Sí, sí: a Blancanieves le pareció que era el Príncipe Azul. Le pareció, al principio, por el sabor del beso. A melón. En realidad, como ella miraba mucha telenovela del Caribe dijo después que el beso tenía gusto a melocotón. Pero el melocotón es un durazno, no un melón. ¡A Blancanieves las ideas se le confundían un poco! Pero vuelvo al cuento. Ese había sido un beso con sabor a melón, muy dulce. Pero no era el Príncipe Azul el que la besó. Esto es lo que vengo a aclarar.
Ocurrió así:
Ella había comido de la manzana envenenada.
Luego se cayó redonda.
Cuando volvieron de la mina, los siete enanos tuvieron un gran disgusto.
Primero, porque adoraban a Blancanieves.
Segundo, porque no tenían la comida lista y las camitas estaban todas deshechas y la casa hecha un lío.
Del dolor, los enanos se tiraban de la barba y proferían aullidos.
-Oh, oh, oh.
Sabían expresar el dolor sólo con la letra o.
Uno de ellos propuso la idea de enterrarla en el cofre de vidrio. La idea se impuso sobre otra que proponía remitir el cuerpo de Blancanieves a la oficina de Objetos Perdidos de la estación de trenes más cercana.
Los enanos se pasaron toda la noche fundiendo botellas y confeccionando el ataúd. Les quedaron los pulmones a la miseria. ¿Quién fue el gracioso que dijo aquello que una cosa puede ser tan fácil como soplar y hacer botellas? Que venga y sople él, a ver si le sale.
Después besaron a Blancanieves en las mejillas y la acostaron en el cofre. Le pudieron una almohadilla para que ella descansase ahí su preciosa cabeza.
Qué triste es morir tan joven.
No hay consuelo.
Algún que otro enano pensaba que ella estaba así por efecto de una brujería. O sea: que no estaba muerta, sino dormida.
¡Ojalá!, suspiraron los otros enanos.
A los enanos las cosas raras ni les mueven un pelo ni les hace crecer un centímetro. Los enanos como ellos eran gente muy sufrida. Ir a la mina, picar la montaña, traer el oro en carritos, esconder el oro... Uf, qué esfuerzo. ¿Y para qué? Para comer bellotas y raíces, porque el oro no se come. El oro se vende en la aldea, al joyero y con esas monedas uno va y compra pan, leche, queso...
Pero los joyeros siempre estafaban a los enanos.
Y los enanos tenían que aguantarse que les estafaran.
O bien comer bayas y raíces y no ir a la aldea a vender el oro.
Así pensaban los siete.
Pero así no pensaba Octavio Espadafuchile. Este era el octavo enano. Tenía un espíritu un poco... ¿iracundo? ¿violento? ¿chifladísimo? Octavio, en sus tiempos actuaba así:
Iba a la ciudad con los lingotes de oro.
El joyero le daba chaucha y palito por el oro.
Octavio decía: No vendo.
El joyero le decía:
-Enano, debes vender o llamo a los guardas del rey y digo que es oro robado y te encarcelan por ladrón.
-¿A mí? ¿A mí? ¿A mí? ¿Por ladrón, a mí? – chillaba Espadafuchile y sacaba una espadita del tamaño de un escarbadientes, pero muy filosa y con ella arañaba la cara del joyero. –Dale, decíme ladrón nomás, que te doy, eh, que te doy.
Dejó tuertos a veintiún joyeros del reino.
Consideremos que en el reino hay solo veintidós joyeros y que para un joyero que vive de engarzar piedras minúsuculas en anillos minúsculos, un ojo más o menos es una cuestión muy importante.
Esto sin contar cuando al octavo enano se le dio por hacerse el justiciero y atacó a los recaudadores de impuestos, al melenudo contador del rey, y servidores varios que exprimían a los pobres y beneficiaban a los ricos.
Los restantes siete enanos le decían:
-Octavio, para eso está Robin Hood. No nosotros.
Y Octavio se encogía de hombros. Robin Hood era un borrachín que se la pasaba en la taberna El Ciervo Blanco dándole del pico a la cerveza.
De manera que no les quedó otro remedio a los enanos que encerrar a Octavio en el ropero. Porque iban a terminar deteniéndolo por vago y mal entretenido. Le ponían todos los días una escudilla con pan y frutas, un vaso con agua, y la pelela, para que hiciera sus necesidades.
Blancanieves nunca supo de Octavio.
A veces oía gruñidos en el ropero, pero no se pensaba que era un enano escondido.
¿Quién iba a pensarlo?
Ella decía:
-Tendrán ahí dentro un perrito pekinés.
Pero una vez, mientras ella yacía en el cofre de vidrio, Octavio logró desatarse de sus ligaduras y fue y besó a Blanca en los labios.
Y Blancanieves despertó y susurró:
-Mi príncipe...
Pero no vio a nadie a su lado porque Octavio era muy chiquito.
-Ah, pero así no vale... –dijo Blancanieves- cualquier pajarraco de morondanga viene y se posa en mi boca y yo creo que es un beso... No, así no. ¿Dónde está mi príncipe azul, mi maridito de cuento?
-Aquíiiiiii.... –murmuró Octavio.
Pero Blanca no lo oyó.
En el horizonte aparecieron las siluetas de los siete enanos.
Uno vio a Octavio fuera del ropero y corrió hacia él.
Octavio entonces se escapó, primero de los siete enanos, después del bosque y al final del cuento.
-Volveré por ti, Blancaaaaaaaa...
-¿Quién me habla? –preguntó Blancanieves. Como nadie le contestó, ella resopló:
-Ah, pero así no vale. Cualquier cotorra de mala muerte se aprende mi nombre y lo pronuncia y yo me creo que es mi príncipe encantado, mi hombrecito de ensueño...
Así se quejó la princesa, cerró los ojos y se volvió a dormir. Un minuto después ya estaba roncando.
Ocurrió así:
Ella había comido de la manzana envenenada.
Luego se cayó redonda.
Cuando volvieron de la mina, los siete enanos tuvieron un gran disgusto.
Primero, porque adoraban a Blancanieves.
Segundo, porque no tenían la comida lista y las camitas estaban todas deshechas y la casa hecha un lío.
Del dolor, los enanos se tiraban de la barba y proferían aullidos.
-Oh, oh, oh.
Sabían expresar el dolor sólo con la letra o.
Uno de ellos propuso la idea de enterrarla en el cofre de vidrio. La idea se impuso sobre otra que proponía remitir el cuerpo de Blancanieves a la oficina de Objetos Perdidos de la estación de trenes más cercana.
Los enanos se pasaron toda la noche fundiendo botellas y confeccionando el ataúd. Les quedaron los pulmones a la miseria. ¿Quién fue el gracioso que dijo aquello que una cosa puede ser tan fácil como soplar y hacer botellas? Que venga y sople él, a ver si le sale.
Después besaron a Blancanieves en las mejillas y la acostaron en el cofre. Le pudieron una almohadilla para que ella descansase ahí su preciosa cabeza.
Qué triste es morir tan joven.

No hay consuelo.
Algún que otro enano pensaba que ella estaba así por efecto de una brujería. O sea: que no estaba muerta, sino dormida.
¡Ojalá!, suspiraron los otros enanos.
A los enanos las cosas raras ni les mueven un pelo ni les hace crecer un centímetro. Los enanos como ellos eran gente muy sufrida. Ir a la mina, picar la montaña, traer el oro en carritos, esconder el oro... Uf, qué esfuerzo. ¿Y para qué? Para comer bellotas y raíces, porque el oro no se come. El oro se vende en la aldea, al joyero y con esas monedas uno va y compra pan, leche, queso...
Pero los joyeros siempre estafaban a los enanos.
Y los enanos tenían que aguantarse que les estafaran.
O bien comer bayas y raíces y no ir a la aldea a vender el oro.
Así pensaban los siete.
Pero así no pensaba Octavio Espadafuchile. Este era el octavo enano. Tenía un espíritu un poco... ¿iracundo? ¿violento? ¿chifladísimo? Octavio, en sus tiempos actuaba así:
Iba a la ciudad con los lingotes de oro.
El joyero le daba chaucha y palito por el oro.
Octavio decía: No vendo.
El joyero le decía:
-Enano, debes vender o llamo a los guardas del rey y digo que es oro robado y te encarcelan por ladrón.
-¿A mí? ¿A mí? ¿A mí? ¿Por ladrón, a mí? – chillaba Espadafuchile y sacaba una espadita del tamaño de un escarbadientes, pero muy filosa y con ella arañaba la cara del joyero. –Dale, decíme ladrón nomás, que te doy, eh, que te doy.
Dejó tuertos a veintiún joyeros del reino.
Consideremos que en el reino hay solo veintidós joyeros y que para un joyero que vive de engarzar piedras minúsuculas en anillos minúsculos, un ojo más o menos es una cuestión muy importante.
Esto sin contar cuando al octavo enano se le dio por hacerse el justiciero y atacó a los recaudadores de impuestos, al melenudo contador del rey, y servidores varios que exprimían a los pobres y beneficiaban a los ricos.
Los restantes siete enanos le decían:
-Octavio, para eso está Robin Hood. No nosotros.
Y Octavio se encogía de hombros. Robin Hood era un borrachín que se la pasaba en la taberna El Ciervo Blanco dándole del pico a la cerveza.
De manera que no les quedó otro remedio a los enanos que encerrar a Octavio en el ropero. Porque iban a terminar deteniéndolo por vago y mal entretenido. Le ponían todos los días una escudilla con pan y frutas, un vaso con agua, y la pelela, para que hiciera sus necesidades.
Blancanieves nunca supo de Octavio.
A veces oía gruñidos en el ropero, pero no se pensaba que era un enano escondido.
¿Quién iba a pensarlo?
Ella decía:
-Tendrán ahí dentro un perrito pekinés.
Pero una vez, mientras ella yacía en el cofre de vidrio, Octavio logró desatarse de sus ligaduras y fue y besó a Blanca en los labios.
Y Blancanieves despertó y susurró:
-Mi príncipe...
Pero no vio a nadie a su lado porque Octavio era muy chiquito.
-Ah, pero así no vale... –dijo Blancanieves- cualquier pajarraco de morondanga viene y se posa en mi boca y yo creo que es un beso... No, así no. ¿Dónde está mi príncipe azul, mi maridito de cuento?
-Aquíiiiiii.... –murmuró Octavio.
Pero Blanca no lo oyó.
En el horizonte aparecieron las siluetas de los siete enanos.
Uno vio a Octavio fuera del ropero y corrió hacia él.
Octavio entonces se escapó, primero de los siete enanos, después del bosque y al final del cuento.
-Volveré por ti, Blancaaaaaaaa...
-¿Quién me habla? –preguntó Blancanieves. Como nadie le contestó, ella resopló:
-Ah, pero así no vale. Cualquier cotorra de mala muerte se aprende mi nombre y lo pronuncia y yo me creo que es mi príncipe encantado, mi hombrecito de ensueño...
Así se quejó la princesa, cerró los ojos y se volvió a dormir. Un minuto después ya estaba roncando.

