La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

Brindar con extraños. Libro de cuentos

Hace casi dos años recibí el premio del Programa San Luis libro por el libro de cuentos BRINDAR CON EXTRAÑOS, con un jurado de lujo: Ana María Shua y Alicia Steimberg. Pocos meses después, fue mención en el Casa de las Américas. La gente de San Luis lo editó, el libro es preciosooooo. Pero... no se distribuye, no se puede vender y los derechos vencen en abril del 2013. Mientras algún editor incauto se interesa en mis cuentos, iré publicándolos de a poquito en mi blog.

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

domingo, 31 de diciembre de 2006

Los derechos del lector. Quentin Blake


3 chistes judíos

"Un comensal llama al mozo, después de haber sido servido, y le dice: -Oiga, ¿qué le pasa al pollo que me trajo? Tiene una pata mucho más corta que la otra. Y el mozo le contesta: -¿Usted pidió el pollo para comerlo o para bailar con él?"

"Un 'gángster´judío cayó en una emboscada y recibió varias heridas de bala graves. Empleando sus últimas fuerzas, subió las escaleras hasta el departamento de la madre y tocó el timbre. -¡Mamá! -gritó cuando ella abriò la puerta. Pero la madre, ajena al estado de su hijo, exclamó: -Primero come, y después hablarás."

"En la oficina de Francfort del banquero Rothschild entra el duque de Gramont.
-Tome asiento, baròn - dice Rothschild.
-Soy el duque de Gramont -hace notar el indignado visitante.
-Tome otro asiento -responde el banquero."

Tomados de Psicoanálisis del humor judío de Theodor Reik

jueves, 28 de diciembre de 2006

La escuela. Donald Barthelme





Bueno, nosotros tuvimos todos esos chicos plantando árboles, vea, porque nosotros nos figurábamos que... aquello era parte de su educación, o sea, usted sabe, lo de la vegetación y las raíces... y además el sentido de la responsabilidad, cuidando las cosas, siendo individualmente responsables. Entiende lo que quiero decir. Y todos los árboles se murieron. Eran árboles naranjas. Yo no sé por qué se murieron, solamente se murieron. Algo mal en el suelo posiblemente o quizá el material que trajimos del invernadero no era el mejor. Nos quejamos sobre eso. De modo que hemos tenido treinta chicos allí, cada chico tenía su arbolito que plantar, y nosotros treinta arbolitos muertos. Todos esos chicos mirando esos palos castaños, era deprimente.
Eso no sería tan malo excepto porque un par de semanas después del asunto de los árboles, murieron las serpientes. Pero yo pienso que lo de las serpientes; bueno, la razón por la que las serpientes espicharon fue que... usted recordará, la caldera del agua estuvo parada cuatro días por la huelga, y eso lo explicaba. Era algo que uno podría explicar a los chicos, lo de la huelga. Quiero decir, ninguno de sus familiares los dejaron cruzar y molestar en la línea policial, de manera que así ellos supieron qué era una huelga y qué es lo que significa. Entonces cuando las cosas recomenzaron y encontramos las serpientes muertas, ellos no estaban muy trastornados.
Con lo de las gardenias fue probablemente un caso de exceso de riego, y al menos, ellos ahora saben que no hay que regarlas demasiado. Los chicos eran muy conscientes con las gardenias y sus probabilidades de... usted sabe, equivocarse al deslizar un pequeña cantidad extra de agua. O quizá... bueno, no quiero pensar en sabotaje, si bien nos ocurrió. Quiero decir, algo así pasó por nuestras mentes. Estábamos pensando que fue el camino probable porque antes de que los gerbos murieran, y los ratones blancos murieran, y las salamandras... bueno, ahora ellos saben que no hay que arrastarlos por ahí en bolsas de plástico.
Por supuesto que nosotros esperábamos ya que los peces tropicales murieran, eso no fue una sorpresa. Todos ellos destrozados, estaban panza arriba en la superficie del agua. Pero la lección decía que lo llamemos “el gasto total de la energía de los peces”, allí no había nada que pudiéramos hacer, pasa todos los años, sólo que tiene prisa en pasar.
Jamás nos propusimos tener un cachorro.
Jamás nos propusimos tener uno, sólo fue un cachorro que la chica Murdoch encontró debajo del camión de Gristede y ella tuvo miedo de que el camión le pasara por encima al cachorro cuando el conductor hiciera su descubrimiento, así que ella lo escondió en su mochila y lo trajo a la escuela. Entonces tuvimos un cachorro. Tan rápido como vi el cachorro, pensé, Oh, Cristo, ojalá viva por lo menos dos semanas, y entonces... Y aquello ha pasado. No se supone que ocurrió en el aula del todo, hay cierta clase de regulación sobre eso, pero uno no puede decirles que no pueden tener un cachorro cuando el cachorro ya está allí, justo enfrente de ellos, corriendo por el piso y gimoteando. Ellos lo llamaron Edgar (eso es, le pusieron nombre a mis espaldas). Se divirtieron a lo grande corriendo atrás de él y gritando: “¡Aquí, Edgar! ¡Lindo Edgar!” En aquel entonces ellos reían como el infierno. Ellos disfrutaban la ambigüedad. Yo disfrutaba de mí mismo. No imagino que fuera broma. Ellos fabricaron una pequeña casa para el cachorro en el placard suplementario que hay y eso fue todo. No sé por qué murió. Falta de aclimatación, supongo. Es probable que no haya habido ningún francotirador. Me quedé fuera de allí antes de que los chicos llegaran a la escuela. Yo chequeaba el placard suplementario cada mañana, por rutina, porque yo sabía que esto iba a pasar. Le entregué el cadáver al custodio.
Y después estuvo el huérfano coreano que la clase adoptó a través del Programa de Ayuda a los Niños, todos los chicos lo traían un cuatrimeste, esa era la idea. Fue una cosa desafortunada, el nombre del chico era Kim y quizá nosotros lo adoptamos demasiado tarde o algo así. La causa de la muerte no estaba especificada en la carta que recibimos, ellos nos sugerían que adoptemos otro chico a cambio y nos enviaron un montón de historiales de chicos, pero nosotros no tuvimos corazón. La clase lo tomó muy duramente, ellos comenzaron -yo lo creo así, aunque nadie jamás me dijo nada directamente- a sentir que quizá había algo malo en la escuela. Pero yo no pienso que haya algo malo en la escuela, particularmente, yo he visto tiempos mejores y peores. Fue sólo una racha de mala suerte. Tuvimos un extraordinario número de padres que fallecieron, por ejemplo. Hubo, yo creo, dos ataques al corazón y dos suicidios, un ahogado, y cuatro muertos en accidentes de automóvil. Un quebrado. Y tuvimos el usual alto índice de mortalidad entre abuelos, o quizá fue muy duro este año para todos, me parece. Y finalmente la tragedia.
La tragedia ocurrió cuando Matthew Wein y Tony Mavrogordo estaban jugando sobre la excavación que se hacía para el nuevo edificio de la oficina federal. Estaban esas grandes vigas amontonadas, usted sabe, hacia el final de la excavación. Hay un caso del tribunal sobre eso, ahora, los padres reclaman que las vigas estaban negligentemente amontonadas. Yo no sé cuál es la verdad y cuál no. Ha sido un año extraño.
Olvidé mencionar al padre de Billy Brandt, quien fue acuchillado fatalmente cuando él enfrentó a un intruso enmascarado en su casa.
Un día tuvimos una discusión en clase. Ellos me preguntaron, ¿Dónde fueron? Los árboles, la salamandra, el pez tropical, Edgar, los papis y las mamis, Matthew y Tony, ¿dónde fueron? Y yo dije, No lo sé, no lo sé. Y ellos dijeron, ¿Quién lo sabe?, y yo dije, Nadie sabe. Y ellos dijeron, ¿Es la muerte la que le da sentido a la vida? Y yo dije, No, es la vida la que le da sentido a la vida. Entonces ellos dijeron, pero si no es la muerte, considerada como dato fundamental, el sentido por el cual damos por sentado que la trivialidad de todos los días podría ser trascendida en la dirección de...
Yo dije, Sí, podría ser.
Ellos dijeron, no nos gusta.
Yo dije, Así suena.
Ellos dijeron, ¡es una vergüenza sangrienta!
Yo dije, Así es.
Ellos dijeron, ¿haría el amor con Helen (nuestra asistente de estudios) de modo que podamos ver cómo todo ha sido hecho? Nosotros sabemos que a usted le gusta Helen.
Sí me gusta Helen pero dije que yo no podría.
Hemos oído mucho sobre éso, dijeron, pero nunca hemos visto el inicio de la vida.
Dije que podría ser despedido y que nunca o casi nunca haría una demostración. Helen miraba a través de la ventana.
Ellos dijeron, por favor, por favor haga el amor con Helen, nosotros necesitamos una afirmación del valor de alguien, nosotros estamos asustados.
Yo dije que ellos no deberían estar asustados (aunque yo suelo asustarme) y que había valor en todas partes. Helen vino y me abrazó. La besé algunas veces en la frente. Nos tomamos el uno al otro. Los chicos estaban excitados.
Entonces, hubo un golpe en la puerta, yo la abrí, y el nuevo gerbo venía caminando hacia nosotros. Y los chicos chillaron salvajemente.



Donald Barthelme
de “Sixty stories”, 1981
Traducción: Patricia Suárez

El precio de la fama. Slawomir Mrozeck

En el Caribe había unos cuantos piratas famosos, pero ninguno era más conocido que el Capitán Morgan, por lo menos, hasta que la fama del Capitán Pedro Cannibal creció hasta alcanzar la de Morgan. Así entraron a competir por el título de pirata más famoso. El título sería dado a aquel que hubiera realizado la acción más audaz, cruel y sorpendente.
Una noche el capitán Morgan irrumpió en la fortaleza inexpugnable de Santa Rita La Mayor, capturó al gobernador y se retiró protegido por las tinieblas.
Mas Pedro Cannibal robó en pleno día el Vicere y dio fuego a la ciudad.
El capitán Morgan secuestró la schooner Azucena y ahorcó a todos los hombres de la tripulación. Entonces Pedro Cannibal no solo decapitó a todos los hombres de la tripulación de la fragata Margarita, sino que llenó de pólvora de un solo disparo a un papagayo, la mascota de la nave, al que había atado una mecha, y le permitió escapar de la jaula. Apenas el papagayo creyó haber escapado del peligro, explotó en el aire.
El Capitán Morgan no se estuvo quieto con una mano sobre la otra. Violentó personalmente al Arzobispo de Toledo durante una visita cercana del territorio de ultramar. Pedro Cannibal, a su vez, asó y comió al secretario del Arzobispo después de haberlo hecho “marinero” vivo en el veneno de una cobra siguiendo la receta de los antropófagos de la Amazonia. La admiración pública fue atribuida en partes iguales a los dos Capitanes, ninguno de los cuales admitió la superioridad.
Se esparció la voz de que un galeón de siete mástiles habría zarpado por Europa llevando a bordo diez millones de monedas de oro, noventa y nueve jóvenes vírgenes, hijas de las mejores familias, que se trasladaban al mejor convento de España.
Entre ambos Capitanes se apresuraron para apoderarse de aquel botín de extraordinario valor. Cada uno quiso alcanzarlo primero para poder conquistar el título de Pirata más famoso.
Pedro Cannibal fue el dueño de la victoria en el instante en el cual puso el pie sobre el puente del galeón. Aunque el viento estaba en contra, no hubo huella alguna de Morgan. Cannibal encontró el oro y las vírgenes aparentemente intactas. Mas cuando comenzó a contar se dio cuenta que faltaban una moneda de oro y una virgen. En la puerta del camarote del capitán, clavado con un puñal, había un mensaje que decía: “El resto es para ti”.
Pedro cannibal no se sobrepuso al deshonor. El era un hombre de honor tal como lo indicaba el nombre que portaba.
Así el Capitán Morgan fue conocido como el Pirata más famoso, aunque ganó solo una pieza de oro y una virgen (y cuanto respecta a la virgen, las opiniones están en discordia).


Traducción P.S.

martes, 26 de diciembre de 2006

Sobre el cuento. Raymond Carver

Cuando me pongo a escribir, empiezo literalmente con una frase o una línea. Siempre necesito tener esa primera línea metida en la cabeza, se trate de un poema o un relato. Más tarde, todo puede cambiarse, pero esa línea se cambia muy pocas veces.

El mundo es una amenaza para muchos de los personajes de mis historias. La gente que elijo para escribir sobre ella siente una amenaza, y creo que la mayoría de la gente siente el mundo como un lugar amenazante.

Es posible, en un poema o en una historia corta, escribir sobre objetos cotidianos utilizando un lenguaje coloquial y dotar a la vez a esos objetos –una silla, persianas, un tenedor, una piedra, un anillo– de un inmenso, incluso asombroso poder. Es posible escribir una línea de un aparentemente intrascendente diálogo y transmitir un escalofrío a lo largo de la columna vertebral del lector (el origen del placer estético, como diría Nabokov). Ésa es la clase de literatura que me interesa.

A Carver le gusta cuando V.S. Pritcher define el cuento como “algo vislumbrado con el rabillo del ojo”. Otorga a la mirada furtiva categoría integrante del cuento, comenta cómplice.

Miedo. Raymond Carver

Miedo de ver una patrulla policial detenerse frente a la casa.
Miedo de quedarme dormido durante la noche.
Miedo de no poder dormir.
Miedo de que el pasado regrese.
Miedo de que el presente tome vuelo.
Miedo del teléfono que suena en el silencio de la noche muerta.
Miedo a las tormentas eléctricas.
Miedo de la mujer de servicio que tiene una cicatriz en la mejilla.
Miedo a los perros aunque me digan que no muerden.
¡Miedo a la ansiedad!
Miedo a tener que identificar el cuerpo de un amigo muerto.
Miedo de quedarme sin dinero.
Miedo de tener mucho, aunque sea difícil de creer.
Miedo a los perfiles psicológicos.
Miedo a llegar tarde y de llegar antes que cualquiera.
Miedo a ver la escritura de mis hijos en la cubierta de un sobre.
Miedo a verlos morir antes que yo, y me sienta culpable.
Miedo a tener que vivir con mi madre durante su vejez, y la mía.
Miedo a la confusión.
Miedo a que este día termine con una nota triste.
Miedo a despertarme y ver que te has ido.
Miedo a no amar y miedo a no amar demasiado.
Miedo a que lo que ame sea letal para aquellos que amo.
Miedo a la muerte.
Miedo a vivir demasiado tiempo.
Miedo a la muerte.
Ya dije eso.

La tragedia de puntuar, Isaac Babel

Ningún hierro puede despedazar tan fuertemente el corazón como un punto puesto en el lugar que le corresponde.

lunes, 25 de diciembre de 2006

Algunos tenemos calor en Navidad! Moby


Fragmento de una entrevista a Vladimir Nabokov

-¿Para usted una novela no es ante todo una buena historia?

-Eso es, una excelente historia. Pero mis mejores novelas no tienen una, sino más historias que se entrelazan en cierta manera. Pálido Fuego posee ese contrapunto, y Ada o el ardor también. Me gusta ver el tema principal irradiando a través de la novela y desarrollándose en pequeños temas secundarios. A veces es una digresión que se convierte en drama en un rincón del relato. O bien las metáforas de un discurso elevado se unen para formar una nueva historia.

-¿Las historias que se inventan los novelistas (y pienso en un novelista llamado Vladimir Nabokov) las historias inventadas son más interesantes que las de la vida?

-Entendámonos: la historia verdadera de una vida también ha tenido que ser contada por alguien, y si es una autobiografía escrita con pluma pudibunda por un personaje sin talento puede parecer muy sosa al lado de una invención maravillosa como el Ulises de Joyce.

-¿Es su libro favorito?

-Sí, mi gran modelo.


Entrevista de Bernard Pivot en el programa "Apostrophes", uno de los más influyentes de la televisión francesa, en mayo de 1975.

Nabokov sobre Chéjov

Chéjov fue el primer escritor en apoyarse tanto en las corrientes
subterráneas de la sugerencia para comunicar un contenido concreto. En la
misma historia de Lipa y el niño está el marido de ella, un estafador que
cumple trabajos forzados. Antes, en los tiempos en que todavía practicaba
con éxito su turbio negocio, solía escribir a casa con una letra muy bonita,
que no era la suya. Casualmente comenta un día que es su buen amigo
Samorodov quien escribe esas cartas para él. No vemos nunca a ese amigo
suyo; pero cuando el marido es condenado a trabajos forzados, sus cartas
llegan desde Siberia con la misma hermosa letra. Eso es todo; pero queda
perfectamente claro que el buen Samorodov, quienquiera que fuese, ha sido su
compinche en el delito y ahora está sufriendo el mismo castigo.

Una vez me comentó un editor que cada escritor lleva grabado un número, que
es el número exacto de páginas que será el máximo de todo libro que escriba.
El mío, lo recuerdo, era 385. Chéjov no hubiera podi-do nunca escribir una
buena novela larga; era un velocista, no un corredor de fondo. Parece como
si no lograra mantener enfocado por mucho tiempo el esquema vital que su
genio descubría aquí y allá: lo retenía, en su fragmentaria vividez, lo
bastante para escribir un cuento, pero la imagen se negaba a conser-varse
luminosa y detallada, como hubiera sido nece-sario para hacer de ella una
novela larga y sostenida. Las cualidades de Chéjov como dramaturgo no son
otras que sus cualidades como autor de relatos de me-diana extensión; los
defectos de sus obras de teatro son los mismos que se hubieran
transparentado si hu-biera intentado escribir novelas de verdad.-Se le ha
comparado con el escritor francés de segunda fila Maupassant (a quien no
sabemos por qué se le llama "de Maupassant"); y, aunque esa comparación
perjudica a Chéjov en el plano artístico, sí es cierto que existe un
elemento común a ambos escritores: que no podían darse el lujo de ser
prolijos. Cuando Maupassant, forzando la pluma a correr distancias que
rebasaban con mucho sus inclinaciones naturales, escribía novelas como Bel
Ami o Une Vie, lo que le salía en el mejor de los casos era una serie de
rudimentarios relatos cortos y desiguales, engarzados de manera más o menos
artificial y carentes de esa corriente interna que va impulsando el tema y
que es tan natural en el estilo de novelistas natos como Flaubert o Tolstoi.
Salvo un traspiés de su juventud, Chéjov no intentó nunca escribir un libro
voluminoso. Sus piezas más largas, como Un duelo o Tres años, siguen siendo
relatos cortos.

Los libros de Chéjov son libros tristes para personas con humor; es decir,
sólo el lector provisto de sentido del humor sabrá apreciar verdaderamente
su tristeza. Hay escritores que parecen como algo intermedio entre una
risilla y un bostezo; muchos son humoristas profesionales, por ejemplo. Los
hay que son algo intermedio entre la risilla y el sollozo: Dickens era uno
de éstos. Existe también ese tipo de humor terrible que el escritor
introduce conscientemente para dar un respiro puramente técnico después de
una buena escena trágica, pero éste es un truco que está muy lejos de la
literatura auténtica. El humor de Chéjov no pertenece a ninguno de esos
tipos; es puramente chejoviano. Para él las cosas eran jocosas y tristes al
mismo tiempo, pero no se veía su tristeza si no se veía su jocosidad, porque
las dos estaban unidas.

Los críticos rusos han señalado que el estilo de Chéjov, su elección de
palabras y demás, no revela ninguna de esas especiales preocupaciones
artísticas que obsesionaban, por ejemplo, a un Gógol, un Flaubert o un Henry
James. Su léxico es pobre, su combinación de palabras casi trivial; el
pasaje artístico, el verbo jugoso, el adjetivo de invernadero, el epíteto de
crema de menta servido en bandeja de plata, todo eso le era ajeno. No fue un
inventor verbal como lo había sido Gógol; su estilo literario acude a las
fiestas en traje de diario. Por eso es un buen ejemplo que aducir cuando se
intenta explicar que un escritor puede ser un artista perfecto sin ser
excepcionalmente brillante en su técnica verbal ni estar excepcionalmente
preocupado por la flexión de sus frases. Cuando Turguéniev se pone a
examinar un paisaje, nos damos cuenta de que le preocupa la raya del
pantalón de su frase; cruza las piernas con la vista puesta en el color de
los calcetines. A Chéjov no le importa, no porque esas cuestiones no sean
impor-tantes -para algunos escritores lo son, con una her-mosa naturalidad
cuando se da el temperamento adecuado-,sino porque el temperamento de
Ché-jov es totalmente extraño a la inventiva verbal. Has-ta una pequeña
falta gramatical o una frase desaliña-da, periodística, le traían sin
cuidado. Lo mágico está en que, a pesar de tolerar fallos que un
princi-piante de talento hubiera evitado, a pesar de quedar-se satisfecho
con la medianía en lo que a las palabras se refiere, con la palabra de la
calle, por así llamarlo, Chéjov conseguía dar una impresión de belleza
ar-tística muy superior a la de muchos escritores que creían saber lo que es
la prosa rica y bella. Lo hacía manteniendo todas sus palabras a la misma
luz mo-derada y con el mismo tinte exacto de gris, un tinte que está a medio
camino entre el color de una empalizada vieja y el de una nube baja. La
variedad de sus atmósferas, el centelleo de su ingenio arrebatador, la
economía profundamente artística de sus caracteri-zaciones, el detalle
vívido y el «desdibujarse» de la vida humana, todos los rasgos chejovianos
típicos, ganan con estar saturados y envueltos de una borrosedad verbal
levemente iridiscente.

Vladimir Nabokov
Curso de Literatura Rusa

Causa y efecto. Bukowski

los mejores mueren a menudo por su propia mano
sólo por alejarse,
y aquellos que quedan atrás
nunca pueden entender cabalmente
porqué alguien
desearía
alejarse
de
ellos

domingo, 24 de diciembre de 2006

Boda Negra. Julio Jaramillo


Oye la historia que contóme un día
el viejo enterrador de la comarca:
era un amante a quien por suerte impía
su dulce bien le arrebató la parca.

Todas las noches iba al cementerio
a visitar la tumba de la hermosa;
la gente murmuraba con misterio:
es un muerto escapado de la fosa.

En una horrenda noche hizo pedazos
el mármol de la tumba abandonada,
cavó la tierra... y se llevó en los brazos
el rígido esqueleto de la amada.

Y allá en la oscura habitación sombría,
de un cirio fúnebre a la llama incierta,
dejó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.

Ató con cintas los desnudos huesos,
el yerto cráneo coronó de flores,
la horrible boca le cubrió de besos
y le contó sonriendo sus amores.

Llevó a la novia al tálamo mullido,
se acostó junto a ella enamorado,
y para siempre se quedó dormido
al esqueleto rígido abrazado.

Amor Eterno. Harold Pinter

" La amo. La amo con toda el alma. Creo que es una mujer maravillosa. La vi sólo una vez. Se dio vuelta y sonrió. Me miró y sonrió. Después paró un taxi de la fila. Le dio instrucciones al conductor, abrió la puerta, entró, cerró la puerta, me echó una última mirada a través de la ventanilla y luego el taxi arrancó y nunca más la vi de nuevo. "

NAVIDEÑO: "Quién bajó por la chimenea?" Cuento infantil.


Fue así. Estábamos los tres mirando en la tele una película. La niñera primero salió a la puerta para besarse con el tipo asqueroso que dice es el novio (pero a Julián le cae bien porque el tipo asqueroso conoce todos los nombres de los corredores de F1), después volvió, se comió un turrón de almendras enterito, ella sola, y al final se durmió y roncó en el sillón de alas de papá.
Al rato, cae de la chimenea un tipo gordo. Grita: “Jo, jo, jo”. Un borracho, pensamos nosotros. Mi hermana Serena preguntó: ¿Qué hacemos? Llamemos a la policía, dijo Julián. El tipo estaba todo vestido de rojo y tenía una bolsa enorme a las espaldas. Debe ser el Hombre de la Bolsa, dijo Julián.
-Niños, niños –llamó el gordo. –Aquí están los regalos que premian un año de buenas acciones.
Es obvio que el tipo estaba borracho. Mi papá compró acciones en la Bolsa, pero eran tan malas que perdió todo. Después se peleó con mi mamá porque pasamos de “casi millonarios” a pobres paupérrimos y para arreglarla y que mi mamá no lo ponga de patitas en la calle, la invitó a cenar afuera la noche de Navidad. Que es hoy.
La niñera no se despertaba. Tal vez el tipo había envenenado el turrón.
-¿Qué pasa, niños? Jo, jo, jo. Soy Santa Claus.
Obvio que el borracho creía además que somos idiotas. Ninguna santa tiene barba. A lo sumo, como dice mi hermana Serena, unos pelitos y se los depilan con la pincita o con la cera verde y apestosa de mi mamá. Hubiera dicho San Claus y por ahí le creíamos.
-¿Habéis mandado cartas al bueno de Santa Claus?
¿Por qué hablaba así?
-No –contestamos. –Desde que tenemos correo electrónico no le mandamos cartas a nadie. Mucha plata en estampillas, dice mi papá.
-Comprendo –contestó el borracho entristecido.
Se nota que era un tipo que estaba muy solo.
-A veces las cartas se pierden incluso antes de llegar al Polo Norte... Yo vivo en el Polo Norte.
Esto no se lo creímos. En el Polo Norte no vive nadie.
-¿Qué desean para vuestra bienaventuranza?
Serena corrió a buscar “biena...” en el diccionario y nos dio que con v corta era una ciudad de Austria. Con b larga no la encontramos. El diccionario de mi mamá está muy desactualizado.
-Tengo aquí... –comenzó el tipo a remover la bolsa- un gusano de papel maché, una muñequita articulada, un lápiz de grafito grueso para hacer dibujos como los que hacen los pintores...
-Mire, señor –dijo mi hermanito-: nuestros padres nos dijeron que no aceptemos regalos de extraños.
-¿Cómo que no?
-No. Porque con el asunto del regalito, lo engañan a uno, y después lo secuestran y lo venden a los destripadores de niños.
-¡Yo no lo soy!
-Ah. Eso dice usted.
-¡Yo soy Santa Claus!
-Aunque fuera el Presidente de la Nación –dijo Serena- llévese sus regalitos y déjenos tranquilos.
-¿Acaso no me creen? Afuera tengo estacionado el trineo, con los dos renos...
¿Qué decía? Si hacía como treinta grados de calor: no hay nieve ni hielo. Se trataría de un autito chiquito o algo así. Julián se asomó y dijo:
-Afuera hay dos vacas.
Miramos: eran los renos. Estaban tirados en la vereda, tomando el agua de la canaleta.
-Esa agua está contaminada –dijo Serena.
-¿Qué? –preguntó el gordo.
-Les va a dar dolor de panza a los...
-Renos, renos.
Para nosotros eran vacas con cuernos deformados.
-¿De dónde los sacó?
-Pues que son los choferes de mi carruaje...
-Sí, sí. ¿Pero dónde los compró? ¿En el zoológico? ¿En el circo?
-¡En el Polo Norte! –dijo el tipo y empezó a perder la paciencia. –Para ti el lápiz, para ti el gusano, para ti la muñeca articulada. Sois unos desagrecidos, unos malcriados. Todo el mundo festejaría la bienaventuranza de mi visita. Pero vosotros, no sabéis siquiera quién soy yo, ni me honráis.
De pronto el viejito nos hizo acordar a don Manolo, el de la verdulería. Como es gallego de Galicia habla un poco así. Uno no le entiende nada.
El gordo se calzó unos guantes con sopapas y empezó a trepar por la chimenea.
-¡Eh, señor! –gritó Julián.- ¿Por qué no se va por la puerta que es menos trabajo? Viejo como está y hacer esas monerías...
El gordo hizo como que no lo oyó. Pensar que por su edad tendría reuma y así todo trepó la pared.
Una vez que se fue, Serena dijo:
-A lo mejor era el hombre araña.
-¡Si el hombre araña es joven y flaco!
-No, no –dijo Serena- es joven y flaco en la película. Pero en la realidad, uno no sabe. Porque a lo mejor es un gordo que se hizo cirugía plástica para la película, entonces lo vimos delgado. Pero después engordó de nuevo.
Creo que Serena tenía razón.
-¿Qué hacemos con los juguetes?
-Se los regalamos a los huérfanos. Ponélos en la bolsa aquella, la verde –le dije a Julián. –Así mamá la lleva al Hogar del Huérfano la semana que viene. Así ellos tienen algún regalo para el Día de los Reyes Magos, pobrecitos.
-¿Quiénes son los Reyes Magos? –preguntó Julián que sólo tiene 5 añitos y medio.
-Algunos dicen que son el papá y la mamá de uno –comenzó Serena- pero yo no lo creo.
-Yo tampoco –dije.
-Para mí son tres actores de Hollywood.
-Para mí también -dije.
-Sí.
-Sí –agregué.
Después mi hermanito fue y puso los juguetes en la bolsa.
Nos comimos un turrón de mazapán y vimos el final de la película.

Cruz Roja. Monólogo teatral

Personaje:
Linny, joven enfermera norteamericana.
Pequeño dispensario de la Cruz Roja en una zona de guerra. Cualquier guerra de los últimos diez años, cualquier país. Hay un biombo, un escritorio, un teléfono. Sobre el escritorio una bolsita de papel que contiene el almuerzo de Linny. Limpio sin exageración.

Linny
(golpean a la puerta)
Un momento, por favor. Estoy ocupada atendiendo. (Linny se sienta y masca con rapidez el sándwich; escupe.) Qué asco. (Intenta tragar.) Ya abro... Qué asco. (Va hacia la puerta, abre.) Ah, sí... No es que no tenemos. No, no hay más inyecciones de penicilina... (Con horror) ¡No!! ¿Qué pastillas de morfina? ¡No! ¿Qué creen? ¿Qué es una tienda esto? ¿Qué es un tugurio de fumadores de opio? No puedo darles morfina. (Va hacia el escritorio, saca un arma.) A ver si comprenden: no hay. ¿Sufren? Ok, sufran. Cristo sufría y no se quejaba. ¡Cristo dije! Y bueno, háganse cristianos, ¿yo qué culpa tengo? Si digo que no hay más, no hay más. ¿Qué piensan?, ¿qué la fabrico yo? No, con esos modos no se puede entrar aquí. (Lentamente.) No se puede entrar. No. (Amartilla el arma) Hábleme más lento que no le entiendo. ¡Ay, pero qué lengua del demonio! No entiendo. Lento. ¡No le entiendo nada! No puede entrar acá. (Portazo. Suspiro luego, vuelve al sandwich.) Así no se puede vivir... ¡Ah, las verdes praderas de Wichita! (Se le escurre una lágrima.) Cuánta nostalgia. (Quejido detrás del biombo; Linny sale. Fuera) Cálmese, cálmese. ¿Me oye? No, no me oye nada. A ver... quieto, es un pinchacito nada más. Ya pronto vendrá el médico en el helicóptero y lo va a curar... Tranquilo, tranquilo, pronto va a estar bien. (Sale del biombo; malestar por el mal olor.) Apesta. ¿Por qué nunca está Schneider cuando se lo necesita de guardia? ¿Por qué se le mete hacer turismo en cada país en guerra que estamos, oh Dios? (Golpes a la puerta.) ¡Otra vez! ¡¡No hay morfina, no hay penicilina, no hay aspirina, no hay vacunas, no hay algodón, no hay ni jarabe para la tos!! ¿OK? ¡Lo único que hay es cinta adhesiva! (Se levanta, atiende.) ¿Qué pasa? Vendas. Sí, vendas. ¡No se puede hacer una bandera blanca con las vendas! Esto es para los heridos. No, no. Si se van a rendir yo no les doy nada. No sé, no me importa. Yo estoy al servicio de los enfermos y heridos. Si ustedes quieren hacer una bandera de rendición allá ustdes. Yo en asuntos políticos no me meto. No, no me meto. Yo estoy del lado del Bien. No, no sé quién son los buenos. Ah, OK. ¿De qué me acusan ahora? ¿Eh? Si ustedes viven como unos ateos asquerosos es culpa de ustedes. ¿O es culpa mía ahora? Ah, ah... Eso quería escuchar, OK. Un poco de gratitud. Las prótesis van a llegar mañana. Sí, mañana. Vienen en helicóptero. Las lanzan cada una con un pequeño paracaídas. Un espectáculo muy hermoso. Todas piernas, sí. No, brazos no... eso toca el... a ver... (se fija en un almanaque) ...viernes de la otra semana... ¿No tienen ninguna de esas fiestas religiosas suyas? ¿Cómo cuáles? Las paganas, las de... OK, ok. No quise faltar el respeto, lo siento. No, lo siento. Ya lo he dicho: no quise faltar el respeto a vuestro paganismo. ¡Ah, por el amor de Dios! ¡Cuando se ponen quisquillosos no los soporto! Terminemos. Mañana, piernas. No quiero una multitud acá formada abarajando piernas, por favor. Nada más los jefes vienen, en orden, y atajan una prótesis cada uno. ¡Los jefes! Cinta adhesiva les puedo dar. (Busca un rollo de cinta y se los da. Se marchan.) Así no puedo vivir, no puedo... Ah, Wichita, Wichita, ¿qué me hizo abandonarte? ¿Fue el amor al capitán Brendam? Ah, el amor mueve al mundo. (Va detrás del biombo. Fuera) Este hombre no respira... Míster Abdul... Míster Abdul... Ah, ahí está, qué susto. (Suena el teléfono. Atiende.) Sí, mi General. La sargento Linny, mi General. No, mi General. El capitán Brendam desertó. Huyó sí. Mejor no le digo con quién. Una malvada, General. Nativa, sí. Ejecutarlo, claro. (Pausa larga) ¿Qué? No puedo hacerles decir ‘Dios salve a la Reina’ a los nativos. No, no. Usted no comprende. (Titubeando) Un problema religioso, psí. Ellos no creen en Dios, psí. Ateos, sí. Comunistas, no sé. Terroristas, lo más probable. Compréndame. Aun cuando creyeran en Dios, ellos no quieren que la Reina se salve. No. ¿Cómo que por qué, mi General? Con el debido respeto, mi General. Ellos están en guerra en contra de la Reina; del Imperio, sí. ¿No es un poco...? (Asintiendo) ¡Claro que es la Reina la que manda las latas de sopa! ¡Los potes de cacao! ¡Las latas de atún! No, no las comieron. Dicen que había botulismo dentro. La desconfianza de los salvajes, claro. No, por supuesto, yo no comí eso... ¿Qué por qué lo dicen? Por salvajes, desagradecidos, ignorantes... Sí, cuatro perros se murieron. Pero enseguida los enterró el soldado Kramer, mi General. Les echó cal encima. Perros nativos, mi General. No, el Tiger se salvó gracias a Dios. ¡Por algo es un airedale terrier fuerte y sano y alimentado con alimento para perros americano (sabor a pollo, siempre, sí, mi General)! El soldado Kramer tuvo que esconderlo al Tiger; los lugareños se lo... sí, sí. Comer. Comen perros, mi General. Los estamos civilizando, mi General. Hacemos todo lo que podemos. Pero no abren las latas de atún, no. Cambio y fuera, mi General. Los justos, sí. Venceremos, mi General. (Estampida en la puerta.) ¡Ahora qué! (Voces y gritos en lengua del país) No entiendo nada, despacio. Gomer, sí. Ajula gomer. ¿Todos murieron? Qué lástima. ¡No! ¿A qué voy a ir yo? Si me dicen que están todos muertos. Ajula, ajula ¿qué quiere decir mombundia. ¿Qué? OK, si dijeron que fue un error fue un error. Lo siento, lo siento. ¡Pero desde el aire no se sabe que ustedes están festejando una boda! ¡Las bombas no distinguen la paz de los actos terroristas! ¿Qué más? OK, ya se disculparán, consuélense. El General siempre se disculpa con ustedes de los errores... ¡es una guerra, qué quieren! (Busca el arma, los apunta) Atrás. No, no, no. Yo no tengo nada que ver. Si hay heridos me los traen y los curo como puedo. ¡Fue un error! ¿Ustedes no cometen nunca errores? Ah, OK. Hay que saber perdonar. Dios en el Cielo nos perdona... ¡Afuera o disparo! (Traba la puerta con una silla. Va detrás del biombo.) ¡Dios mío, no respira más! ¡Mister Abdul! Vamos, vamos. (Sonidos de inspiración de Linny.) Ay, no puedo. Respiración boca a boca, qué asco... No... No puedo. ¡El fibrilador! ¿Dónde está? Ay, demonio. No hay electricidad. ¡Mister Abdul, respire! ¡Masajes cardíacos! ¡Respira, cariño, respira! Qué pena. Se murió. ¿A quién entregarán el alma estos tipos? (Vuelve a escena, compungida con las jeringas en la mano.) ¡Se me mueren todos, siempre! ¿Por qué me llegarán tan reventados? ¡No es justo! No puedo salvar ni uno! Hay que hervir esto... (Comprende.) Ah... le puse demás, eso fue. OK, un error. ¡Es muy difícil estar atento a cada detalle en una guerra! Es humano. En una guerra es humano equivocarse... y uno es menos humano que nunca... (Llora) Ah, Wichita, Wichita...

Apagón

miércoles, 20 de diciembre de 2006

Fragmento de una entrevista a Paul Auster


–¿Cómo decide el tema de una novela?

–Nunca me senté y dije voy a escribir un libro sobre la soledad del hombre. Acabo de terminar mi décima novela y todas me salieron completamente distintas del plan original. Porque cada novela es una aventura que se va peleando a medida que se avanza. Lo único que hay que tener es una convicción firme sobre alguna cosa –cualquier cosa– antes de empezar, para que dé el tono al libro. Hay que tener claro cómo uno quiere que suene la historia y, si a medida que uno escribe logra mantener la melodía, es porque se está por el buen camino. Sin embargo, a mí me suele ir mal durante semanas y termino tirando todo. Cien, ciento cincuenta páginas a las que les dediqué meses terminan en el tacho de basura cuando me doy cuenta de que algo falla con su música.

–Los títulos de sus novelas son bastante particulares: La música del azar, Ciudad de cristal, ahora The book of illusions. ¿Se desprenden del libro o surgen como una entidad propia?

–No puedo empezar un proyecto sin un título pensado. A veces paso años dando vueltas alrededor del título que acompañará lo que tengo en la cabeza, porque el título de alguna manera define el proyecto. Y éste es mejor cuantas más ramificaciones, más resonancias se puedan encontrar en el futuro texto. De manera que pienso mucho sobre títulos. A veces hasta doy vueltas armando títulos para argumentos que no existen y que probablemente nunca vayan a existir. Además, siempre tengo varias historias distintas en la cabeza.

–¿De dónde nace su conocido interés por libros que señalan todo el tiempo su condición de texto?

–Supongo que surge de mi fascinación como lector. No crea que por ser autor yo soy muy versado en literatura. En las típicas novelas del siglo XIX y en las del siglo XX también, el libro es una especie de ilusión. Se supone que los libros nos van a llevar a un mundo que aceptaremos como verdadero, al menos por un rato. Pero a mí, desde chico, me sedujeron los libros que se señalaban a sí mismos como libros. Paradójicamente, es la forma en que la historia puede llegar más profundamente a la verdad, porque creo que el libro es la metáfora de la conciencia.

Entrevista de Juana Libedinsky, de la redacción del diario La Nación, 2002.

Una conversación entre Ford Madox Ford y Ezra Pound

1932

P: ¿Qué autores debería leer un joven escritor italiano si quiere aprender a escribir novelas?
F: (Escupiendo vigorosamente)Mejor pensar en encontrar la materia.
P: (Suavemente, ignorando la irritación de Ford) Bueno, supongamos que tuvo la inteligencia de leer a Stendhal y a Flaubert...
F: Se requiere diferente curriculum para cada talento. Uno puede aprender tanto de Flaubert como de Miss Braddon. Se puede aprender tanto de un escritor bien jodido como de uno buenísimo.
P: ¿Cuáles de sus libros le gustaría ver traducidos en italiano y en qué orden?
F: No confío en las traducciones; no trasladan ninguna de mis mejores cualidades. Solo algunos escritores son traducibles.
P: ¿Cuáles son las cualidades mas importantes en un escritor de prosa?
F:¿Qué significa "escritor de prosa"? ¿El Código Napoleónico o el Cantar de los Cantares?
P: Digamos, un novelista.
F: (Agónico) Digamos tener un terreno filosófico, un conocimiento de las raíces de las palabras, del significado de las palabras.
P: ¿Qué es lo que debe hacer primero un joven escritor de prosa?
F: (Cada vez mas molesto con las interrogantes) Lavarse los dientes.
P:(Ironicamente en calma, con serena grandilocuencia) En la vasta obra crítica del ilustre crítico entrevistado (cambiando de tono)... se ha elogiado a escritor tras escritor sin distinción aparente (acentuando la palabra distincion casi con rabia). ¿Es que no existe ninguna?
F: Hay escritores auténticos y los hay imitadores; no hay diferencia entre los auténticos. No existe diferencia entre Picasso y el Greco.
P: No me distraiga con pintores, hábleme de ejemplos literarios.
F: Hudson, y Flaubert en "Trois Contes". No todo Flaubert, digamos "Trois Contes".
P: Frecuentemente me ha hablado de "grandes talentos". ¿Hay algunos más grandes que otros?
(Ford trata de eludir la comparacion)
P: ¿Hay nuevos escritores al nivel de Henry James y Hudson?
F: (Despues de catalogar el talento de James a alguna extension) Si. Hemingway, Elizabeth Roberts, Carolin Gordon, George Davies. Léase "La apertura de una puerta" y "Penhelly".
P: Pero como artistas, si James es un artista consumado, ¿es Hudson algo mas? ¿Debe ser llamado un escritor de prosa puro, no un novelista?
F: Es la misma diferencia que entre tejer y dibujar.
P: Ahora, en cuanto al termino "promisorio". ¿Que le hace pensar que un nuevo escritor "promete"?
F: La primera frase que leo. Cuando dos palabras van juntas producen un tono. El tono es el alma del escritor. Cuando Stephen Crane escribio: "Las olas eran bárbaras y abruptas" presentó al mismo tiempo las olas y un pequeño bote. Las olas no son abruptas vistas desde un barco. "Bárbaras y abruptas", onomatopéyicamente, como "Poluphloisboion" en Homero, cuando el cíclope lanza la roca.
P: (Concluyendo) ¿Cuantos han guardado su promesa desde que English Review se fundó hace veinticinco años?
F: Stephen Reynolds murió. Ezra se convirtió en asistente de verdugo para entrevistadores... Ignoro lo que esta haciendo Wyndham Lewis. Norman Douglas. D.H. Lawrence murió, pero la guardo hasta el final. Rebecca West. Entre los sucesores: Virginia Woolf; Joyce en "El retrato del artista adolescente"; el Hughes que escribió "Un viento alto en Jamaica", el dramaturgo novelista, no el escritor de novelas...
P: ¿Qué es lo que debe leer un joven escritor?
M: Un DICCIONARIO. Y aprender el significado de las palabras...

Consejos a la hora de escribir. Erskine Caldwell

* La experiencia me ha demostrado que todos los cuentos de algún valor se escriben bajo las circunstancias que engendra el siguiente procedimiento: 1) disponga su despertador para que suene dos horas antes de lo acostumbrado; 2)dedique una hora a caminar por la casa dando portazos; 3) entre en la cocina y haga con la cafetera y la sartén tanto ruido como pueda; 4) cuando baje su esposa, critique: a) su dicción, b) su peinado, c)su vestido, d) su familia; 5) después del desayuno, enciérrese en su cuarto y mire por la ventana por espacio de hora y media; 6) cuando comience a sentir que el cuello se le envara, coloque en la máquina de escribir una hoja de papel y escriba la palabra “ello” lo más rápidamente que pueda; 7) arranque la hoja, arrúguela y arrójela; 8) repita la operación, escribiendo la misma palabra en otra hoja; 9) mire fijamente la palabra hasta que se convierta en un borrón ilegible, luego arranque la hoja y coloque otra; 10) escriba la palabra “él” y luego siga adelante con su cuento.

Repetición y cambio, dilema de escritor. Evelyn Waugh

Un escritor de novelas policiales dice a su agente:

“...corro el peligro de transformarme en un técnico hábil si sigo produciendo año tras año ese tipo de libro cuya escritura sé que no me cuesta. Siento que he llegado al máximo de mis posibilidades en esta clase especial de literatura. Necesito conquistar nuevos mundos.
“-¿No habrá estado escribiendo poesía?
“-No, no.
“-Casi todos mis novelistas vienen a verme tarde o temprano para decirme que han escrito poemas. No puedo comprender por qué. Les hace mucho daño. Sin ir más lejos estuvo aquí la semana pasada Roger Simmonds con una especie de obra de teatro. Nunca vi nada semejante. Todos los personajes eran partes de un automóvil... y no era gracioso.
“-Oh, no intentaré nada por el estilo –aclara el novelista- Sólo algunos exprimentos técnicos. No creo que el lector común se dé cuenta de ellos.
“-Ojalá que no. Sobre todo ahora que usted tiene su público. Bueno, piense en Simmonds...”

Tomado de Decadencia y caída.

domingo, 17 de diciembre de 2006

Rompecabezas. Nicanor Parra

No doy a nadie el derecho.
Adoro un trozo de trapo.
Traslado tumbas de lugar.

Traslado tumbas de lugar.
No doy a nadie el derecho.
Yo soy un tipo ridículo
a los rayos del sol,
azote de las fuentes de soda
yo me muero de rabia.

Yo no tengo remedio,
mis propios pelos me acusan
en un altar de ocasión
las máquinas no perdonan.

Me río detrás de una silla,
mi cara se llena de moscas.

Yo soy quien se expresa mal
expresa en vistas de qué.

Yo tartamudeo,
con el pie toco una especie de feto.

¿Para qué son estos estómagos?
¿Quién hizo esta mezcolanza?

Lo mejor es hacer el indio.
Yo digo una cosa por otra.

Amor ilimitado. Parte 6. Cuento en corrección.

Uno de estos días, le comentás a él, una siesta en que te levantes alunada, te vas a sentar y vas a escribir una historia.
Está tirado sobre el puf de lona verde, leyendo una historieta. Levanta los ojos y te mira con sarcasmo.
-¡Ja!-, ríe Vladimir. -El guión que te dieron es una porquería.
-No-, gemís, mentís, ¿qué otro remedio te queda? -Suecede que un día de estos me levanto y escribo, lo dije por decir, al tuntún, hasta es probable que tome clases y todo. Un taller literario, eso. Es a lo que me refiero.
-Ah-, dice él.
Como no es tu marido no te advierte que no tienen plata para que tomes un taller literario, qué locura. Él piensa sobre el dinero casi con las mismas palabras que pensaba tu abuela: “la plata sirve para el capricho y para la enfermedad”; debe ser porque ambas familias vienen de la misma región de Italia, donde hubo una gran hambruna una vez. Te pregunta si abre una sidra, si corta más queso del cáscara colorada –es el único que hay- o si querés salir y comerte una pizza. Ha estado pensando en nuevos negocios, te informa, elucubrando cosas. ¿Quién fue el maldito que inventó la plata que no nos deja vivir tranquilos, eh? No quiere morirse haciendo reír a cuatro tarados que insultan a Cristo cada vez que salen del trabajo y toman el subte. El nació para cosas mejores, arguye. Vos asentís: vos también naciste para cosas mejores. Te escuchás decirlo en voz alta y al final te asalta la duda. ¿Quién fue el degenerado que inventó la duda, esa carcoma? Hay diez mil pesos que andan buscándolo, afirma. Sonreís. Y Dios va a probarle que lo ama, que ama a Vladimir Faerman, y va a permitir que esos benditos diez mil pesos encuentren el bolsillo celestial para el que fueron creados. Querés reírte, pero no podés. Tenés el culo pegado en el silloncito amarillo y se lo lanzás así, sentada, el aire apenas si nace en el ioides, el huequito en el centro de la clavícula y explota al llegar a los dientes; tus palabras son un chasquido. Vuelan en el aire y caen en su espalda, tres latigazos que a él no dañan pero que a vos te destruyen, doblegan tu voluntad.
-En la película tengo que chupársela a todos los actores. A casi todos. Hay un mendigo ciego y a él también tengo que chupársela. ¡Tengo que chupársela a casi todo el mundo en el film! No te vayas a reír porque no me hace ninguna gracia; más bien me quiero morir, me quiero morir... Es un personaje raro, muy raro, el mío. Como Isabelle Huppert en ‘La pianista’, así de raro. Es una puta, hace esas cosas porque es una puta...
El te clava la vista. Está pensando: es un extranjero y está decodificando las palabras de tu idioma, tan distinto del suyo. ¿De cuál país vino él a refugiarse en tu regazo? ¿Qué diccionario consulta que a veces es tan difícil comunicarse las más elementales palabras?
-A todas las actrices les gusta hacer la puta en las películas.
No te mira más, va hacia la heladera, saca una lata de cerveza, y la vacía en sólo dos tragos.
-Las escenas son jugadas, comprometidas. No sé cuánto quedará en la edición final, pero por lo que parece, no escatiman en nada.
-Te van a pagar bien por eso?
-No es la plata lo que me preocupa.
-¿Entonces?
-Soy yo. No es que sea mojigata. Es que quedo expuesta...
-Ah.
De nuevo abre la puerta de la heladera. Podés ver su figura fina a contraluz; antes te gustaban los tipos grandes, hasta que uno o dos se violentaron y te sacudieron en forma. Desde ese entonces no volviste a mirar a un hombre que supere en mucho tu contextura física. Vladimir busca entre las ensaladeras, hay un bife de nalga crudo, un cuarto de manteca, un yogur, el agua mineral, medio tomate, dos huevos, el frasco con ketchup viejo, los espaguetis de dos días atrás, pegados en la fuente y secos como los cabellos de una niña muerta, la mayor pena del mundo. Pero no hay otra cerveza. Cuando se vuelve a mirarte está sumido en la perplejidad.
Un avión ha caído; se ha estrellado en alguna parte.
No te habla.
El silencio es largo como el de una carrera de once kilómetros. No te dan los pulmones, no te dan las piernas para aguantar ese silencio.
-¿Vos lo harías? –preguntás.
Es una pregunta sincera.
Después de todo, él es actor.
Después de todo, están los dos en el mismo barco.
-No entiendo la pregunta.
-Vos harías algo así? Algo indigno, que tal vez desmerezca tu arte, pero que te suba a la pantalla?
-Sigo sin entender, Claudia. ¿Vas a estar actuando o no?
-¡Sí, voy a estar actuando!
-¿Entonces cuál es el problema?
Y él no es tu marido: hace tres meses y medio que vive con vos. El verano pasado ni siquiera sabías que existía. Te sentías sola, pero te divertías de todas maneras. Salías con Cristina y con Angélica al Gibraltar, a The Glove, y cuando Angélica se fue por la beca a Alemania, te hiciste cargo del cocker de ella, Mariposa. Y te entendiste bien con el perro, aunque mordió y rompió el viejo sofá y la colcha de cuero de oveja. No montaste en cólera ni nada por el estilo, no lo castigaste, no le pegaste. Sos una buena persona; sos una mujer tranquila. Algunos dicen que hay que tener talento para convivir con otras personas; vos solías repetir esa frase y sin embargo siempre estás conviviendo con alguien; sos un ser gregario, tenés alma de mono, conductas de hormiga... Por eso te adaptaste a Vladimir tan rápido; él, tan respetuoso, tan limpio, tan que casi no se lo siente. Estuvo diez días para deshacer su bolso y nunca permitió que le lavaras la ropa; eso, que a los hombres les agrada saber que sus mujeres hacen: hasta a los amantes pasajeros en una o dos ocasiones lavaste sus calzoncillos. A él no; y él no es tu amante y él no es tu marido.
Pero no sabés si querés que a Vladimir le caiga mal o le caiga bien lo que te piden que hagas en esa maldita película. Si él fuera tu marido, le caería mal. Seguramente. Pero él no es tu marido. A lo mejor, eso es lo que te enoja: que no sea tu marido.
-Esa no es la cuestión –corta él. –La cuestión es: ¿vos lo querés hacer?
Te ponés a llorar sin consuelo. Es la segunda vez en el día que llorás, mañana vas a tener la cara hinchada como una bergamota.
Él se queda mirándote como a un cuadro. Pone ojos de Peter Lorre y mira a una mujer en un cuadro que no sos vos.

Por qué dejé de ser adicto a la televisión. Tom Sharpe


Ilust. de Pablo Zweig
(Fragm.)

"No todo el mundo sabe que poseo un bull-terrier, un animal famoso por su fuerza física y mental, si es que tiene alguna mentalidad, y conocido por su valor físico y por tener los nervios bien templados. Pues bien, cada vez que encendía el televisor, ese can sin nervios temblaba como un azogado: sabía lo que se le venía encima. Tenía claro como el agua que, en cuanto un político aparecía en la pantalla -Thatcher era la peor-, yo me enfadaba tanto, e insultaba a gritos a esas criaturas que se negaban a dar una respuesta directa a la pregunta más sencilla, que toda la habitación se tambaleaba, y mi esposa, una mujer razonable, se iba a otro lado de la casa y hasta nuestros cuatro gatos abisinios se refugiaban en el jardín.


En vista de los avisos del médico y de la crisis nerviosa del perro, intenté evitar los informativos y los programas que trataban de polética. Veía eso que llaman comedias y deportes, y descubrí que solía quedarme dormido de puro aburrimiento. Después de eso, me incliné por los programas sobre la naturaleza. Parecían lo suficientemente seguros. No lo eran. No soy vegetariano, pero estuve a punto de hacerme después de ver a leones, hienas, leopardos y carnívoros de una especie u otra perseguir a algún pobre antílope, matarlo y luego regodearse con su esqueleto. A continuación vino el cinismo. La naturaleza sanguinaria todo garras y dientes me recordaba demasiado el comportamiento humano como para sentirme mínimamente a gusto. Los programas sobre historia eran peor. Sobreviví a la última guerra (¿La última guerra? Han pasado más de 50 años y se le sigue llamando la última guerra. Es un chiste de muy mal gusto), y no veo por qué tienen que seguir recordándomela una y otra vez. "

Las rosas son rojas; la violeta es azul. Cuento. PARTE 1

Son las seis cuando busca a la nena en el jardín; ella jamás dice jardín sino kinder: le gusta cómo suena la palabra. Le abre la puerta una mujer morocha, bajita, con delantal a cuadros, a la que ella nunca nombra porque no recuerda si su nombre es Gregoria o Dominga y no quiere pasar por clasista: tal vez se llame Ramona. Le dicen que su hija estuvo bien todo el día, la nena sale corriendo, la abraza y le pide: “Coca, mamá. Coca Cola”: ella lleva una mamadera de Coca; tres cuarto de gaseosa y un cuarto de agua. Es una bebida asquerosa, parece jarabe para la tos, pero a la bebé le gusta.
Hacen ocho cuadras hasta la casa y para ocho cuadras ponen una hora.
Cuando cruzan la calle, ella alza a la nena o bien la azuza: “Rapidito, rapidito que es la calle”, donde termina la cebra, la nena se tira al piso irremediablemente. A ella le entran ganas de pegarle, pero se contiene por la gente que pasa. Para paliar el furor la alza y la lleva en brazos el resto del camino, cinco o seis cuadras. La nena pesa veinte kilos. Ella le canta ‘La gallina Turuleca’. La nena ríe.
Ella piensa: ‘Una canción autobiográfica’.

Le duele todo el cuerpo especialmente hoy porque fue a correr en la mañana. Costeó el canal con los walkman puestos y una remera tres tallas más grandes de un ex novio de cuando ella tenía veintiséis años. Piensa que de suicidarse elegiría ese lugar, pero después considera que es mejor que no. Porque los cadáveres de los ahogados flotan y sería espantoso subir a la superficie después de muerta y enseñarle al mundo desnudeces que no se ha atrevido mostrar siquiera a su ex marido en el tiempo en que era marido en vigencia. Debe consultar a la vidente y preguntarle si adelgazará ella alguna vez.

Dos por tres paran en la heladería. Sambayón y dulce de leche. La nena aprendió a lamerlo. Lame una bocha y después la cara de ella, que queda toda melosa. Un viejito que sentado enfrente chupa un helado interminable le pregunta cómo se llama. Ella toca su pecho, haciendo sonar un poco las costillas: Victoria. A la nena le palmea el morro: Aleluya. Es un nombre raro, ¿de dónde salió?, le preguntan siempre. Ella contesta que se le ocurrió al padre: tenía una parienta que se llamaba así en Turquía o en Liberia. Cuando le preguntan dónde queda Liberia, ella se encoge de hombros. No sabe. Nadie le pregunta en dónde queda Turquía, en cambio. Es como si todos en Buenos Aires hubieran visitado Turquía en algún momento de sus vidas.

Pone la llave y gira con cuidado; pispea cómo está el ambiente antes de entrar. Su último amante, el que le hablaba del futuro juntos y le juró amor eterno, se escapó con un juego de llaves que nunca devolvió. Ella teme encontrárselo dentro un día de estos. No hay nadie. La bebé corre y enciende el televisor. Está por empezar Barney. La naturaleza de Barney es ominosa. Un dinosaurio de felpa color púrpura sin movimientos faciales. Es un milagro que no aterrorice a los televidentes. Ella se dirige a la cocina y comienza a pelar papas. La comida típica de una buena madre: salchichas y papafritas. Son las ocho de la noche; la peor hora del día. La oscuridad se cierne sobre el departamento como una mano se vuelve puño. Hay un vecino que toca el piano pero ella no sabe quién es, se pregunta si será el que padece de pánico y vive al lado. Le encuentra a sus vecinos de al lado un aire a los demoníacos de El bebé de Rosemary, la película de Polanski. Revisa compulsivamente los mensajes en el contestador, los emails, quiénes están conectados al chat. Nadie parece interesarse por su existencia. No llamó su madre, no llamó Lía, no llamó Verónica, no llamó el abogado. Abre la casilla de yahoo con los dedos cruzados: “Por favor, que haya una buena noticia”. Todas propagandas: cartuchos para impresoras, viajes de mini turismo a Tigre y agrande su pene. Cierra la casilla y después que lo hace piensa que no revisó el lote de correos. A lo mejor un mensaje importante, de alguien que no la conoce llegó al lote de correos: a lo mejor podía hasta cambiarle la vida. A veces el filtro no distingue los mensajes que son spam de los que no lo son.
Barney canta en el aparato de televisión a todo volumen. Su hijita no entiende bien cuáles son los botones correctos en el control remoto y lo mantiene al máximo.

El suicidio ejemplarizador. Wimpi

(Para los que tienen ideas así el día domingo...)

Los surrealistas dicen que el suicidio es una solución al problema de la libertad. (...)
Cuenta Aragón –surrealista español aquerenciado en Francia- caminaba un joven de normal y serena apariencia por una de las avenidas de la Plaza de la Estrella.
Era de mañana temprano.
De pronto el joven se cruzó con una niña rubia que iba por la misma vereda en sentido contrario al suyo.
Al verla, gritó el joven: “¡Es rubia!”
Inmediatamente se pegó un tiro y se mató.
Cuando la policía revisó los bolsillos de la ropa del suicida, supo que se trataba de un socio del ‘Club de los Suicidas’ formado por surrealistas. Y entre los documentos que permitieron establecer eso, hallóse uno que decía: “Si mañana cuando voy para el empleo me cruzo con una mujer morena, sigo para el empleo. Pero si me cruzo con una rubia, me mato.”
Y como la muchacha que se cruzó era rubia, el joven se mató.Claro que, pese a su surrealismo, la actitud resulta un poco exagerada.

Carta de Anton Chejov a su hermano Alejandro.

Moscú, 11 de abril de 1889

Trata de ser original en tu obra y lo más inteligente posible; pero no tengas miedo de mostrarte tonto; debemos tener libertad de pensamiento y solo es un pensador emancipado quien no teme escribir cosas tontas. No redondees las cosas, no pulas, más bien sé excéntrico e impúdico. La brevedad es la hermana del talento. Recuerda, de paso, que las declaraciones de amor, la infidelidad de los esposos y las esposas; la viudas, los huérfanos y todas las demás lágrimas, ya hace mucho que han sido escritos. El tema tendría que ser nuevo, pero no es necesario que haya “fábula”. Y lo principal es: mamá y papá tienen que comer. Escribe. Las moscas purifican el aire, y las obras de teatro... las costumbres.

La gloria a sola firma. Wimpi

Hace pocos días, se ha realizado en París un remate de manuscritos. Por una nota que lleva la firma de Gerardo de Nerval, se han pagado sesenta mil francos. Naturalmente, Nerval se ahorcó porque no tenía un centavo. Un papel viejo en el cual apenas se podía descifrar un garabato hecho por Racine, ascendió casi a medio millón de francos; y ya se sabe que Racine tuvo que vivir de una pensión modesta que le pasaban otros garabatos menos ilustres.
La gloria es la justicia ‘a posteriori’. Se puede cambiar el pan de cada día por la estatua de mañana. Los genios lo saben, y por eso hacen constar siempre que trabajan para el porvenir. Ello significa que consideran mejor dotados a los hombres del futuro, lo cual es un sofisma muy cómico, pues en ese futuro vuelven a existir genios que aplazan el reconocimiento de su talento. En una palabra: la fama es una especie de mujer de Lot estúpidamente vuelta de espaldas.
(...)
Con todo, no deben desanimarse los aprendices de genio. Piensen, por el contrario, que pueden adquirir la gloria como Corneille o Gerardo de Nerval, a sola firma... Y expliquénselo así al almacenero.

Me levanto desde sueños. Final

3.
La última vez que viajé a ver a mis padres fue en el verano. Hacía demasiado calor. Estuve cinco días. Esperaba a la vuelta tener un encuentro con un hombre que me gustaba mucho. Sé que yo le gustaba mucho. Lo había invitado a almorzar y no veía qué cosa podía pasar que trastocara el sentido de este encuentro.
Una noche, en la otra ciudad, durmiendo en la que había sido mi habitación, soñé lo siguiente:
Estábamos sentados en la cama en la que dormí en mi adolescencia. El hombre estaba frente a mí. Yo tomaba su mano y la llevaba a mi esternón y él me tocaba y su mano entraba dentro de mi cuerpo. Entonces yo le decía: Estoy curada.

Volví y cociné para este hombre.
Compré un vino que no tomamos porque él era abstemio.
Hablamos de trabajo, en primer lugar. Un poco del pasado de cada uno.
Yo no podía ni mirarlo a los ojos.
Creía que el deseo se me notaba.
Existía un red tan tensa e invisible uniéndonos, que el primero que se levantara de la mesa rompería el encanto y causaría dolor al otro.
Fui yo quien se levantó primero.
No lo besé.
Pasé a su lado y me dirigí a la cocina a preparar café.
Él dijo:
“Creo que está siendo la hora de irme. Tengo que trabajar”.
Yo dije que me parecía muy bien; me temblaban las piernas.
Le serví el café y lo bebimos.
Se levantó y se fue.
En la puerta me abrazó.
Yo sentí que ya no tenía mucho sentido darle un beso.
Aparté mi vista de su boca y no quise interpretar mi temor como un fracaso.
Luego descorché el vino, me tomé un vaso yo sola y medité.
No encontré una sola respuesta que me explicara por qué no le había contado el sueño.
El estaba ahí, ponía su mano en mi pecho y tocaba mi corazón.
Bastaba eso. Pero no pude y me quedé callada.
Después, ya no volvimos a vernos.

Una época extraña...


Nº 32 - Jackson Pollok, 1950.

Pastillita de 'Las Quintaesencias' de G. B. Shaw

Ideas avanzadas imponen deberes avanzados. No cabe ser una mujer avanzada cuando se desea que un hombre caiga a sus pies, y una mujer convencional cuando se pretende mantenerle allí contra su voluntad. Las personas avanzadas se unen en amistades encantadoras. Las personas convencionales se casan. El matrimonio conviene a muchos; su primera condición es la fidelidad. La amistad conviene a algunos. Y su primera cláusula es la aceptación, sin dudas ni quejas, de cualquier noticia de cambio en los sentimientos de uno u otro.

Conato de celos. Marina Tsvietáieva

¿Qué tal le va con la otra?
¿La vida le resulta más simple? ¡Un golpe de remo!
Pronto desapareció el recuerdo
De la isla flotante que soy yo,
Desapareció

¿Cómo la línea de la costa?
Isla flotante en el cielo, no en el agua.
¡Almas, almas deberíais ser hermanas,
Y no amantes!

¿Qué tal le va con una mujer
Simple, sin divinidades?
¿Después de destronar a la reina
(Y de abandonar el trono usted mismo)?

¿Cómo le va, se desvela?
¿Le da escalofríos? ¿Cómo se siente cuando se levanta?
¿Cómo se las arregla para pagar el impuesto
De la vulgaridad inmortal, pobre hombre?

"¡Basta de convulsiones y
Sobresaltos! Arrendaré casa".
¿Qué tal le va con cualquiera,
Elegido mío?

La comida es mucho mejor y más sabrosa,
¿Verdad? -¡No me oculte su dicha!
¿Diga, qué tal le va con esa fulana,
Usted, que holló el Sinaí?

¿Se vive bien con una extraña,
Con una mujer de aquí? Diga: ¿la ama?
¿La vergüenza no le cruza la frente
Con las riendas de Zeus?

¿Cómo le va, cómo está la salud?
¿Qué tal? ¿Todo bien?
¿No le supura la úlcera
De la conciencia inmortal, pobre hombre?

¿Le va bien con la mercadería
De la feria? ¡El tributo es duro!
¿Qué le parece el polvo de yeso
Después de haber conocido el mármol de Carrara?

(Dios fue esculpido en una roca
Y destruido totalmente.)
¿Cómo lo pasa con la cien mil,
Usted que conoció a Lilit?

¿No se siente ahíto de novedades
De feria? Hastiado de las maravillas.
¿Cómo le va yendo con una mujer
Terrena, desprovista de sextos

Sentidos?
Vamos, sea franco, ¿es feliz?
¿No? Cuénteme, ¿cómo le va
Con el vacío sin profundidad? ¿Peor que antes?
¿Lo mismo que a mí con otro?

TRADUCCIÓN: NICANOR PARRA

Me levanto desde sueños, 2


2.
El año pasado tuve un sueño recurrente.

Soñaba que yo era la joven que Vermeer, el pintor holandés, pintó en La muchacha del aro de perla. No recuerdo nunca haber visto ese cuadro personalmente; ni siquiera soy una fanática de Vermeer. Sólo una vez hice un artículo sobre él, en un diario extranjero, a propósito de una muestra que se inauguraría en Buenos Aires. No ví la exposición tampoco.

Pensando en las circunstancias cotidianas que rodearon estos sueños, no encontré ninguna que explicara el por qué que yo soñaba con ella.
Busqué información en internet.
Vermeer no tuvo una modelo como Botticelli tuvo a la Bella Simonetta o como Tiziano a su hija. Era una chica holandesa de los alrededores, y en el cuadro representa la pureza.
Y yo no me considero un ser casto.

La primera vez que soñé ella, yo estaba conversando con mi primer marido. Mientras lo hacía, me ataba en la cabeza el turbante que la joven tiene en el cuadro. Yo, que tengo el cabello tan oscuro y sefaradí, veía en el sueño mis cejas rubias y holandesas.
Luego, ella que era yo, apareció en otro sueño. Caminando. Yo veía su vestido intensamente azul.

La tercera vez que la soñé fue a raíz de relatarle estos sueños recurrentes a un amante. Nunca, le dije, me sucedió que un personaje de cuadro quisiera comunicarse conmigo. Él no medió palabra. Yo estaba en su cama y me quedé a dormir con él. Entonces ella vino esa noche y mi amante acogió el relato del sueño con una indiferencia tal que parecía que él todos las noches se acostaba con espíritus y todas las mañanas desayunaba con fantasmas.
Y a la noche siguiente cuando ya estaba yo sola, en mi casa, en mi cama y con mis decepciones al descubierto, también vino la joven del aro de perla. Fue la última vez que la vi. Estaba parada frente a mí, esa mujer que era yo. Su vestido esta vez se veía negro, oscurecido, y fue apagándose su figura de abajo hacia arriba, y ni siquiera pude ver su rostro. Como un rollo de papel que se incendia, de pronto el misterio se fue como hubo venido, sin que yo atinara a resolverlo.

sábado, 16 de diciembre de 2006

Me levanto desde sueños, 1




Me levanto desde sueños de ti
Percy Shelley

1.
Anoche te soñé, le escribí a mi primer marido. Estabas llegando tarde a casa. Era el mediodía, poco después del mediodía. Recuerdo claramente cómo conocía yo el sonido de tus pasos, cómo metías la llave en la cerradura, el ímpetu con que abrías. Te veía entrar al patio. Llevabas puesta una camisa amarilla, clara, desvaída. Durante el sueño tuve la conciencia de cuánto me costaba lavar esa camisa, porque usabas un desodorante que la decoloraba a la altura de las axilas. Recordé el olor de tu transpiración, con todos sus matices: cuando hacía calor, cuando estabas nervioso, cuando el agotamiento. Recordé algo más: cuando el que en aquel tiempo era mi psicoanalista me preguntó qué tenías en común con mi padre y yo respondí: el olor de su sudor. Y él consideró que hubiera sido maravilloso un mundo donde uno se moviera guiado por los olores.

No lo sueño demasiado a menudo, pensé, pero no se lo escribí. Agradezco a Dios que así sea. Porque a la larga uno puede acomodarse en la pena como en un sitio más o menos confortable: la ausencia es tal vez menos insalubre que la presencia del ser amado. Es una conclusión a la que llegué con el paso de los años. Pero esto último no se lo escribo a mi primer marido, sino que me lo quedo masticando. Tiene una mujer nueva, y está en camino de ser padre.

La luz del sueño, la vividez con que sus camisas entraron en mi vida cotidiana –tan distinta ahora de la que llevábamos cuando estábamos juntos- me puso triste todo el día. No era añoranza, no. Era otra cosa.
Estabas parado en la luz, me digo.
Yo abriría entonces la puerta de la cocina, para llamarte.
La comida está lista.
Nos sentaríamos a comer en nuestra mesa demasiado estrecha.
Durante muchos años compartimos esa mesa donde apenas podíamos mover los brazos para utilizar los cubiertos.
Hacías un gesto.
Levantabas el dedo índice como señalando el techo.
Afuera un pájaro cantaba.
Y la luz se erguía sobre tu cabeza.
Y yo creia que el tiempo era infinito.

jueves, 14 de diciembre de 2006

Amor ilimitado. Parte 5. Cuento en corrección.

Uno de estos días, le comentás a él, una siesta en que te levantes alunada, te vas a sentar y vas a escribir una historia.
Está tirado sobre el puf de lona verde, leyendo una historieta. Levanta los ojos y te mira con sarcasmo.
-¡Ja!-, ríe Vladimir. -El guión que te dieron es una porquería.
-No-, gemís, mentís, ¿qué otro remedio te queda? -Suecede que un día de estos me levanto y escribo, lo dije por decir, al tuntún, hasta es probable que tome clases y todo. Un taller literario, eso. Es a lo que me refiero.
-Ah-, dice él.
Como no es tu marido no te advierte que no tienen plata para que tomes un taller literario, qué locura. Él piensa sobre el dinero casi con las mismas palabras que pensaba tu abuela: “la plata sirve para el capricho y para la enfermedad”; debe ser porque ambas familias vienen de la misma región de Italia, donde hubo una gran hambruna una vez. Te pregunta si abre una sidra, si corta más queso del cáscara colorada –es el único que hay- o si querés salir y comerte una pizza. Ha estado pensando en nuevos negocios, te informa, elucubrando cosas. ¿Quién fue el maldito que inventó la plata que no nos deja vivir tranquilos, eh? No quiere morirse haciendo reír a cuatro tarados que insultan a Cristo cada vez que salen del trabajo y toman el subte. El nació para cosas mejores, arguye. Vos asentís: vos también naciste para cosas mejores. Te escuchás decirlo en voz alta y al final te asalta la duda. ¿Quién fue el degenerado que inventó la duda, esa carcoma? Hay diez mil pesos que andan buscándolo, afirma. Sonreís. Y Dios va a probarle que lo ama, que ama a Vladimir Faerman, y va a permitir que esos benditos diez mil pesos encuentren el bolsillo celestial para el que fueron creados. Querés reírte, pero no podés. Tenés el culo pegado en el silloncito amarillo y se lo lanzás así, sentada, el aire apenas si nace en el ioides, el huequito en el centro de la clavícula y explota al llegar a los dientes; tus palabras son un chasquido. Vuelan en el aire y caen en su espalda, tres latigazos que a él no dañan pero que a vos te destruyen, doblegan tu voluntad.
-En la película tengo que chupársela a todos los actores. A casi todos. Hay un mendigo ciego y a él también tengo que chupársela. ¡Tengo que chupársela a casi todo el mundo en el film! No te vayas a reír porque no me hace ninguna gracia; más bien me quiero morir, me quiero morir... Es un personaje raro, muy raro, el mío. Como Isabelle Huppert en ‘La pianista’, así de raro. Es una puta, hace esas cosas porque es una puta...
El te clava la vista. Está pensando: es un extranjero y está decodificando las palabras de tu idioma, tan distinto del suyo. ¿De cuál país vino él a refugiarse en tu regazo? ¿Qué diccionario consulta que a veces es tan difícil comunicarse las más elementales palabras?
-A todas las actrices les gusta hacer la puta en las películas.
No te mira más, va hacia la heladera, saca una lata de cerveza, y la vacía en sólo dos tragos.
-Las escenas son jugadas, comprometidas. No sé cuánto quedará en la edición final, pero por lo que parece, no escatiman en nada.
-Te van a pagar bien por eso?
-No es la plata lo que me preocupa.
-¿Entonces?
-Soy yo. No es que sea mojigata. Es que quedo expuesta...
-Ah.
De nuevo abre la puerta de la heladera. Podés ver su figura fina a contraluz; antes te gustaban los tipos grandes, hasta que uno o dos se violentaron y te sacudieron en forma. Desde ese entonces no volviste a mirar a un hombre que supere en mucho tu contextura física. Vladimir busca entre las ensaladeras, hay un bife de nalga crudo, un cuarto de manteca, un yogur, el agua mineral, medio tomate, dos huevos, el frasco con ketchup viejo, los espaguetis de dos días atrás, pegados en la fuente y secos como los cabellos de una niña muerta, la mayor pena del mundo. Pero no hay otra cerveza. Cuando se vuelve a mirarte está sumido en la perplejidad.
Un avión ha caído; se ha estrellado en alguna parte.
No te habla.
El silencio es largo como el de una carrera de once kilómetros. No te dan los pulmones, no te dan las piernas para aguantar ese silencio.
-¿Vos lo harías? –preguntás.
Es una pregunta sincera.
Después de todo, él es actor.
Después de todo, están los dos en el mismo barco.
-No entiendo la pregunta.
-Vos harías algo así? Algo indigno, que tal vez desmerezca tu arte, pero que te suba a la pantalla?
-Sigo sin entender, Claudia. ¿Vas a estar actuando o no?
-¡Sí, voy a estar actuando!
-¿Entonces cuál es el problema?
Y él no es tu marido: hace tres meses y medio que vive con vos. El verano pasado ni siquiera sabías que existía. Te sentías sola, pero te divertías de todas maneras. Salías con Cristina y con Angélica al Gibraltar, a The Glove, y cuando Angélica se fue por la beca a Alemania, te hiciste cargo del cocker de ella, Mariposa. Y te entendiste bien con el perro, aunque mordió y rompió el viejo sofá y la colcha de cuero de oveja. No montaste en cólera ni nada por el estilo, no lo castigaste, no le pegaste. Sos una buena persona; sos una mujer tranquila. Algunos dicen que hay que tener talento para convivir con otras personas; vos solías repetir esa frase y sin embargo siempre estás conviviendo con alguien; sos un ser gregario, tenés alma de mono, conductas de hormiga... Por eso te adaptaste a Vladimir tan rápido; él, tan respetuoso, tan limpio, tan que casi no se lo siente. Estuvo diez días para deshacer su bolso y nunca permitió que le lavaras la ropa; eso, que a los hombres les agrada saber que sus mujeres hacen: hasta a los amantes pasajeros en una o dos ocasiones lavaste sus calzoncillos. A él no; y él no es tu amante y él no es tu marido.
Pero no sabés si querés que a Vladimir le caiga mal o le caiga bien lo que te piden que hagas en esa maldita película. Si él fuera tu marido, le caería mal. Seguramente. Pero él no es tu marido. A lo mejor, eso es lo que te enoja: que no sea tu marido.
-Esa no es la cuestión –corta él. –La cuestión es: ¿vos lo querés hacer?
Te ponés a llorar sin consuelo. Es la segunda vez en el día que llorás, mañana vas a tener la cara hinchada como una bergamota. Él se queda mirándote como a un cuadro. Pone ojos de Peter Lorre y mira a una mujer en un cuadro que no sos vos.

lunes, 11 de diciembre de 2006

Amor ilimitado. Parte 4. Cuento en corrección.


El guión llega a primera hora de la mañana. Te vas al bar de abajo a leerlo, pedís un cortado en jarrita que no tomás. Pasás página tras página, se deslizan entre tus dedos como hojarasca del último otoño. Estabas muy sola el último otoño: Vladimir no había entrado en tu vida. Pero ahora es verano: ahora es el verano. Apreciás la fluidez con que el guionista te lleva de escena a escena, su facilidad para pintar a los personajes, los escenarios. Hay una escena bajo la lluvia, hay otra en la polvareda del desierto; muy bellas las dos. Calculás cómo hará el director para filmar semejante cosa; los exteriores son muy caros; si decide hacerla en el escenario natural: tiene que conseguirse unos ventiladores inmensos o bien esperar que Dios y María Santísima le manden una buena ventolina de verdad. Hay algo de Pat Garret y Billy the Kid en esos personajes, el mafioso y el chico bueno que dibujó el guionista. Esa película la viste, en una época anterior de tu vida, con Gabriel; la vieron porque la música era de Bob Dylan: en esa época la música era lo más importante de tu vida. Podés recordar aquello: “Se está poniendo oscuro, demasiado oscuro para mí para ver/ me siento como si estuviera golpeando las puertas del cielo.” Al fin llegás al que es tu personaje, Virna. Es el nombre de batalla, porque es una puta de pueblo. Una puta golondrina; trabaja en Río Turbio atendiendo a los mineros en el invierno y trabaja en este pueblo de ficción el resto de las estaciones. Suponés que el guionista le puso Virna por Virna Lisi, la actriz italiana, porque casi nadie se llama Virna en la realidad en Argentina. Lo que no te suena verosímil es que una muchacha de provincias, una campesina, elija semejante nombre de batalla: ¿de dónde se le ocurriría? Si llegás a conocer al guionista, tal vez se lo preguntes. Hay que ver si te animás; la gente demasiado inteligente te inhibe. Tu personaje es la amante del villano, pero está secretamente enamorada del bueno. Igual, su amor no pasa a mayores porque con quien se realiza el romance es con la protagonista del filme, una actriz de primera línea y no vos. Vos, tu personaje, ejerce la prostitución en el pueblo y en los lugares y con quienes el mafioso la obliga. No le permite acostarse con nadie, sino que le ordena practicar el sexo oral a los personajes masculinos. Pasás las páginas rápidamente. Contás las escenas, contás con los dedos: hay ocho escenas en que se la estás chupando a distintos actores. Hay demasiados detalles y pormenores acerca de cómo hacés esas acciones. Hay un regodearse en estas escenas. El muy cretino del guionista no sólo se deleitó en vejar a su personaje, sino que indica cómo deben verse tales escenas. “Debe mostrarse gusto y sumisión por el acto”, sugiere, “que se exhiba el costado lascivo y animal de Virna, sin caer en el porno soft. Antes que el porno soft es preferible la carnalidad brutal de la escena; pudiendo usarse dobles, aunque se recomienda que sea la misma actriz que encarna el personaje con quien está comprometida”. Te quedás de una pieza, muy sorprendida. Si no estuvieras viviendo, sino que estuvieras actuando en una obra de teatro, el libreto indicaría: “Larga pausa”. Hacés una larga pausa en la que no podés pensar con claridad y luego saltás del asiento. ¡El muy sucio, gritás, el muy crápula! ¿Quién es este guionista, este donnadie? ¿De qué cotolengo lo sacaron? Debe ser un tipo gordo y tímido, o esquelético y tímido, como sea, que no puede cumplir una sola de sus fantasías sexuales sino que está obligado a masturbarse una y otra vez, por puro estúpido. Y bien merecido que se lo tiene; le deseás la muerte en este preciso instante: tantas balas perdidas en el mundo, alguna podría hacer la justicia de encontrarlo. Querés romper el guión, volverlo fino papel picado: pero no lo hacés. En cuarenta y cinco minutos dejaste el estrellato y volvés a ser la Cenicienta fregando el piso: la chica que pelea con el abrelatas, la que afirma que tal detergente quita la grasa; evaluás las posibilidades, los riesgos, aceptar el rol, no aceptar el rol, evaluás, evaluás... ¿Cuál es el precio? ¿Qué puede pasarte? ¿Cómo serás vista por los espectadores, aquellos infelices que pagaron diez pesos para verte sentados en una butaca? ¿Cómo será tu paso por la industria del cine si aceptás este papel? ¿Quién te llamará después? ¿Cuánto quedarás de quemada? ¿Quién te recordará por algo más que por chupársela en el celuloide a actores queridos por el público argentino? ¿Quién se acuerda hoy de María Schneider, la de ‘Ultimo tango en París’, más famosa por haberse dejado meter manteca para tener sexo anal, que por sus dotes artísticas? ¿Qué hizo Marushka Denvers después de chupársela con pelos y señales al señorito de la familia en ‘El diablo en el cuerpo’ de Marco Bellochio...? ¿Cuántas más hay así? ¿Cuántas subieron y cayeron de la fama por un traspié en la escena? Sos como la modelo que debuta en la pasarela y se le rompe el taco del zapato o el bretel del corpìño; sos como aquella a la que su novio planta en el altar y se queda esperando, sos como un perro callejero bajo la lluvia, sos como el huevo que sabe en qué consiste el futuro y se resiste a romper el cascarón, entonces alguien lo frita; sin miramientos, lo estrella contra la sartén, lo frita y se lo devora... Te sentís estafada; te sabés burlada, explotada en tu necesidad de actuar en un lugar sólido que muestre en la pantalla la actriz que sos, de qué madera estás hecha, los años que pasaste con el discípulo de Lee Strasberg que dice te enseñó el Método Strasberg y te cobró una fortuna. ¿Y Stanislavski? De Stanislavski preferís no acordarte; pasó mucho tiempo desde el Conservatorio y no guardás un buen recuerdo. Te echás a llorar, tu cabeza cae sobre tus brazos cruzados en la mesa, cae el jazmín del pequeño florero, el cortado cae también y se derrama de su jarrita, el café inunda la mesa y luego forma un pequeño río cuyas gotas van a dar sobre el libreto del guión que descansa en tu falda. Lo apartás, para que no se manche. Tenés que leer todo de nuevo, más serena, con más claridad, apelando a tu lucidez, a eso que los psiquiatras llaman inteligencia emocional y vos no sabés qué cuerno querrá significar. Vas a decir que sí, es un hecho. Querrías decir que no, defender un último grado de la decencia, pero es más fuerte que vos. Tu deseo es poderoso como un hambre; podrías tragar metal sin dañarte el estómago, podrías escupir fuego e incendiar un bosque. Tenés más carácter y entereza del que creés y podés soportarlo. Vas a actuar en esa película. Aunque sea lo último que hagas vas a actuar en la película. Aunque te empuje a la banquina. No tiene sentido negarse; podrías negarte y que al cabo de pocos meses consultaras al doctor por un simple dolor de cabeza y que resulte un tumor cerebral y te mueras ese mismo año de un cáncer fulminante, habiendo perdido la posibilidad de perdurar aunque fuera una sola maldita vez en la pantalla, de rodillas, y chupándosela a un divo de la cinematografía argentina. Así es la vida: las cosas no van hacia donde uno quiere sino hacia donde deben ir; la suerte es una construcción, una selección de imágenes con las que uno construye un relato. Afortunada en el juego, desafortunada en el amor. Así dice el dicho; pero vos tenés suerte en ambos rubros, vos sos especial, el día en que naciste una estrella se descolgó del cielo para mirarte. Vos estás señalada para el éxito.

sábado, 9 de diciembre de 2006

Dr. Lein. Final

III.
A la salida, la anciana hace que pasemos por una panadería y compra rosca de pan o bizcochos o alguna cosa para merendar luego; está exultante, se compraría la panadería entera, se haría maestra panadera, cocinaría pasteles peregrinos inventados según su propia receta. Mientras caminamos pregunta: “¿vió a los cancerosos?”, le digo que sí, ella me pide que saque un poco de rosca y la vayamos comiendo por el camino de vuelta, habla de nuestra caminata -las veredas que pasamos, la calle, el semáforo- llamándola “los caminos” como si fuéramos cabras y no personas; “¿se irán a morir?”, pregunta, y yo le digo que uno no, pero que la otra aun es probable; y ella dice que entonces están peor que ella, “en fin”, dice, “a tener paciencia, la gente se viene muriendo desde que Berta hilaba” –pronuncia “filaba”-; me extraña la expresión que usa, porque aun antes de Berta, por decir así, los padres y los abuelos de Berta debieron nacer y morir también, pero no la corrijo, la dejo pensar que Berta la hiladora fue la que instaló la muerte en el mundo. En nuestras visitas al Cementerio, en cambio, ella pone crisantemos blancos a su marido muerto veintiún años atrás; yo debo ayudarla a subir con cuidado una escalera tijera que ha dejado el encargado para esos fines, porque la tumba está muy alta; ella entonces besa la fotografía donde está él, un retrato de fines de los años ’50, él con el uniforme de empleado de Correos y Telégrafos. Antes de bajarse, asimismo besa la tumba de al lado, que está vacía y adonde alguna vez descansará su cuerpo: con ella, la Parca también deberá usar de la fuerza de sus músculos para segarla; no se la va a llevar como quien arranca una brizna de hierba. En su casa prepara el café con leche o el chocolate, según como esté de apetito y de humor, y termina de dar cuenta de la rosca de pan y mientras comemos me cuenta con lujo de detalles la conversación que mantuvo con el Dr. Lein mientras estuvo sola dentro del consultorio: que el Dr. Lein le contó que el padre de él tiene 85 años y camina doce cuadras por día; que ahora la gente se muere muy mayor y que la expectativa de vida pueden ser más de cien años; su madre, dice ella, doña Natalina, vivió hasta los 80, fue campesina toda la vida y sabía decir que vivir más sirve para aprender más; ella ahora la sobrevivió en diez años más de longevidad y también piensa que vivir más sirve para conocer más; es lo que se llama, digo yo para mis adentros, según la expresión francesa “ser un espíritu abierto”; luego dice “el Dr. Lein me dijo que puedo comer de todo” y se unta sobre una rebanada de rosca una gran porción de manteca, “incluso lo que la doctora anterior, ‘la-que-no-sabía-nada’, la ‘charlatana’, me prohibió: huevo, acelga, pepino, chocolate. ¿Cómo una mujer como yo no va a poder comer acelga?”, pregunta indignada y mastica; al fin dice: “Dijo el Dr. Lein que estando como yo estoy puedo vivir todavía otros noventa años, así me dijo”. La Parca tendrá que entrenarse haciendo gimnasia sueca, el día que quiera venir a llevarse de este mundo a semejante anciana.

viernes, 8 de diciembre de 2006

Dr. Lein. Parte 2

II.
Cuando llegamos la secretaria está narrando a alguno el cuento de su hijo; nos ve, toma nota de nuestro apellido y sigue con el relato: el chico nunca llegó a gatear, sino que cuando tenía ocho meses era ya tan precoz que una mañana temprano se levantó, mojado aun dentro de sus pañales y echó caminar en dirección incierta. Nos sentamos pero a los pocos minutos una bioquímica llama a la anciana para extraerle sangre; me pide “acompáñeme”, pero yo me niego, no soporto la vista de la sangre, la sangre es algo que debería tener el pudor suficiente como para quedarse siempre dentro de las venas y no andar volcándose por ahí y callejeando. Abro mi libro; delante de mí hay un señor delgado, cincuentón, de piel enrojecida y pegada a los huesos como si fuera una fruta que ha comenzado a secarse, un durazno que se olvidaron de descolgar de la rama a la hora de la recolección. Enfrente de él, está sentada una mujer, dice que es maestra, se llama Cecilia o Celia, no entiendo bien, lleva un pañuelo de seda muy vistoso que le cubre la cabeza calva; se inclina hacia delante al hablar, y gesticula con las manos haciendo siempre gestos redondos, como si tuviera una pelota entre los dedos; habla en voz muy alta, allí nadie tiene pudor, en el consultorio del Dr. Lein se está como en la antesala del Juicio Final y uno no va a andar cuidando de cuáles susceptibilidades ajenas se hieren por la exhibición de la propia miseria. Dice claramente: “yo tengo la misma leucemia que usted; el doctor me está haciendo la quimio”; no dice “quimioterapia”, no dice “me paso sentada u acostada once o dieciséis horas mientras me escurren un ácido dentro de las venas que si me corriera por fuera me quemaría pero por dentro me cura, ¡y después hablan de las torturas de la Inquisición!”, dice “quimio”, dándole con el diminutivo un sentido más familiar y banal como si nombrara la tele que se mira en la matinée de los domingos, el squash o el tenis que a lo mejor practicaba los sábados en la mañana y que ahora extraña porque no lo puede hacer y sospecha que tal vez ya no lo hará nunca; ella es una mujer marcada. En el libro, un hombre que desea asesinar a su esposa practica primero con una muñeca inflable; se supone que esto es muy gracioso; sigo leyendo con ahínco; qué bueno sería, qué formidable, poder vivir primero en borrador y luego pasar la vida propia en limpio, sin un solo error de ortografía ni puntuación, con una redacción muy clara: estoy segura que ella que es maestra está pensando en este instante lo mismo que yo. La anciana vuelve con un apósito sobre la vena del antebrazo, se sienta, oye lo mismo que yo, estos enfermos que ahora cuentan que el Dr. Lein gana cuarenta mil dólares por cada transplante de médula; ella se aburre, creo que ni siquiera sabe qué es la médula; tal vez yo podría decirle que es el tuétano de los huesos, pero temo que me escuchen, además a ella no le interesan las enfermedades mortales de los otros, bastante tiene con cargar noventa años sobre sus pies, a esa edad, calculo, la muerte y las demás cosas se vuelven muy relativas; me gusta de ella, sin embargo, el que no haya perdido por completo su poder; me gustan los ancianos sentados muy tiesos y orgullosos en sus asientos como en tronos de cartón piedra, portando sus cucharas soperas como cetros de jade; en cambio, un anciano impotente se vuelve tonto y endeble, se convierte en una criatura patética: supongo que de es se trata lo que le sucede al rey Lear. El hombre explica la mujer cómo ha sido su transplante: pasó muchas semanas encerrado en su casa y luego encerrado –no dice “encerrado” sino “aislado”- en una habitación del cuarto piso del sanatorio Delta a propósito para ese tipo de pacientes; allí nada más entraba a verlo su esposa, vestida como una enfermera y con barbijo; está esa cuestión de las defensas inmunológicas que hay que bajar o subir, no entendí bien; el único entretenimiento del hombre allí dentro era la televisión, no podía leer, ni revistas ni libros, los libros están llenos de bacterias y pequeños organismos, el papel fue un árbol antes de ser papel, un ser vivo del que nadie puede asegurar que ahora esté completamente muerto, sino solamente que cambió de forma; una biblioteca vendría a ser, entonces, como un bosque, una selva. Así en soledad estuvo tres meses contando el antes y el después del tansplante, dijo, otro en su lugar hubiera escrito un “Mis prisiones”, pero a él le estaba vedado escribir, la tinta, el papel, hasta el pensamiento contaminan; “yo”, dijo la mujer, “creo que me tiraría por la ventana”. El hombre le explicó que las ventanas de ese cuarto estaban selladas por fuera; ¡era casi natural, tan obvio, que una persona en esa situación ansiara tirarse por la ventana! Se estaba ahí dentro como un muerto vivo, pasando por el período del tabú de purificación para volver a integrarse a la comunidad de los seres humanos, uno era como Cristo cuando se le apareció a la Magdalena y le ordenó: “No me toques”. Logró curarse, dijo, ahora sólo iba una vez por semana a lo del Dr. Lein, se hacía los chequeos; “pero la verdad”, dijo, “la verdad es que si tuviera que volver a pasar por esto, no lo paso, bajo ningún concepto, no haría una cosa así nunca más”. En mi libro, el protagonista arroja la muñeca inflable a un agujero de cemento fresco; a los pocos días unos albañiles descubren ese cuerpo y creen que es el cadáver de una mujer verdadera; luego lo pulen y descubren que es una muñeca: se sienten burlados; trato de reírme pero es un esfuerzo en vano. Al cabo de un rato, el Dr. Lein llama a la anciana por su nombre de soltera; dice “María R.”, y ella acude presurosa, como una quinceañera a su primera cita; la acompaño; el Dr. Lein, con su aspecto inequívoco de socio vitalicio del Jockey Club, le sonríe con su dentadura perfecta, mientras lee los análisis bajo el tubo fluorescente destella su sempiterna piel bronceada, lanza chispas el par de anillos de oro –uno con un topacio- que lleva en la mano izquierda –y hay quien dice que los hombres que usan anillos tienen la costumbre de pegar a su mujer-; está parado de una manera bajo la luz que hace el efecto de que sostuviera una raqueta de tenis bajo la axila, y cuando se mueve, descansa un pie sobre otro como si entre ellos tuviera un palo de golf; luego pronuncia: “estás perfecta, María, estás bárbara” y señala “subimos la dosis” o “bajamos la dosis”, según el caso, siempre se refiere con esto a si debe incluir o quitar media pastilla de las anticoagulantes. Luego me pregunta a mí qué estoy leyendo y yo le entrego mi libro, “Wilt”, él lo mira con interés, yo lo miro a él como a un santo sanador y pienso que debería regalarle el libro, le digo que es una novela muy divertida, cuando lo hago la palabra “divertida” me sale nasal y llorada y no soy capaz de convencerme ni a mí; él sonríe entre destellos odontológicos, yo lo saludo, y llevada quién sabe por qué extraño impulso, lo beso en su mejilla que huele a loción de después de afeitar en lugar de estrechar su mano. Al instante me arrepiento; “no debería haberlo besado”, pienso, me avergüenzo de lo que hice; paso a considerar que haber besado al Dr. Lein fue un acto servil, como la genuflexión delante de las imágenes; cuando salimos de ahí, apenas cruzamos el umbral de la puerta la anciana se suena la nariz con un pañuelito mínimo que sólo podría atender a las necesidades de la nariz de un gnomo; lo estruja y lo mete dentro de la manga de su pulóver. Me vuelvo apenas un instante y veo allí todavía sentada a la mujer que espera el transplante que le alargará la vida; charla animadamente con el hombre, de pronto el pañuelo se le corre un poco hacia atrás, y ella lo arregla con un ademán tan diestro que dá la sensación que hubiera pasado su vida en Arabia Saudita anudando y desanudando turbantes beduinos; “cuánta vida hay en esa mujer”, pienso, “cuánta”; para llevársela a ella, pienso, la Parca tendrá que segarla, en cambio, con cualquiera de nosotros, conmigo por ejemplo, que suelo estar tan distraída, bastaría con un tropezón, una especie de esguince de tobillo del espíritu y yo ya no estaría más sobre este mundo.

jueves, 7 de diciembre de 2006

Dr. Lein. Parte 1

I.
Cuando ha transcurrido más o menos un mes, reviso la planilla y llamo al hematólogo; nunca puedo recordar cuáles son los días que atiende, si es que los martes no atiende o si es que los miércoles no atiende. Hablo con la secretaria, pido un turno, debo explicarle todo desde el principio cada vez, porque o bien no recuerda o bien siempre está en la luna; mientras me escucha tiene el tubo del teléfono gris apretado entre su hombro y su oreja y con la mano izquierda sostiene la fotografía enmarcada del hijito que tuvo casi por casualidad: es como si la estuviera viendo; con ese relato abruma a cuanto paciente se interpone entre ella y la fotografía; habla de la concepción del hijito como si el cartero se lo hubiera despachado adentro de una lata de sardinas. Le explico que el turno con el hematólogo es para una mujer de 90 años que ha tenido una embolia en una pierna, casi hace tres años atrás, y que el Dr. Lein la atiende desde entonces, le prescribe una medicación que ella debe controlarse una vez al mes, “el doctor”, digo utilizando la expresión de la anciana, “le controla la sangre”; apenas lo digo pienso en qué absurda es esa expresión, dá la idea de que el Dr. Lein fuera un ingeniero en puentes y caminos y que anda poniéndole diques a los cursos sanguíneos ajenos. La secretaria me pregunta de qué obra social es la paciente y yo digo un nombre, ella me dice entonces que debemos pagar un plus; prácticamente todos los pacientes de cualquier obra social deben pagar un plus si se hacen atender por los doctores Saslavsky o Lein, hematólogos, es el óbolo que se deja en mano del barquero en esa hora final, y nadie, de hecho, se pone nunca a discutir los precios con semejante entidad. Arreglo día y hora, y cuando llega ese día y esa hora, estamos listas, la anciana y yo, y nos subimos a un taxi, con mucho cuidado de no cerrarnos la puerta sobre las polleras si es verano o sobre los abrigos si es invierno. Ella parlotea con el conductor sobre cualquier tema, todo es bueno para hacer la conversación, como ella misma sabe decir, y para el taxista es como maná caído del cielo que alguien condescienda a charlar con él, tantas veces convertido por sus oyentes en un orador despreciado. Yo querría gritarle que se calle, basta, pero ella sigue y sigue y yo no atino sino a mirar los plátanos que lentamente pasan por la ventanilla como si estuvieran saludándonos con ceremonia. Llevo dos, tres libros de humor para leer en la clínica; la consigna es que contengan algo de humor que disipe la sombra porque la espera es larga; primero le sacan sangre en una jeringuilla, la analizan, y como a las tres horas el Dr. Lein da su veredicto; estamos las dos en un saloncito con sillas de mimbre, rodeadas de otros pacientes que asisten por otros problemas con su sangre; alumbra la sala una lámpara de pie, y hay uno o dos cuadros con rosas pintadas que se empañan durante en los meses de invierno por efecto de la alta temperatura de la estufa. Yo trato de leer mientras espero; me hundo en la lectura e imagino que estoy dentro del libro como del oceáno y sin embargo sé que estoy hundida entre las páginas como algún día me hundiré en el sepulcro y nadie podrá venir a rescatarme.

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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