Caminaré entre las piedras

Este es el cuento del Ratón que se comió un
melón...

Pensaba la Reina Batata: "Ahora me pincha y me mata..."

"...sino puedo arrancarte una palabra, al menos te arrancaré un gemido". (Alejandro Magno.)

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale

CUENTOS ALCOHOLICOS, de Cristina Civale
Un libro que debes leer!

sábado 24 de febrero de 2007

Nikita. Cuento


Yo fui el que encontró el cuerpo de la niña Lena Zakotnova a la orilla del río Grushevka, el crimen que luego se llamó el primer crimen del Camarada Chikatilo. Me llamo Nikolai Maxímich Polzicov, me dicen Nikita; tengo diez años y estoy en el quinto curso, el próximo año estaré en el sexto y seré todo un éxito, así lo ha anunciado la maestra Fedorovna, que es una mujer que mira a la clase con aire grave y nos trata de usted. Fue así: esa tarde yo acababa de bajar el puente Grushevski para ir a un sitio que conozco entre los sauces llorones a hacer rebotar piedrecitas contra el agua; es un sitio fenómeno para eso; luego iban a venir mis amigos Oleg, Abramka, Ygor, que es un tonto, Solomon, Boris y algún otro, y Leonid Yeremíach que es mi mejor amigo, y a lo mejor nos poníamos a jugar con la pelota o seguíamos rebotando piedrecitas a ver quién más y más lejos. Yo no sentí ningún miedo, no soy ningún miedoso, Leonid puede dar fé. La niña en la ribera del río estaba en una posición muy extraña; luego que me acerqué, ví que era porque tenía echado encima un capotito de piel de castor y debajo estaba toda desnuda. Entonces corrí cuan rápido pude hacia la calle Soviet y cuando llegué grité y grité hasta que alguien me prestó atención porque aquí los mayores nunca le prestan mucha atención a los niños. Un grande se paró y me preguntó: “Camarada, ¿qué pasa?”, y yo expliqué que había visto a la niña muerta allí abajo, desnuda, tapada con un capotito de castor y con el cogote cortado como una gallina. Después Oleg y Boris y los otros dijeron que yo había gritado de susto porque le vi la cosita a la niña. No, señor, yo no sentí nada de miedo; no soy de los niños que se asustan por ver la cosita: eso sólo le pasa, que yo sepa, a Ygor, que es tonto.

En casa mamá se puso a gritar y dijo a papá que nunca debimos dejar Rostov del Don que es la ciudad donde vivíamos antes para venir a pudrirnos aquí, a Shajti, que es donde vivimos ahora y está lleno de asesinos. Además, chilló que ella teme por Anushka, que es mi hermana y tiene doce años para trece y fuma a escondidas. Papá le dijo que enviara a Anushka a casa de la abuela Raisa en Leningrado -que antes se llamaba Petrogrado, y antes todavía San Petersburgo-, si así se iba a sentir más segura, pero mamá le contestó que nunca mandaría a Anushka a un antro de perdición como es la casa de su suegra, porque allí la iban a echar a perder llevándola a bailes y mi hermana es aun una niña. Entonces papá se molestó y le dijo que la encierre a Anushka bajo llave en el cuartito y la ponga a jugar con las muñecas, y mamá chilló esta vez que Anushka ya es una mujer para andarse con trapitos y muñecas. Mientras peleaban así por Anushka, Anushka estaba patinando en el hielo junto a la puerca de Svetlana, la niña cuyo padre es tan rico que nunca se sabe qué cosa regalarle en los cumpleaños porque lo tiene todo. Luego se quemó la sopa de remolachas que mamá había preparado, vino un humo muy negro y denso de la cocina, y así pelearon por la sopa si bien mamá no dejaba de decir que si papá no la sacara de las casillas y viniera a su hogar al horario en que debe venir un padre, la sopa no se hubiera quemado jamás.

Una cosa que me gustaba de Rostov del Don es que siempre se llamó Rostov del Don. No es como otros sitios: Nizni Nóvgorod se llama ahora Gorki por el camarada escritor Maksim Gorki, y Simbirsk cambió por Uliánovsk en honor a nuestro padre Vladimir Ilich Uliánov, Lenin; y Volgogrado se pasó a llamar Stalingrado y luego se arrepintieron y le volvieron a poner de nombre Volgogrado en 1961. Los mapas rusos son un incordio y no es posible estudiar geografía así, lo dice siempre Boris, que además se apellida Humbertmann y es un eslavo puro; lo cual no tiene nada de particular porque en la clase tenemos también un Ivanov que es alemán. Cuando yo era bebé me llevaron de excursión a Volgogrado, dicen, para que viera el embalse Tsimlyansk en que trabajó mi padre cuando joven. Mientras construían el muelle número trece de día trabajaban y se llamaban unos a otros camaradas; pero en cuanto llegaba la noche se bebían vodka o un vino caucasiano que se llama chijir, cada uno una botella por lo menos y así borrachos se llamaban entre sí padrecito y hermanito y le oraban a San Vladimiro que era el santo nacional en la época en que Rusia tenía Dios y Dios nos oprimía. Papá a veces dice: “¿Por qué pecados ha sido castigada Rusia con tales estaciones de autobuses y de trenes y aeropuertos?” Mi mejor amigo Leonid Yeremíach explica que eso que papá dice significa en realidad que papá no es tan ateo como quiere hacer creer, sino que cree en Dios en el fondo de su alma y por eso andamos oprimidos y el sueldo que él trae nunca alcanza para nada.

Mi amigo Leonid Yeremíach también tiene una hermana con la que riñe todo el tiempo y hasta tuvo que amenazar a sus padres de que o ponen en vereda a Olenka, la hermana, o él se marcha de la casa para siempre. Leonid piensa que el mejor sitio a donde escaparse es a Oklahoma, en los Estados Unidos, o a casi cualquier otro sitio de occidente. Él afirma que eso que dicen de la decadencia de occidente es una mentira y lo afirman nada más que para meter miedo. Una forma que él encontró para hacer dinero es hacer pasar a Oleg, a Abramka, a Ygor -¡qué tonto es!-, a Solomon, a Boris y a algún otro, a espiar a través de un agujerito que él hizo en la pared de su cuarto, cómo su hermana Olenka hace pis en una bacinilla. Cuando la cosita de Olenka se ve bastante bien, los niños pagamos con una moneda a Leonid y asunto terminado. El tonto de Ygor la primera vez que la vio salió gritando y así nos descubrió a todos delante de Olenka que dijo entonces que se quería morir y armó un gran escándalo; por lo cual ahora Olenka le cobra un porcentaje a su hermano Leonid. Todas estas son costumbres decadentes de occidente, pero a Leonid no le importa un pito, porque cuando él viva allá se comprará su propio barco y sólo muy de vez en cuando navegará hasta el Azov nada más que por acercarse y dejarnos sus saludos. Olenka no es ninguna cochina, dice Leonid, porque ella lo hace por dinero y no por gusto. La cosita de Olenka tiene ya unos pelos rubios y Solomon y algunos otros pidieron a Leonid si nada más por variar podría conseguirnos una niña que mirar que tuviera la cosita de otro color. También vimos a la madre de Leonid hacer sus cosas en el baño, sólo que ella la tiene muy peluda y eso nos hizo impresión y además Leonid nos cobró el doble porque la madre vale más que la hermana, dijo. Boris y los otros le echaron en cara que es un puerco. Oleg trajo una revista alemana hace poco y allí todo es diferente a cómo Olenka; luego a Abramka se le ocurrió ponerse un pedacito de espejo en la punta del zapato y charlar así con las niñas como quien no quiere la cosa; de esta manera les vemos las bragas. Claro que esto no es lo mismo de divertido, pero la gracia está en que las niñas no se den cuenta de nuestra maniobra o bien en darnos cuenta nosotros de si la niña sí descubre nuestra maniobra pero se deja mirar porque es una cochina.

Anushka tiene preparado ya un vestido para su muerte; me lo mostró y es uno bien bonito que perteneció a la tía Sofía, esa que no sabemos a ciencia cierta qué cosa pasó con ella, si se fue de Rusia o qué. Yo veo que el vestido es blanco pero Anushka dice que no lo es, que es de color manteca o de color hueso. El asesino, a quien llaman “el carnicero de Rostov”, según contó la puerca de Svetlana, ofrecía a Lena Zakotnova chicles extranjeros y la muy estúpida parece que le aceptaba; así fue como el asesino entró en contacto con ella y un día la mató. Lo de muy estúpida lo agregó Svetlana porque a ella no se le mueve un pelo por los chicles extranjeros ya que ella lo tiene todo. Mi hermana Anushka dice que ella en cambio no podría resistir la tentación de aceptar un chicle extranjero si alguien se lo ofrece, de modo que ya preparó su vestido para la muerte por si acaso el asesino la mata. Anushka pidió que no lloráramos mucho cuando nos enteráramos de la noticia de su muerte (está convencida de que todo el mundo siente por ella un cariño demoledor). Dispuso que en el ataúd la vistan con el viejo harapo de la tía prófuga y le coloquen dos monedas de las de antes, de un rublo, sobre los ojos para que descanse en paz y tenga con qué pagarle al barquero que la cruza el Volga o el Don, no recuerdo cuál, hacia el reino de los muertos. Debe ser el Don; en la clase enseñaron que en el tiempo antiguo para los tártaros y no sé para qué otro pueblo más, en una orilla del Don estaba Occidente y en la otra Asia. Ignoro a quién pertenece entonces el reino los muertos; a lo mejor es soviético, no lo sé. Ya me hice un lío con este asunto.

Sucede de la siguiente manera eso que los grandes llaman “acostón”: el hombre mete su cosito en el agujerito que tiene la mujer, y es como un imán a propósito para eso, y allí el hombre se descarga. No sé bien qué quiere decir que se descarga. Luego el hombre entristece todo el día y no le dan ganas de pensar en nada ni de hacerse problemas y, o bien se echa a dormir o se queda muy compungido y no soporta que le llamen “camarada” salvo si lo invitan a beber a una taberna. Esto es así porque el alivio no dura mucho y la ansiedad dura siempre. La mujer, en cambio, se levanta y hace como que aquí no ha pasado nada, se alisa la falda y se pone a hacer un niño dentro de su vientre; nueve meses después se saca al niño de la cosita como a un conejo de la galera. Esto es lo que se llama “un matrimonio”, donde si no fuera por los niños que vienen a consecuencia del “acostón”, la mujer pondría al hombre de patitas en la calle; así lo explicó Solomon cuyo padre es médico especialista en el asunto. Esto dura toda la vida, y para el hombre es una maldición, pero para las mujeres no porque se conforman con los niños y nunca tienen tiempo de sobra. Hasta que se vienen viejos, es decir hasta la edad de 30 ó 40 años, todos los “matrimonios” hacen eso. Boris le dijo a Solomon que esto era mentira y que sus padres no hacían esas cochinadas entre ellos; a lo cual Solomon replicó que entonces el padre de Boris lo haría con alguna puerca de la calle. Boris dijo que eso era una mentira aun más grande, porque su padre era un miembro del partido, honesto, y nunca hacía cochinadas con nadie; y Solomon siguió emperrado en que es imposible dejar de hacer cochinadas, y entonces Boris le dio de cachetazos hasta dejarle la cara bien roja, y luego Oleg le pegó a Boris porque Solomon es su mejor amigo y nadie tiene derecho a pegarle a Solomon si no es con el permiso de él, y ahí se animó Abramka y le dio de patadas a Oleg porque es un maldito tirano decadente y ahí nos metimos todos y se armó una de golpes que estuvo fenómeno; solamente Ygor se puso a llorar como un marrano, ¡él es muy tonto!

Hace dos noches que me quedo apostado a la puerta del cuarto de papá y mamá y no parece que hagan entre ellos ninguna cosa; mamá lee un libro en francés o en ruso y papá fuma y luego se duermen muy lejos uno de otro, para que ni siquiera por accidente suceda el acostón. Papá dice que es propio del espíritu de nuestros paisanos preguntarse si hay un Destino que hace que las cosas pasen o si las cosas pasan por sí solas como por accidente o si el hombre hace su Destino y el accidente no existe; si los rusos creyeran esto último, piensa mi papá, no serían tan jugadores y menos existiría una clase de juego que consiste en ponerse una pistola cargada con una sola bala sobre la sien y luego disparar. A veces se muere y a veces no, cuando no se muere se gana mucho dinero gracias a la apuesta y cuando se muere mira uno desde abajo cómo le crece encima el pasto. Al fin y al cabo, nada puede ocurrir peor que la muerte, dice mamá que leyó en su libro, ¡y la muerte es inevitable!

Sólo se lo confié a Leonid Yeremíach porque es mi mejor amigo: con un junquillo de la orilla del río Grushevka levanté el tapadito de piel de castor que cubría a la niña Lena Zakotnova, y entonces vi que estaba desnuda, muy pálida y rara, y donde está la cosita había un gran desgarrón, con el compartimento de hacer niños, como le llama Solomon, roto; las rodillas las tenía en una posición extraviada como si hubieran deseado marcharse de ese cuerpo y lo mismo los pies. Me fijé en su rostro que no parecía por entero suyo porque estaba muy herida en torno a los ojos y tal vez ni siquiera los tenía; yo no sentí ningún miedo, no soy ningún miedoso, porque ¿qué puede ocurrir peor que la muerte?, ¡y la muerte es inevitable!, pero yo me pregunté: ¿qué necesidad tendría el asesino de llevarse los ojos de Lena Zakotnova? ¿Para qué quería él un par de ojos? De verdad que no estoy del todo seguro de que no puedan ocurrir cosas peores que la muerte. Entonces corrí cuan rápido pude hacia la calle Soviet y cuando llegué, grité y grité hasta que encontré a Iosiv, el oficial amigo de papá, que se paró y me preguntó: “Camarada Nikita, ¿qué pasa?”, y yo expliqué que había visto a la niña muerta allí abajo, desnuda, tapada con un capotito de castor y con el cogote cortado como una gallina. No dije nada acerca de los ojos de Lena Zakotnova, ni de su cosita; era mejor dejar que cada uno lo averiguara por sí mismo.

martes 20 de febrero de 2007

Un ejemplo de vida


lunes 19 de febrero de 2007

Proverbio búlgaro


Hombre de Montenegro con traje típico

"La esposa lleva a su marido en el rostro; el marido lleva a la
esposa en los calzones".



La otra vocación. J.D. Salinger

Preguntado por su vocación, qué otra cosa hubiera querido ser de no ser escritor, J.D. Salinger respondió:
“Me hubiera gustado ser detective de homicidios, mucho más que escritor. Alguien que puede volver solo, de noche, a la escena del crimen, y no asustarse de los fantasmas”.

Citado en 'El lento camino de la canonización' de Maximiliano Tomás.

Contempla mi belleza. Canción búlgara tradicional


-¿No son negros mis ojos, querido,
o encuentras alguna falta en ellos?
(Ese joven, querida, ese joven,
se ha enamorado de otra muchacha).
-Tus ojos son negros, muchacha, y grandes
como adoquines. Pero yo no los quiero,
querida, yo no los deseo. Guárdalos
para ti misma.
-¿No es bello mi rostro, querido,
encuentras alguna falta en él,
acaso, o es que no te gusto?
-Tu bello rostro, muchacha, es igual a
un plato. Yo no lo quiero, yo no lo deseo.
Guárdalo para ti misma.
-¿No es mi cintura delgada,
es que no te gusta eso de mí,
acaso encuentras una falta en mí?
-Tu cintura es delgada, preciosa muchacha,
delgada como una tina. Yo no la quiero,
querida, no la deseo. Guárdala para ti misma.

Trad. P.S.
Mujer de Montenegro con traje típico

Cuentos judíos

Abraham y Samuel están a bordo del Titanic, que se está hundiendo irremisiblemente. Abraham llora como loco, y Samuel:
-¿Por qué llorás, Abraham... acaso es tuyo el barco?

Moisés, de 86 años, sale con una chica de 18. Isaac le dice:
-¡Estás loco, Moisés! ¡Tenés 86 años, a tu edad el sexo puede ser mortal!
-¡Y bueno, si ella se muere, se muere!

-Moishe, durante tu viaje vas a seguir siéndome fiel?
-¿Cómo puedo sabero? Yo soy un viajante de ropa interior femenina, no un profeta...


De 'El pueblo elegido y otros chistes judíos' de Rudy y Eliahu Toker

domingo 18 de febrero de 2007

No es el hombre de mi vida, pero casi!

James Gandolfini as Tony Soprano

viernes 16 de febrero de 2007

Consejo. Gabriel García Márquez

“Hay que empezar con la voluntad de que aquello que escribimos va a ser lo mejor que se ha escrito nunca, porque luego siempre queda algo de esa voluntad”

Citado en 'El lento camino a la canonización' de Maximiliano Tomás
http://tomashotel.wordpress.com

martes 13 de febrero de 2007

El cuento del mono




Nos vemos una vez a la semana, cenamos. Cocino y mis dos hijos se sientan a la mesa con él. Hablan, él les hace chistes, les cuenta de monstruos de las profundidades, del mono andaluz que duerme en lo alto de un cocotero; ellos ríen, tiemblan. Yo pelo papas con el viejo pelapapas ya un poco oxidado, el mismo que usaba cuando todavía vivía con él. Las echo en aceite hirviendo y salen fritas de la manera que a fuerza de criticarme, acabaron por gustarle: crudas de un lado y quemadas del otro.
Nuestros abogados están por acordar la crianza de nuestros hijos: un régimen de visitas y alimentos.
Esto nos ha costado mucho dinero, muchos enojos.
Hace dos años que estamos separados y no hemos logrado ponernos de acuerdo. Yo fui la primera en contratar un abogado. A él no le quedó otro remedio. La abogacía es una profesión vejatoria, dijo uno de los letrados que luego abandonó a mi ex marido. Cuando estamos juntos, no mencionamos el asunto. No hablamos de la próxima audiencia; están nuestros hijos y no queremos que nos miren con ojos de Hansel y Gretel. Yo, por lo menos, no quiero, no lo deseo. Este silencio termina por aturdirme y me produce dolor cabeza. Pienso dónde están las aspirinas, el ibuprofeno, las vitaminas, los ansiolíticos; dónde están todos los frasquitos y tubitos que no quiero que él vea. Mi cuerpo es frágil. Acusa recibo del paso del tiempo; tengo taquicardia. Él habla de que está cansado, también. Él pregunta. Él observa la pila de libros, notificándose de qué cosas leo; él pasa al baño y abre subrepticiamente el botiquín: busca residuos de amores furtivos, ocasionales, relaciones con qué ponerle al mal tiempo buena cara. Esas relaciones no existen. Se lo podría decir yo, pero no se lo digo, para que no me crea suya. No todavía; no hasta que firmemos. Mi hijo dice que él le pregunta, qué hace mamá, qué clase de amistades tiene, adónde los llevo y con quiénes salgo. Mi hijo no sabe: él a todo mundo llama ‘tío’. Así se lo hemos enseñado. Cuando cargo a mi hija en brazos, él me pide que se la pase. Lo hace siempre que llevo un escote profundo; se pone junto a mí, delante mío y me la pide. ‘Dame a Caty, te vas a hacer mal la espalda’. El es mucho más alto que yo y más fuerte. Yo estoy parada sobre mis finos tacos, arqueada hacia atrás, y se la entrego, complacida. Cuido que mi hija llegue sana y salva a sus brazos, entonces me pierdo su mirada, la forma en que él me está mirando los pechos. Me hago la tonta, miro para otro lado: soy generosa.
Al principio él no iba a las audiencias por alimentos. ¿Cuánto necesitaban mis hijos y yo para vivir? ¿Queríamos hacerlo a sus expensas? ¿Queriamos dejarlo en la calle, exprimirlo, hacerlo entrar en bancarrota? ¿Por qué tenía yo tan mal corazón? ¿No podíamos hacer un arreglo casero, teléfonico, solo él y yo? No, era mi respuesta. No; inamovible. No acudió a la primera audiencia, ni a la segunda, ni a la tercera. Hasta que mi abogado le comunicó que si seguía faltando nos obligaba a hacerle un juicio. Y nosotros no queríamos hacerle un juicio, recalcó. Lo cual era mentira, porque el mismo día que se lo dijo, por si mi ex marido no se comprometía a acudir a una cuarta audiencia, el abogado llevaba dentro del portafolio la demanda para presentar al tribunal.
El postre lo trajo él: chocolate amargo. Mis hijos no quieren chocolate, quieren postre de vainilla, quieren que él les hable todo el tiempo, como una máquina, de su mundo, de sus negocios. Les digo que se vayan los tres a tomar helado a la esquina, y él me dice que mejor lo pidamos por teléfono. Él recuerda de memoria el número de una heladería mucho mejor que la de la esquina. Se acerca al aparato de teléfono y subrepticiamente pasa los números de mi identificador de llamadas. Lo veo cuando lo hace; me gustaría saber si puede retener los números de la pantallita en su cabeza y cuando llega a su departamento chequea a quiénes pertenecen. Si es así, la memoria de mi marido es magnífica. Por algo fue un gran actor; yo siempre lo he dicho. Llama a la heladería, pide vainilla. Un pote de tres cuartos kilo, sólo de gusto de vainilla. Mis hijos saltan de alegría.
Mientras esperamos, mi hija le muestra los dibujos que hizo en el Jardín de Infantes. Una casita, un árbol, un monigote que no entendemos porque le faltan los brazos. Habla del papá de Teo, un nenito del Jardín. Mi marido pregunta:
-¿Quién es el papá de Teo?
Mi hija da por toda respuesta:
-El papá de Teo.
Yo sonrío; porque sé que la pregunta está dirigida a mí, pero no se atreve a hacérmela directamente. No sé quién es el papá de Teo, no tengo la menor idea, nunca lo vi. Pero esto tampoco lo respondo. Lo dejo a él en la incertidumbre, sonrío.
Levanto los platos y me pongo a lavar. Él se acerca a la cocina con el mismo paso y el mismo gesto que hacía cuando todavía estábamos juntos. De pronto pienso que va a abrazarme y pienso que he llegado demasiado lejos con el juego. Porque si me abraza tendré que enojarme, que volver a ponerle límites y que gritar delante de mis hijos, y luego ellos van a mirarme con sus ojos de Hansel y Gretel cuando fueron abandonandos en el bosque. Sostengo en una mano la esponja con detergente y en la otra el plato. Son los platos amarillos que compré justo el día que lo dejé. Compré en un bazar los platos por la mañana, para usarlos en la fiesta que daríamos esa noche; y a la noche, después de la fiesta, peleamos y lo dejé. Me fui con mis hijos. Pensaba que nunca saldría adelante sin él, que nunca me las arreglaría sola, sin él. Pero me las he arreglado, no sé cómo, pero me las arreglé; aunque no he salido adelante. Es un momento fugaz, en el que él clava sus ojos en mis ojos y yo me vuelvo para no mirarlo. Me pregunta adónde están las cucharitas y si están bien lavadas: siempre se ha quejado de que soy muy mala lavando la vajilla. Se lo indico, las busca, vuelve. Los chicos lo llaman, tocan el timbre, baja a abrir al heladero.
Nos sentamos los cuatro a comer el helado y por unos momentos somos una familia; él y yo somos la familia de nuestros hijos, pero no sé muy bien qué somos entre nosotros, para nosotros, cómo se llama ese vínculo, qué nombre tiene. Debe tener algún nombre que haga mención al afecto, pero no lo conozco. No figura en el lenguaje. Quería casarme con él; quería pisar la copa de cristal y que él me devolviera a la religión de mis padres; engordar muchos, muchos kilos en las zonas que a él le gustaba pellizcar y tener una gran familia, más grande que la que tenemos, porque yo era su viña. Pero esto no ha sido así, no fue así, y reparto servilletas de papel para que los tres se limpien los restos de helado que les quedaron pegados en los dedos.
-Empalagoso –dice él.
Simbiótico, pienso yo.
Mis hijos se ponen los piyamas, se meten en la cama y él comienza a contarles un cuento y otro y otro y ellos no se duermen. Está contándoles el cuento del mono. Había un monito, cuenta él, y oigo que habla de cocos y palmeras y hay risas. Hablan de bananas. Voy a mi habitación y me quito las botas. Bajo el cierre, y ese sonido es claro e inconfundible: el de una prenda que se despega del cuerpo. El se interrumpe; él sabe que estoy descalza, él sabe que estoy desnuda. Puedo oír cómo traga saliva; puedo escuchar el latido de su corazón. El mono sigue haciendo de las suyas, corriendo aventuras; él está acá, conmigo: él es la cura para la fragilidad de mi cuerpo. Pero mis hijos no se duermen, y él me sabe expectante. Me cambio de ropa, me calzo unas pantuflas. Voy al dormitorio de mis hijos, sé que no van a dormirse, quieren que su padre les cuente historias y que este tiempo no se termine nunca. Él sabe de la insaciablidad de nuestros hijos; la han heredado de nosotros.
Le digo que es mejor que se vaya, que ya es muy tarde.
Después yo los hago dormir.
Yo no les cuento cuentos, les canto la canción sobre una negrita que ya no cabe en su cuna y deben comprarle otra. Por lo general, esto funciona a las mil maravillas.
Salgo a abrirle, y él me pone su mejilla para que yo lo bese.
Yo estoy estática; pero debo besarlo en su mejilla: es un signo de civilidad.
Me sonríe, no como me sonreía antes, porque antes nunca nos separábamos al llegar la noche. Yo le devuelvo la sonrisa y estamos un tiempo así que a mí se me antoja interminable, donde el alfiler de la pena me pincha sin piedad. Toco su hombro levemente, con el hueco de mi mano:
-Nos vemos el martes –digo.
El responde:
-Claro, en la audiencia.
Y se va.

sábado 10 de febrero de 2007

Del refranero ídish

La culpa es del carpintero:
Si él no hubiese armado la cama, yo no habría pecado.


Una cabra se escapa, una gallina se pierde, un marido vuelve.


Tomado de 'El pueblo elegido y otros chistes judíos' de Eliahu Toker y Rudy

viernes 9 de febrero de 2007

Elegir bien. Woody Allen

Más que en ninguna otra ocasión de la historia, la humanidad está en una encrucijada: por un lado, desesperación y falta de perspectiva; por el otro, amenaza de extinción total. Tengamos la sabiduría de escoger correctamente.

miércoles 7 de febrero de 2007

Satanás según Ambrose Bierce

Satanás, s. Uno de los lamentables errores del Creador. Habiendo recibido la categoría de arcángel, Satanás se volvió muy desagradable y fue finalmente expulsado del Paraíso. A mitad de camino en su caída, se detuvo, reflexionó un instante y volvió.
--Quiero pedir un favor --dijo.
--¿Cuál? --Tengo entendido que el hombre está por ser creado. Necesitará leyes.
--Qué dices miserable! Tú, su enemigo señalado, destinado a odiar su alma desde el alba de la eternidad, ¿tú pretendes hacer sus leyes?
--Perdón; lo único que pido, es que las haga él mismo.
Y así se ordenó.

Tomado de Diccionario del diablo de Ambrose Bierce

Tréboles de 4 hojas para tu suerte. Divito


Algunas definiciones - Gustave Flaubert

Artistas.- Todos farsantes. Ponderar su desprendimiento (obsoleto).
Asombrarse de que se vistan como todo el mundo (obsoleto). Ganan
sumas fabulosas, pero las tiran por la ventana. Se los invita con frecuencia a cenar afuera. La mujer que es artista no puede resultar sino una rarnera. Lo que hacen no se puede llamar trabajar.

Coito, copulación.- Palabras que deben evitarse. Decir: “Tenían
relaciones...”

Enano.- Contar la historia de Pulgarcito.

Erección.- Sólo se menciona al hablar de los monumentos.

Escrito, bien escrito.- Palabras del portero para designar a las novelas publicadas en folletín que lo divierten.

Idólatras.- Son caníbales.

Literatura.- Ocupación de los ociosos.

Matemáticas.- Secan el corazón.

Oasis.- Hostería en el desierto.

Placer.- Palabra obscena.

Parto.- Palabra que debe evitarse -, reemplazarla por “acontecimiento".
“¿Para cuándo espera usted el acontecimiento?".

Suspiro.- Debe exhalarse cuando uno se encuentra cerca de una mujer.

Tomado del Diccionario de Lugares comunes de Gustave Flaubert

Adulterio: definición - Voltaire.

ADULTERIO. No debemos esta palabra a los griegos, sino a los romanos. Adulterio significa, en latín, alteración, adulteración, una cosa puesta en lugar de otra; llaves falsas, contratos y signos falsos, adulterio. Por eso el que se metía en lecho ajeno fue llamado adúltero, como la llave falsa que abre la puerta de la casa de otro. Por eso llamaron por antífrasis coccyx, cuclillo, al pobre marido en cuya casa y cama pone los huevos un hombre extraño. Plinio el naturalista dice 1: «Coccixova subi in nidis alienis; ita plerique alienas uxores faciunt matres». «El cuclillo deposita sus huevos en el nido de otros pájaros; de este modo muchos romanos hacen madres a las mujeres de sus amigos.» La comparación no es muy exacta, porque aunque se compara al cuclillo con el cornudo, siguiendo las reglas gramaticales, el cornudo debía ser el amante y no el esposo.

Algunos doctos sostienen que debemos a los griegos el emblema de los cuernos, porque los griegos designan con la denominación de macho cabrío al esposo de la mujer que es lasciva como una cabra. Efectivamente, los griegos llaman a los bastardos hijos de cabra.

La gente de educación, que no usa nunca términos depresivos, no pronuncia jamás la palabra adulterio. No dice nunca: la duquesa de tal comete adulterio con fulano de cual; sino: la marquesa A tiene trato ilícito con el conde de B. Cuando las señoras comunican a sus amigos o a sus amigas sus adulterios, sólo dicen: «Confieso que le tengo afición». Antiguamente declaraban que le apreciaban mucho; pero desde que una mujer del pueblo declaró a su confesor que apreciaba a un consejero, y el confesor le preguntó: «¿Cuántas veces le habéis apreciado?», las damas de calidad no aprecian a nadie... ni van a confesarse.

Las mujeres de Lacedemonia no conocieron ni la confesión, ni el adulterio. Verdad es que Menelao probó lo que Elena era capaz de hacer; pero licurgo puso orden allí, consiguiendo que las mujeres fuesen comunes cuando los maridos querían prestarlas y cuando las mujeres lo consentían. Cada uno puede disponer de lo que le pertenece. En casos tales, el marido no podía temer el peligro de estar alimentando en su casa a un hijo de otro. Allí todos los hijos pertenecían a la república y no a una familia determina- da, y así no se perjudicaba a nadie. El adulterio es un mal, porque es un robo; pero no puede decirse que se roba lo que nos dan. Un marido de aquella época rogaba con frecuencia a un hombre joven, bien formado y robusto, que cohabitara con su mujer. Plutarco ha conservado hasta nuestros días la canción que cantaban los lacedemonios cuando Acrotatus iba a acostarse con la mujer de su amigo.

«Id, gentil Acrotatus, satisfaced bien a Kelidonida. Dad bravos ciudadanos a Esparta 1»

Los lacedemonios tenían, pues, razón para decir que el adulterio era imposible entre ellos. No sucede lo mismo en las naciones modernas, en las que todas las leyes están fundadas sobre lo tuyo y lo mío.

Una de las cosas más desagradables del adulterio entre nosotros es que la mujer se burla con su amante algunas veces del marido. En la clase baja sucede con frecuencia que la mujer roba al marido para dar al amante, y las querellas matrimoniales arrastran a los cónyuges a cometer crueles excesos.

La mayor injusticia y el mayor daño del adulterio consiste en dar a un pobre hombre hijos de otros, y cargándole con un peso que no debía llevar. Por ese medio, razas de héroes han llegado a ser bastardas. Las mujeres de los Astolfos y de los Jocondas, por la depravación del gusto y por la debilidad de un momento, han tenido hijos de un enano contrahecho o de un lacayo sin talento, y de esto se resienten los hijos en cuerpo y alma. Insignificantes micos han heredado los más famosos nombres en algunos países de Europa, y conservan en el salón de su palacio los retratos de sus falsos antepasados, de seis pies de estatura, hermosos, bien formados, llevando un espadón que la raza moderna apenas podría sostener con las dos manos.

En algunas provincias de Europa las jóvenes solteras hacen el amor; pero cuando se casan se convierten en esposas prudentes y útiles; todo lo contrario sucede en Francia; encierran en conventos a las jóvenes y se les da una educación ridícula. Para consolarlas, sus madres les imbuyen la idea de que serán libres cuando se casen. Apenas viven un año con su esposo, desean conocer a fondo el valor de sus propios atractivos. La joven casada sólo vive, se pasea y va a los espectáculos con otras mujeres que le enseñan lo que desea saber. Si no tiene amante como sus amigas, está como avergonzada y no se atreve a presentarse en público.

Los orientales tienen costumbres muy contrarias a las nuestras. Les presentan jóvenes, garantizando que son doncellas; se casan con ellas y las tienen siempre encerradas por precaución. Nos dan lástima las mujeres de Turquía, de Persia y de las Indias, pero son mucho más dichosas en sus serrallos que las jóvenes francesas en sus conventos.

Entre nosotros sucede algunas veces que un marido, disgustado de su mujer, no queriendo formarle proceso criminal por adulterio, se satisface con separarse de ella de cuerpo y bienes. A propósito de esto, insertaremos una Memoria escrita por un hombre honrado que se encontró en situación semejante. Nuestros lectores decidirán si son o no son justas sus quejas.

Memoria de un magistrado (escrita en el año 1764). Un magistrado de una ciudad de Francia tuvo la desgracia de casarse con una mujer a quien sedujo un sacerdote antes de su casamiento y que luego dio varios escándalos públicos. Tuvo la paciencia de separarse de ella amistosamente. El magistrado era un hombre de cuarenta años, vigoroso, de rostro agraciado; necesitaba mujer, pero era demasiado escrupuloso para seducir a la esposa de otro hombre, y le repugnaba el trato ilícito con una mujer galante, o liarse con una viuda. Encontrándose en la incertidumbre de esta situación, dirigió a la iglesia de su culto las siguientes quejas:

"Mi esposa es criminal, pero el castigado soy yo. Una mujer es necesaria para el consuelo de mi vida y para que yo persevere en la virtud, y la secta a que estoy afiliado me la niega, prohibiéndome casarme con una mujer honrada. Las leyes civiles actuales, cimentadas por desgracia en el derecho canónico, me privan de los derechos de la humanidad. La Iglesia me pone en el caso de procurarme placeres que ella reprueba, o resarcimientos vergonzosos que ella condena. Me impulsa a ser criminal.

»Examino todos los pueblos del mundo, y no encuentro uno solo, exceptuando el pueblo católico romano, en los que el divorcio y un segundo casamiento no sean de derecho natural. ¿Qué trastorno del orden hace, pues, que en los países católicos sea una virtud consentir el adulterio, y un deber carecer de mujer, cuando la propia nos ultrajó indignamente? ¿Por qué un lazo podrido es indisoluble, a pesar de que dice la ley de nuestro código: "Quidquid ligatur dissolubile est" (lo que se liga es disoluble). Se me permite la separación de cuerpo y de bienes y no se me permite el divorcio. La ley puede quitarme mi mujer, y sin embargo me deja un algo que se llama sacramento: no gozo ya del matrimonio, y sin embargo estoy casado. ¡Qué contradicción y qué esclavitud!

»Lo más extraño es que esa ley de la Iglesia católica romana contradice directamente las palabras que esa misma Iglesia cree que pronunció Jesucristo: "Todo el que despida a su mujer, excepto por adulterio, peca si toma otra" 1.

»No me ocuparé en examinar si los pontífices de Roma han tenido derecho para violar a su capricho la ley de su Señor; ni del hecho de que cuando un Estado necesita tener un heredero es lícito repudiar a la que no puede darlo. No trataré tampoco de averiguar si una mujer turbulenta, demente, homicida o envenenadora debe repudiarse lo mismo que una adúltera. Me concretaré únicamente a ocuparme del triste estado en que me encuentro sumido. Dios permite que me vuelva a casar y el obispo de Roma no me lo permite.

»El divorcio estuvo en uso en los pueblos católicos durante el reinado de todos los emperadores, y lo estuvo también en todos los Estados que se desmembraron del imperio romano. Los reyes de Francia, que llamamos de la primera raza, casi todos repudiaron a sus mujeres para tomar otras. Pero ascendió al solio pontificio Gregorio IX, enemigo de los emperadores y de los reyes, y por medio de un decreto fue ley para toda Europa, y cuando los reyes quisieron repudiar a una mujer adúltera, pudiendo hacerlo según la ley de Jesucristo, tuvieron, para conseguirlo, que valerse de pretextos ridículos. Luis el Joven se vio obligado, para divorciarse de Eleonora de Crineune, a alegar un parentesco que no existía. Enrique IV, para repudiar a Margarita de Valois, pretextó una causa más falsa todavía: la falta de consentimiento. Era preciso mentir para divorciarse legalmente.

"Un soberano puede abdicar la corona, ¿y sin permiso del Papa no podrá abdicar su mujer? ¿Es comprensible que hombres ilustrados consientan tan absurda esclavitud?

"Convengo en que los sacerdotes y los frailes renuncien a las mujeres. Cometen un atentado contra la población, y es una desgracia para ellos; pero merecen esa desgracia, porque ellos mismos se la proporcionan. Son víctimas de los papas, que los han convertido en esclavos, en soldados sin familia y sin patria, que viven únicamente para la Iglesia; pero yo, que soy magistrado, que sirvo al Estado todo el día, necesito una mujer por la noche; y la Iglesia no está facultada para privarme de un bien que Dios me concede. Los apóstoles estaban casados, Josef también, y yo quiero estarlo. Soy alsaciano, y sin embargo dependo de un sacerdote que vive en Roma. Si ese sacerdote posee el bárbaro poder de privar- se de una mujer, que me convierta en eunuco y cantaré el miserere en su capilla en clase de tiple.»

Memoria para las mujeres. La equidad exige que, habiendo insertado la precedente Memoria en favor de los maridos, pleiteemos ahora en favor de las mujeres casadas, publicando las quejas que presentó a la junta de Portugal la condesa de Alcira. He aquí la sustancia de ellas:

«El Evangelio prohíbe el adulterio a mi marido, lo mismo que a mí; y será condenado como yo. Cuando cometió con- migo veinte infidelidades, cuando dio mi collar a una de mis rivales y mis pendientes a otra, no pedí a los jueces que le raparan el cabello, que le encerraran en un claustro, ni que me entregaran sus bienes. y yo, por haberle imitado un sola vez, por haber hecho con el hombre más hermoso de Lisboa lo que hace impunemente todos los días con las perdidas de más baja estofa de la corte y de la ciudad, tengo que sentarme en el banquillo de los acusados, ante jueces que todos ellos se arrodillarían a mis pies si estuvieran conmigo dentro de mi gabinete. Y es preciso también que en la Audiencia me corten la cabellera, que llama la atención de todo el mundo; que luego me encierren en un convento de monjas, que no tienen sentido común; que me priven de mi dote y de mis contratos matrimoniales; que entreguen todos mis bienes a mi fatuo marido, para que le ayuden a seducir a otras mujeres y cometer otros adulterios. Pregunto si esto es justo, y si no parece que sean los cornudos los que han promulgado las leyes.

»Me quejo con razón; pero responden a mis quejas que debo considerarme feliz, porque no me han apedreado en las puertas de la ciudad los canónigos, los feligreses de la parroquia y todo el pueblo. Eso es lo que se hacía en la primera nación del mundo, en la nación predilecta y querida de Dios, la única que tuvo razón cuando las demás se equivocaban.

»Pero yo respondo a esos bárbaros que cuando presentaron la mujer adúltera ante el que promulgó la antigua y la nueva ley, éste no consintió que la apedrearan. Por el contrario, les echó en cara su injusticia y les satirizó escribiendo en la arena con el dedo el antiguo proverbio hebraico: "El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra", y entonces se retiraron todos, y los viejos con mayor velocidad, porque como tenían más años, habían cometido más adulterios.

»Los doctores en derecho canónico me replican que la historia de la mujer adúltera sólo se refiere en el Evangelio de San Juan y se insertó en él algún tiempo después. Leontins y Maldonat aseguran que esa historia no se encuentra en ninguno de los antiguos ejemplares griegos, y que no hablan de ella ninguno de los veintitrés primeros comentaristas. Orígenes, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, Teofilacto y Nonuns no la conocen, ni se encuentra en la Biblia siríaca, ni en la versión de Ulfilas. Esto dicen los abogados de mi marido, que además de cortarme el pelo, quisieran que me apedreasen.

»Pero los abogados que me defienden aseguran que Ammonius, autor del siglo III, reconoce por verdadera esta historia, y que si San Jerónimo la rechaza en algunas partes, la acepta en otras; en una palabra, que se tiene por auténtica en la actualidad. Salgo del tribunal, busco a mi marido y le digo: «Si no habéis cometido ningún pecado, cortad me el pelo, encerrad me en un claustro y apoderaos de mis bienes; pero si habéis cometido más pecados que yo, a mí me corresponde raparos, encerraros en un convento y apoderarme de vuestra fortuna. La justicia debe ser igual para los dos». Mi marido me replica que es mi superior, mi jefe, que tiene una pulgada más de estatura, que es velludo como un oso y que, por consecuencia, se lo debo todo a él y él no me debe nada a mí.

»Pero yo pregunto ahora: ¿Cómo la reina Ana de Inglaterra es superior a su marido? ¿Cómo su marido el príncipe de Dinamarca le obedece ciegamente? Si no lo hiciera así le trataría el Tribunal de los Pares, caso de que cometiera con ella alguna infidelidad. Es, pues, evidente que si las mujeres no hacen castigar a los hombres, es porque son menos fuertes que ellos.»

Para juzgar con justicia un proceso de adulterio, sería preciso que fuesen jueces doce hombres y doce mujeres, y un hermafrodita que tuviera voto preponderante en caso de empate.

Pero hay casos singulares en los que no caben las dudas y no nos es lícito juzgar. Uno de esos casos es la aventura que refiere San Agustín en su sermón sobre la predicación de Jesucristo en la montaña.

Septimius Acyndius, procónsul de Siria, mandó prender en Antioquia a un cristiano porque no pagó al fisco una libra de oro con que le multaron, y le amenazó con la muerte si no pagaba. Un hombre rico de aquel país prometió dar dos marcos a la mujer del desgraciado si consentía en satisfacer sus deseos.

La mujer fue a contárselo a su marido, y éste rogó que le salvara la vida, aunque tuviera que renunciar a los derechos que tenía sobre ella. La mujer obedeció a su marido; pero el hombre rico, en vez de entregarle los dos marcos de oro, la engañó entregándole un saco lleno de tierra. El marido no puede pagar al fisco y no le queda más remedio que morir. En cuanto el procónsul se entera de la infamia, paga de su propio bolsillo al fisco los dos marcos de oro y manda que entreguen a los esposos cristianos el dominio del campo de donde se sacó la tierra para llenar el saco que el hombre rico entregó a la mujer.

En este caso se ve que la esposa, en vez de ultrajar a su marido, fue dócil a su voluntad. No sólo le obedeció, sino que le salvó la vida. San Agustín no se atreve a decir si es culpable o virtuosa, teme condenarla sin razón. Lo singular es que Bayle, en este caso, pretenda ser más severo que San Agustín 1 . Condena decididamente a la pobre mujer.

En cuanto a la educación contradictoria que damos a nuestras hijas, añadamos una palabra. Las educamos infundiéndoles el deseo inmoderado de agradar, para lo que les damos lecciones. La naturaleza por sí sola lo haría, si nosotros no lo hiciésemos; pero al instinto de la naturaleza añadimos los refinamientos del arte. Cuando están acostumbradas a nuestras enseñanzas las castigamos si practican el arte que de nosotros han aprendido. ¿Qué opinión nos merecía el maestro de baile que estuviera enseñando a un discípulo durante diez años y pasado ese tiempo quisiera romperle las piernas por encontrarle bailando con otro? ¿No podríamos añadir este artículo al de las contradicciones?

Tomado de las 'Cartas filosóficas'

sábado 3 de febrero de 2007

Cuentos judíos

DESPRECIANDO A LOS AMIGOS
Abraham fue a probar fortuna al Brasil, dejando a su hermosa esposa en Buenos Aires. Después de dos años vuelve y encuentra a su mujer con un bebé en sus brazos.
-¿Quién es el padre de esta criatura?, ¿es León Kaminsky?
-No, Abraham.
-¿Es Bernardo Josevich?-No, Abraham.
-¿Es Jaime Kleinkop?
-No, Abraham.
-¿Qué te pasa?, ¿acaso no te gustan mis amigos?


INQUIETUDES DE UN MORIBUNDO
Abraham estaba en cama a punto de morir, rodeado por su mujer y sus hijos. Tomó la mano de ella y con los ojos semiabiertos le preguntó:
-Está a mi lado mi hijo mayor, Jacobo?
-Sí, querido. Está aquí.
-Y Bernardo, ¿también está aquí?
-Sí, también está.
-¿Y José?
-También está a tu lado, querido.
-¿Y entonces quién se ha quedado atendiendo el negocio?


De “Humorismo judío” de Simón Grass

Cuentos judíos

Invitado a una boda cristiana, Meyer humedece sus dedos en la pila de agua bendita, hace el signo de la cruz a la perfección y murmura:
-En el nombre del Padre, del Hijo, y de... ¡Vamos! ¡Bueno! ¡Me he olvidado del nombre del tercer socio!

El viejo Ismael ha caído como fulminado por un síncope. Lo llevan a un hospital y allí, a punto de expirar, ignorando su religión, llaman a un capellán, el cual no atina sino a colocarle un crucifijo ante los ojos.
Ismael los abre a duras penas, y balbuceando, dice entonces:
-Tres francos con setenta y cinco. ¡No puedo dar más!

De “Nuevos cuentos judíos”. EMS Danero

viernes 2 de febrero de 2007

Pintar puede ser confuso. Francis Bacon


Si de discutir se trataba. Poema

si de discutir se trataba,
lo hacíamos sobre la trascendencia del arte;
me ponía seria, fruncía mucho los ojos,
-en el fondo pensaba que bien
podían venir mañana los marcianos
y encontrar solo un folleto turístico:
un lago cálido en la helada suecia
y creer que esa era toda
la literatura humana en existencia-;
yo no quería morir
y él quería la fama:
eran dos cosas muy diferentes que no conjugaban;
me gustaba salir con él,
tomábamos cerveza en pubs y bodegones,
él mencionaba autores extranjeros:
walt whitman le servía de ejemplo para casi todo
y yo no sabía a qué se debía
-a veces pensaba que era el único poeta
al que de verdad había leído-;
tenía el síndrome del genio,
vivía entre nubes
y yo entre deudas acumuladas
y facturas vencidas, una hija a mi cargo,
dos matrimonios rotos
y heridas que no cerraban;
pero con él tomaba estas cervezas
-y a veces de la buena, negra e irlandesa-
y me extraviaba mirando su piel, su boca, sus ojos,
preguntándome por qué no nos besábamos a cada rato,
como hacen los chicos,
y qué cosa hacíamos en el bar a fin de cuentas
en lugar de pasárnoslo en la cama;
se precisan de cuatro abrazos diarios para sobrevivir,
según la así llamada terapia de los abrazos,
y nosotros estábamos exangües, pálidos:
no nos dábamos ninguno y no,
no la practicábamos.

P.S.

El desafío de la creación. Juan Rulfo

Desgraciadamente yo no tuve quien me contara cuentos; en nuestro pueblo la gente es cerrada, sí, completamente, uno es un extranjero ahí.
Están ellos platicando; se sientan en sus equipajes en las tardes a contarse historias y esas cosas; pero en cuanto uno llega, se quedan callados o empiezan a hablar del tiempo: "hoy parece que por ahí vienen las nubes..." En fin, yo no tuve esa fortuna de oír a los mayores contar historias: por ello me vi obligado a inventarlas y creo yo que, precisamente, uno de los principios de la creación literaria es la invención, la imaginación. Somos mentirosos; todo escritor que crea es un mentiroso, la literatura es mentira; pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación.

Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia: ahora, yo le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo al lápiz, porque yo escribo a mano; pero quiero decir, más o menos, cuáles son mis procedimientos en una forma muy personal. Cuando yo empiezo a escribir no creo en la inspiración, jamás he creído en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo; ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece el personaje que yo quería que apareciera, aquél personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo. De pronto, aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiere vida, uno puede, por caminos que uno desconoce pero que, estando vivo, lo conducen a uno a una realidad, o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que se puede decir, lo que, al final, parece que sucedió, o pudo haber sucedido, o pudo suceder pero nunca ha sucedido. Entonces, creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental pensar qué sabe uno, qué mentiras va a decir; pensar que si uno entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.

A mí me han criticado mucho mis paisanos que cuento mentiras, que no hago historia, o que todo lo que platico o escribo, dicen, nunca ha sucedido y es así. Para mí lo primero es la imaginación; dentro de esos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición: la intuición lo lleva a uno a pensar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura. Concretando, se trabaja con: imaginación, intuición y una aparente verdad. Cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer: el trabajo es solitario, no se puede concebir el trabajo colectivo en la literatura, y esa soledad lo lleva a uno a convertirse en una especie de medium de cosas que uno mismo desconoce, pero sin saber que solamente el inconsciente o la intuición lo llevan a uno a crear y seguir creando. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar. Ahora, hay otro elemento, otra cosa muy importante también que es el querer contar algo sobre ciertos temas; sabemos perfectamente que no existen más que tres temas básicos: el amor, la vida y la muerte. No hay más, no hay más temas, así es que para captar su desarrollo normal, hay que saber cómo tratarlos, qué forma darles; no repetir lo que han dicho otros. Entonces, el tratamiento que se le da a un cuento nos lleva, aunque el tema se haya tratado infinitamente, a decir las cosas de otro modo; estamos contando lo mismo que han contado desde Virgilio hasta no sé quienes más, los chinos o quien sea. Mas hay que buscar el fundamento, la forma de tratar el tema, y creo que dentro de la creación literaria, la forma -la llaman la forma literaria- es la que rige, la que provoca que una historia tenga interés y llame la atención a los demás.
Conforme se publica un cuento o un libro, ese libro está muerto; el autor no vuelve a pensar en él. Antes, en cambio, si no está completamente terminado, aquello le da vueltas en la cabeza constantemente: el tema sigue rondando hasta que uno se da cuenta, por experiencia propia, de que no está concluido, de que algo se ha quedado dentro; entonces hay que volver a iniciar la historia, hay que ver dónde está la falla, hay que ver cuál es el personaje que no se movió por sí mismo. En mi caso personal, tengo la característica de eliminarme de la historia, nunca cuento un cuento en que haya experiencias personales o que haya algo autobiográfico o que yo haya visto u oído, siempre tengo que imaginarlo o recrearlo, si acaso hay un punto de apoyo. Ése es el misterio, la creación literaria es misteriosa, y uno llega a la conclusión de que si el personaje no funciona, y el autor tiene que ayudarle a sobrevivir; entonces falla inmediatamente. Estoy hablando de cosas elementales, ustedes deben perdonarme, pero mis experiencias han sido éstas, nunca he relatado nada que haya sucedido; mis bases son la intuición y, dentro de eso, ha surgido lo que es ajeno al autor. El problema, como les decía antes, es encontrar el tema, el personaje y qué va a decir y qué va a hacer ese personaje, cómo va a adquirir vida. En cuanto el personaje es forzado por el autor, inmediatamente se mete en un callejón sin salida.

Una de las cosas más difíciles que me ha tocado hacer, precisamente, es la eliminación del autor, eliminarme a mí mismo. Yo dejo que aquellos personajes funcionen por sí y no con mi inclusión, porque entonces entro en la divagación del ensayo, en la elucubración; llega uno hasta a meter sus propias ideas, se siente filósofo, en fin, y uno trata de hacer creer hasta en la ideología que tiene uno, su manera de pensar sobre la vida, o sobre el mundo, sobre los seres humanos, cuál es el principio que movía las acciones del hombre. Cuando sucede eso, se vuelve uno ensayista. Conocemos muchas novelas-ensayo, mucha obra literaria que es novela-ensayo; pero, por regla general, el género que se presta menos a eso es el cuento. Para mí el cuento es un género realmente más importante que la novela porque hay que concentrarse en unas cuantas páginas para decir muchas cosas, hay que sintetizar, hay que frenarse; en eso el cuentista se parece un poco al poeta, al buen poeta. El poeta tiene que ir frenando el caballo y no desbocarse; si se desboca y escribe por escribir, le salen las palabras una tras otra y, entonces, simplemente fracasa. Lo esencial es precisamente contenerse, no desbocarse, no vaciarse; el cuento tiene esa particularidad; yo precisamente prefiero el cuento, sobre todo, sobre la novela, porque la novela se presta mucho a esas divagaciones.

La novela, dicen, es un género que abarca todo, es un saco donde cabe todo, caben cuentos, teatro o acción, ensayos filosóficos o no filosóficos, una serie de temas con los cuales se va a llenar aquel saco; en cambio, en el cuento tiene uno que reducirse, sintetizarse y, en unas cuantas palabras, decir o contar una historia que otros cuentan en doscientas páginas; ésa es, más o menos, la idea que yo tengo sobre la creación, sobre el principio de la creación literaria; claro que no es una exposición brillante la que les estoy haciendo, sino que les estoy hablando de una forma muy elemental, porque yo les tengo mucho miedo a los intelectuales, por eso trato de evitarlos; cuando veo a un intelectual, le saco la vuelta, y considero que el escritor debe ser el menos intelectual de todos los pensadores, porque sus ideas y sus pensamientos son cosas muy personales que no tienen por qué influir en los demás ni hacer lo que él quiere que hagan los demás; cuando se llega a esa conclusión, cuando se llega a ese sitio, o llamémosle final, entonces siente uno que algo se ha logrado.

Como todos ustedes saben, no hay ningún escritor que escriba todo lo que piensa, es muy difícil trasladar el pensamiento a la escritura, creo que nadie lo hace, nadie lo ha hecho, sino que, simplemente, hay muchísimas cosas que al ser desarrolladas se pierden.


* Rulfo, Juan. El desafío de la creación, en Zavala, Lauro (ed.) *

En el final. Poema

En el final
su cuerpo era todo de aristas,
y lo que no era aristas, era abismos;
me desafiaba,
como una fuerza de la naturaleza;
no había dulzura ni suavidad en las mañanas,
su presencia me volvió fotofóbica;
andaba a los tumbos durante el día,
un muciélago sin orientación,
un ratón huído;
el atardecer me derrumbaba,
caía en la noche como en un precipicio;
soñaba con médanos, con dunas, con arena;
el sol parecía un punto blanco, me angustiaba,
no quería despertar, nunca,
las sábanas eran papeles
sobre los que yo escribía cartas,
un diario íntimo, impresiones,
estupideces con que me consolaba;
anotaba el insomnio o el sonambulismo,
era mi propia paciente,
la ansiedad, la impaciencia por caer
me roía,
caería al fin de cuentas,
casi sin protección alguna,
estaba decidido, o era
fatalismo o la consecuencia lógica
de la pasión, el conocimiento de la carne,
la suya,
en medio del caos, errático, infantil;
cuando me llamaba él no decía mi nombre,
y cuando lo decía,
me empujaba.

P.S.

Verdad y mentira en la creación literaria. Juan Rulfo

Todo escritor que crea es un mentiroso; la literatura es mentira, pero de esa mentira sale una recreación de la realidad; recrear la realidad es, pues, uno de los principios fundamentales de la creación. Considero que hay tres pasos; así como en la sintaxis hay tres puntos de apoyo: sujeto, verbo y complemento, así también en la imaginación hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar, es decir, darle forma. Estos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia. Ahora, yo si le tengo temor a la hoja en blanco, y sobre todo a lápiz, porque yo escribo a mano.

Cuando empiezo a escribir no creo en la inspiración, el asunto de escribir es un asunto de trabajo: ponerse a escribir a ver qué sale y llenar páginas y páginas, para que de pronto aparezca una palabra que nos dé la clave de lo que hay que hacer, de lo que va a ser aquello. A veces resulta que escribo cinco, seis o diez páginas y no aparece aquel personaje que yo quería que apareciera, aquel personaje vivo que tiene que moverse por sí mismo; cuando de pronto aparece y surge, uno lo va siguiendo, uno va tras él. En la medida en que el personaje adquiera vida se puede entonces ver hacia dónde va; siguiendolo lo lleva a uno por caminos desconocidos, pero que estando vivo conducen a una realidad o a una irrealidad, si se quiere. Al mismo tiempo, se logra crear lo que, al final, parece que sucedió o pudo haber sucedido o pudo suceder, pero nunca ha sucedido. Entonces creo yo que en esta cuestión de la creación es fundamental saber perfectamente que uno va a decir mentiras, que si se entra en la verdad, en la realidad de las cosas conocidas, en lo que uno ha visto o ha oído, está haciendo historia, reportaje.

A mí me han criticado mucho mis paisanos porque cuento mentiras, porque no hago historia o porque todo lo que platico o escribo -dicen- nunca ha sucedido; y así es. Para mi lo primordial es la imaginación. Dentro de estos tres puntos de apoyo de que hablábamos antes está la imaginación circulando; la imaginación es infinita, no tiene límites, y hay que romper donde se cierra el círculo; hay una puerta, puede haber una puerta de escape, y por esa puerta hay que desembocar, hay que irse. Así aparece otra cosa que se llama intuición; la intuición lo lleva a uno a adivinar algo que no ha sucedido, pero que está sucediendo en la escritura.
Concretando: se trabaja con imaginación, intuición y una verdad aparente; cuando esto se consigue, entonces se logra la historia que uno quiere dar a conocer. Creo que eso es, en principio, la base de todo cuento, de toda historia que se quiere contar.

Necesito. Poema

Necesito, dije.
Porque era la palabra que más acudía
a mí en el último tiempo y era
como la luz y la mariposa buscándose,
corriendo el riesgo de la infelicidad perpetua,
perder la compostura; la pasión en un instante
reducida a la acepción de estupidez del espíritu,
estupor de los sentidos; no hablamos de amor,
ya no usamos esa palabra
por incómoda, por ordinaria, por desabrida,
pongo mi mano en tu mano,
el corazón en un vaso,
aprieto tu muñeca,
me desenredo,
escuchás con atención aunque no entendés nada;
hablamos otra lengua,
milpiés mi aliento que no encuentra qué decir
cuando hablo, y cuando callo
estalla en siete pedazos el silencio,
es el de la saliva en la garganta,
el del deseo,
cuánta confusión que se resiste a volverse
un simple recuerdo,
una hojita que vuele al viento;
me devolvés la presión, la caricia,
pero no sé qué es, ya no sé qué es nada
de aquella búsqueda ni de aquella caricia;
viene de la oscuridad y yo estoy hablándole
a la oscuridad,
vos acá y yo allí lejos, alejados,
y hubo un mundo sin embargo
en que la carne era una sola;
tu cariño, digo, termino de una vez,
de una buena vez, siento, digo:
necesito.


P.S.

If it be your will. Leonard Cohen

[si no respondes. me queda claro. un intento
más. y no te pensaré ya]

CUATROCUENTOS 3 - Revista On Line

Nuevamente salió la revista de cuento hispanoamericano. Esta vez presentan relatos de Patricia Suárez (Argentina), Miguel Gomes (Venezuela), Viviana Paletta (Argentina) y Uriel Quesada (Costa Rica).

Los Editores son Pía Bouzas y Gustavo Valle

http://cuatrocuentos.wordpress.com/

NO-RETORNABLE

Ya salió No-Retornable 4. Con cuentos de Hebe Uhart, Martín Rejtamn y Romina Doval. Aquí Claudia Piñeiro cuenta el secreto de su éxito. También, un popurrí de poetas argentinos. Y como si fuera poco, autores patrios escriben ensayos sobre su relación con Tolstoi (me included). Revista hecha con amor y pulmón por Marcelo López
¡Qué la disfruten!
www.no-retornable.com.ar

25 de Mayo de 2010, una crónica para el Diario Critica

  • http://criticadigital.com/index.php?secc=nota&nid=27688

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!

Julio. Antes de extinguirnos, aullaremos!
Lobo de Tasmania

Octubre

Octubre
Cosas extrañas que pueden suceder...

Setiembre...

Setiembre...
Pájaro de Oro

Agosto

Agosto
Recortando y pegando muñequitas de papel

Junio. Bobo e imposible...

Junio. Bobo e imposible...
Dodo.

Mayo

Mayo
Cómeme o bébeme.

Octubre

Octubre
As de Espadas

FEBRERO...

FEBRERO...
Trabajando en equipo...

SETIEMBRE. Crisantemo...

SETIEMBRE.  Crisantemo...
Una flor como una luna

Noviembre en Madrid

Noviembre en Madrid
Zapato para bailar flamenco

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