ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt
Fidelidad presidencial
domingo, 29 de abril de 2007
Sobre el amor. Plutarco
El regreso de Casanova. Arthur Schnitzler
Es una fuerte lluvia la que va a caer. Cuento
Tres poemas
en el campo
atisbando
en el cielo, nada
¿en el pasto?
una cigüeña
sola y sola
salgo de su oreja como un ciervo,
y como una liebre
de su corazón.
clara, oscura:
el pétalo de una rosa:
fuerte, ligera,
profunda,
efímera, inolvidable,
encendida;
así quiero que sea mi vida:
como una flor
With or without you. Relato

Mi ex marido se violenta y me tira contra el blindex de la puerta y el juez determina restricción de acercamiento. Por dos meses, por un tiempo.
Mi hija es chica, no tiene edad para extrañar al padre. Eso dicen los profesionales. Yo estoy triste y espero que no se me note. Cuando ella me pregunta qué me pasa, le digo que estoy cansada. Pero no puedo salir adelante, me levanto y cada día es un calvario.
Hablo con C., de terapia de grupo, nos apoyamos. Recibo a W., en mi casa una noche entera y le cocino; hago milanesas con papas fritas. El trae vino; hablamos de los Rolling Stones. Nunca hablamos de nada serio, con él no se puede. El recital de los Rolling fue un éxito. Todos queremos envejecer como los Rolling. No nos importa la cantidad de droga que se meten en el cuerpo. W., toca la guitarra eléctrica. No se dedica a eso, sino que toca en el garage. No tiene un garage. Quiero decir que es aficionado. Como sea, no le gusta hablar de Keith Richards. Keith Richards es la demostración viviente de lo mal que le ha ido a W. con la guitarrita. Así que cambiamos de tema y hablamos de U2, que están por venir a dar un recital en la cancha de River. A todos nos gustan los U2. Bono...¿a quién no?. Hizo eso de cantar con Sinatra, pero uno lo perdona. Uno le perdona a Sting que ahora toque el laúd y se haga el medievalista. Pero Bono es distinto a Sting, porque Bono es irlandés. Y ser irlandés en el rock es un poco como ser argentino. Aparte Bono es el hombre más hermoso del mundo. Hay dos, creo yo. Rutger Hauer y Bono. Rutger Hauer no canta, es un actor alemán. Nadie lo ubica con mucha rapidez. Es el que hacía de androide en Blade Runner. Pero debe estar viejo y no actúa en Hollywood. Esto del top ten de los hombres hermosos no se lo digo a W. W. me gusta y tiene un aire a mi ex: la piel aceitunada, los ojos muy oscuros, cierto seseo al hablar, cierta pausa antes de decir una palabra, como si la estuvieran pensando. Pero mi ex no es un hombre hermoso y supongo que W. tampoco aunque yo en ese momento crea que sí. Igual, W. se va y aunque haciendo un esfuerzo la revista le puede conseguir un pase para el recital, él el esfuerzo no lo va a hacer y menos para ir conmigo. C., la de terapia, tiene un pase también, pero es para el gallinero y ahí no le gusta. La gente te aplasta, te manosea y no ves nada. En la tele no lo pasan en directo, lo harán recién unos días después.
Los U2 están por pisar Argentina y están en las tapas de todas las revistas de rock. Los Inrockuptibles, la Rolling Stones, la Billboard. A cada rato, pasan los video clips en Much Music y MTV. Hasta en VH1, que siempre pasan los viejos clips de los ’80 con Duran Duran y George Michael, muy deprimente. Pero los U2 están en todas partes: están hasta en los electrolitos del aire; se respiran.
Un día, a la medianoche, estoy bailando frente al televisor. Es la noche siguiente al recital, fue un éxito, salió en todos los diarios.
With or without.
Contigo o sin ti.
Bailo, tengo quince años otra vez.
Mi hija se despierta, viene. Señala la imagen:
“Papá”, dice, “es papá”.
La quiero abrazar, pero me quedo quieta.
Muy quieta.
Tres poemas. Robert Frost.
Hay por allí un parche de nieve vieja
que me dio la impresión
que era un pedazo roto de papel
que la lluvia llevó.
Está lleno de tierra como si
fueran letras de imprenta.
Las noticias de un día que he olvidado
si acaso las leí.
Fuego y hielo
Unos dicen que el mundo terminará en fuego,
Otros dicen: en hielo.
Por lo que sé del deseo,
Apoyo a los adeptos al fuego.
Pero, si hubiera que sucumbir dos veces,
Creo saber bastante del odio
Como para decir que como destructor el hielo
También es grandioso
Y sería eficaz.
Polvo de nieve
El modo en que un cuervo
sacudió encima mío
el polvo de nieve
de un abeto.
Le ha dado a mi corazón
un cambio de ánimo
y rescaté parte
del día que venía lamentando.
sábado, 28 de abril de 2007
Vecinos. Poema.
es una cama francesa regalo de mi ex cuñada;
suena como una campana cuando estamos encima;
estamos haciendo el amor, o digo mejor, estamos conociéndonos:
al amor lo encontramos hecho; lo damos o no,
nos lo guardamos; no uso ya esa expresión por cursi;
pero no estoy segura de por qué no la uso;
él dice de sí mismo que tiene ojos color esmeralda
y yo de eso no me río, podría pero no,
porque sus ojos son efectivamente esmeralda,
aunque ahora están cerrados y oscurecen la habitación,
toda esa gente sola que está allá afuera
cuando se junta comenta esta clase de cosas;
no es posible, digo, no pueden escucharnos,
la vecina de abajo trató de matarse, gimo,
se tiró de su ventana, se quebró las piernas, la cadera,
está ahora en el hospital, quedó casi muerta pero no,
el alféizar fue el borde del abismo, crujió
su alma, se lanzó al vacío, abajo la atajaron las plantas,
el banano, la certidumbre de que uno hace lo que puede
y pocas veces lo logra, flirteó con la Muerte como con un amigo.
Él cambia de posición, es un amante apabullado,
es un relato éste, capaz de cortarle la respiración al más diestro
en un momento así, quiero seguir hablándole, ver la luz
de esto que hacemos en medio de la penumbra,
toda la gente que está sola allá afuera, en el reino del frío,
de dónde viene, adónde pertenece? La manta a cuadros que
cae, la cama francesa se conduele de lo que yo no,
y él susurra frases, sinsentidos, me llama con nombres
que no me reconozco y me besa, me besa al final,
es el final, sabemos, tal vez no volvamos a vernos;
luego, vestido de sombra, cierra su tapa el silencio.
Poema. Emanuel Alegre
Cada signo incrustado en nuestra casa
cada silencio que se inquieta en los rincones
el parpadeo insistente del monitor
las piruetas de nuestra perra enana
los pelos del gatos que asesinan el vacío
Todo
me acusa por tu ausencia
Hervir un huevo. Poema
Si te dicen que no sabés hervir un huevo,
es claramente para humillarte.
Hay dos maneras de hacerlo:
poner el huevo en una cacerolita con agua fría
o ponerlo en la cacerolita cuando el agua hierve.
Hervir es hacer burbujas;
significa el grado cien del agua.
Para que la cáscara no se reviente
durante el proceso de cocción,
se recomienda:
echar una cucharada sopera de sal al agua,
echar una cucharadita de vinagre,
compadecer a las gallinas.
No hay cura para el amor;
significa el grado cero de vos misma.
Tres minutos, cuatro y hasta seis
lleva el huevo pasado por agua.
El huevo duro lleva diez.
El huevo poché es otro tipo de comida;
se hace con un proceso parecido
al martirio de San Pedro y San Pablo.
Si te dicen que no sabés hervir un huevo,
no cocines, no te alarmes, no armes un escándalo;
has salvado una casi alma del naufragio.
viernes, 27 de abril de 2007
Las jóvenes. Raymond Carver
Correo del corazón. Yolanda Pantín
que obsesiona al hombre por una mujer
y viceversa.
All things can tempt me - William Butler Yeats
rostro de mujer o -peor aún-,
la falsa urgencia de mi país mal gobernado;
mas ahora este trabajo, aunque no menos pesado,
se me ha vuelto familiar. Tan sólo mofa
mostré en mi juventud por toda estrofa
a menos que el poeta cantara
como si un revólver en su cómoda guardara.
Pero si mis deseos cumpliera esta vez
sería frío, mudo y sordo como un pez.
Versión de E. Dobry
miércoles, 25 de abril de 2007
Mr. Ego. Relato.
Entertain me
I’m bored.
Inscripción en la camiseta de un niño de 8 años.
Estoy sentada a la mesa; fue el estreno. Él está ahí, pero apenas nos miramos. No sé bien quién es. No volvemos a vernos hasta que la obra baja de escena, y hay otra celebración. Está sentado al lado de una chica preciosa, muy joven. A los postres, la chica se levanta y se va; no le deja su número de telefóno. Entonces él queda junto a mí. Hablamos de viajes, de Europa Central, de ex matrimonios. Está apurado; lo esperan en un teatro. Nos saludamos; me dá su número y su email. A la semana, yo le escribo, le pregunto algo sobre Bach. Estoy buscando Las variaciones Goldberg o tal vez son los Conciertos Brandenburgueses, no lo recuerdo. Él se interesa por mi interés en Bach y me invita a salir. Hablo de ir a tomar jerez a un bar asturiano. Está complicado, me dice. Vayamos al teatro, luego vemos. Mi amiga L. me augura una linda noche. Le digo que no espero tener sexo con él, no me gusta. Acabo de sufrir una pérdida y el dolor está dentro mío como en una taza vacía la borra de café. Como sea, vamos al teatro. El llega tarde y yo me siento con M., mi amiga. Cuando salimos, él se deshace en disculpas, ha tenido problemas familiares. Tiene un hijo con dificultades, una hija y una ex esposa que es cantante lírica. Luego de pasar lista a los restaurantes que podemos ir, le propongo ir aquí enfrente, hacen comida étnica. Le gusta, le parece exótico, vamos.
Tiene una camioneta negra, muy moderna y la música grita ahí dentro.
“Qué es esto?”, le pregunto. “Es mío”, dice, “yo lo compuse”.
En el restaurant pedimos vino blanco bien frío y umi, un plato con mariscos y una sopa de algas. Los japoneses usan doce tipos de algas para cocinar; no sé cuáles comemos en la sopa. Está todo muy sabroso y él tiene una conversación entretenida. Habla de sus giras por el mundo junto a cantantes de primer nivel, de sus conciertos de piano, de sus trabajos para la televisión. Tiene una rutina de chistes judíos que me divierte y me hace reír. Cuando me ve reír, me pregunta si estoy sola y cómo hago para tener sexo con alguien cuando quiero tener sexo. Luego se corrige, me acaricia la mejilla y me dice: “Sos un encanto, no te debe dar trabajo”. Llevada por el vino y por la necesidad de salir de mi duelo como por un tobogán, por una catapulta, cuando me pide un beso, paso medio cuerpo por encima de la mesa y lo hago. Un beso pequeño, casi de camaradería. Después él sigue contando sus chistes.
Al final, cruzamos la calle hasta mi casa, subimos y lo hacemos. Cuidó poner un cd que traía, en el escarabajo que tengo en la biblioteca y hay música melodiosa, casi clásica sonando por la habitación. Debe ser su música, pienso. No lo veo quitarse la ropa, ni siquiera la gorra con la visera hacia atrás, que usa religiosamente. De pronto está encima mío, sin gorra, sin medias, desnudo. Es muy velludo y su piel huele a cloro, porque nada todos los días, en un club. Tiene manos pequeñas y espaldas anchas. Sus caderas son perfectas y me deleito acariciando el hueso derecho, la cresta ilíaca. Está justo a la distancia exacta para no chocar contra la mía, para no dañarme. No puedo evitar decirle: “Esto es hermoso”; estoy llena de admiración por su cuerpo. Él, sin detenerse un instante, responde: “Lo compuse para la actriz tal; cuando hizo su unipersonal en París, en 1997”.
Me quedo quieta; no entiendo. Después sí.
Él sigue moviéndose.
Dura mucho, mucho tiempo. Le pido que me deje descansar, voy a la cocina y tomo un vaso con agua. Cuando vuelvo a la cama, espero que él esté cansado o adormilado. No: él sigue deseoso y bien dispuesto. Tiene un ritmo un poco rápido para mi gusto, así que cuando estoy encima de él y creo ingenuamente que podré tener el control de la situación, murmuro:
“Pensás que porque sos músico tenés que llevar el ritmo vos?” Se ríe; le pido que lo haga más despacio, pero no me oye y nada cambia. Me tiene arriba de él agarrada con tal fuerza que al día siguiente me quedan dos marcas verdosas donde estaban sus pulgares, a los lados de mi ombligo. Al cabo de un tiempo, quedo debajo suyo. “Este hombre no se cansa?”, me pregunto. “Esto va a durar toda la noche?”
De pronto, me descubro aburrida.
Cuando termina son las seis de la mañana.
Se levanta, me besa en la frente.
“Me gustaría quedarme a dormir. Pero no puedo”, se excusa.
“No, por favor. No te hagas problema”. Temo que en mi voz se note mi ansia de echarlo.
Cuando está en la puerta, dice:
“Fue un placer, bombón. Tengo tanta energía que ahora podría hacer hasta una clase de gimnasia”.
Cierro con horror.
domingo, 22 de abril de 2007
Pelado de Tomates. Poema

les hacés una cruz –pequeña-,
siempre, con un cuchillo muy afilado:
No lo hundas en la carne.
Sólo hay que rebanar la piel, apenas.
Los tomates no gritan.
Los tomates no lloran.
Se introducen en una olla con agua hirviendo
y se escaldan unos segundos, se sacan.
Donde está la cruz, levantás después los pellejos:
hay que tirar de ellos y entonces se pelan fácilmente
y ya están listos para su uso.
Los tomates no arman ningún escándalo,
no intentan denunciarte a la policía.
Es una práctica muy común
abusar de los tomates.
Si deseás que no se ablanden,
cuando los sacás de la olla de agua hirviendo,
los metés de prepo en agua helada.
Quedan como estatuas por el resto de sus vidas.
jueves, 19 de abril de 2007
The Tower of Song. Leonard Cohen
y mi pelo está gris.
Me duelen los lugares
donde antes solía tocar.
Estoy loca de amor,
pero no salgo adelante.
Pago cada día mi renta
en la Torre de la Canción.
Le dije a Hank Williams:
¿Cuánto de solo se puede estar?
Hank Williams todavía
no pudo contestar.
Pero lo escucho toser
la noche entera,
debajo mío, piso cien,
en la Torre de la Canción.
Yo nací así,
no tengo elección.
Nací con el don
de una voz dorada
y veintisiete ángeles
sostienen ante mí
los Mandamientos
de la Torre de la Canción.
Entonces,
podés seguir pinchando tus
pequeños alfileres vudú
en la muñequita
-lo siento mucho, mi amor,
pero la muñequita no se parece a mí,
en nada-.
Estoy sentada
junto a la ventana
donde la luz es más clara.
Ellos no permiten
que un hombre te mate
no, en la Torre de la Canción.
(...)
Te digo adiós.
No sé cuándo voy a volver.
Ellos nos mueven hacia el futuro,
siguiendo por este camino.
Pero oirás de mí, mi amor,
largo tiempo después me haya ido.
Te estaré hablando dulcemente
desde una ventana
en la Torre de la Canción.
Trad y versión de P.S.
Del disco I'm your man. Leonard Cohen, 1988
Autocontrol. Cuento
Hace calor, es verano. Estamos sentados a la mesa familiar y papá abre la botella de oporto. Transpiramos, pero tomamos la copita de oporto, hacemos la sobremesa. Suspiros y más suspiros, está Memo. En silencio, observa la presa de pollo a la sal que mamá le cocinó y le dejó en el plato. Él todavía está con la pechuga, pero nosotros ya vamos por el postre. Es muy lento para comer o prefiere comer con gran lentitud, para no tener que meterse en la conversación e intercambiar opiniones con papá. Lo más probable es que sea esto último: yo lo recuerdo comer con gran ansiedad, en pocos minutos devorarse un plato entero. Fue por esa ansiedad que me separé de él, pero eso ocurrió mucho después de este almuerzo familiar.
Mamá está sentada, las pupilas dilatadas, cuenta una y otra vez la misma historia que cuenta siempre en las sobremesas. La misma, una y otra vez, una y otra vez. Cómo murió su padre. Es un relato escabroso, sobre el que yo no quiero preguntar. Estaba durmiendo la siesta, hace treinta años, y de pronto entraron ladrones en la gran casa y lucharon. Mi abuela dormía junto a él, se despierta asustada: todos forcejean, hay gritos. El padre de mi madre es un hombre muy alto, grande. No van a vencerlo tan fácil en el cuerpo a cuerpo. Pero aparece de improviso un arma, el revólver del abuelo. Entonces el ladrón dispara o se le escapan uno o dos tiros, y mi abuelo cae. Está herido de muerte, pero no ha muerto. Los ladrones huyen sin llevarse nada, mi abuela llama a la policía y a los del hospital. Internan al abuelo, todavía se puede salvar. Pero él no quiere que lo operen, tiene miedo. Además es el sabbat; no deben operarlo. La madre de mi abuelo interviene ante los médicos: por favor, es su hijo mayor, el preferido, tiene una estrella especial: nació en el barco que los traía a la Argentina; él está asustado, no lo vayan a operar. Les habla en castellano, se los pide en ladino primero y después en turco. El Dr. Feldman es amigo de la familia, amigo personal del abuelo, y se compadece. Puede aguantar hasta el lunes, dice, piensa, y no lo opera y se va. Mamá entra a ver a su padre a la habitación y él se pone muy frío, los pies en primer lugar y el frío sube hacia el resto del cuerpo, lo invade como una marea de algas verdeoscuro que lo enredan y se lo adueñan. El abuelo muere y no dice quiénes fueron los ladrones, los que dispararon. Se lleva el secreto a la tumba.
Mi madre no dice más y sirve café.
Damos las gracias; ha terminado la sobremesa familiar.
2.
Tengo el gato naranja sobre la falda y lo peino a contrapelo con los dedos. Memo no se desviste, no se mete en la cama: no dormiremos la siesta. Lo veo ir y venir por la habitación como un carnero que dá vueltas y no sabe cómo evitar topar con los cuernos la pared.
Está de malhumor, Memo. Un gran malhumor; irritante.
-No voy más un domingo a tu casa. Me deprimo.
-Está bien –digo.
-El próximo venís vos a la mía.
-No. Eso no.
Comen demasiada carne asada, se insultan con sutileza hasta sacarse chispas. Ver cómo el padre maltrata a la madre, me hace mal. Dice que la lechuga está muy salada o tiene demasiado vinagre; la hace ir a lavarla de nuevo, a condimentarla otra vez y a traerla en la misma ensaladera. No puedo comer ensalada así, me hace mal: me debilita.
-Vamos al cine –propongo.
Los domingos para no ir a la casa de unos o de otros solemos ir al cine. Vemos cualquier película y comemos en el Burger King. Aros de cebolla fritos. Nuestro matrimonio está edificado sobre esa rutina.
-Vamos siempre al cine –protesta él.
-¿Qué vas a hacer ahora?
-Salgo.
-Está bien.
-Sí, está bien. Vuelvo a la noche.
-Bueno.
El sale, baja los peldaños de hojalata de la escalera y el gato corre tras él a despedirlo. Tiene costumbres de perro. Oigo que Memo se detiene, se vuelve, probablemente acaricia el morro de nuestro gato. Luego sigue bajando. Vivimos en una casa prestada hace cinco años. Es muy pequeña y apenas si tenemos una habitación para abrazarnos y estar juntos e impedir, como Hansel y Gretel lograron impedir, que un ser maligno nos devore. Le he dicho: tengamos hijos, compremos una casa. No sé si en ese orden, tal vez en el orden inverso, se lo he pedido. Pero él no quiere, no quiere comprar una casa, no quiere tener hijos. Hacemos el amor todos los días, pero no quiere. Me dice que no está listo, no está preparado. Le digo que hay nueve meses para eso: la naturaleza los proveyó. Repite que no quiere. Le insisto que pidamos un crédito en el banco, plata prestada a Sylvia, a su padre, que usemos la beca que él recibió del estado para pintar: compremos una casa, no más grande que esta. Una casa nuestra. El departamento del sereno que ahora habita Carolina, en la terraza del edificio de calle 3 de febrero, podemos comprarlo. No quiere, no quiere. Hacemos el amor todas las noches, pero no quiere hijos ni casa propia. Estoy harta.
3.
Los dos estuvimos involucrados con otras personas ese año. En otra época, una cosa así me hubiera matado, pero ahora me parecen sucesos normales. Trato de no enterarme de sus asuntos, y si me entero, prefiero no preguntar. Hubo una vez que casi enloquezco; le pregunté qué hacía con la otra, prácticas, posiciones amatorias, todo eso. Peleamos hasta muy entrada la madrugada. Yo le tiré mis zuecos a la cabeza y él me golpeó y me rompió el labio. Esa fue nuestra única pelea violenta y después hicimos el amor como siempre, más que siempre, porque el final ya estaba señalado. Algo se muere, pero uno nunca sabe cuánto dura la agonía, y dura y dura y dura. A veces voy por la calle o a una fiesta y miro a los hombres y pienso: ¿Con cuál de todos ellos me iré, me iré para siempre? Pero ese hombre no aparece y yo amo a mi marido. El matrimonio es una cosa muy difícil; el amor no es como fumarse un cigarrillo.
4.
Es sábado a la noche, es una canción vieja: Have you ever seen the rain?” de Bonnie Tyler, los dos la conocemos. Nos gusta la misma música, ahora que Blondie volvió al disco escuchamos todos sus temas. No es buen bailarín, pero mejoró; yo le he enseñado. Ni siquiera le gustaba, al principio; ahora le tomó el gusto.
-¿Qué sacás del baile fuera del dolor de pies?
-Bailemos –le digo-. Crea recuerdos.
Baila con una amiga mía y después baila conmigo. Apenas me toca la cintura, me dice cosas bonitas, me besa. Es como si fuéramos novios. Hace siete años que estamos casados. Me cede, abre el paso y me cede, para que otro me tome y baile conmigo. Hace siempre esto. Luego se sienta, quita el precinto de una lata de cerveza. Yo bailo con otro el resto de la noche.
Cuando volvemos, él está un poco borracho. Me busca para pelear, pero yo no tengo ganas, entonces se tira en la cama y me mira cuando me desvisto. Mira a través mío y no a mí. En voz queda, pronuncia:
-El arma era de él. Los ladrones no tenían arma. Él sabía quién era la persona que los envió y no lo dijo. Los otros, sus hermanos, los parientes, se pelearon con la esposa. Tu abuela quiero decir, ella. Ella lo mató. Ahí tenés la solución del enigma –paladea el argumento con placer, como si fuera un confite de chocolate-. Tu abuela mató a tu abuelo. Es lo que tu madre te quiere decir.
-¿Por qué no hablamos de nosotros? –le escupo, herida. -¿Por qué no hablamos de lo que nos pasa a nosotros?
-Odio los domingos. Nunca más voy a arrastrar los pies hasta allá.
5.
Es como el cuento del duende, pienso. Me lo inventé yo y tengo pensado contárselo en algún momento, cuando esté muy enojada y cuando ya no falte tanto para separarnos. Un duende se aparece a una mujer. En el altillo de la casa hay ruidos, ella cree que son ratones. Sube, pone trampas con queso. Aparecen intactas cada mañana. Le comenta a su marido, él lee el diario cuando ella lo hace, no le presta atención. Pasan cosas muy importantes en el mundo. Las lauchas no son motivos de una guerra nuclear. Así pasan varios días, hasta semanas. Una noche, la mujer no baja a dormir con el marido. Se queda en el altillo, apostada, en la oscuridad. Calcula: si es un ratón voy a verlo. Pero en su lugar vé un duende. Mide unos treinta o treinta y cinco centímetros, viste de verde. Penachos de pelo rojo escapan de su gorro. El duende se queda duro de la impresión, se atusa el bigote. Luego se quita el gorro y le hace una reverencia. Lo sabe todo de ella, está acostumbrado a escuchar a través de las paredes, de las tablas del piso. Hace como que no oye, de verdad no le importa, pero al fin y al cabo lo oye todo. El duende y la mujer hablan. Ella le sube un tazón de leche dulce, abre una lata de arvejas y le sirve de comer. Los duendes solo comen arvejas. Ella le pregunta sobre su fertilidad, su marido y ella no tienen hijos y ella se pregunta si deben ir a consultar a un médico. Al día siguiente, como la mujer le es leal su marido, le cuenta. Hay un duende en la casa, dice. Arriba, en el altillo. Yo creía que era un ratón, pero es un duende. En Iraq las cosas están muy mal, pero el marido levanta esta vez la vista del diario y la mira. Está loca. Hace mucho que sabe que ella está loca, pero nunca su locura se manifestó de una manera tan contundente. Voy a ver, anuncia, más tarde. El marido no sube al altillo, no tiene la menor intención en hacerlo. Debe llevar a su mujer a un psiquiatra, pero le faltan ganas. Enseguida los psiquiatras quieren tratar a la mayor de gente posible, y esto lo incluye. El no quiere que lo traten, que investiguen su pensamiento. Así que deja estar la cosa; a lo mejor ella vuelve a la razón después de todo, a lo mejor es un acceso de locura temporaria. Hay personas que lo sufren. Hay personas que pueden curarse, sí. ¿Por qué no? No debería uno ser tan poco optimisma. Pero la mujer sigue y sigue cargoseándolo con el asunto del duende. Está muy triste porque el duende le dijo que ellos dos no irán a tener descendencia. Ella quiere ir a una clínica de fecundación in vitro. El dice que no puede costearlo, no tiene plata. Aparte, traer hijos a este mundo plagado como está de malas noticias, es una iniquidad. La mujer llora, esta angustiada. Esa noche se va a un bar y se emborracha. Duerme con un cualquiera. El marido, comido por la curiosidad, sube al altillo y busca al duende. Espera encontrar cosas terribles: las paredes escritas con sangre, insultos, blasfemias. Sentado en el alféizar de la ventana, está el duende. Es efectivamente un duende. No es otra cosa. El hombre se refriega los ojos, pero no es una tortuga ni una lagartija de considerables dimensiones. Cuando vuelve a abrir los ojos, la oscuridad es más profunda. Al huir, el duende volteó el velador y la lamparita se hizo añicos. El hombre va hacia la ventana. Aun puede ocurrir que fuera un muñeco de paño, fabricado por su mujer. La ventana está abierta y el frío de la noche lo golpea como una cachetada. Se asoma: afuera está el pino, la cucha del perro, la cerca blanqueada de la casa, a la que habría que darle otra mano de pintura. Descansa su cabeza sobre su mano. Qué hermosa es la noche sin estrellas. Se sienta en el marco de la ventana, para que su cuerpo reciba la brisa, el fresco, la luz de la tiniebla. Siente un leve empujón al costado de su muslo, y luego un empujón más fuerte en la cadera. El hombre cae al suelo, se rompe el pescuezo.
6.
Le digo que fui a ver a Sorensen: es una financiera. Nos prestan una plata para que compremos una casa en Nutkiewickz, una inmobiliaria. El no quiere; Memo no quiere. Gastamos el dinero con cuentagotas; todo va a parar a acuarelas, óleos, a libros carísimos con reproducciones de los impresionistas, los cubistas, hasta los dibujos de Alberto Vargas con Anna Mae, que según él emulaban a Degas o a Toulouse Lautrec. Todo cuesta, cada moneda acaba en su taller. Mamá y papá me ofrecieron que ponga una librería; ellos me consiguen un local y un pequeño capital para empezar. Memo se niega:
-Estás psicótica –dice.
Hay que ir a Buenos Aires, buscar libros en las salderías, visitar subsuelos de editoriales, comprar aquello de lo que se deshacen y aún pueden venderse acá. No es trabajo para él; para Memo es el arte. Traza una orquídea a la carbonilla y se la regala a mamá el último día de la madre. Ella lo quiere, supongo; papá lo quiere. Soy yo la que no le tiene confianza; soy yo la que vuelve a Sorensen y anulo el pedido de crédito. Soy yo la que se queda varada al costado del camino, sentada sobre una piedra y aguardando la creciente de un arroyito de montaña. Tal vez me arrastre, tal vez no.
7.
Pero al domingo siguiente volvemos a la casa de mis padres. No daban nada bueno en el cine, así que vamos a la casa de mis padres y todo el rito vuelve a ocurrir. Hay carne al horno con papas, y Memo se abisma en el romero de la carne. Mira el romero como a un punto gris en el infinito. La misma intensidad. No se habla de nada en especial. Comento que falleció Laura Branigan, de un aneurisma. Tenía 47 años. Nadie sabe en mi casa quién es Laura Branigan. Papá se encoge de hombros, mi hermana frunce el entrecejo.
-Es la que hizo famosa la canción ‘Gloria’ –digo.
-¿Cuál Gloria? –pregunta papá.
-La de la iglesia no. Otra.
-¿Cuál es la de la iglesia?
-Cantála –dice mamá.
-En realidad –explico- nosotros la conocimos por ‘Self control’. Autocontrol. Nosotros somos Memo y yo.
-Ah –hacen los tres.
Nadie dice más nada de Laura Branigan. Yo oigo en mi cabeza:
“I, I live among the creatures of the night
I haven't got the will to try and fight
Against a new tomorrow, so I guess I'll just believe it
That tomorrow never knows.”
Hay helado de postre. Mamá sirve el helado y encima le agrega una cucharada de dulce de leche. Papá le pone whisky al suyo. Vat 69 o Teacher’s. Un poco, una medida. Memo dice que no quiere postre, comió mucho, se excusa. Lo que quiere es irse rápido, evitarse el momento de la verdad. Todo vuelve a empezar, mamá saca el tema de la nada, como un as de la baraja y cuenta otra vez. La misma historia. El padre y la madre están descansando. La casa era tan grande que la consideraban un petit hotel. Había un patio con rosales y un níspero. La familia de mi madre era rica en aquel entonces, tenían tres sirvientas, una cocinera. Estaban todas de franco, por el día del Padre de la Patria, o tal vez fuera un sábado. Ellos duermen en el living. Los ladrones entran sigilosos, el primero que se despierta es el abuelo. Mamá no conoce las palabras que se cruzaron, los gritos. Forcejean, luchan, un tiro se escapa.
-El revólver –interrumpe Memo- era el de su padre. ¿Cómo llegó ahí?
-Uno de los ladrones quizás subió al dormitorio antes. O fue al despacho y abrió la gaveta donde estaba guardada el arma.
Ella sigue narrando. El padre cae, medio inconsciente, medio desangrado. Los ladrones huyen, la abuela llama a la policía. Enseguida van ellos, los hijos. ¿Qué pasó? La policía les dice que limpien todos, las huellas se borran.
-¿Por qué? –vuelve a la carga Memo. -¿Por qué la policía da esa orden?
-No lo sé –dice mamá.
Yo nunca he querido preguntarle nada a mamá. Por pudor, por respeto. Me ha parecido que era como meter el dedo en la llaga, ponerme a hurgar en su dolor. Pero aquí está mi marido, Memo, al que me gustaría dejar de un día para el otro sin darle siquiera los buenos días, interrogandola de puro fastidio. Y ella le responde.
-Algunos creen –carraspea papá- que el abuelo practicaba la usura. Por eso vinieron unos tipos y se vengaron.
-Mi papá no era un usurero –corrige mamá.
-Eso es una estupidez –se mete Memo. –No fue por usura.
-¿No, verdad? –pregunta mamá, ilusionada.
-No. Fue su madre, la esposa, la abuela, quiero decir –acaba Memo.
Ya está, ya lo dijo. Logró agriarme la comida. Papá deja el vaso sobre la mesa y lo mira furioso. Sus ojos emiten chispas verdes.
-No es posible –ronca papá.
-No lo sé… -susurra mamá.
-No puede ser, Susy.
Mi hermana ofrece otra ronda de helado. O cafecito. O té de hierbas. Algo que desvíe el curso ominoso del pensamiento.
-Mis padres peleaban mucho. Se tenían celos uno al otro. Él anduvo con la secretaria un tiempo. Yo lo descubrí y se lo conté a mi mamá. Tenía 16 años, ¿qué iba a hacer? A esa edad la infidelidad es una cosa incomprensible. Desde ese día, él, mi papá, estaba enojado conmigo. No me hablaba. Ni cuando me casé me habló. Apenas si me dirigió las suficientes palabras. Cuando lo mataron, no sé. No sé qué pasaba entre ellos, qué pasaba por la cabeza de él. Helena, una de las chicas de la casa, dijo que más de una noche se corrieron con armas. Mi mamá le hacía escándalos. Siempre, siempre. Tenía mal carácter, mucho temperamento. Pudo haberse enfurecido con él, agarró el arma, pelearon, se escapó un tiro. Cuando lo internaron es claro que él sabía quién era el asesino, el ladrón. No lo dijo para protegerla. Era su mujer, la madre de sus hijos, mi mamá.
-Susy, basta. Esta charla no tiene sentido. Me parece que tomamos mucho whisky.
Papá se levanta, se alisa las perneras del pantalón. Me mira perentorio, indicándome que saque a Memo de ahí antes de que él pierda la paciencia y empiecen a los gritos.
-Yo no tomé whisky, Antonio –susurra mamá. –Ni una gota.
Entonces papá se sienta otra vez. Está a la expectativa.
-Le pregunté. Cuando mi mamá se moría, diecisiete años después, le pregunté. ‘¿Vos mataste a papá?’ Pero ella estaba muy enferma, estaba perdida. Hablaba con voz de nenita y llamaba a su propia madre. Yo la sacudí en ese momento. No me importó que se le saliera el suero ni nada. Ya sabía que se moría de un minuto al otro. Le repetí la pregunta, se la dije al oído, se la grité. ‘No, no, no…’, contestó ella. Pero con voz de nenita, ya estaba muy perdida. Y ella se murió. Y yo me dije ahora no voy a saberlo nunca.
Papá saca un vaso limpio, sirve dos medidas de whisky y se las toma de un trago. Memo y yo nos levantamos y salimos de la casa.
7.
Le digo mamá que voy a separarme de Memo; voy a dejarlo. Es la Nochebuena cuatro años después del último relato. Le digo que no lo aguanto y no quiero llegar a odiarlo. Ella no opina, aprieta los labios uno contra otro, muy fuerte, y cuando afloja la boca, los labios están blancos, como si los hubiera pintado con albayalde. Memo, mi marido, le explico, vendió un solo cuadro en tres años, un punto de plata en una inmensa superficie blanca. A una gente de Costa Rica, que lo compraron por Internet. Lo vieron en una página y lo compraron. Ni siquiera hojearon un catálogo de Memo, ni lo pidieron. Arte abstracto, nadie lo entiende y a nadie conforma. No tiene otra fuente de ingresos y esto no es vida. No tenemos una casa, no tenemos hijos. El se consuela pensando en Van Gogh y en los genios que nunca vendieron un cuadro, pero después de muertos fueron riquísimos. No creo que les importara a esa altura. En el diario salió que en Christie’s se subasta ‘La Arlesiana, Madame Ginoux’, de Van Gogh en 40 millones de dólares. Es un cuadro donde Van Gogh trata de imitar a Gauguin y hasta se lo puso en una carta, que lo emula. No puedo imaginar cuánto es 40 millones, ni qué haría con ellos, y dudo que Memo pueda.
A principios de enero le pido que se vaya, pongo una fecha límite y como no la cumpla, voy a echarlo de la casa. El alega que en Sotheby’s en Nueva York, el cuadro de Picasso “Dora Maar con gato” va a ser subastado en 50 millones. Me viene con todo eso y tengo en la mente el cuento del duende que me inventé, para largarle. Pero estoy muy nerviosa y se me olvidan partes. Por eso me callo. Le digo que no me importa cómo se hicieron millonarios los genios de la pintura, le digo voy a sacarlo a punta de pistola, si es necesario.
Al cabo de tres semanas, Memo se va de la casa. Cuando se va, me derrumbo, lloro todo el día, no como, no duermo; no soporto el lado de la cama vacío, las sábanas heladas. La mitad del ropero deshabitada. Mamá dice que deseo su vuelta. Prepara una tortilla de papas, la hace bailar un instante en el aire, para que se dé vuelta y cocine parejo y la ataja con la sartén. Yo nunca pude hacer una cosa así, me llevaría años de práctica lograrlo.
-No quiero que vuelva, mami –digo.
Uno puede pasarse años recostado en el dolor, pienso.
Pero ese sillón no sirve para llorar; contractura la espalda.
Mamá echa la pimienta, pizca de blanca, pizca de negra. El polvo vuela un instante y luego se pega en el aceite de la tortilla.
Infancia. Rilke
de aquellas largas tardes de la infancia
que así nunca volvieron....¿y por qué?
Aún nos acordamos...quizás en una lluvia,
pero ya no sabemos lo que eso significa;
nunca más estuvo la vida tan llena
de encuentros, de volverse a ver, de seguir avanzando
como entonces, cuando no nos sucedía más
que lo que sucede a una cosa y a un animal:
vivíamos entonces lo suyo como humano
y nos llenábamos hasta el borde de figuras.
Y nos hicimos tan solitarios como un pastor,
Y tan sobrecargados de grandes lejanías,
Y como desde lejos tocados y elegidos,
Y lentamente, como un largo hilo nuevo,
Insertados en aquellas series de imágenes
En que ahora nos desconcierta persistir.
Cortesía de Laura Cotón (lcoton@yahoo.com)
miércoles, 11 de abril de 2007
Bajo tu dominio. Monólogo

Está practicando trucos frente a un espejo de cuerpo entero, antiguo.
A su lado, está Nina, una mujer hipnotizada.
Alfio
Ahora ella está ahí, dormida.
Le digo la palabra ‘Constantinopla’ y duerme, cae en un trance mucho más profundo.
Si le digo la palabra ‘Madagascar’, no despierta pero se mantiene como la ven.
Esta es una técnica que tiene muchos niveles de sueño.
Hace mucho que practico la hipnosis. No hay secreto que se me escurra.
Es una práctica deliciosa. Hace creerle a uno que es Dios. Un poco Dios, no mucho.
He hecho el bien: ayudado a la gente a soportar el dolor. La hipnosis puede funcionar como un analgésico.
También hice cosas que no hubiera debido. O tal vez sí. No estoy seguro del juicio con que vivimos en este mundo. Alguno, dormido, me confesó un secreto. Dónde guardaba cierto dinero, cierta posesión...
Los magos somos gente pobre.
Merlín era un viejo que no tenía donde caerse muerto.
El Gran Houdini corría la coneja.
Tengo dos manos, dos ojos, dos piernas, como cualquiera. Hablo tres idiomas. Podría ser maître en un gran restorán. Podría ser profesor de francés, sombrerero, carpintero, pegar carteles en una avenida o picar piedras. Si lograra evitar la necesidad de mostrar mi magia, podría hacer cualquier cosa. Hasta tendría una casa, una casita de libro de cuento, dos hijos, nena y nene, y una mujercita que supiera cocinar. No importa mucho qué: con albóndigas con salsa portuguesa me conformo. Muchas ventanas tendría mi casa. Para que entre el sol. Ya saben; donde entra el sol, no entra el médico...
No lo pasamos bien en asuntos de dinero.
Pero uno no puede evitarlo. La magia es un acto inevitable.
El entusiasmo, la adrenalina que despierta en el otro una ilusión. Yo sé cuánto le gusta al público el ilusionismo. Por eso lo importante, es que nunca, nunca, pase lo que pase, descubran el truco. Si yo fuera emperador, decretaría la horca a aquel que revelara el funcionamiento de un truco. Un artista, un pintor, no anda por la vida predicando cuál pincel, hecho con cuáles cerdas, puede llevarlo al éxito. Usted quiere pintar un cuadro? Muy bien. Rómpase el alma averiguando cómo se hace. Aquí no hay nada fácil.
Pero ellos ven una rosa blanca hacerse paloma, y al conejo que brota de la galera como un rábano de la tierra. Aplauden, aplauden. Están eufóricos; eso me gusta mucho de mi arte. Durante un rato, ellos creen que las leyes del universo pueden ser alteradas. La materia se transforma; los cuerpos transgreden la ley de gravedad y levitan. Algún espectador en trance dice cosas a su acompañante que jamás en su existencia hubiera pronunciado. A veces, cuando leo la mente de una persona sentada en la oscuridad en su butaca, y digo los números o los pensamientos de esta persona, en voz alta, este pequeño acto de adivinación no lo satisface. El público intenta sonreír y divertirse cueste lo que cueste, porque es una bestia mansa, domesticada hace siglos, de cuernos cortos y pezuñas limadas. Pero ocurre a veces que esta persona, a la que no gustó que se hiciera público su pensamiento, huye del salón y deja una estela de acritud, un mal sabor de boca.
Muy bien, digo yo. ¿Para qué ha venido?
Uno va al barbero para afeitarse la barba.
Si se enfrenta a la magia, debe estar dispuesto a todo.
Aquí alguien sube al estrado; yo le ordeno que mire pendular a mi varita mágica. Su nombre es Penélope. Lo único que perdura es el movimiento. La inestabilidad. La marea. Algunos dicen que no son hipnotizables; yo no conocí a ninguno que no fuera susceptible a mi influjo. Lo hice hasta con un apretón de manos. Los puse bajo mi dominio.
Cuando pronuncie el nombre de alguna ciudad exótica que he elegido esa noche, como puede ser Constantinopla, Alejandría, Babilonia, Samarkanda, ese voluntario caerá en el nivel más profundo de sueño hipnótico. Hará su número. Lo haré aletear como una gallina, o tal vez cantar una serenata mariachi a un amorcito de infancia... Luego, repetiré el nombre de la ciudad. Tocaré su hombro izquierdo, donde ramificanciones de la aorta se vuelven muy fina y lo haré despertar a la realidad. Con un chasquido de mis dedos, habrá olvidado todo lo que sucedió durante su sueño...
Este brillo que me rodea es el del precioso pajarito. La Fama, la más veloz de todas las plagas: vive moviéndose y corriendo se fortalece; pequeña y medrosa al principio, al poco se remonta a los aires, y con los pies en el suelo esconde su cabeza entre las nubes. Tiene ojos y bocas en sus alas, y lleva por donde va tanto la mentira como la verdad. Dicen que vive en un palacio de bronce sonoro donde atentos oídos oyen todas las voces, por leves que sean. Pero yo digo que no es cierto; digo que ella vive conmigo, aquí, en mi galera y vuela solo cuando yo la hago partir y le ordeno: “Vuela!”
De vez en cuando, atraído por ella, se acerca algún jovencito y me dice: ‘Maestro, permítame ser su discípulo, su asistente’, y yo me niego. Rotundamente. Vienen aquí a buscar el conocimiento que no pueden darles en el colegio; pero yo les ofrezco otro destino. La vanidad está en el aire y hay que saber vivir con ella. No debe perderse el porte; acá uno debe estarse quieto y vigilarlo todo, como si se estuviera hecho de alabastro. Pero el que viene atrás de la fama, es quien me observará desde bambalinas destilando su envidia; ese sirviente un día querrá ser maestro y usará su magia para cortarme la cabeza.
Por eso yo prefiero las mujeres. Sí, señores. A lo mejor porque de mi arte las pobrecitas no comprenden nada. Están a mi lado, luciendo su figura, el vestido de organza que siempre les compro para la ocasión. Una ayudanta debe ser una bella muchacha. Todas, indefectiblemente, acaban siendo diabólicas. Esto tiene de lamentable el arte de la magia.
Ella, Nina.
Ahora está allí, dormida.
Puedo preguntarle cualquier cosa y va a contestarme.
Si supiera las cosas que dice hipnotizada correría a tomar un tren expreso.
Nina, Nina, ¿me oye?
El Maestro quiere preguntarte:
Nina, ¿estuviste husmeando en los libros de magia?
Mírenla cómo dice sí con la cabeza.
El hipnotismo vuelve a las personas a su santa inocencia.
Nina es una criatura.
A veces, estando aquí parado veía cómo coqueteaba con alguno del público.
Algún caballero.
Está claro que yo me enamoré de ella.
Sufría.
Terminada la función, iba al camarín. Ella guardaba con sumo cuidado la varita en el estuche, la galera en su caja, doblaba pliegue por pliegue su vestido de organza. Yo la miraba hacer... había en un florero cuatro orquídeas que algún estúpido, de un palco, le mandó... Las orquídeas no se colocan en agua, pero Nina es tan bruta... Le digo: “Nina, estas flores son para disfrutarla con la vista; sólo eso. Hasta que se marchitan y se mueren”. A ella no le gustó la observación.
Es díscola.
Creo que intenté besarla.
La besé.
Le hice una caricia.
Ella me rechazó.
La suma de mis celos y su malhumor fue un coctail explosivo.
Le ordené: Siéntese.
Ella lo hizo.
Voy a despedirla del oficio de partenaire de mago.
Ella susurró alguna maldición.
Tiene ojos de gitana.
No pueden apreciarlos porque ahora apenas están entreabiertos...
Le dije: “Voy a pedirle un último favor. Un truco nuevo que estoy practicando... Observe atentamente la varita; el poder de la reina Penélope que llega hasta nosotros desde siglos... Relájese.”
Luego pronuncié:
“Constantinopla”
Ella cayó en trance.
Yo dí algunas órdenes.
Hace de esto cinco años.
¿Hemos sido felices?
Sí, hemos sido felices.
La felicidad, si uno la sabe encontrar, está a la vuelta de la esquina...
Pero a nadie le gusta atravesar el puente de la servidumbre.
Ladrar como un perro a la luna.
Produce pánico.
A mí no me importa nada de todo eso.
Hay una sola palabra de todas las palabras que existen que me he prohibido pronunciar.
Nina la busca en libros, en diccionarios, me acecha cuando duermo...
Yo no la digo.
Ordeno.
Ordeno el mundo.
El mío, el suyo.
Mire esta varita con atención.
¿Quiere volver a sentirse inocente como un niño?
Sube?
Quién desea subir hoy y entrar en otro universo?
Apagón
lunes, 9 de abril de 2007
Chicas. Harold Pinter
La quiero, la adoro.La amo con toda el alma.
Creo que es una mujer maravillosa.
La vi una vez sola.
Se dio vuelta y sonrió.
Me miró y sonrió.
Después paró un taxi de la fila.
Le dio instrucciones al conductor,
abrió la puerta, entró, cerró la puerta,
me miró por última mirada a través de la ventanilla;
luego el taxi arrancó
y nunca más la vi de nuevo.
Versión P.S.
domingo, 8 de abril de 2007
Extinto. Cuento
El va a la cocina y destapa la cerveza, mientras yo arropo a mi hija. Vuelvo y tomo un vaso grande, alto. Él también. Dice algo asì como “Ahora que lo pienso, es verdad. Tomo esta cerveza y me voy”. Me parece bien, pero quiero que se quede. Nunca recibì a un hombre en la casa desde que me separè, me gusta la sensación. Tampoco esta es la casa en que viví con mi marido. Era otra, pero sirve igual, para lo que quiero decir.
Vamos a la salita. Está todo desprolijo, los muñecos de la nena por todas partes, el sofà cama deshecho. Hay una taza de café en el piso, libros abiertos y puestos boca abajo. Él se sienta en el sofá. Hablamos de lo que él hace, còmo saca una foto, cómo es que los fotógrafos de actualidad no tienen miedo a las cosas que pueden pasarle en los sitios adonde los mandan… es un tema que me interesa. A lo mejor porque estuve casada con uno, es que siempre me pregunto cómo es… Él habla, dice algo de la luz, fotografiar la luz en una pared o cosa así, creo que es una frase de Cézanne o Cézanne lo pone en alguna parte… Menciona la adrenalina, la adrenalina que sube en las situaciones límites y protege a los fotógrafos como un escudo.
Estoy con un pantalón rayado blanco y negro y una camisa negra, descalza. Sentada a su lado. Èl me toca el dedo gordo del pie, yo me corro hacia un costado. “Es feo mi pie, no lo toques”, le digo. Entonces trata de tocarme en la cintura, me toca. “Es fea también”, digo, y me pongo más lejos en el sofà. Èl se queda estàtico, no comprende. Yo me acerco de un solo envión y lo beso en la boca. Es un beso embriagador, largo, dura mucho y es suave, siento sus labios, cómo son por dentro. Todo ocurre muy rápido después. Me quito el pantalón y sé que él está viendo cómo lo hago. Creo que es la imagen màs precisa que tengo de còmo fue esa noche. El mirando el finìsimo elástico de mi bombacha y yo que pienso que esa imagen, el elàstico negro contra mi piel blanca, la curva de mi cadera, lo està impactando.
No me decepciona. Quiero decir, cuando termina, cuando se levanta del sofá, no es algo que me mate. Sabìa que se iba a ir, y yo bajo a cerrarle la puerta. Se lleva el envase vacío de la cerveza. Se sube hasta arriba el cierre de la campera de cuero, que lo hace parecer un aviador. Hago un chiste. Digo, que si la revista lo ve salir de mi casa, al día siguiente vamos a salir en los titulares. Nos reímos. No nos decimos hasta pronto, no preguntamos cuándo volveremos a vernos.
Subo a mi casa, mi hija duerme, el silencio continúa, es fuerte.
Disco larga distancia en el teléfono, atiende mi marido.
Está dormido, se duerme temprano.
Lo oigo decir Hola y cuelgo.
Me acuesto en el sofá adonde todavía està su olor en la sàbana. El del fotógrafo. Eso es lo mejor del amor, creo.
Volvemos a vernos tres días después. Nos encontramos en el chat, como la primera vez. Básicamente somos vecinos, estamos a siete cuadras. Voy a su casa, me tiro junto a él en su sofà. No hablamos. Miramos fotos, él va pasando fotos que tomò y cosas que hizo. Yo asiento. Me resultan impresionantes, muy impresionantes. Se trata de crímenes, asesinatos, fusilamientos. Me quedo helada. Hay mùsica de Ry Cooder, estoy segura de que era Ry Cooder, la canción esa de París, Texas, que dice: “Qué lejos estoy del suelo donde he nacido/ intensa nostalgia invade mi pensamiento…”; la conozco muy bien. Me muestra fotografías donde están sus hijas, su hijo, su ex esposa. Me dice: “Acá estamos los dos, cuando estaba todo bien”. Veo una mujer, no muy distinta de mí, sin sonreír, frente a un papel y con un crayón en la mano. “Todavía la quiere”, pienso. Me pregunta por qué dejé a mi marido, le contesto. Él me dice que él también es un poco así, violento. Me cuenta una escena del pasado en el que tiró con una silla a su ex mujer. No sé por qué no me parece más que un arranque de rabia común y corriente. “Eso no es violencia”, digo. “Todos tenemos momentos así”.
Volvemos al sofà. Nos besamos, èl dice que me quiere conocer, que yo soy una desconocida. Yo le digo que es eso lo que lo hace gracioso, que no me conoce. En ese momento yo pienso que ser una desconocida es un plus, porque alienta su deseo a conocerme. Siempre estaba hablando de conocerse, del conocimiento interpersonal, o hablaba de cosas que me vio hacer en el escenario suponiendo que estas cosas reflejan mi forma de ser, son un poco como soy. Igual, esa noche no hacemos nada. Él está excitado pero no hace nada y yo no me animo a ir más allá de tocarlo.
Vuelvo a mi casa, pienso que no le gusto. Por eso no hubo nada sexual en el encuentro. Me cuesta sobrellevar esta idea, y pasan una o dos semanas hasta que vuelvo a saber de èl.
Está en el chat, yo le escribo. Le mando un zumbido, al cabo de un rato, él responde. Me dice: “Te quise llamar, pero murió mi madre. Era muy vieja. Viajé a cuidarla. Se murió.” Esas màs o menos fueron sus palabras. Sin pensarlo dos veces voy hasta el telèfono, lo llamo. Insiste que está bien, su madre muriò y su padre estaba muy enfermo tambièn y tuvo que internarlo. “Le salvè la vida”, dice. Después agrega que me llama un dìas de estos. No se lo oye trastornado.Busco en los obituarios en el diario y ahí està su madre. La enterraron hace dos dìas. Està èl, su nombre completo y estàn todos sus hijos.
Ya casi no pienso en él, tal vez pasa un mes o dos de la última vez que lo he visto. Incluso sueño con él. Un sueño recurrente que tengo por aquel tiempo. Sueño con el cuadro La muchacha del aro de perla de Vermeer, que yo soy ella. Estoy delante de él, atándome el turbante en la casa. Le hablo; tengo las cejas muy rubias y los ojos más grandes y claros, en el sueño. El no me dice nada. Cuando despierto, ya no estoy segura de que sea él. Como sea, ese día me llama. Dice que perdió mi teléfono; que llamó a casa de mi ex marido y él se lo dio. Todo suena tan extraño, pero en ese instante yo me encuentro pensando: “Es el destino; estamos conectados espiritualmente”.
Así que nos vemos, viene a mi casa y pasamos la tarde juntos. Nos quedamos dormidos uno en brazos del otro; es todo tan dulce! Le digo que lo he extrañado, y él me dice que él también. Entre una cosa y otra hace un año que nos vemos, se lo hago notar. Pienso, pero es idea mía, que va a cambiar la tónica de la relación a partir del reencuentro. Así que nos vemos una vez por semana más o menos, en un bar, tomamos una cerveza, un par de veces vamos a su casa o la mía. Ningún hombre me interesa como me interesa él: no lo comprendo, pero digo que es para mí, es el hombre que yo quiero para mí. Suspendo citas y salidas con otros hombres. Pero sucede que las veces que nos vemos siempre hay algo que marcha mal, y él se queja. No tiene plata o está abatido por la relación con sus hijas o el trabajo no lo satisface. Lo consuelo; no es que yo no tenga problemas, pero supongo que estamos juntos, apenas una o dos horas a la semana, para compartir buenos momentos. Le presto el dinero para sacar su ropa de la lavandería, le estoy entregando los billetes, cuando me dice que hará una fiesta de cumpleaños. Una fiesta para los suyos, adonde si yo quiero puedo ir. No es una invitación, me dice que si quiero, que vaya, así, como si no le importara. Siento que estoy perdiendo el tiempo, los encuentros con él me deprimen. “Estoy deprimida”, le digo, “esto no tiene sentido”. El se desespera, me toma las manos y las besa. Me dice que trate de entender, suplica, de alguna manera vernos este poquito es relacionarnos. Toda la situación me lastima y decido no verlo más. No le digo por qué, simplemente ya no lo veo más. Igual él no me busca, no me pide explicaciones. Sigue adelante. Sigo adelante, o eso parece. De vez en cuando nos cruzamos en el supermercado o en el video club. El es cordial, yo también. Hablamos de vernos uno de estos días. Pero ya no nos vemos. Seguimos adelante con nuestras vidas, es lo que cuenta. Cada uno con su vida, separadas, aunque nunca hayan estado exactamente juntas, ni acompañándose.
A veces camino por mi barrio y me parece que lo veo de lejos, que es él que está yendo hacia algún lado. Soy miope y me cuesta darme cuenta a la distancia quién es. Pero si pienso que es él, y que aun no me ha visto, lo único que hago es esconderme. Entro en una tienda o me refugio en el zaguán de alguna casa, hasta cerciorarme de quién es esa persona allá. Sí sé que es él, cierro los ojos hasta que pasa y sigue adelante. Después yo desvío mi camino. Si no es él, sigo adelante. Digo, que sigo adelante, que él sigue adelante; pero igual siento que estamos clavados en el punto de partida, detenidos.
Consuelo. Jaroslav Seifert
Amantes desparejos. Lawrence Durrell
Citado por Paloma Pedrero en El color de Agosto
Domingo por la noche. Raymond Carver
Esta ligera lluvia
Del otro lado de la ventana, por ejemplo.
Este cigarrillo entre los dedos,
Estos pies en el sofá.
El débil sonido del rock and roll,
El Ferrari rojo del interior de mi cabeza.
La mujer que anda trompicones
Borracha por la cocina...
Toma todo eso,
Utilízalo.
Soy tu hombre. Leonard Cohen
Y si quieres otro tipo de amor, llevar‚ una máscara por ti.
Si quieres un compañero, toma mi mano.
O si quieres golpearme hasta derribarme airada, aquí permanezco.
Soy tu hombre.
Si quieres un boxeador, me patearé el ring por ti.
Y si quieres un doctor, examinaré cada centímetro de ti.
Si quieres un conductor, salta dentro.
O si quieres llevarme a dar una vuelta, sabes que puedes.
Soy tu hombre.
Ah, la luna brilla demasiado.
La cadena está demasiado tensa.
La bestia no se irá a dormir.
He estado desbaratando estas promesas a tí
que hice y no podría mantener.
Pero un hombre nunca consigue que una mujer vuelva,
no suplicándoselo de rodillas.
O yo me arrastraría hasta ti, muchacha, y caería a tus pies.
Y le aullaría a tu belleza como un perro movido por el calor.
Y desenterraría con mis garras tu corazón.
Y me desgarraría en tu sabana.
Diría por favor, por favor,
soy tu hombre.
Y si tienes que dormir un momento en la carretera,
yo patronearé la nave por ti.
Y si quieres trabajar la calle sola, desapareceré por ti.
Si quieres un padre para tu hijo,
o solo quieres caminar conmigo un rato a través de la arena,
soy tu hombre.
Si quieres un amante, haré cualquier cosa que tu me pidas.
Y si quieres otro tipo de amor, llevaré una máscara por ti...
lunes, 2 de abril de 2007
Ya no. Cuento
La mujer está en la inmobiliaria. Tiene que pagar el alquiler, debe febrero y un plus de diciembre, pero antes quiere arreglar el asunto del gas. Hace veinte días encontraron una pérdida de gas en la puerta del edificio, entonces vino la empresa y les cortó el gas a todos. Para reconectar, tienen que arreglar y pagar unos doscientos pesos cada uno. También tienen que adecuar el departamento por dentro, poner válvulas de seguridad en la cocina y el calefón, en las estufas a gas, si las hubiera, y colocar dos rejillas de escape en el ambiente donde está el calefón. Estas refacciones cuestan unos quinientos pesos por departamento y deben ser hechas por un gasista matriculado. El administrador del consorcio consiguió uno que lo hace por un poco menos, igual hay gente que no puede pagar. En el primer piso vive una mujer que tiene once hijos. Mientras tanto no tienen gas; se bañan con agua fría y ella compró un calentador eléctrico en el que puede calentar agua para té o café, pero donde no puede cocinar. Ayuda que estén en verano, que haya días donde el calor es opresivo y puede meterse en la bañera sin tiritar. Algunos vecinos están resfriados, con gripe; el asunto del gas, de seguir así, amenaza con darles una pulmonía.
Un caballero discute con la chica del escritorio. La medianera, grita, ¡la medianera! ¿a quién pertenece? Quiere ver los planos de catastro. La chica lo calma, tiene un tatuaje en la muñeca que dice Gabriel. De un tanque de agua, llena un vasito de plástico. El caballero lo bebe y estruja el vaso; a ella le duelen los oídos. Quedó un surco de agua que recorre la barbilla del hombre, se levanta, haciendo sonar las patas de la silla contra el piso, y se marcha. Si la silla fuera un animal se hubiera quejado; si la silla pudiera, lo hubiera coceado.
-El señor Lorenzo viene en un momento –le dice la chica.
Está impasible; lo del caballero no la ha afectado.
Una persona entra y pregunta si sigue en venta el departamento de Piedras al 800. La chica dice que sí, sin alegría, sin sonreír: parece que no le encuentra la gracia a esto de vender propiedades.
El señor Lorenzo asoma la cabeza de su despacho.
El pelo largo, juvenil.
El reloj de oro.
Los ojos pequeñitos color gris ratón.
Un cincuentón casi rico.
-¡Adriana! –grita él, feliz.
Ella entra al despacho.
Aun de espaldas puede ver el gesto de la chica: fastidio, hastío.
Camina despacio, arrastra los tacones.
Una vez, un hogar.
-¿Cómo va todo? –pregunta él. –El departamento, la vida...
-Bien –dice ella.
No quiere hablar; no quiere perder el tiempo, detenerse. Tan sólo pagar e irse. Y arreglar el asunto del gas.
-Está el problema del gas –dice ella.
-Sí, sí, lo sé. Corre por mi cuenta. Pagá y después te lo descuento del total de alquiler.
Ella asiente.
-Hay algún otro problema?
-No...
No le cuenta que tuvo que llamar al Charly, el plomero, porque las canillas perdían. Ni que el lavarropas se descompuso. Estos son asuntos de ella. Una casa no se termina nunca, decía su madre muchos años atrás. Una casa nunca termina de arreglarse y esta ni siquiera es suya.
-Con los vecinos todo okey?
-Sí –contesta-. La del primero se queja todo el tiempo de la música alta del chico de la planta baja. El gordo de la terracita es espión. Sí, me espía. Un día que me desperté a la madrugada lo vi mirándome, trepado a una baranda. No te rías, Lorenzo.
-No me río.
-Podía matarse de ahí. Después me dijeron que fue circunstancial. Que él tenía la llave del pasillito y por eso podía verme. En teoría, de su ventana no puede. No hay nada del otro mundo para ver, pero me dio rabia. Lo hubiera asesinado. Ahora duermo con las persianas bajas, con este calor. No es justo.
Ella chasquea la lengua.
Le viene un mal pensamiento.
-No tiene importancia, Lorenzo.
Recuerda el día que él le quiso aumentar el alquiler. Tenían que discutirlo; ella llevó una remera que traslucía su corpiño. Él picó, la invitó a tomar una copa de vino blanco; ella tomó dos. Era un vino frutado, estaba caliente, no le gustó. Él habló del tamaño de su pene; quería seducirla hablándole de la medida de su pene. Decía que era muy grande, desproporcionado para su estatura. Ella ni siquiera sentía curiosidad por saber cómo era su pene. Era una cuestión en absoluto interesante. Pero él creía que sí, que era un tema, un leit motiv fantástico para conquistar una mujer. Durante cuadras y cuadras, ella estuvo subida a la camioneta mientras él paraba en las farmacias a comprar el producto equis que necesitaba para estar con una mujer. Y luego cuadras y cuadras hasta un motel, sin hablar, a una habitación adonde él encendió todas las luces porque ya que pagaba quería verla completamente desnuda y disponible, así dijo. Después se desnudó él, mostrando que era un hombre normal, común y corriente, igual a otros cientos de hombres, y ella no se animó a revelarle la verdad de su condición, sino que se quedó sonriéndole. Este hombre, este cincuentón, hacía travesuras. Tanta idiotez produce ternura a veces, piedad otras. Ella se deslizó debajo de él y lo dejó hacer a su antojo, sin dejar de sonreír, pensando en el chasco que se llevaría él si ella hablaba, y él creyendo que la mediasonrisa se debía al placer o a la dulzura de su persona.
Esto fue hace un año, por el mes de enero. Él le dijo que le pagara el mes cuando ella pudiera y ella nunca le pagó. Fue al mes siguiente y pagó directamente febrero.
Pero una vez, un amor.
-¿Estás sola? –pregunta él.
-Sí –dice ella.
- No se puede salir de la depresión sin medicamentos, lo sabés, no?
-Sí.
-Fuiste al psiquiatra?
-Sí.
-Te recetó algo? Estás tomando algo?
-No tomo nada –dice ella. –Vitaminas a lo sumo. Magnesio, esas cosas.
-Malo... –sentencia él.
Lo interrumpe la chica con dos golpes a la puerta.
-Afuera está el señor Sánchez –anuncia –vino con el escribano para hacer la compra.
-Que me espere un segundo. Te decía...?
-Tengo la plata, Lorenzo –dice ella.
Le entrega cinco billetes de cien y uno de cincuenta.
-Está bien. El mes que viene me pagás trescientos cincuenta y así descuento el gasto del gasista. Traéme las facturas del gasista, porque el contador me las va a pedir.
Él le extiende un recibo que ella sostiene entre las palmas abiertas, como a un pichón lastimado.
-Les voy a vender el departamento del Pasaje Juffra. El que está justo enfrente del MacDonald’s. Tiene tres ambientes y un patio. Hicimos enrejar las ventanas, para que sea más seguro y en el patio techamos con vidrio...
Ella se paraliza.
Están cayéndole lágrimas de los ojos.
Muchas lágrimas.
Un río.
No puede detenerlas.
-¿Qué pasa? –pregunta él.
Se acerca y le acaricia la mejilla con la yema del dedo gordo.
Ella sabe que si no contesta algo rápido, él le dirá que tiene que tomar las pastillas que le den.
Ella recuerda a su hijo recitando:
“-¿Conoces a un niño llamado Ping Pong?
-¿Un muñeco alto, muy guapo y de cartón?
-Sí. Que se lava su carita con jabón.
-¿Qué hace?
-¡¡Se lava su carita con jabón!!”
¿Qué pastilla quita ese dolor?
No, no hay.
Una vez, una misma sangre.
-La gripe –contesta-. Es que me bañé con agua helada todos estos días. Me pone sensible. Es eso.
-Ah –dice él.
Le da un beso tierno en la frente y otro en la mejilla, promesas de futuros besos, caricias, que podría hacerle si ella se dejara. Pero ella no se deja; ella corcovea; ella es un caballo corcoveando y con las dos patas en el aire.
Se levanta sin hacer ruidos, y acomoda con mucha suavidad la silla de nuevo en su lugar. Si fuera un animal, la silla le hubiera lamido las pantorrillas.
Saluda a la chica con un gesto.
La chica no le responde Buen día, ni Adiós.
Ni siquiera la mira.
En la muñeca tiene el nombre de un hombre tatuado.
No es el padre, no es el hermano. Pero es como si lo fuera.
Ella sale y se va, se aleja.
Una vez, una familia.
Frente de tormenta desde el este, pronosticaron esa mañana en la radio. Hay alerta meteorológica. El cielo está gris oscuro. Un nubarrón tapa la ciudad.
Había pensado una vez en comprarse una casa adonde viviría con sus hijos y el marido. Pero ahora los hijos viven con el marido y ella vive sola en una casa cuyo alquiler es demasiado alto. Hay un magnolio en el patio: a veces piensa que es el árbol el que encarece el valor de la propiedad. Lo piensa pero no está segura.
Sube por la calle empinada.
Flamea un poco su vestido por el viento que se levanta.
Ya no, dice ella. Ya no.
Sigue hasta el final de la calle.
Sigue y sigue; luego la envuelve la sombra.
Una vez, una vida.
También sucede. Euler Granda
el amor como un intruso,
como un pelo
en el plato de comida.
A veces el amor
como enfermarse,
como estar ahogándose,
como si hubiésemos robado
y nos buscaran.
Otras veces con él
qué borrachera,
qué jubilosa azúcar
inundándonos,
qué tropel
en las venas,
qué cosa nunca vista,
qué fiebre de colores.
A veces el amor
como pudriéndose.
La gente extraña. Louise Erdrich

No confiamos en ellos. Aparecen y desparecen;
son como sombras en la pradera. Debido a su hermosura,
a veces los hombres jóvenes siguen a los antílope
y se pierden para siempre.
Incluso aquellos que consiguen regresar
nunca vuelven a estar en sus cabezas.
Pretty Shield, Escudo Bonito, curandera crow,
transcrito por Frank Linderman, 1932.
Toda la noche soy la cierva, respirando
su nombre en el campo helado,
con el pequeño rocío de su nombre
siempre a la deriva frente a mí.
Y él ha escuchado de nuevo
y yo ardí tras él, la antorcha
inunda mis ojos con fuego azul;
en mi pecho el corazón estalla
como una piedra caliente.
Arrojada después como un fardo
en la caja de su pickup,
limpio de mi boca
la espuma de la muerte,
me siento, riendo
y chillo desde mi veloz sepultura.
Encerrada en el garage,
cuando él afila su cuchillo
y cree tenerme, así nada más,
vengo a él,
flaca y gris,
a través de las balas que entran y se disuelven.
Me instalo en su casa
tomando café hasta el amanecer
y me retiro
mientras la escarcha enrojece la tapa de los cubos
a gatas retorno a mi cuerpo espectral.
Adormecida en los limpios pastizales, el día entero
sueño con el único que realmente me pudo lastimar.
Codos. Minnie Bruce Pratt
No dejes que tus codos
se vean.
Eso es lo que mis vecinos
allá en Alabama dicen
a sus hijas
para que ningún codo
relleno o delgado
moreno o rosado
incite a otros
a la pasión.
Pero si pensara
que mis flacos, bicolores
codos fueran a atraerte
si pensara
que mis enjutos, huesudos
codos pudieran retenerte
agitaría los brazos
como un pollo
como un pavo real
como una gallina de guinea
cuando volviera a verte
tesoro
me subiría
las mangas y
pecaría
pecaría
pecaría.
Traducción de Joaquín Ibarburu y Walter Ch. Viegas
Ventanas. Circe Maia
en ellas, las palabras. Ellas vienen
así o de otro modo y no es tan importante.
Vidrios, ventanas son y habría que limpiarlas
con cuidado, por eso. No pintarlas
-¿qué verías detrás?- y no adornarlas.
Por mirar el adorno en la ventana
no miraste hacia afuera.
El más breve vistazo
hubiera sido al menos suficiente
para mirar la luz del otro lado.
Si, esa luz de afuera
sobre un rostro que pasa.
Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.
Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.
Conocerlo todo, según Mahfuz
Paradoja del deseo - Oscar Wilde
Testamento de Florencio Sánchez
Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar
Siempre idéntica a sí misma
Búsquedas desesperadas - Woody Allen
Conócete a ti mismo. Oscar Wilde
He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci
Etérea. Tradición oral española.
Este es el cuento de María Sarmiento
que fue a cagar y se la llevó el viento
De una Suplicante a Santa Lucía
En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!
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