La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

Brindar con extraños. Libro de cuentos

Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

viernes, 29 de junio de 2007

Se equivocó la paloma. Rafael Alberti

Se equivocaba.
Por ir al norte, fue al sur.
Creyó que el trigo era agua.
Se equivocaba.
Creyó que el mar era el cielo;
que la noche, la mañana.
Se equivocaba.
Que las estrellas, rocío;
que la calor; la nevada.
Se equivocaba.
Que tu falda era tu blusa;
que tu corazón, su casa.
Se equivocaba.
(Ella se durmió en la orilla.
Tú, en la cumbre de una rama.)

Anécdota sobre Borges. Citada por Bioy Casares

Varios escritores jóvenes se reúnen con Borges en su departamento de la calle Maipú. Todos lo escuchan como se escucha a un oráculo . Sin embargo, uno de ellos sorprende por su narcisimo literario que lo conduce, siempre, a citar sus propias obras. "A mí siempre me han interesado temas que usted supo tocar en sus libros . Por ejemplo, los espejos y los sueños -dice- . Es más, estoy escribiendo un cuento en el cual mi madre, que murió hace diez años, me saluda en un sueño desde adentro de un espejo."

Borges pierde la paciencia.

- Su madre murió hace diez años? -pregunta-. ¿y lo saludaba desde adentro de un espejo?

Después de una pausa, impiadoso, Borges comenta:

-Que atenta su madre.

lunes, 25 de junio de 2007

El día ha pasado. Relato


A tog fargayt

Chava Alberstein

La madre dice que yo le gruño.

Eso dice a la nena, que yo le gruño a ella pero no a la nena.

La nena lo sabe y me pregunta: Papá, vos no me vas a gruñir?

Nunca, mi amor, le digo.

Una vez me preguntó por qué le gruñía a la madre.

Hacía frío y coincidimos los tres en el mismo restaurant.

Yo tenía muchas ganas de estar con ella.

Pero si me lo pensaba dos veces, las ganas se me iban.

Tantas complicaciones… Tan corta es la luz del día y tan poco el calor.

Ella pide de comer para los dos, y pide vino para ella.

Yo no tomo, me dá miedo de matarla.

A la nena le pedimos puré de calabaza.

Ella separa la grasa de la carne, en el plato servido, y el cerdo de la vaca.

Nosotros somos judíos.

Nunca antes de ella había estado con una mujer judía y ella dice que nunca hubiera tenido hijos con un hombre que no fuera judío. Así que tenemos nuestra pequeña hija. Yo sé que ella quería tener más hijos; que ella quería tenerlos conmigo. Hasta mucho, mucho después de separarnos. Me acusaba del mal que le hice, de mi carácter endiablado, pero su vientre me recibía: yo sé que ella anotaba mentalmente nombres, elegía nombres para los otros hijos que vendrían. No pudo ser.

La nena, cuando se ríe, cuando coquetea es igual a ella.

Yo quería que tuviera sus ojos.

Así le decía a ella cuando estaba embarazada: Que tenga tus ojos y mi carácter.

Los ojos son la mejor parte de su cuerpo.

Cuando se enoja, mi hija es igual a mí. Seria, inflexible.

Ella nunca entendió que yo fuera así.

Le decía que era un diamante en bruto, le decía que era una reina y no lo sabía, le decía que era yo quien había llegado para templarla. Le decía que éramos familia antes aun de conocernos. Le decía que uno era el destino inevitable del otro.

Ella lo cree o lo creía, yo lo sigo creyendo.

La nena pregunta por qué yo le gruño a la madre.

Pregunta cosas que no vienen a cuento; de eso se trata la infancia, pienso.

Afuera el sol cae entre los plátanos, se prepara una fría tarde de invierno.

Le digo que no sé.

La nena repite la pregunta.

Pienso que esta es mi oportunidad.

Pero ella, cuando debiera quedarse en silencio, habla. Le indica a mi hija que me haga esa pregunta cuando esté a solas conmigo; mi hija y yo, los dos solos. Sin ella.

No tiene que ver con que estés o no acá, le digo.

Le digo a la nena: No sé por qué tu madre me hace gruñir. Si lo supiera, la mitad de nuestros problemas estarían solucionados.

Yo sé que ella es capaz de fulminarme con la mirada.

Convertirme en piedra.

Yo temo esos ojos.

Pero toma la copa y bebe. Mira el vino adentro, el movimiento.

Veo el nudo en su garganta cuando traga.

Su cuello largo, blanco.

Alguna vez lo habré apretado con las dos manos.

En el tiempo en que ella era mía.

Ella me lo decía así, en la cama. Ella me lo hacía saber con todo el cuerpo, que era mía.

Me gustaría verle caer una lágrima por lo menos.

Había una época en que lloraba todo el día y ahora es estatua de sal.

Daría el resto de la noche, la soledad del día, mi deseo de estar con ella, por saber qué sentía en ese instante. Está cerrada como una ostra, y esa perla que se agita dentro suyo era mía. No puede darla a otro, a uno cualquiera.

Nosotros éramos judíos; cuando yo estaba con ella, yo era judío. Yo la devolvía a sus raíces y ella a las mías; y formábamos un eslabón en la cadena de hombres y mujeres que hacen a nuestro pueblo desde el inicio de los tiempos. Nos pertenecíamos. Mi casa, la de los Levi, la de ella la de los Cohen. Estaba en el destino que nos uniríamos.

Dice que hay viento, que nos vayamos.

Puede resfriarse la nena.

Le digo que las alcanzo en un taxi.

Ella asiente.

No quiero pensar que ella se fue y se lo llevó todo.

Arrancó mi simiente y me quitó mi casa.

Pienso que es rica con todo lo que me robó. Se hizo rica. Se volvió millonaria, muy rica.

La veo alzar a su hija, hacer este acto que le requiere esfuerzo.

Mide poco mas de metro y medio.

Dice que me espera en la puerta, que no tarde.

Pago, ella sale. El día ha pasado ya.

La noche se hace temprano en el invierno.

Ahí está: pequeña, con su hija en brazos.

La princesa de los ladrones.

Frágil, desposeída.

domingo, 24 de junio de 2007

La lámpara olvidada. Poema.

la enfermedad cede y entonces es la luz,

hace a la plenitud y de pronto estás diciéndote,

reprochándote qué hacer con este exceso de energía,

este desperdicio tal vez: el insomnio gozoso,

con cuentagotas oyendo el tiempo,

licor que corre en alambique,

conejo que no marca pisada en la nieve;

pero la queja es la clave, sabés,

desacelera el ritmo del universo

aunque a nadie importe demasiado:

es una lámpara que alguien olvidó apagar

en una habitación vacía, una casa deshabitada,

en un paraje rodeado de niebla

y pasás por allí espantándote telarañas

con las manos. Cuando las cosas son

demasiado buenas el peso es insoportable

y cuando no lo son, es para eso que nos hicieron

mortales, para lamentarnos. Podrías entrar en la casa,

apagar la lámpara; dejar al reino a oscuras,

hundirte en la desesperanza, en los rezos;

pero no: vas a la carrera y tu corazón es el centinela

del zumbido de la queja y la permanencia de la luz.

Una elegía. Mirta Rosenberg

En la época de mi madre
las mujeres eran probables.
Mi madre se sentaba junto a mi abuela
y las dos eran completamente de carne y hueso.

Yo soy apenas una secuela estable
de aquel exceso de realidad.

Y en la ansiedad del pasado indefinido,
en el aspecto durativo de elegir,
escribo ahora: una elegía.

En la época de mi madre
las mujeres eran perdurables,
completamente hueso y carne.
Mi madre se ponía el collar
de plata y de turquesas
que mi padre le había traído de Suecia
y se sentaba a la mesa como una especie exótica,
para que todo se volviera más grande que la vida,
y cualquier ficción fuera posible.

En la época de mi madre, las mujeres
eran un quid: mi madre nos contó
a mi hermano y a mí: "cuando salía de la escuela,
iba a buscar a mi padre al trabajo,
en Santa Fe, y los compañeros le decían es un biscuit,
tu hija es un biscuit, y nunca supe qué querían decir,
qué era un biscuit", un bizcocho estando muy enferma,
una porcelana exquisita todavía para nosotros,
y mi hermano apurándola: "¿Y?"

No sé qué es un biscuit, ¿una especie exótica
algo de todos modos, especial? Igual
andaba delicadamente por la casa, rozando los ochenta
como se roza una herida
con una gasa.

En la época de mi madre
las mujeres eran muy visibles.
Mi madre se miraba en los espejos
y yo no llegaba a abarcar
su imagen con mis ojos. Me excedía,
la intuía a lo lejos como algo que se añora.

Como ahora,
una elegía.

A la criatura adorable
fijada en lo remoto de la foto,
que ya a los ocho años parecía
más grande que la vida: te extraño,
aunque no te conocía. Eso fue antes
que a mí me dieras vida
en un tamaño apenas natural.

Igual,
una elegía.

Y a la otra de la foto que espero
conservar, la mujer bella que sostiene
el libro ante la hija de un año
en el engaño de la lectura:
te quiero por lo que dura, y es suficiente
leer en el presente, aunque se haya apagado
tu estrella.

Por ella,
una elegía.

Ahora soy la fotografía
y vos el líquido revelador. Tu muerte
me convierte en yo: como una ciencia aplicada
soy la causa y el efecto,
el ensayo y el error, este vacío
de la nada que golpea mi corazón
como cáscara vacía.

Una elegía,
cada vez con más razón.

Educada en el vicio de los hombres. Juana Bignozzi

voy a la cocina y me siguen
voy al baño y golpean la puerta
me despiertan en la noche para preguntarme si duermo
llaman por teléfono en todas mis ciudades
para avisarme cuidado con el vino y la vida literaria
no he perdido padre ni tíos ni ahijado ni amigos de juventud
por no perder no he peridio ni editor
ni ese hombre
que ya sombra aún cuida mi paso en las esquinas

no me han dejado caer de su mano de su vicio
de su peso de mi corazón

Retrato terminado. Mirta Rosenberg

Es una manera de decir

quiero quedarme sin palabras,

perder sin comentarios.

Hasta cuándo voy a hablar

de lo que ya no está.

De la que ya no está

viéndome escribir de ella.

¡Y con esos ojos!

También yo de noche los abro

y miro el silencio

en la oscuridad

donde el retrato termina

sin que lo alcance a ver

y pienso

y pienso

y pienso

en temas como vos

que no parecen tener

vencimiento,

en tu deseo de llegar a casa:

con la llave preparada,

aferrada a la puerta del taxi,

te dejabas caer en tu puerta

casi con la voluntad incierta

de una hoja en otoño,

esa clase de vencimiento,

y esos ojos más bien dorados

de los que decías en las descripciones

ojos verdes. Para mirar

cada ocasión con buenos ojos

que no me miran más,

aunque los recuerde.

Y ahora

quiero quedarme

sin palabras. Saber perder

lo que se pierde.

O eso parece.

Parece que las dos

nos hemos quedado sin madre:

yo sin vos

vos sin ella,

y sucesivamente,

como eslabones perdidos,

y encontrados por un rato

con los padres,

pero ésa es otra historia

que está mejor contada

en la foto de casamiento

para la que palabras

nunca tuve,

como si fuera anticipo

de mi propio vencimiento.

De los padres decías que el tuyo

tenía ojos verdes,

como vos, tu nieto Juan,

y nadie los tenía del todo

aunque merecían tenerlos:

tu manera

de embellecer el retrato

era tu manera de verlo.

De ella decías en cambio

desde su muerte no fui la misma,

y ésa sería tal vez tu manera

de no terminar el retrato.

La palabra no.

Lo mismo digo yo.

Aunque también se diría una ocasión

más bien vulgar: en general,

todos nos quedamos sin ella,

y esa ausencia de la luz parece

descansar los ojos

sin vaciarlos. Los anima,

o los vuelve hacia la oscuridad,

que es donde el retrato termina.

Dijo mi padre de la suya:

nací con ella y ahora

voy a tener que morirme

solo. Y después

lo hizo.

Dijo mi maestro de la suya:

me pasé toda la vida para tener

la letra de mamá. Y después

la tuvo.

Era un dolor perfecto:

hablando de ella,

hablaban de sí mismos.

O eso parece.

Parece que perder

no es un arte difícil:

los muertos de verdad de uno

son víctimas amadas de los vivos.

De lo que cada uno dijo.

sábado, 23 de junio de 2007

Algunos benditos malditos. Joaquín Sabina

"Benditas sean las bajas pasiones..."

"Benditos sean
los tristes que se ríen de la tristeza
los descendientes de los animales,
los miércoles con ropa de domingo,
los justos que parecen sub normales."

"Bendita sea
la tortuga de Aquiles con muletas."

Malditos benditos. Joaquín Sabina

(Fragm.)

Maldita sea la voz de la experiencia
que nunca se equivoca a media suma,
los que se casan por comer perdices,
los cretinos que saben lo que dices,
los que nunca se pasan de la raya.

Malditos los que adoran al dios de la certeza.

Poema. Olvido García Valdés

Hago gestos distintos,
titubeo al cruzar
la calle. Me siento
en un café, observo los rostros
de otras mujeres,
me encojo,
como si alguien fuera
a tirarme una piedra.

Poema. Nicanor Parra

No creo en la vía pacífica
no creo en la vía violenta
me gustaría creer
en algo -pero no creo
Creer es creer en Dios
lo único que yo hago
es encogerme de hombros
perdónenme la franqueza
no creo ni en la Vía Láctea.

Algunos breves versos de Joaquín Sabina

Lo atroz de la pasión es cuando pasa,
cuando, al final de los finales
no le siguen dos puntos suspensivos...

Si acado. Wislava Szymborska

Podía ocurrir.

Tenía que ocurrir.

Ocurrió antes. Después.

Más cerca. Más lejos.

Ocurrió; no a ti.

Te salvaste porque fuiste el primero.

Te salvaste porque fuiste el último.

Porque estabas solo. Porque la gente.

Porque a la izquierda. Porque a la derecha.

Porque llovía. Porque había sombra.

Porque hacía sol.

Por fortuna había allí un bosque.

Por fortuna no había árboles.

Por fortuna una vía, un gancho, una viga, un freno,

un marco, una curva, un milímetro, un segundo.

Por fortuna una cuchilla nadaba en el agua.

Debido a, ya que, y en cambio, a pesar de.

Qué hubiera ocurrido si la mano, el pie,

a un paso, por un pelo,

por casualidad,

¡Ah, estás? ¿Directamente de un momento todavía entreabierto?

¿La red tenía un solo punto, y tú a través de ese punto?

No dejo de asombrarme, de quedarme sin habla.

Escucha

cuán rápido me late tu corazón.

Versión de Abel A. Murcia

miércoles, 20 de junio de 2007

Naturalmente. Raymond Carver

Un claro en las nubes.
El macizo perfil de las montañas azules
que recortan el horizonte.
El amarillo apagado de los rastrojos.
El río muy negro.
¿Qué estoy haciendo en este lugar,
solo y cargado de culpas?
Me pregunto.

Sigo comiendo las frambuesas de la fuente.
Sin hacerme problemas. Si estuviera muerto,
me recuerdo, no podría saborearlas.
Nada es tan simple.
Sí, todo es así de simple. Naturalmente.

Versión de Esteban Moore

lunes, 18 de junio de 2007

Bebé 4. Relato

Es una relación de larga data, pero en sí es una relación siempre nueva, fresca. Eso es algo bueno y es la maldición subyacente. Hace diez años que nos conocemos; en el lobby de una fiesta o algo así; él me alienta a perseverar en mi oficio. Fue compañero de escuela de mi marido o eso entiendo yo; pero tal vez era que se conocían de círculos médicos, del club de golf de la asociación médica o algo así, porque los padres de ambos eran psiquiatras. Le agradezco y se graba en mi mente su aliento. Como sea, el tiempo pasa. Me veo involucrada en una revista y trabajo con él. Espera su segundo hijo, creo. Nos vemos dos o tres veces y a la cuarta los redactores y el secretario de redacción se han peleado, la revista colisiona y él se va. Un día, muchos años después, lo veo en la puerta de un teatro; sale con una actriz. Otra vez, en la presentación de un libro de poesía; sale con una periodista. Es la última vez que lo veo; después yo me mudo de ciudad.

Pasan varios años, un día está en el chat. Necesito información sobre fútbol y chateamos. Yo sé que a él le gusta el fútbol. Es del cuadro opositor al mío, pero se lo perdono: no soy fanática. Chateamos varias veces más, yo desde casa, él desde su trabajo. Está solo otra vez, acaba de separarse. La ex esposa se llevó el televisor, el home theatre, la estufa, el equipo de música. Le cuento que yo también estoy sola; un día, lo llamo a su ciudad. Estoy angustiada, él me dice: La vida es un camino hacia el fracaso constante. No lo llamo más, no le escribo más.

Como sea, al cabo de unos meses, él está otra vez en el chat. Me pregunta qué cocino, me habla de sus hijos. Le digo que venga a visitarme. Lo digo por decir, porque estoy segura de que no lo hará. Pero viene. Un día de tormenta atroz, en que el colectivo demora dos o tres horas mas. Nos mandamos mensajes por celular. Es una tormenta que dá miedo; el granizo arruinó el capot de los coches, arrancó carteles, mató el trigo en el campo. Estoy tan nerviosa que la memoria se me disuelve. No recuerdo cuánto hace que lo vi por última vez, qué apariencia tiene. Un amigo dice que él está muy gordo y usa rastas. Qué voy a hacer yo con un hombre así? Salgo y me refugio en una librería. El me manda un mensaje, está en la puerta de mi casa. Me acerco despacio; tengo un recuerdo confuso de cómo se ve. Al fin estoy frente a él. Es alto, delgado, moreno. Usa anteojos, cosa que me había advertido. Tiene el cabello lacio, un poco largo. Viste ropa de jean, como hacen todos los que se dedican mucho al cine. Es un prejuicio mío. Lo llevo a tomar una copa de vino. Estoy aliviada.

Charlamos, charlamos. Su conversación es interesante, culta, graciosa. No hace ningún gesto invitante y yo no lo apresuro: estoy pasmada. Le pregunto qué hará esa noche, dónde piensa parar. Irá a casa de su hermana? Yo tengo una habitación para ofrecerle, pero tal vez sea mejor que vaya a casa de su hermana. La lluvia cae de una forma espantosa. Él dice que dormirá conmigo, no en mi casa, sino conmigo. Yo creo que no lo escuché bien. Pagamos y nos vamos.

En mi cocina, abrimos un vino. Así que él me besa.

Permanece en mi casa treinta y seis horas y hacemos el amor siete veces. Salimos para desayunar, para merendar, para cenar. Volvemos y otra vez lo mismo. Es protector, cuidadoso; su deseo es espontáneo. Hace tres meses que no lo hace con nadie, me dice. Mientras fuma, comenta: Hay una realidad, yo vivo allá y vos acá; y ninguno de los dos se va a mudar. Estoy paralizada, no sé qué contestarle. Es una declaración de amor tal vez; como sea, es una declaración. Me recuerda esa canción venezolana –al menos se la escuché a una venezolana- que en una estrofa dice: “Me lo mandaste decir/ en un papelito blanco/ cómo quieres que te quiera/ tú en el pueblo y yo en el campo…” Las dos noches que está acá las pasamos en vela; el amanecer nos agarra fumando y hablando de cine. Es octubre o noviembre, amanece temprano, él habla sobre Frank Capra. La última noche, estamos tan cansados que él pone el despertador. Me enseña a usar la alarma de mi celular, me dice que la próxima vez clavará estantes para una biblioteca en tal y cual pared, que traerá sus hijos. Cuando él se va, yo no puedo pararme. Tengo algo que se llama ‘cistitis de la luna de miel’; se lo cuento en el teléfono. Reímos, nos reímos mucho.

Entonces, una semana después, se enamora de otra. Allá. Me lo cuenta en el chat, que se puso de novio. Usa la palabra novio. Yo quedo bastante sorprendida y la sorpresa borra los rastros de dolor. De dónde la sacaste tan rápido?, le escribo, la ganaste en una rifa? Como sea, le deseo suerte. No armo un escándalo, no le digo que estoy decepcionada.

No volvemos a vernos, y la vida sigue. Una verdad de perogrullo.

Seis meses después viajo y lo llamo.

No tengo más intención que verlo y pasar un rato agradable. No me importa el sexo, si lo hay o no. Lo que hago o mejor, lo que quiero hacer con él, es escapar de la tristeza de la ciudad. La opresión en la garganta, la familia como una telaraña rota y consumida, que ni siquiera logra sujetar. Pero todo esto no se lo digo; sólo le digo que fui a devolverle la cortesía de su visita. Sirve un licor tailandés, ilegal, bhang. Bebemos; me cuenta qué le pasó con la otra mujer, el mes que duró con ella. Sucede otra vez todo, igual que al principio, y me pregunto por qué no siento pena o desconfianza, y me río, me río mucho con él otra vez. Prometo volver a la noche, a visitarlo. Llego muy tarde, él puso velas y juntó los colchones.

Estamos en el suelo.

Hablamos de deseos, sueños, esperanzas. Cada uno de las suyas, con voz íntima, confesional. Le cuento aventuras, andanzas. No le hablo propiamente como a un hombre, un amante. Sino a alguien con quien me confieso, la persona que uno se encuentra en una garita en la ruta, al reparo, un largo día de lluvia. Como sea, le confío que quiero tener otro hijo. No aliento grandes expectativas, es algo que me gustaría, una cosa más; si es que mi cuerpo aun puede lograrlo. El me dice que él se reserva un hijo, un bebé, para tener con su última mujer. Nos sonreímos en la oscuridad, busco su mano y la entrelazo con la mía. En ningún momento pienso que él me lo está proponiendo; no cruza algo así por mi mente.

Mucho después, cuando estoy de vuelta, reacciono.

Esta tarde, está lejos.

Le debo una respuesta para la próxima vez que lo vea, pienso.

La venadita o el ciervo herido. Frida Kahlo, 1946


Ahí les dejo mi retrato
Pa’que me tengan presente
Todos los días y las noches
Que de ustedes yo me ausente.

La tristeza se retrata
En todita mi pintura
Pero así es mi condición
Yo no tengo postura.

domingo, 17 de junio de 2007

Azalea. Verónica Laurino


Sucia,

apestada, sin flores

casi muerta

sobreviviente de balcón,

ida en vicio, olvidada.

Comida de pulgón

y postre de los ácaros.

Sólo la maleza

en la base

tiene vida.

Poda drástica

lluvia

y primavera.

Y luego. Emanuel Alegre

Y luego?

nada

la resaca de palabras

el silencio autista

las sombras que olvidaron las sombras

persistiendo cerca

los perímetros de los rostros

como globos planos suspendidos en el aire

y nada

sólo uno nuevamente

sobreviviendo a la mañana

dejando caer los minutos

en la alcancía perforada

que los deja deslizarse

dormir bajo la cama

Y luego?

nada.

3 poemas de Verónica Laurino

Enfermedad

Se alargó la vida

para seguir padeciéndola.

Morir tiene su lógica.

La enfermedad

es la chusma

de la muerte.


Separaciones

Escuché: “una mudanza son siete incendios”.

Añadí: “separarse son dos tornados”

Volví a añadir:

“Como separarse

inplica mudarse, tenemos dos tornados y

siete incendios”.

Y así es la cosa.


Abandono

Ese deseo perverso de saber

si te dejaron por otra,

como si no fuera suficiente dolor

ese abandono.

Tomados de su libro "25 Malestares y algunos placeres". Ciudad Gótica ediciones.

martes, 12 de junio de 2007

Francotirador. Cuento


Me llamo Michael Buchanan; tengo diez años. Cuando tenía nueve, mi hermano Félix, de doce, disparó a la nada dos calles más allá, usando el rifle Springfield de papá para cazar becasinas; y acabó matando a una señora con su hijito. La señora llevaba a su hijito en brazos, porque era muy pequeñito, como de dos años o menos, y la bala los mató a los dos. Ocurrió en Seattle, porque vivíamos en Seattle aunque antes habíamos vivido en Portland. Yo nací en Belinda, a mitad de camino entre Seattle y Vancouver; sólo que yo no puedo acordarme de ese sitio. Mami se descompuso, y me tuvo ahí. No sé bien qué hacía mi familia merodeando por Belinda. Mami dice que si hubiera sido chica en vez de chico me hubieran llamado Belinda. Yo estoy seguro de que no me hubiera gustado ser chica ni llamarme Belinda. Todas las chicas son estúpidas y lloronas y se babean como bebitos cada vez que lloran. En Portland, donde vivíamos antes, nieva todo el invierno; en Seattle no porque está pegado al mar, y entonces llueve todo el tiempo: invierno y verano. Lo que más me gusta de Seattle es la bahía, que se llama Elliot, el mercado de pescado, el acuario adonde tienen una foca machada muy bonita y guapetona que Robert McGee nos llevaba a ver al menos una vez por mes; y el Noodle Space me gusta mucho también. El Noodle Space es una torre altísima, como un fideo gigante. Una vez filmaron una película ahí mismo, sobre dos enamorados que no logran encontrarse. El mundo es tan pequeñito allí arriba, que si uno apunta a la nada y dispara a la nada desde allí, seguro que dá en el blanco de la nada: es una torre bien alta. Mi papá era gerente de una sucursal del Chase Manhattan Bank y siempre lo estaban trasladando de un lado al otro del país. Nos gusta mucho viajar. Somos americanos, norteamericanos como llaman aquí a los nativos de los Estados Unidos. Hace unos pocos meses nada más que estamos en la Argentina y yo no aprendo mucho el español: tengo problemas con los artículos. Aquí todo es femenino o masculino, hay que saber si algo es femenino o masculino antes de poder decir cualquier cosa: es muy difícil para mí hablar así. Si mi hermano Félix no hubiera disparado a la nada, haciendo rebotar a la bala contra el cartel de un Tim Horton’s y matando a la señora con su hijito, el año que viene hubiéramos vivido en Nueva York. Mi hermano Félix y yo teníamos muchas ganas de conocer Nueva York. Es la mejor ciudad del mundo. En la Argentina no hay ningún negocio de Tim Horton’s, y apenas si existe algo que se le parezca.

Cuenta mi papá que antes los señores usaban arco y flechas para cazar, o bien usaban de compañero a un halcón. El arte de cazar ayudado por un ave se llama cetrería. Es un arte que ya ha desaparecido, como desapareció la geomancia y la alquimia, y como desaperecerá también el arte de la poesía en el futuro. Así dice mi papá. Había un halconcito de mucha confianza que usaban los señores españoles que se llama gerifalte. Si alguna vez voy a España quisiera ver un gerifalte. Aquí en la Argentina hay pájaros que se llaman caranchos; mi papá dice que los caranchos tienen un aire de familia con los gerifaltes. Robert McGee y su hijo Toby tienen un halcón. Creo que se llama halcón peregrino; o bien es “Peregrino” el nombre que Robert y Toby le pusieron al halcón. Es muy hermoso, de plumaje gris, blanco y azulino, y unos ojos grandes, amarillos, que te miran como diciendo: A mí no puedes ocultarme la verdad, muchacho. Para dormir, Robert debe taparle los ojos con una capucha y entonces el pájaro cree o finge que es de noche, y se duerme. Robert no sabe si el halcón sueña y si sueña qué clases de sueños tiene. Yo siempre sueño con el abuelo Tim, que me saluda con la mano. Mami me había pedido que no hablara de Toby con papá, pero yo me olvidé y le pregunté por el halcón. ¿Cuántas clases de halcones hay, papi?, le pregunté, y él me contestó: ¿Quién tiene un halcón, hijo? Y yo contesté: Toby; pero papá no me preguntó más nada sobre Toby. Toby me caía bien aunque olía a ajo y su hermana Angela no me parecía una chica estúpida, tenía cuatro años y no era para nada una bebita, aunque tenía mucho miedo de perderse y siempre te agarraba de la chaqueta cuando caminaba. Una vez se perdió en una gran tienda y su mamá y su papá estuvieron cuatro horas hasta encontrarla. Desde entonces, la mamá de Angela siempre lleva a Angela con una correa cuando sale a la calle o hacer compras; mami nos explicó que eso está muy mal, tanto, que hizo que Robert McGee, que es el papá de Ángela y Toby se peleara con la mamá y se fuera a vivir a otra casa, solo. Le pregunté a Robert si era muy triste vivir solo, y él me dijo que en realidad no vivía solo sino con su pájaro halcón, y además él tenía muchos amigos, y Toby y Angela siempre que podían iban a verlo. También le pregunté si él se había separado de la mamá de Angela y Toby para siempre, y Robert me contestó que está muy mal pensar que todo es inmutable y que todo es para siempre, sobre todo si uno es un niño. No se puede llevar el reloj toda la vida con la hora exacta, me dijo. En realidad, nada es para siempre, dijo.

Cuando fuimos a Vancouver no tuvimos tiempo de hacer las maletas ni despedirnos. Y mami y el abuelo Tim quedaron en Seattle. Yo le dije a mi papá que no quería hacer ninguna clase de viaje sin mami ni el abuelo Tim, pero papá me zarandeó de la chaqueta y me metió a la fuerza en el automóvil. Me dijo que no era un viaje común, si no que era una huída. Le pregunté qué hora era y mi papá contestó que eran las cuatro cero cinco minutos am: él sí siempre tiene en el reloj la hora exacta. Hicimos la mitad del viaje en el Mercedes Benz de un empleado del banco que se lo prestó a último momento, y antes de cruzar la frontera subimos a un Chrysler azul. Mi papá hubiera querido que fuéramos halcones para volar más rápido. Félix lloraba y me distraía; los faros de los coches que venían en la dirección contraria me encandilaban. Eso era porque no tomamos la autopista si no una carretera secundaria. Mi papá no quería ir por la autopista. Le pregunté a Félix si lloraba porque la señora y el hijito se habían muerto, o si lloraba porque nos íbamos de Seattle sin mami y sin el abuelo Tim. Mi hermano me dijo que yo era un estúpido y un bastardo, me pegó y me hizo sangrar el labio. Allá en Estados Unidos la gente cuando quiere insultar a alguien le llaman “bastardo” y les duele en serio. Aquí nadie sabe siquiera qué quiere decir bastardo. Yo le contesté a Félix que lo odiaba y que todo esto era por su culpa; mi papá gritó que me callara, que nadie tenía la culpa excepto él, mi papá, y entonces Félix rompió a llorar como un bebito. Después papá, cuando conducía, dijo que un hombre puede cometer muchos errores pequeños y eso no tiene importancia. Pero si los errores son grandes y pesan demasiado sobre su vida, lo único que puede hacer es deslizarse y no tomarse del todo en serio, porque sólo así evita sufrir: el sufrimiento prolongado puede ser mortal. Así dijo.

En Vancouver hay cuervos que van y vienen por la ciudad. En Seattle también había, pero se escondían. Veíamos más a las gaviotas que a los cuervos cuando volaban por la bahía buscando pescados. Papá nos consiguió a Félix y a mí una guía Audubon y allí explicaba la diferencia entre el cuervo de la montaña y el cuervo de los basurales de Vancouver. Aquí se llaman cuervo y cuervo, pero en inglés se llaman raven y crow. Los primeros, decía la guía, hacen crunk en voz muy baja mientras los otros chillan caaw o klaah si son de la parte oeste de la cascada. Hay que prestar atención a los cuervos para distinguir cuál es el idioma que hablan. Estuvimos menos de una semana en Vancouver, y luego papá nos llevó al aeropuerto y nos vinimos a la Argentina. En Vancouver papá preguntaba si sabíamos quién carajo era Robert McGee y de dónde lo había sacado mami. Le dijimos que no sabíamos. Que era un amigo de mami; a lo mejor de la escuela de cuando ella era niña. Papá dijo que mami hizo la escuela en Chicago, no en Seattle. Nosotros dijimos que eso no tiene nada que ver, porque la gente en Estados Unidos viaja mucho y a lo mejor mami entonces se lo encontró a Robert después de grande en Seattle. Le dijimos que mami lo llamaba Bobby. Papá dijo que ése era el título de una canción: “Yo y Bobby McGee”, que se escuchaba en la época en que él era joven y antes también. Mi hermano Félix y yo nunca escuchamos esa canción y jamás se la oímos mencionar al abuelo Tim.

Mi abuelo Tim contaba una historia de los irlandeses en la que aparecía un cuervo. Un cuento celta. Es la historia de Deirdre. Deirdre una vez ve a su padrastro Conchobar desollar un ternero en la nieve, y a un cuervo bebiendo la sangre. Ella dice entonces que el hombre que amará tendrá el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como la sangre. Quise contar la historia cuando íbamos en coche a Vancouver, pero papi me pidió que me callara, que lo ponía muy nervioso con la charla.

Fue así. Estábamos los cuatro cenando pizza porque mami se había ido al cine a ver una película, y entonces papá dijo: ¿Quieren que comamos pizza? Y nosotros contestamos que sí, y pedimos por teléfono una de muzzarella y otra de vegetales. Cuando se hicieron las diez, papá nos mandó a dormir y nos preguntó si sabíamos a qué cine había ido mami, así la iba a buscar. Pero mami nada más nos había dicho que iba a ver una película en la que actuaba Tom Hanks y Tom Hanks actúa en muchas películas. Me desperté cuando oí que estaban peleando y no tenía reloj adonde ver la hora porque yo había tirado el radio-reloj a la basura unas semanas atrás. Mi hermano Félix estaba en cuclillas en el descanso de la escalera, y oí que lloraba. Mi hermano es muy llorón; llora por todo como un bebito. Papá decía: “No, Alison, así no”, y mami decía: “Necesito un tiempo; después veré qué hacer; estoy muy confundida, Freddy”, y papi dijo: “El tiempo es ahora, Alison; y ¡no me vuelvas a decir Freddy, carajo!”. Y mami igual le dijo: “Si es así, Freddy, entonces me voy ya”, y se fue hacia su pieza. Papá le gritó: “¿¡Qué te dije, carajo, qué te dije?!” y se fue a la pieza detrás de ella; estaba furioso. Mi hermano, lloriqueando y babeándose, se metió en el cuartito de servicio de papá y sacó el rifle. Era el rifle que papá usaba para cazar becasinas cuando salía con el abuelo Tim. (Una vez el abuelo Tim disparó a un cuervo parado en medio de un maizal, porque los cuervos son muy dañinos con el maíz, y lo mató. Pero después se arrepintió y fue y enterró al cuervo ahí mismo, debajo de unas mazorcas). Mi hermano Félix abrió la banderola y disparó a la nada. Dos cuadras más allá, cayeron al suelo la señora y su hijito. El hijito muerto tenía el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y la frente roja por la sangre que salía de la herida. Después papá llamó a su empleado del banco, el que le prestó el Mercedes y nos fuimos de Seattle sin despedirnos.

Publicado en "Esta no es mi noche". Alfaguara, 2005

La cama francesa. Relato


Es muy tarde, pero él insiste en que vayamos a tomar una copa de vino. Sé que luego iremos a mi casa, para eso es que nos estamos viendo. Hace ya una semana que nos conocemos o más. Nos enviamos mensajitos por el celular, nos hablamos por teléfono. Viajé al sur y traje una botella de cerveza Quarryman para tomarme con él. Al final, como no fue posible, se la regalé para que la tome solo.
Me hace reír. Dice de sí mismo que tiene los ojos color esmeralda, y es cierto. No tiene plata. Vino hace seis meses de la provincia y hace malabares en la calle para ganarse unos pesos. Literalmente. Es payaso de profesión; es actor.
Igual, es lo que mi madre diría ‘un hombre de verdad’, porque paga él, a pesar de que ofrezco compartir el gasto. Mientras yo pueda hacerlo, dice, siempre voy a pagar yo.
Qué linda sos, susurra a cada rato. Me mira como si yo fuera un cuadro de museo. Cuando me toca, detiene la mano a cada centímetro que recorre. Un poco como hacen los ciegos, pienso. Para el conocimiento, para el recuerdo. Hay amor en cada uno de sus gestos. Es amor, estoy segura.
Estoy cómoda. Pero vamos a mi casa en busca de mayor comodidad.
Voy a la cocina y busco agua, o abro una botella de vino. No recuerdo. El me sigue. No encendí ninguna luz y le muestro la ventana. La luna afuera. Le digo: A veces cuando todo está mal siento que vivo en Buenos Aires nada más que por esta ventana.
Nos besamos. Vamos a la cama.
No sé cuándo nos sacamos la ropa, ni cómo lo hacemos.
Supongo que yo me saqué la mía y él la suya.
Este modo de disponerse, crispaba los nervios de mi ex marido.
Eso decía él.
La cama es muy ancha. Pertenece a mi cuñada. Ella y su marido duermen ahí un buen tiempo y cuando la cambia, me la regala. Pero el colchón no, se lo queda ella. Porque es de lana de vicuña, una cosa así.
Por eso, cuando voy a vivir con mi marido, traigo el colchón que tengo en la otra ciudad. Sobre ese dormí yo con mi primer marido, durante mucho tiempo, encima de una cama que él mismo y su padre, fabricaron. Mi primer marido y su padre se entretenían con Mecánica Popular. Pero mi segundo marido se queja de que el colchón tiene olor a gato, así que no duerme conmigo. Tira unas cobijas en el suelo y se echa a dormir ahí. Un día voy y compro otro colchón. Pero en la colchonería no pueden dar con la medida justa de la cama. Es una cama de medida francesa, de las que ya no se hacen, me explican. Así que el colchón un poco baila sobre la parrilla de esa cama.

Él está debajo y yo encima.
Es lento y suave.
El silencio en la casa, en el edificio, es inmenso.
No vienen ruidos de la calle. Tal vez es la víspera de un feriado, no recuerdo.
Sólo se escucha el ritmo que llevamos, la respiración. El respaldar de la cama golpeando contra la pared. Mientras estoy ahí pienso que se está desajustando, se va a desarmar, vamos a quedar en el suelo. De manera que lo hago ponerse en el centro de la cama. Y el chirrido de la madera es mayor.
El me tiene agarrada de las caderas. No ejerce presión, me lleva como si bailara. Es conciente del ruido, él también. Me dice: “Tus vecinos...”
La oscuridad es completa.
No puedo ver si tiene los ojos cerrados o abiertos.
Sus ojos esmeralda.
Le digo que la vecina de abajo no está.
No puede escucharnos.
Hace dos días intentó suicidarse tirándose por la ventana y ahora está internada.
Dios mío, pienso o digo en voz alta, ella fue hacia la muerte y nosotros vamos hacia la vida.
Como sea, él no termina.
Duerme, se despierta muy tarde, y se va.
Hablamos por teléfono un par de veces más esa semana.
Pero ya no nos encontramos.
No volvimos a encontrarnos, no nos vemos más.

sábado, 9 de junio de 2007

Sueño 4. Relato

Hace poco que lo conozco y por eso tengo miedo. Me acostumbré mal todo este último tiempo, a querer poco y a que me quieran poco. Pero él llega lleno de amor, así dice, usando esa palabra, y expresándolo en los gestos y yo quedo desconcertada. Estoy como en el país de Oz; hay algo que no puede ser cierto, hay algo que no encaja. Busco y busco sin encontrar la quinta pata del gato. Trato de no manifestar el pánico que me atraviesa y finalmente estallo toda una noche, llorando a mares delante de él, sin que él comprenda qué cuernos me pasa. Está bien que no comprenda, pienso. Es lo más natural.
Pasa una semana en que nos vemos un poco sí y un poco no; y después él viaja fuera. Duermo, esa noche que él está fuera del país, de mi mundo, y sueño que él vino a visitarme. Es de día y la luz rebota contra las paredes verdes de mi habitación. Las paredes de mi casa no son verdes, pero así se ven. Él trae una bandera, brillante, de seda o de satén. Tiene colores que no conozco, que no he visto antes en una bandera. Amarillo imperial, púrpura. Hay rojo también. Son franjas de diez centímetros o menos, horizontales. Dobla la bandera cuidadosamente, y la trae como en bandeja, en sus dos brazos. Abre el cajón de mi ropa interior y la guarda ahí, entre mis cosas. Una bandera extraña, la de su país, la suya propia. Luego me besa y se va. Ahí se termina el sueño.

A veces no. Douglas Wright


viernes, 8 de junio de 2007

Notas sobre el arte de escribir - Clarice Lispector

Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.

¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.

Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.

jueves, 7 de junio de 2007

Mi tío Saro. Relato

Tengo 7 u 8 años y estoy sentada sobre su falda. Es la casa de mi abuela, estamos en el living, en un silloncito de cretona. Es el marido de mi tía, mi tío armenio, Saro. Estoy sobre sus rodillas y él me acaricia la espalda, entre los omóplatos. Yo he llorado por algo y él me dice que no debo llorar, que me pongo fea; y me besa, en los labios creo que me besa. Noche y día, él es el único. Eso se lo digo, que él es el único para mí; él se ríe, con sus dientes hermosos, con pequeños arreglos de oro, como estrellitas. Mucho tiempo después, cuando el recuerdo de él sea tan hermoso que entra a formar parte del olvido, me preguntaré hasta dónde llegó aquella caricia, qué divinas transgresiones hubo en aquel beso. Pero no ese día, ni al siguiente, sino décadas después intentaré saber en qué se propasó conmigo. Ese día soy feliz, o mejor: sufro la felicidad del primer amor. Le digo que quiero salir con él a navegar el siguiente domingo. Tiene un crucero modesto; él es el capitán y yo soy la tripulación. Ya fui una vez antes, unas semanas atrás, y después nos metimos en el río y él me enseñó a respirar abajo del agua. Es lo primero que debe saber un buen nadador, dijo. Ese día me fleché con el sol, y mamá ya no me dejó ir. Estuve con rodajas de tomate encima de la piel muchos días seguidos; todos estaban enojados conmigo en mi casa; no me hablaban, como si el sol o la piel blanca fueran culpa mía. Por eso él me dice que no, que no puede llevarme más en el crucero a navegar; y yo los odio a todos por impedírmelo. Así que el domingo siguiente el plan cambia, y lo visito a él y a mi tía en su casa. Mi tía es joven y linda y se parece a Marilyn Monroe. Anda por la casa como si fuera irresistible. Viaja por todo el mundo con mi tío, se fueron a Europa dos veces y dentro de poco se irán a Egipto. Beben él y ella de la misma copa, como símbolo del amor; otros lo hacen en mi familia también, la tía Violeta, por ejemplo. Mis padres no; están abocados a una teoría sobre los gérmenes y las bacterias. Esa tarde mi tía nos dice que sale a pasear los caniches y yo, por fin, me quedo a solas con él. Mi tío Saro, de Armenia. Él prepara café y trae unos pastelitos de nuez y miel que hizo doña Izquik, su madre. Son sabrosos, como uno, dos, tres, me atraganto, enseguida me duele el estómago. Tengo la boca pegoteada de migas; siento vergüenza. Él me saca las migas una a una, sin dejar de sonreír. Me gustaría tener diez años más. Entonces sería tan grande como mi tía cuando se casó con él. Después, él saca un juego de dominó y jugamos a eso, hasta que lo llama don Pedrós, su padre, y me deja sola con las fichas en la cocina, sin saber que hacer. Mi tío Saro se pelea con el padre en el teléfono y yo no entiendo una palabra porque lo hacen en armenio. Nombran a mi tía, a mi abuela. Me gustaría saber hablar en armenio; pero nadie me enseña esa lengua y menos mi tía, su esposa, porque lo considera un ser inferior. No lo dice así; así lo dicen en mi casa. Porque don Pedrós es un zapatero remendón y nosotros somos ricos. Tenemos un negocio próspero que levantó el abuelo y vivimos en una casa tan grande que se denomina petit hotel; hay un pino en el jardín que crece solo y un rosal amarillo que cualquier día acabará por pudrirse, tan frágil es que hay que protegerlo de la lluvia con una campana de cristal, y nadie lo hace: a nadie le importa un pito el rosal.

De la casa de mi tío vuelvo a mi casa dos horas más tarde de lo convenido, se arma un lío tremendo, me retan y me ponen en penitencia, por no avisar. Mi familia me tiene harta; me hace feliz saber que en Inglaterra los chicos se pueden divorciar de sus padres. Hago ese comentario y mamá me dá vuelta la cara de un cachetazo. Tiene poca paciencia; tiene cero de criterio.

Los años pasan y yo leo libros de Nancy Drew encerrada en el baño. Leo los Hardy Boys; escucho un cassette con canciones de Shaun Cassidy que casi nadie sabe quién es, excepto yo, porque él es el protagonista de la serie de misterio de los Hardy Boys. Me gustan los misterios. Un día equis, cuando yo tengo 12, mi tío pasa a buscarme a la salida de la escuela. Subo a su auto y dice que tiene algo muy importante que contarme. Vamos hasta el puerto, hay neblina en la ciudad y tiene que manejar con los faros encendidos a las seis de la tarde. El frío penetra los huesos y entonces el amor es una sensación asociada a la tristeza que se repetirá para siempre en mí: esta es la primera de la serie, pienso yo, si hubiera podido pensar en ese momento. Esa primera jornada sentimental. Bajamos del auto y caminamos hacia la escollera. Él me lleva de los hombros; soy muy alta y fuerte –aunque luego seré baja y débil- y nos paramos frente a su barco. El entra, sale, todo muy rápido, y dura segundos. Viene a mí con una cajita negra de terciopelo para que yo la abra. Soy una nena todavía y creo en los cuentos de hadas. Mi tío Saro se va a escapar conmigo; este es el anillo de bodas, creo. Cuando lo abro es un reloj. Un Rolex de pulsera muy fina de oro y platino. Me dice que lo guarde, que no se lo entregue a mis padres por nada del mundo y que si alguna vez tengo una necesidad imperiosa, lo venda. Que lo guarde como un recuerdo suyo, que lo esconda. Salimos del puerto y caminamos hasta la avenida, adonde él hace un gesto que después repetirán muchos hombres en mi vida: me besa la frente, para un taxi, cambia unas palabras con el conductor y luego me dá un billete hecho un rollito para que le pague. Yo lo saludo apretando la mano contra el vidrio de la ventanilla. Estoy decepcionada: al final, es un cobarde; al final es un poco un estúpido.

Esa será la última vez que lo veo.

Al día siguiente, ocurre la hecatombe. Salta el desfalco que hizo en el negocio, además forzó la caja fuerte y se llevó plata y unos lingotes de oro que mi familia guardaba; volvió al departamento que compartía con mi tía y era un bien de ella, y cambió la cerradura después de echar a los perros en medio del parque. Cuando mi tía aporrea la puerta y le arma un escándalo, él le abre y le da una paliza. Ella sale, busca refugio en lo de mi abuela, mis tías acusan recibo de estos actos de él como esperados, porque él siempre fue un loco, dicen, un descontrolado, un tipo que se deja llevar por sus pasiones. Le inician un juicio, varios juicios, por muchas cosas. El sale airoso, mi familia pierde más plata y mi tía toda su decencia. Cuando las aguas se calman, papá me sienta frente a él y me hace jurar que jamás me veré enredada en amores con un armenio. Nunca en el futuro, en toda mi vida. Todavía tengo 12 años, y hago una cruz con el dedo índice sobre mis labios para demostrar la seriedad de mi juramento. Él se conforma o parece que se conforma, no sabe que tengo los dedos de los pies cruzados, no sabe que debajo de la lengua guardo una palabra mágica para deshacer juramentos y que no me vaya al infierno. No sabe que seguiré esperando un largo tiempo más a que mi tío vuelva y me lleve, con él, a algún lugar.

martes, 5 de junio de 2007

Amor a primera vista - Wislawa Szymbosrka

Ambos están convencidos
de que los ha unido un sentimiento repentino.
Es hermosa esa seguridad,
pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían
no había sucedido nada entre ellos.
Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos
en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles
si no recuerdan
-quizá un encuentro frente a frente
alguna vez en una puerta giratoria,
o algún "lo siento"
o el sonido de "se ha equivocado" en el teléfono-,
pero conozco su respuesta.
No recuerdan.

Se sorprenderían
de saber que ya hace mucho tiempo
que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada
para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,
que se interponía en su camino
y que conteniendo la risa
se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,
pero qué hacer si no eran comprensibles.
¿No habrá revoloteado
una hoja de un hombro a otro
hace tres años
o incluso el último martes?

Hubo algo perdido y encontrado.
Quién sabe si alguna pelota
en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres
en los que un tacto
se sobrepuso a otro tacto.
Maletas, una junto a otra, en una consigna.
Quizá una cierta noche el mismo sueño
desaparecido inmediatamente después de despertar.
Todo principio
no es mas que una continuación,
y el libro de los acontecimientos
se encuentra siempre abierto a la mitad.

Lentamente me casé con ella - Leonard Cohen

Lentamente me casé con ella
Lenta y amargamente me casé con su amor
Me casé con su cuerpo
en el aburrimiento y el gozo
Lentamente fui a ella
Lenta y resentidamente llegué a su cama
Fui a su mesa
por hambre y por hábito
fui a que me dieran de comer
Lentamente me casé con ella
sancionado por nadie
con la bendición de nadie
en nombre de nadie
en medio de advertencias generalizadas
en medio de la burla generalizada
Fui a su fragancia
con las narices distendidas
Fui a su codicia
con semilla para un niño
Años para la llegada
y años en retirada
Lentamente me casé con ella
Lentamente me arrodillé
Y ahora estamos heridos
tan profundamente y tan bien
que nadie puede hacernos daño
excepto la propia Muerte
Y a través de la totalidad del sueño de la Muerte
Me muevo con sus labios
El sueño es una noche
pero eterno es el beso
Y lentamente voy a ella
lentamente nos despojamos
de los ropajes de nuestras dudas
y lentamente nos desposamos.

El amante después de todo - Leonard Cohen

Aunque eres capaz de ser más astuta que yo, no pienso volver a ti. Aunque la pureza de tu amor se vea reafirmada por el unánime temblor de todas y cada una de las plumas de las huestes celestiales, no tengo intención de volver al hacha de tu amor. Oh triunfante hombre
esposo y rey del lazo de los caballos sin corral, no pienso volver a ti, aunque me retuerza entre tus brazos y rinda ante tu voluntad la esencia total de mi polvorienta cáscara aquí en este capturado salón del sudor, jamás pienso regresar, juro por la desgarrada cortina de mi virginidad y el silencio espeso como la sangre entre las palabras sin puentes, que te mentiré por toda la eternidad; y que jamás seré de nuevo el receptáculo de tu necesidad.

sábado, 2 de junio de 2007

En el final. Poema

en el final

su cuerpo era todo de aristas,

y lo que no era aristas, era abismos;

me desafiaba,

como una fuerza de la naturaleza;

no había dulzura ni suavidad en las mañanas,

su presencia me volvió fotofóbica;

andaba a los tumbos durante el día,

un muciélago sin orientación,

un ratón huído;

el atardecer me derrumbaba,

caía en la noche como en un precipicio;

soñaba con médanos, con dunas, con arena;

el sol parecía un punto blanco, me angustiaba,

no quería despertar, nunca,

las sábanas eran papeles

sobre los que yo escribía cartas,

un diario íntimo, impresiones,

estupideces con que me consolaba;

anotaba el insomnio o el sonambulismo,

era mi propia paciente,

la ansiedad, la impaciencia por caer

me roía,

caería al fin de cuentas,

casi sin protección alguna,

estaba decidido, o era

fatalismo o la consecuencia lógica

de la pasión, el conocimiento de la carne,

la suya,

en medio del caos, errático, infantil;

cuando me llamaba él no decía mi nombre,

y cuando lo decía,

me empujaba.

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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