hacen los amantes
caminá junto a mí
como hacen los amantes
habláme
como hacen los amantes

Aquí viene la lluvia otra vez,
llueve en mi cabeza como una tragedia
desgarrándome como una emoción nueva
¡Oooooh!
Quiero respirar en el viento
Quiero besar como hacen los amantes
Quiero bucear en tu oceáno
Está la lluvia con vos?

Versión PS

miércoles, 18 de julio de 2007

Misery. Relato

…oh crazy for thinking that my love could hold you

Diana Krall

Cuando llega a mí deja entrever que estaba enamorado desde antes de conocerme. Me toma desprevenida. Leyó cosas que escribí o fue al teatro y me vio, no lo sé. Tal vez se haya prendado por una foto, un gesto, quién sabe. No le pregunto demasiado, tengo pudor. No puede creer, dice, que una mujer tan sabia pueda ser tan bella. Yo me pongo a reír, porque si me pongo a llorar ahí mismo es un bochorno. Quisiera esconderme y que no me viera. En dos segundos me pinchó, me atravesó con el alfiler como el entomólogo a la mariposa. Bato las alas, suspiro, estoy inmóvil. Estoy loca, le digo. Sentir tanta soledad me volvió loca. Esto último se lo digo una o dos semanas después. Cuando siento que yo tenía el alma en la Oficina de Objetos Perdidos y él fue con el ticket y reclamó mi alma y la suya. Esto último, nunca se lo digo.

Estoy siempre delante de él mordiéndome los labios; es como me veo.

Así empieza:

Está sentado en la barra de un pub, solo, viendo teatro. Mi amiga L se acerca, le pregunta quién es, qué hace. Me lo presentan; sigo mi camino. Ese día peleé con E; fue una escena de celos tan infantil que terminó por hacerme gracia. Tiene a otra persona, vive con ella, pero me hace escenas. En el pub estoy haciendo el relato de los celos de E cuando aparece él y me dicen quién es.

A la semana siguiente lo veo dos veces. Una es por casualidad y la otra porque va al teatro. Salimos con el grupo a comer a un bodegón; la gente comienza a irse, él y yo pasamos cuatro horas conversando. Cuando vuelvo es entrada la madrugada. Por la mañana le envío un email: Perdón si te abrumé, me la pasé hablando todo el encuentro.

El contesta que quedó obnubilado, fascinado o una palabra por el estilo, conmigo. Arreglamos vernos el domingo por la noche, no sé bien para qué. Pero yo no puedo quedarme hasta muy tarde; tengo apenas un par de horas, porque regresa mi hija. El hace preguntas, sobre mi familia, mi infancia. Los amores. El habla poco de sí mismo y me seduce con el juego de espejos, haciéndome hablar a mí. Esto lo comprendí mucho después, al final. Sobre mi hermana, me pide que le cuente de ella. Hay cosas muy tristes que sucedieron con mi hermana; no quiero hablar de eso. Le pregunto por qué quiere saber estos hechos; estoy cómoda hablando con él, pero estos hechos son muy dolorosos, me parten el corazón. ¿Qué sentido tiene…? El se pone de pie, me besa pasando por encima de la mesa. Jaque a la reina.

Nos vemos unos días después, un día convenido.

Yo no sé nada sobre él, me doy cuenta.

Está en el cono de sombra.

Pero me atrae tanto que de pronto tengo miedo de preguntar alguna cosa y saber su respuesta. No quiero decepcionarme. Me ha enloquecido tanta decepción últimamente. Puede ser que él viva con otra mujer, su esposa, por ejemplo. Puede que tenga esposa. O una enfermedad mortal.

Está solo, dice.

Me quiere, agrega.

Así que pasan los días y yo me enamoro.

Casi como una decisión consciente.

Me duele el pecho, tengo taquicardia, no duermo hasta las dos de la mañana. Tengo encima una dosis extra de energía. Suspendo las relaciones con otros hombres, los hago a un lado. A E le explico que me enamoré de otro, que es el efecto de la flecha de oro en el corazón y aquel rollo de los griegos. E dice primero que se alegra por mí, en el teléfono. Pero cuando lo veo para que me devuelva un libro y un cd se le llenan los ojos de lágrimas. Trato de no ver eso; cuido mi alegría como a una orquídea en el Polo Norte.

Te adoro, me dice, me escribe este hombre. Te adoro.

Me llama bella y egomaníaca. Nunca antes había oído la palabra.

Sufro, no cabe duda: no puedo evitarlo.

Gozo, probablemente.

Aumento las sesiones de terapia: voy dos veces a la semana.

Pero él tiene muchos problemas de horarios y yo también.

Un día viene a verme y me dice que no se puede quedar a dormir.

O el fin de semana se va afuera.

O en el trabajo le ponen horas extras.

Nos cuesta vernos. No es un problema, pienso.

Somos uno la víctima de la agenda del otro.

No me quejo, pasan dos semanas así, tal vez tres. Me tiene envuelta en su amor, o lo que parece su amor. Las citas siguen suspendiéndose y yo sigo sin enojarme. Nada más pienso: He estado tan triste, que ahora que hay alegría en mi vida, no quiero perder este sentimiento.

Conservar el calor, ese es todo mi objetivo; lo conservo con desesperación de avaro.

Me escribe dos o tres cartas de amor. En la última pone frases como que soy la luz de su existencia, soy el mar, la lluvia, un ser líquido que lo puede y lo vence. Es jueves.

Nos vemos al otro día, el viernes. Critica mi forma de ser, de manejarme con el dinero. La plata no me dura lo suficiente, por un lado tengo muchos gastos y por otro no es un tema de importancia. Si me importara más, tendría más. No es la filosofía que él cultiva, noto. Hablamos de plata, de economía. ¿Por qué? Para mí él habla en chino esa tarde, quiero que me bese, que me meta en su auto, que me diga cosas bonitas, lo del mar, la lluvia, el ser líquido. Pero no lo hace. Habla de que tengo que pedir un crédito en el banco. Que no puedo seguir viviendo en este estado de caos. Hace tres semanas que estamos juntos y de pronto me pregunta a cuánto ascienden mis ahorros en el banco. Cuáles son mis ingresos mensuales. Si poseo tarjeta de crédito y cuál es. Dudo entre decirle los montos o no. Tiene más plata que yo, no va a secuestrarme. En ese instante calculo: Me hace estas observaciones porque será él quién me prestará la plata para… Pero mi cálculo falla y él permanece en silencio, hosco, pidiéndome cuentas. Me angustio, ¿qué es esto?, ¿qué tiene que ver esto con…? Algo no funciona. Como sea, estoy herida por sus palabras; él ordena: Andáte, andáte del bar. No quiero verte llorar.

Así que me voy.

Cuando llego, E está esperándome.

Viene a traerme un libro y dinero prestado que le pedí días atrás.

Me ve alterada, me pregunta qué me pasa.

Me echo en sus brazos.

Soy un desastre, le digo, hago todo mal.

De modo que entre E y yo sucede todo de nuevo.

No le cuento nada de lo que ocurre con el otro hombre, lo que falla.

No quiero que se haga ilusiones conmigo.

Varios días después, veo al otro hombre.

Dá algunas vueltas y al fin me dice que por características personales suyas no quiere seguir viéndome de esta manera. Esas son exactamente las palabras que usa. Me desconcierta, pero no me duele. Le respondo que es una pena, pero si se trata de una decisión tomada, ya no se puede hacer mucho. Él responde que sí y me da una lección de arte moderno. No es una metáfora: empieza a hablarme de arte moderno como si yo fuera su hija o su alumna. Le digo: Cuidate; luego salgo del bar.

Al cabo de unos días, comienza a llamarme de nuevo.

Está mal, me extraña. Quiere verme pero a cada intento de cita pasa algo horrible a su alrededor: las hijas se enferman, se le muere un pariente, en el trabajo lo presionan, el dentista lo daña, tiene mal el estómago, los intestinos, los ojos, lo que sea: esto dura semanas enteras.

Me encuentro alentándolo a salir adelante.

Uso la voz de ir a la verdulería cuando hablo con él.

Esa última semana E me envía mensajes en las noches, tarde. Dice que quiere verme; tiene necesidad de verme; lo llamo. Estoy tentada de la risa cuando hablo con él. Me hace gracia cuando pronuncia frases de bolero, le tengo mucho afecto, me gusta enormemente: es un vicio y una debilidad. A veces es el hombre que quiero a mi lado por el resto de mi vida, aunque nunca vaya a pedírselo. Tengo miedo de mudar de opinión llegado el momento. Estoy loca, podría decirle alguna vez, loca por intentar una y otra vez, loca de tanto lamentar su ausencia las tardes de domingo. Oculto la risa en un acceso de tos y comento que estoy pasando por el final de una gripe. Le digo que venga a verme cuando tengas ganas, que estoy sola otra vez.

Viene a los pocos días, pone cara de compungido porque se me terminó el amor. Es mal actor; veo cómo está de feliz. Me dice: Contáme qué pasó. Hago el relato pormenorizado eludiendo las escenas de sexo, para no provocar sus celos.

¿Tiene 45 años y se enamoró de vos antes de conocerte?

Sí, digo. Parece que sí.

A vos eso no te dio desconfianza? Tantas películas norteamericanas que viste y no te dio desconfianza? No pensaste en Misery? No te vinieron a la mente las acciones de Kathy Bates?

Después, vamos al dormitorio.

Pienso que quiero hacerlo durar lo más posible.

Doy a E la llavecita de abajo y la de arriba.

Sonríe, las guarda en el bolsillo de su pantalón.

Hablamos de libros, lo que él lee, lo que él escribe.

Cierra con su propia llave cuando se va.

sábado, 14 de julio de 2007

Papá. Pequeño cuento.

Son las siete, tal vez las ocho de la mañana, cuando el teléfono suena. En el identificados leo que hablan de mi casa, de afuera. Atiendo y me temo lo peor. Es mamá.

Dice:

-Tengo que decirte algo importante, ¿estás sentada?

El corazón me palpita muy fuerte, no sé si pueda soportarlo.

-¿Qué pasa?, pregunto con un hilo de voz.

Lo larga todo muy rápido y no tengo tiempo de reaccionar.

Papá tramitó mal un expediente; lo hizo entrar en un Juzgado equivocado, tuvo un problema con el sellado o algo así, rebotó en la Cámara de Apelaciones. Tiene que pagar lo que el Juez determina y las costas del otro abogado.

Mi papá demandó al geriátrico adonde murió mi abuela. Tenía noventa años, pero él dijo que el personal del geriátrico y el médico la desatendieron y así disminuyeron su calidad y cantidad de vida. Ningún abogado quiso tomar el caso; por eso lo inició él mismo. Hace veinte años que no toca un solo libro de leyes; y la ley ahora es diferente y está llena de recovecos que él no conoce. Yo estaba segura de que le iba a fallar en contra, se lo advertí. El geriátrico es el tercero en importancia en la ciudad; el ingenuo creía que iba a hacerse millonario. Pero papá no me escucha; ninguno de todos ellos me escucha.

-Entonces?

-Va a ir preso.

-Papá?

-Tiene que pagar quince mil dólares.

-De dónde los va a sacar?

-Por eso es que va a ir preso.

-Pobre papá.

-Hay una salida a todo esto…

-¿Cuál?

La última vez que hizo algo parecido, yo puse el dinero. Mis ahorros. Tardó cuatro años en devolverme la plata. Me la devolvió gruñendo y acusándome de mala hija. El está convencido de que debo hincarme de rodillas y agradecerle que me haya dado el don de la vida.

-No tengo plata para prestarle… -aclaro.

-No, no es una cuestión de plata. Es algo más sencillo. Basta con irnos de acá por un tiempo. De la ciudad, irnos a otra parte hasta que este asunto se le olvide al director del geriátrico. No hay malicia en ellos, es tu padre el que… él insistió con el juicio y con que se haga justicia… todo por esa vieja cretina… bien muerta que está.

-Mami –pregunto con alarma- ¿adónde se van a ir? Al campo?

-Pensamos, pensé en tu casa.

-¿¿Acá??

-Sí, ahí. Preferís que papá vaya preso?

-No, claro. Pero no hay otra salida? La casa de la tía?

-No, no. Imposible, la tía está a diez cuadras. Enseguida se va a correr la bolilla de que tu padre está ahí… y ahí sí que se complica, porque podemos ir presos todos por encubrimiento y ocultamiento…

-Pero papá no es un criminal. Es abogado, le salió mal un juicio, un gaje del oficio. Alguna corte debería protegerlo en una situación así, algún fuero…

-Debería, pobre. Pero no puede.

-Cuánto tiempo tendrían que estar afuera…?

-Un año.

-¿¿Un año, mamá??

-Por lo menos. Además hay otras cosas que están haciendo ruido. Papá… ay, tu papá ¡hace cada cosa! No puedo detallar, a lo mejor están escuchando la conversación.

-¿Quién?

-El dueño del geriátrico.

-¿Qué estás diciendo? Estás loca? Para qué quiere oír…?

-Lo odia a tu padre. Le dijo asesino. Para mí que se enamoró de él.

-¿El dueño del geriátrico?

-Es que es gay. Ahora se dice gay. Maricón.

-Vos tomaste algo? Viste la hora que es?

-Tomé de todo, si te referís a pastillas. Estoy muy nerviosa.

-Dónde está papá?

-Escondido. No puedo decir dónde. Por si está pinchada la línea.

-Pero dijiste que está escondido… con eso les basta.

-No sé, no sé.

-¿Dónde está papá?

-…

-No te oigo.

-…

-Hablá más fuerte, mamá.

-Se ocupó de la abuela, tu padre. La quería, pero de pronto vio el filón y se ocupó de ella. Digamos así. Es la realidad, se encargó de ella para hacerle juicio al geriátrico.

-Mamá, vos estás drogada.

-Nada de eso. La vieja bruja tenía noventa años, tu padre vio enseguida el negocio. Es una luz, eh. No digo que no la quisiera; al fin y al cabo era la madre. Eso saltó después en el juicio…

-¿Qué? ¿Qué la quiere?

-No, no. Que se ocupó de ella. Caratularon distinto el caso.

-Papá mató a la abuela?

-Qué fuerte que suena si lo decís así.

-Papá asesinó a su madre.

-Matricidio, así dice la carátula. Bueno, ella se lo buscó. Yo le dije que él alegara que tuvo un rapto de locura, algo de eso. Pero él es terco, no me hace nada de caso. Mirá que le hablé; ‘el juez siempre mira con buenos ojos al delincuente que se entrega’. ¡Cuántas películas de juicios vi! De El juicio de Nuremberg con Spencer Tracy a esta parte, me las vi todas: 'Testigo de cargo', 'Testigo en peligro'... Pero tu padre no, siguió diciendo que era inocente, de testarudo. Pobrecito, temblaba como una hoja. Tu padre me contó unas cosas feísimas de su infancia. Vos y tu hermana se quejan de cómo las crié yo, pero lo de tu padre es tremendo. La abuela no le preparaba la comida, estaba todo el día borracha tirada por los rincones…

-Si la abuela era abstemia.

-Tu padre dice que no. O que se hizo abstemia después, no le entendí bien.

-¿Dónde está papá ahora?

- Ahora, la verdad es que la policía tiene cosas de estúpida. Por qué no lo detuvieron enseguida así no se les escapaba? Está viejo y achacoso, pero con setenta años, todavía podía huir…, eso les dije yo cuando vinieron a buscarlo acá… Lo hubieran encerrado antes.

-¡Dónde se fue!

-En la puerta de tu casa debe estar ahora.

-¿Qué?

-En el bar de la esquina, entonces. Si todavía no te tocó el timbre, es porque está desayunando en el bar. Hoy va él y tu hermana y yo llegamos en estos días; vamos de incógnito. Para que la policía se confunda un poco, se distraiga…

-…

-¿Qué pasa? No me digas que estás dudosa. No podés denunciarlo. Me entendés lo que te digo. No se puede hacer eso con un progenitor, aun cuando es un progenitor homicida. Hay que tener piedad filial. El es tu padre, el ser que te dio la vida. Por mi intermedio, por supuesto. No es por mandarme la parte, pero sin mí los dos no se hubieran conocido jamás. Vos y él. Estás ahí? Me estás oyendo? Andan muy mal los teléfonos. A lo mejor la policía tanto pincharme la línea, lo arruinó… Seguís ahí? Me oís?


lunes, 9 de julio de 2007

Ayer hoy era mañana. Acho Estol

Me quedó una foto oscura de tu cara clara,
y la huella de tus pasos en la almohada.
El lazarillo me liberó, es un fetiche que ya me robó el pasado.
Y el pasado no lo entiendo, dónde está?
Está escondido en fotos viejas? dónde está?
En el pasado todo el tiempo dura igual,
un mal segundo es una década normal.

Y ya me dicen estás loco el futuro va a llegar, pero no llega más.
Nací ya preparado pero el día de mañana siempre es mañana.

La revolución se postergó y no dije nada,
me dejaron una nota en la mesada.
El comandante se jubiló, la Molotov es un florero en mi ventana.
Y la ventana nos obliga a mirar,
y la mirada nos obliga a pensar,
y el pensamiento nos obliga a preguntar,
y la pregunta no se puede contestar.

Y no me conocés. Acho Estol (La Chicana)

Yo querría jugar con tus labios, y no me conocés.
Chapotear con vos en el baño al amanecer.
Te parece informal esta forma, no ves que estás sola igual.
Igual, yo querría jugar con tus labios, y no me conocés.

Yo querría bailar con tu ropa, y no me conocés.
Y comer un anís de tu boca al amanecer.
Si te asusto un poco ya sé, es un toque antisocial.
Igual, yo querria grabar tus sonidos, y no me conocés.

El camping. Actividades de entretenimiento familiar en medio de la naturaleza. DAVE BARRY

(...) los mayores entretenimientos del camping llegan por la noche, cuando todos se reúnen en torno a una fogata y entonan cantos de grupo. Algunas de las más populares canciones de este género son:

"He estado trabajando en el ferrocarril"
Oh, he estado trabajando en el ferrocarril
con un banjo en las rodillas.
Mataremos al viejo gallo colorado
mataremos al viejo gallo colorado
mataremos al viejo gallo colorado
y mejor no te metas en nuestro camino.

"Miguelito rema en su bote"
Miguelito rema en su bote, ¡aleluya!
Miguelito rema en su bote, ¡aleluya!
Miguelito rema en su maldito bote, ¡aleluya!
Leonor vomita en la canasta con la vianda.

"Las damas del campamento"
Las damas del campamento cantan esta canción: tra-la-lá.
Las damas del campamento se quedaron sin medicinas.
Y ninguna está muy contenta con el viejo gallo colorado.

Poema. Alberto Caeiro (heterónimo) Fernando Pessoa

Cuando la hierba crezca encima de mi sepultura,
Sea ésa la señal para que me olviden del todo.
La Naturaleza nunca se acuerda, y por eso es bella.
Y si tuvieran la necesidad enfermiza de 'interpretar'
la hierba verde sobre mi sepultura,
Digan que continúo para verdecer y ser natural.

El guardador de rebaños. Alberto Caeiro (heterónimo). Fernando Pessoa

El misterio de las cosas, ¿dónde está?
¿Dónde está el que no aparece
Por lo menos para mostrarnos que es misterio?
¿Que sabe el río y que sabe el árbol?
Y yo, que no soy más que ellos, ¿qué se´de eso?
Siempre que miro las cosas y pienso en lo que los
hombres piensan de ellas,
Río como un riacho que suena fresco en una piedra.

Porque el único sentido oculto de las cosas
Es no tener sentido oculto.
Es más extraño que todas las extrañezas
Y que los sueños de todos los poetas
Y los pensamientos de todos los filósofos
Que las cosas sean realmente lo que parecen ser
Y no haya nada que comprender.

Sí, he aquí lo que mis sentidos aprendieron solos:
Las cosas no tienen significación: tienen existencia.
Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.

domingo, 8 de julio de 2007

Desde que te perdí. Kevin Johansen

Las cosas no andaban bien, nada me salía,
mi vida era un túnel sin salida, pero...

Desde que te perdí se están enamorando todas de mí
y hasta algunas me quieren convencer
que con ellas podría ser feliz.

Desde que te perdí las puertas
se me abren de par en par,
se me abrió hasta la puerta de Alcalá
y yo aprovecho cada oportunidad.

Desde que te perdí nunca tuve tal libertad
desde que te perdí no me importa nada de ná...

Desde que te perdí la vida me sonríe sin cesar,
tengo trabajo y mucha estabilidad
y hasta he trepado en la escala social.

De ágape en ágape,
princesas me sonríen de cuando en vez,
me dicen el Hugh Hefner Aragonés,
seguro que no sabes ni quién es...

Desde que te perdí hago lo que me da la gana
Desde que te perdí ya no tengo ganas de nada...

Desde que te perdí tomamos unas cañas por ahí,
me dices que no es lo mismo ya sin mí,
que ahora también eres mucho más feliz...

Desde que te perdí, desde que me perdiste
desde que me perdí, desde que te perdiste...

Vestido nuevo. Relato


Aunque no entiendo por qué pasó, o mejor dicho, por qué se pasó aquello que había, acepto cenar con él. Creo que él está enamorado de mí y él cree que yo estoy enamorada de él. Yo no estoy enamorada de él; es probable que él tampoco esté enamorado de mí. En esos días, unos días después, llego a la conclusión de que soy para él algo así como Mick Jagger, salvando las distancias. Una –me refiero a mí o a cualquiera de mis amigas- puede acostarse con Mick Jagger una, dos, tres veces. Hasta es probable que se acueste con él para contarlo. Pero no puede una convertirse en la novia de Mick Jagger, esto exige un cambio de vida completo; quiere decir convertirse en otra persona. El costo es muy alto.

Igual, esa noche me pongo mi vestido nuevo, que me costó carísimo y está estampado con formas geométricas, rectángulos y cuadrados del tamaño de la yema del dedo pulgar. Bebo mojitos. Uno, dos. No me hacen nada; ya nada es capaz de alterar mis nervios, me digo.

El habla de todo menos de por qué se pasó aquello tan cálido, de tanta unión, que había entre nosotros. Yo ni siquiera le hago preguntas.

De todas formas, no programé que él fuera el final de esa noche. Me pondría muy ansiosa, de pronto, sentir que él no quiere irse a la cama conmigo. Hasta me deprimiría. Así que esa parte de la noche la arreglo con otro. Obviamente, el otro no sabe en qué consiste la primera parte de la noche, ni con quién estoy. Ni soportaría saberlo.

Por más que en ese momento, en el momento de acordar ambas citas, pienso que estoy loca, con el transcurrir de los días, cuando comento a otras personas lo que he hecho, a todas les parece un acto de sensatez. Es extraño a lo que la gente normal llama ‘sensatez’: no más con solo definir el término lo dejan a uno boquiabierto.

El hombre número uno me cansa, me agota, no puedo seguir las vueltas de sus razonamientos. Tampoco es que esté hablando de sí mismo o de nosotros, a menos que esté tan loco, que hablar de sí mismo sea hacer referencia a las estructuras medievales de dominación, que es el tema del que está hablando. Yo no puedo seguir; es muy tarde y me levanto muy temprano en la mañana. Me quiero ir con el otro hombre.

El otro. Me manda un mensaje, le envío un mensaje. Que tiene sueño, que quiere dormir. Que me espere, que ya termino. Que es una reunión de trabajo. Salgo del bar -una whiskería en realidad- tan rápido como puedo y lo llamo. Estoy a tres cuadras; tengo puesto un vestido nuevo. Este hombre me veía –en un pasado no tan lejano al momento en que programamos el encuentro- como a una Claudia Cardinale de América del Sur. Es para reírse semejante comparación, casi un chiste; pero no quiero reírme ahora de eso, porque es algo que recordaré cada vez que esté con la autoestima hecha polvo. Beso al hombre número uno en la mejilla. El acto completo consiste en lo siguiente: lo beso en la mejilla y le friego un codo a la voz de ‘Cuidate’. No me da igual que se cuide o no. Quisiera que siga vivo. Cuando abro la puerta del bar y el frío me topa de frente como un fierro, ya no me importa tanto que viva o no el hombre número uno. Que se muera pero que lo entierren lejos. En un campo por donde encima pasen el tractor y las trilladoras.

Llamo al hombre número dos desde el celular. El tarda en responder, luego lo hace con voz pausada.

-Tomé una pastilla –dice. –Estoy por dormirme.

-…

-Dejémoslo para otro día.

-Está bien –digo.

Como no sé lo que siento, no tengo ni idea de cómo traslucen mis palabras a través del aparatito del teléfono, tan chiquito, y que lleva y trae los latidos de un día. Lo veo en una tumba al lado del hombre número uno; una segadora acaba de pasarles por encima, cortando cuanto tallo de trigo llegó a edad de merecer.

ACTRIZ. Relato

Primero nos dice que mucho no le convence como es él. Se lo presentan a través de una amiga que es psicóloga, o que comparte el consultorio con él. Se ven en una cita a ciegas. Ella dice que no le gusta del todo, pero que se miran mucho a los ojos y eso es importante.

Se llaman, se mandan mensajes, se besan un día, duermen juntos una noche.

Ella es actriz, a él le gusta que ella sea actriz. A todos parece que les calienta salir con una actriz, el asunto viene después. Si lo soportan. A él, da la sensación que le gusta. Guarda videos, fotos, que ella le da, de cosas que ella hizo.

Se arma una relación, se ven seguido. Ella le cocina, él pasa con ella mucho tiempo. Se presentan amigos, parientes. El tiene una hija adolescente de su primer matrimonio; ella no tiene hijos, está pisando la línea roja y quiere tener uno. Pronto, pero no con cualquiera. Hay armonía entre ellos, afinidades, compatibilidades. El entusiasmo los vuelve empáticos. Finalmente, son una pareja.

Por diferentes razones, ella no actúa ese año. No pisa un escenario.

En cambio, promociona un perfume en un programa de televisión por la mañana, un magazine. Hace una propaganda de un detergente.

Se van de vacaciones juntos; se quieren. Se vence el contrato de alquiler del departamento de ella; se lo hace saber.

Está la playa, la cabaña alquilada, unos parientes políticos, unos intereses creados. El está incómodo, ella está fastidiada. Cuando vuelven, a ella le sale un trabajo en el teatro. En un elenco, una actriz se pelea con otra y ella sale al toro, a reemplazarla. Está muy contenta. Hace ya dos años que no actúa. Sube feliz al escenario. La función sale bien; el público la aplaude. Hay burbujas, lentejuelas, en el aire.

El se muestra frío, pero la saluda.

Dos días después le dice que no sabe qué le pasa.

Necesita un tiempo, un poco de distancia.

Se aleja.

Quince días después le pide devuelta sus cosas: el dvd, la tostadora eléctrica, la película pirata de El Padrino. A ella no le parece justo que le reclame. Las deja en la guardia de la portería. Tarda en dejárselas. Alguna vez vuelven a verse en ese tiempo; hacen el amor con dolor y sopresa. Definitivo. Ya no van a volver a verse, saben.

Así que él le reclama el cablecito que conectaba el dvd con el televisor. Se lo pide a través un mensaje de texto, por el celular.

Ella no lo encuentra, no responde.

jueves, 5 de julio de 2007

Eco. Jorge Drexler

Eco, eco
ocupando de a poco el espacio
de mi abrazo hueco...

Esto que canto ahora,
continuará
derivando latente en el éter,
eternamente...

Inerte, así,
a la espera de aquél oyente
que despierte a su eco de siglos
de bella durmiente.

Eco, eco
ocupando de a poco el espacio
de mi abrazo hueco...

Esto que estás oyendo
ya no soy yo...

lunes, 2 de julio de 2007

INCERTEZA. Relato

Así que como es domingo parece que todos estuviéramos muertos.

Al día siguiente es lunes y hay mil cosas para hacer.

No sé si odio más los lunes que los domingos; en cualquier caso, la depresión empieza los viernes. En el atardecer de los viernes, como si alguien me golpeara con una piedra en el medio del pecho, con la intención de partirme en dos pedazos el esternón.

Por la mañana, visto los chicos y los mando a la escuela.

Después voy a la audiencia, viajo en subte, que no me gusta, pero es lo más rápido. Viviendo en una gran ciudad, una enseguida se acostumbra a hacer cosas que no le gustan. En la sala ya están las asistentes sociales, el auxiliar del juez y yo, que llego temprano aunque salí tarde de casa. Estoy parada frente al gran ventanal del piso doce de los tribunales y veo enfrente, en lo que parece la gran antena de un edificio, un carancho. Un ave de rapiña, semejante a un jote. En eso llega él, el que era mi marido, y me doy vuelta. Me fulmina con la mirada, me odia. Encima, tal vez yo lo ame todavía, pero ya no estoy segura. Siempre estoy atenta a lo que él hace, dice y piensa respecto de mí; pero de mí no estoy muy atenta.

Se sienta, bufa.

No sé qué me da más rabia; si quererlo o que me odie.

Igual, yo no pienso que lo quiero, sino que le tengo lástima.

La piedad es una pasión, como las otras, la lujuria o la codicia, peor que las otras casi.

El auxiliar del juez, que se llama Walter, le dice que saque su agenda. Que cotejemos horarios para armar el plan de visitas para el mes de agosto. El se queja de que estará muy ocupado en agosto: es verdad, trabaja mucho. Me pasa una cuota alimentaria baja pero necesaria; no me pasa el 30% de su sueldo. Yo no sé que prefiero; si más plata o entenderme con él. Ni siquiera ya como un amor o como marido, sino como personas. Todo esto no lo digo. Me gustaría salir con Walter; me dá curiosidad qué clase de ropa interior usa. Tiene lindos ojos, verdes.

El pájaro enfrente sale volando. Debe comer ratones u otras alimañas que haya en el centro. Gorriones, pichones de palomas. Crías de gato tal vez. De pronto me acuerdo que no es un ave agresiva, que come carroña nada más. Entonces se alimentará de basura, que la ciudad tiene a montones. Porque seres medio muertos, agonizantes, no puede encontrar con facilidad.

Mi marido, el que era mi marido, repite una pregunta.

Yo digo que quizás este sea un buen momento para que él me oiga.

-Te denuncié- declaro -porque no encontré mejor modo de separarme de vos. Es una relación simbiótica. Había que cortar de alguna manera. No nos hacía bien.

Él grita:

-Nunca tuvimos una relación simbiótica.

Grita luego un nombre de mujer que no es el mío.

Me confundió con su primera esposa, creo.

Yo soy la tercera.

Vengo a ser la tercera esposa, en la línea genealógica, pero la única madre de sus hijos. Una tarea honorable si fuera china.

-Te pido disculpas por el mal que te pude ocasionar. Me fue necesario hacerlo- concluyo.

-Me arruinaste la vida- escupe. -No quiero nunca mas saber nada, ni si estás bien o mal, ni qué pensás y mucho menos qué sentís. No quiero tener nada con vos, ni siquiera que estés cerca. Apenas cordialidad y la distancia suficiente para participar en la vida de mis hijos. Lo entendiste?- chilla, y me vuelve a llamar con el otro nombre, el de la primera esposa. Se debe confundir porque riman o porque ambos nombres pertenecen al Imperio Romano.

Ni las asistentes sociales, ni el auxiliar del Juez lo reconvienen, ni me defienden. Fueron los primeros en alentarme a denunciarlo. Lo acusaron de violento, lo mandaron a peritaje psicológico y a terapia. Pero ahora lo tienen ahí, gritandome y no se les mueve un pelo.

Mi marido, el que lo era, pregunta si puede retirarse. Está enfermo, dice, estás audiencias lo van a matar.

La gente del tribunal accede.

Se quedan anotando cosas, los ojos fruncidos enviciándose en un papel como un cachetazo para la vista. La luz del techo es color tiza, viene de un tubo fluorescente. Al cabo de un rato, se levantan, se van. El auxiliar del Juez, Walter, sale y apaga la luz. Me indica que si quiero puedo quedarme en la penumbra un rato más, no hay apuro. Lamenta no tener pañuelos de papel para darme y que me suene la nariz.

No estoy resfriada, son lágrimas.

Lo miro de frente, orgullosa del agua que me corre por las mejillas.

Pero debe ser miope.

La ropa interior que use seguro está desteñida.

Oigo el batir de alas. Debe ser idea mía, digo, no puede ser la realidad.

Hay tantas cosas que son ideas mías, incertezas todas.

Es el carancho.

Está ahí posado al otro lado del ventanal.

En la reja.

Pasan así unos instantes que no cuento.

Levanta vuelo cuando los instantes se consumen.

Al tiempo alguien viene y me sacude con suavidad del hombro.

-Señora –dice- se está haciendo de noche.

Salgo del tribunal.

domingo, 1 de julio de 2007

Era de amar. Letra y música Jorge Drexler

Erase una noche común
era en una mesa de bar,
era Enero en aquél lugar,
y ella me miró de una manera:
agua de mar.

Era de fumar y reír
era de saber esperar,
era de salir a buscar,
no era una mirada cualquiera:
era de amar.

Voy caminando por el fondo del mar,
voy caminando por el fondo del mar.

Una gota puede tener
todos los secretos del mar,
todo lo que pueda contar,
todo lo que vino después,
era de imaginar.
Voy caminando por el fondo del mar,
voy caminando por el fondo del mar.

La llavecita de abajo. Relato

Yo no quiero hacerle mal a nadie; no quiero quedar enganchado en algo que no puedo sostener. Se lo digo, pero ella me abraza, me dice que si vuelvo a desaparecer, viene y me mata. Y me da sus llaves, las dos. La de abajo y la de arriba. Antes tenía nada más la llavecita de abajo, ahora las dos. Las acepto, las meto en el bolsillo y cuando salimos de su casa, yo abro el portón con su llave y la hago pasar. La portera está mirándome hacer. Después le dirá algo, opinará sobre mí. Los tipos que van y vienen en su vida, aunque está sola. Yo sé que ella está sola. De ahí vamos a tomar cerveza, comemos chivito uruguayo en un bar y ella dice que es la mejor tarde que pasó desde que vive en Buenos Aires.

Como sea, ese día luego de la cerveza vamos a mi casa. Hago té, ella está sentada en el sofá. Me gustaría volver a hacerlo con ella pero de pronto me parece mejor que no. No estoy segura de si ella quiere o no; el dicho dice que las mujeres nunca se cansan; no sé. Ella comenta que una vez le dije que hay que tener fé. Que le eché en cara que ella no tenía fé. Yo no lo recuerdo; pero ella menciona muchos detalles: yo dormía con ella en la cama, chica, en su casa, el día que se rompió la persiana y yo hice un nudo para que entrara aire y luz. Está desconsolada cuando cuenta esto. Me dice que ahora tiene fé. Tiene los ojos muy rojos de llorar. Yo la hago que se tire en el piso y le hago masajes. Le pedí que no llore, pero llora igual. Dice: No puedo más, tengo muchos problemas. Yo sé que tiene problemas. Que necesita a alguien que la ayude, pero no soy yo. Yo no puedo, se lo digo. No siento mucho por nadie, no me enamoro. Creo que se lo dije más de una vez, pero no estoy seguro. Ella resopla: Yo tampoco. Nadie me interesa más de tres días seguidos.

Creo que miente.

O habla de los otros.

Algún otro que la visita. Si es que hay otro…

Pasan dos meses hasta que la vuelvo a ver.

La llamo, a la tarde. No está. Me devuelve el llamado. Se ríe. Sabía que iba a reírse; me cuenta unas historias divertidas, me invita otra vez a su casa, como si nada hubiera pasado. Como si ayer nos hubiéramos visto. Dice que juega Argentina; yo le digo que quiero ver el partido con ella, pero ella estará con su hijo. Su alegría me contagia, y me sorprende. Dice que no la conozco, pero yo siento que la conozco completamente. Me recuerda a otras personas, otras mujeres. Es cálida, eso me gusta de ella.

Comenta que soñó conmigo. No me dice qué, sólo eso, que soñó conmigo.

Me deja mudo.

Tiene una forma de largar las cosas a veces, que me corta la respiración.

Trago saliva.

-Quiero estar con vos –le digo.

Voy a verla, no ese mismo día. Dos o tres después.

No llevo las llaves de ella, así que tiene que bajar y abrirme.

Me critica por esto.

Sirve de beber, sirve almendras saladas.

Dormimos toda la tarde, abrazados.

De pronto, se hace la hora. Tengo que buscar a mi hijo. Salto a través de ella, que está tendida plácidamente en la cama. El rostro tapado por el pelo y el vientre a medio cubrir por una sábana anaranjada. Alguna vez le dije que tenía un cuerpo mítico, que parecía una Claudia Cardinale del Tercer Mundo. Me contestó que la confundo con otra mujer. Yo creo que ella está enamorada de mí.

Hacemos ocho cuadras. Voy rápido, a buscar a mi hijo, y ella busca a su hijo también. Descubrimos que van al mismo jardín de infantes. El tipo que le alquila su departamento vive en mi edificio. Mi ex mujer vive a la vuelta de su casa. Estamos muy cerca. Ella dice que el destino nos une. Se detiene cuando dice eso. Me hago el que no la oí, pero ella se detiene, espera a que me dé vuelta y la mire. Así que dice: Estás en mi destino. Pálida, trágica. Hace dos pasos hacia mí y me abraza en el bordillo de la vereda. Ella está en la vereda y yo en la calle; no piensa que me puede matar un auto. Es linda, es tan graciosa. Le digo que tiene razón, está el Destino, apoyo una mano blanda en su cintura. Le digo, hablamos, nos vemos, cuando me despido; ella asiente.

Pasa un tiempo, no sé cuánto. A veces ni siquiera sé dónde estoy parado y pasan semanas: no cuento las semanas: ella dice que pasan dos meses. Me llama, está enojada. Me reclama las llaves, que se las lleve en ese mismo momento. Que no la haga perder más el tiempo. Voy, abro con sus llaves. La veo triste y llorosa, en la cocina. Me hace un café. Yo la beso. Quería que fuera a eso, me digo. A estar con ella. No sabe pedir; qué boba es.Ella me quiere; yo también la quiero, pero no de esa manera. Le entrego sus llaves, las cuelga en una pared. Después, me echa de su casa. La beso, pero me echa. Escucho cómo llora atrás de la puerta.

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

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el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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