al darse cuenta
de que no podía hacer con arena
nidos para las garzas
se puso a hacerle a la arena
nidos con garzas
Traducción de Joaquín Garrigós
Brindar con extraños. Libro de cuentos
Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.
ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt
Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...
Fidelidad presidencial
"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."
citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler
sábado, 31 de marzo de 2007
Fight. Halfdan Rasmussen
Lanzar. Un tono en el aire.
El sedal que gotea se tensa.
El tranquilo perfil vespertino de la montaña.
La calma, profunda como un suspiro.
Rítmicamente tentador corre el carrete.
Y como un músculo en la oscuridad
sientes al salmón. Tu corazón late.
¡Ha picado!
Sólo el susurro del río y de la sangre.
El ritmo glorioso en el cuerpo,
como si tu corazón fuera un brillante pez de plata
luchando por liberarse.
Buscas hasta en lo más profundo.
Subes de nuevo como una sombra.
Oyes detrás del dolor la melodía de otro dolor.
Eres un pez en la corriente. Estás atado
invisiblemente al cantarín nervio delgado
del destino. Una fuerza domada
en redobles de tambor de agua.
Saltas con el anzuelo en los labios
a través de una lluvia de estrellas.
Te llevan las olas de dolor crepuscular
hacia la orilla.
Traducción de Francisco J. Uriz
El sedal que gotea se tensa.
El tranquilo perfil vespertino de la montaña.
La calma, profunda como un suspiro.
Rítmicamente tentador corre el carrete.
Y como un músculo en la oscuridad
sientes al salmón. Tu corazón late.
¡Ha picado!
Sólo el susurro del río y de la sangre.
El ritmo glorioso en el cuerpo,
como si tu corazón fuera un brillante pez de plata
luchando por liberarse.
Buscas hasta en lo más profundo.
Subes de nuevo como una sombra.
Oyes detrás del dolor la melodía de otro dolor.
Eres un pez en la corriente. Estás atado
invisiblemente al cantarín nervio delgado
del destino. Una fuerza domada
en redobles de tambor de agua.
Saltas con el anzuelo en los labios
a través de una lluvia de estrellas.
Te llevan las olas de dolor crepuscular
hacia la orilla.
Traducción de Francisco J. Uriz
Curso de literatura rusa. (Fragmento). Vladimir Nabokov
" Un sentimental puede ser una perfecta bestia en sus ratos libres. Una persona sensible no será nunca cruel. El sentimental Rousseau, a quien se le saltaban las lágrimas ante una idea progresista, distribuyó sus muchos hijos naturales entre diversos hospicios y asilos, y jamás se ocupó de ellos. Una solterona sentimental puede mimar a su loro y envenenar a su sobrina. El político sentimental puede acordarse del día de la madre y aniquilar implacablemente a un rival. A Stalin le encantaban los niños. Lenin lloraba en la ópera, sobre todo en La Traviata. Todo un siglo de autores cantaron la vida sencilla de los pobres. Por autores sentimentales nos referimos a la exageración no artística de emociones corrientes, que pretende provocar automáticamente la compasión tradicional en el lector. "
What does it all mean, poet? - Robert Browning
Di, poeta, ¿qué sentido darás a todo esto?
Laten tus ideas con ritmo, has puesto
metro a nuestra emoción; y qué bien expresas
de las cosas sus íntimas bellezas.
No está mal. Pero, además de tu renombre,
¿crees saber qué es bueno para el hombre?
¿Te crees tú -pobre, enfermo, prematuro viejo-
un palmo más cerca del reflejo
que quienes nunca un verso han de acuñar?
Canta tú la cabalgata. Yo prefiero cabalgar.
Versión de E. Dobry
Laten tus ideas con ritmo, has puesto
metro a nuestra emoción; y qué bien expresas
de las cosas sus íntimas bellezas.
No está mal. Pero, además de tu renombre,
¿crees saber qué es bueno para el hombre?
¿Te crees tú -pobre, enfermo, prematuro viejo-
un palmo más cerca del reflejo
que quienes nunca un verso han de acuñar?
Canta tú la cabalgata. Yo prefiero cabalgar.
Versión de E. Dobry
Amor real - Edgardo Dobry
Tú con tu mermelada,
yo con mi miel;
yo pintaré una piel
de manteca en cada rebanada
-hasta ahí nos parecemos.
Ahora bien: a la cuchara y cuchillo
que a cada colación pringuemos,
quién, di, tornará el brillo.
yo con mi miel;
yo pintaré una piel
de manteca en cada rebanada
-hasta ahí nos parecemos.
Ahora bien: a la cuchara y cuchillo
que a cada colación pringuemos,
quién, di, tornará el brillo.
Se casa el rey zulú - Daniel Samoilovich
El rey de los zulúes tiene
40 años, igual que yo;
pero se ve que no pensamos
lo mismo del matrimonio:
anoche llevó el número
de sus esposas a 4,
yo el de las mías a 0.
40 años, igual que yo;
pero se ve que no pensamos
lo mismo del matrimonio:
anoche llevó el número
de sus esposas a 4,
yo el de las mías a 0.
Aforismos. Federico Nietzsche
*La mujer querría creer que el amor lo puede todo; ésta es su propia superstición.
*¿No es mejor caer en manos de asesinos que en los ensueños de una mujer celosa?
*¡Pero el Diablo no aparece nunca cuando hacer falta!: siempre llega tarde ese maldito.
*"El Público" no es más que una palabra, y de ningún modo un valor siempre igual y constante en sí. ¿Por qué había de verse obligado el artista a someterse a un poder que no trae su fuerza más que del número?
*¿No es mejor caer en manos de asesinos que en los ensueños de una mujer celosa?
*¡Pero el Diablo no aparece nunca cuando hacer falta!: siempre llega tarde ese maldito.
*"El Público" no es más que una palabra, y de ningún modo un valor siempre igual y constante en sí. ¿Por qué había de verse obligado el artista a someterse a un poder que no trae su fuerza más que del número?
viernes, 30 de marzo de 2007
Tríptico de Karen Ann Quinlan

Sobre los estados comatosos
1.
karen quinlan
su nombre como un pájaro
agorero
en la tormenta
una noche
entre los mástiles de un barco
2.
decían
que un día despertó
y vio a los amigos,
la calidez del mundo,
dijo hola,
sonrió, tímida,
y se volvió a dormir
mansa y profundamente
3.
los pasos de las enfermeras
la goma
de sus mocasines blancos
eran para ella
el sonido de los pájaros
4.
pienso,
cuando pienso en pastillas y alcohol
en cómo será dormir sin soñar
durante dieciesiete años
en un hospital
encogida
una rosa
que no pasa de botón
y ya se empieza a marchitar
5.
las rosas tienen siete pétalos,
las personas
tienen más.
karen quinlan
su nombre como un pájaro
agorero
en la tormenta
una noche
entre los mástiles de un barco
2.
decían
que un día despertó
y vio a los amigos,
la calidez del mundo,
dijo hola,
sonrió, tímida,
y se volvió a dormir
mansa y profundamente
3.
los pasos de las enfermeras
la goma
de sus mocasines blancos
eran para ella
el sonido de los pájaros
4.
pienso,
cuando pienso en pastillas y alcohol
en cómo será dormir sin soñar
durante dieciesiete años
en un hospital
encogida
una rosa
que no pasa de botón
y ya se empieza a marchitar
5.
las rosas tienen siete pétalos,
las personas
tienen más.
La mejor solución. Harry Martinson
La resignación se encarga de arreglar casi todo:
poco a poco se forma una suave costumbre del dolor.
Eso acontece sin protestas y sin vivas.
Uno se esfuerza hacia arriba
y se acostumbra hacia abajo.
No son las revoluciones, sino las resignaciones
las que han permitido al hombre que viva,
si es que en realidad ha vivido.
Nadie, sin embargo, ha sobrevivido.
Es posible arreglar las jubilaciones,
pero las resignaciones se arreglan sin nadie.
Alivian poco a poco y sin cesar todas las instituciones
de las obligaciones y de las opiniones.
Y el ocaso, sonríe.
Trad. O. Paz
poco a poco se forma una suave costumbre del dolor.
Eso acontece sin protestas y sin vivas.
Uno se esfuerza hacia arriba
y se acostumbra hacia abajo.
No son las revoluciones, sino las resignaciones
las que han permitido al hombre que viva,
si es que en realidad ha vivido.
Nadie, sin embargo, ha sobrevivido.
Es posible arreglar las jubilaciones,
pero las resignaciones se arreglan sin nadie.
Alivian poco a poco y sin cesar todas las instituciones
de las obligaciones y de las opiniones.
Y el ocaso, sonríe.
Trad. O. Paz
Nací el veintiuno. Alda Merini
Nací el veintiuno, en primavera
pero no sabía que nacer loca,
abrir los terrones
pudiera desatar la tempestad.
Así Proserpina leve
ve llover sobre las hierbas,
sobre los gruesos trigos gentiles
y llora siempre en la noche.
Quizás sea su oración.
Trad. G. Saraceni
pero no sabía que nacer loca,
abrir los terrones
pudiera desatar la tempestad.
Así Proserpina leve
ve llover sobre las hierbas,
sobre los gruesos trigos gentiles
y llora siempre en la noche.
Quizás sea su oración.
Trad. G. Saraceni
De pronto las palabras que estaban en el aire. Poema
De pronto las palabras que estaban en el aire
a punto de desvanecerse se solidificaron
y se guarecieron en las regiones;
hablaban, entonces, las manos;
los muros protegen y los muros limitan:
corresponde a la naturaleza de los muros
su propia caída;
como si hubiéramos sido sordos
o como si hubiéramos sido mudos, los dos.
Estábamos por demás de comunicativos,
no nosotros propiamente, sino el cuerpo:
“Entre gitanos”, dijiste, “no vamos a andar
adivinándonos la suerte”.
En la habitación de al lado alguien cantaba;
no comprendíamos sus palabras:
tal vez fuera algún idioma extranjero;
en nuestra habitación bailaban las sombras,
y cuando las sombras cesaron
pensamos en el instante que vendría luego,
que caería sobre nosotros –un arpón
y un ancla- y yo me pregunté:
¿el próximo instante es el desconocido?,
¿el próximo instante está hecho por mí?
¿o lo hace él? ¿o se hace solo?
Me pareció que pronunciaba
estas palabras en voz alta,
tu piel tan blanca y un lunar negro brillaba
sobre ella como una pupila. Uno de los dos
tendría que levantarse, hablar, fumar,
abrir las cortinas. Pero no queríamos descorrer
las cortinas: detrás de ellas los espectros,
fantasmones, nos acechaban; uno de los dos
pronunció la palabra matrimonio: creíamos
en la conveniencia de complicarnos. La ventana daba
a un patio interno grisáceo y casi miserable,
los sostenes de la mujer de la 415 colgaban;
de otra manera hubiéramos visto el mar.
¿Cómo se llamaba esa playa? Amanecía
y luchábamos:
queríamos tener los ojos sin sueño,
pero no podíamos, no podíamos,
¿quién es acaso el que puede?
Deberíamos, en una hora, hacer, fingir,
una vida normal, mojar la medialuna
que nos servirían, en la taza del café, revolver
con la cucharita luego y no antes de echar el azúcar,
deberíamos estar y estar,
como si se pudiera estar sin pensar nada.
a punto de desvanecerse se solidificaron
y se guarecieron en las regiones;
hablaban, entonces, las manos;
los muros protegen y los muros limitan:
corresponde a la naturaleza de los muros
su propia caída;
como si hubiéramos sido sordos
o como si hubiéramos sido mudos, los dos.
Estábamos por demás de comunicativos,
no nosotros propiamente, sino el cuerpo:
“Entre gitanos”, dijiste, “no vamos a andar
adivinándonos la suerte”.
En la habitación de al lado alguien cantaba;
no comprendíamos sus palabras:
tal vez fuera algún idioma extranjero;
en nuestra habitación bailaban las sombras,
y cuando las sombras cesaron
pensamos en el instante que vendría luego,
que caería sobre nosotros –un arpón
y un ancla- y yo me pregunté:
¿el próximo instante es el desconocido?,
¿el próximo instante está hecho por mí?
¿o lo hace él? ¿o se hace solo?
Me pareció que pronunciaba
estas palabras en voz alta,
tu piel tan blanca y un lunar negro brillaba
sobre ella como una pupila. Uno de los dos
tendría que levantarse, hablar, fumar,
abrir las cortinas. Pero no queríamos descorrer
las cortinas: detrás de ellas los espectros,
fantasmones, nos acechaban; uno de los dos
pronunció la palabra matrimonio: creíamos
en la conveniencia de complicarnos. La ventana daba
a un patio interno grisáceo y casi miserable,
los sostenes de la mujer de la 415 colgaban;
de otra manera hubiéramos visto el mar.
¿Cómo se llamaba esa playa? Amanecía
y luchábamos:
queríamos tener los ojos sin sueño,
pero no podíamos, no podíamos,
¿quién es acaso el que puede?
Deberíamos, en una hora, hacer, fingir,
una vida normal, mojar la medialuna
que nos servirían, en la taza del café, revolver
con la cucharita luego y no antes de echar el azúcar,
deberíamos estar y estar,
como si se pudiera estar sin pensar nada.
lunes, 26 de marzo de 2007
Volcán extinto. Claudia Masín
La tristeza de apagarse dura un instante,
repentina conciencia de la muerte,
que precede a la profunda alegría
del olvido.
repentina conciencia de la muerte,
que precede a la profunda alegría
del olvido.
martes, 20 de marzo de 2007
viernes, 16 de marzo de 2007
Tres chistes judíos
Un tipo entra al confesionario y le dice al sacerdote:
-Padre, acabo de hacer el amor con una mujer bellísima.
Y el cura:
-Dime, hijo, ¿es casada esa mujer?
El tipo:
-No, y yo soy judío, ¡pero tenía que contárselo a alguien!
Hitler va al astrólogo.
-A ver -dice el profesional-, sí, acá está muy clarito. Usted se va a morir un día de fiesta judía.
-Bueno, pero ¿qué día? -pregunta el nazi.
-Ah, eso no lo sé, pero cualquier día que usted se muera va a ser de fiesta judía.
El muchacho judío le dice a su madre:
-Mamá, tengo dos noticias; una mala y otra buena.
-A ver, nene, decíme la mala.
-La mala es que descubrí que soy homosexual, mamá.
-¡Oy oy oy! ¿Y la buena?
-¡Mi novio es médico, mamá!
Citados por Rudy en "¿Y vos de qué te reís?"
-Padre, acabo de hacer el amor con una mujer bellísima.
Y el cura:
-Dime, hijo, ¿es casada esa mujer?
El tipo:
-No, y yo soy judío, ¡pero tenía que contárselo a alguien!
Hitler va al astrólogo.
-A ver -dice el profesional-, sí, acá está muy clarito. Usted se va a morir un día de fiesta judía.
-Bueno, pero ¿qué día? -pregunta el nazi.
-Ah, eso no lo sé, pero cualquier día que usted se muera va a ser de fiesta judía.
El muchacho judío le dice a su madre:
-Mamá, tengo dos noticias; una mala y otra buena.
-A ver, nene, decíme la mala.
-La mala es que descubrí que soy homosexual, mamá.
-¡Oy oy oy! ¿Y la buena?
-¡Mi novio es médico, mamá!
Citados por Rudy en "¿Y vos de qué te reís?"
Un chiste de los otros.
Un tipo pide limosna. Se acerca un banquero.
-Una limosnita, por el amor de Dios.
Nada.
-Una limosnita por el amor de Dios y la Virgen María.
El banquero mete la mano en el bolsillo y dice:
-Ah, con dos garantes es otra cosa.
-Una limosnita, por el amor de Dios.
Nada.
-Una limosnita por el amor de Dios y la Virgen María.
El banquero mete la mano en el bolsillo y dice:
-Ah, con dos garantes es otra cosa.
Carta a Rodrigo de Escobedo sobre las sirenas. Cuento

A Rodrigo de Escobedo:
Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.
Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocefálos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descubriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.
Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: ”Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvistéis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consolaós, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la passión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacistéis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la formosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginabáis que vos no ibais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójadte a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”
Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.
Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.
Palabras del Almirante.
Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.
Habiéndoos dejado hace cuatro días, hago ésta para testimonio de lo visto al Esnordeste del Monte Cristi. El día pasado, cuando el Almirante iba al Río del Oro, dixo que vio tres sirenas que salieron bien alto de la mar, pero no eran tan hermosas como las pintan, que en alguna manera tenían forma de hombre en la cara. Dixo que otras veces vio algunas en Guinea, en la Costa Manegueta. Se alejó y partióse de donde había surgido, y al sol puesto llegó a un río, al cual puso nombre río de Gracia; dista de la parte Sudeste tres leguas. Habíanle dicho que las creaturas estrañas del Río de Oro poseen don de profecía; el Almirante conocía dellas por la historia del náufrago Ulises y porque dícese que a la Génova llegó la sirena Lygea dormida o muerta hace centomil años, de donde el abate Battista de la Iglesia de San Matteo la tornó a la mar a que la devoraran los peces; más su cuerpo encalló poco después a morir a la costa de Nápoles, adonde navegan ellas su ruta pagana, como lo hiciera la Parténope.
Tarde en la noche el Almirante volvió sobre sus pasos y quedó en la barca desde donde llamó a las sirenas. La piedra de carbunclo que le hacía de amuleto contra naufragios y ahogos, llevaba colgada al cuello. Sabía él que las creaturas no van detrás del hombre, sino que lo esperan. Había a la orilla huesos descarnados y pieles putrefactas del alimento que tomaban. No piensa el Almirante que comieran hombres como sí los cinocefálos de la India de los que Micer Polo habla en su libro y desta manera él tiene noticia. El agua del río era fabrida y con la color de la uva torrontés. Subió a él la tristura de la oramala, y acordó de Beatriz Enríquez que quedó en la Córdoba y el tiempo en que Amor y Pesar fue puesto al servicio della. Pensé en don Hernando. Acordado de tanto, vencido ya el juicio de que cualquiera tiempo pasado fue mejor y que se forjan bien rápido las ofensas que no las glorias. Los siete años que el Almirante pasó detrás de la Corte Itinerante de los Reyes Católicos pesaron sobre sus huesos como setenta. Le vino a las mientes el arrobo de doña Violeta Moniz en Huelva, cuando llevó él al niño don Diego, sobrino suyo e hijo habido con doña Felipa, futuro heredero legítimo de sus bienes y honores de Indias. Acordóse del gusto que tenía el pequeño don Diego a la fruta dulce, más poderoso que el pecho de su madre. Le vino al Almirante el olor de La Rábida, del Monasterio y del Fray que le salió al paso con un cántaro cuando él aun no había puesto en verbo su sed y deseo de tomar agua. Acordóse del sabor a yerba secreta que le supo el agua aquella y cómo él pensó que una planta de beleño mojaba sus hojas en el pozo o en el manantial de donde los frailes sacaban el agua y a eso se debía la mansedumbre que los hiciera famosos en esa tierra. Entre todas las naciones, sólo el pobre es extranjero: este era un pensamiento del Almirante antes y después de descobrir las Indias. Vuélvolo a decir para sentencia moral a don Rodrigo Escobedo, que me lees. Ésta y la que antes te dixera: la hembra no debe tocar arma y si lo hace no debe fiarse della. El primero ejemplo de la historia estuvo la Semíramis que vistióse en su tiempo con los trajes de su marido y defendió la Assiria y trajo de vuelta a Babilonia, de rescate a su nación; después ca encendida de la continua comezón de la luxuria, la desventurada, y entre sus enamorados se contó su mismo hijo. Díselo el Almirante por esta doña Agustina Antonia que, según dice, a los diez y seis años por el mes de mayo dejó la casa para embarcarse con el nombre fingido de Juan Cuadrado como grumete en La Pinta al mando del Capitán Martín Alonso Pinzón por la paga de dos mil e seiscientos e sesenta e seis maravedís. Al cabo descubriola el marinero Gil Pérez cuando vió trenzarse la larga crencha. Doña Agustina Antonia siquiera habíase cortado los cabellos y en lo escuro se lo adornaba con plumas de papagayos de la Isla. Detenida y preguntada por el Almirante, doña Agustina Antonia confesó: tornada a su país se meterá a monja para ser por siempre esposa de Jesús; que no era de temer la luxuria en ella. Dixo en lengua de su país: “Amar urtian errege serbitu dotia gertu daukat moja srtutzeko”. El Almirante encomienda tan luego de estas palabras a don Rodrigo de Escobedo no librar a doña Agustina Antonia de los grillos y la vigilancia.
Guarecido por la escura noche, candela en mano, el Almirante paróse a la orilla y tiró en ella la plata y el oro contenida en un casquete. Al punto el agua se abrió y una dellas dixo desta guisa: ”Apaga la lumbre”. Así lo fizo el Almirante y escuchó a las creaturas salirse del río y sentarse en las piedras. Preguntó él por el porvenir. “¿Cómo nos pagarás?”, dixeron las creaturas y a continuación fizieron lista de aquello que querían. Esto me pesa grandemente en la conciencia; ellas pidieron un marino que se cobrarían mucho tiempo después, dixeron, no siendo él ninguno de mis hijos ni hermanos, ni ninguno de mi sangre que pusiera pie en las Indias. Dixeron que se cobrarían a él en un viaje, en la costa de una isla a llamarse Xamaica, viaje que será el mío último y para desgracia. Preguntóles el Almirante por aquello que bien amaba en el mundo; rieron, riéronse de él cuantas las sirenas eran. “Vos viviréis poco más, pero esto no os importa; porque sois tan estulto que pensáis que hay algo por descobrir en el otro mundo, el mundo de la muerte. Iréis solo y sin navío y de esta guisa diréis: ‘Yo estoy perdido. Yo he llorado hasta aquí a otros. Haya misericordia ahora el cielo y llore por mi la tierra’. Estas palabras las diréis y las escribiréis y se las enviaréis a la Reina, quien jamás ha confiado en vos y en el fondo de su ser os aborrece. Siete años sin cuento estuvistéis en la Corte hablando de una empresa que queríais hacer y descobrir y todos pensaban que era burla. Vos veréis ahora suplicar en la Corte hasta a los sastres por descobrir tierras y a los mismos sastres les darán; el pensamiento que hará de guía a los Reyes es poco halaquero hacia vos. Dirán: Si aquel loco, aquel endemoniado del ginovés, ha encontrado la ruta de las Indias, ¿por qué este pobre bendito de sastre no habrá de descobrir aunque sea un peñón para la Reina? No os desalentéis. No temáis, confiad: todas estas tribulaciones están escritas en piedra mármol y no sin causa. Pobre, en la olvidanza de casi todo dejaréis el alma en Valladolid, soñando mercedes reales, gracias divinas. Consolaós, si os alcanza con esto que os diremos: en el Monasterio de esos locos que vosotros llamáis Cartujos, en Sevilla, a tu muerte el Rey Fernando escribirá en una piedra sin paramento: ‘Por Castilla y por León Nuevo Mundo Halló Colón’. ¿Os alcanza? ¿Os place? ¡Oh, Almirante, vos tenéis el mal de Abraham; la passión por la simiente! No habrá coplas a vuestra muerte dictadas por Don Diego; empero su amor será complido, y prosperado medrará entre los más caros nobles. Él tendrá y mantendrá una persona de vuestro linaje en la ciudad de Génova, tal como se lo pediréis en un escrito de vuestro puño y letra, que le haréis en pocos años. La tristura, la bilis negra os hará mentar la región donde nacistéis y de donde venís. Don Hernando os deparará otro sinsabor, vuestro hijo habido con la formosa Beatriz de Córdoba, al que vos criásteis como marino y navegante, dejará memoria tras él por su afición a los libros. Libros sí, los juntará y construirá una casa para albergarlos dentro, tantos volúmenes serán. Pero vos, ¡ah vos! Os quejaréis dentro de diez años de no tener un techo ni tan siquiera una sola teja adonde guardar la cabeza; y en los mesones y fondas os está negada a vos la alegría; hundiréis en este mundo nuevo un navío con dos quintales de bizcocho, tantos será vuestro desatino, y muchas barcas y gente ahogada sembraréis por nuestros ríos. ¿Os hemos dicho todo lo que deseábais saber, Almirante? ¿Acaso os imaginabáis que vos no ibais a acabar como el resto de los mortales a la hora del fallescer: anhelando y gimiendo que hubiérase sido mejor no haber nacido? Acabaréis deseando haber sido tejedor en vuestro poblado de Monconesi en la Montaña, soñando con la lana como el gazapo con la teta de su madre. ¿Esperábais todas buenas nuevas de nosotras las sirenas? Estáis salando nuestra agua de tus ojos, mancillándola. Si tenéis valor y ventura, haced como los otros y arrójadte a las aguas, que aquí os acogeremos y tendremos cuitado y a cambio dejaremos en paz al marino Vicente Ruiz con el que nos has pagado y a quien comeremos a la hora nona, en memoria de la hora en la cual Jesucristo se desangraba, en el Año de Gracia 1503, en el mes de febrero cuando vuestra alma zozobre en esta costa y ruegue a Dios y Dios la abandone.”
Nunca nadie fue herido como el Almirante en aquel punto, volvióse a la barca con rabia dolorida, oyendo tras de sí aun las risas de aquellos demonios y sintiéndose fenecer. El Almirante encomendó su espíritu a la Santa Trinidad y a la Conçepción de Nuestra Señora y vio el mucho peso que en su consciencia harían los bienes de este mundo. Cuando yo descubrí las Indias, dije que eran el mayor señorío rico que hay en el mundo. El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él, quien lo tiene, hace cuanto quiere en el mundo, y llega a que echa las ánimas al Paraíso. Las sirenas dixeron cuanta verdad sabían sobre el porvenir del Almirante y nada puede fazer él contra el Destino.
Llore por mí quien tiene caridad, verdad y justicia.
Palabras del Almirante.
Hecha en las Indias, en la isla La Española, a 11 de enero de 1493 años.
El documento es de dudosa autenticidad, según algunos expertos. Se encuentra en la Biblioteca Nacional de Madrid.
sábado, 10 de marzo de 2007
Diario de un enamorado. Martín Prieto
26 de abril y varios días siguientes
No te llamé ni me importó.
Pensé todo el tiempo
en que no te llamaba
y que no me importaba.
14 de mayo
Soñé que entrabas a la peluquería
a cortarte el pelo.
No, soñé que ya tenías el pelo corto
e igual entrabas a la peluquería.
Estabas gordísima.
16 de mayo
Una mujer golpeaba el portón de San Cristóbal.
Tenía un pantalón y un saco negros.
Pensé que eras vos. Me acomodé
para verte sin que me vieras. No eras vos.
17 de mayo
Soñé que dormíamos juntos.
18 de mayo
En un bar había un ejemplar del diario
en el que vos escribís.
No me interesé. Después me interesé.
Traté de ver cuál de todas las notas era la tuya.
Busqué tu prosa turbulenta, tu ansiedad
por decir todo en las primeras quince líneas.
No estabas, o no te encontré.
19 de mayo
Descalzo, me acordé de tus pies.
21 de mayo
Estaba esperando cruzar la calle,
en la esquina de Córdoba e Italia.
Te vi bajar de un taxi, acomodarte el pelo.
Tuve una especie de taquicardia histérica.
Te iba a gritar. No eras vos.
21 de mayo
Puse a calentar agua
para cocinar arroz.
Prendí la radio.
Francisco Bessone hablaba
con una periodista nueva
de economía internacional:
¿Qué hace esta boluda hablando de Davos?
Estuve diez minutos escuchándote,
hasta que él se despidió:
"Muchas gracias, María de los Ángeles".
Ese no es tu nombre.
22 de mayo y otros días siguientes
Recibí unos mensajes en el contestador
que no decían nada.
Dos o tres segundos de silencio, y clanck.
Pensé que se trataba de una clave. De una clave tuya.
25 de mayo
Me llamó Daniel desde San José:
"Mahe, te estuve llamando, no estás nunca.
Te dejé unos mensajes silenciosos,
a ver si te dabas cuenta que te llamaba yo".
26 de mayo
Tomé un taxi para ir a trabajar. El chofer
me hablaba de manera muy neta
de su vida sexual mientras vos cruzabas San Luis,
viniendo por Entre Ríos, dirección norte.
En la turba de una ciudad de piamonteses,
una goleta engalanada.
¿Eras vos? En eso pensé el resto del día.
28 de mayo
Presentación de una revista de amigos,
de carácter 'ágape'. No pienso ir,
hasta que pienso que tal vez vayas vos.
Entonces pienso que tanto mi ausencia
como mi presencia te van a resultar
significativas. Trato de adivinar
el sentido que serías capaz de darle
a una cosa o la otra. A las siete de la tarde
en lo único que pienso es en que quiero verte.
Voy. No estás.
30 de mayo
Te preguntarás por qué no te llamo.
Ojalá todavía te lo preguntes.
No te llamé ni me importó.
Pensé todo el tiempo
en que no te llamaba
y que no me importaba.
14 de mayo
Soñé que entrabas a la peluquería
a cortarte el pelo.
No, soñé que ya tenías el pelo corto
e igual entrabas a la peluquería.
Estabas gordísima.
16 de mayo
Una mujer golpeaba el portón de San Cristóbal.
Tenía un pantalón y un saco negros.
Pensé que eras vos. Me acomodé
para verte sin que me vieras. No eras vos.
17 de mayo
Soñé que dormíamos juntos.
18 de mayo
En un bar había un ejemplar del diario
en el que vos escribís.
No me interesé. Después me interesé.
Traté de ver cuál de todas las notas era la tuya.
Busqué tu prosa turbulenta, tu ansiedad
por decir todo en las primeras quince líneas.
No estabas, o no te encontré.
19 de mayo
Descalzo, me acordé de tus pies.
21 de mayo
Estaba esperando cruzar la calle,
en la esquina de Córdoba e Italia.
Te vi bajar de un taxi, acomodarte el pelo.
Tuve una especie de taquicardia histérica.
Te iba a gritar. No eras vos.
21 de mayo
Puse a calentar agua
para cocinar arroz.
Prendí la radio.
Francisco Bessone hablaba
con una periodista nueva
de economía internacional:
¿Qué hace esta boluda hablando de Davos?
Estuve diez minutos escuchándote,
hasta que él se despidió:
"Muchas gracias, María de los Ángeles".
Ese no es tu nombre.
22 de mayo y otros días siguientes
Recibí unos mensajes en el contestador
que no decían nada.
Dos o tres segundos de silencio, y clanck.
Pensé que se trataba de una clave. De una clave tuya.
25 de mayo
Me llamó Daniel desde San José:
"Mahe, te estuve llamando, no estás nunca.
Te dejé unos mensajes silenciosos,
a ver si te dabas cuenta que te llamaba yo".
26 de mayo
Tomé un taxi para ir a trabajar. El chofer
me hablaba de manera muy neta
de su vida sexual mientras vos cruzabas San Luis,
viniendo por Entre Ríos, dirección norte.
En la turba de una ciudad de piamonteses,
una goleta engalanada.
¿Eras vos? En eso pensé el resto del día.
28 de mayo
Presentación de una revista de amigos,
de carácter 'ágape'. No pienso ir,
hasta que pienso que tal vez vayas vos.
Entonces pienso que tanto mi ausencia
como mi presencia te van a resultar
significativas. Trato de adivinar
el sentido que serías capaz de darle
a una cosa o la otra. A las siete de la tarde
en lo único que pienso es en que quiero verte.
Voy. No estás.
30 de mayo
Te preguntarás por qué no te llamo.
Ojalá todavía te lo preguntes.
martes, 6 de marzo de 2007
Francotirador. Cuento

Me llamo Michael Buchanan; tengo diez años. Cuando tenía nueve, mi hermano Félix, de doce, disparó a la nada, usando el rifle Springfield de papá para cazar perdices y más allá en la calle acabó matando a una señora con su hijito. La señora llevaba a su hijito en brazos, porque era muy pequeñito, como de dos años o menos, y la bala los mató a los dos. Ocurrió en Seattle, porque vivíamos en Seattle aunque antes habíamos vivido en Portland. Yo nací en Belinda, a mitad de camino entre Seattle y Vancouver; sólo que yo no puedo acordarme de ese lugar. Mami se descompuso, y me tuvo ahí. No sé bien qué hacía mi familia andando por Belinda. Mami dice que si hubiera sido chica en vez de chico me hubieran llamado Belinda. Yo estoy seguro de que no me hubiera gustado ser chica ni llamarme Belinda. Todas las chicas son estúpidas y lloronas y se babean como bebitos cada vez que lloran. En Portland, donde vivíamos antes, nieva todo el invierno; en Seattle no porque está pegado al mar, y entonces llueve todo el tiempo: invierno y verano. Lo que más me gusta de Seattle es la bahía, que se llama Elliot, el mercado de pescado, el acuario adonde tienen una foca manchada muy bonita que Robert McGee nos llevaba a ver al menos una vez por mes y el Needle Space me gusta mucho también. El Needle Space es una torre altísima, como un fideo gigante. Una vez filmaron una película ahí mismo, sobre dos enamorados que no logran encontrarse. El mundo es tan pequeñito allí arriba, que si uno apunta a la nada y dispara a la nada desde allí, seguro que dá en el blanco de la nada: es una torre bien alta. Mi papá era gerente de una sucursal del Chase Manhattan Bank y siempre lo estaban trasladando de un lado al otro del país. Nos gusta mucho viajar. Somos americanos, norteamericanos como llaman aquí a los nativos de los Estados Unidos. Hace unos pocos años nada más que estamos en la Argentina y yo aprendo mucho del español leyendo; sin embargo apenas llegué tuve problemas con los artículos. Aquí todo es femenino o masculino, hay que saber si algo es femenino o masculino antes de poder decir cualquier cosa: era muy difícil para mí hablar así. Si mi hermano Félix no hubiera disparado a la nada, haciendo rebotar la bala contra el cartel de un Tim Horton’s y matando a la señora con su hijito, el año que viene hubiéramos vivido en Nueva York. Mi hermano Félix y yo teníamos muchas ganas de conocer Nueva York. Es la mejor ciudad del mundo. En la Argentina no hay ningún negocio de Tim Horton’s, y apenas si existe algo parecido.
Cuenta mi papá que antes los señores usaban arco y flechas para cazar, o bien usaban de compañero a un halcón. El arte de cazar ayudado por un ave se llama cetrería. Es un arte que ya ha desaparecido, como desapareció la geomancia y la alquimia, y como desaperecerá también el arte de la poesía en el futuro. Así dice mi papá. Había un halconcito de mucha confianza que usaban los señores españoles que se llama gerifalte. Si alguna vez voy a España quisiera ver un gerifalte. Aquí en la Argentina hay pájaros que se llaman caranchos; mi papá dice que los caranchos tienen un aire de familia con los gerifaltes. Robert McGee y su hijo Toby tienen un halcón. Creo que se llama halcón peregrino; o a lo mejor es “Peregrino” el nombre que Robert y Toby le pusieron al halcón. Es muy hermoso, de plumaje gris, blanco y azulino, y tiene unos ojos grandes, amarillos, que te miran como diciendo: a mí no puedes ocultarme la verdad, muchacho. Para dormir, Robert debe taparle los ojos con una capucha y entonces el pájaro cree o finge que es de noche, y se duerme. Robert no sabe si el halcón sueña, y si sueña, qué clases de sueños tiene. Yo siempre sueño con el abuelo Tim, que me saluda con la mano. Mami me había pedido que no hablara de Toby con papá, pero yo me olvidé y le pregunté por el halcón. ¿Cuántas clases de halcones hay, papi?, le pregunté, y él me contestó: ¿quién tiene un halcón, hijo? Y yo contesté: Toby; pero papá no me preguntó más nada sobre Toby. Toby me caía bien aunque olía a ajo, y su hermana Angela no me parecía una chica estúpida, tenía cuatro años y no era para nada una bebita, aunque tenía mucho miedo de perderse y siempre te agarraba de la chaqueta cuando caminaba. Una vez se perdió en una gran tienda y su mamá y su papá estuvieron cuatro horas hasta encontrarla. Desde entonces, la mamá de Angela siempre lleva a Angela con una correa cuando sale a la calle o hacer compras; mami nos explicó que eso está muy mal, tanto, que hizo que Robert McGee, que es el papá de Ángela y Toby se peleara con la mamá y se fuera a vivir a otra casa, solo. Le pregunté a Robert si era muy triste vivir solo, y él me dijo que en realidad no vivía solo sino con su pájaro halcón, y además él tenía muchos amigos, y Toby y Angela siempre que podían iban a verlo. También le pregunté si él se había separado de la mamá de Angela y Toby para siempre, y Robert me contestó que está muy mal pensar que todo es tal como se ve y que todo es para siempre, sobre todo si uno es un niño. No se puede llevar el reloj toda la vida con la hora exacta, me dijo. En realidad, nada es para siempre, dijo.
Cuando fuimos a Vancouver no tuvimos tiempo de hacer las maletas ni despedirnos. Y mami y el abuelo Tim quedaron en Seattle. Yo le dije a mi papá que no quería hacer ninguna clase de viaje sin mami ni sin el abuelo Tim, pero papá me zarandeó de la chaqueta y me metió a la fuerza en el automóvil. Me dijo que no era un viaje común, si no que era una huida. Le pregunté qué hora era y mi papá contestó que eran las cuatro cero cinco minutos am: él sí siempre tiene en el reloj la hora exacta. Hicimos la mitad del viaje en el Mercedes Benz de un empleado del banco que se lo prestó a último momento, y antes de cruzar la frontera subimos a un Chrysler azul. Mi papá hubiera querido que fuéramos halcones para volar más rápido. Félix lloraba y me distraía; los faros de los coches que venían en la dirección contraria me encandilaban. Eso era porque no tomamos la autopista si no una carretera secundaria. Mi papá no quería ir por la autopista. Le pregunté a Félix si lloraba porque la señora y el hijito se habían muerto, o si lloraba porque nos íbamos de Seattle sin mami y sin el abuelo Tim. Mi hermano me dijo que yo era un estúpido y un bastardo, me pegó y me hizo sangrar el labio. Allá en Estados Unidos la gente cuando quiere insultar a alguien le llaman “bastardo” y les duele en serio. Aquí nadie sabe siquiera qué quiere decir bastardo. Yo le contesté a Félix que lo odiaba y que todo esto era por su culpa; mi papá gritó que me callara, que nadie tenía la culpa excepto él, mi papá, y entonces Félix lloró como un bebito. Después papá, cuando conducía, dijo que un hombre puede cometer muchos errores pequeños y eso no tiene importancia. Pero si los errores son grandes y pesan demasiado sobre su vida, lo único que puede hacer es deslizarse y no tomarse del todo en serio, porque sólo así evita sufrir: el sufrimiento prolongado puede ser mortal. Así dijo.
En Vancouver hay cuervos que van y vienen por la ciudad. En Seattle también había, pero se escondían. Veíamos más a las gaviotas que a los cuervos cuando volaban por la bahía buscando pescados. Papá nos consiguió a Félix y a mí una guía Audubon y allí explicaba la diferencia entre el cuervo de la montaña y el cuervo de los basurales de Vancouver. Aquí se llaman cuervo y cuervo, pero en inglés se llaman raven y crow. Los primeros, decía la guía, hacen “crunk” en voz muy baja mientras los otros chillan “caaw” o “klaah” si son de la parte oeste de la cascada. Hay que prestar atención a los cuervos para distinguir cuál es el idioma que hablan. Estuvimos menos de una semana en Vancouver, y luego papá nos llevó al aeropuerto y nos vinimos a la Argentina. En Vancouver papá preguntaba si sabíamos quién diablos era Robert McGee y de dónde lo había sacado mami. Le dijimos que no sabíamos. Que era un amigo de mami; a lo mejor de la escuela de cuando ella era niña. Papá dijo que mami hizo la escuela en Chicago, no en Seattle. Nosotros dijimos que eso no tiene nada que ver, porque la gente en Estados Unidos viaja mucho y a lo mejor mami entonces se lo encontró a Robert después de grande en Seattle. Le dijimos que mami lo llamaba Bobby. Papá dijo que ése era el título de una canción: “Yo y Bobby McGee”, que se escuchaba en la época en que él era joven y antes también. Mi hermano Félix y yo nunca escuchamos esa canción y jamás se la oímos mencionar al abuelo Tim.
Mi abuelo Tim contaba una historia de los irlandeses en la que aparecía un cuervo. Un cuento celta. Es la historia de Deirdre. Deirdre una vez ve a su padrastro Conchobar quitarle la piel a un ternero en la nieve y a un cuervo bebiendo la sangre. Ella dice entonces que el hombre que amará tendrá el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como la sangre. Quise contar la historia cuando íbamos en coche a Vancouver, pero papi me pidió que me callara, que lo ponía muy nervioso con la charla.
Fue así. Estábamos los cuatro cenando pizza porque mami se había ido al cine a ver una película, y entonces papá dijo: ¿Quieren que comamos pizza? Y nosotros contestamos que sí, y pedimos por teléfono una de muzzarella y otra de vegetales. Cuando se hicieron las diez, papá nos mandó a dormir y nos preguntó si sabíamos a qué cine había ido mami, así la iba a buscar. Pero mami nada más nos había dicho que iba a ver una película en la que actuaba Tom Hanks, y Tom Hanks actúa en muchas películas. Me desperté cuando oí que estaban peleando y no tenía reloj adonde ver la hora porque yo había tirado la radio-reloj a la basura unas semanas atrás. Mi hermano Félix estaba arrodillado en el descanso de la escalera, y oí que lloraba. Mi hermano es muy llorón; llora por todo como un bebito. Papá decía: “No, Alison, así no”, y mami decía: “Necesito un tiempo; después veré qué hacer; estoy muy confundida, Freddy”, y entonces papi le dijo: “El tiempo es ahora, Alison; y ¡no me vuelvas a decir Freddy, carajo!”. Y mami igual le dijo: “Si es así, Freddy, entonces me voy ya”, y se fue hacia su pieza. Papá le gritó: “¿¡Qué te dije, carajo, qué te dije?!” y se fue a la pieza detrás de ella; estaba furioso. Mi hermano, lloriqueando y babeándose, se metió en el cuartito de servicio de papá y sacó el rifle. Era el rifle que papá usaba para cazar perdices cuando salía con el abuelo Tim. (Una vez el abuelo Tim le disparó a un cuervo parado en medio de un maizal, porque los cuervos son muy dañinos con el maíz, y lo mató. Pero después se arrepintió y fue y enterró al cuervo ahí mismo, debajo de unas plantas). Mi hermano Félix abrió la ventanita y disparó a la nada. Más allá, en la calle, cayeron al suelo la señora y su hijito. El hijito muerto tenía el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y la frente roja por la sangre que salía de la herida. Después papá llamó a su empleado del banco, el que le prestó el Mercedes y nos fuimos de Seattle sin despedirnos.
Cuenta mi papá que antes los señores usaban arco y flechas para cazar, o bien usaban de compañero a un halcón. El arte de cazar ayudado por un ave se llama cetrería. Es un arte que ya ha desaparecido, como desapareció la geomancia y la alquimia, y como desaperecerá también el arte de la poesía en el futuro. Así dice mi papá. Había un halconcito de mucha confianza que usaban los señores españoles que se llama gerifalte. Si alguna vez voy a España quisiera ver un gerifalte. Aquí en la Argentina hay pájaros que se llaman caranchos; mi papá dice que los caranchos tienen un aire de familia con los gerifaltes. Robert McGee y su hijo Toby tienen un halcón. Creo que se llama halcón peregrino; o a lo mejor es “Peregrino” el nombre que Robert y Toby le pusieron al halcón. Es muy hermoso, de plumaje gris, blanco y azulino, y tiene unos ojos grandes, amarillos, que te miran como diciendo: a mí no puedes ocultarme la verdad, muchacho. Para dormir, Robert debe taparle los ojos con una capucha y entonces el pájaro cree o finge que es de noche, y se duerme. Robert no sabe si el halcón sueña, y si sueña, qué clases de sueños tiene. Yo siempre sueño con el abuelo Tim, que me saluda con la mano. Mami me había pedido que no hablara de Toby con papá, pero yo me olvidé y le pregunté por el halcón. ¿Cuántas clases de halcones hay, papi?, le pregunté, y él me contestó: ¿quién tiene un halcón, hijo? Y yo contesté: Toby; pero papá no me preguntó más nada sobre Toby. Toby me caía bien aunque olía a ajo, y su hermana Angela no me parecía una chica estúpida, tenía cuatro años y no era para nada una bebita, aunque tenía mucho miedo de perderse y siempre te agarraba de la chaqueta cuando caminaba. Una vez se perdió en una gran tienda y su mamá y su papá estuvieron cuatro horas hasta encontrarla. Desde entonces, la mamá de Angela siempre lleva a Angela con una correa cuando sale a la calle o hacer compras; mami nos explicó que eso está muy mal, tanto, que hizo que Robert McGee, que es el papá de Ángela y Toby se peleara con la mamá y se fuera a vivir a otra casa, solo. Le pregunté a Robert si era muy triste vivir solo, y él me dijo que en realidad no vivía solo sino con su pájaro halcón, y además él tenía muchos amigos, y Toby y Angela siempre que podían iban a verlo. También le pregunté si él se había separado de la mamá de Angela y Toby para siempre, y Robert me contestó que está muy mal pensar que todo es tal como se ve y que todo es para siempre, sobre todo si uno es un niño. No se puede llevar el reloj toda la vida con la hora exacta, me dijo. En realidad, nada es para siempre, dijo.
Cuando fuimos a Vancouver no tuvimos tiempo de hacer las maletas ni despedirnos. Y mami y el abuelo Tim quedaron en Seattle. Yo le dije a mi papá que no quería hacer ninguna clase de viaje sin mami ni sin el abuelo Tim, pero papá me zarandeó de la chaqueta y me metió a la fuerza en el automóvil. Me dijo que no era un viaje común, si no que era una huida. Le pregunté qué hora era y mi papá contestó que eran las cuatro cero cinco minutos am: él sí siempre tiene en el reloj la hora exacta. Hicimos la mitad del viaje en el Mercedes Benz de un empleado del banco que se lo prestó a último momento, y antes de cruzar la frontera subimos a un Chrysler azul. Mi papá hubiera querido que fuéramos halcones para volar más rápido. Félix lloraba y me distraía; los faros de los coches que venían en la dirección contraria me encandilaban. Eso era porque no tomamos la autopista si no una carretera secundaria. Mi papá no quería ir por la autopista. Le pregunté a Félix si lloraba porque la señora y el hijito se habían muerto, o si lloraba porque nos íbamos de Seattle sin mami y sin el abuelo Tim. Mi hermano me dijo que yo era un estúpido y un bastardo, me pegó y me hizo sangrar el labio. Allá en Estados Unidos la gente cuando quiere insultar a alguien le llaman “bastardo” y les duele en serio. Aquí nadie sabe siquiera qué quiere decir bastardo. Yo le contesté a Félix que lo odiaba y que todo esto era por su culpa; mi papá gritó que me callara, que nadie tenía la culpa excepto él, mi papá, y entonces Félix lloró como un bebito. Después papá, cuando conducía, dijo que un hombre puede cometer muchos errores pequeños y eso no tiene importancia. Pero si los errores son grandes y pesan demasiado sobre su vida, lo único que puede hacer es deslizarse y no tomarse del todo en serio, porque sólo así evita sufrir: el sufrimiento prolongado puede ser mortal. Así dijo.
En Vancouver hay cuervos que van y vienen por la ciudad. En Seattle también había, pero se escondían. Veíamos más a las gaviotas que a los cuervos cuando volaban por la bahía buscando pescados. Papá nos consiguió a Félix y a mí una guía Audubon y allí explicaba la diferencia entre el cuervo de la montaña y el cuervo de los basurales de Vancouver. Aquí se llaman cuervo y cuervo, pero en inglés se llaman raven y crow. Los primeros, decía la guía, hacen “crunk” en voz muy baja mientras los otros chillan “caaw” o “klaah” si son de la parte oeste de la cascada. Hay que prestar atención a los cuervos para distinguir cuál es el idioma que hablan. Estuvimos menos de una semana en Vancouver, y luego papá nos llevó al aeropuerto y nos vinimos a la Argentina. En Vancouver papá preguntaba si sabíamos quién diablos era Robert McGee y de dónde lo había sacado mami. Le dijimos que no sabíamos. Que era un amigo de mami; a lo mejor de la escuela de cuando ella era niña. Papá dijo que mami hizo la escuela en Chicago, no en Seattle. Nosotros dijimos que eso no tiene nada que ver, porque la gente en Estados Unidos viaja mucho y a lo mejor mami entonces se lo encontró a Robert después de grande en Seattle. Le dijimos que mami lo llamaba Bobby. Papá dijo que ése era el título de una canción: “Yo y Bobby McGee”, que se escuchaba en la época en que él era joven y antes también. Mi hermano Félix y yo nunca escuchamos esa canción y jamás se la oímos mencionar al abuelo Tim.
Mi abuelo Tim contaba una historia de los irlandeses en la que aparecía un cuervo. Un cuento celta. Es la historia de Deirdre. Deirdre una vez ve a su padrastro Conchobar quitarle la piel a un ternero en la nieve y a un cuervo bebiendo la sangre. Ella dice entonces que el hombre que amará tendrá el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y las mejillas rojas como la sangre. Quise contar la historia cuando íbamos en coche a Vancouver, pero papi me pidió que me callara, que lo ponía muy nervioso con la charla.
Fue así. Estábamos los cuatro cenando pizza porque mami se había ido al cine a ver una película, y entonces papá dijo: ¿Quieren que comamos pizza? Y nosotros contestamos que sí, y pedimos por teléfono una de muzzarella y otra de vegetales. Cuando se hicieron las diez, papá nos mandó a dormir y nos preguntó si sabíamos a qué cine había ido mami, así la iba a buscar. Pero mami nada más nos había dicho que iba a ver una película en la que actuaba Tom Hanks, y Tom Hanks actúa en muchas películas. Me desperté cuando oí que estaban peleando y no tenía reloj adonde ver la hora porque yo había tirado la radio-reloj a la basura unas semanas atrás. Mi hermano Félix estaba arrodillado en el descanso de la escalera, y oí que lloraba. Mi hermano es muy llorón; llora por todo como un bebito. Papá decía: “No, Alison, así no”, y mami decía: “Necesito un tiempo; después veré qué hacer; estoy muy confundida, Freddy”, y entonces papi le dijo: “El tiempo es ahora, Alison; y ¡no me vuelvas a decir Freddy, carajo!”. Y mami igual le dijo: “Si es así, Freddy, entonces me voy ya”, y se fue hacia su pieza. Papá le gritó: “¿¡Qué te dije, carajo, qué te dije?!” y se fue a la pieza detrás de ella; estaba furioso. Mi hermano, lloriqueando y babeándose, se metió en el cuartito de servicio de papá y sacó el rifle. Era el rifle que papá usaba para cazar perdices cuando salía con el abuelo Tim. (Una vez el abuelo Tim le disparó a un cuervo parado en medio de un maizal, porque los cuervos son muy dañinos con el maíz, y lo mató. Pero después se arrepintió y fue y enterró al cuervo ahí mismo, debajo de unas plantas). Mi hermano Félix abrió la ventanita y disparó a la nada. Más allá, en la calle, cayeron al suelo la señora y su hijito. El hijito muerto tenía el cabello negro como el cuervo, la piel blanca como la nieve y la frente roja por la sangre que salía de la herida. Después papá llamó a su empleado del banco, el que le prestó el Mercedes y nos fuimos de Seattle sin despedirnos.
domingo, 4 de marzo de 2007
Corina
Nunca caeré en lluvia de oro. Que otro se transforme en toro o en cisne de voz melodiosa. Dejemos a Zeus semejantes juegos. Doy a Corina sus dos óbolos y puedo conservar mi amable aspecto.
De “La guirnalda de Afrodita”, colección de epigramas amorosos de la antología griega por A. Ferdinand Herald, versión castellana de Marta Mazzanella, editorial Kraft, 1955
De “La guirnalda de Afrodita”, colección de epigramas amorosos de la antología griega por A. Ferdinand Herald, versión castellana de Marta Mazzanella, editorial Kraft, 1955
Las Mujeres Cisne
¿Son espírtus acuáticos, espíritus aéreos o magos? la tradición no las caracteriza exactamente. Descienden muchas veces de las alturas con sus alas de cisne, depositan su envoltura de plumas como si fuese un traje: entonces parecen hermosas muchachas y se bañan en las partes retiradas de los riachuelos. Si en ese momento son sorprendidas por algún curioso, salen del agua a toda prisa, vuelven a tomar la piel de plumas y en forma de cisne se remontan por los aires. leemos en los cuentos populares de Museo la hermosa historia de un joven caballero que consigue robar uno de esos trajes de plumas; cuando las jóvenes salieron del baño, se envolvieron en sus vestido de plumas y huyeron por los aires; quedó atrás una que en vano buscó su plumaje. No puede volar, derrama abundantes lágrimas, es admirablemente bella y el astuto caballero se casa con ella. Viven felices durante siete años; pero un día, en ausencia de su marido, la mujer encuentra su traje de plumas en un armario oculto; se envuelve con él y vuela. Se supone que las susodichas muchachas cisne son las walkyrias de los escandinavos; estas son, en efecto, mujeres que hienden el aire con sus alas blancas, por lo general la víspera de un combate, cuya suerte deciden en secretos conciliábulos. Tienen también la costumbre de ofrecerse a los ojos de los héroes en los caminos solitarios de los bosques y predecirles la victoria o la derrota. En este sentido, nos recuerdan a las brujas que predicen su suerte a Macbeth y a Banquo, brujas que habrían nacido de la fusión de tradiciones nórdicas con tradiciones celtas.
Tomado de "Los dioses en el destierro" de Heinrich Heine
Tomado de "Los dioses en el destierro" de Heinrich Heine
El cisne. Reflexión de Jules Michelet

ESE CANTO DEL CISNE, del que hace mención toda la Antigüedad, ¿es una fábula? ¿Los órganos del canto, que tan desarrollados tiene el cisne, le fueron siempre inútiles? ¿No funcionaban en medio de una dichosa libertad cuando éste disfrutaba de una atmósfera más suave, cuando pasaba lo mejor del año en los dulces climas de Grecia y de Italia? Nos inclinamos a creer que sí. El cisne, acorralado hacia el Norte, donde sus amores encuentran la seguridad y el misterio, ha hecho el sacrificio de su canto y tomado sonidos bárbaros, o ha enmudecido. El pájaro ha sobrevivido, pero la Musa ha muerto.
La guirnalda de Afrodita

La amante
Y en la alta noche, engañando a mi marido, vine bajo la espesa lluvia, que me empapó. ¿Y ahora hemos de sentarnos sin hacer nada? ¿Hemos de dormirnos? ¡Como si a los amantes les estuviera permitido dormir!
El viento
¿Por qué no seré el viento? Cuando vagas por la ribera acariciaría tus senos desnudos.
La copa
¡Oh, copa! Conoces la dulzura de sus labios, que huelen a miel. Te besan. Tú los posees. No estoy celoso de ti, pero mi boca envidia tu dicha.
Heraclea
Lámpara: por ti juró tres veces Heraclea que yo la vería ayer. No vino y sin duda ha reído de mí en brazos de otro amante. Lámpara: si eres una diosa, véngate de la engañadora: cuando se abandone a los besos de un amigo, apágate bruscamente e interrumpe el juego en el instante de la suprema dicha.
Jasón justificado
Error fue de Jasón aceptar el socorro de Medea. Más le hubiera valido no conquistar el vellocino de oro. La mujer despreciaba al hombre que le debía su gloria, se mofaba de él y le recordaba que, sin ella, a nada hubiera llegado. Medea, con su orgullo, cansó a Jasón. Éste la engañó y no he de ser yo quien lo vitupere por ello.
La liebre
Soñaba yo a la vera de una senda y vi venir a la joven Glicera. Caminaba con los ojos bajos. Cuando estuvo cerca de mí le dije con tierna voz: “Salud, Glicera”. Ella me miró, se sonrojó un poco y me sonrió.
Mañana soñaré a la vera de la misma senda. Glicera pasará y la saludaré. Haz, Afrodita, que yo sea atrevido y te daré una pequeña liebre cuya guarida conozco y que he visto a menudo correr al claror de la luna.
El gallo
El alba es venida, Crisila; desde hace rato ya el gallo de la aurora, envidioso heraldo, canta la gloria de los fuegos celestes. Ojalá te mueras, ¡oh, el más odioso de los pájaros! Me echas de la casa en que amo y debo irme a sostener, entre retóricos, tesis filosóficas de las que poco me curo. ¡Ah, Titón, envejeces! ¿Cómo despides, tan temprano, a la tierna Eos, tu esposa?
La primavera
Mañana amará quien jamás haya amado; quien ha amado, amará mañana. La joven primavera, la primavera sonora, renueva el mundo. Los amantes van por los calveros, las aves cantan sus amores y los árboles beben con alegría la fecunda lluvia. Afrodita trenza con ramas de mirto verdes abrigos. Mañana amará quien jamás haya amado; quien ha amado, amará mañana.
La flaca
Dioclea es un poco flaca; pero es amable y hospitalaria, y quien la ciñe ¡está tan cerca de su corazón!
Espinos blancos
Tus ojos son de oro, tus mejillas de alabastro y tu boca es más amable que una flor de púrpura. Tu cuello es de mármol puro, tus senos resplandecen y la misma Tetis envidiaría tus pies de argento claro. Si en tu cabellera lucen algunos hilos blancos, ¿qué importa? ¿No es acaso en primavera que florecen los espinos blancos?
El mosquito
Vuela, mosquito; vuela, rápido mensajero. Roza las orejas de Zenófila y murmura a la bienamada: “El que te ama, no duerme, te espera, y tú lo olvidas y te duermes”. ¡Ea, vuela, amiga de las Musas; vuela, vuela!
Pero habla suavemente, guárdate de despertar al amante que está junto a ella; no atraigas sobre mí furores de los celos. Y si me traes a la niña, ¡oh, mosquito!, te ceñiré la piel del león y en tu pequeña mano pondré la clava.
Y en la alta noche, engañando a mi marido, vine bajo la espesa lluvia, que me empapó. ¿Y ahora hemos de sentarnos sin hacer nada? ¿Hemos de dormirnos? ¡Como si a los amantes les estuviera permitido dormir!
El viento
¿Por qué no seré el viento? Cuando vagas por la ribera acariciaría tus senos desnudos.
La copa
¡Oh, copa! Conoces la dulzura de sus labios, que huelen a miel. Te besan. Tú los posees. No estoy celoso de ti, pero mi boca envidia tu dicha.
Heraclea
Lámpara: por ti juró tres veces Heraclea que yo la vería ayer. No vino y sin duda ha reído de mí en brazos de otro amante. Lámpara: si eres una diosa, véngate de la engañadora: cuando se abandone a los besos de un amigo, apágate bruscamente e interrumpe el juego en el instante de la suprema dicha.
Jasón justificado
Error fue de Jasón aceptar el socorro de Medea. Más le hubiera valido no conquistar el vellocino de oro. La mujer despreciaba al hombre que le debía su gloria, se mofaba de él y le recordaba que, sin ella, a nada hubiera llegado. Medea, con su orgullo, cansó a Jasón. Éste la engañó y no he de ser yo quien lo vitupere por ello.
La liebre
Soñaba yo a la vera de una senda y vi venir a la joven Glicera. Caminaba con los ojos bajos. Cuando estuvo cerca de mí le dije con tierna voz: “Salud, Glicera”. Ella me miró, se sonrojó un poco y me sonrió.
Mañana soñaré a la vera de la misma senda. Glicera pasará y la saludaré. Haz, Afrodita, que yo sea atrevido y te daré una pequeña liebre cuya guarida conozco y que he visto a menudo correr al claror de la luna.
El gallo
El alba es venida, Crisila; desde hace rato ya el gallo de la aurora, envidioso heraldo, canta la gloria de los fuegos celestes. Ojalá te mueras, ¡oh, el más odioso de los pájaros! Me echas de la casa en que amo y debo irme a sostener, entre retóricos, tesis filosóficas de las que poco me curo. ¡Ah, Titón, envejeces! ¿Cómo despides, tan temprano, a la tierna Eos, tu esposa?
La primavera
Mañana amará quien jamás haya amado; quien ha amado, amará mañana. La joven primavera, la primavera sonora, renueva el mundo. Los amantes van por los calveros, las aves cantan sus amores y los árboles beben con alegría la fecunda lluvia. Afrodita trenza con ramas de mirto verdes abrigos. Mañana amará quien jamás haya amado; quien ha amado, amará mañana.
La flaca
Dioclea es un poco flaca; pero es amable y hospitalaria, y quien la ciñe ¡está tan cerca de su corazón!
Espinos blancos
Tus ojos son de oro, tus mejillas de alabastro y tu boca es más amable que una flor de púrpura. Tu cuello es de mármol puro, tus senos resplandecen y la misma Tetis envidiaría tus pies de argento claro. Si en tu cabellera lucen algunos hilos blancos, ¿qué importa? ¿No es acaso en primavera que florecen los espinos blancos?
El mosquito
Vuela, mosquito; vuela, rápido mensajero. Roza las orejas de Zenófila y murmura a la bienamada: “El que te ama, no duerme, te espera, y tú lo olvidas y te duermes”. ¡Ea, vuela, amiga de las Musas; vuela, vuela!
Pero habla suavemente, guárdate de despertar al amante que está junto a ella; no atraigas sobre mí furores de los celos. Y si me traes a la niña, ¡oh, mosquito!, te ceñiré la piel del león y en tu pequeña mano pondré la clava.
Imagen de la artista rumana Ivana Barazi
De “La guirnalda de Afrodita”, colección de epigramas amorosos de la antología griega por A. Ferdinand Herald, versión castellana de Marta Mazzanella, editorial Kraft, 1955.
Dinero. Aristófanes
Diálogo entre Crémilo, ciudadano, y su siervo Carión.
“Crémilo: Sí, por Zeus... nunca nadie está harto de ti, Dinero. De todas las demás cosas uno se puede hartar: de amor
Carión: de pan...
Crémilo: de música...
Carión: de frutos secos...
Crémilo: de honores...
Carión: de tartas...
Crémilo: de valentía...
Carión: de higos secos...
Crémilo: de ambición...
Carión: de tortas de cebada...
Crémilo: del mando...
Carion: de puré de lentejas...
Crémilo: pero de ti, nadie nunca llegó a hartarse. El que recibe trece talentos, con mucha más gana quiere conseguir dieciséis. Y si los logra, quiere cuarenta, y dice que no vale la pena vivir si no los llega a tener.”
“Crémilo: Sí, por Zeus... nunca nadie está harto de ti, Dinero. De todas las demás cosas uno se puede hartar: de amor
Carión: de pan...
Crémilo: de música...
Carión: de frutos secos...
Crémilo: de honores...
Carión: de tartas...
Crémilo: de valentía...
Carión: de higos secos...
Crémilo: de ambición...
Carión: de tortas de cebada...
Crémilo: del mando...
Carion: de puré de lentejas...
Crémilo: pero de ti, nadie nunca llegó a hartarse. El que recibe trece talentos, con mucha más gana quiere conseguir dieciséis. Y si los logra, quiere cuarenta, y dice que no vale la pena vivir si no los llega a tener.”
El Angel de la Muerte.
En hebreo "malakh ha-mavet". Uno de los ángeles cuya tarea específica es el fin de la vida humana. Está cubierto de ojos, con los cuales observa quién duerme con la boca abierta y sobre quienes deja caer una gota de veneno de la punta envenenada de su espada. Cuando alguien muere, todas las aguas de la casa deben ser purificadas, por si el Angel de la Muerte dejó caer allí alguna gota de su espada. En la literatura cabalística, el Angel de la Muerte se identifica con Samael, príncipe de las fuerzas oscuras y consorte de Lilith, quien mata a los niños y a las mujeres durante el parto. Los perros perciben la presencia del Angel de la Muerte, sienten el frío helado que lo rodea, y gruñen. Los askenazis no llaman a sus hijos con el mismo nombre que a una persona viva para evitar que el Angel de la Muerte cometa un error y se lleve a la persona equivocada. La propensión del Angel de la Muerte a cometer errores es usada muy a menudo para salvar vidas. Cuando alguien está muy enfermo, es costumbre llamarlo con otro nombre, para que el Angel de la Muerte no pueda identificar a su víctima. Otra táctica es vender el niño a una nueva familia para confundir al Angel de la Muerte, quien conoce al niño por el patronímico anterior. No obstante, su poder es nulo si su víctima se encuentra haciendo caridad o estudiando la Torah. El Rey David sabía que él moriría un sábado, razón por la cual pasaba cada sábado estudiando piadosamente la Torah, y murió únicamente porque el Angel de la Muerte lo distrajo. Cuando llegue el Mesías el Angel de la Muerte será muerto por Dios.
Cuentos judíos
* Una muchacha judía, preparando una tesis doctoral sobre la historia del arte, viajó a Italia para estudiar sus principales obras artísticas. Como no tenía quién se hiciese cargo de su abuela, decidió llevarla consigo. Visitando el Vaticano con ella, la muchacha le mostró el techo de la Capilla Sixtina diciéndole:
-Abuela, a Miguel Angel le tomó cuatro años enteros pintar este techo.
-¡Oh, mi Dios! -dijo la Anciana- ¡Debe tener el mismo administrador que yo...!
*Una madre judía pasea con sus dos hijos por Brooklyn.
-¡Qué lindos chicos! -dice una admirada vecina. -¿Cuántos años tienen?
-El médico va a cumplir cuatro -responde la madre- y el abogado tiene dos.
*Anoche tuve el más extraño de los sueños -cuenta un paciente a su analista. -Soñé con mi madre, pero cuando se dio vuelta para mirarme, advertí que tenía SU rostro. Eso me perturbó mucho, de modo que desperté y no pude volver a dormirme. Permanecí en la cama, esperando que amaneciera y entoncers me levanté, bebí una Coca Cola y vine directamente aquí para mi sesión. Espero que usted pueda ayudarme a desentrañar el significado de ese sueño tan extraño.
El psicoanalista se quedó callado por espacio de un minuto entero y luego comenta:
-¿Una Coca Cola? ¿Eso es un desayuno?
Tomado de "¿Nu? Reír en el País de Idish" - de Eliahu Toker y Rudy
-Abuela, a Miguel Angel le tomó cuatro años enteros pintar este techo.
-¡Oh, mi Dios! -dijo la Anciana- ¡Debe tener el mismo administrador que yo...!
*Una madre judía pasea con sus dos hijos por Brooklyn.
-¡Qué lindos chicos! -dice una admirada vecina. -¿Cuántos años tienen?
-El médico va a cumplir cuatro -responde la madre- y el abogado tiene dos.
*Anoche tuve el más extraño de los sueños -cuenta un paciente a su analista. -Soñé con mi madre, pero cuando se dio vuelta para mirarme, advertí que tenía SU rostro. Eso me perturbó mucho, de modo que desperté y no pude volver a dormirme. Permanecí en la cama, esperando que amaneciera y entoncers me levanté, bebí una Coca Cola y vine directamente aquí para mi sesión. Espero que usted pueda ayudarme a desentrañar el significado de ese sueño tan extraño.
El psicoanalista se quedó callado por espacio de un minuto entero y luego comenta:
-¿Una Coca Cola? ¿Eso es un desayuno?
Tomado de "¿Nu? Reír en el País de Idish" - de Eliahu Toker y Rudy
Casamiento. Adélia Prado
Hay mujeres que dicen:
mi marido, si quiere que pesque
pero que limpie los peces.
Yo no. A cualquier hora de la nohce me levanto,
ayudo a escamar, abrir, cortar y salar.
Es tan bueno, sólo los dos en la cocina,
de vez en cuando los dedos se chocan
él dice cosas como "éste fue difícil"
"plateó el aire dando coletazos"
y hace el gesto con la mano.
El silencio de cuando nos vimos por primera vez
atreviesa la cocina como un río profundo.
Por fin, los peces en la fuente,
vamos a dormir.
Cosas plateadas se desabrochan:
somos novio y novia.
mi marido, si quiere que pesque
pero que limpie los peces.
Yo no. A cualquier hora de la nohce me levanto,
ayudo a escamar, abrir, cortar y salar.
Es tan bueno, sólo los dos en la cocina,
de vez en cuando los dedos se chocan
él dice cosas como "éste fue difícil"
"plateó el aire dando coletazos"
y hace el gesto con la mano.
El silencio de cuando nos vimos por primera vez
atreviesa la cocina como un río profundo.
Por fin, los peces en la fuente,
vamos a dormir.
Cosas plateadas se desabrochan:
somos novio y novia.
jueves, 1 de marzo de 2007
Princesa Rusa. Cuento
... porque estamos todavía en el recio invierno y cuando ella entra en la habitación lleva puestas cinco pieles que dejan a la vista sus tobillos delgados. Las tira al piso una por una, visón, zorro, lobo. Quita las pieles de lobo blanco y aprieta el vestido contra su cuerpo. Un vestido de gasa negra, de telas finas. Sus brazos, ¡veo sus codos!, la carne de espuma que le nace de los huesos, veo, veo...
Me dijo que podía retirarme, y vine a verla. ¡Yo, su humilde cochero!
Sabe que la veo. Sabe.
Ahora tiene frío, pero nadie puede tocarla...
Algún día me abrirá la puerta.
Me sabe agachado atrás, encogido, los huesos doloridos de tanto desearla.
El vestido negro tiene veintiún botones, los he contado. Malditos sean todos los ojales de sus vestidos. Sus dedos torpes, llenos de nieve, luchan con uno, dos, con el tercero ¡descubre el hombro derecho! Entonces la princesa se vuelve, se pone de espaldas. Y forcejea con los diabólicos botones que encierran su cuerpo como mil sirvientes.
Pero yo no, yo estoy fuera. Viéndola hacer.
El vestido cae sobre el mármol helado del piso. Igual que una boca sobre las teclas del piano, con el mismo susurro que hace beso...
Que se dé vuelta, que se dé vuelta.
Sabe que la miro, no puede ser tan mezquina...
Está con la enagua de seda, la puntilla quema sobre su muslo.
Su muslo me basta para pensar en mi soledad.
Dicen que en la alcoba, la princesa no tolera negativas ni demoras, pero yo no entro, yo me quedo aquí fuera...
Otros son los que entran y yo veo, veo...
Este es nuestro secreto.
Abre las sábanas.
Qué desgracia tan grande: hoy se meterá en la cama vestida con la enagua puesta.
Tengo ganas de gritarle que soy capaz de guardar un secreto, que me deje entrar. Suplicarle que me haga subir una noche a su cama. Rogarle que me permita, por una sola vez, pegar con la fusta negra sobre su blanca nalga... una sola vez y ya no más. El zumbido de la fusta, el temblor de su carne...
La princesa se quita la enagua.
La veo solo un instante.
Sus pechos irradian la luz, su cadera, el ombligo que de tan hundido casi no se puede ver, el Monte de Venus, negro como la noche en el bosque.
Estoy perdido, estoy perdido ya.
¿Qué voy a hacer de tanto desearla?
La princesa sopla la llama de la vela y es el fin.
Ahora vuelvo al coche y el caballo.
Me levanto, hago un paso, salgo...
Sin embargo un crujido me detiene, una luz muy oscura. Una luz negra.
Es ella que me llama; me espera detrás de la puerta.
Su voz tiembla cuando dice:
-Cochero, ¡puedo confiar en vos, vas a guardar un secreto?
-¡Seguro, Princesa! ¿Acaso no poseo ya uno?
Entonces entro.
Me dijo que podía retirarme, y vine a verla. ¡Yo, su humilde cochero!
Sabe que la veo. Sabe.
Ahora tiene frío, pero nadie puede tocarla...
Algún día me abrirá la puerta.
Me sabe agachado atrás, encogido, los huesos doloridos de tanto desearla.
El vestido negro tiene veintiún botones, los he contado. Malditos sean todos los ojales de sus vestidos. Sus dedos torpes, llenos de nieve, luchan con uno, dos, con el tercero ¡descubre el hombro derecho! Entonces la princesa se vuelve, se pone de espaldas. Y forcejea con los diabólicos botones que encierran su cuerpo como mil sirvientes.
Pero yo no, yo estoy fuera. Viéndola hacer.
El vestido cae sobre el mármol helado del piso. Igual que una boca sobre las teclas del piano, con el mismo susurro que hace beso...
Que se dé vuelta, que se dé vuelta.
Sabe que la miro, no puede ser tan mezquina...
Está con la enagua de seda, la puntilla quema sobre su muslo.
Su muslo me basta para pensar en mi soledad.
Dicen que en la alcoba, la princesa no tolera negativas ni demoras, pero yo no entro, yo me quedo aquí fuera...
Otros son los que entran y yo veo, veo...
Este es nuestro secreto.
Abre las sábanas.
Qué desgracia tan grande: hoy se meterá en la cama vestida con la enagua puesta.
Tengo ganas de gritarle que soy capaz de guardar un secreto, que me deje entrar. Suplicarle que me haga subir una noche a su cama. Rogarle que me permita, por una sola vez, pegar con la fusta negra sobre su blanca nalga... una sola vez y ya no más. El zumbido de la fusta, el temblor de su carne...
La princesa se quita la enagua.
La veo solo un instante.
Sus pechos irradian la luz, su cadera, el ombligo que de tan hundido casi no se puede ver, el Monte de Venus, negro como la noche en el bosque.
Estoy perdido, estoy perdido ya.
¿Qué voy a hacer de tanto desearla?
La princesa sopla la llama de la vela y es el fin.
Ahora vuelvo al coche y el caballo.
Me levanto, hago un paso, salgo...
Sin embargo un crujido me detiene, una luz muy oscura. Una luz negra.
Es ella que me llama; me espera detrás de la puerta.
Su voz tiembla cuando dice:
-Cochero, ¡puedo confiar en vos, vas a guardar un secreto?
-¡Seguro, Princesa! ¿Acaso no poseo ya uno?
Entonces entro.
Algunas coplas tradicionales gallegas
San Antonio y su marrano
marchaban por un camino;
el cerdo le decía al santo:
“Dame un traguito de vino”.
Miña Santa Margarida,
miña Margarida Santa,
tendes a casa no monte
donde o paxariño canta.
Aunque estou aquí cantando,
triste está meu corazón
que o tenía mais amarelo
que unha casca de limón.
Tú me olvidaste por pobre
y tienes mucha razón:
amor pobre y limón verde
sirven para cuando hay ocasión.
marchaban por un camino;
el cerdo le decía al santo:
“Dame un traguito de vino”.
Miña Santa Margarida,
miña Margarida Santa,
tendes a casa no monte
donde o paxariño canta.
Aunque estou aquí cantando,
triste está meu corazón
que o tenía mais amarelo
que unha casca de limón.
Tú me olvidaste por pobre
y tienes mucha razón:
amor pobre y limón verde
sirven para cuando hay ocasión.
Doña Emilia. Balada vasca
Doña Emilia, alta dama,
No puede amasar el pan
Ni escardar el maíz.
Váyase a tierra de moros.
Me vendieron a buen precio,
A un precio bastante alto:
Cien pesos de oro
Y doscientos barriles de miel.
Mi padre me vendió.
Mi madre tomó el dinero.
Mi hermano el pequeño
Me libró de la morisma.
No puede amasar el pan
Ni escardar el maíz.
Váyase a tierra de moros.
Me vendieron a buen precio,
A un precio bastante alto:
Cien pesos de oro
Y doscientos barriles de miel.
Mi padre me vendió.
Mi madre tomó el dinero.
Mi hermano el pequeño
Me libró de la morisma.
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En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!
Testamento de Florencio Sánchez
"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."
Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar
Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."
Siempre idéntica a sí misma
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Búsquedas desesperadas - Woody Allen
«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».
Conócete a ti mismo. Oscar Wilde
Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.
He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci
Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.
Etérea. Tradición oral española.
Este es el cuento de María Sarmiento
que fue a cagar y se la llevó el viento
De una Suplicante a Santa Lucía
En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!
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