La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

La sensación de no comprender del todo el mundo y no saber si es uno o los demás...

ELOGIO AGRIDULCE DEL CAPUCHINO - Roberto Arlt

Minga de café. Abstención completa. ¿Y qué le queda a usted? Reducirse al capuchino, al innoble y seductor capuchino, que es una mezcla, por partes iguales, de leche y café, servida en una tacita de café. La tacita, para que usted se haga la ilusión de que se manda a bodega una ración de achicoria, y para engañar la visión, como los cocainómanos que cuando no tienen con qué doparse, toman por la nariz ácido bórico o magnesia calcinada. El caso es hacerse la ilusión...

Fidelidad presidencial

"Un día el presidente Coolidge y si mujer estaban de visita en una granja del gobierno. Al poco de llegar los embarcaron en excursiones separadas. Al pasar ante los pollos, la señora Coolidge preguntó al jefe de la granja si los gallos copulaban más de una vez al día. 'Docenas de veces', fue la respuesta. 'Por favor, dígaselo al presidente', pidió la señora Coolidge. Cuando el presidente pasó ante las aves y le contaron lo de los gallos, preguntó: '¿Cada vez con la misma gallina?' 'Ah, no, señor presidente, cada vez con una distinta.' El presidente asintió lentamente y añadió: 'Dígaselo a mi señora'."

citado en una antología de M H Siegel y H P Zeigler

martes, 28 de noviembre de 2006

La verdad del 8vo enano. Cuento infantil

Sí, sí: a Blancanieves le pareció que era el Príncipe Azul. Le pareció, al principio, por el sabor del beso. A melón. En realidad, como ella miraba mucha telenovela del Caribe dijo después que el beso tenía gusto a melocotón. Pero el melocotón es un durazno, no un melón. ¡A Blancanieves las ideas se le confundían un poco! Pero vuelvo al cuento. Ese había sido un beso con sabor a melón, muy dulce. Pero no era el Príncipe Azul el que la besó. Esto es lo que vengo a aclarar.
Ocurrió así:
Ella había comido de la manzana envenenada.
Luego se cayó redonda.
Cuando volvieron de la mina, los siete enanos tuvieron un gran disgusto.
Primero, porque adoraban a Blancanieves.
Segundo, porque no tenían la comida lista y las camitas estaban todas deshechas y la casa hecha un lío.
Del dolor, los enanos se tiraban de la barba y proferían aullidos.
-Oh, oh, oh.
Sabían expresar el dolor sólo con la letra o.
Uno de ellos propuso la idea de enterrarla en el cofre de vidrio. La idea se impuso sobre otra que proponía remitir el cuerpo de Blancanieves a la oficina de Objetos Perdidos de la estación de trenes más cercana.
Los enanos se pasaron toda la noche fundiendo botellas y confeccionando el ataúd. Les quedaron los pulmones a la miseria. ¿Quién fue el gracioso que dijo aquello que una cosa puede ser tan fácil como soplar y hacer botellas? Que venga y sople él, a ver si le sale.
Después besaron a Blancanieves en las mejillas y la acostaron en el cofre. Le pudieron una almohadilla para que ella descansase ahí su preciosa cabeza.
Qué triste es morir tan joven.
No hay consuelo.
Algún que otro enano pensaba que ella estaba así por efecto de una brujería. O sea: que no estaba muerta, sino dormida.
¡Ojalá!, suspiraron los otros enanos.
A los enanos las cosas raras ni les mueven un pelo ni les hace crecer un centímetro. Los enanos como ellos eran gente muy sufrida. Ir a la mina, picar la montaña, traer el oro en carritos, esconder el oro... Uf, qué esfuerzo. ¿Y para qué? Para comer bellotas y raíces, porque el oro no se come. El oro se vende en la aldea, al joyero y con esas monedas uno va y compra pan, leche, queso...
Pero los joyeros siempre estafaban a los enanos.
Y los enanos tenían que aguantarse que les estafaran.
O bien comer bayas y raíces y no ir a la aldea a vender el oro.
Así pensaban los siete.
Pero así no pensaba Octavio Espadafuchile. Este era el octavo enano. Tenía un espíritu un poco... ¿iracundo? ¿violento? ¿chifladísimo? Octavio, en sus tiempos actuaba así:
Iba a la ciudad con los lingotes de oro.
El joyero le daba chaucha y palito por el oro.
Octavio decía: No vendo.
El joyero le decía:
-Enano, debes vender o llamo a los guardas del rey y digo que es oro robado y te encarcelan por ladrón.
-¿A mí? ¿A mí? ¿A mí? ¿Por ladrón, a mí? – chillaba Espadafuchile y sacaba una espadita del tamaño de un escarbadientes, pero muy filosa y con ella arañaba la cara del joyero. –Dale, decíme ladrón nomás, que te doy, eh, que te doy.

Dejó tuertos a veintiún joyeros del reino.
Consideremos que en el reino hay solo veintidós joyeros y que para un joyero que vive de engarzar piedras minúsuculas en anillos minúsculos, un ojo más o menos es una cuestión muy importante.
Esto sin contar cuando al octavo enano se le dio por hacerse el justiciero y atacó a los recaudadores de impuestos, al melenudo contador del rey, y servidores varios que exprimían a los pobres y beneficiaban a los ricos.
Los restantes siete enanos le decían:
-Octavio, para eso está Robin Hood. No nosotros.
Y Octavio se encogía de hombros. Robin Hood era un borrachín que se la pasaba en la taberna El Ciervo Blanco dándole del pico a la cerveza.
De manera que no les quedó otro remedio a los enanos que encerrar a Octavio en el ropero. Porque iban a terminar deteniéndolo por vago y mal entretenido. Le ponían todos los días una escudilla con pan y frutas, un vaso con agua, y la pelela, para que hiciera sus necesidades.
Blancanieves nunca supo de Octavio.
A veces oía gruñidos en el ropero, pero no se pensaba que era un enano escondido.
¿Quién iba a pensarlo?
Ella decía:
-Tendrán ahí dentro un perrito pekinés.
Pero una vez, mientras ella yacía en el cofre de vidrio, Octavio logró desatarse de sus ligaduras y fue y besó a Blanca en los labios.
Y Blancanieves despertó y susurró:
-Mi príncipe...
Pero no vio a nadie a su lado porque Octavio era muy chiquito.
-Ah, pero así no vale... –dijo Blancanieves- cualquier pajarraco de morondanga viene y se posa en mi boca y yo creo que es un beso... No, así no. ¿Dónde está mi príncipe azul, mi maridito de cuento?
-Aquíiiiiii.... –murmuró Octavio.
Pero Blanca no lo oyó.
En el horizonte aparecieron las siluetas de los siete enanos.
Uno vio a Octavio fuera del ropero y corrió hacia él.
Octavio entonces se escapó, primero de los siete enanos, después del bosque y al final del cuento.
-Volveré por ti, Blancaaaaaaaa...
-¿Quién me habla? –preguntó Blancanieves. Como nadie le contestó, ella resopló:
-Ah, pero así no vale. Cualquier cotorra de mala muerte se aprende mi nombre y lo pronuncia y yo me creo que es mi príncipe encantado, mi hombrecito de ensueño...
Así se quejó la princesa, cerró los ojos y se volvió a dormir. Un minuto después ya estaba roncando.

Espejito, espejito. Monólogo

La Reina Mala del cuento de Blancanieves está sentada frente al espejo al que suele consultar,

Reina Mala:
Espejito, espejito, ¿quién es más linda que yo? (Espera.) ¿Quién? (Enfureciéndose.) ¿Quién? (Furiosa). ¡Ah, estoy harta! Hace dos años que estamos en esto y mi paciencia llegó al límite. Voy a repetirte la pregunta y quiero que me respondas con total claridad. En voz bien alta, modulando correctamente las palabras... Bien. (Infantil.) Espejito, espejito, ¿quién es más linda que yo? (Larga espera. Luego furia.) ¡Pero será posible! ¡Si se murió! ¡Blancanieves se murió! ¡La enterraron los enanos! (Oye) ¿Qué? ¿Qué Príncipe Azul? ¡No, si tenía que ser ese infeliz! ¿Y adónde viven? ¿Y eso por dónde es? Ah, ¡pero si es lejísimo! Yo no voy a ir otra vez disfrazada de anciana como una idiota, haciéndome la vendedora de manzanas... No, no y no. No, te estoy diciendo. Cuando digo que no es no. Es que no sabes todo lo que me pasó en el camino la otra vez. Como los pícaros me veían tan vieja y achacosa, me robaban manzanas envenenadas de la canasta... ¡Envenené a medio Reino! Al carretero, a los ladrones del monte, a un pájaro carpintero que se hizo el gracioso y me picoteó la fruta... ¡Todos esos esfuerzos para que me digas que fue ese tarado y la despertó con un beso! ¡Con un beso, si es de no creer! ¿Qué necesidad tiene él de andar besuqueándose con cuanto cadáver encuentra en el camino? (Un tiempo.) No, ya sé. ¡Te estoy diciendo que no volveré! ¡No! (Oye.) ¿Cómo que ella también? No comprendo. ¿Cómo que te pagará mejor sueldo? (Furiosa.) ¿De qué demonios estás hablando, Espejito? (Oye.) ¿Te vas? ¿Te vas al Palacio de Blancanieves? De modo que me abandonas. (Furia helada.) Muy bien. No, no, me parece bien. Yo estoy a favor del libre mercado. Ahí está el paño de limpieza que te pertenece y el jabón de lavado del azogue, puedes llevártelo, a ver si ella te friega mejor que yo... (Camina en dirección contraria al espejo, luego se vuelve, bruscamente lo toma y lo lanza contra el piso; luego le salta encima y lo pisotea en un arrebato de rabia.) ¡Ahí tienes! ¡Traidor! (Ella busca una capa negra que le llega hasta los pies y una canasta.) Bueno, ahí vamos otra vez a venderle a esta tonta las benditas manzanas..., qué paciencia hay que tener por la belleza...


In loving memory. Txt bio, 1

1.
Yo estoy sentada aquí. Allá está la muñeca: se llama Marta.
Mamá está parada en un rincón del cuarto, se tapa las manos con la cara y llora. No hay nadie más que yo viéndola llorar, y Marta.
Mamá dice: No pasa nada, nena, no te asustes. A mamá no le pasa nada. Habla de ella así, en tercera persona. Siempre fue así; yo cuando hablo de mí digo “la nena” y ella me entiende. Llora y mueve la cabeza como el pájaro loco, que es un pájaro carpintero, explicaron.
Yo entonces me pongo a llorar y ella viene y me abraza fuerte. Me dice que me calle, yo me quiero callar pero lloro más fuerte. A veces me sale así.

2.
Tengo muchos juguetes además de Marta. Tengo a Susy, que es española y canta y baila. Ya ni canta ni baila porque la bañé y el agua la arruinó. Tengo un robot a pilas que me regalaron los abuelos. Un perrito bebé que ladra. Un pianito que suena y no me dejan tocar porque dicen que rompo todo. Un ratón a cuerda. Un payaso de cristal que me dejarán tocar cuando yo sea grande. Mamá pone todos los juguetes altos para que yo no los agarre a cada rato. La odio, la odio cuando hace eso. Le digo que la odio pero después me dan ganas de ir y darle un beso. “Beso, mamá”, le digo. Ella me besa. Parece que se olvidó que le dije que la odio y la mordí en el brazo. Pero si trato de morderla otra vez, me pega un cachetazo. Primero me hace así con la mano o me dice Ojo. Pero si está de mal humor me pega un cachetazo con cualquier mano, con la que tiene el anillo o la otra, no se fija. Una vez me sacó sangre. Yo fui y me quejé a la abuela y la abuela me dijo que seguro yo había hecho algo malo. Yo no hice nada. El abuelo dijo que mamá es loca, por eso me pegó. Mamá me pega cuando me porto mal y me dice que a ella le duele más que a mí. Eso es mentira porque ella no llora cuando pega y yo sí lloro cuando recibo el sopapo. A veces no me duele mucho, pero yo lloro bien fuerte, para que ella no me venga con que le duele más que a mí. Pero si me paso de la raya llorando me dice: Mirá que te doy otra vez así llorás de verdad, por un motivo. Yo no la entiendo, yo no sé lo que quiere. Pero ahora llora ella y a ella no le pegó nadie.

3.
Los grandes pelean mucho. Por cosas de ellos que los chicos no entienden. Pero nunca pelean por culpa de los chicos. Mamá y papá pelean mucho, pero ahora no pelean más porque vivimos en la casa de los abuelos. Acá hay un pino que me hace toser y me dan un remedio que me quita el sueño y me paso la noche con los ojos abiertos viendo volar las brujas en el techo. Hay una araña en el rincón que se la pasa riendo. Tengo miedo, digo. A veces mamá me lleva a dormir con ella y a veces no digo que tengo miedo porque no estoy segura de que mamá y papá no sean diablos también ellos. Me quedo sola y peleo sola contra el diablo y le gano. Acá mamá y papá no se pelean pero pelean los abuelos. Gritan palabras que no entiendo, hablan difícil, en otro idioma. Suben y bajan por las escaleras gritando y nadie duerme. Todos parecen que duerme pero no duerme nadie y a la mañana siguiente la cocinera le dice a papá: Qué noche anoche, qué fiesta. Y papá contesta: Callése, que si la escucha Mariana la mata. Mariana es mi mamá. Después entra Elena que viene de hacer la cama y llevarle el desayuno a la tía que está enferma y dice: Un día de estos se matan. Y cuando baja la tíita que es la hermana de mamá y usa muchos collares, dice Ustedes tienen que irse de esta casa; no pueden vivir acá con esta criatura y que la criatura escuche este carnaval. No entiendo, no estamos en carnaval y al carnaval no vamos porque es un lugar lleno de negros, dice mamá. Nosotros con los negros no nos juntamos. Ni con los negros ni con los que tienen piojos. Por eso yo no voy al jardín: me quedo en casa todo el día y miro la televisión. Cuando no hay televisión viene Elena y me enseña los colores con unos cartones o me da el pato, el mono y el elefante de goma para jugar. Con los juguetes de goma puedo jugar y meterlos en el agua cuidando no hacer mucho enchastre. A mí lo que me gusta es hacer enchastre. Mucho, mucho.

4.
La última vez que lo ví al abuelo estaba en el garaje. Alto y pálido. Parado frente al coche que brilla más que una moneda. El Torino. Se ríe y me dice Pipi. Yo me río; le pido que me levante. Él está muy blanco y desaparece en el aire. Esa fue la última vez que lo ví.
Algunos se pusieron a rezar.
Otros me dijeron que estaba soñando.

lunes, 27 de noviembre de 2006

El cuento de los despropósitos

Eran los tiempos del mundo al revés. Una vez vi que de un hilito de seda pendían Roma y el Palacio de Letrán; que un hombre sin pies ganaba en la carrera a un rápido caballo, y que una agudísima espada cortaba un puente. Vi un burrito de nariz de plata que perseguía a dos veloces liebres, y un ancho tilo en el que crecían pasteles calientes. Vi una vieja y seca madreselva que daba sus buenos cien barriles de manteca y sesenta de sal. ¿Basta con estas mentiras o todavía no? Vi arar un arado sin caballo ni buey, y un chiquito de un año lanzar cuatro piedras de molino desde Sofía a Belgrado y desde Belgrado a Alejandría; y un azor nadando por el mar y lo hacía como si estuviera en su elemento. Oí unos peces que metían un ruido tal que resonaba en el cielo; vi fluir miel dulce, como si fuera agua, desde un profundo valle a una alta montaña. Es raro todo esto, ¿verdad? Pero el corazón del hombre es todavía más raro. Había dos mosquitos construyendo un puente; dos palomas desgarrando un lobo, y dos ranas que trillaban el grano. Vi a dos ratones consagrar a un obispo, y a dos gatos arañar la lengua de un oso. Llegó corriendo una serpiente y degolló a dos fieron leones. Había un barbero afeitando la barba de una mujer, y dos perros lebreles que arrastraban un molino fuera del agua, y una vieja burra lo miraba diciendo que estaba bien. Y en un patio, cuatro caballitos trillaban grano con todas sus fuerzas; dos cabras encendían el horno y una vaca roja metía el pan en él. Entonces cantó un gallo: ¡Quiquiriquí! ¡El cuento llega hasta aquí!

Versión de P.S. de una narración de los Hermanos Grimm.

El Nabo. Cuento Popular Ruso

El abuelo plantó un nabo, que creció y creció hasta volverse muy grande.
El abuelo quiso sacarlo de la tierra, para que la abuela lo cocinara ese día en la sopa. Para eso él tiró y tiró. Pero no pudo sacarlo.
Entonces el abuelo llamó a la abuela.
La abuela se agarró del abuelo, y el abuelo se agarró del nabo y ambos tiraron y tiraron y tampoco pudieron sacarlo.
Entonces la abuela llamó a la nieta.
La nieta se agarró de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo, pero tampoco pudieron sacarlo a pesar del mucho tirar.
Llamó la nieta a Yuchka, la perra. Yuchka abrió la boca y con mucho cuidado de no morder a la nieta, se agarró de ella.
De esta manera la perra se agarró de la nieta y la nieta de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo: pero tiraron y tiraron y no pudieron sacarlo.
Así que Yuchka llamó a la gata. El nombre de la gata era Mashka. Era una gata de pelo azul y muy presumida. Le gustaba jugar con los ovillos de la lana. Pero Mashka dejó la lana y fue a agarrarse de la perra Yuchka.
Y este fue el orden en que tiraron: la gata de la perra, la perra de la nieta, la nieta de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo.
Tiraron y tiraron, pero no pudieron sacarlo.
Entonces Mashka llamó al ratón. Esta idea mucho no le gustaba a ella, porque era muy vanidosa y no le gustaba pedir favores. Pero lo hizo porque todos en esa casa querían arrancar al nabo de la tierra y comérselo en la sopa.
El ratón fue. Al principio tenía un poco de temor, pero luego se le pasó y corrió a ayudar.
El ratón se agarró de la gata, la gata de la perra, la perra de la nieta, la nieta de la abuela, la abuela del abuelo y el abuelo del nabo.
Tiraron y tiraron y al final lo sacaron.
¡Por fin!
Y se comieron al nabo en la sopa.

Cuento popular ruso
Transmitido por Elena Romanova
Adaptado por Patricia Suárez

El cuento de las mentiras

Voy a contarles una cosa. He visto volar dos pollos asados: volaban rápidos, con el vientre hacia el cielo y la espalda hacia el infierno; y un yunque y una piedra de molino nadaban en el río, despacio y suavemente, mientras una rana devoraba una reja de arado, sentada sobre el hielo, el día de Pentecostés. Tres individuos, con muletas y patas de palo, perseguían a una liebre; uno era sordo; el otro, ciego; el tercero, mudo; y el cuarto no podía mover una pierna. ¿Quieren saber qué pasó? Que el ciego fue el primero en ver correr la liebre por el campo; el mudo, llamó al tullido, y el tullido la agarró por el cuello. Unos, que querían navegar por tierra, izaron la vela y avanzaron a través de grandes campos, y al cruzar una alta montaña naufragaron y se ahogaron. Un cangrejo perseguía una liebre, y a lo alto de un tejado se había encaramado una vaca. En aquel país, las moscas son tan grandes como aquí las cabras. Abre la ventana, hijita, para que puedan salir volando las mentiras.

Versión de una narración de los Hnos. Grimm

domingo, 26 de noviembre de 2006

Maldición de amor. Delicia de la Antigüedad Clásica

“Reúnanse aquí todos los enamorados.
Quiero romperle las costillas a Venus
a bastonazos y dejarle la espalda baldada.
Si ella puede atravesar mi tierno corazón,
¿por qué no iba yo a romperle la cabeza de un garrotazo?"
Grafitos amatorios pompeyanos

Saranguaco. Nicanor Parra


Es de noche, no piensa ser de noche.

Es de día, no piensa ser de día.


Cómo va a ser de noche si es de día.

Cómo va a ser de día si es de noche.

¿Creen que están hablando con un loco?


Ojalá fuera realmente de día.


Hace frío pero yo tengo calor.

Hace calor pero yo me muero de frío.


Dije que hacía frío pero miento.

Hace un calor que derrite las piedras.

Eso lo veo con mis propios ojos

¡falso! ¡No veo nada!

¡Tengo los ojos herméticamente cerrados!


Lo que sucede es que me siento mal

Ese dolor de estómago de siempre

La sensación de vértigo no cesa.


Cómo que mal: ¡me siento perfectamente!

¡En mi vida me he sentido mejor!

¡Ojalá me sintiera desdichado!


Observen bien y verán

Que estoy riéndome a carcajadas.

viernes, 24 de noviembre de 2006

El círculo cromático de la felicidad. Juan Calzadilla

La dicha es un estado complementario.
Lo ubicas en un segmento del círculo alrededor
del cual se han dispuesto otros estados cuyos tonos
emocionales van del violeta suicida al amarillo eufórico
.

Santa Umbra de Varéns, san Valdemar de los Pecados Blondos, el santo Nonato y la santa Burrita. La Leyenda Plúmbea

Durante el gobierno del Emperador Marco Antonio, hubo una joven noble llamada Umbra que quedó al cuidado de su tío Valdemar, santo varón que profesaba la fe de Nuestro Señor. Durante largas jornadas, san Valdemar se entregó a la conversión de su sobrina al cristianismo. En una de estas ocasiones, tentado por el diablo, san Valdemar sucumbió a la belleza de santa Umbra. La santa marchó de inmediato, atravesó tres bosquecillos de álamos negros y al fin se internó en la floresta. Iba montada en la llamada santa Burra que poseía la virtud de llorar lágrimas amargas a la vista del Señor en la Santa Cruz. A medida que el fruto iba creciendo en el vientre de santa Umbra, los campesinos que le salían al encuentro, asombrados por su juventud y la beatitud de sus costumbres, preguntaban a ella quién era el culpable de su preñez; a lo cual la santa, como no deseaba mancillar el nombre de su santo tío, respondía: la cercanía de las almohadas y la longitud de las conversaciones. Desesperado por su pecado, san Valdemar entró en un monasterio, en donde vivió ciento treinta y dos años criando rodaballos en un estanque y alabando a Jesucristo. Falleció en el trescientos doce año del Señor, el día quince de agosto, y fue enterrado en los jardines del monasterio; mientras el monje sepulturero cavaba la tumba, un ángel descendió y dijo el responso, bendiciendo a san Valdemar, declarando que le habían sido perdonados todos blondos sus pecados.
En la floresta, cercana a Varéns, luego de su huída, santa Umbra vivió treinta años alimentada por ese mismo ángel, el cual había hecho crecer manzanas de un abeto para gusto de la santa, y bebía ella la leche de la santa Burrita. Desde el interior de su vientre, el niño no nacido predicaba a los pastores de los alrededores, y debatía sobre la virtud cristiana con el ángel. Interrogada por un dragón del Emperador acerca de si ella era cristiana, y no negándolo jamás, santa Umbra, falleció con la corona del martirio, lapidada por el abeto, en el año doscientos cincuenta y uno del Señor. Desde su vientre, el santo Nonato persistió alabando a Jesucristo viviente catorce días después de la muerte de su madre. La santa Burrita se perdió en los bosques: dícese que en los aniversarios de santa Umbra, se oyen tristes rebuznos provenir de la antigua floresta.

Tomado de La Leyenda Plúmbea (inédito)

La maquinita de leer los pensamientos. Cuento

Nos volvimos a ver después de cinco años. Se fue llevándose todo el dinero que teníamos, las tarjetas de crédito, una reproducción sin valor de La joven del Aro de Perla, de Vermeer. Estábamos sentados en La Casa de Oleiros, masticando unas rabas fritas. Una semana atrás habían clausurado el local por razones que nosotros no conocíamos y sin embargo no nos abstuvimos a la hora de pedir la comida. Hacía mucho tiempo que no sabía de él, hacía mucho tiempo que ya no lo amaba. Estaba igual, como si hubiera llevado una vida perfecta. Eso me dio envidia, luego me calmé al recordar las palabras de una amiga psicoanalista: ‘La locura mantiene’. Sobre la remera azul celeste de Lacoste colgaba un aparatito. Era cuadrado, negro, con numeritos brillantes en su interior. Parecía una calculadora o uno de estos artilugios nuevos para escuchar música. Por un momento pensé que era un holter para controlar su corazón. No sentí pena por su enfermedad, en el caso de que hubiera estado enfermo. Le pregunté qué cosa era.
-Ahí quería llegar –me dijo sonriente.
Debía tener implantes dentales.
-Es –dijo con naturalidad- una máquina para leer los pensamientos.
Las rabas estaban frías y excesivamente saladas. Un cristal de sal gruesa golpeó entre mis muelas. De pronto me pregunté: pongamos por caso que una persona hubiera muerto intoxicada por la comida en el Oleiros, después de la clausura o del duelo, ¿puede un restaurante abrir como si nada hubiera pasado?
-Sé bien en qué estás pensando, Cristián. Sin ninguna necesidad de una máquinita...
-Supongo –dijo.
-¿Qué ves en esa maquinita? ¿Quién la inventó?
-No importa quién. Un amigo. ¿Cómo va tu vida? ¿Estás bien? – preguntó.
-Qué te importa.
-¿Están bien tus hijos?
Cuando hablaba de nuestros hijos, él los llamaba mis hijos. Decía que para él mis hijos eran como si fueran suyos. Lo terrible de todo esto, es que mis hijos eran sus hijos, tenían su apellido: él mismo los anotó en el Registro Civil. Pero de pronto se le había ocurrido que yo lo engañé y estos niños eran hijos de otro hombre.
-No vas a querer decírmelo –concluyó. –Estoy viéndolo aquí. Estás tan enojada como hace cinco años. Pero los chicos están bien. Son unos chicos preciosos. Se te parecen mucho... El mayor estudiará biología, te lo dijo hace tres días... tiene tus mismas preocupaciones, esas inquietudes que te asaltaban en el medio de la noche y no te dejaban dormir... Adónde vamos, de dónde venimos, en fin...
-Yo nunca me desvelé con esa clase de preguntas.
Una luz roja se prendió en la maquinita.
-Ya ves. No te acordás.
-Claro que me acuerdo.
-Entonces estás mintiendo.
-No quiero comer más.
-No te alteres. Quería tener una charla... como personas... como seres humanos.
-A ellos también les gustaría verte. Sos su padre.
La luz parpadeó; él meneó la cabeza.
-No. No quieren verme.
-Llamá al mozo, me tengo que ir.
-Sí. Una sola cosa, antes.
-¿qué?
-¿Estás... con alguien? ¿Estás enamorada?
-¿Vos me preguntás eso? Sí, estoy enamorada.
La luz pasó del rosado al púrpura.
-Es... un hombre muy bueno... –balbucee-. Es médico... Cardiólogo. Estudió con Norman Holter... el que inventó el aparatito para controlar... ya sabés.
Pasaron unos instantes.
La luz se puso azul y entró en el silencio.
-Yo tampoco encontré una mujer.
Me levanté. Saqué de mi cartera un billete de diez pesos y lo puse sobre la mesa. La comida allí no podía costar mucho más.
-Porque nuestra relación era especial y única...
Lo besé en la frente. Le hice adiós con los dedos desde el umbral.
Dentro de mi cabeza latía el pensamiento: “Debo alejarme, debo recordar todos los daños, debo olvidarme de este hombre...”Me volví una sola vez, él estaba inclinado sobre la maquinita, calculando alguna cosa, tramando algún engaño. Vi el resplandor de las lucecita roja en el vidrio de la ventana.

Construir un mundo. Umberto Eco

La cuestión es construir el mundo, las palabras vendrán casi por sí solas. Rem tene, verba sequentur. Al contrario de lo que, creo, sucede en poesía: verba tene, res sequentur.
El primer año de trabajo de mi novela estuvo dedicado a la construcción del mundo. Extensos registros de todos los libros que podrían en una biblioteca medieval. Listas de nombres y fechas censurables de muchos personajes, muchos de ellos excluidos luego de la historia. Porque también tenía que saber quiénes eran los monjes que aparecen en el libro: no era necesario que el lector los conociera. Pero yo debía conocerlos. ¿Quién dijo que la narrativa debe hacerle competencia al registro civil? Pero quizá también hacérsela a la asesoría de urbanismo. De allí las extensas investigaciones arquitectónicas, con fotos y planos de la enciclopedia de la arquitectura, para determinar la planta de la abadía, las distancias hasta la cantidad de peldaños que hay en una escalera de caracol. En cierta ocasión, Marco Ferreri me dijo que mis diálogos son cinematográficos porque duran el tiempo justo. No podía ser de otro modo, porque cuando dos de mis personajes hablaban cuando iban del refectorio al claustro, yo escribía mirando el plano y cuando llegaban dejaban de hablar.
Para poder inventar libremente hay que ponerse límites. En poesía, los límites pueden proceder del pie, del verso, de la rima, de lo que los contemporáneos han llamado “respirar con el oído”.En narrativa, los límites proceden del mundo subyacente. Y esto no tiene nada que ver con el realismo (aunque explique también el realismo). Puede construirse un mundo totalmente irreal, donde los asnos vuelen y las princesas resuciten con un beso: pero ese mundo puramente posible e irreal debe existir según unas estructuras previamente definidas (hay que saber si ese mundo en el que una princesa puede resucitar solo con el beso de un príncipe o también con el de la hechicera, o si el beso de la princesa sólo vuelve a transformar en príncipes a los sapos o, por ejemplo, también a los armadillos.) Los personajes están obligados a actuar según las leyes del mundo en que viven. O sea que el narrador es prisionero de sus propias decisiones iniciales.

De Apostillas a El nombre de la Rosa

Cuatro canciones del folklore búlgaro

1.
Ey,
Este es un piadoso y triste bosque,
Para ambos: para ti y para mí.
Mi madre me casó demasiado joven,
Demasiado joven para el matrimonio.
Ey,
Ella me hizo marchar a una región lejana,
Con una familia extraña y siniestra.
Mi suegro es un demonio,
Peor todavía es mi suegra,
Mi marido es un haiduk completo.
Ey,
Este es un piadoso, triste bosque,
Para los dos, para ti y para mi,
Lloremos juntos,
Tú por tus hojas
Y yo por mi juventud.
Pero tus hojas reverdecerán una vez más
Mientras que mi juventud nunca, nunca más regresará.

2
Crece, pino,
Crece bien alto,
Para que yo pueda treparte
Y mirar el mundo que hay debajo.

3.
Una muchacha pasó
Vistiendo un blanco vestido.
Un muchacho la miró
Y dijo para sí mismo:
- Si ella aceptara
Yo compraría ese vestido
Con ella dentro.
No miraré cuánto
Signifique éso en dinero.

4.
El viento sopla
y el bosque se mece.
El bosque se mece.

El diablo y el posadero. Rober L. Stevenson. Cuento

El diablo paró una vez en una posada, donde nadie lo conocía, porque siempre se trataba de gente cuya educación era escasa. Tenía malas intenciones y todos le prestaron oídos durante mucho tiempo. El posadero lo hizo vigilar y lo sorprendió con las manos en la masa.
Tomó una soga y le dijo:
-Voy a darte de azotes.
-No tienes derecho a enojarte –dijo el diablo-. Soy sólo el diablo y mi naturaleza es obrar mal.
-¿Es verdad? –preguntó el posadero.
-Te lo aseguro –dijo el diablo.
-¿No puedes dejar de obrar mal? –preguntó el posadero.
-Ni en lo más mínimo –dijo el diablo-. Sería inservible y sería cruel dar de azotes a una cosa tan pobre como yo.
-Es verdad –dijo el posadero.
Hizo un nudo y lo ahorcó.
-Ya está –dijo el posadero.

jueves, 23 de noviembre de 2006

¿Autobiografía? Una frase de Dorothy Parker

Me gusta tomarme un Martini. Dos como mucho. Después del tercero estoy debajo de la mesa. Después del cuarto estoy debajo del anfitrión.

La dicha. Irene Gruss

Lo que no esperé hoy no vino. El anhelo es dificultad para respirar. Y el deseo, muerte de la esperanza.

martes, 21 de noviembre de 2006

Telegramas. Nicanor Parra

1.
Déjense de pamplinas
Aquí no piensa haber gato encerrado.

Dios hizo el mundo en una semana
Pero yo lo destruyo en un momento.

2.
Háblenme de mujeres desnudas
Háblenme de sacerdotes egipcios
A escupitajo limpio
Yo me arrodillo y beso la tierra
A la vez que me como un churrasco.

Yo no soy derechista ni izquierdista
Yo simplemente rompo los moldes.

3.
Que para qué demonios escribo?
Para que me respeten y me quieran
Para cumplir con Dios y con el Diablo
Para dejar constancia de todo.
Para llorar y reír a la vez
En verdad en verdad
No sé para qué demonios escribo:
Supongamos que escribo por envidia.

lunes, 20 de noviembre de 2006

Los Osos Prejuiciosos. Sketch. Una visión personal del cuento 'Ricitos de Oro'

Personajes:
Oso 1
Oso 2
Ricitos de Oro

Comedor de los tres ositos. Entran 2 osos. Notan un desorden extraño.

Oso 1: Acá vino alguien...
Oso 2 (tranquilo): No...
Oso 1: Acá vino alguien te digo...
Oso 2: Te digo que no...
Oso 1: El panal no está donde yo lo había dejado...
Oso 2: Si nunca te fijás donde lo dejaste...
Oso 1: ¿Cómo que no? ¿Cómo que no? Lo dejé en el fondo de la madriguera.
Oso 2: Me hacés reír.
Oso 1: ¿Sabés qué? Cuando te ponés así se nota que tus ancestros eran grizzlies.
Oso 2: A mucha honra.
Oso 1: Sí, unos tipos que se llevan todo por delante... ¿Pero vos cerraste bien la madriguera?
Oso 2: Estás paranoico.
Oso 1: No, no estoy paranoico. Pero acá está todo tirado y para mí que entró alguien...
Oso 2: Si me pusieras ayuda domestica todo estaría más ordenado...
Oso 1: ¿Ayuda doméstica? ¿Ayuda doméstica? ¿Un lirón querés decir?
Oso 2: Y bueno...
Oso 1: Esos se te quedan dormidos apenas le decís algo: no les gusta trabajar...
Oso 2: Montaña arriba dicen que mejor son los tejones. Limpian mejor y cobran más barato...
Oso 1: Pero no son osos.
Oso 2: Son tejones, te digo.
Oso 1: Yo en un tejón no confío. Una vez que los metiste en la madriguera, los tipos empiezan a creerse los dueños, te comen la miel, te roban el jamón si hay jamón... (Oye atento.) ¿Oíste?
Oso 2 (distraído): Sin embargo el otro día cuando me acerqué al pic nic, me crucé con un mapache y me dijo...
Oso 1: ¿Oíste? ¿Oíste eso?
Oso 2: ¿Qué?
Oso 1: Un ruido...
Oso 2: Osito será.
Oso 1: No sé... no sé...
Oso 2: Te decía que me encontré con un mapache en el picnic y ellos creían que los puercoespines...
Oso 1: ¡Un mapache! ¡Ahora confiás en lo que te dice un mapache! ¡Estás demente!
Oso 2: Bueno, no me parece...
Oso 1: ¡Un mapache, no te parece! ¿No viste cómo son? Ellos se ayudan entre ellos, nada más. No esperes ayuda de un mapache. NUNCA.
Oso 2: Pero, Oso...
Oso 1: No me creés. ¿Qué te dijo, a ver?
Oso 2: Que tenían de ayuda doméstica a unos tejones.
Oso 1: Los deben explotar. ¡Mejor irse a vivir a un circo con los humanos que vivir con un mapache! ¡Yo sé lo que te digo!
Oso 2: Estás exagerando.
Oso 1: Nunca tengas asuntos de deudas con los mapaches. Hoy le debés una bellota y mañana el bosque entero. Te ponen intereses. Vos no te das cuenta, pero ellos hacen las cuentas bien rápido, y uno... ¡uno es oso al fin y al cabo, y la naturaleza nos quiere para otras cosas, más elevadas! Entonces te dejás engañar por los mapaches como un gil. (Un tiempo.) Oí, oí. No me digás que no oís nada.
Oso 2 (dubitativo): Sí...
Oso 1: Osito, ¿sos vos? (Un tiempo largo.) No contesta, andá a ver.
Oso 2 (miedoso): No, yo...
Oso 1: ¿No le habrás contado a los mapaches adonde guardamos la miel? ¡Sos más lengua larga vos!
Oso 2: Pero no...
Oso 1: ¡¡¡Andá a ver, entonces!!!

Oso 2 sale.
Oso 1 se sienta y rasca miel de un panal.

Oso 1 (mascullando): Las abejas ya no son lo que eran antes... desde que los pájaros carpinteros pican los troncos de abeto, estos bichos no se cuelgan bien y hacen esta cosa rala, qué asco... (Brutal): ¿Y? ¿Te dormiste?

Entra Oso 2, todo tembloroso.

Oso 2: No sabés lo que vi, Oso. Lo que hay ahí.
Oso 1 (frenético): ¿Osito está bien? ¿Osito está bien? ¡Osito es mi continuación en el mundo! ¡Un oso negro verdadero! (mira con desprecio a 2) cruzado con grizzlie... Contestame: ¿osito está bien?
Oso 2: Sï, sí. Estaba dormido. Pero hay algo más.
Oso 1: te lo merecés. Yo te dije que no andes soltando la lengua por ahí. Después te vienen todos los mendigos, se te meten, te ocupan la madriguera. Es una liebre, ¿no?
Oso 2: No, no.
Oso 1: Si me agarraba mal y era una liebre me la comía. Raza nefasta. (Un tiempo.) Bueno, ¿qué es? (Una pausa larga, Oso 2 no puede contestar.) ¿No me vas a decir que se nos metió un alce, por el amor de Dios? Te reviento. Eso pasa porque no cerrás bien la madriguera, estás todo el día estupidizada charloteando con los cuervos... ¿No te das cuenta que te lo hacen de malignos que son? ¿Qué te hacen perder el tiempo por puro placer de hacer daño? ¡Qué te importa a vos lo que la urraca roba y no roba! ¡Que se callen los cuervos con sus chismes!
Oso 2: Es... es una niña.
Oso 1 (sin oír): ¡Te lo dije!
Oso 2: Una niña, Oso. Chiquita, rubia. Con el pelo con ricitos...
Oso 1: Eso es un zorrino disfrazado. Se trasnforman los asquerosos. Los ví, eh, ví cómo lo hacen. Se revuelcan en el campito de salvia y eso les quita el olor. Pero son zorrinos, ¡la naturaleza los hizo zorrinos y ellos quieren ser hurones, lo que hay que ver!
Oso 2: No, no. Es una niña; tiene un vestidito azul y un delantal encima. Y hace así con la manito (seña), como cuando dicen hola los humanos. Una niña.
Oso 1: Eso es un zorrino de acá a la China. Pasa que ahora se perfuman, los asquerosos... Ah, pero mirá. Como agarre uno le meto tal zarpazo, que lo dejo ¡sin rayas, lo dejo!
Oso 2: No me entendés. Es una niña. Una cría humana.
Oso 1: No me embromés.
Oso 2: ¿Por qué no vas a ver?
Oso 1 (con miedo visible): ¿Para qué estás vos?

Oso 1 se asoma.

Oso 1: No. No puedo, no puedo. Es muy traumático para mí... Ellos me tuvieron en una celda a pescados crudos, en agua sucia, estancada, se mofaban de mí, fue un horror...
Oso 2: Entiendo... ¿Pero qué vamos a hacer?
Oso 1: Matála. Tus ancestros tenían costumbre...
Oso 2: Yo no la voy a matar. Se la ve tan candorosa.
Oso 1: ¿Por qué, Dios Oso, me diste una hembra así? Si te digo que vayas y la mates porque es lo mejor, vos vas y la matás y después se la echás a los lobos...
Oso 2: Los lobos no comen carroña.
Oso 1: Ellos dicen que no pero después comen lo que sea.
Oso 2: No es cierto. Están muy finos ahora.
Oso 1: ¿Ellos? No me hagas reír; si no tienen el paladar negro...
Oso 2: Y además yo no la voy a matar...

Entra Ricitos de Oro. Es una niña candorosa pero parece disfrzada. Todo en ella no encaja, ni la peluca o los zapatitos.

Ricitos: Hola, señores osos...

Terror de Oso 1.

Oso 2: Hola, niña.
Ricitos: Mi nombre es Ricitos...
Oso 1 (Bajo): No te encariñes, pensá que la tenés que matar.
Oso 2: ¡Terminála con eso! (A Ricitos.) ¿Cómo has llegado hasta aquí, Ricitos?
Ricitos: Me perdí en el bosque...
Oso 1 (alterado): Es un truco, es un truco... se la habrán querido quitar de encima los padres como a los taraditos esos de Hansel y ...
Ricitos: Estaba buscando fresas cuando de pronto...
Oso 1: ¡La agarré! Acá no hay fresas.
Ricitos: Bueno, no sé... una frutita era...
Oso 1: ¡Miente, miente!
Oso 2: Basta. ¿Cómo entraste a nuestra madriguera?
Oso 1: Pero qué pregunta. ¡Si dejás la puerta abierta siempre!
Ricitos: Por la puerta...
Oso 1 (A 2): Ahí tenés. (A Ricitos.) Bueno, nena. Muy lindo. A ver si agarrás el espiante, ahora...
Ricitos: Usted... mi papá lo conoce a usted.
Oso 1 (tembloroso): ¿A mí?
Ricitos: ¡Sí! ¡Cuenta unas cosas maravillosas de usted! ¡Que no tenía uñas afiladas ni nada! Usted vivía con mi papá antes, ¿no se acuerda? (siniestra): En un jaulón. (jocosa) A ver, señor oso, ¿me muestra las uñas?
Oso 1 (en pánico): Fue cuando me debilitaron... Echá a esta bruja de acá.
Oso 2: Señorita, ¿no la estará buscando su papá en este preciso instante y estará preocupado por usted?
Oso 1 (a 2): ¿Por qué le hablás así? ¿No ves que no te hace caso? Decíle: Bruja mercenaria desaparecé ya mismo. Zamarreála. ¡Vamos, usá tu sangre grizzlie!
Oso 2: Calmate, Oso.
Oso 1: ¡Por Dios Oso, parecés un koala!
Oso 2: Mire, señorita. Mi marido está un poco nervioso en este momento, ¿podría usted retirarse al bosque y luego conversamos?
Ricitos (ríe): No, bueno, sí, bueno no sé. Tengo un poco de hambre...
Oso 2: Claro, claro. ¿Quiere un poco de miel?
Oso 1: ¡Le das miel a la bruja! ¡No ves que sos demente!
Ricitos: No, gracias. Ya me dio Osito.
Oso 1: Ahhhhh!!!!!!
Oso 2: ¿Osito?
Ricitos: Sí.
Oso 1: ¿Qué le pasó a mi hijo, mi hijito, mi contiuación en...!!!??
Ricitos: Nos hicimos novios.
Oso 1 y 2: ¿¿Qué??
Riictos: Sí, yo vine, entré, él me hizo pasar a su camita...
Oso 1: ¡Bruja degenerada! Andá a despertar a Osito.
Ricitos: No puede despertarse.
Oso 1: ¡La bruja me mató a mi hijo!!!
Ricitos: Tomó una plantita del bosque para... hacer ositos, ¡qué hijo tienen ustdes!, tenían, perdón. Belladona, se llama la plantita...
Oso 1: ¡Mi continuación en el mundo acabada!

Oso 2 derrotada.

Oso 1: ¡Los humanos me arruinan! ¡Los humanos cuando entran en el bosque, lo talan y lo llaman paz!
Ricitos: Pero justo hoy era mi día fértil.

Pausa larga. Asombro.

Ricitos: Y a lo mejor yo vaya a tener ositos.

Oso 2 cae redonda al suelo.

Ricitos: Para continuación en el mundo... ¿Me daría un poco de miel, suegro???

Apagón.

domingo, 19 de noviembre de 2006

Ultimo fragmento de "Jacques Cousteau". Cuento sin terminar... ¿Continuará?

6.
El delfín se daba coscorrones contra la pared del tanque. Hacía unos golpecitos y mi padre explicaba que ese era su lenguaje, su código morse. El sonido del golpecito iba hasta los objetos y los objetos devuelven un sonido que el delfín interpreta: distancias, formas, pesos, objetivos. Mi padre la llamaba Grazia, pero mis hermanos se resistían y le decían El Pescado. Al cabo de dos semanas, mi padre los mandó a merodear por el puerto, a buscar restos de pescados. Vivíamos en una ciudad fluvial, de manera que no conseguían mariscos. Pero el pobre delfín se conformaba con surubíes y sábalos y nosotros lo veíamos ponerse flaco a ojos vista. Restos de comida, hasta pan viejo le daba mi padre. A veces, el delfín saltaba. No como uno ha visto hacerlo en los acuarios, donde hasta parece que ejecuta los trucos de pura alegría de vivir. Grazia saltaba como para escaparse. Apoyaba su mandíbula en el borde del tanque y miraba a mi padre a los ojos. Golpeteaba rápidamente.
-¿Qué pasa, bonita? –le preguntaba él.
La mirada opaca, la respiración agitada, la piel sin brillo.
-Si fuera un perro te sacaría a dar la vuelta. Pero no sos un perro y además yo odio a los perros, tan sometidos a su destino, unos chupamedias.
El olor era insoportable; a los desperdicios y el agua sucia en que vivía el pobre delfín, se sumaba el olor de las latas semipodridas. Los vecinos de al lado llamaron: la humedad de nuestro living se filtraba a sus casas, se les despegaba el papel de las paredes. Mi padre hizo caso omiso a los reclamos: que hicieran una demanda judicial: él no estaba para preocuparse de idioteces. Anotaba en una libreta una especie de código de los golpeteos del delfín. Ponía objetos delante suyo y anotaba.
La gente en el puerto se burlaba de mis hermanos, de nosotros. Ese viejo chiflado, decían de mi padre, los va a enloquecer a todos ustedes. Mi hermano el segundo estuvo a punto de embarcar a en un barco mercante con rumbo desconocido.
Mi hermano el mayor, en cambio, aunque no creía en los logros futuros e inventos de mi padre, estaba casi contento con la adquisición del delfín. Si costó una fortuna, es porque vale una fortuna. Además era una hembra, con lo cual podía hacérsela reproducir y ganar con la cría de delfines. Mi hermano no tenía mucha idea de lo que decía; no miraba los detalles. ¿Reproducir cómo, con quién, qué delfín macho había por nuestros pagos? Pero él insistía en la reproducción y cría del delfín, como si se hubiera tratado de mojarritas. Mi madre no le dio vuelta la cara de un cachetazo porque ya estaba grande para que lo hiciera. Sino, le pegaba.

7.
Daniel Wexler me escribió una carta. Primero me invitó a un baile, un asalto, como le llamábamos a los bailes entre chicos de nuestra edad, en la casa de algún padre. Bailábamos música funky y también Los Beatles. Nos poníamos a cierta distancia unos de otros y nos sacudíamos. Nunca bailábamos abrazados, los lentos: era tabú, era casi mala educación. En “Stand by me” yo iba y sorbía Coca Cola. Todos nos mirábamos a los ojos, directamente. De refilón nos mirábamos los labios. Estábamos obsesionados por la caída perfecta del flequillo, o la transpiración en las manos. Un chico con manos transpiradas no tenía ninguna chance de conseguir chica. Yo también le gustaba a Daniel Wexler; así que me pidió ser mi novio. Hasta se proponía venir y pedir formalmente a mi padre permiso para salir conmigo. No le contesté por dos cosas: primero, porque estaba segura que él sólo quería entrar en mi casa a ver al delfín, sobre el que corría rumores por el barrio; y segundo, porque para ese entonces a mi me gustaba Carlitos, el cadete de la florería de la otra cuadra. Carlitos era rubio y una vez cuando yo pasaba por la vereda me regaló un gladiolo. Mi madre tiró la flor a la basura diciendo que seguro pertenecía a alguna corona de muerto y nos traería mala suerte. Además yo tenía solo trece años y no era edad para andarse con novios y romerías. Como yo me rebelara alegando que ya era lo bastante grande para hacer lo que quisiera, habilitada como estaba por tener la regla todos los meses, mi madre me zamarreó y me tiró del pelo, me dio dos cachetazos y me llamó puta. Pude ver un mechón de mi pelo en su mano. Esto debe ser, pensé, lo que se llama los combates del amor y por este amor por Carlitos yo iba a luchar, sobre todo para hacerle la guerra a mi madre, que bien se lo merecía.

8.Una vez, entré por la noche y me quedé a observar el delfín. A ella, la estuve observando. Mi padre justo había salido a conseguir restos de pescado. El delfín asomó la cabeza por el tanque y saltó, aleteó y se sostuvo en el aire unos instantes. Tenía un aire extraño no era como yo había imaginado a los delfines. Estaba gris y muy flaca y se la veía agotada.

Encuentro V. Vladimir Holan

Detenido por una mujer a las puertas de una ciudad desconocida
le supliqué: Déjame pasar, sólo entraré
para salir de nuevo y volveré a entrar sólo para salir,
porque la oscuridad me da miedo, como a todos los hombres.
Pero ella me dijo:
"¡Pues yo he dejado allí la luz encendida!"

Trad. Clara Janés

Poema. Nicanor Parra

No creo en la vía pacífica
no creo en la vía violenta
me gustaría creer
en algo -pero no creo
creer es creer en Dios
lo único que yo hago
es encogerme de hombros
perdónenme la franqueza
no creo ni en la Vía Láctea.

sábado, 18 de noviembre de 2006

Strindberg x Bergman. Cita

En "Escenas de la Vida Conyugal" (1974) Ingmar Bergman cita de August Strindberg la frase siguiente:
"Me pregunto si habrá algo más terrible que un hombre y una mujer que se detesten".

martes, 14 de noviembre de 2006

4 mujeres poetas. De amor y de odio

Wyslawa Szymborska
Versión de Elzbieta Borkiewicz

ESTOY DEMASIADO CERCA

Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
Entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
Sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca,
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
mas he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,
Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
Se han sentado ángeles caídos.


Anna Ajmátova
AH, creíste que soy como otras,
que a mí se me puede olvidar,
que, llorosa, caeré a suplicando
a los pies de tu brioso corcel.
O que voy a pedir a las brujas
sus mágicos brebajes y filtros;
o te mandaré un terrible regalo:
mi secreto pañuelo perfumado.

Te maldigo. Tu alma ruin
no merece una queja, una mirada.
Pero juro por el jardín del edén,
y por el ícono milagroso te juro:contigo jamás volveré.

María Mercé Marçal
IGUAL que el asesino vuelve al lugar del crimen
tras perder la memoria y el olvido
y en el umbral encuentra al que creía muerto
y se vuelve su esclavo sin saber el porqué
y se convierte en perro, y vigila la casa
en contra de la muerte, contra el ladrón ausente
que quizá le robara el precio del rescate,
así yo regresaba al lugar del amor.

Olvido García valdés
UN idiota adulto mece
a la madre que ha muerto
y que no le amó,
a la que quiso matarle
cuando era niño.
La acuna y le habla suavemente.
El amor es desamparo,
el amor es amory desamparo.

lunes, 13 de noviembre de 2006

La creacion. De dos entrevistas a Leonard Cohen

"No puedo decir de cierto de dónde me viene la inspiración para una canción. Normalmente, mis pensamientos están más confusos que mis canciones, yo no puedo escribir por una orden. Los pensamientos vienen en momentos alegres, cuando la confusión se articula." (Entrevista de Rainer Blome)

"Escribo todo el tiempo. Y cuando las canciones empiezan a cuajar, no paro de escribir. Quisiera ser una de esas personas que escriben canciones rápido, pero no lo soy. Me toma mucho tiempo averiguar en qué consiste una canción." (Entrevista de Paul Zollo)

"Jacques Cousteau". Cuento sin terminar. Continuación. Parte II

3.
Daniel Wexler, del tercero b del edificio de al lado: me gustaba. No mucho, no en serio totalmente, pero me gustaba porque tenía ojos de duende, verdes, rasgados. Lo miraba con la curiosidad que me hubiera deparado un enano, un elfo, una criatura de esas, nunca un ser humano. No me veía en mi futuro ejerciendo el rol de esposa y ama de casa; me veía más bien como monja en el África, pero cuando manifesté a mi padre esta vocación resolló y dijo que allá estaba llenos de mosquitos con malaria y demás pestes, sin electricidad ni ninguna comodidad de Occidente, para no hablar del calor infernal, y además los negritos no se dejaban ayudar nunca. ¿Para qué, entonces? Uno no llegaba siquiera a aprenderse el nombre del negrito en cuestión al que estaba auxiliando, cuando ya se le daba por morirse; morían como moscas allá y uno no podía hacer nada. Daba igual qué raza de negritos: estaban todos cortados por la misma tijeras: pigmeos, watusi, zulúes, hotentotes: todos cortados por la misma tijera. Pasé tres noches llorando sin consuelo. No iría al Africa; mi vocación había claudicado. Como yo diera muestras de estar sumida en un estado de melancolía y estupor, mi madre vino y me ordenó arreglar la pieza, lavar los platos y encerar los pisos con el trapo de lana y no con la enceradora eléctrica. Me negué alegando mi decepción de la vida. Ella, con una medida de probada pedagogía, me dio vuelta la cara con un cachetazo derecho y revés; primero hacia un lado y luego hacia el otro. Limpié la casa; el piso brilló como un espejo y yo me reflejaba en él. ¿Era linda, yo? ¿Era culta? Mi padre me hacía escuchar música clásica: los valses de Strauss. Explicaba que para gozar de la música vienesa debía uno sentarse en el sillón de cuero amarillo y cerrar los ojos e imaginar praderas verdes, pétalos de flores flotando en el aire y ciervos que corretean y saltan. Mis hermanos se dormían; mis hermanos no tenían oído para la música danzante. Mis hermanos eran sensatos; tenían la mente focalizada en Claudia Cardinale, en Ursula Andress, en Jane Fonda. Y no se imaginaban precisamente bailando un vals con ellas. Mis hermanos, el resto de los mortales, prefería el mundanal ruido a Strauss en aquel silloncito.

4.
Se lo confió a mi hermano el segundo. Se haría traer un delfín del Plata, así se llamaba la especie. Lo pescarían unos tipos profesionales a la altura de Comodoro Rivadavia y lo traerían en un camión frigorífico. Después lo metería en el tanque australiano que estaba aprovisionando para su estadía, en el galpón de calle San Martín, justo atrás de la zapatería que fue del abuelo, ahora quebrada. Era una operación secreta. La pagó con las joyas de mi abuela, su suegra: el brazalete de oro, el collarcito de perlas cultivadas, el broche de topacio, el rubí escarlata. Mi hermano le espetó que los delfines eran seres muy sensibles; y mi padre dijo que precisamente por eso lo pensaba criar y cuidar y estudiar con tranquilidad el sistema de sonar con el que se comunican. Son las únicas criaturas de la tierra dotadas de un sistema nervioso con la capacidad potencial para desarrollar procesos superiores de pensamiento. Esto es muy estimulante. Los delfines son unos bichos que lo pasan mal, explicó, en la red de los que pescan atún a veces cazan hasta diez o doce delfines. Y no los devuelven al mar, no, sino que los pican y los enlatan. Eso más que nada lo hacen los tailandeses que son unos sátrapas sin corazón. Y si no, los pescan los alemanes para hacer experimentos con el cerebro de los pobres bichos. O Dolly, el delfín que la Marina de los Estados Unidos entrena para que junte en pocos segundos tres monedas que le tiran a un agua sucia. Una buena solución sería que los alemanes hicieran experimentos con los tailandeses, pero eso no está bien visto. Entonces van y torturan a los delfines. Pero él no, mi padre querría a su delfín más que a un hermano, un padre, un hijo. Mi hermano el segundo se largó a llorar, tapándose la cara. A través del agujero de la cerradura, yo veía a sus omóplatos subir y bajar por el espasmo. Mi padre se levantó de repente, se alisó las perneras del pantalón de gabardina y escupió: “Qué vergüenza”, y salió tan rápido que tuve que esconderme en el closet entre los paraguas. Escuché el portazo y luego sus pasos alejándose e hiriendo el silencio cada vez que pisaba, el sonido macabro que hacían en mis pisos espejos las puntas de sus pies.

5.
Mi hermano el mayor se llevaba mal con su suegro. Tal vez por eso fue que vinieron a vivir a casa, se instalaron encima del tallercito que tenía mi padre, que puso el grito en el cielo cuando lo vio volver. Mi padre gritaba que lo había desheredado. De pronto, Benedicta entraba y salía de la casa como uno de nosotros, con su propia llave. No tardó en apropiarse de la cocina, aunque es mejor decir que nadie le hizo oposición cuando empezó a lustrar la batería de ollas y sartenes y a cocinar cosas que despedían un olor a fritanga que nos dejaba doblados a la mitad imaginando el futuro dolor de hígado. Pero eran sabrosas. Comidas típicas de su país: mazamorra morada, arroz chaufán, ceviche. Hasta hizo traer por encomienda desde Lima una botella de Singani, una bebida boliviana que, aseguraba ella, se bebe en Perú. Mi padre porfiaba que en Perú sólo se toma pisco; igual, nadie le hacía ascos al singani, tan dulce y severo, inventado por los monjes agustinos para entretenerse bien con lo que Pizarro había dejado en pie. Hasta Emilia, que era tan chica, probó el singani. Mi padre dijo una vez que después de los dos años, los niños ya pueden metabolizar el alcohol, y por eso nosotros tomábamos vino con soda en las comidas y cuando el frío arreciaba en el invierno, nos desayunábamos con un vasito de licor de huevo. Y hasta mi madre, después de ingerir sus ansiolíticos, probó el singani. Después se le achacaría a Benedicta el que nos hubiera emborrachado con esa bebida bruja y nos tuviera a todos a mal traer del estómago y a medias envenenados. Pero en aquel momento, aquellos almuerzos y aquellas cenas las disfrutamos mucho. Las anécdotas de su pueblo, la historia de cuando la marea se retira en Chepén, que lo hace tan rápido que deja a los peces vivos retorciéndose en la arena y entonces los del pueblo iban y los juntaban con las manos, para hacer ceviche. Y había una fiesta y había jolgorio, donde se comía lo que el mar generoso había regalado, y nosotros acodados sobre el mantel de hule brindábamos en honor de Chepén, lugar en el mundo que no conocíamos y que no pensábamos conocer nunca.

Romance pesimista. Francisco de Quevedo.

-¡Parióme adrede mi madre!,
¡ojalá no me pariera!
Aun estaba, cuando me hizo,
de gorja naturaleza.
Dos maravedís de luna
alumbraban a la tierra;
que por ser yo el que nacía
no quiso ser un cuarto fuera.
Nací tarde, porque el sol
tuvo de verme vergüenza,
era una noche templada
entre clara y entre yema.
Un miércoles con un martes
tuvieron grande revuelta,
sobre que ninguno quiso
que en sus términos naciera.
Nací debajo de Libra,
tan inclinado a las pesas,
que todo mi amor le fundo
en las madres vendederas.
Dióme el Léon su cuartana,
dióme el Escorpión su lengua;
Virgo el deseo de hallarle,
y el Carnero su paciencia.
Murieron luego mis padres;
Dios en el Cielo los tenga,
porque no vuelvan acá,
y a engendrar más hijos vuelvan.
Tal ventura desde entonces
me dejaron los planetas,
que puede servir de tinta,
según ha sido de negra,
porque es tan feliz mi suerte,
que no hay cosa mala o buena,
que, aunque la niense de tajo,
de revés no me suceda.
De estériles soy remedio,
pues con mandarme su hacienda
les dará el cielo mil hijos
por quitarme las herencias;
y para que vean los ciegos,
póngame a mí a la vergüenza;
y para que cieguen todos,
llévenme en coche o litera.
Como a imagen de milagros
me llevan por las aldeas,
si quieren sol, abrigado,
y desnudo porque llueva.
Cuando alguno me convida,
no es a banquetes ni fiestas,
sino a los misacantanos
para que yo les ofrezca.
De noche soy parecido
a todos cuantos esperan
para molerlos a palos,
y así, inocente, me pegan.
Aguardan hasta que yo pase,
si ha de caerse una teja;
aciértanme las pedradas,
las curas sólo me yerran.
Si a alguno pido prestado,
me responde tan a secas,
que en vez de prestarme a mí,
me hace prestar la paciencia.
No hay necio que no me hable,
ni vieja que no me quiera,
ni pobre que no me pida,
ni rico que no me ofenda.
No hay camino que no yerre,
ni juego donde no pierda,
ni amigo que no me engañe,
ni enemigo que no tenga.
Agua me falta en el mar,
y la hallo en las tabernas:
que mis contentos y el vino
son aguados dondequiera.
Dejo de tomar oficio
porque sé por cosa cierta,
que en siendo yo caltero,
andarán todos sin piernas.
Si estudiara medicina,
aunque es socorrida ciencia,
porque no curara yo,
no hubiera persona enferma.
Quise casarme estotro año
por sosegar mi conciencia,
y dábanme en dote al diablo
con una mujer muy fea.
Si intentara ser cornudo
por comer de mi cabeza,
según soy de desgraciado,
diera mi mujer en buena.
Siempre fue mi vecindad
mal casados que vocean,
herreros que me desvelan.
Si yo camino con fieltro,
se abraza con fuego la tierra,
y en llevando guardasol,
está ya de Dios que llueva.
Si hablo a alguna mujer
y le digo mil ternezas,
o me pide, o me despide,
que en mí lo picado es roto,
ahorro, cualquier limpieza,
cualquier bostezo es hambre,
cualquier color, vergüenza.
Fuera un hábito en mi pecho
remiendo sin resistencia,
y peor que besamanos
en mí, cualquier encomienda.
Para que no estén en casa
los que nunca salen de ella,
buscarlos yo sólo basta,
pues con eso estarán fuera.
Si alguno quiere morirse
sin ponzoña o pestilencia,
proponga hacerme algún bien
y no vivirá hora y media;
y a tanto vino a llegar
la adversidad de mi estrella,
que me inclinó que adorase
con humildad tu soberbia;
y viendo que mi desgracia
no dio lugar a que fuera,
como otros, tu pretendiente,
vine a ser tu pretenmuela.
Bien sé que apenas soy algo;
más tú, de puro discreta,
viéndome con tantas faltas,
que estoy preñado sospechas.
Aquesto Fabio cantaba
a los balcones y rejas
de Aminta, que aun de olvidarle
le han dicho que no se acuerda.

domingo, 12 de noviembre de 2006

Tío Conejo y la piedra del rey de los Cóndores. Cuento popular de Venezuela

Tío Conejo estaba echado entre las matitas de arroz, pensando. Por suerte a esta hora no había nadie y se podía dedicar a pensar, cosa que le gustaba bastante: pensar planes para hacer bromas a los demás. Pero el único pensamiento que se le cruzaba era: ¡Qué bueno si pudiera dejar de ser conejo y ser otro animal! O no, ser otro no, porque ser conejo era lindo y además no había conejo más lindo y gallardo que él, según él creía; lo bueno de verdad sería en seguir siendo conejo, pero un conejo invencible y poderoso. ¡Qué chévere! En ese momento, Tío Conejo vio volar muy alto en el cielo a un gran pájaro, uno enorme. ¡Era el Rey de los Cóndores!. Volaba sin esfuerzo hacía las montañas azules que se veían en el horizonte."¡Seguro que allí está su nido!", pensó Tío Conejo y corrió veloz, siguiéndolo. Corrió mucho, mucho, hasta que llegó, jadeando, al pie de las montañas. Desde allí vio cómo el Rey Cóndor volaba aún más alto para desaparecer por una grieta del pico más alto, allá, casi entre las nubes. Tío Conejo tomó aliento y comenzó a trepar. Por fin llegó junto al nido y sin pararse a descansar le contó al Rey Cóndor por qué quería la piedra mágica. -La piedra está aquí, en mi nido, pero no puedo dártela ahora. Primero tienes que cumplir cuatro pruebas. Tío Conejo estaba feliz.- Mande usted, Tío Rey Cóndor. Yo haré lo que me diga. - Pon atención. Te entregaré la piedra cuando me hayas traído lo siguiente: un colmillo de caimán, una culebra de la sabana, un pelo de las barbas del puma y algunas lágrimas de tigre. Tío Conejo bajó de la montaña y esa noche durmió contento. A la mañana siguiente tomó su guitarrita y un garrote y se fue a la orilla del río. Y allí se puso a cantar. Tan bonito lo hizo, que un sapo se le acercó y le hizo los coros.
Más allá el Tío Caimán Caimán dormía. El ruido que hacían los músicos lo hizo despertar de mal humor. Lentamente se fue acercando a los cantores. Tío Conejo lo miraba con un ojo. Tío Caimán avanzaba. Traía la inmensa boca abierta. Cuando calculó que lo tenía a buena distancia. Tío Conejo le dio
un solo golpe con el garrote. Un enorme colmillo saltó por el aire. Tío Conejo lo cogió al vuelo y con tres saltos se alejó. Al otro día, Tío Conejo preparó una tapa bien ajustada para una jarra que tenía, hecha con una calabaza vaciada, y salió a buscar a la culebra sabanera. La encontró tomando sol junto a unos juncos. - Hola, Tía Culebra. Justamente de usted estaban hablando unos animales, allí cerca de la laguna. - ¿Y qué decían? -dijo la culebra desenrollándose.- Pues... no eran cosas muy buenas. - ¿Cómo va a ser? -silbó la sabanera-. Dime qué decían esos chismosos -y miró a Tío Conejo con sus ojos amarillos. Tío Conejo se dio vuelta para no verla: - Pues... decían que usted no es capaz de deslizarse por una grieta pequeña ni pasar por un agujero estrecho. Que usted no es siquiera capaz de meterse en una jarra de boca ancha. - ¿Eso decían? Animales estúpidos. Dame acá la calabaza y vé tú mismo, tío Conejo. Y en segundo la culebra sabanera se metió en la calabaza. De un salto, Tío Conejo le ajustó la tapa y cargó con la jarra y la culebra. De regreso a su casa se topó con Tío Puma. Se lo veía contento, con la barriga llena, y Tío Conejo se atrevió a saludarlo: - Hola, Tío Puma. Qué bien se le ve. El Puma sonrió satisfecho y a Tío Conejo se le ocurrió una idea. Se acercó y se le quedó mirando fijamente: - No puede ser! No puede ser que usted tenga en su barba un pelo gris como los de Tío Burro. ¡Qué mal se ve todo un puma con un pelo de burro! Tío Puma gruñó:- ¿Y que esperas, Tío Conejo? Arráncamelo de una vez. Y Tío Conejo hizo enseguida lo que Tío Puma le ordenaba. Esa tarde en su casa, Tío Conejo exprimió el jugo de varios limones en una jarra pequeña. Ya tenía el colmillo, la culebra y el pelito. Solo le faltaban las lágrimas de Tío Tigre. Muy temprano al día siguiente se fue camino de la casa de Tío Tigre. Cerca de allí se encaramó a un árbol y se puso a esperar. Al rato, pasó Tío Tigre todavía soñoliento pero con mucho hambre. Tío Conejo habló desde el árbol: - ¡Qué sabroso está este pastel! ¿No quiere compartir mi desayuno, Tío Tigre? - ¿Compartir? Nada de eso. Pastel y conejo serán mi desayuno -rugió Tío Tigre y se trepó al árbol. - Por aquí -gritó Tío Conejo desde arriba.Tío Tigre miró las ramas altas del árbol y en ese mismo instante, Tío Conejo le lanzó a los ojos el jugo de limón. Tío Tigre rugió y lloró. Por su nariz rodaron unas lágrimas redondas, pesadas, grandotas. Tío Conejo tuvo tiempo de ir a lavar la jarra al río y juntar diez lágrimas de tigre. Al día siguiente se presentó en el nido del Rey Cóndor. - Aquí están los cuatro encargos que me hizo. El rey Cóndor examinó con cuidado el colmillo de caimán, la culebra sabanera, el pelito del puma y las lágrimas del tigre. Y se quedó pensativo. - Ahora me puede dar la piedra del Cóndor.-dijo Tío Conejo orgulloso.- Sí, ahora puedo dártela -dijo el Rey Cóndor y con el pico le alargó una piedra redonda y blanca. Tío Conejo la tocó. Era lisa y fría y parecía brillar con la luz. Tío Conejo estaba feliz. - Pero hay algo que tengo que decirte, Tío Conejo -graznó el Rey Cóndor-. Esa es una piedra de estas montañas que mis hijos y yo hemos alisado afilando en ella nuestros picos. Es una piedra cualquiera. No es una piedra mágica ni puede darte ningún poder. Tío conejo no podía creerlo. Se veía tan blanca y pulida. Tenía que haber un poder oculto en ese trozo de roca - El poder no está en la piedra -continuó el Rey Cóndor- sino en ti mismo. Guárdala para que recuerdes que sin ella lograste cuatro cosas casi imposibles. Tío Conejo bajó sin prisa de la montaña. Guardó la piedra del Cóndor y cada vez que lo persigue Tío Tigre, toca su amuleto y se acuerda de sus cuatro hazañas. Entonces el mundo le parece más luminoso y sus piernas más veloces.

Domingo. Tove Ditlevsen

Nunca ocurre nada los domingos.
Nunca encuentras un nuevo amor en domingo.
Es el día de los infelices.
Día de pensión o día de familia.
Las horas más dolorosas de la amante
cuando se imagina a su amado
con sus hijos en las rodillas
mientras su mujer, sonriente,
entra y sale con tentadoras bandejas.
Un día maldito.

Alguna vez tuvo que haber sido diferente.
¿Por qué si no tendríamos todos
que esperar con ansias el domingo durante toda la semana?
¿Quizá cuando íbamos a la escuela?
Pero ya entonces las campanas sonaban
compungidas y grises como lluvia y muerte.
Ya entonces las voces de los adultos
eran débiles e insonoras como si buscasen a tientas
y en vano las palabras dominicales.

El olor a humedad y a pan mohoso,
a sueño, botas de goma y achicoria
ya subía entonces por la escalera
y la calle, que estaba dura, vacía y diferente
de una manera desolada ­
El olor dominical nos forraba
con la gruesa capa de la decepción
que sigue a una expectativa
sin meta específica.

Pero, entonces ¿cuándo? En un lugar anterior a la memoria
hubo felicidad, una expectativa irresistible
que todavía nadie había sido capaz de defraudar.
Entonces las campanas significaban que papá estaba en casa,
el bigote, las negras cejas y el olor a tabaco mascado
estaban allí y allí quedaban, en un lugar cercano,
y quizá la risa de tu joven madre
sonaba más alegre que los otros días.

Es domingo. Tú nunca encontrarás
un nuevo amor ese día.
Estás sentada en el cuarto de estar
apabullada y rígida como una figura de cartón
a los ojos de los niños.
Escarban con los pies
y se pelean sin energía.
«Deberíamos hacer algo», dices.
«Sí», dice una voz detrás del periódico.
Entonces os calláis los dos, porque todo lo que tenéis ganas
de hacer es oculto y secreto
y sería inaceptable para el otro.

Las campanas de la iglesia suenan. Las narices de los niños
se llenan de desesperanzado olor heredado.
Sobre sus dulces rostros se desliza
una fealdad pasajera.
Una luz marchita
nace en sus ojos.

Pero todos esperamos el domingo
toda la semana, toda nuestra vida,
esperamos la ilusión de cientos
de largos domingos vacíos, agotadores.
Día familiar, día de pensión,
el infierno de los amantes secretos.
Ese día en que la nauseabunda grisura de los adultos
impregna a los niños y establece
la incomprensible melancolía dominical de los años venideros.

Tove Ditlevsen (1918 - 1976) Nació en Copenhaguen, Dinamarca. Nacida en una familia obrera, su formación fue enteramente autodidacta. Trabajó de oficinista y debutó en 1939. Ha publicado poemas y novelas, que encontraron un gran número de lectores.

Juan Tul y la Ardilla. Leyenda de Guatemala

Cierta vez el conejo Juan Tul sostenía con las manos el techo de una cueva. Pasó la ardilla, se detuvo y al verlo en tal apuro le dijo:
-¿Qué haces Juan Tul?
-Ya lo ves, sostengo el techo de esta cueva.
-¿Estarás cansado?
-Mucho.
-Si quieres yo te ayudaré.
-Me harás un favor porque te digo que ya no puedo más.
La ardilla tomó el lugar de Juan Tul y allí se estuvo horas de horas hasta que cayó en la cuenta de que se trataba de una broma. Bajó las manos y salió de la cueva. Estaba muy enojada y decía para sí misma: "Cuando lo encuentre, le voy a morder las largas orejas con mis filosos dientes. En cuanto lo encuentre..." y así mil amenazas más.
A los pocos día encontró a Juan Tul y le dijo:
-Me engañaste con eso de la cueva.
Juan Tul, haciéndose el sorprendido, le contestó:
-Jamás he estado en la cueva que dices. Llevo meses en este zacatal. Por cierto, estoy que me muero de cansancio. ¿Por qué no me das una mano?
-Con mucho gusto- respondió la ardilla
Juan Tul le echó encima los hatos más grandes de zacate y escapó. La ardilla se rindió bajo el peso y como pudo se escurrió y luego pensó: "Otra vez me engañó Juan Tul". La ardilla se puso furiosa otra vez, y los pelos de su cola se erizaron como púas, tanta era la rabia que sentía. Repitió: "Cuando lo encuentre, le voy a morder las largas orejas con mis filosos dientes. En cuanto lo encuentre..." y así otra vez mil amenazas más.
Pero la ardilla tenía buen corazón y andando los días olvidaba las ofensas de Juan Tul.
Por eso cuando en un camino se volvió a encontrar a Juan Tul, le dijo:
-Ya no me engañarás más, Juan Tul. Con este bejuco te voy a dar una paliza.
-¡Qué cosas dices! Desde niño vivo junto a este árbol. Jamás me he alejado de él. No sé, la verdad, no sé de qué me hablas.
-De todas maneras te tengo que castigar.
-¿Y por castigarme así, vas a despreciar las piñuelas que están allí?
-¿Dónde?
-¿No las ves, tonta? ¡Allí, a la orilla del camino!
Y mientras la ardilla buscaba las piñuelas, Juan Tul desapareció.
Una tarde, la ardilla tropezó con Juan Tul y le dijo:
-Oye, Juan Tul...
-Yo no soy Juan Tul. Yo acabo de salir del bosque que está del otro lado del camino.
-Entonces ¿me darás un poco de agua? ¡Vengo sedienta de tanto correr!
-¡Claro que sí! Aquí tienes mi calabaza lleno de agua. Bebe hasta la última gota, si quieres.
Sedienta como estaba, la ardilla bebió de golpe todo el contenido del calabaza. No era un animalito que tuviera desconfianza de los otros, y tal vez esto era un error, porque Juan Tul le había hecho muchas travesuras y de todos los colores. Así fue: cuando tomó aliento cayó de bruces. Lo que había tomado era aguardiente. Entonces Juan Tul, muerto de risa, le dijo:-Vieja borracha, ahora alcánzame si puedes. Y echó a correr.

sábado, 11 de noviembre de 2006

Dos consejos. O cómo aprender de la gente loca

El hombre que espantaba elefantes
Paul Watzlawick en “El arte de amargarse la vida”

"Un hombre daba una palmada cada diez segundos. Uno le pregunta por el motivo de tan extraño proceder. El hombre responde: ‘Para espantar los elefantes’. ‘Elefantes? Pero si aquí no hay ninguno’. Replica: ‘Ha visto? Es un método efectivo.’"

El barril de orujo
Resumen a partir de un cuento de Isaac Bashevis Singer

Shlemel era pobre y no demasiado despierto, pero tuvo la buena fortuna de casarse con la hija de un rico hacendado del pueblecito de Chelm donde vivía. Después de liquidar buena parte de la dote en negocios desafortunados, decidió comprar un barril entero de orujo para venderlo al por menor. Calculaba que si vendía todo el barril, ganaría tres monedas de oro. Al día siguiente, muy de mañana, él y su mujer montaron un tenderete en el mercado, y fijaron el precio del vaso a tres monedas de plata.

Sólo un vecino se avino a pagar ese precio, y a media mañana Shlemel se estaba desanimando. Le dijo a su mujer que necesitaba tomar un traguito para levantar la moral. Tenía en su mano las tres monedas de plata que había pagado el único cliente. Se las dio a su mujer diciendo: “voy a tomarme un vasito. Aquí tienes el importe. Al fin y al cabo, mi dinero es tan bueno como el de cualquiera.” Su mujer accedió. Al poco, también ella empezó a sentir una secazón en la garganta, y utilizó las tres monedas para hacerse con otro traguito. El trasiego de copas y monedas siguió hasta el atardecer, cuando descubrieron sorprendidos que sólo tenían tres monedas de plata y el barril vació.

Por más vueltas que daban al asunto, no podían explicarse lo que había sucedido. Esa fue la última vez que Shlemel probó fortuna en los negocios. Desde entonces se quedó en casa cuidando los niños. Y para evitar males mayores, su suegro se fue del pueblo.

"El viaje" - Mary Oliver

Este poema lo tradujo del inglés Laura Cotón. Y ella misma avisa:
"Maravilloso para quienes solemos perder el norte y los otros puntos cardinales, y recomendable para quienes no conocían este poema. Acabo de descubrirlo y me encantó. Abajo hago una traducción más o menos aproximada."

El viaje

Un día finalmente supiste
lo que debías hacer, y comenzaste,
aunque las voces a tu alrededor
Continuaban gritando
su mal consejo-
Aunque la casa entera
comenzó a temblar
Y sentiste el viejo tirón
en tus tobillos.
"Enmienda mi vida"
cada voz gritó.
Pero no te detuviste.
Supiste lo que tenías que hacer,
Aunque el viento acechó
con sus dedos ateridos
Los mismos cimientos,
Aunque su melancolía
era terrible.
Ya era tarde
Suficientemente, y una noche salvaje
Y el camino repleto de caìdas
Piedras y ramas.
Pero poco a poco,
En tanto dejabas sus voces atrás,
Las estrellas comenzaron a arder
através de láminas de nubes,
Y hubo una nueva voz
que lentamente
reconociste como tuya,
Que te hizo compañìa
mientras cruzabas a zancadas
más y más profundamente
el mundo,
Determinada a hacer
la única cosa que podìas hacer,
Determinada a salvar
la única vida que podías salvar.

"Jacques Cousteau". ¿Terminaré este cuento alguna vez? Parte I


Hello darkness, my old friend,
I’ve come to talk with you again.
Simon & Garfunkel

1.
Mi padre era un tipo con unas ideas tremendas. La última que se le ocurrió fue fatal. El delfinario. El delfinario, sí, y eso que él no era un hombre de mar. Había tenido otras ideas que nosotros desestimamos y después ocurrió que las vimos comercializadas: el café en saquitos, por ejemplo. O gansos guardianes sueltos en la terraza para avisar si entraban ladrones. Mi madre vivía por aquel entonces, pero era como si estuviera muerta. No le dirigía la palabra, no le cocinaba y no dormía con él. Dormía con Emilia, en la cama chiquita. A nosotros nunca nos pareció un acto anormal esta separación de mis padres. Sin duda eran años raros y en todas las familias ocurrían hechos anómalos. Por otra parte, mi padre dormía con la Spika prendida, pegada a la oreja, toda la santa noche emitiendo noticias. No usaba auriculares: se ataba la radio a la cabeza con un pañolón de seda azul peltre o con una bufanda, en invierno. Era difícil dormir con él en esa situación; era difícil vivir con él.
No era él quien mantenía la casa; de haber sido así nos hubiéramos muerto de hambre. Era la familia de mi madre; el antiguo negocio familiar todavía daba algunas ganancias y había unas rentas también provenientes de propiedades que luego fueron vendidas para pagar inventos geniales y otros emprendimientos. Al principio, mis hermanos secundaban a mi padre, pero a medida que crecieron se fueron alejando. Él nos avergonzaba y ellos tenían miedo de convertirse en el hazmerreír del barrio, de la escuela. Para los demás, mi padre era una especie de científico loco de los dibujitos animados, de loco de la guerra. Bastaba verlo para sospechar que algo en él no era como en el común de las personas: caminaba en puntas de pies, porque decía que lo molestaba el crujido de las pisadas, y usaba tapones de algodón o de corcho en los oídos, para estar concentrado tiempo completo en las ideas que bullían en su cabeza. Tenía muy sensible la audición, aseguraba él, de cuando estalló una bomba cerca suyo, en una huelga, en la remota época en que trabajó para la General Motors. Cuando hablaba de la fábrica fruncía mucho los ojos, mirando hacia un punto perdido en el horizonte, como si aquellos autos se hubieran armado allende el oceáno, en una costa africana o portuguesa, no sé bien qué región hay justo enfrente de la Argentina. Un psiquiatra se hubiera hecho un festín con él, con nosotros, pero mi familia no visitaba psiquiatras. Nosotros nos poníamos en Gracia de Dios, aún cuando no creíamos en Dios. Recuerdo una vez, que durante un enojo, le grité a mi madre que para vivir así, hubiera preferido ser huérfana; y ella me dio vuelta la cara de un cachetazo. Es terrible ser hijo: uno está condenado desde el vamos a amar a sus progenitores; no hay opciones, uno debe sobrevivir con las herramientas que consiga y lo único que hay, por lo general, es ganas de matarlos.
A mí mi padre solamente me pedía que lo escuchara. Siempre, desde muy chica. “Vení, Luisa; sentáte acá y decíme qué pensás de esta idea que tengo”, y yo iba y me sentaba. Cuando fue lo del delfinario me dijo así: “Ninguno de todos ellos me cree, me toman por chiflado. Están todos en mi contra, ¿cómo puede ser que uno ni siquiera cuente con el apoyo de los suyos?” Nos sentábamos en el patiecito y él observaba con atención durante un buen rato al silencioso canario enjaulado. De pronto parecía que se hubiera olvidado de mí. Luego carraspeaba, se mordía los labios. Se levantaba de la silla, se alisaba las perneras del pantalón y me besaba en la frente. “No vas a entenderme, querida”, decía y se marchaba. “Muy complicado”. Así se iba y nos quedábamos solos, el canario y yo, en el mismo mutismo y en el silencio. Pero a mí me hubiera gustado mucho escucharlo.

2.
Mi hermano el mayor salía con la panadera. Él no comentó palabra, pero yo me dí cuenta por el tono acaramelado que usaba la panadera para dirigirse a mí durante las últimas semanas, cuando embolsaba los mignoncitos y el pan felipe. Dos felipes y medio kilo de mignones, comprábamos a diario. Ella agregaba de yapa un flor o un pan flauta. Era una tipa que en realidad me resultaba insufrible. Se llamaba Benedicta y era peruana, de Cañete, aunque en el último tiempo había vivido en Chepén, junto al mar, contaba. Yo no le prestaba atención, no la soportaba: la manera de cecear, de chasquear la lengua antes de pronunciar algo que ella creía importante, cómo revoleaba los ojos y los ponía en blanco cuando entraba un cliente y la cortejaba. Tenía linda figura y una piel que parecía de bronce. Mi hermano la veía idéntica a Diana Ross o a Gloria Gaynor, que por esos años se escuchaban mucho. Lo de la semejanza era porque evidentemente él estaba loco; Benedicta misma se decía descendiente directa de Tupac Amaru y a Tupac Amaru se asemejaba.
Mi hermano negó que estuviera metido con la panadera, más que nada, creo yo, para que mi padre no lo supiera. Mi padre estaba por completo en contra del amor y de las relaciones amorosas. Era un cuento chino, decía, un juego en el que siempre se pierde. Decía estas cosas especialmente mientras se hervía su papa y su batata, o sobornaba a alguno de nosotros para que le cocinara, ya que mi madre no lo hacía. “Lo peor del amor es el matrimonio, una institución vieja como el alma, concepto que es otro cuento también. Porque si a uno lo rebanan por aquí y le quitan la corteza al cerebro, ¡zas!, no hay más alma, no hay más cuento. Y si uno le rebanan por aquí abajo y pierde el bombero y los amigos ¡zas!, se termina también el matrimonio, se acaba el cuento.” Emilia y yo éramos muy chicas y no pensábamos en novios ni en nada de todo eso. Todo lo contrario; yo a veces me preguntaba cómo hacía una mujer para conseguir marido; de dónde se sacaba un hombre lo suficientemente bueno que pudiera servir como marido. Mi madre respondía que ella conoció a mi padre por error: equivocó un número del teléfono que estaba discando y allí apareció la voz de mi padre, cautivadora. Lo de cautivadora no lo dice ella, lo digo yo. Ella únicamente dice que el que haya sido un error en el comienzo no es más que un signo del destino para venir a explicar que iba a ser un error hasta el final. “¿Y a quién estabas llamando que no te pudiste comunicar, mami?”, pero esta pregunta ella no la contestaba: estaba llamando a otro, otro novio, otro filito, como se le decía en su época
El problema en general con la panadera fue que mi padre nos crió en una filosofía niezstcheana y los seres niezstcheanos no aman, eran superiores y estaban más allá de los correveidiles amorosos; los niezstcheanos sólo se estremecen. Así fue que la panadera se escapó de la panadería con mi hermano y el padre vino y nos quiso matar. Después aparecieron, se habían fugado a la casa de la abuelita argentina de ella, en Ercilia, y se casaron a escondidas. Mi madre lloraba y tomaba los calmantes para los nervios. Por lo menos no se fueron al Perú, lleno como estaba de pestes. Yo lo único que conocía de Perú era la canción “La flor de la canela” y que había sido conquistado por Francisco Pizarro, un tipo bastante sanguinario con los indios y destructor del Imperio Inca. En este punto, la visión de mi madre difería con la de la escuela. “Está bien”, alegaba, “mataron algunos indios... Pero los indios eran vagos y no trabajaban nunca y si no venían los españoles que les enseñaran a trabajar... ¿cómo iban a aprender? Todavía andarían por ahí, desnudos y sin hacer nada...”
Mi hermano se fue a vivir a la panadería, a dos cuadras, y vivía con ella en el cuartito de atrás que tenía todo el aspecto de un nidito de amor de verdad, dado que el cuartito casi no estaba techado y las paredes se desconchaban como si hubieran estado hechas de paja. Se levantaba a las dos de la mañana para meter el pan en el horno y cometía el asqueroso acto de echarle colorante negro al producto que el panadero llamaba pan negro en lugar de hacerlo con harina de salvado. La corrupción está al alcance de todos. Mi padre meneaba la cabeza con desprecio.
-¿Qué he hecho? –gemía-. ¡Y yo que lo crié para que fuera un super hombre!

Un elogio al estilo ruso

Tomado de "El pájaro" de Jules Michelet

Debo este dato a una señora que tiene sobrados derechos para ser perito en esta materia, a la señora García Viardot. Los campesinos de Rusia, de oído tan delicado y de una sensibilidad tan exquisita en cuanto atañe a la Naturaleza (en proporción de sus severidades para consigo mismos), decían, cuando se les presentaba ocasión de oir a la cantante española: "No canta tan bien el ruiseñor".

"La fuente griega". Simone Weil

En cada uno de los dramas de Sófocles, el personaje principal es un ser valiente y altivo que lucha completamente solo contra una situación intolerablemente dolorosa; se inclina bajo el peso de la soledad, de la miseria, de la humillación, de la injusticia, por momentos su coraje se quiebra; pero se mantiene firme y jamás deja que la desgracia lo degrade. Así, esos dramas, aunque dolorosos, no dejan nunca una impresión de tristeza. Más bien se guarda una impresión de serenidad.

De las tragedias griegas

Hipólito se queja:
“¡Oh, Zeus! ¿Por qué llevaste a la luz del sol para los hombres ese metal de falsa ley, las mujeres? (...) Odio a la mujer inteligente: ¡que nunca haya en mi casa una mujer más inteligente de lo que es preciso! Pues en ella Cipris prefiere infundir la maldad; la mujer de cortos alcances, por el contrario, es preservada del deseo insensato. A una mujer nunca debiera acercársele una sirvienta; fieras que muerden pero que no pueden hablar deberian habitar con ellas, para que no tuviesen ocasión de hablar con nadie ni recibir respuesta alguna. Pero la realidad es que las malvadas traman dentro de la casa proyectos perversos y las sirvientas los llevan fuera de la misma”.
Hipólito, Eurípides

Pregunta Andrómaca indignada:
“¿Era yo una desconocida y no la reina de los frigios?”
Andrómaca, Eurípides

Recomienda Hermíone a los hombres:
“Pero jamás, jamás –pues lo diré una sola vez- al menos los hombres sensatos que tienen mujer deben permitir que las mujeres hagan visitas a la esposa que está en casa, pues ellas son maestras de males. Una, por obtener ganancia, corrompe el lecho; otra, por haber pecado, quiere que tenga su misma enfermedad; muchas, por desenfreno... y por eso enferman las casas de los hombres. Ante eso guardad bien las puertas de vuestras casas con cerrojos y trancas. Pues nada sano hacen las visitas de fuera por parte de las mujere, sino muchos males.”
Andrómaca, Eurípides

Dijo Antígona:
“Mi esposo es el Aqueronte.”
Antígona, Sófocles

Dijo Edipo antes de conocer la verdad:
“Que mi destino camine por donde quiera, que siga su curso:”
Edipo Rey, Sófocles.

Dijo Electra:
“Nadie te conoce como yo, madre”.
Electra, Eurípides.

Clama Ayax:
“¿Qué año será el último? ¿Cuándo terminará el número ya numeroso de mis años de errabundo?”
Ayax, Sófocles.

Dice Ulises:
“Sí, muchos son hoy tus amigos y luego tu amargura”.
Ayax, Sófocles.

Dice Heracles:
“Todos los mortales deben morir y no hay ninguno de ellos que sepa si vivirá al día siguiente. No es posible enseñarlo ni se consigue por la ciencia. Así informado e instruido por mí, regocíjate, bebe, cuenta cada día tu vida y el resto de tu destino. (...) Es necesario que pensemos nosotros en asuntos perecederos, por ser mortales y porque para los graves y de ceño fruncido, para todos los que lo sean, a mi entender, la vida no es verdaderamente vida, sino una desgracia.”
Alceste, Eurípides

“Hasta cuando cree su corazón muerto no hay amante que no siga amando, no hay amante que deje de amar.”
Las troyanas, Eurípides. (Adptación de J-P. Sartre).

ADIO KERIDA. Canción tradicional del folklore sefaradí

Tu madre kuando te paryo
I te kito al mundo,
Korason eya no te dio
para amar segundo.

Adio,
adio kerida
No kero la vida
Me l'amargates tu.

Ve bushkate otro amor
Aharvar otras puertas
Aspera otro ardor,
Ke para mi sos muerta.

viernes, 10 de noviembre de 2006

Adaptación de "Un carácter enigmático" de Antón Chéjov

Personajes
La damita
Voldemar

Compartimento de tren de primera clase.
La damita se abanica y suspira. Su pecho sube y baja, su respiración turbada. Enfrente, el joven lee un libro en letras tan minúsculas que lo obliga a hacer un esfuerzo. De pronto, deja el libro. Lo aparta de sí y toma la mano de la damita con pasión.

Voldemar: ¡Oh, la entiendo, Ivana! Creáme. Veo a su alma sensible y delicada que lucha por salir de este laberinto.
La damita: Tantas encrucijadas...
Voldemar: Es una lucha tremenda. Pero no se desanime. Usted vencerá.
La damita: Descríbame, Voldemar. Mi vida es tan intensa, tan variada, son tantos los acontecimientos que me marcaron... y sobre todo, ¡soy tan desdichada! Sufro como un personaje de Dostoievski. Muestre mi alma al mundo, Voldemar. Usted, si. Usted que dice que escribe. Nunca leí un libro suyo ni lo ví en ninguna librería, pero usted lo dice y...
Voldemar: Publiqué seis libros. Cinco de poemas y un ensayo sobre la acumulación del dinero; no sabe usted de mí porque... no, no tuve suerte con los poemas... no critican la poesía en los diarios de Moscú, pero así y todo, con el ensayo... el ensayo... bueno, ¿qué diario o revista importante halagaría un libro que atenta con la propiedad privada como valor social? Los periodistas se limitaron a hacerme el vacío, a hacer de cuenta que yo no existía a...
La damita: Sí, sí. No me cuente esas cosas que me entristece.
Voldemar: Le explicaba sólo que...
La damita: Muestre mi alma al mundo. Escriba sobre mí. Hágalo, lo autorizo.
Voldemar: A mí la creación se me dá mejor cuando...
La damita: Calle, calle. Escriba, haga un personaje de mí. No hace una hora que nos conocemos y ya me comprende usted entera.
Voldemar: Hable, Ivana, se lo suplico.
La damita: Sí. Está bien. Saque su libreta de notas.
Voldemar: No tengo libreta de notas.
La damita: ¿¡Cómo?!
Voldemar: Llevo todo aquí. ¡Hable! No voy a olvidar una palabra.
La damita: Escuche. Mi padre era un funcionario modesto, un hombre bueno, inteligente, pero... el espíritu de la época y del miedo: yo no culpo a mi pobre padre. Tomaba, bebía un poco de más, jugaba a las cartas, se dejaba sobornar. Mi madre en cambio... ¡Pero qué le voy a decir! La necesidad, la lucha por un pedazo de pan, la conciencia de que no éramos nada. ¡Oh, no me haga recordar! Necesitaba abrirme camino por mí misma... La educación del instituto fue horrible, la lectura de novelas estùpidas, los errores de la juventud, el amor que asoma tímido... Y la lucha con el medio? ¡Espantoso! ¿Y las dudas? ¿Y los tormentos de la falta de fé en la vida, en mí misma? ... ¡Ah! Usted es escritor y nos conoce a nosotras: las mujeres. Usted lo entiende... Por desgracia, soy un ser de espíritu abierto... Esperaba la felicidad, ¡y qué felicidad! Anhelaba ser persona. Sí. Ser persona equivalía para mí a la dicha...
Voldemar (extasiado): La beso, la beso. Y no la beso a usted, mujer maravillosa, sino a toda la humanidad que sufre. ¿Se acuerda de Raskolnikov? Así es como besaba él...
La damita: Ay, Voldemar. Yo necesitaba la fama, el ruido, el esplendor, como todo espíritu extraordinario; ¿por qué tener falsa modestia? Sentía sed de algo fuera de lo común... no femenino... Y he aquí... Aquí, que en mi camino se cruza un general viejo y rico... Entiéndame, Voldemar. Aquello era el sacrificio de mí misma, la renuncia a mí misma, entiéndame. No podía actuar de otro modo. Mi familia nadó en la abundancia, yo pude viajar, hacer el bien... Pero cómo sufría, qué insoportables y vulgares, con la vulgaridad de la traición, me parecian los abrazos de ese general, aunque hay que hacerle justicia, en sus tiempos combatió con valentía. Era un valiente. Un valiente, sí. Pero había momentos... ¡momentos horribles! Me consolaba con la idea de que el viejo se moriría pronto y de que yo podría vivir como quisiera, entregarme al hombre amado, ser feliz... Porque tengo ese hombre, Voldemar. Sabe Dios que es así.
Voldemar: No llore, Ivana.
La damita: Déjeme. Deje que llore.
Voldemar: Se hace daño.
La damita: Usted dice por que se aja la piel?
Voldemar: Los pensamientos tristes, el deseo de suicidio, de...
La damita: ¿El qué? Una pasta de carne de tortuga me pongo aquí, en la comisura de los ojos y ya está bien. Borra las arrugas. Pero tiene razón: en las lágrimas hay mucha sal y eso arruina la piel. Al final, ¿para qué se cuida una tanto? Para llorar por un viejo decrépito?

Larga pausa

Voldemar: Es feliz, entonces? Él está a su lado?
La damita (mira en derredor): ¿¿Quién??
Voldemar: El.
La damita: ¿El alma del viejo?
Voldemar: ¿Cómo el alma...?
La damita: Sí: murió. Me dejó algunos bienes, y soy libre como un pájaro. Ahora podría vivir feliz. ¿No es cierto, Voldemar? La felicidad llama a mi puerta, basta solo con dejarla entrar. Pero... ¡no! Escúcheme, Voldemar, se lo suplico. Ahora podría entregarme al hombre que amo, ser su compañera,, ayudarlo, ser la portadora de sus ideales, ser feliz, descansar...¡Pero qué cruel y despreciable es todo en este mundo! ¡Cuánta miseria, Voldemar! ¡Soy desgraciada, desgraciada, desgraciada! En mi camino hay otro obstáculo. Otra vez siento que la felicidad se aleja de mí. ¡Oh, cuántos tormentos, si usted supiera! ¡Como sufro!
Voldemar: ¿Por qué? ¿Por qué esta vez? Qué obstáculo podría..., puede...?
La damita: Calle, calle...
Voldemar: ¿Está enferma?
La damita: No...
Voldemar: El amor todo lo puede, es más fuerte que la muerte.
La damita: Ah, ¿si? Usted cree eso?
Voldemar: Está en la Biblia. El rey Salomón lo dice a la Sulamita...
La damita: Ah, es un cuento. Ya me parecía.
Voldemar: No..., pero... ¿Qué es? ¿Por qué no puede usted hacer la voluntad de su corazón, Ivana? Dígamelo, se lo ruego.
La damita: ¿Por qué...? Otro viejo rico...
Voldemar: ¿Qué...?
La damita: Otro viejo rico en mi horizonte...

La damita se abanica y cubre su rostro.
Voldemar la mira.
Telón.

jueves, 9 de noviembre de 2006

Sacan una foto a Fellini

Me la contó mi amigo L.

Es así: cuando a Federico Fellini le dieron el Oscar por su trayectoria (por viejo), semanas despuès tuvo una sesiòn de fotos con Herb Ritz (creo). Fellini fue con su boina y el fotògrafo se la hizo sacar. Entoces el viejo le preguntò antes que el fotógrafo comience a disparar: ¿Còmo va a sacarme? ¿Viejo, joven, gordo? Y el fotógrafo le respondiò: "Inmortal".

miércoles, 8 de noviembre de 2006

Esta soy yo

Dudo de todo.
Aun de la eficiacia de un blog.
Mi fecha de nacimiento, mi número de documento, mi estatura, mi peso: todos datos fácticos.
¿Señas particulares?
Cuál lunar, cuál cicatriz, cuál marca es una seña particular a esta altura de los acontecimientos?
Tristezas especiales:
el día domingo por la tarde -no soy nada original en mis pánicos-, el lunes por la mañana, el viernes en horario bancario. Los días de lluvia, la lluvia en sí, el invierno, el frío, la ducha con agua helada, el gusto del limón, el sabor de pluma en el pollo, la charla íntima cuando uno no tiene nada que decirse, la arruga de la perplejidad que se me está formando en la frente´.
Alegrías:
los colores del cielo entrevistos entre horizontes de edificios, la luna llena cuando aun sale de día y puedo verla al final de mi calle, la risa de algunas personas, el olor que me asalta en algunos lugares, el jazmín de lluvia, los amigos, el vino bueno, el fresco de la noche en lo bajo del cuello.

El exilio de Helena

El exilio de Helena
Botticelli

Chica rara, de 'Frankenweenie'

Chica rara, de 'Frankenweenie'
La joven no termina de encajar con los otros niños de Nueva Holanda. Quizás sea cosa de su desconcertante mirada.

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry

Todos tenemos un trastorno de personalidad. La doble personalidad del Agente Perry
Un ornitorrinco / Un agente secreto.

Fiera venganza la del tiempo

Fiera venganza la del tiempo
el joven Bono

Tiéntame, Liam...

Tiéntame, Liam...

Los viernes me siento así

Los viernes me siento así
Ilsutración de Walter Crane sobre La Bella y la Bestia

Conocerlo todo, según Mahfuz

"Un escritor debe conocerlo todo, lo bueno y lo malo, especialmente esto último, pues la maldad es la fuente del teatro." Naguib Mahfuz.

Paradoja del deseo - Oscar Wilde

En este mundo yo sólo sé de dos desgracias: la primera es no conseguir lo que uno desea, y la otra es conseguirlo; ¡esta última es una verdadera tragedia!

Testamento de Florencio Sánchez

"Si yo muero, cosa difícil, dado mi amor a la vida, muero porque he resuelto morir. La única dificultad que no he sabido vencer en mi vida ha sido la de vivir. Por lo demás, si algo puede la voluntad de quien no ha podido tenerla, dispongo: primero, que no haya entierro; segundo, que no haya luto; tercero, que mi cadáver sea llevado sin ruido a la Asistencia Pública, y de allí a la Morgue. Sería para mí un honor único que un estudiante de medicina fundara su saber provechoso para la humanidad en la disección de cualquiera de mis músculos."

A veces no soy prudente en asuntos de amor

A veces no soy prudente en asuntos de amor
Caperucita Roja. Gustavo Doreé.

Leonard Cohen

Leonard Cohen

Celeste Albaret

Celeste Albaret
Pintada por Jean Claude Fourneaur, 1957

Quiero el sillón presidencial

Quiero el sillón presidencial
Mother Gothel, Rapunzel

Sobre la Vejez. Marguerite Yourcenar

Ya a los 80 años, al responder una pregunta sobre su edad, dijo que no la notaba. "Cuando me canso -explicó- tengo 10 siglos; cuando trabajo, 40 años."

Sobre la vejez. André Maurois

Envejecer es una mala costumbre.

Siempre idéntica a sí misma

Estaban una pera y un tomate en la parada del autobús. Y el tomate le pregunta a la pera:
-¿Hace cuánto que espera?
Y la pera responde:
-Desde que nací.

Búsquedas desesperadas - Woody Allen

«No solo no existe Dios, sino a ver cómo encuentras un electricista un fin de semana».

Conócete a ti mismo. Oscar Wilde

Yo soy la única persona en el mundo a quien desearía conocer a fondo; pero no veo ninguna posibilidad de hacerlo, por ahora.

He malgastado mis horas - Leonardo Da Vinci

Las promesas engañan; el tiempo decepciona; la muerte burla los cuidados; las ansiedades de la vida son nada.

Casi perfecta

Casi perfecta
Pavo real albino del zoo de Colombia

La Rana Más Bella del Mundo

La Rana Más Bella del Mundo
La Más Venenosa!

Etérea. Tradición oral española.

Este es el cuento de María Sarmiento

que fue a cagar y se la llevó el viento

Así de camella han estado mis vacaciones

Así de camella han estado mis vacaciones

Chirimoyas del amor

Chirimoyas del amor

Ser tu ángel de la guarda

Ser tu ángel de la guarda
Porno victoriano

Porno Victoriano

Porno Victoriano
Una chica común

Topless

Topless
Porno victoriano

Hacerte un poco de daño

Hacerte un poco de daño
Porno Victoriano

Peggy Olsen

Peggy Olsen
Una puede ser como ella...

De una Suplicante a Santa Lucía

En una plaquita debajo de la imagen de Santa Lucía, en la Iglesia de Pompeya, se lee: "Acuérdate de mi marido".
El quid es: ¿el marido de la suplicante padecía una dolencía en los ojos? ¿O la suplicante quiso decir: "No lo pierdas de vista"?!

Santa Lucía

Santa Lucía
Patrona de los Ojos

La niña que baila

La niña que baila
Miniatura de Antonio Esquivel

Este fin de semana viajo fuera...

Este fin de semana viajo fuera...
Anita Ekberg, 1953

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